El gran señuelo: el capitalismo verde

Los grandes megacapitales están reuniendo a centenares de economistas y politólogos para preparar el mundo de la pospandemia. Ya han salido varios documentos. El principal tal vez sea el publicado por el conservador The Economist (principales accionistas las familias Rothschild y Agnelli) con el título: “El futuro que nos espera”. Si leemos los 20 puntos enumerados nos quedamos horrorizados: presentan un proyecto donde solo entran ellos, dejando fuera al resto de la humanidad, que será controlada, ya sea cada individuo o toda la sociedad, por la inteligencia artificial cuya función es desarmar y liquidar cualquier reacción en contra. La expresión introducida por el parásito príncipe Charles, en la última reunión en Davos es: “el gran reinicio” (the Great Reset). Lógicamente se trata de un nuevo comienzo del sistema capitalista que protege las fortunas de un puñado de multimillonarios. El resto, que se aguante.

Como afirmó la escritora alemana Helga Zepp-La Rouche (cf. Alainet 29/9/21): «En definitiva, se trata de una expresión altanera, petulante y racista de la élite global, la misma que para mantener sus privilegios mata de hambre diariamente a 20 mil personas, decreta guerras de exterminio y puede irresponsablemente destruir el planeta». Vean en qué manos está nuestro destino.

Predican el capitalismo verde, mero ocultamiento de la depredación que este hace de la naturaleza. El capitalismo verde de estas megacorporaciones que controlan gran parte de la riqueza del mundo, no es ninguna solución. Para él, ecología significa plantar árboles en los jardines de las empresas, llamar la atención sobre un menor uso de los plásticos y contaminar menos el aire. Nunca cuestionan su modo de producción, depredador de la naturaleza, la verdadera causa del desarreglo climático de la Tierra y de la intrusión de la Covid-19 y especialmente de la abismal desigualdad social y mundial.

Otro gran grupo de megacorporaciones emitió un documento sobre “la responsabilidad social corporativa de las empresas”. Robert Reich, exsecretario de trabajo del gobierno norteamericano desenmascaró este propósito engañador: «ellas están en el negocio de hacer la mayor cantidad de dinero posible, no de resolver los problemas sociales; buscan solamente el bienestar de “todos nuestros accionistas”» (cf. Carta Maior 30/9/21).

En otras palabras: el diseño de la gran banca, de las multinacionales y de la sociedad planetaria pensada por la élite global está configurado según sus conveniencias, nunca para salvaguardar la vida en la Tierra, incluir a los pobres, sino para garantizar sus fortunas y el modo de producción devastador que las produce. Los pobres, las grandes mayorías de la humanidad están totalmente fuera de su radar. Serán contenidos por la inteligencia artificial que impedirá que levanten la cabeza.

Si estos propósitos prosperan, se estará pavimentando el camino que nos llevará al desastre planetario, como ha advertido el Papa Francisco en las dos encíclicas ecológicas: “o cambiamos de rumbo y así todos se salvan, o no se salva nadie” (cf.Fratelli tutti, n.34).

Quienes detentan la decisión sobre los rumbos de la humanidad no han aprendido nada de la Covid-19 ni de los crecientes disturbios climáticos. Ellos confirman lo que decía el gran teórico de un marxismo humanista, el italiano Antonio Gramsci: “La historia enseña, pero no tiene alumnos”. Aquellos no han frecuentado la historia. Solo (des)aprenden de la razón instrumental-analítica que hoy en día se ha vuelto irracional y suicida.

Embriagados por su ignorancia y su codicia ilimitadas (greed is good), nos llevarán como inocentes corderos al matadero. No por voluntad del Creador ni por un desvío del proceso cosmogénico, sino por su irresponsabilidad y por la falta de conciencia de los errores cometidos que no quieren corregir. Y así, alegremente y disfrutando todavía de la vida, nos obligarán tal vez a sufrir el destino vivido hace 65 millones de años por los dinosaurios.

*Leonardo Boff es ecoteólogo y miembro de la Iniciativa internacional de la Carta de la Tierra, y ha escrito: Covid-19: la Madre Tierra contraataca a la humanidad, Vozes, Petrópolis 2020 y Habitar la Terra: vías para la fraternidad universal, aque será publicado por Vozes y ya ha sido publicado en italiano por Castelvecchi, Roma 2021.

San Francisco: el último cristiano patrono de la ecología

Hoy, 4 de octubre, es el día del Seráfico Padre San Francisco, como los frailes cariñosamente suelen llamarlo. Fue alguien que llevó tan lejos el proyecto de Jesús que acabó identificándose con él. Por esto es llamado el Primero después del Único, Jesucristo, o también el Último cristiano. La Tradición de Jesús generó incontables seguidores, entre hombres y mujeres, pero nadie fue tan radical como él: el último cristiano de verdad.

Según el historiador Arnold Toynbee, y el filósofo Max Scheler, profesor de Martin Heidegger, Francisco ha sido el mayor hombre que produjo Occidente. Él desborda la Orden Franciscana y ya no pertenece a la Iglesia Católica sino a la humanidad. Ha pasado a ser el hermano universal. Inspiró al Papa Francisco a escribir las dos encíclicas de ecología integral “Sobre el cuidado de la Casa Común” (2015) y “Todos hermanos y hermanas” (2020). Dice conmovedoramente: Francisco “es el ejemplo del cuidado de lo que es frágil; cualquier criatura era una hermana, unida a él por lazos de cariño, pues se sentía llamado a cuidar de todo lo que existe” (n.10 y 11).

Francisco también es llamado el Poverello, el pobrecito de Asíso el Fratello, el hermano de toda criatura.

Tres características entre otras marcan su persona: la pobreza, la fraternidad y la minoridad. 

La pobreza para Francisco no es un ejercicio ascético. Es un modo de vida. Consiste en suprimir todo lo que puede distanciarme del otro: los bienes, los saberes y principalmente los intereses. Como la palabra sugiere – interés– es aquello que hay entre (inter) yo y el otro. Francisco quiso despojarse de todo eso. Ponerse de rodillas, a la altura del otro, para estar ojo a ojo, rostro a rostro. Sin distancia tú sientes al otro como tu hermano o tu hermana, su piel, su mirada y el latir de los corazones. 

La fraternidad resulta de esta pobreza. Ser pobre para ser más hermano y hermana y formar una comunidad humana y también cósmica. Acogió con profunda humildad el humus oscuro de donde todos nos originamos, en sus palabras “la madre y hermana Tierra”, y también a todos los seres de la naturaleza. A la lombriz que forcejea para hacer un agujero en el piso duro del camino, él cuidadosamente la recoge y la lleva a un lugar húmedo. Ve una rama rota y corre a vendarla para que pueda revivir. Escucha a las alondras cantando y les pide permiso para unirse a ellas con sus salmos. Buscó la unidad de la creación entre los seres humanos y todo lo creado. En plena cruzada contra los musulmanes, cruza el frente y va a hablar con el sultán de Egipto. No fue para convertirlo, sino para confraternizar con él y rezar juntos. Se hacen grandes amigos. Hasta el feroz lobo de Gubbio es su hermano y hace que se reconcilie con toda la ciudad. 

La minoridad nace de la pobreza y de la fraternidad universal. En su tiempo había “mayores”, toda la jerarquía eclesiástica que tenía al Papa como su cabeza, los ricos comerciantes de las Comunas, como su padre, que estaban formándose y dejando atrás las jerarquías feudales. Y había también “menores”, los siervos de la gleba, los empleados de los talleres de tintura de telas, que vivían en condiciones miserables. Y había todavía los hansenianos (los leprosos), rechazados y aislados fuera de la ciudad.

Son los sin poder. Y con ellos va a vivir y convivir Francisco. Se junta con los leprosos, come de la misma escudilla de ellos, les limpia las llagas y los abraza como hermanos y hermanas. Rechaza todo poder. Sabe que la mayor tentación humana consiste en el poder, pues nos hace parecer “pequeños dioses” que tienen en sus manos el destino de los demás. Bien observaba Hobbes en su Leviatán: “el poder para asegurarse busca cada vez más poder y esto solo cesa con la muerte”. Los sabios de todas las tradiciones nos advierten: donde impera el poder, desaparece el amor y falta la ternura; impera la competencia, surge la tensión, irrumpe el conflicto y puede ocurrir hasta el asesinato del otro. Ser “menor” para Francisco es unirse a los sin-poder, participar de su marginación y rechazar decididamente todo poder. No elaboró ninguna institución que los auxiliase. Hizo más: fue a vivir con ellos y a participar de su suerte.

Finalmente, cabe hablar de su profundo amor a Clara. Pocas veces en la historia cristiana se ha verificado tanta sintonía entre el animus y el anima. No huyeron de la experiencia más gratificante y profunda del amor humano ni de sus sutilezas. En el amor real y verdadero entre ambos encontraban al Amor Mayor que los unía más profundamente y también con todas las criaturas.

En alabanza al Seráfico Padre Francisco, su hermano y seguidor en homenaje escribió: Francisco de Asís: el hombre del paraíso, ilustrado por Nelson Porto, Vozes, Petrópolis 1986.

Traducción de Mª José Gavito Milano

El amor forma parte del ADN del ser humano

Observamos con consternación en nuestro país y también en gran parte del mundo una ola de odio, de desprecio, de exclusión y de violencia simbólica y física que suscita la pregunta: ¿cómo se inscribe este dato siniestro dentro de la vida humana? Como veremos luego, los investigadores del secreto de la vida humana nos aseguran que por naturaleza y no simplemente por un proyecto personal o social, en nuestro DNA está inscrito el amor, la cooperación, la solidaridad y la compasión. Los que viven y alimentan el odio son enemigos de sí mismos y de la vida misma. Por eso no producen nada positivo, sino desgracias, exclusiones, crímenes y muerte. Es lo que lamentablemente estamos presenciando.

Sobre esta cuestión, el primer nombre a ser mencionado es sin duda James D.Watson con su famoso libro “ADN: el secreto de la vida” (2005). Junto con su colega Francis Crick sustentan científicamente que el amor está presente en la esencia del ADN. Ambos descodificaron en 1953 el código genético, la estructura de la molécula de ADN, la doble hélice que contiene el programa de toda vida, desde la célula primigenia surgida hace 3.800 millones de años hasta llegar a nosotros, seres humanos. 

Todos estamos constituidos por el mismo código genético de base, lo que nos hace a todos parientes unos de otros. Afirma Watson: “contra el orgullo, las sublimes realizaciones del intelecto humano revelan que tenemos apenas dos veces más genes que un gusano insignificante, tres veces más genes que una mosca de frutas en descomposición y solo seis veces más genes que la simple levadura de panadería”. Una molécula de ADN estirada alcanza un metro y 85 centímetros; reducida a su forma original es una billonésima de centímetro y está presente en cada célula de nuestro cuerpo, incluso en la más superficial de la piel de nuestra mano. Watson define: “la vida así como la conocemos no es más que una vasta gama de reacciones químicas coordinadas. El secreto de esta coordinación es un complejo y arrebatador conjunto de instrucciones inscritas químicamente en nuestro ADN. Pero todavía nos queda un largo camino que recorrer hasta llegar al pleno conocimiento de cómo actúa el ADN” (p.424).

Muchos nuevos conocimientos enriquecieron la visión de Watson y Crick, especialmente los de los biólogos chilenos Humberto Maturana y Francisco Varela. Lo mejor de estas investigaciones fue maravillosamente resumido por el ecologista y físico cuántico Fritjof Capra en su libro La trama de la vida (1997). Él mostró didácticamente que para que surgiera la vida es necesario el patrón de organización (que nos hace distinguir una silla de un árbol) de una estructura que organiza los elementos físico-químicos que permiten la irrupción de la vida. Pero esto no basta, es necesario incluir la auto-creación. Los seres vivos, en sistemas abiertos que los hacen dialogar con todo el entorno, no son estáticos, están siempre en proceso de autocreación (autopoiesis de Maturana). No solo se adaptan a los cambios, sino que crean otros nuevos junto con los demás seres, de tal forma que continuamente co-evolucionan.

Una contribución decisiva fue aportada por Humberto Maturana que estudió la base biológica del amor. Él ve el amor presente desde los inicios del universo. Cada ser se rige por dos procesos: el primero es de necesidad de interconectarse con todos los demás para asegurar más fácilmente su supervivencia. El segundo es de pura espontaneidad. Los seres se interrelacionan por rara gratuidad, creando entre sí lazos nuevos y por afinidad, como si se enamorasen recíprocamente. Es la irrupción del amor en el proceso cosmogénico. El amor que surge entre dos seres, millones de años después, tuvo su origen en esa relación de ancestral amorosidad espontánea.

Todo esto sucede como un dato de la realidad objetiva. Al llegar al ser humano se puede transformar en algo subjetivo, en un amor conscientemente asumido y vivido conscientemente como un proyecto de vida.

Toda esta reflexión se destina a deslegitimar y acusar como inhumana, contraria al movimiento del universo y a la base biológica de la vida, la prevalencia del odio, de la exclusión y de la rabia presentes en nuestro país, animadas por un jefe de estado que se distingue por su odio y comportamientos desviados y necrófilos. Se ha hecho enemigo de la vida de sus compatriotas al aliarse con la Covid-19, presentándose como maestro curador a través de la cloroquina y compuestos, como si fuese médico y especialista. Quedó como un simple charlatán y, con referencia a los indígenas, un genocida.

Termino con este testimonio de Watson en el libro antes mencionado:

Aunque no sea religioso, veo elementos profundamente verdaderos en las palabras sobre el amor de San Pablo en la epístola a los Corintios: “Si hablase todas las lenguas… si conociese todos los misterios y toda la ciencia… pero no tuviese amor, no sería nada. Pablo, a mi entender, reveló con claridad la esencia de nuestra humanidad. El amor, ese impulso que nos hace cuidar al otro fue lo que permitió nuestra supervivencia y éxito en el planeta. El amor es tan fundamental a nuestra naturaleza humana que estoy seguro de que la capacidad de amar está inscrita en nuestro ADN. Un Pablo secular (él, Watson) diría que el amor es la mayor dádiva de nuestros genes a la humanidad” (p.433-434).

Tales palabras nos llevan a responder al odio bolsonarista con el amor, a la ofensa de sus fans con amorosidad: Tales actitudes nos dan la certeza y garantía de que estos tiempos nefastos de ira y de odio pasarán.

*Leonardo Boff es teólogo, filósofo y escritor y ha publicado La casa, la espiritualidad, el amor, Paulinas, SP 2017Los derechos del corazón, Paulus, SP 2015.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Una increíble revolución, vivida por pocos y rechazada por muchos (II)

Leonardo Boff*

La primera palabra de Jesús cuando apareció públicamente fue: “El Reino tan ansiado ha llegado; cambien de mente y de corazón” (Mc 1,14). Reino, contrariamente a la expectativa de los judíos, no era el restablecimiento del antiguo orden, la liberación política de la dominación romana que los avergonzaba. Para Jesús, el Reino de Dios es otra cosa: consiste en una nueva relación de amorosidad entre las personas, incluyendo a todos, hasta a los ingratos y malos (Lc 6,35). Lo que prevalece ahora es esa proximidad de Dios hecha de amor y de misericordia ilimitada.

No hay condenación eterna, sólo temporal

La condenación es una invención de las sociedades. Dios no conoce una condenación eterna, pues su misericordia no tiene límites. Si hubiese una condenación eterna, Dios habría perdido. Él no puede perder nunca nada “de aquello que creó con amor, pues no odia a ninguno de los seres que ha puesto en la existencia; si no, no los habría creado, porque es el apasionado amante de la vida” (cf. Sab 11,24-26). Deja 99 ovejas a buen recaudo y se va a buscar la oveja perdida hasta encontrarla.

Afirma el salmo 103, uno de los más esperanzadores textos bíblicos: “Dios no nos está acusando siempre. Como un padre siente ternura hacia sus hijos, así de tierno es Dios… porque conoce nuestra naturaleza, se acuerda de que somos polvo; su misericordia es desde siempre para siempre” (Sl 103:6-17).

Este mensaje innovador de Jesús –la proximidad incondicional y la misericordia ilimitada de Dios-Abba– fue y es tan innovador que ha sido y es vivido por pocos y rechazado por la gran mayoría, como ocurrió en el tiempo en que él andaba por los pedregosos caminos de Palestina. No debemos olvidar que fueron los políticos y principalmente los religiosos quienes lo condenaron y lo llevaron a la cruz. En palabras del padre Julio Lancellotti hemos sido desafiados a vivir el “Amor a la manera de Dios” (título de su libro, Planeta, 2021) empezando por la gente de la calle, por los discriminados a causa del color de su piel o de su origen, los quilombolas, las mujeres lesbianas, los homoafectivos y los LGBTI, los pobres cobardemente odiados por la “élite del atraso” (la mayoría cristiana culturalmente pero a siglos-luz de la Tradición de Jesús), ignorantes de la amorosidad y de la proximidad de Dios-Abba a ellos también.

La gran tragedia vivida por Jesús fue que esa proximidad de Dios amoroso no fue acogida: “vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron”(Jn 1,11). Por eso lo crucificaron, porque no hubo correspondencia. Ese rechazo se viene manteniendo durante siglos y siglos hasta el día de hoy, tal vez con más ferocidad aún, pues el odio y la discriminación campan por el ancho mundo.

No importa. Aunque se sintiese Hijo de Dios-Abba identificándose con Él, no se aferró a esta situación de Hijo bienamado; por solidaridad se presentó como simple hombre en la condición de siervo, aceptando el más vergonzoso castigo, morir en la cruz, que significaba morir en la maldición divina (cf. Flp 2,6-8).

El gran rechazo a la proximidad de Dios

Por causa de este amor que ardía dentro de él, Jesús asumió sobre sí solidariamente ese tipo de muerte maldita y todos los dolores del mundo; todo tipo de maledicencia contra él; soportó la traición de los apóstoles, Judas y Pedro, la suerte de aquellos que ya no creen o se sienten abandonados por Dios, y recibió una seria amenaza de muerte que después se cumplió. Como tantas personas en el mundo, él también se llenó de angustia y de pavor, hasta el punto que “el sudor se volvió gruesas gotas de sangre” (Lc 22,41) en el Jardín de Getsemaní. En la cruz, casi al límite de la desesperación, que muchos sufren también y que él quiso también sentir en comunión con todos ellos, gritó: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34). La proximidad de Dios estaba en Jesús pero encubierta, para que él pudiese participar del infierno humano de la muerte de Dios, sufrida por no pocas personas. Todos estos, no estarán jamás solos en su sufrimiento. El credo cristiano reza “descendió a los infiernos”, que significa: sintió estar absolutamente sólo, sin que nadie lo pudiese acompañar. Pero Dios-Abba estaba también allí como ausente. Desde ese momento nadie más estará solo en el infierno de la absoluta soledad humana. Jesús estuvo y estará con todos ellos.

La resurrección de Jesús que representa una verdadera insurrección contra la religión de la Ley y la justicia de su tiempo, es como una luz que va a mostrar, en total plenitud, esta proximidad de Dios que nunca se ausentó. Ella estaba totalmente allí, sufriendo con los que sufren. Los negadores y los ateos son libres de ser lo que son, de no acoger o de ni siquiera saber de esta proximidad de Dios, pero eso no cambia nada para Dios-Abba, que nunca los abandona porque no dejan de ser sus hijos e hijas, sobre los cuales repite: “Vosotros sois mis hijas e hijos bienamados, con vosotros me regocijo”.

Pero vale la pena considerar: si no puedes ver una estrella en el cielo límpido, la culpa no es de la estrella, sino de tus ojos. Por su amor ilimitado y su misericordia sin fronteras también ellos son abrazados por Dios-Abba aunque se nieguen a abrazarlo. Aunque no la vean, la estrella estará brillando.

El cristianismo verdadero y real es vivir esta Tradición de Jesús. La mayoría de las iglesias cristianas, no excluida la romano-católica, se organizan en torno al poder sagrado que crea desigualdades, se apoyan sobre un grueso libro doctrinario llamado Catecismo, están vinculadas a cierto orden moral, a una vida piadosa, a la recepción de los sacramentos, a la participación en la fiestas litúrgicas. Todo esto no es que no tenga importancia. Pero difícil y raramente se proponen vivir el amor incondicional y ensayar a amar al modo de Dios y al modo de Jesús, privilegiando a aquellos que él privilegió, los últimos, los que no son, ni cuentan. Donde impera el poder, no brota el amor ni florece la ternura y la proximidad de Dios-Abba y su misericordia, siempre presentes.

No hay cómo negar que, históricamente, gran parte de la Iglesia católica romana estaba más cerca de los palacios que de la gruta de Belén, teniendo en mayor consideración el madero de la cruz que aquel que está crucificado en él por solidaridad con todos, con los perdidos y caídos en los caminos.

La gran inversión: la conversión del padre y no la del hijo pródigo

Qué diferente sería todo si esta inaudita revolución hubiese prosperado en nuestro mundo. No habría lo que estamos presenciando en nuestro país y, en general, en tantas partes, la prevalencia del odio, de la discriminación, de la violencia contra los que no pueden defenderse, y especialmente hoy contra la naturaleza que nos asegura las bases que sustentan la vida y a la Madre Tierra.

Por esta razón, Jesús, aun resucitado, continúa dejándose crucificar con todos los crucificados de la historia de las más diversas modalidades.

La parábola del hijo pródigo revela cómo es la Tradición de Jesús. El hecho nuevo y sorprendente no es la conversión del hijo que vuelve arrepentido a casa de su padre, sino la conversión del padre que, lleno de amor y de compasión, abraza, besa y organiza una fiesta para ese hijo que derrochó su herencia. El único criticado es el hijo bueno, seguidor de la Ley. Todo en él era perfecto. Para Jesús, sin embargo, no basta ser bueno. Le faltaba lo principal: la misericordia y la percepción de la proximidad de Dios-Abba hasta en su hermano perdido por el mundo.

El futuro de la increíble revolución de Jesús

Hemos experimentado de todo en la ya larga historia humana, pero todavía no hemos experimentado colectivamente amar al modo de Jesús y de Dios-Abba. No obstante, ha habido muchos hombres y mujeres que lo han entendido y vivido: son los verdaderos portadores del legado de Jesús, testimonios de la proximidad de Dios, especialmente a aquellos mencionados en el evangelio de san Mateo: “yo era forastero y me hospedaste, estaba desnudo y me vestiste, tenía hambre y me diste de comer, estaba en la cárcel y me fuiste a ver” (Mt 25,34-30). En eso se revela la Tradición de Jesús que se sentía tan unido a Dios-Abba hasta el punto de decir: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,9). Y dice a todos estos: “Cuando lo hicisteis a mis hermanas y hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,34-40).

¿Llegaremos a ver aceptada un día la proximidad de Dios, independientemente de la situación moral, política e ideológica de las personas (pensemos en los torturadores de las dictaduras militares) aunque lo rechacen explícitamente y abusen de su nombre (como nuestro jefe de Estado, enemigo de la vida)? ¿Ganará centralidad esta verdadera revolución transformadora del mundo?

Francisco de Asís y Francisco de Roma, junto con un ejército de personas, muchas de ellas anónimas, osaron emprender esta aventura, creyeron y creen que por ahí pasa la liberación de los seres humanos y la salvaguarda de la vida y de la Madre Tierra amenazadas. La gravedad de la situación actual nos coloca ante esta disyuntiva: “o nos salvamos todos o nadie se salva” como lo dijo enfáticamente el Papa Francisco en la Fratelli tutti (n.32). La Madre Tierra se encuentra en permanentes dolores de parto hasta que nazca, ese día que sólo Dios sabe, el ser nuevo, hombre y mujer; juntos con la naturaleza habitarán la única Casa Común. Como profetizó el filósofo alemán del principio esperanza, “el verdadero Génesis no se encuentra al comienzo sino al final”. Sólo entonces “Dios vio todo lo que había hecho y le pareció que era muy bueno” (Gen 1,31).

O hacemos esta conversión al sueño del Nazareno, que nos trajo la novedad de la proximidad de Dios que siempre nos está buscando, hasta en las sombras del valle de la muerte, o si no, debemos temer por nuestro futuro. En vez de ser los cuidadores del ser, hemos venido a ser su amenaza mortal. Pero aquel que está en medio de nosotros y jamás nos retira su proximidad, tiene el poder de forjar de las ruinas un nuevo cielo y una nueva Tierra. Entonces todo esto habrá pasado. Las lágrimas serán enjugadas y todos serán consolados por Dios-Abba. Comenzará la verdadera historia de Dios-Abba con sus hijas e hijos bienamados por toda la eternidad.

*Leonardo Boff es teólogo y ha escrito: Jesucristo el Liberador (Vozes,1972/2012); Pasión de Cristo-pasión del mundo (Vozes, 2012); La resurrección de Cristo: nuestra resurrección en la muerte (Vozes 2010), publicados todos en español por la editorial Sal Terrae.