Mantener viva la causa del Partido de los Trabajadores (PT) más allá del proceso del “mensalón”.

Hay un proverbio popular alemán que reza: “Le das al saco pero piensas en el animal que carga el saco”. Se aplica al PT con referencia al proceso del “mensalón” [escándalo de las mensualidades supuestamente pagadas a varios diputados para que votaran a favor de proyectos de interés del Poder Ejecutivo] que se está realizando estos días. Se golpea en los acusados pero con la intención de golpear al PT. El tipo de destaque que la mayoría de los medios de comunicación están dando a la cuestión, muestra que el gran interés no se concentra en la condenación de los acusados sino en, a través de su condenación, herir de muerte al PT.

De entrada quiero decir que nunca he estado afiliado al PT. Me intereso por la causa que él representa pues la Iglesia de la liberación colaboró en su formulación y en su realización en los medios populares. Reconozco con dolor que cuadros importantes de la dirección se dejaron picar por la mosca azul del poder y cometieron irregularidades inaceptables. Muchos nos sentimos decepcionados pues depositábamos en ellos la esperanza de que sería posible resistir a las seducciones inherentes al poder. Tenían la posibilidad de mostrar un ejercicio ético del poder en la medida en que este poder reforzase el poder del pueblo que así se haría participativo y democrático. Lentamente vino la caída, pero ésta nunca es fatal. Quien cae, puede siempre levantarse. Con la caída no cayó la causa que el PT representa: la de aquellos que vienen de la gran tribulación histórica mantenidos siempre en el abandono y en la marginalidad. Por políticas sociales consistentes, millones han sido integrados y se han vuelto sujetos activos. Ellos están inaugurando un tiempo nuevo que obligará a todas las fuerzas sociales a reformularse y a cambiar también sus hábitos políticos.

¿Por qué muchos resisten e intentan herir de muerte el PT? Hay muchas razones. Resalto apenas dos decisivas.

La primera tiene que ver con una cuestión de clase social. Es sabido que tenemos élites económicas e intelectuales de las más atrasadas del mundo, como solía repetir Darcy Ribeiro. Están más interesadas en defender privilegios que en garantizar derechos para todos. Ellas nunca se reconciliaron con el pueblo. Como escribió el historiador José Honório Rodrigues (Conciliação e Reforma no Brasil 1965,14) ellas «negaron sus derechos, arrasaron su vida y tan pronto le vieron crecer, le negaron poco a poco su aprobación, y conspiraron para ponerlo de nuevo en la periferia, lugar que siguen creyendo que le pertenece». El PT y Lula vienen de esta periferia. Llegaron democráticamente al centro del poder. Esas élites tolerarían a Lula en el palacio de Planalto, solamente como sirviente, nunca como presidente. No consiguen digerir este hecho imborrable. Lula Presidente representa un cambio de magnitud histórica. Las élites han perdido. Su tiempo pasó. Y no aprendieron nada. Siguen conspirando, especialmente a través de determinados medios de comunicación y de sus analistas, amargados por sucesivas derrotas como se nota en estos días, a propósito de una entrevista montada de la revista Veja contra Lula. Estos grupos se proponen apear al PT del poder y acabar con sus líderes.

La segunda razón está en su arraigado conservadurismo. No quieren cambiar, ni ajustarse al nuevo tiempo. Internalizaron la dialéctica del señor y el siervo. Nostálgicos, prefieren alinearse de forma agregada y subalterna, como siervos, al señor que hegemoniza la actual fase planetaria: Estados Unidos y sus aliados, hoy todos en crisis degenerativa. Difamaron el valor de un presidente que demostró la autoestima y la autonomía de un país, decisivo para el futuro ecológico y económico del mundo, orgulloso de su ensayo civilizatorio racialmente ecuménico y pacífico. Quieren un Brasil menor que ellos para seguir teniendo ventajas.

En conclusión, tenemos esperanza. Según Ignace Sachs, Brasil, en el camino de las políticas republicanas inauguradas por el PT y que todavía deben ser profundizadas, puede ser la Tierra de la Buena Esperanza, es decir, una pequeña anticipación de lo que podrá ser la Tierra revitalizada, bajada de la cruz y resucitada. Muchos jóvenes empresarios, con otra manera de pensar, ya no se dejan ilusionar por la macroeconomía neoliberal globalizada. Procuram seguir el nuevo camino abierto por el PT y por los aliados de su causa. Quieren producir autónomamente para el mercado interno, abasteciendo a los millones de brasileros que buscan un consumo necesario, suficiente y responsable, y así poder vivir un desahogo con digidad y decencia. Esta utopía mínima es factible. El PT se esfuerza por realizarla. Esa causa no puede ser perdida por la férrea resistencia de opositores superados porque es demasiado sagrada por el sudor y la sangre que costó.

*Leonardo Boff es teólogo, filósofo, escritor y doctor honoris causa en política por la Universidad de Turín a solicitud de Norberto Bobbi

Prosperidad: con o sin crecimiento

La crisis ecológico-social que se extiende por todos los países nos está obligando a repensar el crecimiento y el desarrollo, como sucedió en la Río+20. Sentimos empíricamente los límites de la Tierra. Los modelos hasta ahora vigentes se muestran insostenibles.

Por esta razón, muchos analistas afirman: los países desarrollados deben superar el fetiche del desarrollo/crecimiento sostenible a toda costa. Ellos no lo necesitan porque han conseguido prácticamente todo lo necesario para una vida decente y libre de necesidades. Por eso, en lugar de crecimiento/desarrollo se impone una visión ecológico-social: la prosperidad sin crecimiento (mejorar la calidad de vida, la educación, los bienes intangibles). Por el contrario, los países pobres y emergentes necesitan prosperidad con crecimiento. Ellos tienen urgencia de satisfacer las necesidades de sus poblaciones empobrecidas (80% de la humanidad).

Ya no es sensato perseguir el propósito central del pensamiento económico industrialista/consumista/capitalista que planteaba la pregunta: ¿cómo ganar más?, y que suponía la dominación de la naturaleza en vista del beneficio económico.

Ahora ante la realidad que ha cambiado, la pregunta es otra: ¿cómo producir, viviendo en armonía con la naturaleza, con todos los seres vivos, con los seres humanos y con el Trascendente?

En la respuesta a esta pregunta se decide si hay prosperidad sin crecimiento para los países desarrollados y con crecimiento para los pobres y emergentes.

Para comprender mejor esta ecuación es ilustrativo distinguir cuatro tipos de capital: el natural, el material, el humano y el espiritual. En la articulación de los cuatro se genera la prosperidad con o sin crecimiento. El capital natural está formado por los bienes y servicios que la naturaleza ofrece gratuitamente. El capital material es el producido por el trabajo humano. Y aquí hay que considerar bajo qué condiciones de explotación humana y de degradación de la naturaleza ha sido construido. El capital humano está formado por la cultura, las artes, las visiones de mundo, la cooperación, realidades pertenecientes  a la esencia de la vida humana. Aquí es importante reconocer que el capital material ha sometido al capital humano a distorsiones pues también ha hecho mercancía de los bienes culturales. Como denunció recientemente David Yanomami, chamán y cacique, en un libro lanzado en Francia y titulado La caída del cielo: «vosotros, blancos, sois el pueblo de la mercancía, el pueblo que no escucha la naturaleza porque solo se interesa por beneficios económicos»(desinformemonos.org).

Lo mismo se debe decir del capital espiritual. Pertenece también a la naturaleza del ser humano que se pregunta por el sentido de la vida y del universo, lo que podemos esperar más allá de la muerte, los valores de excelencia como el amor, la amistad, la compasión y la apertura al Transcendente. Pero debido al predominio de lo material, lo espiritual se encuentra anémico y todavía no puede mostrar toda su capacidad de transformación y de creación de equilibrio y de sustentabilidad a la vida humana, a la sociedad y a la naturaleza.

El desafío que se presenta hoy es: cómo pasar del capital material al capital humano y espiritual. Lógicamente, lo humano y lo espiritual no eximen del capital material. Necesitamos un cierto crecimiento material para garantizar, con suficiencia y decencia, el sostenimiento material de la vida.

Sin embargo, no podemos restringirnos a un crecimiento con prosperidad porque éste no es un fin en sí mismo. Se ordena al desarrollo integral del ser humano.

Modernamente, fue Amartya Sen, el indio y premio Nobel de economía de 1998, quien mejor nos ayudó a comprender lo que es el desarrollo humano, capaz de ser sostenible y traer prosperidad. El título de su libro define ya la tesis central: Desarrollo como libertad (Companhia das Letras 2001). El autor se sitúa en el corazón del capital humano al definir el desarrollo como «el proceso de expansión de las libertades sustantivas de las personas» (p. 336). Estas son fundamentalmente referidas a los derechos de definir el rumbo de la vida, de la profesión, de la exigencia de dignidad y de reconocimiento.

El brasilero Marcos Arruda, economista y educador, presentó también un proyecto de educación transformadora a partir de la praxis y como ejercicio democrático de todas las libertades (Educación para una economía del amor: educación de la praxis y economía solidaria, Idéias e Letras 2009).

No se trata solamente de atender a la nutrición y la salud, condiciones de base para cualquier prosperidad, lo decisivo reside en  transformar al ser humano. Para Amarthya Sen y para Arruda son fundamentales para eso la educación y la democracia participativa. La educación no para ser secuestrada como un artículo de mercado (profesionalización), sino como la forma de hacer surgir y desarrollar las potencialidades y capacidades del ser humano, cuya «vocación ontológica e histórica es ser más… lo que implica un superarse, un ir más allá de sí mismo, un activar los potenciales latentes en su ser» (Arruda, Educación para una economía del amor,103).

El crecimiento/desarrollo que busca la prosperidad supone entonces la ampliación de las oportunidades de modelar la vida y definirle un destino. El ser humano se descubre un ser utópico, es decir, un ser siempre en construcción, habitado por un sinnúmero de potencialidades. Crear las condiciones para que ellas puedan salir a la luz y sean implementadas es el propósito del desarrollo humano como prosperidad.

Se trata de humanizar lo humano. Al servicio de este propósito están los valores ético-espirituales, las ciencias, las tecnologías y nuestros modos de producción. La forma política más adecuada para propiciar el desarrollo humano sostenible y próspero es, según Sen y Arruda, al lado de la educación, la democracia participativa. Todos deben sentirse incluidos para, unidos, construir el bien común.

Este capital humano y espiritual cuanto más se usa más crece, al contrario del capital material que cuanto más se usa más disminuye. Este es el rumbo que la actual crisis nos apunta.

*Leonardo Boff es teólogo, filósofo y autor de Sostenibilidad: qué es y qué no es, Trotta  2012.

Prosperidade com ou sem crescimento


A crise ecológico-social que se espraia em todos os países está nos obrigando a repensar o crescimento e o desenvolvimento como ocorreu na Rio+20. Sentimos empiricamente os limites da Terra. Os modelos até agora vigentes se mostram insustentáveis.

Por esta razão, muitos analistas afirmam: os países desenvolvidos devem superar o fetiche do desenvolvimento/crescimento sustentável  a todo custo. Eles não o precisam porque conseguiram praticamente todo o necessário para uma vida decente e liberta de necessidades. Para eles, no lugar do crescimento/desenvolvimento cabe cobrar uma visão ecológico-social: a prosperidade sem crescimento (melhorar a qualidade de vida, a educação, os bens intangíveis). Ao contrário, os países pobres e emergentes precisam de prosperidade com crescimento. Eles tem a urgência de crescer materialmente para satisfazer as necessidades de suas populações empobrecidas (80% da humanidade).

Não é mais sensato perseguir o propósito central do pensamento econômico industrialista/capitalista/consumista que se perguntava: como ganhar mais? Ele supunha a dominação da natureza em vista do benefício econômico.

Agora face à realidade mundial mudada, a questão é outra: como produzir, respeitando os limites natureza, os seres vivos, os humanos e abrindo-se ao Transcendente?

Na resposta a esta questão se decide se há prosperidade sem crescimento para os países desenvolvidos e prosperidade com crescimento para os pobres e emergentes.

Para compreendermos melhor esta equação é ilustrativo distinguir quatro tipos de capital: o natural, o material, o humano e o espiritual. É na articulação destes quatro que se gera a prosperidade com ou sem crescimento. O capital natural  é formado pelos bens e serviços que a natureza gratuitamente oferece. O capital material é aquele construído pelo  trabalho humano. O vigente foi alcançado, geralmente, sob condições de exploração da força de trabalho e de degradação da natureza. O capital humano é constituído pela cultura, as artes, as visões de mundo, a cooperação, realidades pertencentes à essência da vida humana. Aqui importa reconhecer que o capital material submeteu o capital humano a constrangimentos pois fez dos bens culturais também mercadoria. Como denunciou recentemente Davi Yanomami, xamã e cacique, num livro lançado na França sob o titulo A Queda do céu: “vocês  brancos, são o  povo da mercadoria, o  povo  que não escuta a natureza porque só se interessa por vantagens econômicas”(veja o site desinformemonos.org).

O mesmo se deve dizer do capital espiritual. Ele pertence também à natureza do ser humano que se pergunta pelo sentido da vida e do universo, o que podemos esperar para além da morte, os valores de excelência como o amor, a amizade, a compaixão e a abertura ao Transcendente. Mas devido a predominância do material, o espiritual se encontra anêmico e não pôde ainda mostrar toda sua capacidade de transformação e de criação de equilíbrio e de sustentabilidade.

O desafio que se apresenta hoje é: como passar do  capital material  ao capital humano e espiritual? Logicamente, o humano e o espiritual não dispensam o capital material. Precisamos de certo crescimento para garantir minimamente a subsistência material da vida. Um cadáver não pensa nem reza.

No entanto, não podemos nos restringir ao crescimento com prosperidade porque ele não é um fim em si mesmo. Ele se ordena ao desenvolvimento integral  do ser humano.

Modernamente, foi Amartya Sen, indiano e prêmio Nobel de economia de 1998, quem melhor nos ajudou  a compreender o que seja o desenvolvimento integral, capaz de ser sustentável e trazer prosperidade. O título de seu livro já define a tese central: Desenvolvimento como liberdade (Companhia das Letras 2001). Ele se coloca no coração do capital humano ao definir o desenvolvimento como “o processo de expansão das liberdades substantivas das pessoas”(p. 336), as de modelar o seu destino, as de definir sua profissão, as de atender seus anseios fundamentais de reconhecimento e dignidade e outras.

O brasileiro Marcos Arruda, economista e educador, apresentou também um projeto de educação transformadora a partir da práxis e como exercício democrático de todas as liberdades (veja Educação para uma economia do amor: educação da práxis e economia solidária, Idéias e Letras 2009).

Não se trata apenas de atender à nutrição e à saúde, condições de base para qualquer prosperidade  mas o decisivo reside em  transformar o ser humano. Para Amarthya Sen e para Arruda são fundamentais para isso a educação e a democracia participativa. A educação não para ser sequestrada como um item de mercado (professionalização), mas como a forma de fazer desabrochar e desenvolver  as potencialidades e capacidades do ser humano, cuja “vocação ontológica e histórica é ser mais.. o que implica um superar-se, um ir além de si mesmo, um ativar os potenciais latentes em seu ser” (Arruda, Educação para uma economia do amor,103).

Crescimento/desenvolvimento que visam a prosperidade significam então a ampliação das oportunidades de modelar a vida e dar-lhe um rumo. O ser humano se descobre um ser utópico vale dizer, um ser sempre em construção, habitado por um sem número de potencialidades. Criar as condições para que elas possam vir à tona e sejam implementadas, eis o propósito do desenvolvimento humano como prosperidade.

Trata-se de humanizar o humano. A serviço deste propósito estão os valores ético-espirituais, as ciências, as tecnologias e nossos modos de produção.  A forma política mais adequada para propiciar o desenvolvimento humano sustentável e próspero é, segundo Sen e Arruda, junto com a educação, a democracia participativa. Todos devem sentir-se incluídos para, juntos, construir o bem comum.

Esse capital humano e espiritual quanto mais se usa mais cresce, ao  contrario do capital material que quanto mais se usa mais decresce. A crise atual nos convida a ir nesta direção.

*Leonardo Boff é teólogo e filósofo e autor de Sustentabilidade: que é e o que não é, Vozes  2012.