En tiempos de Covid: el cuidado necesario y la hermandad afectuosa

Leonardo Boff*

En los días actuales, especialmente durante el aislamiento social, debido a la presencia peligrosa del coronavirus, la humanidad despertó de su sueño profundo: empezó a oír los gritos de la Tierra y los gritos de los pobres y la necesidad de cuidarnos unos a otros y también a la naturaleza y a la Madre Tierra. De pronto nos dimos cuenta de que el virus no vino del aire y no puede ser pensado en forma aislada, sino dentro de su contexto: vino de la naturaleza. Es la respuesta de la Madre Tierra al antropoceno y el necroceno, es decir, a la destrucción sistemática de vidas, debida a la agresión del proceso industrialista, en una palabra, al capitalismo globalizado. Este avanzó sobre la naturaleza, deforestando miles de hectáreas en el Amazonas, en el Congo y en otros lugares donde se encuentran las selvas y bosques húmedos. Esto destruyó el hábitat de cientos y cientos de virus que se encontraban en los animales e incluso en los árboles. Saltaron a otros animales y de estos a nosotros.

Como consecuencia de nuestra voracidad incontrolada, cada año desaparecen cerca de cien mil especies de seres vivos, después de millones de años de vida en la Tierra y todavía, según datos recientes, un millón de especies vivas corren el riesgo de desaparecer.

La idea-fuerza de la cultura moderna era y sigue siendo el poder como dominación de la naturaleza, de otros pueblos, de todas las riquezas naturales, de la vida e incluso de los confines de la materia. Esta dominación ha causado las amenazas que pesan actualmente sobre nuestro destino. Esta idea-fuerza tiene que ser superada. Bien dijo Albert Einstein: “la idea que creó la crisis no puede ser la misma que nos saque de la crisis; tenemos que cambiar”.

La alternativa será esta: en lugar del poder como dominación tenemos que poner la fraternidad y el cuidado necesario. Estas son las nuevas ideas-fuerza. Como hermanos y hermanas, todos somos interdependientes y debemos amarnos y cuidarnos unos a otros. El cuidado implica una relación afectuosa con las personas y con la naturaleza; es amigo de la vida, protege y da paz a todos los que están alrededor. 

Si el poder como dominación significaba el puño cerrado para someter, ahora ofrecemos la mano extendida para entrelazarla con otras manos, para cuidar y abrazar afectuosamente. Esta mano cuidadosa traduce un gesto no agresivo hacia todo lo que existe y vive.

Por lo tanto, es urgente crear la cultura de la fraternidad sin fronteras y el cuidado necesario que une todo. Cuidar todas las cosas, desde nuestro cuerpo, nuestra psique, nuestro espíritu, a los demás y más cotidianamente la basura de nuestras casas, el agua, los bosques, los suelos, los animales, a unos y otros, empezando por los más vulnerables.

Sabemos que todo lo que amamos, lo cuidamos, y todo lo que cuidamos también lo amamos. El cuidado cura las heridas del pasado e impide las futuras.

En este contexto urgente cobra sentido uno de los más bellos mitos de la cultura latina: el mito del cuidado.

Cierto día, caminando a la orilla de un rio, Cuidado vio un trozo de barro. Fue el primero en tener la idea de tomar algo de ese barro y darle la forma de un ser humano. Mientras contemplaba, contento consigo mismo, lo que había hecho, apareció Júpiter, el dios supremo de los griegos y romanos. Cuidado le pidió que soplara espíritu en la figura que acababa de modelar. A lo que Júpiter accedió de buen grado. Pero cuando Cuidado quiso dar un nombre a la criatura que había diseñado, Júpiter se lo prohibió. Dijo que esta prerrogativa de imponer un nombre era misión suya. Cuidado insistía en que tenía este derecho al haber pensado primero y moldeado la criatura en forma de un ser humano.

Mientras Júpiter y Cuidado discutían acaloradamente, apareció de repente la diosa Tierra. También ella quería darle un nombre a la criatura, ya que, según ella, estaba hecha de arcilla, material del cuerpo de la Tierra. Se produjo una discusión general sin llegar a un consenso. 

De común acuerdo, pidieron al antiguo Saturno, llamado también Cronos, fundador de la edad de oro y de la agricultura, que actuara como árbitro. Apareció en escena y tomó la siguiente decisión que a todos les pareció justa:

“Tú, Júpiter, le has dado el espíritu; por lo tanto, recibirás este espíritu de vuelta cuando esta criatura muera”.

“Tú, Tierra, le has dado el cuerpo; por lo tanto, recibirás también el cuerpo de vuelta cuando esa criatura muera”.

“Como, tú, Cuidado, fuiste quien dio forma a esa criatura, ella permanecerá bajo tu cuidado mientras viva”.

“Y como no hay consenso entre ustedes sobre el nombre, decido yo: esta criatura se llamará Hombre (ser humano), es decir, hecho de humus, que significa tierra fértil”.

Veamos la singularidad de este mito. El cuidado es anterior a cualquier otra cosa. Es anterior al espíritu y anterior a la Tierra. En otras palabras, la concepción del ser humano como compuesto de espíritu y cuerpo no es originaria. El mito es claro al afirmar que “fue Cuidado el que primero moldeó la arcilla en forma de un ser humano”.

El cuidado aparece como el conjunto de factores sin los cuales el ser humano no existiría. El cuidado constituye esa fuerza original de la que brota y se alimenta el ser humano. Sin cuidado, el ser humano seguiría siendo sólo un muñeco de arcilla o un espíritu desencarnado y sin raíz en nuestra realidad terrestre.

Cuidado, al moldear al ser humano, empeñó amor, dedicación, devoción, sentimiento y corazón. Tales cualidades pasaron a la figura que él proyectó, es decir, a nosotros, los seres humanos. Estas dimensiones entraron en nuestra constitución como un ser amoroso, sensible, afectuoso, dedicado, cordial, fraternal y lleno de sentimiento. Esto hace que el ser humano emerja realmente como humano.

Cuidado recibió de Saturno la misión de cuidar al ser humano durante toda su vida. De lo contrario, sin cuidado, no subsistiría ni viviría. Efectivamente, todos somos hijos e hijas del infinito cuidado de nuestras madres. Si no nos hubieran acogido con cariño y cuidado, no hubiéramos sabido cómo salir de la cuna a buscar nuestra comida. En poco tiempo habríamos muerto, porque no tenemos ningún órgano especializado que garantice nuestra supervivencia.

El cuidado, por lo tanto, pertenece a la esencia del ser humano. Pero no sólo eso. Es la esencia de todos los seres, especialmente de los seres vivos. Si no los cuidamos, se marchitan, poco a poco van enfermando y finalmente mueren.

Lo mismo ocurre con la Madre Tierra y todo lo que existe en ella. Como bien dijo el Papa Francisco en su encíclica que tiene como subtítulo “Cuidando de la Casa Común”: “debemos alimentar la pasión por el cuidado del mundo”.

El cuidado es también una constante cosmológica. Bien dicen los cosmólogos y los astrofísicos: si las cuatro fuerzas que sostienen todo (la gravitatoria, la electromagnética, la nuclear débil y la nuclear fuerte) no se hubieran articulado con extremo cuidado, la expansión sería demasiado enrarecida y no habría densidad para originar el universo, nuestra Tierra y a nosotros mismos. O bien sería demasiado densa y todo explotaría en cadena y no existiría nada de lo que existe. Y ese cuidado preside el curso de las galaxias, las estrellas y todos los cuerpos celestes, la Luna, la Tierra y nosotros mismos.

Si vivimos la cultura y la ética del cuidado, asociado al espíritu de hermandad entre todos, también con los seres de la naturaleza, habremos colocado los fundamentos sobre los cuales se construirá un nuevo modo de relacionarnos y de vivir en la Casa Común, la Tierra. El cuidado es la gran medicina que nos puede salvar y la hermandad general nos permitirá la siempre deseada comensalidad y el amor y el afecto entre todos. Entonces continuaremos brillando y desarrollándonos en este bello planeta. 

Esta consideración sobre el cuidado concierne a todos los que cuidan de la vida en su diversidad y del planeta, especialmente ahora, bajo la pandemia de la Covid-19: el cuerpo médico, los enfermeros y enfermeras y todo el personal que trabaja en los hospitales, pues el cuidado esencial cura las heridas pasadas, impide las futuras y garantiza nuestro futuro de nuestra civilización de hermanos y hermanas, juntos en la misma Casa Común.

*Leonardo Boff ha escrito El cuidado necesario y Saber cuidar, publicados ambos por la Editorial Vozes de Petrópolis y Trotta de España.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Em tempos de Covid: o cuidado necessário e irmandade afetuosa

Nos dias atuais, especialmente durante o isolamento social, devido a presença perigosa do coronavírus, a humanidade despertou de seu sono profundo: começou  ouvir os gritos da Terra e os gritos dos pobres e a necessidade do cuidado de uns para com os outros  e também da natureza e da Mãe Terra. De repente, demo-nos conta  de que o vírus não veio do ar. Não pode ser pensado isoladamente, mas dentro de seu contexto; veio da naturea. Ele é uma resposta da Mãe Terra contra o antropoceno e o necroceno, vale dizer, contra a sistemática dizimação de vidas, devida à agressão do processo industrialista, numa palavra, do capitalismo mundialmente globalizado. Ele avançou sobre a natureza, desflorestando milhares de hectares, na Amazônia, no Congo e em outros lugares onde se encontram as florestas úmidas. Com isso destruiu o habitat dos centenas e centenas de vírus que se encontram nos animais e até nas árvores. Saltaram em outros animais e destes a nós.

Em consequência de nossa voracidade incontrolada, cada ano desaparecem cerca de cem mil espécies de seres vivos, depois de milhões de anos de vida sobre a Terra e ainda, segundo dados recentes, há um milhão de espécies vivas sob risco de desaparecimento.

A ideia-força da cultura moderna era e continua sendo o poder como dominação da natureza, dos outros povos, de todas as riquezas naturais, da vida e até dos confins da matéria; esta dominação ocasionou atualmente as ameaças que pesam sobre o nosso destino.  Essa ideia-força tem que ser superada. Bem dizia Albert Einstein: “a idéia que criou a crise não pode ser a mesma que nos vai tirar da crise; temos que mudar”.

A alternativa será esta: ao invés do poder-dominação deve-se colocar a fraternidade e o cuidado necessário. Estas são as nova ideia-força. Como irmãos e  irmãs, somos todos interdependentes e devemos nos amar e cuidar. O cuidado implica numa relação afetuosa para com as pessoas e para com a natureza; é amigo da vida, protege e confere paz a todos que estão à sua volta.

Se o poder-dominação significava o punho cerrado para submeter, agora oferecemos a mão estendida para se entrelaçar com outras mãos, para cuidar e para afetuosamente abraçar. Essa mão cuidadosa traduz um gesto não agressivo para com tudo o que existe e vive.

Portanto, é urgente criar a cultura da fraternidade sem fronteiras e do cuidado necessário que a tudo enlaça. Cuidar de todas as coisas, desde o nosso corpo, da nossa psiqué, do nosso espírito, dos outros e mais comezinhamente do lixo de nossas casas, das águas, das floresta, dos solos, dos animais, de uns e de outros, começando pelos mais vulneráveis.

Sabemos que tudo o que amamos, cuidamos, e tudo o que cuidamos também amamos. O cuidado sana as feridas passadas e impede as futuras.

É neste contexto urgente que ganha sentido um dos mais belos mitos da cultura latina, o mito do cuidado.

“Certo dia, ao caminhar na margem de  um rio,  Cuidado viu um pedaço de barro . Foi o primeiro a ter a ideia de tomar  um pouco dele  e moldá-lo  na forma de um ser humano. Enquanto contemplava, contente consigo mesmo, com  o que havia feito, apareceu Júpiter, o deus supremo dos gregos e dos romanos.

Cuidado pediu-lhe que soprasse  espírito na figura que acabara de moldar. O que Júpiter  acedeu  de bom grado.

Quando, porém, Cuidado quis dar um nome  à criatura que havia projetado, Júpiter o proibiu. Disse que essa prerrogativa de impor um nome era missão dele. Mas cuidado insistia que ele tinha esse direito por ter, por primeiro pensado e moldado a criatura em forma de um ser humano.

Enquanto Júpiter e o Cuidado discutiam acaloradamente, de súbito, irrompeu a deusa  Terra. Quis também ela conferir um nome à criatura, pois, argumentava, que ela  fora feita de barro, material do  corpo, da Terra. Originou-se então uma discussão generalizada sem qualquer consenso.

De comum acordo, pediram, ao antigo Saturno, também chamado de Cronos, fundador da idade de ouro e da agricultura, que funcionasse como árbitro. Ele apareceu na cena. Tomou a seguinte decisão que pareceu a todos   justa:      

“Você, Júpiter, deu-lhe o espírito; receberá, pois, de volta este espírito quando essa  criatura morrer”.

“Você, Terra, deu-lhe o corpo; receberá, portanto, também de volta o seu corpo quando essa criatura morrer”.

Mas como, você, Cuidado foi quem, por primeiro, moldou essa criatura, ela ficará  sob o seu cuidado enquanto  ela viver”.

“E uma vez que entre vocês há consenso  acerca do nome, decido eu:  esta criatura será chamada Homem (ser humano), isto é, feita de húmus, que significa terra fértil”.

Vejamos a singularidade deste mito. O cuidado é anterior a qualquer outra coisa. É anterior ao espírito e anterior à Terra. Em outras palavras, a concepção do ser humano como composto de espírito e corpo não é originária. O mito é claro ao afirmar que “foi o cuidado o primeiro a moldar o barro na forma de um ser humano”.

O cuidado comparece como o conjunto de fatores sem os quais não existiria o ser humano. O cuidado constitui aquela força originante da qual jorra e se alimenta o ser humano. Sem o cuidado, o ser humano continuaria a ser apenas um boneco de barro ou um espírito desencarnado e sem  raiz em nossa realidade terrestre.

O Cuidado, ao moldar o ser humano, empenhou amor, dedicação, devoção, sentimento e coração. Tais qualidades passaram à figura que ele projetou, isto é, a nós, seres humanos. Estas dimensões entraram em nossa constituição, como um ser amoroso, sensível, afetuoso, dedicado, cordial, fraternal e carregado de sentimento. Isso faz o ser humano emergir verdadeiramente  como humano.

Cuidado recebeu de Saturno a missão de cuidar do ser humano  ao longo de toda a sua vida. Caso contrario, sem o cuidado, não subsistiria  nem viveria.

Efetivamente, todos nós somos filhos e filhas do infinito cuidado de nossas mães. Se elas não nos tivessem acolhido com carinho e cuidado, não saberíamos como deixar o berço e buscar nosso alimento. Em pouco tempo teríamos morrido, pois não contamos com nenhum órgão especializado que garanta nossa sobrevivência.

O cuidado, portanto, pertence à essência do ser humano. Mas não só. Ele é a essência de todos os seres, especialmente dos seres vivos. Se não os cuidarmos, eles definham e lentamente adoecem e por fim morrem.

O mesmo vale para a Mãe Terra e para tudo o que nela existe. Como disse bem o Papa Francisco em sua encíclica que leva como sub-título”Cuidando da Casa Comum”: “devemos alimentar uma paixão pelo cuidado do mundo”.

O cuidado é também uma constante cosmológica. Bem dizem os cosmólogos e astrofísicos: se as quatro forças que tudo sustentam (a gravitacional, a eletromagnética, a nuclear fraca e a forte) não se tivessem articulado com extremo cuidado, a expansão ficaria demasiadamente rarefeita e não haveria densidade para originar o universo, a nossa Terra e a nós mesmos. Ou então seria demasiada densa e tudo explodiria em cadeia e nada existiria do que existe. E esse cuidado preside o curso das galáxias, das estrelas e de todos os corpos celestes, a Lua, a Terra e nós mesmos.

Se vivermos a cultura e a ética do cuidado, associado ao espírito de irmandade entre todos, também com os seres da natureza, teremos colocado os fundamentos sobre os quais se construirá um novo modo de nos relacionar  e de viver na Casa Comum, a Terra. O cuidado é a grande medicina que nos pode salvar e a irmandade geral nos permitirá a sempre desejada comensalidade e o amor e a feto entre tods.

Então continuaremos a brilhar e a nos desenvolver sobre esse pequeno e belo planeta.

Esta consideração sobre o cuidado concerne a todos os que cuidam da vida em sua diversidade e do planeta, especialmente agora, sob  pandemia do Covid-19, o corpo médico, os enfermeiros e enfermeiras e outros que trabalham nos hospitais, pois, o cuidado essencial cura as feridas passadas, impede as futuras e garante o nosso futuro de nossa civilização de irmãos e de irmãs, juntos na mesma Casa Comum.

Leonardo Boff escreveu O cuidado necessário  e Saber cuidar, ambos pela Editora Vozes de Petrópolis.

Despojarse de todo para ganar todo: el muñeco de sal

En los últimos tiempos hemos dedicado nuestras reflexiones casi exclusivamente al Covid-19, a su contexto, que es la superexplotación de la Tierra viva y de la naturaleza por el capitalismo globalizado, incluida la China.  Ellas se defendieron enviándonos una gama de virus (zika, ébola, fiebre aviaria y porcina y otros) y ahora este que ataca a toda la humanidad, exceptuando a otros seres vivos. La carrera desenfrenada de acumulación desigual ha entrado en crisis y todos hemos tenido que parar, entrar en aislamiento social, evitar aglomeraciones y usar las incómodas mascarillas. Acogemos estas limitaciones en solidaridad de unos con otros y con los que están sufriendo en todo el mundo.

Esta grave situación nos da la ocasión no sólo pensar en lo que vendrá después de la pandemia sino de volvernos sobre nosotros mismos, sobre las cuestiones cotidianas como la construcción continuada de nuestra identidad y el moldeado de nuestro sentido de ser. Es una tarea nunca terminada incluso bajo el confinamiento social. Dos provocaciones, entre otras muchas, están siempre presentes y tenemos que explicarlas: la aceptación de los propios límites y la capacidad de desapegarse. 

Todos vivimos dentro de un arreglo existencial que por su propia naturaleza es limitado en posibilidades y nos impone innumerables barreras: de profesión, de inteligencia, de salud, de economía, de tiempo y otras. Hay siempre un desfase entre ente el deseo y su realización. Y a veces nos sentimos impotentes ante hechos que no podemos cambiar, como la presencia de una persona con sus altibajos o de un enfermo terminal. Tenemos que resignarnos frente a esta limitación intransferible.  

No por eso tenemos que vivir tristes o sin posibilidad de crecer. Hay que ser resignados, creativamente resignados. En vez de crecer hacia fuera, podemos crecer hacia dentro a medida que creamos un centro donde las cosas se unifican y descubrimos cómo de todo podemos aprender. Bien decía la sabiduría oriental: “si alguien siente profundamente a otro, este lo percibirá aunque esté a miles de kilómetros de distancia”. Si te modificas en tu centro, nacerá en ti una fuente de luz que irradiará a los otros.

La otra tarea consiste en la búsqueda de la autorrealización. Esta, esencialmente, es la capacidad de desapegarse. El budismo zen pone como test de madurez personal y de libertad interior la capacidad de desapegarse y de despedirse. Si observamos bien, el desapego pertenece a la lógica de la vida: nos despedimos del vientre materno, después de la infancia, de la juventud, de la escuela, de la casa paterna, de los parientes y de las personas amigas. En la edad adulta nos despedimos de trabajos, profesiones, del vigor del cuerpo y de la lucidez de la mente que irreversiblemente van disminuyendo hasta cesar, y ahí nos despedimos de la propia vida. En estas despedidas crecemos en nuestra identidad pero a costa de dejar atrás un poco de nosotros mismos.

¿Cuál es el sentido de este lento despedirse del mundo? ¿Mera fatalidad irreformable de la ley universal de la entropía? Esa dimensión es irrefutable, pero ¿no guardará un sentido existencial a ser buscado por el espíritu? Si en realidad somos un proyecto infinito y un vacío abismal que clama por plenitud, ¿no será que este desapegarse significa crear las condiciones para que un Mayor venga a llenarnos? ¿No será el Ser Supremo, hecho de amor y de misericordia, que nos va quitando todo para que podamos ganar todo, en el más allá, cuando nuestra búsqueda finalmente descansará, como el cor inquietum de San Agustín?

Al perder, ganamos y al vaciarnos quedamos plenos. Dicen que esta fue la trayectoria de Jesús, de Buda, de Francisco de Asís, de Gandhi, de Madre Teresa, de Hermana Dulce y yo creo que también del Papa Francisco, el mayor de los humanos de hoy.

Tal vez una historia de los maestros espirituales antiguos nos aclare el sentido de la pérdida que produce una ganancia.

«Había una vez un muñeco de sal. Después de peregrinar por tierras áridas llegó a descubrir el mar, que nunca había visto antes, y por eso no podía entenderlo. El muñeco de sal preguntó: “¿Quién eres?” Y el mar respondió: “Soy el mar”. El muñeco de sal volvió a preguntar: “¿Qué es el mar?” Y el mar dijo: “Yo soy el mar”. “No entiendo”, dijo el muñeco de sal, “pero me gustaría mucho entenderte; ¿cómo lo hago?” El mar simplemente respondió: “Tócame”.

Entonces el muñeco de sal tocó tímidamente el mar con la punta del pie. Notó que el mar empezaba a ser comprensible, pero pronto se dio cuenta de que las puntas de sus pies habían desaparecido. “Oh, mar, mira lo que me has hecho”, dijo. Y el mar respondió: “Tú diste algo de ti mismo y yo te di comprensión; tienes que darte todo para comprenderme totalmente”.

Y el muñeco de sal comenzó a entrar despacio mar adentro, lenta y solemnemente, como quien va a hacer lo más importante de su vida. Y a medida que entraba se iba diluyendo y entendiendo al mar cada vez más. Y el muñeco seguía preguntando: “¿qué es el mar?”. Hasta que una ola lo cubrió por completo. Todavía pudo decir, en el último momento, antes de diluirse en el mar: “Soy yo”».

Se desapegó de todo y ganó todo: el verdadero yo.

*Leonardo Boff es autor de Tiempo de Trascendencia (2009) y Saudade de Dios (2019) Sal Terrae.

Traducción de Mª José Gavito Milano

“Ou nos salvamos todos ou ninguém se salva”

UHU de 19 Outubro 2020

“Fratelli Tutti representa uma alternativa à crise global da civilização

Os cuidados com a casa comum estão se tornando cada vez mais necessários. Isto deve levar a teologia a fazer uma reflexão que ajude a tornar esta preocupação uma realidade. Dando continuidade aos encontros virtuais organizados pela Ameríndia para este mês de outubro, nos quais está sendo realizada uma reflexão sobre o tema “Teologia da Libertação em tempos excepcionais de crise e esperança“, nesta sexta-feira, 16 de outubro, foi abordada a questão da “Ecologia Integral e Trabalho Teológico“.

A reportagem é de Luis Miguel Modino.

Esta é uma questão abordada por Leonardo Boff desde os anos 80, que já colocou entre os pobres “a grande pobre, que é a Mãe Terra, super explorada, devastada pela voracidade industrialista, especialmente o capitalismo“, uma Terra que é crucificada. Segundo ele, “Fratelli Tutti representa uma alternativa à crise global da civilização”, diante do paradigma da modernidade, que considera o ser humano o mestre e senhor da natureza (dominus=senhor e dono) o Papa propõe que sejamos irmãos e irmãs (frater), com novos sonhos de fraternidade e amizade social. Somos chamados a entender que não dominamos, somos parte da natureza, seguindo o exemplo de São Francisco. Ou nos salvamos todos ou ninguém precisamos de uma nova civilização, centrada na vida, insiste o teólogo.

Diante desta realidade, ele propõe um novo paradigma cosmogênico, e nos lembra que a nova encíclica nos chama a refazer nossa humanidade com uma política baseada na ternura, na bondade, para com os pequenos, os pobres e os fracos, que devem ser tratados e amados como irmãos. Seguindo as vozes dos cientistas, Boff nos lembra que se não mudarmos, tragédias virão, a humanidade deve escolher seu futuro entre uma aliança global de cuidados e o risco de destruição da diversidade da vida. Por esta razão, ele aponta que estamos em uma época que foi chamada de antropoceno, também necroceno, o que causa uma destruição em massa de vida.

O teólogo brasileiro considera que “o coronavírus é uma mensagem que a Mãe Terra nos enviou para refletir; estamos diante de um retiro existencial que nos levará a descobrir o que precisamos mudar”. Segundo Boff, “a pior coisa que poderia nos acontecer é voltar ao que era antes”, a um sistema assassino que cria injustiça ecológica e social. Ele insiste que “a teologia da libertação tem que incorporar esta dimensão ecológica integral para ser fiel a sua opção básica, aos pobres, fazendo uma opção pela Terra, para cuidar dela”. Para fazer isso, devemos nos fazer ver que temos que assumir as mudanças necessárias, se não o fizermos, o risco é que não haja futuro.

Birgit Weiler abordou sua reflexão a partir do contexto do Sínodo para a Amazônia, no qual ela enfatizou “a escuta profunda e empática de diferentes culturas e visões de mundo preocupadas com a casa comum“. Estamos diante de uma escuta como uma oportunidade para sermos enriquecidos, para acolhermos um espírito criativo e transformador. A teóloga alemã, que vive no Peru, afirma que, “diante de uma crise profunda, como a humanidade nunca viveu antes, o Papa Francisco nos faz ver que precisamos da sabedoria, da espiritualidade, das luzes dos diferentes povos, culturas e inspirações religiosas”, algo que está sendo vivido no processo sinodal e nos chama a fazer teologia em diálogo com outras tradições religiosas.

O coronavírus é um exemplo do que acontece quando não respeitamos os limites da natureza, quando invadimos ecossistemas para explorá-los. Isto é algo que acontece na Amazônia, onde estamos chegando ao ponto de não retorno, uma consequência de nossa irresponsabilidade, diz Weiler. Daí a necessidade de nos libertarmos de uma visão utilitária, assumindo uma atitude contemplativa, “deixando a Terra falar conosco e nos levar a gerar um vínculo emocional com ela”, algo que podemos aprender com os povos originários. A partir daí ela sugere “uma teologia da contemplação, que leva à conexão com o belo, o que também nos dá energia para defender o que é ameaçado e maltratado”.

É necessário aprender com os povos originários para sentir um vínculo com a Terra, a partir de uma forma de pensar mais integral. Segundo a perita sinodal, da mesma forma que a Terra é maltratada, as mulheres também são maltratadas, algo que aparece claramente na Amazônia, onde o tráfico e a exploração sexual das mulheres cresceram muito, e não podemos esquecer que elas são as primeiras cuidadoras da vida. Ela propõe o bem viver como fonte de inspiração, “que nos liga a um horizonte que nos leva a compreender a necessidade de viver em relação, em comunhão, em solidariedade“, algo que nos remete à essência de Deus.

Os povos da Amazônia entendem a Terra como uma grande comunidade, como uma sociedade da qual não só os humanos, mas tudo o que faz parte do meio ambiente, são parte. Isto torna possível compreender nossa relação com a Terra de uma maneira diferente, superando o modo ocidental, hierárquico, dualista, dominante e arrogante, assumido pelo neoliberalismo. Viver uma vida de interconexão, intercomunicação e interdependência, e experimentá-la como algo que nos enriquece. Também buscam projetos alternativos, que buscam incluir, gerando uma corrente de ecologia integral que queira cuidar da vida e fazer crescer naquilo que nos torna humanos.

“A terra é o ventre sagrado do criador, do grande espírito que gera toda a possibilidade de vida que existe em nossa casa comum“, segundo Laura Vicuña Pereira, que considera que “este ventre sagrado gerou filhos e filhas que nasceram e cresceram, com a liberdade de escolher a vida ou a morte”. Pouco a pouco, perdemos nossa unidade com a natureza, com a terra, com o criador, algo que se perpetua até hoje. A auditora sinodal afirma que “não podemos separar a condição de ecologia integral do bem comum”.

A religiosa indígena, que trabalha com o povo Karipuna, quer “ser uma voz para este povo que luta para manter a vida, para manter a casa comum“. Ela lembrou que “no Sínodo, os povos originários disseram ao Papa, aos cardeais, aos bispos, que queríamos que a Igreja fosse aliada, em defesa da vida, da terra, dos direitos”. O cuidado da casa comum, nossa única morada, é algo urgente, no qual todos devem participar.

Como uma das representantes dos povos indígenas na Conferência Eclesial da Amazônia, ela afirma que “os povos originários são os portadores e guardiões de uma biodiversidade muito importante. Temos a responsabilidade de cuidar, de amar este imenso território com águas, florestas, águas, conhecimentos e sabores”. Ao mesmo tempo, ela destaca a importância dos sonhos, algo que aparece na Querida Amazônia, como uma forma de tornar um futuro melhor uma realidade, a ser realizada coletivamente. Nesse sentido, ela insiste que “o cuidado das pessoas e o cuidado da terra são inseparáveis”.