La Tierra contraataca a la humanidad con el coronavirus

Crece cada vez más la conciencia de que la Tierra y la humanidad tienen un destino común, porque forman una unidad única y compleja. Esto es lo que los astronautas han declarado desde la Luna o desde sus naves espaciales. Una parte de la Tierra es inteligente y consciente: son los seres humanos.

Desde la más remota antigüedad la Tierra ha sido vista como la Gran Madre, viva y generadora de todo tipo de vida. Modernamente, científicos de las ciencias de la vida y del universo han comprobado empíricamente que no sólo posee vida, sino que ella misma está viva. Ella emerge como un Ente vivo, un superorganismo que se comporta como un sistema que combina todos los factores y energías cósmicas, de tal manera que siempre se mantiene viva y produce permanentemente las más diversas formas de vida. La llamaron Gaia, nombre griego para designar a la Tierra como un ser vivo.

A lo largo de su historia, el ser humano ha tenido, dicho brevemente, tres tipos de relación con la Tierra y la naturaleza. El primero fue de interacción: interactuaba armoniosamente y tomaba lo necesario para vivir. El segundo fue de intervención cuando, hace unos dos millones de años, apareció el homo habilis, que utilizaba instrumentos para intervenir en la naturaleza y garantizar mejor su sustento. Todo culminó en el neolítico, hace 10-12 mil años, cuando se implantó la agricultura con el manejo de semillas y especies, y también de animales. El tercero fue la agresión típica de los tiempos modernos. Utilizando todo tipo de maquinaria, incluso autómatas e inteligencia artificial, el ser humano ha perpetrado una agresión sistemática a la naturaleza para extraer de ella todos los recursos para su comodidad y también para la acumulación de riqueza material. Esta guerra de agresión se ha llevado a cabo en todos los frentes: en el suelo, en el subsuelo, en el aire y en los océanos. También se ha entablado entre los seres humanos, que son la parte de la Tierra con inteligencia y conciencia.

Michel Serres, filósofo que cultivaba varias áreas del conocimiento, escribió en 2008 un libro titulado Guerra Mundial, en el que describe la dramática historia de las agresiones humanas a todos los ecosistemas y especialmente las guerras entre los propios seres humanos. Según sus datos, desde tres mil años antes de nuestra época hasta el presente, han muerto en conflictos tres mil ochocientos millones de seres humanos. Sólo en el siglo XX fueron 200 millones. Según algunos científicos, hemos inaugurado una nueva era geológica, el antropoceno y el necroceno: el ser humano es la mayor amenaza para la vida en la Tierra; con los medios de destrucción que maneja ha demostrado ser una máquina de muerte (el necroceno). En función de esto, en 2019 se invirtieron 1 billón 822 mil millones de dólares en armas letales, totalmente ineficaces y ridículas frente al coronavirus invisible.

La Tierra sintió los golpes y no ha dejado de reaccionar: mediante el calentamiento global, los tsunamis, los eventos extremos, las largas sequías o las prolongadas nevadas, el deshielo y el caos climático.

La reacción, verdadera represalia de la Tierra, proviene de los virus (hay unos 200.000) cada vez más frecuentes y violentos, como el zika, el chicungunya, el ébola, el SARS, la gripe porcina y aviar y otros. Estaban tranquilos en sus hábitats, pero la feroz deforestación, la erosión de la biodiversidad y la creciente urbanización del planeta, la cría industrial de animales, hizo que perdieran sus hábitats y buscaran otros, pasando de los animales a los humanos. Los virus no viven por sí mismos; necesitan células huésped para reproducirse. Así es con el coronavirus actual.

La hipótesis que propongo es que, en este momento, los papeles se han invertido. Siendo un superorganismo vivo, la Tierra reacciona, contraataca y se venga de la humanidad, porque como dice el Papa en su encíclica ecológica “nunca hemos maltratado y herido a nuestra Casa Común como en los dos últimos siglos” (n. 53).

Ahora, enfadada, Gaia grita: “¡Basta! Soy una madre generosa, pero tengo límites vitales insuperables. Debo dar serias lecciones a estas hijas e hijos míos rebeldes y violentos. Si no han aprendido a interpretar las señales que les he enviado y no me respetan y cuidan como su Madre, puede que ya no los quiera sobre mi suelo”.

Creo que el Covid-19 es uno de esos signos, no el último todavía, pero lo suficientemente letal como para sacudir los cimientos de nuestro tipo de civilización. Los biólogos temen que podamos ser víctimas del llamado Next Big One (NBO), un último tan letal e inexpugnable que sea capaz de poner fin a la especie humana.

El coronavirus nos da una alerta. Como dijo la socióloga y ecologista Bellamy Fosters de la Universidad de Oregón: “La sociedad tendrá que reconstruirse sobre una base radicalmente nueva. La elección que tenemos ante nosotros es cruda y dura: la ruina o la revolución”.

La física nuclear y ecologista india Vandana Shiva dice: “Un pequeño virus puede ayudarnos a dar un gran paso adelante para fundar una nueva civilización planetaria ecológica basada en la armonía con la naturaleza. O podemos seguir viviendo la fantasía de dominio sobre el planeta y seguir avanzando hasta la próxima pandemia. Y, por último, hasta la extinción. La Tierra seguirá, con o sin nosotros”.

En el próximo artículo veremos lo que todavía podemos hacer

Leonardo Boff es ecoteólogo y ha escrito: Cuidar la Tierra – proteger la vida: cómo escapar del fin del mundo, Record 2010, Trotta, Madrid 2011.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Cuidar do próprio corpo e dos corpos dos outros em tempo do coronavírus

Nesses tempos dramáticos sob o ataque do coronavírus sobre nossas vidas, sobre nossos corpos, nada mais oportuno que fazer uma reflexão mais aprofundada sobre o que é o nosso corpo e como devemos, agora mais do antes, cuidar dele e dos corpos dos outros.

Para isso, importa, enriquecermos nossa compreensão de corpo, porque aquela herdada dos gregos e ainda vigente na cultura dominante, entende o corpo como uma parte do ser humano ao lado da outra que é a alma. Comprende-se comumente o ser humano como um composto de corpo e alma. Ao morrer, o corpo é devolvido à Terra enquanto a alma é translada para a eternidade, feliz ou infeliz conforme a qualidade de vida que tenha vivido. Tentemos enriquecer nossa compreensão de corpo à luz da nova antropologia.

A unidade complexa corpo-espírito

Tanto a antropologia bíblica quanto a antropologia contemporânea (e há muita afinidade entre elas) nos apresentam uma concepção de corpo mais complexa e holística. Segundo ela, o corpo não é algo que temos mas algo que somos. Falamos então de homem-corpo, todo inteiro mergulhado no mundo e relacionado em todas as direções.

O ser humano apresenta-se primeiramente como corpo. Corpo vivo e não um cadáver, uma realidade bio-psico-energético-cultural, dotada de um sistema perceptivo, cognitivo, afetivo, valorativo, informacional e espiritual.

Ele é feito dos materiais cósmicos que se formaram desde o início do processo da cosmogênese há 13,7 bilhões de anos, da biogênese, há 3,8 bilhões de anos e da antropogênese há 7-8 milhões de anos, portador de 400 trilhões de células, continuamente renovadas por um sistema genético que se formou ao largo de 3,8 bilhões de anos(é a idade da vida), habitado por um quatrilhão de micróbios (Collins, A linguagem da vida, p.200), munido de três níveis do único cérebro com 50 a 100 bilhões de neurônios. O mais ancestral é o reptiliano, surgido há 250 milhões de anos, responde por nossas reações instintivas, como o abrir e fechar os olhos, as batidas do coração e outras, ao redor do qual se formou o cérebro límbico, há 125 milhões de anos, que explica nossa afetividade, o amor e cuidado e, por fim, completado pelo cérebro neo-cortical que irrompeu há cerca de 5-8 milhões de anos, com o qual organizamos conceptualmente o mundo e nos abrimos à totalidade do real.

A corporalidade é uma dimensão da sujeito humano concreto. Isto quer dizer: na realidade, nunca encontramos um espírito puro mas sempre em todo o lugar um espírito encarnado. Pertence ao espírito sua corporalidade e com isso sua permanente relação com todas as coisas. Como homem-corpo emergimos qual nó de relações universais, a partir de nosso estar-no-mundo-com-os-outros.

Este estar-no-mundo-com-os-outros não é uma dimensão geográfica, nem acidental mas essencial. Quer dizer, em cada momento e em sua totalidade o ser humano é corporal e simultaneamente em sua totalidade é espiritual. Somos um corpo espiritualizado como somos também um espírito corporizado. Esta unidade complexa do ser humano não pode ser nunca olvidada.

Desta forma os atos espirituais mais sublimes ou os voos mais altos da criação artística ou da mística vem marcados pela corporalidade. Como os mais comezinhos atos corporais como comer, lavar-se, dirigir um carro, vem penetrados de espírito.. O corpo é o espírito se realizando dentro da matéria. E o espírito é a transfiguração da matéria.

Neste sentido, podemos dizer que o espírito é visível. Quando olhamos, por exemplo, um rosto não vemos apenas os olhos, a boca, o nariz e o jogo dos músculos. Surpreedemos também alegria ou angústia, resignação ou confiança, brilho ou abatimento. O que se vê, pois, é um corpo vivificado e penetrado de espírito. De forma semelhante, o espírito não se esconde atrás do corpo. Na expressão facial, no olhar, no falar, no modo de estar presente e mesmo no silêncio se revela toda a profunidade do espírito.

               As forças de autoafirmação e de integração

Por outro lado, importa entender que, biologicamente, somos seres carentes. Não somos dotados de nenhum órgão especializado que nos garantisse a sobrevivência ou nos defendesse dos riscos, como ocorre com os animais. Um patinho nasce e já sai nadando. O ser humano, não, ele precisa aprender. Alguns biólogos chegam a dizer que somos “um animal doente” um “faux pas”, uma “passagem” (Übergang) para outra coisa mais alta ou complexa, por isso nunca somos fixados, somos inteiros mas ainda não completos, sempre por fazer.

Tal verificação tem como consequência que precisamos continuamente garantir a nossa existência, mediante o trabalho e a inteligente intervenção na natureza. Deste esforço, nasce a cultura que organiza de forma mais estável as condições infra-estruturais e também humano-espirituais para vivermos humanamente melhor e mais cômodos.

Acresce ainda outro dado, presente também em todos os seres do universo, mas que no nível humano ganha especial relevância, especialmente com referência ao cuidado. Vigoram duas forças em cada ser e em nós. A primeira é a força da auto-afirmação, a segunda a força da integração. Elas atuam sempre juntas num equilíbrio difícil e sempre dinâmico.

Pela força da auto-afirmação cada ser, no caso, o ser humano,  se centra em si mesmo e seu instinto é conservar-se, defendendo-se contra todo tipo de ameaça contra sua integridade e sua vida. Defende-se ao ser ameaçado de morte. Ninguém aceita simplesmente morrer. Luta para continuar a viver, a desenvolver-se e a se expandir. Essa força explica a persistência e a subsistência de cada indivíduo.

Precisamos neste ponto superar totalmente o darwinismo social segundo o qual somente os mais bem dotados triunfam e permanecem. Essa é uma meia verdade que está na contramão do processo evolucionário. A lei básica da universo é a relação de todos com todos e a cooperação entre todos para que possam existir e continuar a evoluir. Este processo não privilegia só os mais bem dotados. Se assim fora, os dinossauros estariam ainda entre nós. O sentido da evolução é permitir que todos os seres, também os mais vulneráveis, expressem dimensões da realidade e virtualidades latentes dentro do universo em evolução. Repetimos: esse é o valor da interdependência de todos com todos e da solidariedade cósmica. Todos se entre-ajudam para coexistir e co-evoluir. Os fracos também merecem viver e tem algo a nos dizer. Observem que num pequeno buraco do asfalto nasce uma plantinha. É um milagre da vida e nos dá uma mensagem da força da vida.

Pela força da integração o indivíduo se descobre   integrado numa rede de relações, sem as quais, sozinho como indivíduo não viveria nem sobreviveria. Todos os seres são interconectados e vivem uns pelos outros, com os outros e para os outros. O indivíduo se integra, pois, naturalmente, num todo maior, na família, na comunidade e na sociedade. Mesmo que o indivíduo morra, o todo garante que a espécie continue, permitindo que outros representantes venham nos suceder.

Sabedoria humana é reconhecer que chega certo momento na vida no qual a pessoa deve se despedir, agradecida, para deixar o lugar, até fisicamente, a outros que virão.

O universo, os reinos, as espécies e também os seres humanos se equilibram entre estas duas forças, a da auto-afirmação do indivíduo e a da integração num todo maior. Mas esse processo não é linear e sereno. Ele é tenso e dinâmico. O equilíbrio das forças nunca é um dado, mas um feito a ser alcançado a todo o momento.

É aqui que entra o cuidado. Se não cuidarmos pode prevalecer ou a auto-afirmação do indivíduo à custa de uma insuficiente integração no todo e então predomina o eu, o individualismo, o autoritarismo e a violência ou pode prevalecer a integração, o nós a preço do enfraquecimento e até anulação do eu, do indivíduo e então ganha a partida o coletivismo e o achatamento das individualidades. O cuidado aqui se traduz na justa medida e na autocontenção para não privilegiar nenhuma destas forças.

Efetivamente, na história social humana, surgiram sistemas que ora privilegiam o eu, o indivíduo, seu desempenho e a propriedade privada como é o caso do sistema capitalista ou ora prevalece o nós, o coletivo e a propriedade social como é o caso do socialismo real. A exacerbação de uma destas forças em detrimento da outra leva a desequilíbrios, a devastações e a tragédias. O cuidado desaparece para dar lugar à vontade de poder e até da brutalidade.

Para equilibrar estas duas forças se projetou a democracia que procura incluir e articular e eu com o nós, onde cada indivíduo pode participar e com outros criar o nós social. Dessa convivência do eu com o nós nem sempre fácil, nasce a busca do bem comum. Democracia é participação de todos, na família, na comunidade, nas organizações e na forma de organizar o Estado. É um valor universal a ser sempre vivido e alimentado.

Qual é o desafio que se dirige ao ser humano? É o cuidado de buscar o equilíbrio construido conscientemente e fazer desta busca um um propósito e uma atitude de base. Portador de consciência e de liberdade, o ser humano possui esta missão que o distingue dos demais seres. Só ele pode ser um ser ético, um ser que cuida se responsabiliza por si (eu) e pelo destino dos outros (nós). Ele pode ser hostil à vida, oprimir e devastar. Pode ser também o anjo bom, guardador e protetor de todo o criado. Depende de seu empenho em cuidar ou deixar que forças obscuras e incontroláveis assumam o curso da vida.

Por causa da liberdade, ele não está submetido à fatalidade do dinamismo das coisas. Ele pode intervir e salvar o mais fraco, impedir que uma espécie desapareça ou criar condições que diminuam o sofrimento, como é o caso no momento atual.

No lugar da lei do mais bem dotado e forte,  propõe-se a lei do cuidado do menos dotado e mais fraco. Só o ser humano pode fazer isso. Por isso ele foi constituído como guardião dos seres, o jardineiro que cuida e guarda o Jardim do Éden (Terra). Ele emerge como o cuidador das criaturas que mais precisam de condições de vida e de inserção no todo. Desta forma assegura um futuro para o maior número de pessoas e de representantes de outras espécies. Esse é o desafio para o nosso país e para toda a Terra assolada pelo Covid-19.

             Os desafios do cuidado pelo próprio corpo

Depois desta longa introdução surge a pergunta: como cuidar de nosso próprio corpo? Esse ponto é fundamental neste momento em que devemos acolher o isolamento social para nos proteger do coronavírus.

Antes de mais nada, impõe-se um esforço de manter nossa integridade e unidade complexa. Devemos assumir nosso enraizamento no mundo, com suas relações de família, de trabalho, de profissão e de empenho pela sobrevivência. E fazê-lo com inteireza, sabendo que somos a parte consciente e inteligente do todo, capaz de valorizar cada iniciativa, desde aquela que diz respeito à higiene do corpo, até o trabalho mais sofisticado da inteligência.

Nesse momento é dever proteger-se com a máscara quando saímos de casa e lavar continuamente as mãos com sabão ou com álcoo-gel. O homem-corpo é essa unidade complexa e exige todos estes cuidados, especialmente nesse momento dramático de nossa vida.

Faz-se mister de opor-se conscientemente aos dualismos que a cultura persiste em manter, por um lado o “corpo”, desvinculado do espírito e por outro do “espírito” desmaterializado de seu corpo. O marketing explora esta dualidade, apresentando o corpo não como a totalidade do humano, mas sua parcialização, seus rostos, seus seios, seus músculos, suas mãos, seus pés, enfim, suas partes.

Principais vítimas desta retaliação são as mulheres, embora não sejam as únicas, pois a visão machista se refugiou no mundo mediatico da propaganda usando partes da mulher: o rosto, seus olhos, seus seios, seu sexo e outras partes, continuando perversamente a fazer da mulher um “objeto de cama e mesa”. Devemos nos opor a esta deformação cultural.

Importa também recusar o mero “culto do corpo” pelo sem número de academias e outras formas de trabalho sobre a dimensão física como se o homem-corpo fosse uma máquina destituída de espírito, buscando performances musculares que não conhecem limites. Com isso não queremos desmerecer os benefícios que representam as academias. Afirmando positivamente isso, cabe enfatizar a alimentação equilibrada e sadia, as vantagens inegáveis dos exercícios de ginástica, as massagens que revigoram o corpo e fazem fluir as energias vitais, particularmente, as ginásticas orientais, entre elas a capacidade de o yoga de fortalecer a harmonia corpo-mente.

O vestuário merece uma consideração especial. Ele não possui apenas uma função utilitária ao nos proteger das intempéries e de encobrir o que na nossa cultura (diferente da dos indígenas) são as partes sexuais. Ele pertence ao cuidado do corpo, pois o vestuário representa uma linguagem, uma forma de revelar-se no cenário da vida. É importante cuidar que o vestuário seja expressão de um modo de ser e mostre o perfil humano e estético da pessoa.

Constitui uma demonstração de anemia de espírito as belezas construidas por mil meios para ser aquilo que a vida não quis que as pessoas fossem. Há uma beleza própria de cada idade, um charme que nasce do trabalho que a vida e o espírito fizeram na expressão “corporal” do ser humano. Não há fotoshops que substituam a beleza rude de um rosto de um trabalhador, talhado pela dureza da vida, pelos traços faciais moldados pelo sofrimento e pela luta. Elas ganham uma expressão de grande força e energia. Falam da vida real e não artificial e construida. As fotos trabalhadas dos ícones da beleza convencional são todos parecidos, e mal disfarçam a artificialidade da figura construída pelo marketing.

Todos estes artificialismos de nossa cultura mais ligada ao mercado que às necessidades reais da vida, levam a não cultivar o cuidado próprio de cada fase da vida, com sua beleza e irradiação singular mas também com as marcas de uma vida vivida que deixou estampada no rosto e no corpo as lutas, os sofrimentos, as superações. Tais marcas são condecorações e criam uma beleza iniqualável e uma irradiação específica, ao invés de engessar-se num tipo de perfil de um passado já vivido.

Positivamente cuidamos do corpo regressando para onde, por séculos. nos havíamos exilado: para a natureza e para uma relação benigna para com o todo da Terra. Isso significa estabelecer uma relação de biofilia,  de amor e de sensibilização para com os animais, as flores, rosas e plantas, os climas, as águas, com as paisagens, com a Terra. Quando a Terra vem mostrada a partir do espaço exterior com essas belas imagens do globo terrestre transmitidas pelos grandes telescópios ou pelas naves espaciais irrompe em nós um sentido de reverência, de respeito e de amor pela nossa Casa Comum, a nossa Grande Mãe de cujo útero todos viemos. Sentimo-nos humildes quando contemplamos a Terra como um pálido ponto azul, a última foto dela tirada antes de deixar o sistema solar e penetrar no infinito do espaço sideral.

Talvez o desafio maior para o homem-corpo consiste em lograr um equilíbrio entre a autoafirmação, sem cair na arrogância e no rebaixamento dos outros, e entre a integração no todo maior, da família, da comunidade, do grupo de trabalho e da sociedade, sem deixar-se massificar e cair no adesismo acrítico.

A busca deste equilíbrio não se resolve uma vez por todas, mas deve ser assumido diuturnamente, pois, ele nos é cobrado a cada momento. E cada situação, por mais estranha que possa parecer, é suficientemente boa para encontrarmos o balanço adequado entre as duas forças que nos podem dilacerar ou nos podem unificar e dar leveza à nossa existência.

O cuidado em nossa inserção no estar-no-mundo-com-outros envolve nossa dieta: o que comemos e bebemos. Fazer do comer mais que um processo de nutrição mas um rito de comunhão com os frutos da generosidade da Terra. Assim cada refeição é uma celebração da vida. Saber escolher os produtos, os produzidos organicamente ou os menos quimicalizados. Aqui entra o cuidado como amorosidade para consigo mesmo que se traduz numa vida saudável e como precaução contra eventuais enfermidades que nos podem advir pelo ar contaminado, pelas águas maltratadas, pela geral intoxicação do ambiente.

O homem-corpo deve deixar transparecer essa harmonia interior e exterior, como membro da grande comunidade terrenal e biótica.

          O cuidado pelo corpo dos outros, dos pobres, da Terra

A maioria dos corpos humanos são enfermos, emagrecidos e deformados por demasiadas carências. Há uma humanidade-corpo faminta, sedenta, desesperada no espírito pelo excesso de trabalho explorado e pela humilhação de serem tratados como carvão a ser consumido no processo produitivo, na expressão do antropólogo Darcy Ribeiro.

Cuidado para com os corpos dos empobrecidos e condenados da Terra é não negá-los e desprezá-los como ocorre na nossa tradição escravagista. Mas considerá-los como co-iguais com os mesma dignidade e direitos. Socialmente é lutar por políticas públicas, como foram feitas pelos projetos sociais da “Fome Zero”, “Luz para Todos”, “Minha Casa, minha Vida” com a agricultura ecológica e familiar e outros, como as cozinhas comunitárias, como as UPAS e outras iniciativas que organizam a solidariedade social para que todos possam ver realizado seu direito à comensalidade, a poder comer o suficiente e decente de cada dia.

Permito-me dar um exemplo:No nosso Centro de Defesa dos Direitos Humanos de Petrópolis, desenvolvemos um projeto “Pão e Beleza”, dando à população de rua uma boa refeição diária (cerca de 300 pessoas: o momento do Pão) e em seguida o momento da Beleza que é a conquista de sua dignidade, a começar pelo nome (pois a maioria tem apelidos), fazendo círculos de discussão sobre seus próprios problemas, acompanhá-los quando doentes à assistência médica ou psicológica e ver como reintegrá-los na sociedade com algum trabalho. A perspectiva continua sendo cuidar do ser humano integral, corpo-espirito, através do Pão necessário e do Espírito cultivado.

Importante em termos de uma pedagogia libertadora é contribuir para que as próprios carentes, como sujeitos, se organizem e com sua pressão garantam as bases que sustentam a vida. Mas não apenas saciar a fome de Pão, sempre necessária e saciável, mas também sua fome de Beleza, insaciável, de reconhecimento, de respeito, de comunhão, de Transcendência, sempre aberta a um desenvolvimento ilimitado.

Cuidar do corpo social é uma missão política que exige uma crítica severa contra um sistema de relações que trata as pessoas como coisas e lhes negam o acesso aos commons aos bens comuns que  todos os seres humanos têm direito, como o alimento, a água, um pedaço de chão, o tratamento do esgoto e do lixo, a saúde, a moradia, a cultura e a segurança.

Na verdade, aqui se imporia uma verdadeira revolução humanitária. Mas não basta querê-la. Precisam-se das condições histórico-sociais que a viabilizem e a tornem vitoriosa. É a utopia mínima a ser realizada até por um mínimo senso ético.

Hoje mais que em outras épocas, urge cuidar do corpo da Mãe Terra, marcado por chagas que não se fecham. Há devastações inimagináveis no reino animal, vegetal nos solos subsolos e nos mares. Já externei a opinião de que possivelmente o coronavírus seja uma reação da Mãe Terra, um  contra-ataque à sistemática violência que continuamente sofre.

Ou cuidamos do corpo da Mãe Terra ou corremos o risco de não haver mais lugar para nós ou ela não nos querer mais sobre seu solo. Cuidar do corpo da Terra é cuidar dos dejetos, da limpeza geral das ruas, praças, das águas do ar, dos transportes, interessar-se por tudo o que diz respeito sobre seu estado do planeta, acompanhando pelos meios de comunicação como está sendo tratado, agredido ou curado.

Por fim, seja-nos permitido recordar a mensagem cristã que, pela encarnação do Filho de Deus, santificou a matéria e também a eternizou. A ressurreição do homem das dores, chagado e crucificado vem confirmar que o fim dos caminhos de Deus não é um “espírito” sem a matéria, mas o homem-corpo transfigurado, que realizou todas as potencialidades nele escondidas e elevado ao mais alto grau de sua evolução humana e divina.

É o supremo cuidado que Deus mostrou para com o homem-corpo, ressuscitando-o como homem novo, “o novíssimo Adão”como o chama São Paulo e enfim, assumindo-o para dentro de sua própria realidade infinita e eterna

Leonardo Boff é ecoteólogo e escreveu O destino do homem e do mundo, Vozes,muitas edições 2012.

 

 

 

 

 

 

A Terra contra-ataca a Humanidade pelo coronavírus

Mais e mais cresce a consciência de que a Terra e a Humanidade tem um destino comum, pois formam uma única e complexa unidade. Foi o que os astronautas da Lua ou de suas naves espaciais nos testemunharam. Uma porção dela é inteligente e consciente: são os seres humanos.

Desde a mais alta antiquidade a Terra era vista como a Grande Mãe, viva e geradora de todo tipo de vida. Modernamente, cientistas vindos das ciências da vida e do universo comprovaram, empiricamente, que ela não só possui vida, mas ela mesma é viva. Emerge como um Ente vivo, um superorganismo que se comporta como um sistema que combina todos os fatores e as energias cósmicas de tal forma que sempre se mantém viva e que produz permanentemente as mais diversas formas de vida. Chamam-na de Gaia, nome grego para designar a Terra como um ser vivo.

Ao largo de sua história, o ser humano entreteve, dito de forma sumária, três tipos de relação para com a Terra e a natureza. O primeiro foi de interação: interagia harmonicamente e retirava o necessário para viver. O segundo foi a intervenção quando, há cerca de dois milhões de anos, surgiu o homo habilis que usava instrumentos para intervir na natureza e garantir melhor seu sustento.Tudo culminou no neolítico, há 10-12 mil anos, quando se implantou a agricultura com o manejo de sementes e de espécies também de animais. O terceiro foi a agressão típica dos tempos modernos. Usando todo um maquinário até autômatos e inteligência artificial, o ser humano montou uma sistemática agressão à natureza para extrair dela todos os recursos para sua comodidade e também para acumulação de riqueza material. Essa guerra de agressão foi levada a todas as frentes: no solo, sub-solo, no ar e nos oceanos. Ela se travou também entre os seres humanos que são a parte da Terra com inteligência e consciência.

Michel Serres, filósofo que frequentou várias áreas do saber, escreveu em 2008 um livro com o título “Guerra mundial”. Descreve a história dramática das agressões humanas a todos os ecossistemas e principalmente as guerras entre os próprios seres humanos. Segundo os dados aduzidos, a partir de três mil anos antes de nossa era até o presente foram mortos em conflitos, três bilhões e oitocentos milhões de seres humanos. Só no século XX foram 200 milhões. Inauguramos, segundo alguns cientistas, uma nova era geológica, o antropoceno e o necroceno: o ser humano é a maior ameaça à vida na Terra; com os meios de destruição que maneja mostrou-se uma máquina de morte (necroceno). Em função disso em 2019 investiram-se um trilhão e 822 bilhões de dólares em armas letais, totalmente ineficazes e ridículas face ao invisível coronavírus.

A Terra sentiu os golpes e não deixou de reagir: pelo aquecimento global, pelos tsunamis, pelos eventos extremos, pelas longas estiagens ou as prolongadas nevascas, pelos degelos e pelo caos climático.

A reação, verdadeira represália da Terra, vem pelos vírus (existem cerca de 200 mil) cada vez mais frequentes e violentos, como o zika, a chicungunya, o ebola, o SARS, a gripe suína e aviária e outros. Eles estavam tranquilos em seus habitats. Mas o desmatamento feroz, a erosão da biodiversidade e urbanização crescente do planeta,a criação industrial de animais, fizeram com que perdessen seus hábitats e buscassem outros, passando de animais aos seres humanos. Eles não vivem por si; precisam de células hospedeiras para se reproduzir. Assim é com o atual coronavírus.

A hipótese que proponho é que, neste momento, os papéis se inverteram. Sendo um superorganismo vivo, a Terra reage, contra-ataca e faz a sua revanche contra a Humanidade, pois como diz o Papa na sua encíclica ecológica “nunca maltratamos e ferimos a nossa Casa Comum como nos últimos dois séculos”(n,53).

Agora, irada. Gaia brada: “Basta! Sou mãe generosa, mas tenho limites vitais intransponíveis. Preciso dar severas lições a esses meus filhos e filhas rebeldes e violentos. E se não aprenderam a interpretar os sinais que lhes enviei e não me respeitarem e cuidarem como sua Mãe, posso não mais querê-los sobre meu solo”.

Penso que o Covid-19 é um desses sinais, ainda não o derradeiro, mas o suficiente letal a ponto de abalar os fundamentos do nosso tipo de civilização. Biólogos temem que podemos ser vítimas do assim chamado Next Big One (NBO), aquele último tão letal e inatacável, capaz de pôr fim à espécie humana.

O coronavírus nos lança um alerta. Como disse o sociólogo e ecólogo Bellamy Fosters da Universidade de Oregon:”A sociedade terá que ser reconstituída sobre uma base radicalmente nova. A escolha que temos diante de nós é nua e crua: a ruína ou a revolução”.

Na mesma linha de pensamento afirma a física nuclear e ecologista indiana Vandana Shiva:”Um pequeno vírus pode nos ajudar a dar um grande passo à frente para fundar uma nova civilização planetária ecologista, baseada na harmonia com a natueza. Ou, então, podemos continuar vivendo a fantasia do domínio sobre o planeta e continuar avançando até a próxima pandemia. E, por último, até a extinção. A Terra seguirá, conosco ou sem nós”.

No próximo artigo veremos o que aindas nos é possível fazer.

Leonardo Boff é ecoteólogo e escreveu:Cuidar da Terra- proteger a vida: como escapar do fim do mundo,Record 2010.

 

 

 

 

Coronavirus: Gaia’s reaction and revenge?

Everything relates to everything: that is now a data point in the collective consciousness of those who develop an integral ecology, such as Brian Swimme, many other scientists, and Pope Francis, in his Encyclical Letter, “On the Caring for the Common Home”. All beings of the universe and of the Earth, including us, human beings, are part of the intricate web of relationships, spun in all directions, in such a way that nothing exists outside of those relationships. That is also the basic thesis of the quantum physics of Werner Heisenberg and Niels Bohr.

It was well known by the original peoples, as expressed in 1856 by the wise words of Duwamish Grandfather Seattle: “Of one thing we are certain: the Earth does not belong to man. Man belongs to the Earth. All thing are interrelated like the blood that unites a family; everything is interrelated with everything. That which wounds the Earth also wounds the sons and daughters of the Earth. It was not man who knit the web of life: man is merely a tread of the web of life. Everything that man does against that web, is also done to man himself”. This is to say, there is an intimate connection between the Earth and the human being. If we hurt the Earth, we also hurt ourselves, and vice versa.

This is the same perception the astronauts enjoyed from their spacecraft and the Moon: The Earth and humanity are a single and unique entity. Isaac Asimov said it well in 1982 when, at the request of The New York Times, he summarized the 25 years of the Space age: “Its legacy is the verification that, from the perspective of the spacecraft, the Earth and humanity form a sole entity (New York Times, October 9, 1982)”. We are Earth. Man, Hombre, comes from húmus, fertile earth, the Biblical Adam means son and daughter of the fertile Earth. After this verification, never again have we lost consciousness of the fact that the destiny of the Earth and of humanity are inseparably united.

Unfortunately, we are seeing that which Pope Francis laments in his ecological Encyclical Letter: “we have never mistreated and wounded so much our Common Home as we have done in the last two centuries” (nº 53). The voracity of the form of accumulation of wealth is so devastating that some scientists say that we have inaugurated a new geologic era: the anthropocenic era. Namely, it is the human being himself who threatens life and accelerates the sixth massive extinction, which we already are experiencing. The aggression is so violent that more than a thousand species of living beings disappear each year, giving way to something worse than the anthropocene, the necrocene: the era of mass production of death. Since the Earth and humanity are interconnected, massive death is produced not only in nature but also in humanity itself. Millions of people die of starvation, thirst, victims of war or of the social violence everywhere in the world. And uncaring, we do nothing.

James Lovelock, who offered the theory of the Earth as a self regulating super living organism, Gaia, wrote a book titled, Gaia’s Revenge, (La venganza de Gaia, Planeta 2006). He suggested that the current diseases, such as dengue, chikungunya, the zica virus, sars, ebola, measles, the current coronavirus and the generalized degradation in human relationships, marked by a profound social inequality/injustice and the lack of a minimal solidarity, are the reaction of Gaia for the offenses that we continually inflict on her. I would not say, as Lovelock does, that it is all “the revenge of Gaia”, because she, as the Great Mother she is, does not take revenge, but gives us great signals that she is ill, (typhoons, melting of the polar ice, droughts and flooding, etc.); and, in the end, because we do not learn the lesson, she takes reprisals, such as the aforementioned diseases .

I remember the book-testament by Theodore Monod, perhaps the only great contemporary naturalist, “And if the human adventure should fail” (Y si la aventura humana fallase, Paris, Grasset 2000): «we are capable of senseless and demented behavior, from now on anything could happen, really, anything, including the annihilation of the human race; that could be the just price for our madness and cruelty» (p.246).

This does not mean that all the governments of the world, resigned, will stop struggling against the coronavirus and protecting the people, or of urgently searching for a vaccine to combat it, in spite of its constant mutations. Besides an economic-financial disaster, it could mean a human tragedy, with an incalculable number of victims. But the Earth will not be satisfied with these small compensations. She pleads for a different attitude towards her: of respect for her rhythms and limits, of caring for her sustainability, and of us feeling more like the sons and daughters of Mother Earth, the Earth herself who feels, thinks, loves, venerates and cares. In the same way that we care for ourselves, we must care for her. The Earth does not need us. We need the Earth. Perhaps she does not want us in her face anymore, and would keep on gyrating on the sidereal space, but without us, because we were ecocidal and geocidal..

Since we are intelligent beings and lovers of life, we can change the course of our destiny. May the Spirit Creator strengthen us in this purpose.

Leonardo Boff Eco-Theologian-Philosopher  of the Earthcharter Commission

Free translation from the Spanish sent by
Melina Alfaro, volar@fibertel.com.ar.
Done at REFUGIO DEL RIO GRANDE, Texas, EE.UU.