Marina Oliveira:La ruptura criminal de la presa de Vale en Brumadinho y el trauma de los niños

Publico este texto conmovedor de una universitaria, Marina Paula Oliveira, afectada por la criminal ruptura de la presa de la empresa minera VALE S.A. Dejó sus estudios para acompañar junto con el obispo don Vicente Ferreira y otras colaboradoras el drama de las personas afectadas por la presa, suscitando esperanza, organización y coraje para exigir los derechos reducidos, o incluso negados a los afectados por la tragedia. El mundo entero siguió la amplitud del drama que tuvo lugar en Brumadinho, no lejos de Belo Horizonte, en el que 272 personas fueron enterradas bajo montañas de lodo. Pocos escucharon el llanto y el clamor de los niños que perdieron a sus padres, sus madres, sus familiares. Toda la región quedó dañada con materiales pesados y tóxicos, la naturaleza fue devastada y los ríos se contaminaron. Aquí tenemos el relato directo de Marina, una estudiante universitaria, inteligente, llena de ideales en su vida y en su carrera universitaria. Escuchó el grito de los desamparados y desesperados que subía hasta el cielo. Renunció a todo y se unió a la obra del obispo don Vicente, gran pastor, profeta, poeta y cantante, así como un valiente crítico de los abusos que ocurrieron y de la displicencia de la empresa Vale para satisfacer las reclamaciones de los afectados por sus derechos, sus casas, sus tierras, su dignidad. Es una mujer joven y brillante, totalmente comprometida con este trabajo humanitario, no sin una carga de espiritualidad, diría que de mística que enjuga las lágrimas, consuela a las personas y les mantiene viva la esperanza de que se hará justicia y la ley triunfará. Estuve allí y doy mi testimonio, con la imagen inolvidable de los 272 globos en memoria de los 272 desaparecidos, en cada uno de los cuales estaba escrito: “Me duele demasiado la forma en que te fuiste”. LBoff

 

La ruptura criminal de la presa de Vale en Brumadinho y el trauma de los niño

                                        Marina Paula Oliveira*

Ha pasado ya un año y seis meses desde la ruptura criminal de la presa de la compañía minera VALE S.A. en Brumadinho-MG.

¿Cómo podemos no hablar del trauma de los niños afectados? Hay más de 100 huérfanos de padre o de madre o de ambos. Son hijos y sobrinos de agricultores que solían jugar en el aspersor que regaba los cultivos que ahora están bajo el lodo.

Son niños que antes jugaban a la pelota, descalzos, en la calle y que hoy en día ya no pueden hacerlo debido al flujo de camiones, que participan en las obras de contención de daños, llevando residuos tóxicos en sus ruedas y llevando el barro a entornos que antes se consideraban seguros.

Son niños traumatizados que tuvieron que correr a toda prisa del barro. Niños que tienen miedo de quedarse en sus casas, pero que también tienen miedo a salir de ellas.

“Tía, ¿aquí hay una presa?”, “¿En Bahía hay una presa? Mi abuela vive allí”, “Tía, cuando llegue el lodo aquí, va a destruir todo, ¿no?”

Esas son algunas de las preguntas que se escuchan por aquí. Las palabras mueren en la garganta porque no sé cómo responderlas.

Aun sin mencionar a los niños, los hijas e hijos de los líderes han visto sus vidas completamente impactadas, por las interminables reuniones a las que sus padres tuvieron que asistir y, finalmente, dar su apoyo para recorrer el largo e interminable viaje por la justicia, la dignidad, la memoria de las víctimas y la plena compensación por las pérdidas y los daños. No queda mucho tiempo para que los niños jueguen cuando su padre y su madre están siempre ocupados, tratando de rescatar los derechos que les fueron violentamente secuestrados.

Nunca puedo olvidar y se me llenan siempre los ojos de lágrimas cuando recuerdo la celebración en enero, en recuerdo de un año del desastre criminal, con la presencia de familiares y de los hijos pequeños de los desaparecidos, lanzando 272 globos al aire en memoria de los 272 desaparecidos, con la inscripción: “me duele demasiado la forma en que te fuiste”. Alguien tiene que ser muy insensible e inhumano para no contener las lágrimas y mostrar su indignación.

Varios jóvenes de 14 años han intentado suicidarse. Los niños de 10 años toman medicamentos antidepresivos. Y son sólo niños. Cuántos niños ya no pueden jugar en las calle de su casa porque sus pequeñas comunidades han sido ocupadas por cientos de personas extrañas, trabajadores, voluntarios, entre otros. El entorno que antes les era familiar, hoy se caracteriza por un sentimiento de inseguridad y de extrañeza, sin entender nada.

Hay niños indígenas que solían jugar libremente en el río Paraopeba y que hoy en día no se les permite entrar en sus aguas, ni siquiera tocarlas, debido al alto grado de contaminación de metales pesados aún desconocidos por las comunidades.

“Tía, ¿el río ya se curó?”, “¿Hoy podemos nadar?”

Muchas madres se quejan del crecimiento de las enfermedades de sus hijos y de los problemas respiratorios como resultado del aumento del polvo tóxico en sus comunidades.

Niños que se sienten culpables por jugar y comentan entre ellos: “Toda la ciudad está triste, ¿verdad tía?”

Es inimaginable el sufrimiento de las madres cuando sus hijas preguntan: “¿Qué día volverá papá?” ¿Quién puede contestarles? Las abuelas tienen miedo de explicar a sus nietos que su padre o su madre están entre los “desaparecidos”.

Muchos niños hasta el día de hoy dibujan helicópteros que vuelan sobre sus barrios llevando cuerpos o parte de ellos. Un día un niño comentó: “Mi padre, pobrecito, murió en el lodo”. ¿Qué significa esto para la cabeza de ese pequeño? ¿Hay una explicación para esto?

¿Los niños olvidan? Por aquí, la forma más obvia parece ser crear burbujas para estos niños, burbujas como si su infancia no hubiera sido arrancada por viles intereses económicos. Tal vez nunca lleguen a comprender esa maldad.

El sufrimiento infantil, a su vez, parece estar muy a flor de piel: “Bombero, gracias por encontrar el cuerpo de mi padre; él nunca volverá”.

Toda una generación está marcada de por vida por las consecuencias de la minería depredadora, que sigue poniendo las ganancias por encima de la vida.

¿Quién se propone hablar con estos niños afectados, cuyas almas han sido destrozadas por esta cruel minería que sacrifica vidas en el altar de la ganancia por lucro?

Entonces recordé una cita de Dostoiewsky que escuché una vez: “todos los avances de la ciencia no valen el llanto de un niño”.

Me siento impotente pero profundamente solidaria con ellos. Así que los abrazo y los beso para que se sientan acogidos. Y se den cuenta de que el regalo más precioso que existe, su vida, se ha salvado, y debe continuar y ser feliz.

*Marina Paula Oliveira es una universitaria afectada por la presa y coordinadora de Proyectos de la Arquidiócesis de Belo Horizonte.

Traducción de María José Gavito

Publico este texto conmovedor de una universitaria, Marina Paula Oliveira, afectada por la criminal ruptura de la presa de la empresa minera VALE S.A. Dejó sus estudios para acompañar junto con el obispo don Vicente Ferreira y otras colaboradoras el drama de las personas afectadas por la presa, suscitando esperanza, organización y coraje para exigir los derechos reducidos, o incluso negados a los afectados por la tragedia. El mundo entero siguió la amplitud del drama que tuvo lugar en Brumadinho, no lejos de Belo Horizonte, en el que 272 personas fueron enterradas bajo montañas de lodo. Pocos escucharon el llanto y el clamor de los niños que perdieron a sus padres, sus madres, sus familiares. Toda la región quedó dañada con materiales pesados y tóxicos, la naturaleza fue devastada y los ríos se contaminaron. Aquí tenemos el relato directo de Marina, una estudiante universitaria, inteligente, llena de ideales en su vida y en su carrera universitaria. Escuchó el grito de los desamparados y desesperados que subía hasta el cielo. Renunció a todo y se unió a la obra del obispo don Vicente, gran pastor, profeta, poeta y cantante, así como un valiente crítico de los abusos que ocurrieron y de la displicencia de la empresa Vale para satisfacer las reclamaciones de los afectados por sus derechos, sus casas, sus tierras, su dignidad. Es una mujer joven y brillante, totalmente comprometida con este trabajo humanitario, no sin una carga de espiritualidad, diría que de mística que enjuga las lágrimas, consuela a las personas y les mantiene viva la esperanza de que se hará justicia y la ley triunfará. Estuve allí y doy mi testimonio, con la imagen inolvidable de los 272 globos en memoria de los 272 desaparecidos, en cada uno de los cuales estaba escrito: “Me duele demasiado la forma en que te fuiste”. LBoff

 

La ruptura criminal de la presa de Vale en Brumadinho y el trauma de los niños.

Marina Paula Oliveira*

Ha pasado ya un año y seis meses desde la ruptura criminal de la presa de la compañía minera VALE S.A. en Brumadinho-MG.

¿Cómo podemos no hablar del trauma de los niños afectados? Hay más de 100 huérfanos de padre o de madre o de ambos. Son hijos y sobrinos de agricultores que solían jugar en el aspersor que regaba los cultivos que ahora están bajo el lodo.

Son niños que antes jugaban a la pelota, descalzos, en la calle y que hoy en día ya no pueden hacerlo debido al flujo de camiones, que participan en las obras de contención de daños, llevando residuos tóxicos en sus ruedas y llevando el barro a entornos que antes se consideraban seguros.

Son niños traumatizados que tuvieron que correr a toda prisa del barro. Niños que tienen miedo de quedarse en sus casas, pero que también tienen miedo a salir de ellas.

“Tía, ¿aquí hay una presa?”, “¿En Bahía hay una presa? Mi abuela vive allí”, “Tía, cuando llegue el lodo aquí, va a destruir todo, ¿no?”

Esas son algunas de las preguntas que se escuchan por aquí. Las palabras mueren en la garganta porque no sé cómo responderlas.

Aun sin mencionar a los niños, los hijas e hijos de los líderes han visto sus vidas completamente impactadas, por las interminables reuniones a las que sus padres tuvieron que asistir y, finalmente, dar su apoyo para recorrer el largo e interminable viaje por la justicia, la dignidad, la memoria de las víctimas y la plena compensación por las pérdidas y los daños. No queda mucho tiempo para que los niños jueguen cuando su padre y su madre están siempre ocupados, tratando de rescatar los derechos que les fueron violentamente secuestrados.

Nunca puedo olvidar y se me llenan siempre los ojos de lágrimas cuando recuerdo la celebración en enero, en recuerdo de un año del desastre criminal, con la presencia de familiares y de los hijos pequeños de los desaparecidos, lanzando 272 globos al aire en memoria de los 272 desaparecidos, con la inscripción: “me duele demasiado la forma en que te fuiste”. Alguien tiene que ser muy insensible e inhumano para no contener las lágrimas y mostrar su indignación.

Varios jóvenes de 14 años han intentado suicidarse. Los niños de 10 años toman medicamentos antidepresivos. Y son sólo niños. Cuántos niños ya no pueden jugar en las calle de su casa porque sus pequeñas comunidades han sido ocupadas por cientos de personas extrañas, trabajadores, voluntarios, entre otros. El entorno que antes les era familiar, hoy se caracteriza por un sentimiento de inseguridad y de extrañeza, sin entender nada.

Hay niños indígenas que solían jugar libremente en el río Paraopeba y que hoy en día no se les permite entrar en sus aguas, ni siquiera tocarlas, debido al alto grado de contaminación de metales pesados aún desconocidos por las comunidades.

“Tía, ¿el río ya se curó?”, “¿Hoy podemos nadar?”

Muchas madres se quejan del crecimiento de las enfermedades de sus hijos y de los problemas respiratorios como resultado del aumento del polvo tóxico en sus comunidades.

Niños que se sienten culpables por jugar y comentan entre ellos: “Toda la ciudad está triste, ¿verdad tía?”

Es inimaginable el sufrimiento de las madres cuando sus hijas preguntan: “¿Qué día volverá papá?” ¿Quién puede contestarles? Las abuelas tienen miedo de explicar a sus nietos que su padre o su madre están entre los “desaparecidos”.

Muchos niños hasta el día de hoy dibujan helicópteros que vuelan sobre sus barrios llevando cuerpos o parte de ellos. Un día un niño comentó: “Mi padre, pobrecito, murió en el lodo”. ¿Qué significa esto para la cabeza de ese pequeño? ¿Hay una explicación para esto?

¿Los niños olvidan? Por aquí, la forma más obvia parece ser crear burbujas para estos niños, burbujas como si su infancia no hubiera sido arrancada por viles intereses económicos. Tal vez nunca lleguen a comprender esa maldad.

El sufrimiento infantil, a su vez, parece estar muy a flor de piel: “Bombero, gracias por encontrar el cuerpo de mi padre; él nunca volverá”.

Toda una generación está marcada de por vida por las consecuencias de la minería depredadora, que sigue poniendo las ganancias por encima de la vida.

¿Quién se propone hablar con estos niños afectados, cuyas almas han sido destrozadas por esta cruel minería que sacrifica vidas en el altar de la ganancia por lucro?

Entonces recordé una cita de Dostoiewsky que escuché una vez: “todos los avances de la ciencia no valen el llanto de un niño”.

Me siento impotente pero profundamente solidaria con ellos. Así que los abrazo y los beso para que se sientan acogidos. Y se den cuenta de que el regalo más precioso que existe, su vida, se ha salvado, y debe continuar y ser feliz.

*Marina Paula Oliveira es una universitaria afectada por la presa y coordinadora de Proyectos de la Arquidiócesis de Belo Horizonte.

traducció de María José Gavito Milano

l principio di autodistruzione e la lotta contro il Covid-19

Dopo che le due prime bombe atomiche furono sganciate sulle città di Hiroshima e Nagasaki, l’umanità si creò un incubo dal quale non è riuscita ancora a liberarsi. Invece, è diventata una realtà che minaccia la vita su questo pianeta e la distruzione di gran parte del sistema vitale. Sono state create armi nucleari, chimiche e biologiche molto più distruttive che possono porre fine alla nostra civiltà e influenzare profondamente la Terra viva.

Ancora peggio, abbiamo creato l’intelligenza artificiale autonoma. Con i suoi algoritmi che combinano miliardi di informazioni raccolte da tutti i paesi del mondo, potrebbe prendere decisioni a nostra insaputa. Eventualmente, in una coincidenza pazzesca, potrebbe, come abbiamo detto prima, penetrare negli arsenali delle armi nucleari o in altri di uguale o maggiore potenza letale e lanciare una guerra totale di distruzione di tutto ciò che esiste, compresa se stessa. E’ il principio di autodistruzione. Cioè, è nelle mani degli esseri umani porre fine alla vita visibile così come la conosciamo (che è solo il 5%, il 95% sono vite microscopiche invisibili).

Dobbiamo governare sulla morte. Può succedere in qualsiasi momento.

Si è già creata un’espressione per dare un nome a questa nuova fase della storia umana, una vera era geologica: l’antropocene, cioè l’essere umano come la grande minaccia per il sistema-vita e per il sistema-Terra. L’essere umano è il grande Satana della Terra, che può decimare, come un anticristo, se stesso e gli altri, i suoi simili, e liquidare i fondamenti che sostengono la vita.

L’intensità del processo letale è così grande che stiamo già parlando dell’era del necrocene, cioè dell’era della produzione in massa della morte. Siamo già dentro la sesta estinzione di massa. Ora è stata accelerata irrevocabilmente, vista la volontà di dominare la natura e i suoi meccanismi di aggressione diretta contro la vita e contro Gaia, la Terra vivente, in funzione di una crescita illimitata, di un assurdo accumulo di beni materiali fino al punto di creare un sovraccarico sulla Terra.

In altre parole, siamo arrivati a un punto in cui la Terra non può sostituire i beni e i servizi naturali che le sono stati estratti e comincia a mostrare un avanzato processo di degenerazione attraverso tsunami, tifoni, scongelamento delle calotte polari e permafrost, siccità prolungate, spaventose tempeste di neve e la comparsa di batteri e virus difficili da controllare. Alcuni di questi, come l’attuale coronavirus, possono portare alla morte di milioni di persone.

Tali eventi sono reazioni e possono essere rappresaglie della Terra davanti alla guerra che combattiamo contro di essa su tutti i fronti. Questa morte in massa si verifica in natura,  dove migliaia di specie viventi scompaiono in modo permanente ogni anno, e nelle società umane, dove milioni di persone soffrono la fame, la sete e ogni sorte di malattie mortali.

C’è una crescente percezione generale che la situazione dell’umanità non sia sostenibile. Se questa logica perversa continua, si costruisce un percorso che porta alla nostra sepoltura. Facciamo un esempio: in Brasile viviamo sotto la dittatura dell’economia ultra neoliberale, con una politica di estrema destra, violenta e crudele per le grandi maggioranze povere. Perplessi, abbiamo visto i mali che sono stati fatti, annullando i diritti dei lavoratori e internazionalizzando la ricchezza nazionale che sostiene la nostra sovranità come popolo.

Coloro che nel 2016 hanno compiuto il colpo di Stato contro la presidenta Dilma Rousseff hanno accettato la ricolonizzazione del Paese, divenuto vassallo della potenza dominante, gli Stati Uniti, e condannato ad essere solo un esportatore di commodities e un alleato minore e subordinato al progetto imperiale.

Quello che si sta facendo in Europa contro i rifugiati, rifiutando la loro presenza in Italia e in Inghilterra e peggio ancora in Ungheria e nella cattolicissima Polonia, raggiunge livelli di disumanità di grande crudeltà. Le misure del presidente degli Stati Uniti, Trump, strappando i figli dai loro genitori migranti e mettendoli in gabbia, denotano la barbarie e l’assenza di ogni senso di umanità.

È già stato detto: “nessun essere umano è un’isola… non chiedere mai per chi suonano la campane. Suonano per te, per me, per tutta l’umanità”. Se grandi sono le tenebre che abbassano i nostri spiriti, ancora maggiori sono i nostri desideri di luce. Non lasciamo che la suddetta pazzia abbia l’ultima parola.

La più grande e ultima parola che grida in noi e ci unisce a tutta l’umanità è di solidarietà e compassione per le vittime, è per la pace e il buon senso nei rapporti tra i popoli. Le tragedie ci danno la dimensione della disumanità di cui siamo capaci, ma permettono anche di far emergere l’umano che è in noi, al di là delle differenze di etnia, ideologia e religione. L’umano che è in noi ci fa preoccupare insieme, mostrare solidarietà insieme, piangere insieme, asciugare insieme le lacrime, pregare insieme, cercare insieme la giustizia sociale mondiale, costruire insieme la pace e rinunciare insieme alla vendetta e a ogni tipo di violenza e di guerra.

La sapienza dei popoli e la voce del nostro cuore lo confermano: non è uno Stato che è diventato terrorista, come gli Stati Uniti sotto il presidente Bush, che sconfiggerà il terrorismo. Né è l’odio per gli immigrati latini, diffuso da Trump, che porterà la pace. Un dialogo instancabile, un negoziazione aperta  e un trattamento equo elimineranno le basi di qualsiasi terrorismo e troveranno la pace. Le tragedie che ci hanno colpito nel profondo del cuore, in particolare la pandemia virale che ha colpito l’intero pianeta, ci invitano a ripensare i fondamenti della convivenza umana nella nuova fase planetaria, e come prendersi cura della Casa comune, la Terra, come chiede papa Francesco nella sua enciclica di ecologia integrale “sulla cura della Casa Comune” (2015).

Il momento è urgente. E questa volta non c’è un piano B che ci possa salvare. Dobbiamo essere salvati tutti, perché formiamo una comunità di destino Terra-Umanità. Per questo dobbiamo abolire la parola nemico. La paura crea il nemico. Esorcizziamo la paura quando trasformiamo il lontano in un vicino e il vicino in un fratello e in una sorella. Scacciamo la paura e il nemico quando iniziamo a dialogare, a conoscerci, ad accettarci, a rispettarci, ad amarci, in una parola, a prenderci cura l’uno dell’altro.

Prendersi cura del nostro modo di vivere insieme in pace, solidarietà e giustizia; prendersi cura del nostro ambiente affinché sia un ambiente completo, senza distruggere gli habitat dei virus che provengono da animali o dagli arborovirus che si trovano nelle foreste, un ambiente in cui sia possibile riconoscere il valore intrinseco di ogni essere; prendersi cura della nostra cara e generosa Madre Terra.

Se ci prendiamo cura di noi stessi come fratelli e sorelle, le cause della paura scompaiono. Nessuno ha bisogno di minacciare nessuno. Possiamo camminare per le nostre strade di notte senza paura di essere derubati e aggrediti. Questa cura sarà efficace solo se accompagnata dalla giustizia necessaria a soddisfare i bisogni dei più vulnerabili, se lo Stato sarà presente con misure sanitarie (quanto importante è stato il Sistema Sanitario Unificato in Brasile,  di fronte al Covid-19), con le scuole, con la sicurezza e con spazi di convivenza, di cultura e di tempo libero.

Solo in questo modo godremo di una pace che può essere raggiunta quando c’è un minimo di buona volontà generale e un senso di solidarietà e benevolenza nelle relazioni umane. Questo è il desiderio incrollabile della maggior parte degli umani. Questa è la lezione che l’intrusione del Covid-19 in noi ci sta dando e che dobbiamo assumere nelle nostre abitudini nei tempi post-coronavirus.

*Leonardo Boff è ecoteologo, filosofo e ha scritto La Madre Terra colpisce l’umanità: avvertenze del Covid-19, di prossima pubblicazione dalla editora Vozes.

Traduzione di M. Gavito e S. Toppi

Van Gogh habla del amor necesario

Vivimos actualmente tiempos sombríos de mucho odio, ausencia de fineza y especialmente de falta de amor. La historia no es rectilínea ni la propia evolución del universo lo es. Pasa del orden (cosmos) al desorden (caos), de lo sim-bólico (lo que une) a lo dia-bólico (lo que separa), de las sombras a la luz, de thánatos (las negatividades de la vida) a eros (las excelencias de la vida) y de Cristo al Anti-Cristo.

Tales antítesis no son deformaciones de la realidad, sino la condición de todas las cosas. En el ámbito humano decimos que así es la condition humaine. Es decir, hay momentos en que predomina el orden, la armonía social, la convivencia inclusiva, que representan el eros. En otros predomina el thánatos, la dimensión de muerte, de odio y de desgarro. Obsérvese que las dos realidades vienen siempre juntas y están simultáneamente presentes en todos los momentos y circunstancias.

Actualmente a nivel mundial y nacional estamos viviendo duramente la dimensión de thánatos, de lo dia-bólico, de las sombras. Hay guerras en el mundo, racismo, fundamentalismo produciendo incontables víctimas, ascensión del autoritarismo, del populismo, que son disfraces del despotismo. Como si todo esto no bastase, estamos bajo la invasión de la Covid-19, fruto de la sistemática agresión humana contra la naturaleza (antropoceno) y del contraataque que ella está lanzando contra nosotros, poniendo especialmente al capitalismo y a los países militaristas con su máquina de matar, de rodillas.

Todos los caminos religiosos y espirituales dan centralidad al amor. No necesitamos referirnos a Jesús para quien el amor es todo o al texto de inigualable belleza y verdad de san Pablo en la primera Carta a los Corintios, en el capítulo 13: “el amor nunca acabará… en el presente permanecen estas tres, la fe, la esperanza y el amor, y la más excelente es el amor” (13.8-13).

No me resisto a citar el texto sobre el amor de la Imitación de Cristo, de 1441, el libro más leído en la cristiandad después de la Biblia. Como canto del cisne de mi actividad teológica de más de 50 años, lo retraduje del latín medieval, depurándole como mucho de los dualismos típicos de la época. Leámoslo:

«Gran cosa es el amor. Es un bien verdaderamente inestimable que por si sólo vuelve suave lo que es penoso y soporta sereno toda adversidad. Porque lleva la carga sin sentir el peso, torna lo amargo dulce y sabroso… El amor desea ser libre y sin amarras que le impidan amar con totalidad. Nada más dulce que el amor, nada más fuerte, nada más sublime, nada más profundo, nada más delicioso, nada más perfecto o mejor en el cielo y en la tierra… Quien ama, vuela, corre, vive alegre, se siente liberado de todas las amarras. Da todo a todos y posee todo en todas las cosas, porque más allá de todas las cosas, descansa en el Sumo Bien del cual se derivan y proceden todos los bienes. No mira las dádivas, se eleva por encima de  todos los bienes hasta aquel que los concede. El amor muchas veces no conoce límites pues su fuego interior supera toda medida. Es capaz de todo y realiza cosas que quien no ama no comprende; quien no ama se debilita y acaba cayendo.  El amor vigila siempre y hasta duerme sin dormir… Sólo quien ama comprende el amor» (libro III capítulo 5).

En los momentos dolorosos que estamos viviendo y sufriendo, tenemos que rescatar lo más importante que verdaderamente nos humaniza: el simple amor. Se siente grandemente su falta en todas partes y relaciones. Sin él nada de grande, de memorable y de heroico ha sido construido en la historia. El amor hace que tantos médicos y médicas, enfermeros y enfermeras y todos los que trabajan contra la Covid-19, sacrifiquen sus vidas para salvar vidas, y por eso muchos de ellos acaban cayendo víctimas de la enfermedad.

Ellos nos confirman la excelencia del amor incondicional. Testimonios de las ciencias de la vida, del arte y de la poesía refuerzan lo que proclaman las religiones. Son convincentes las palabras del genial pintor Vincent van Gogh en una carta a su hermano Théo: «Hay que amar para trabajar y volverse un artista, un artista que pretende poner sentimiento en su obra: primero tiene que sentirse a sí mismo y vivir con su corazón… El amor califica nuestro sentimiento de deber y define claramente nuestro papel… el amor es la más poderosa de todas las fuerzas» (Lettres à son frère Théo, Gallimard 1988, 138, 144). A. Artaud que hizo la introducción a las cartas de van Gogh dice de él que rechazó entrar en esta sociedad sin amor: “fue un suicida de la sociedad”.

Consideremos lo que afirman los estudios sobre el proceso cosmogénico y de la nueva biología. Cada vez está más claro que el amor es un dato objetivo de la realidad global y cósmica, un evento bienaventurado del propio ser de las cosas, en las cuales nosotros estamos incluidos.

Ejemplo de eso es lo que escribió James Watson, que con Francis Crick descodificó en 1953 la doble hélice del código genético: «El amor pertenece a la esencia de nuestra humanidad. El amor, ese impulso que nos hace cuidar del otro, fue lo que permitió nuestra supervivencia y éxito en el planeta. Ese impulso, creo, que salvaguardará nuestro futuro… Tan fundamental es el amor para la naturaleza humana que estoy seguro de que la capacidad de amar está inscrita en nuestro DNA. Un san Pablo (que tan excelentemente escribió sobre el amor) secular diría que el amor es la mayor dádiva de nuestros genes a la humanidad». (J. Watson, ADN: el secreto de la vida, Companhia das Letras, São Paulo 2005, p. 433-434).

Los biólogos chilenos Humberto Maturana y Francisco Varela mostraron la presencia cósmica del amor. Dicen que los seres, incluso los más originarios como los topquarks, se relacionan e interactúan entre ellos espontáneamente, por pura gratuidad y alegría de convivir. Tal relación no responde a una necesidad de supervivencia. Se instaura por un impulso de crear lazos nuevos, por la afinidad que emerge espontáneamente y que produce deleite. Es el adviento del amor.

De esta forma, la fuerza del amor atraviesa todos los estadios de la evolución y enlaza a todos los seres dándoles irradiación y belleza.

El amor cósmico realiza lo que la mística ha intuido siempre sobre la gratuidad y la belleza: «la rosa no tiene un por qué. Florece por florecer. Ella no se ocupa de sí misma ni se preocupa de si la admiran o no» (Ángel Silesius). Así el amor, como la flor, ama por amar y florece como fruto de una relación libre, como entre dos personas enamoradas y apasionadas.

Fernando Pessoa expresó bien esta experiencia en los Poemas de Alberto Caieiro: «Si hablo de la Naturaleza no es porque sepa lo que es /sino porque la amo, y la amo por eso,/ porque quien ama nunca sabe lo que ama/ni sabe por qué ama, ni qué es amar/Amar es la eterna inocencia» (Obra poética, Aguilar 1974, p.205).

Por el hecho de ser humanos y autoconscientes, podemos hacer del amor un proyecto personal y civilizatorio: vivirlo conscientemente, crear condiciones para que la amorización se dé entre los seres humanos y con todos los demás seres de la naturaleza, hasta con alguna estrella del universo.

El amor es urgente en Brasil y en el mundo. Con realismo Paulo Freire, tan calumniado por los propulsores del odio y de la ignorancia, nos dejó esta misión: forjar una sociedad donde no sea tan difícil el amor. Educar, decía él, es un acto de amor.

Digámoslo con todas las palabras: el sistema mundial capitalista y neoliberal no ama a las personas. Ama el dinero y los bienes materiales; ama la fuerza de trabajo del obrero, sus músculos, su saber, su producción y su capacidad de consumir. Pero no ama gratuitamente a las personas como personas, portadoras de dignidad y de valor. Lo que nos está salvando en este momento de irrupción de la Covid-19 son exactamente los valores que el capitalismo niega.

Predicar el amor diciendo: «amémonos unos a otros como nos amamos a nosotros mismos», es revolucionario. Es ser anti-cultura dominante y contra el odio imperante.

Hay que hacer del amor aquello que el gran florentino, Dante Alighieri, escribió al final de cada cántico de la Divina Comedia: “el amor que mueve el cielo y todas las estrellas”; y yo añadiría, amor que mueve nuestras vidas, amor que es el nombre sacrosanto del Ser que hace ser todo lo que es, y que es la Energía sagrada que hace latir de amor nuestros corazones.

*Leonardo Boff es ecoteólogo y acaba de escribir: Covid-19: la Madre Tierra contraataca a la humanidad, que saldrá publicado por la editora Vozes.

Traducción de Mª José Gavito Milano