Despojarse de todo para ganar todo: el muñeco de sal

En los últimos tiempos hemos dedicado nuestras reflexiones casi exclusivamente al Covid-19, a su contexto, que es la superexplotación de la Tierra viva y de la naturaleza por el capitalismo globalizado, incluida la China.  Ellas se defendieron enviándonos una gama de virus (zika, ébola, fiebre aviaria y porcina y otros) y ahora este que ataca a toda la humanidad, exceptuando a otros seres vivos. La carrera desenfrenada de acumulación desigual ha entrado en crisis y todos hemos tenido que parar, entrar en aislamiento social, evitar aglomeraciones y usar las incómodas mascarillas. Acogemos estas limitaciones en solidaridad de unos con otros y con los que están sufriendo en todo el mundo.

Esta grave situación nos da la ocasión no sólo pensar en lo que vendrá después de la pandemia sino de volvernos sobre nosotros mismos, sobre las cuestiones cotidianas como la construcción continuada de nuestra identidad y el moldeado de nuestro sentido de ser. Es una tarea nunca terminada incluso bajo el confinamiento social. Dos provocaciones, entre otras muchas, están siempre presentes y tenemos que explicarlas: la aceptación de los propios límites y la capacidad de desapegarse. 

Todos vivimos dentro de un arreglo existencial que por su propia naturaleza es limitado en posibilidades y nos impone innumerables barreras: de profesión, de inteligencia, de salud, de economía, de tiempo y otras. Hay siempre un desfase entre ente el deseo y su realización. Y a veces nos sentimos impotentes ante hechos que no podemos cambiar, como la presencia de una persona con sus altibajos o de un enfermo terminal. Tenemos que resignarnos frente a esta limitación intransferible.  

No por eso tenemos que vivir tristes o sin posibilidad de crecer. Hay que ser resignados, creativamente resignados. En vez de crecer hacia fuera, podemos crecer hacia dentro a medida que creamos un centro donde las cosas se unifican y descubrimos cómo de todo podemos aprender. Bien decía la sabiduría oriental: “si alguien siente profundamente a otro, este lo percibirá aunque esté a miles de kilómetros de distancia”. Si te modificas en tu centro, nacerá en ti una fuente de luz que irradiará a los otros.

La otra tarea consiste en la búsqueda de la autorrealización. Esta, esencialmente, es la capacidad de desapegarse. El budismo zen pone como test de madurez personal y de libertad interior la capacidad de desapegarse y de despedirse. Si observamos bien, el desapego pertenece a la lógica de la vida: nos despedimos del vientre materno, después de la infancia, de la juventud, de la escuela, de la casa paterna, de los parientes y de las personas amigas. En la edad adulta nos despedimos de trabajos, profesiones, del vigor del cuerpo y de la lucidez de la mente que irreversiblemente van disminuyendo hasta cesar, y ahí nos despedimos de la propia vida. En estas despedidas crecemos en nuestra identidad pero a costa de dejar atrás un poco de nosotros mismos.

¿Cuál es el sentido de este lento despedirse del mundo? ¿Mera fatalidad irreformable de la ley universal de la entropía? Esa dimensión es irrefutable, pero ¿no guardará un sentido existencial a ser buscado por el espíritu? Si en realidad somos un proyecto infinito y un vacío abismal que clama por plenitud, ¿no será que este desapegarse significa crear las condiciones para que un Mayor venga a llenarnos? ¿No será el Ser Supremo, hecho de amor y de misericordia, que nos va quitando todo para que podamos ganar todo, en el más allá, cuando nuestra búsqueda finalmente descansará, como el cor inquietum de San Agustín?

Al perder, ganamos y al vaciarnos quedamos plenos. Dicen que esta fue la trayectoria de Jesús, de Buda, de Francisco de Asís, de Gandhi, de Madre Teresa, de Hermana Dulce y yo creo que también del Papa Francisco, el mayor de los humanos de hoy.

Tal vez una historia de los maestros espirituales antiguos nos aclare el sentido de la pérdida que produce una ganancia.

«Había una vez un muñeco de sal. Después de peregrinar por tierras áridas llegó a descubrir el mar, que nunca había visto antes, y por eso no podía entenderlo. El muñeco de sal preguntó: “¿Quién eres?” Y el mar respondió: “Soy el mar”. El muñeco de sal volvió a preguntar: “¿Qué es el mar?” Y el mar dijo: “Yo soy el mar”. “No entiendo”, dijo el muñeco de sal, “pero me gustaría mucho entenderte; ¿cómo lo hago?” El mar simplemente respondió: “Tócame”.

Entonces el muñeco de sal tocó tímidamente el mar con la punta del pie. Notó que el mar empezaba a ser comprensible, pero pronto se dio cuenta de que las puntas de sus pies habían desaparecido. “Oh, mar, mira lo que me has hecho”, dijo. Y el mar respondió: “Tú diste algo de ti mismo y yo te di comprensión; tienes que darte todo para comprenderme totalmente”.

Y el muñeco de sal comenzó a entrar despacio mar adentro, lenta y solemnemente, como quien va a hacer lo más importante de su vida. Y a medida que entraba se iba diluyendo y entendiendo al mar cada vez más. Y el muñeco seguía preguntando: “¿qué es el mar?”. Hasta que una ola lo cubrió por completo. Todavía pudo decir, en el último momento, antes de diluirse en el mar: “Soy yo”».

Se desapegó de todo y ganó todo: el verdadero yo.

*Leonardo Boff es autor de Tiempo de Trascendencia (2009) y Saudade de Dios (2019) Sal Terrae.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Despojar-se de tudo para ganhar tudo: o boneco de sal

Nos últimos tempos temos dedicado nossas reflexões quase que exclusivamente à questão do Covid-19, de seu contexto que é a superexploração da Terra viva e da natureza pelo capitalismo globalizado, incluiundo a China.  Elas se defenderam enviando-nos uma gama de vírus (zika, ebola, febre aviária e suína e outros) e agora este que atacou a humanidade inteira, poupando outros seres vivos. A corrida desenfreada da acumulação desigual e todos tivemos que parar, entrar no isolamento social, evitar conglomerações e usar as incômodas máscaras. Acolhemos estas limitações em solidariedade uns com os outros e com os sofredores do mundo inteiro.

Essa situação severa enseja a ocasião de não apenas pensarmos no que virá após a pandemia mas de voltarmo-nos sobre nós mesmos, sobre as questões cotidianas como a construção continuada de nossa identidade e a moldagem de nosso sentido de ser. É uma tarefa nunca terminada mesmo sob o confinamento social. Entre muitas, duas provocações estão sempre presentes e temos que dar conta delas: a aceitação dos próprios limites e a capacidade de desapegar-se.

         Todos vivemos dentro de um arranjo existencial que, por sua própria natureza, é limitado em possibilidades e nos impõe inúmeras barreiras: de profissão, de inteligência, de saúde, de economia, de tempo e outras. Há sempre um descompasso entre o desejo e sua realização. E às vezes nos sentimos impotentes face a dados que  não podemos mudar como a presença de uma pessoa com seus altos e baixos ou de um doente terminal. Temos que nos resignar face a esta limitação intransferível.

Nem por isso precisamos viver tristes ou impedidos de crescer. Há que ser criativamente resignados. A invés de crescer para fora, podemos crescer para dentro na medida em que criamos um centro onde as coisas se unificam  e descobrimos como de tudo podemos aprender. Bem dizia a sabedoria oriental:”se alguém sente profundamente o outro, este o perceberá mesmo que esteja  a milhares de quilômetros de distância”. Se te modificares em teu centro, nascerá em ti uma fonte de luz que irradiará para os outros.

         A outra tarefa consite na busca da auto-realização. Esta, essencialmente, é a capacidade de desapegar-se. O zen-budismo coloca como teste de maturidade pessoal e de liberdade interior a capacidade de desapegar-se e de despedir-se. Se observamos bem, o desapego pertence à lógica da vida: despedimo-nos do ventre materno, em seguida, da meninice, da juventude, da escola, da casa paterna, dos parentes e das pessoas amigas. Na idade adulta despedimo-nos de trabalhos, de profissões, do vigor do corpo e da lucidez da mente que irreversivelmente vão diminuindo até cessarem e aí nos despedirmos da própria vida. Nestas despedidas temos crescido em nossa identidade mas à custa de deixarmos um pouco de nós mesmos para trás.

         Qual é o sentido deste lento despedir-se do mundo? Mera fatalidade irreformável da lei universal da entropia? Essa dimensão é irrecusável. Mas será que ela não guarda um sentido existencial, a ser buscado pelo espírito? Se, na verdade, comparecemos como  um projeto infinito e um vazio abissal que clama por plenitude, será que esse desapegar-se não significa criar as condições para que um Maior nos venha preencher? Não seria o Supremo Ser, feito de amor e de misericórdia, que nos vai tirando tudo para que possamos ganhar tudo, no além vida, quando nossa busca finalmente descansará, como o cor inquietum de Santo Agostinho?

         Ao perder, ganhamos e ao esvaziarmo-nos ficamos plenos. Dizem por aí que esta foi a trajetória de Jesus,  de Buda, de Francisco de Assis, de Gandhi, de Madre Teresa, de Irmã Dulce e, creio eu, também do Papa Francisco, o maior dos humanos de hoje.

         Talvez uma estória dos mestres espirituais antigos nos esclareça o sentido da perda que produz um ganho.

 “Era uma vez um boneco de sal. Após peregrinar por terras áridas chegou a descobrir o mar que nunca vira antes e por isso não conseguia compreendê-lo. Perguntou o boneco de sal:” Quem és tu? E o mar respondeu:”eu sou o mar”. Tornou o boneco de sal: “Mas que é o mar?” E o mar respondeu:” Sou eu”. “Não entendo”, disse o boneco de sal. “Mas gostaria muito de compreender-te; como faço”? O mar simplesmente respondeu: “toca-me”.

Então o boneco de sal, timidamente, tocou o mar com a ponta dos dedos do pé. Percebeu que o mar começou a ser compreensível. Mas logo se deu conta de que haviam desaparecido as pontas dos pés. “Ó mar, veja o que fizeste comigo”? E o mar respondeu:”Tu deste alguma coisa de ti e eu te dei compreensão; tens que te dares todo para me compreender todo”.

E o boneco de sal começou a entrar lentamente mar adentro, devagar e solene, como quem vai fazer a coisa mais importante de sua vida. E na medida que ia entrando, ia também se diluindo e compreendendo cada vez mais o mar. E o  boneco continuava perguntando: “que é o mar”. Até que uma onda o cobriu totalmente. Pode ainda dizer, no último momento, antes de diluir-se no  mar: “Sou eu”.

         Desapegou-se de tudo e ganhou tudo: o verdadeiro eu.

Leonardo Boff é autor de Tempo de Transcendência, 2009 e Saudade de Deus(2019) ambos pela Editora Vozes.

“Ou nos salvamos todos ou ninguém se salva”

UHU de 19 Outubro 2020

“Fratelli Tutti representa uma alternativa à crise global da civilização

Os cuidados com a casa comum estão se tornando cada vez mais necessários. Isto deve levar a teologia a fazer uma reflexão que ajude a tornar esta preocupação uma realidade. Dando continuidade aos encontros virtuais organizados pela Ameríndia para este mês de outubro, nos quais está sendo realizada uma reflexão sobre o tema “Teologia da Libertação em tempos excepcionais de crise e esperança“, nesta sexta-feira, 16 de outubro, foi abordada a questão da “Ecologia Integral e Trabalho Teológico“.

A reportagem é de Luis Miguel Modino.

Esta é uma questão abordada por Leonardo Boff desde os anos 80, que já colocou entre os pobres “a grande pobre, que é a Mãe Terra, super explorada, devastada pela voracidade industrialista, especialmente o capitalismo“, uma Terra que é crucificada. Segundo ele, “Fratelli Tutti representa uma alternativa à crise global da civilização”, diante do paradigma da modernidade, que considera o ser humano o mestre e senhor da natureza (dominus=senhor e dono) o Papa propõe que sejamos irmãos e irmãs (frater), com novos sonhos de fraternidade e amizade social. Somos chamados a entender que não dominamos, somos parte da natureza, seguindo o exemplo de São Francisco. Ou nos salvamos todos ou ninguém precisamos de uma nova civilização, centrada na vida, insiste o teólogo.

Diante desta realidade, ele propõe um novo paradigma cosmogênico, e nos lembra que a nova encíclica nos chama a refazer nossa humanidade com uma política baseada na ternura, na bondade, para com os pequenos, os pobres e os fracos, que devem ser tratados e amados como irmãos. Seguindo as vozes dos cientistas, Boff nos lembra que se não mudarmos, tragédias virão, a humanidade deve escolher seu futuro entre uma aliança global de cuidados e o risco de destruição da diversidade da vida. Por esta razão, ele aponta que estamos em uma época que foi chamada de antropoceno, também necroceno, o que causa uma destruição em massa de vida.

O teólogo brasileiro considera que “o coronavírus é uma mensagem que a Mãe Terra nos enviou para refletir; estamos diante de um retiro existencial que nos levará a descobrir o que precisamos mudar”. Segundo Boff, “a pior coisa que poderia nos acontecer é voltar ao que era antes”, a um sistema assassino que cria injustiça ecológica e social. Ele insiste que “a teologia da libertação tem que incorporar esta dimensão ecológica integral para ser fiel a sua opção básica, aos pobres, fazendo uma opção pela Terra, para cuidar dela”. Para fazer isso, devemos nos fazer ver que temos que assumir as mudanças necessárias, se não o fizermos, o risco é que não haja futuro.

Birgit Weiler abordou sua reflexão a partir do contexto do Sínodo para a Amazônia, no qual ela enfatizou “a escuta profunda e empática de diferentes culturas e visões de mundo preocupadas com a casa comum“. Estamos diante de uma escuta como uma oportunidade para sermos enriquecidos, para acolhermos um espírito criativo e transformador. A teóloga alemã, que vive no Peru, afirma que, “diante de uma crise profunda, como a humanidade nunca viveu antes, o Papa Francisco nos faz ver que precisamos da sabedoria, da espiritualidade, das luzes dos diferentes povos, culturas e inspirações religiosas”, algo que está sendo vivido no processo sinodal e nos chama a fazer teologia em diálogo com outras tradições religiosas.

O coronavírus é um exemplo do que acontece quando não respeitamos os limites da natureza, quando invadimos ecossistemas para explorá-los. Isto é algo que acontece na Amazônia, onde estamos chegando ao ponto de não retorno, uma consequência de nossa irresponsabilidade, diz Weiler. Daí a necessidade de nos libertarmos de uma visão utilitária, assumindo uma atitude contemplativa, “deixando a Terra falar conosco e nos levar a gerar um vínculo emocional com ela”, algo que podemos aprender com os povos originários. A partir daí ela sugere “uma teologia da contemplação, que leva à conexão com o belo, o que também nos dá energia para defender o que é ameaçado e maltratado”.

É necessário aprender com os povos originários para sentir um vínculo com a Terra, a partir de uma forma de pensar mais integral. Segundo a perita sinodal, da mesma forma que a Terra é maltratada, as mulheres também são maltratadas, algo que aparece claramente na Amazônia, onde o tráfico e a exploração sexual das mulheres cresceram muito, e não podemos esquecer que elas são as primeiras cuidadoras da vida. Ela propõe o bem viver como fonte de inspiração, “que nos liga a um horizonte que nos leva a compreender a necessidade de viver em relação, em comunhão, em solidariedade“, algo que nos remete à essência de Deus.

Os povos da Amazônia entendem a Terra como uma grande comunidade, como uma sociedade da qual não só os humanos, mas tudo o que faz parte do meio ambiente, são parte. Isto torna possível compreender nossa relação com a Terra de uma maneira diferente, superando o modo ocidental, hierárquico, dualista, dominante e arrogante, assumido pelo neoliberalismo. Viver uma vida de interconexão, intercomunicação e interdependência, e experimentá-la como algo que nos enriquece. Também buscam projetos alternativos, que buscam incluir, gerando uma corrente de ecologia integral que queira cuidar da vida e fazer crescer naquilo que nos torna humanos.

“A terra é o ventre sagrado do criador, do grande espírito que gera toda a possibilidade de vida que existe em nossa casa comum“, segundo Laura Vicuña Pereira, que considera que “este ventre sagrado gerou filhos e filhas que nasceram e cresceram, com a liberdade de escolher a vida ou a morte”. Pouco a pouco, perdemos nossa unidade com a natureza, com a terra, com o criador, algo que se perpetua até hoje. A auditora sinodal afirma que “não podemos separar a condição de ecologia integral do bem comum”.

A religiosa indígena, que trabalha com o povo Karipuna, quer “ser uma voz para este povo que luta para manter a vida, para manter a casa comum“. Ela lembrou que “no Sínodo, os povos originários disseram ao Papa, aos cardeais, aos bispos, que queríamos que a Igreja fosse aliada, em defesa da vida, da terra, dos direitos”. O cuidado da casa comum, nossa única morada, é algo urgente, no qual todos devem participar.

Como uma das representantes dos povos indígenas na Conferência Eclesial da Amazônia, ela afirma que “os povos originários são os portadores e guardiões de uma biodiversidade muito importante. Temos a responsabilidade de cuidar, de amar este imenso território com águas, florestas, águas, conhecimentos e sabores”. Ao mesmo tempo, ela destaca a importância dos sonhos, algo que aparece na Querida Amazônia, como uma forma de tornar um futuro melhor uma realidade, a ser realizada coletivamente. Nesse sentido, ela insiste que “o cuidado das pessoas e o cuidado da terra são inseparáveis”.

La dimensión política de la fe hoy

Leonardo Boff

La fe no es un acto al lado de otros actos. Es una actitud que engloba todos los actos, a toda la persona, el sentimiento, la inteligencia, la voluntad y las opciones de vida. Y una experiencia originaria de encuentro con el Misterio que llamamos Dios vivo y con Jesús resucitado y con el Espiritu. Ese encuentro cambia la vida y la forma de ver todas las cosas. Por la actitud de fe vemos que todo está ligado y religado a Dios, como Aquel Padre/Madre que ha creado todo, acompaña todo y atrae todo para que todos puedan vivir con espíritu fraterno, con cuidado de unos a otros y con cuidado de la naturaleza. Este amor social constituye el mensaje central de la nueva encíclica del Papa Francisco Fratelli tutti. La fe no solo es buena para la eternidad, lo es también para este mundo.

En este sentido, la fe engloba también la política con P mayúscula (política social) y con p minúscula (política partidaria). Siempre se puede preguntar: ¿en qué medida la política, ya sea social o partidaria, es instrumento para la realización de los bienes del Reino como el amor social, la fraternidad sin fronteras, la justicia personal y social, la solidaridad y la tolerancia? En qué medida la política crea las condiciones para que las personas se abran a la cooperación y no se devoren unas a otras mediante la competición sino en comunión unos con otros y con Dios. Esta es llamada en la reciente encíclica del Papa Francisco Fratelli tutti “la Política Mejor” que incluye el corazón y también la ternura y la gentileza, como de forma sorprendente se dice en ella.

La fe como una bicicleta

La fe no es sólo una experiencia personal de encuentro con Dios y con Cristo en el Espíritu. Se traduce concretamente en la vida. Es como una bicicleta, tiene dos ruedas a través de las cuales se vuelve concreta: la rueda de la religión y la rueda de la política.

      La rueda de la religión se realiza mediante la meditación, la oración, las celebraciones, la lectura de la Biblia, incluso la popular, las peregrinaciones, los sacramentos, en una palabra, por el culto.

Muchos reducen la religión solo a esta rueda, especialmente las cadenas de televisión católicas. Estas son generalmente de un cristianismo meramente devocional, de misas, santos, rosarios y de ética familiar. Casi nunca se habla de justicia social, del drama de los millones de desempleados, del grito de los oprimidos ni del grito de la Tierra. En este campo hay que comprometerse, tomar partido, para escapar del cinismo ante una realidad con tantas iniquidades. Este tipo de cristianismo hace difícil entender por qué Jesús fue preso, torturado, juzgado y condenado a muerte en una cruz. Este tipo de cristianismo es un cristianismo cómodo como si Jesús hubiera muerto de viejo y rodeado de seguidores.

Más grave es el tipo de fe proclamada por las iglesias neo-pentecostales con sus televisiones y sus programas multitudinarios. Allí no se escucha nunca el mensaje del Reino de amor, de justicia, de fraternidad y de perdón. Nunca se escucha la palabra fundamental del Jesús histórico: “Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios… ¡ay de vosotros, ricos, porque ya tuvisteis vuestro consuelo!” (Lc 6,20.24). En su lugar, se vuelve a un tipo de lectura del Antiguo Testamento (raramente la tradición profética) donde se destacan los bienes materiales. No predican el evangelio del Reino, sino el evangelio de la prosperidad material.

La mayoría son pobres y lógicamente necesitan una infraestructura material básica. Es el hambre real que martiriza a millones de creyentes. Pero “no sólo de pan vive el hombre”, dijo el Maestro. El ser humano tiene fundamentalmente otro tipo de hambre: hambre de reconocimiento negado a las mujeres, a los más humildes, a los negros, a los homoafectivos, a los LGBT, hambre de belleza, de trascendencia, hambre de un Dios vivo que es un Dios de ternura y amor hacia los más invisibles. Todo esto, esencia del mensaje del Jesús histórico, no se escucha en las palabras de los pastores. La mayoría de ellos son lobos con piel de oveja, ya que explotan la simple fe de los más humildes para su propio beneficio. Y lo peor es que son políticamente conservadores y hasta reaccionarios, actúan de forma partidista, normalmente, apoyando a políticos de conducta dudosa, interfiriendo, como ocurre hoy en Brasil, en la agenda del gobierno, indicando nombres para altos cargos. No respetan la Constitución que prescribe la laicidad del Estado. El actual presidente, que una vez fue católico, se aprovecha por conveniencia de estas iglesias neo-pentecostales como base de apoyo para su gobierno de sesgo reaccionario, autoritario y fascistoide.

Junto a ellos, hay un grupo de católicos nostálgicos del pasado, conservadores que se oponen incluso al Papa, al Sínodo Pan-Amazónico, usando verdaderas mentiras, noticias falsas(fake news) y otros ataques por medio de sus youtubes. Pueden ser católicos conservadores, pero nunca cristianos según la herencia de Jesús, porque en esa herencia no cabe el odio, las mentiras y las calumnias que difunden.

La rueda de la política, la segunda, es su lado práctico. La fe se expresa mediante la práctica de la justicia, la solidaridad, la denuncia de la opresión, la protesta y la práctica de la solidaridad sin fronteras, el amor social y la fraternidad universal, como subraya el Papa en Fratelli tutti (n.6). Como puede verse, la política aquí es sinónimo de ética.

Tenemos que aprender a equilibrarnos en ambas ruedas para poder andar correctamente.

Entre los que viven una ética de solidaridad, de respeto y de búsqueda de la verdad, hay muchos que se confiesan ateos. Admiran la figura de Jesús por su profunda humanidad y su coraje para denunciar los males sociales y, por eso, sufrir persecución y ser crucificado. El Papa Francisco lo enfatiza bien: prefiero estos ateos éticos a los cristianos que son indiferentes al sufrimiento humano y a las clamorosas injusticias del mundo. Aquellos que buscan la justicia y la verdad están en el camino que termina en Dios, porque su verdadera realidad divina es de amor y de verdad. Tales valores valen más que las muchas oraciones si en ellas no están presentes la justicia, la verdad y el amor. El que es sordo ante los sufrimientos humanos no tiene nada que decir a Dios y sus oraciones no son escuchadas por Él.

En las Escrituras judeocristianas la rueda de la política (ética) aparece más importante que la rueda de la religión institucional (culto, cf. Mt 7:21-22; 9:13; 12:7; 21:28-31; Gál 5:6; Stg 2:14 y los profetas del AT). Sin ética, la fe es vacía e inoperante. Son las prácticas y no las prédicas lo que cuenta para Dios. De nada sirve decir “Señor, Señor” y organizar así toda una celebración y una aeróbica religiosa; más importante es hacer la voluntad del Padre que es amor, misericordia, justicia y perdón, todas cosas prácticas, por lo tanto, éticas (cf. Mt 7,21).

Por ética en la política se entiende la dimensión de responsabilidad, la voluntad de construir relaciones de participación y no de exclusión en todos los ámbitos de la vida social. Significa ser transparente y aborrecer la corrupción. Hoy en día, problemas como el hambre, el desempleo, el deterioro general de las condiciones de vida y la exclusión de las grandes mayorías son de naturaleza social y política, y por lo tanto éticos. Aquí la fe debe mostrar su poder de movilización y transformación (Fratelli tutti n.166)

Política social (P) y política partidaria(p)

Como dijimos anteriormente, hay dos tipos de política: una escrita con P mayúscula y otra con p minúscula: Política social (P) y política partidaria (p). 

Política social (P): es todo lo que concierne al bien común de la sociedad, o bien es la participación de las personas en la vida social. Por ejemplo, la organización de la salud, la red escolar, el transporte, la apertura y el mantenimiento de las calles, el agua y el alcantarillado, etc. tiene que ver con la política social, así como la lucha por conseguir un puesto de salud en el barrio, reunirse para llevar la línea de autobuses hasta arriba del monte: todo esto es política social. Definiéndolo brevemente podemos decir: política social o política con P mayúscula es la búsqueda común del bien común.

Política partidaria (p): es la lucha por el poder del estado, para conquistar el gobierno municipal, estatal y federal. Los partidos políticos existen para alcanzar el poder del estado, ya sea para cambiarlo (proceso libertario) o para ejercerlo tal como está constituido (para gobernar el statu quo existente). El partido, como la misma palabra dice, es parte y parcela de la sociedad, no toda la sociedad. Cada partido tiene detrás los intereses de grupos o clases que elaboran un proyecto, dirigido a toda la sociedad. Si llegan al poder del estado (gobierno) dirigirán las políticas públicas de acuerdo con su programa y su visión particular de los problemas.

En cuanto a la política de partidos, es importante que la persona de fe considere los siguientes puntos:

          – ¿Cuál es el programa del partido?

          – ¿Cómo entra el pueblo en este programa? Si se ha discutido a nivel de base; si satisface las demandas reales y urgentes del pueblo; si prevé la participación popular a través de sus movimientos y organizaciones; si se le ha escuchado en su concepción, implementación y control.

         – ¿Quiénes son los candidatos que representan el programa?

-Qué biografía tienen, si siempre han mantenido un vínculo orgánico con las bases, si son verdaderos aliados y representantes de las causas de la justicia y la transformación social con más justicia y derechos, o si quieren mantener las relaciones sociales tal como están, con las contradicciones e incluso con las iniquidades que encierran.

Hoy en día, ante la ascensión del pensamiento conservador y fascistoide en Brasil y en otros países del mundo, es necesaria la participación de cristianos conscientes y comprometidos para recuperar la democracia en riesgo de ser demolida, los derechos personales y sociales y también los derechos de la naturaleza, devastada por la codicia del capital brasileño y mundial, responsable, entre otros, de los grandes incendios de la Amazonia y del Pantanal.

Estos sencillos criterios bastan para comprender el perfil del partido y de los candidatos, de derecha (si quieren mantener inalterada la relación de fuerzas que favorece a los que están en el poder); de izquierda (si pretenden cambios sustanciales para superar las estructuras perversas que marginan a las grandes mayorías), o de centro (los partidos que equilibran la izquierda y la derecha, buscando siempre ventajas para ellos mismos y para los grupos que representan).

Para los cristianos, es necesario analizar en qué medida estos programas están en sintonía con el proyecto de Jesús y los apóstoles, cómo ayudan a la liberación de los oprimidos y marginados, y en qué sentido abren espacio para la participación de todos. Pero es importante destacar: la decisión partidista es un asunto de cada conciencia y un cristiano sabe qué dirección tomar.

Dada la coyuntura de exclusión social debida a la lógica del neoliberalismo, la financiarización de la economía y el mercado, la fe apunta a una política partidaria que debería revelar una dimensión popular y libertaria, de abajo hacia arriba y de dentro hacia fuera, como ha proclamado el Papa Francisco a los movimientos sociales populares y en la encíclica Fratelli tutti (n.141-151). Esta política apunta a otro tipo de democracia: no sólo la democracia representativa/delegada, sino una democracia participativa por la cual el pueblo con sus organizaciones ayuda a discutir, decidir y orientar los asuntos sociales.

Por último, es importante inaugurar una democracia socio-ecológica que incorpore como ciudadanos con derechos a ser respetados a la Tierra, a los ecosistemas y a los seres de la creación con los que tenemos vínculos de interdependencia. Todos somos “Fratelli tutti” según las dos encíclicas del Papa Francisco, Laudato Sì: sobre el cuidado de la Casa Común“de 2015 y la reciente de 2020 Fratelli tutti.

La política partidaria, tiene que ver con el poder, que para ser fuerte quiere tener siempre más poder. En esto hay un riesgo, el riesgo del totalitarismo de la política, de politizar todas las cuestiones, de ver sólo la dimensión política de la vida. Contra esto debemos decir que todo es político, pero la política no lo es todo. La vida humana, personal y social, aparece con otras dimensiones, como la afectiva, la estética, la lúdica y la religiosa.

                         Conclusión: la memoria peligrosa de Jesús

Los cristianos pueden y deben participar en la política a todos los niveles, con P mayúscula y con p minúscula. Su acción se inspira en el sueño de Jesús, que implica un impulso de transformación de las relaciones sociales y ecológicas, presentado con valentía en la encíclica Fratelli tutti. Sin embargo, no debemos olvidar nunca que somos herederos de la memoria peligrosa y libertaria de Jesús. Debido a su compromiso con el proyecto del Reino del amor, de justicia, de intimidad filial con el Padre y, específicamente, debido a su compasión con los humillados y ofendidos, fue llevado a la muerte en la cruz. Resucitó para, en nombre del Dios de la vida, animar la insurrección contra una política social y partidista que penaliza a los más pobres, elimina a los profetas y persigue a los predicadores de una mayor justicia, y para fortalecer a todos los que quieren una sociedad nueva con una relación de hermandad y cuidado hacia la naturaleza, con todos los seres, amados como seres humanos, y con el Dios de ternura y de bondad.

*Leonardo Boff es teólogo, filósofo y ha escrito Brasil: concluir la refundación o prolongar la dependencia, Vozes, Petrópolis 2019.

Traducción de Mª José Gavito  Milano