Indignación, fatalismo, fe, esperanza y aprendizaje: Covid-19

La aparición de la Covid-19 ha traído grandes cuestionamientos para la existencia humana. Para frenar su propagación se han impuesto varias medidas restrictivas que han provocado impaciencia, indignación, desesperanza y fatalismo. Pero han creado también la oportunidad de fe, de esperanza y sobre todo de reflexión acerca del sentido de nuestra presencia en este planeta y un aprendizaje para la vida, que debe continuar mejor, más tierna y fraterna.

El virus invisible ha desenmascarado la arrogancia del ser humano moderno que se juzgaba un pequeño dios, capaz de dominar las fuerzas de la naturaleza con la tecnociencia y someterlas a su servicio. La Covid-19 ha demostrado que solamente somos señores de la naturaleza si la obedecemos. No somos dueños sino parte de la naturaleza junto a y no encima de los demás seres.

La Covid-19 nos ha revelado como seres expuestos a la imprevisibilidad y la vulnerabilidad, es decir, no dominamos las condiciones que garantizan o amenazan nuestra vida. ¿Quién, exceptuando epidemiólogos, como uno de los mayores, David Qammen, previó la llegada amenazadora del virus? Son pocos los países que tienen un SUS (Sistema Único de Salud) como nosotros en Brasil. No lo tienen Estados Unidos, Italia, España y México entre otros. Además somos seres que no poseen ningúnórgano especializado (Mangelwesen de Arnold Gehlen) que asegure nuestra existencia ni poseemos un hábitat propio, como tienecada especie de la naturaleza. Tenemos que construir, mediante la interacción con la naturaleza y el trabajo. nuestro hábitat, o sea, un lugar hospitalario en el cual podemos vivir sin mayores amenazas y en paz.

El virus ataca a personas, ricas y pobres, clases, religiones y todas las naciones del planeta. Las armas de destrucción masiva sobre las que se funda el poder de los imperios de hoy en busca de hegemonía mundial e incluso del dominio sobre otros pueblos, se han vuelto ineficaces e incluso ridículas. Lo que nos está salvando no son los mantras de la cultura del capital (lucro, competencia, individualismo, asalto a los bienes y servicios de la naturaleza, dominio del mercado sobre la sociedad) sino los valores casi ausentes en este sistema capitalista y neoliberal: la centralidad de la vida, la interdependencia entre todos, la solidaridad, la generosidad, el cuidado de unos a otros y de los escasos bienes naturales, las relaciones sociales más amigables frente a la insaciable voracidad del mercado, un estado social que atiende las demandas básicas de sus ciudadanos Este es un aprendizaje que estamos haciendo; hay que interiorizarlo y fundar un nuevo paradigma de comportamiento, para que no se traduzca en unos pocos actos sino en una actitud permanente, ya que esto es lo que transforma.

La indignación y la impaciencia son comprensibles porque somos seres sociales. No poder convivir, abrazar y besar a nuestros seres queridos y amigos es doloroso y triste. Asumimos las renuncias como cuidado de nosotros mismos y como solidaridad con los demás para no contaminarlos ni contaminarnos nosotros mismos. Importa que la indignación se transforme en empatía por los que sufren, ya sea en los hospitales, o con las familias que han perdido a sus seres queridos.

El fatalismo significa aceptar un hecho como inevitable ante el cual no podemos hacer nada. Esta es una visión negacionista que nos lleva a la inercia y al abatimiento. Olvida que el ser humano fue creado creador; tiene energías ocultas en su interior que son más fuertes que la dureza de los acontecimientos. Podemos resistirlos, evitarlos y, aunque ocurran, siempre es posible sacar lecciones de ellos y así superarlos. Nada es fatal en este mundo. Solo la muerte lo es. Pero la muerte no tiene por qué significar el fin de nuestra peregrinación, sino el momento de transfiguración, el ejercicio de la libertad suprema al no permitir que nos quiten la vida, sino entregársela a un Mayor, y despedirnos de este mundo agradecidos por el hecho de haber existido. La última palabra de Santa Clara, compañera de San Francisco de Asís, es inspiradora: “Señor, te doy gracias por haberme creado”. Inclinó la cabeza hacia un lado y expiró y así cayó en los brazos de Dios-Padre-y-Madre de bondad que la esperaban.

Ante la pandemia avasalladora, es urgente suscitar la fe y alimentar la esperanzaLa fe, en su sentido bíblico, significa más que acoger verdades y adherirse a doctrinas. Es sobre todo confiar en Alguien que acompaña nuestros pasos, conoce todos nuestros altibajos, sabe de qué polvo estamos hechos y se apiada de nosotros. Por eso, como dice de forma consoladora el Salmo 103: “Él no está siempre acusando ni guarda rencor para siempre; como un padre tiene compasión de sus hijos, así el Señor se compadece de los que confían en él, porque conoce nuestra naturaleza y recuerda que somos polvo” (v. 9-14). Tener fe significa que la vida, por penosa que sea, tiene sentido y vale la pena asumirla y amarla. Hoy la asumimos en su fragilidad y confiamos en que ese Alguien pueda compadecerse de nosotros y salvarnos del virus letal

La esperanza nos hace comprender que lo invisible es parte de lo visible. La realidad empírica y dada no es toda la realidad. Oculta algo invisible que pertenece a nuestra condición humana: las innumerables posibilidades y virtualidades escondidas dentro de nosotros. Podemos desentrañarlas inventando una nueva solución a nuestros problemas. La esperanza nos permite soñar y pensar en mundos aún no vividos y ensayados pero que nos desafían a darles forma. Mientras haya esperanza, no habrá callejones sin salida. Por la esperanza nos convencemos de que la Covid-19 no será el Next Big One, el gran virus terminal, contra el que ninguna vacuna sería eficaz y que podría liquidar gran parte de la biosfera y acabar con millones de seres humanos. Pero el virus es misterioso, desconocemos las consecuencias y su posible permanencia endémica entre los humanos. Todo indica que el mundo pre-pandemia definitivamente ha pasado. Debemos prepararnos para algo nuevo en la humanidad: una nueva forma de vivir y convivir entre nosotros los humanos y con la naturaleza a ser regenerada.

Nuestra esperanza es que aún tenemos futuro. Nacidos en el corazón de las grandes estrellas rojas, hace miles de millones de años, seguiremos irradiando. Alimenta nuestra esperanza una de las últimas frases de la Laudato Si: cómo cuidar de la Casa Común delPapa Francisco: “Caminemos cantando; que nuestras luchas y nuestra preocupación por este planeta no nos quiten la alegría de la esperanza” (n.244).

*Leonardo Boff es filósofo y teólogo y ha escrito: El doloroso parto de la Madre Tierra: una sociedad de fraternidad sin fronteras y de amor social, que saldrá publicado en breve por la Editorial Vozes 2021.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Heutezutage erleidet die Menschheit einen sträflichen Mangel an Tischgemeinschaft

Gründonnerstag, das Letzte Abendmahl des Herrn, erinnert uns an die Tischgemeinschaft, die heute den Millionen Hungernden in Brasilien und weltweit verwehrt wird als Folge des Eindringens von Covid-19. Leider ist es offensichtlich, dass es eine schmerzhafte Abwesenheit von Solidarität angesichts der hungrigen Massen gibt, die uns daran hindert, zusammen zu essen (Tisch-Gemeinschaft).

Eines der Verdienste von MST (Landlosen-Bewegung) ist, dass sie sich in all ihren Siedlungen nach der Ethik der Solidarität unter ihren Mitgliedern und sogar mit denen außerhalb ihrer Siedlungen organisiert hat. Sie sind vorbildlich darin, ihre ökologisch angebauten Lebensmittel mit Hilfe von vielen Lebensmittelpaketen zu teilen, die an Tausende von Familien an den Peripherien unserer Städte verteilt werden. Sie praktizieren einen der ältesten Träume der Menschheit: Die Tisch-Gemeinschaft, das heißt, jeder kann ausreichend essen und zusammen essen, an einem Tisch sitzen und die Geselligkeit und die Früchte der großzügigen Mutter Erde genießen.

Essen ist mehr als ein materielles Objekt. Es ist ein Sakrament und Symbol der Großzügigkeit von Mutter Erde, die uns zusammen mit menschlicher Arbeit alles bietet, was wir brauchen. Es geht nicht um Ernährung, sondern um Gemeinschaft mit der Natur und mit anderen, mit denen wir Brot teilen. Im Rahmen des gemeinsamen Tisches wird das Essen geschätzt, und es wird darüber gesprochen. Die größte Freude der Köche, die das Essen zubereiten, ist es, die Zufriedenheit derer wahrzunehmen, die es essen und genießen. Eine wichtige Geste am Tisch ist es, das Essen zu servieren oder an den anderen weiterzugeben. Zivilisiertes Verhalten erleichtert jeder und jedem, sich selbst zu helfen, und sorgt dafür, dass es genug Nahrung für alle gibt.

Die zeitgenössische Kultur hat die Logik des Alltags so verändert und sie in Funktionen der Arbeit und Produktivität verwandelt, dass sie den symbolischen Bezug des Tisches geschwächt hat. Er war für Sonntage oder für besondere feierliche Anlässe oder Geburtstage reserviert, wenn Familienmitglieder sich trafen und sich zusammensetzten. Aber in der Regel ist es nicht mehr der Ort, an dem die Familie zusammenkommt.

Der Familientisch wurde durch andere Tische ersetzt, die absolut entweiht wurden: der Verhandlungstisch, der Spieltisch, die Diskussions- und Debattentische, ein Währungswechseltisch und ein Tisch für die Interessenvermittlung u. a. Auch wenn sie entweiht werden, haben diese verschiedenen Tische eine unbestreitbare Referenz: Sie sind ein Treffpunkt für Menschen, egal welche Interessen sie dazu bringen, an diesem Tisch zu sitzen. Sie sitzen am Tisch für Austausch, Verhandlung, Konsultation und Verfassen von Lösungen, die den beteiligten Parteien gefallen. Aber den Tisch zu verlassen, kann auch das Scheitern der Verhandlungen und die Anerkennung des Interessenkonflikts bedeuten.

Trotz dieser schwierigen Dialektik ist es wichtig, dem Tisch Zeit zu reservieren in seinem vollen Sinn für Koexistenz und die Zufriedenheit, gemeinsam essen zu können. Es ist eine der ewigen Quellen, um unser Wesen als Beziehungs-Wesen zu rekonstruieren. Wie sehr wird dies heute den Armen und Hungrigen verwehrt!

Lassen Sie uns ein wenig die Erinnerung an die Tischgemeinschaft wiedererlangen, die in allen Kulturen vorhanden ist und die Jesus beim Letzten Abendmahl mit seinen Aposteln praktiziert hat.

Beginnen wir mit der jüdisch-christlichen Kultur, weil sie uns vertrauter ist. Es gibt ein zentrales Thema – das Reich Gottes, der Hauptinhalt der Botschaft Jesu –, das durch ein Bankett repräsentiert wird, zu dem jeder und jede eingeladen ist.

Jede und jeder, unabhängig von ihrer/seiner moralischen Situation, sitzt am Tisch und wird willkommen geheißen. Der Meister sagt: “Das Himmelreich ist wie ein König, der ein Bankett für die Hochzeit seines Sohnes vorbereitet hat. Er schickte seine Diener, um die Gäste herbeizurufen und sagte zu ihnen: “Geh an die Kreuzung und lade alle, die du triffst, zur Feier ein. Die Knechte gingen die Wege entlang und sammelten alle, die sie fanden, Gute und Böse, und der Raum war voll von Gästen “(Mt 22,2-3; 9-10).

Eine andere Erinnerung kommt aus dem Osten zu uns. Darin stellt das gemeinsame Essen, in Solidarität miteinander, die höchste menschliche Erfüllung dar, den Himmel. Das Gegenteil, der Wunsch zu essen, aber egoistisch, jeder für sich selbst, zeigt die höchste menschliche Frustration, genannt Hölle.

Es gibt eine Legende, die Folgendes besagt: “Ein Schüler fragte den Seher:

-Meister, was ist der Unterschied zwischen dem Himmel mit seiner Gemeinschaft unter allen und seinem Gegenteil?

Der Seher antwortete: “Der Unterschied ist sehr gering, hat aber schwerwiegende Folgen.“

-“Ich sah die Essenden am Tisch sitzen, auf dem es eine sehr große Schüssel Reis gab. Alle waren hungrig, fast verhungert. Jeder versuchte es, konnte aber nicht an den Reis kommen. An ihren Händen befestigt hatten sie lange Gabeln von mehr als einem Meter Länge und versuchten, den Reis einzeln in den eigenen Mund zu bringen. So sehr sie sich auch bemühten, sie schafften es nicht, weil die Gabeln zu lang waren. Und so hungrig und einsam wegen ihres unersättlichen und endlosen Hungers blieben sie unterernährt. Das war die Hölle, die Verweigerung aller Tischgemeinschaft.

“Ich sah ein weiteres wunderbares Szenario”, sagte der Seher. Menschen saßen am Tisch um eine große Schüssel mit dampfendem Reis. Alle hatten Hunger. Aber es ist etwas Wunderbares passiert! Jeder nahm die Gabel mit Reis und führte sie an den Mund des anderen. Sie dienten einander in immenser Herzlichkeit, gemeinsam und solidarisch. Alle ernährten sich gegenseitig. Sie fühlten sich wie Brüder und Schwestern am großen Tisch, wie es im Tao heißt.

Und das war der Himmel, die ganze Tischgemeinschaft der Söhne und Töchter der Erde.“

Diese Parabel bedarf keines Kommentars. Leider ist heute, in der Zeit von Covid-19, ein großer Teil der Menschheit hungrig und verzweifelt, weil es nur sehr wenige Menschen gibt, die ihre Gabeln ausstrecken, um sich gegenseitig mit der reichlichen Nahrung auf dem Tisch der Erde zu sättigen. Die Reichen besitzen dieses Essen als Privateigentum und essen allein, ohne zu schauen, wer ausgeschlossen ist. Es gibt einen kriminellen Mangel an Gemeinschaft unter den Menschen. Deshalb fehlt es uns so an Menschlichkeit. Aber soziale Isolation schafft uns die Möglichkeit, unsere individualistischen Praktiken zu überprüfen und grenzenlose Geschwisterlichkeit und Tischgemeinschaft zu entdecken: Jede und jeder kann essen und in Gemeinschaft essen.

Traduzido por Bettina Goldharnack

This Holy Thursday there is a criminal lack of table fellowship among humans

Holy Thursday, the Lord’s Supper, reminds us of table fellowship, denied to the millions starving today in Brazil and in the world, as a consequence of the Covid-19 intrusion. Unfortunately, it is evident that there is a painful absence of solidarity in the face of the hungry masses, which prevents us from eating together (commensality).

One of the merits of MST (Movement of Landless People) is that it has organized itself in all its settlements according to the ethics of solidarity among its members and even with those outside its settlements also. They are exemplary in sharing the ecologically grown food they have with many food parcels distributed to thousands of families on the peripheries of our cities. They practice one of humanity’s most ancient dreams: commensality, that is, everyone can eat sufficiently and eat together, sitting around a table and enjoying companionship and the fruits of the generous Mother Earth.

Food is more than a material object. It is a sacrament and symbol of the generosity of Mother Earth, which together with human labour, provides us with everything we need. It is not about nutrition but communion with nature and with others with whom we share bread. In the context of the common table, food is appreciated and spoken about. The greatest joy of the cooks who prepare the food is to perceive the satisfaction of those who eat and enjoy it. An important gesture at the table is to serve or pass the food on to the other. Civilized behaviour facilitates everyone helping himself or herself, ensuring that there is enough food for everyone.

Contemporary culture has so modified the logic of daily routines, turning them into functions of work and productivity that it has weakened the symbolic reference of the table. It was reserved for Sundays or for special moments of celebration or birthdays when family members met and sat down together. But, as a rule, it is no longer the point of permanent convergence of the family.

The family table has been replaced by other tables, absolutely desecrated: the negotiation table, the games table, discussion and debate tables, a currency exchange table and a table for the conciliation of interests, among others. Even though they are desecrated, these various tables have an undeniable reference: they are a meeting place for people, no matter what interests lead them to sit at that table. They sit at the table for exchange, negotiation, consultation and compose solutions that please the involved parties. But leaving the table can also mean the failure of the negotiation and the recognition of the conflict of interests.

Despite this difficult dialectic, it is important to reserve time for the table in its full sense of coexistence and the satisfaction of being able to eat together. It is one of the perennial sources of reconstructing our essence as relational beings. How this is denied today to the poor and hungry!

Let us recover a little the memory of table fellowship present in all cultures and practiced by Jesus at the Last Supper with his apostles.

Let us start with the Judeo-Christian culture because it is more familiar to us. There is a central theme – the Kingdom of God, the principle content of Jesus’ message – which is represented by a banquet to which everyone is invited.

Everyone, regardless of their moral situation, sits at the table and is welcomed. The Master says: “The Kingdom of Heaven is like a king who prepared a banquet for his son’s wedding. He sent his servants to call the guests and said to them “go to the crossroads and invite everyone you meet to the party. The servants went out along the pathways and gathered all they found, bad and good, and the room was full of guests ”(Mt 22,2-3; 9-10).

Another memory comes to us from the East. In it, eating together, in solidarity with one another, represents the supreme human fulfillment, called heaven. The reverse, the desire to eat, but selfishly, each one for himself, demonstrates the supreme human frustration, called hell.

There is a legend that says “A disciple asked the Seer:

-Master, what is the difference between Heaven, with its fellowship between everyone and its opposite?

The Seer replied:

– “The difference is very small but has serious consequences.

-“I saw diners sitting at the table where there was a very large bowl of rice. Everyone was hungry, almost starving. Everyone tried, but could not get close to the rice. Attached to their hands they had long forks of more than a meter in length, they tried to bring the rice to their own mouths, individually. As much as they tried, they did not succeed because the forks were too long. And so hungry and lonely they remained malnourished because of an insatiable and endless hunger. This was hell, the denial of all table fellowship.

-“I saw another wonderful scenario,” said the Seer. People sitting at the table around a large bowl of steaming rice. Everyone was hungry. But a wonderful thing happened! Each took the rice and lifted it up to the other’s mouth. They served each other in immense cordiality. Together and in solidarity. Everyone fed each other. They felt like brothers and sisters at the big table as it says in the Tao.

And that was heaven, the full table fellowship of the sons and daughters of the Earth.

This parable needs no comment. Unfortunately today, in the time of Covid-19, a large part of humanity is hungry and desperate because there are very few people who extend their forks to satisfy each other with the abundant food on the Earth´s table. The wealthy privately own this food and eat alone without looking at who is excluded. There is a criminal lack of fellowship among humans. That is why we are so lacking in humanity. But social isolation creates the opportunity for us to review our individualistic practices and discover fraternity without borders and table fellowship: everyone can eat and eat together.

* Leonardo Boff is a theologian and philosopher. Author, among other books, of Commensality: Eating and drinking together and living in peace (Vozes).

Indignação, fatalismo, fé, esperança e aprendizado: Covid-19

O intrusão do Covid-19 trouxe grandes questionamentos para a existência humana. Para frear sua propagação se impuseram várias medidas restritivas que provocaram impaciência, indignação,desesperança e fatalismo. Mas também criaram a oportunidade de fé, de esperança e sobretudo de reflexão sobre o sentido de nossa presença neste planeta e de um aprendizado para a vida que deve seguir melhor, mais terna e fraterna.

O vírus invisível desmascarou a arrogância do ser humano moderno que se julgava um pequeno deus, capaz de, com a tecnociência, dominar as forças da natureza e submetê-las ao aeu serviço. O Covid-19 demonstrou que somente nos assenhoreamos da natureza se obedecermos a ela.  Não somos donos mas parte da natureza junto e não em cima dos demais seres abraçados como irmãos e irmãs.

 O Covid-19 nos revelou como seres expostos à imprevisilidade e à vulnerabilidade, quer dizer, não dominamos as condições que garantem ou ameaçam nossa vida.  Quem, afora alguns epidemiologistas, como um dos maiores, David Qammen, previu a chegada ameaçadora do vírus? São poucos países que tem um SUS (Sistema Único de Saúde) como nós no Brasil. Não o tinham os USA, a Itália, a Espanha, o México entre otros. Ademais somos seres que não possuem nenhum órgão especializado (Mangelwesen de Arnold Gehlen) que assegure a nossa existência nem possuímos um habitat próprio, como cada espécie da natureza possui. Precisamos construir pela interação com a natureza e pelo trabalho o nosso habitat, vale dizer, um lugar hospitaleiro no qual podemos viver com sem maiores ameaças e em paz.

O vírus ataca as pessoas, ricas e pobres, as classes, as religiões e todas as nações do planeta. As armas de destruição em massa sobre as quais se funda o poder dos impérios atuais em busca de hegemonia mundial e até de dominação sobre outros povos, se tornaram ineficazes e até ridículas. O que nos está salvando não são os mantras da cultura do capital (o lucro, a concorrência, o individualismo, o assalto aos bens e serviços da natureza, o domínio do mercado sobre a sociedade) mas os valores quase ausentes nesse sistema capitalista e neoliberal: a centralidade da vida, a interdependência entre todos, a solidariedade, a generosidade, o cuidado de uns para com os outros e para com os bens naturais escassos, as relações sociais mais amigáveis contra a voracidade insaciável do mercado, um estado social que cuida das demandas básicas de seus cidadãos.Eis um aprendizado que estamos fazendo e que deve ser internalizado e fundar um novo paradigma de comportamento, para que não se traduza   apenas por alguns atos mas se torne uma atitude permanente, pois é essa que transforma.

A indignação e a impaciência são compreensíveis, pois somos seres sociais.  Não poder conviver, abraçar e beijar nossos entes queridos e amigos é penoso e entristecedor. Assumimos as renúncias como o cuidado para conosco mesmos e como solidariedade para com os demais para não contaminá-los ou nós mesmos não  sermos contaminados. A indignação importa que se transforme em empatia para os que sofrem, seja nos hospitais, seja com as famílias que perderam seus entes queridos.

O fatalismo significa aceitar um fato como inevitável face ao qual nada podemos fazer. Essa é uma visão negacionista que  nos leva à inércia e ao tédio. Esquece que o ser humano foi criado criador; possui dentro de si energias escondidas que são mais fortes que a dureza dos acontecimentos. Podemos resistir a eles, evitá-los e, mesmo acontecidos, sempre é possível tirar lições deles e assim superá-los. Nada é fatal nesse mundo. Somente o é a morte. Mas a morte não precisa significar o fim de nossa peregrinação mas o momento de transfiguração, o exercício da suprema liberdade ao não permitir que a vida nos seja tirada, mas entregá-la a um Maior e despedir-se des te mundo, agradecidos pelo fato de termos existido. É inspiradora a última palavra de Santa Clara, a companheira de São Francisco de Assis:”Senhor, te agradeço por me teres criado”. Inclinou a cabeça ao lado e expirou e assim caiu nos braços de Deus-Pai-e-Mãe de bondade que  a esperavam.

Face à avassaladora pandemia urge suscitar a e alimentar a esperança. Fé, em seu sentido bíblico, significa mais que acolher verdades e  aderir a doutrinas. É antes de tudo uma confiança em  Alguém que acompanha nossos passos, conhece todos os nossos altos e baixos, que sabe do pó do qual somos feitos e tem piedade de nós. Por isso, como diz de forma consoladora, o salmo 103:”Ele não está sempre acusando nem guarda rancor para sempre; como um pai sente compaixão por seus filhos, assim o Senhor tem compaixão por aqueles que a Ele se confiam porque conhece nossa natureza e se lembra de que somos pó”(v.9-14). Ter fé significa que a vida, por mais penosa que seja, tem sentido e vale a pena assumi-la e amá-la. Hoje a assumimos em sua fragilidade e confiamos que esse Alguém pode se compadecer de nós e nos salvar do vírus letal.

A esperança nos faz compreender que o invisível é parte do visível. A realidade empírica e dada não é toda a realidade. Ela esconde algo invisível que pertence à nossa condição humana: as incontáveis possibilidades e virtualidades escondidas dentro de nós. Podemos desentranhá-las inventar uma solução nova aos nossos problemas. É a esperança que nos permite sonhar e pensar em mundos ainda não vividos e ensaiados mas que somos desafiados a moldá-los. Enquanto houver esperança, jamais existirão becos sem saída. Pela esperança nos convencemos a nós mesmos de que o Covid-19 não representará o “Next Big One”, o grande vírus terminal, contra o qual nenhuma vacina seria eficaz e que poderia liquidar grande parte da biosfera e levar milhões  da humanidade a um desfecho trágico.

Ainda temos futuro. Nascidos no coração das grandes estrelas vermelhas, há bilhões de anos, seguiremos irradiando. Alimenta nossa esperança uma das últimas frases da Laudato Si: como cuidar da Casa Comum do Papa Francisco:”Caminhemos cantando; que as nossas lutas e a nossa preocupação por este planeta não nos tirem a alegria da esperança”(n.244).

Leonardo Boff é filósofo e teólogo e escreveu: O doloroso parto da Mãe Terra: uma sociedade de fraternidade sem fronteiras e de amor social a sair em breve pela Vozes 2021.