La Tierra como “Placa de Petri”, ¿señal de nuestra extinción?

Leonardo Boff*

Lynn Margulis y Dorion Sagan, notables científicos, en el conocido libro Microcosmos (1990) afirman con datos de los registros fósiles y de la propia biología evolutiva que una de las señales del colapso próximo de una especie es su rápida superpoblación.

Tal colapso puede ser verificado con microorganismos colocados en una Placa de Petri (placas de vidrio con colonias de bacterias y nutrientes superpuestas). Por una especie de instinto, poco antes de alcanzar los bordes de la placa y agotarse los nutrientes, se multiplican de forma exponencial. Y de repente mueren todas. ¿No estaríamos nosotros en la ruta de crecimiento exponencial de la población humana y expuestos a desaparecer? Los datos apuntan hacia esa eventualidad.

La humanidad necesitó un millón de años para llegar en 1850 a mil millones de personas. En 1927 alcanzamos los 2 mil millones; en  1960 3 mil millones; los 4 mil millones en 1974; 5 mil millones 1987; 6 mil millones en 1999; 7 mil millones en 2011; y finalmente 8 mil millones en 2023. Se estima que hacia 2050 alcanzaremos la meta límite de 10-11 mil millones de habitantes. Esto significa que la humanidad ha crecido en mil millones de habitantes cada 12-13 años, un crescendo de hacer pensar.

Es el triunfo innegable de nuestra especie. Pero es un triunfo que puede amenazar nuestra supervivencia en el planeta Tierra, por efecto de la superpoblación y porque hemos sobrepasado en un 64% la capacidad de regeneración del planeta vivo, la Tierra.

Para la humanidad, comentan los autores, como consecuencia del crecimiento rápido de la población, el planeta Tierra puede mostrarse idéntico a una Placa de Petri. En efecto, ocupamos casi toda la superficie terrestre, dejando solo un 17% libre, por ser inhóspita como los desiertos y las altas montañas nevadas o rocosas.

Lamentablemente, según varios científicos, hemos inaugurado una nueva era geológica, el antropoceno. De homicidas, etnocidas y ecocidas nos hemos vuelto biocidas, pues somos los que más amenazan y destruyen la vida de la naturaleza. Sabemos por las ciencias de la vida y de la Tierra que todos los años desaparecen naturalmente o por la agresión humana cientos de especies, después de haber vivido millones de años sobre el planeta.

La extinción de especies es parte de la evolución de la propia Tierra que ha conocido por lo menos seis grandes misteriosas extinciones en masa. Son notorias las del Devónico hace 370-360 millones de años que barrió del mapa el 70-80% de todas las especies y la del Pérmico, de hace 250 millones de años, llamada también “La Gran Muerte” en la cual el 95% de los organismos vivos se extinguieron. La última, la sexta, está ocurriendo ante nuestros ojos con el antropoceno, en el cual, nosotros los humanos, según el gran biólogo fallecido E.O.Wilson hemos extinguido entre 70-100 mil especies de organismos vivos.

El hecho es que la superpoblación humana ha tocado los límites de la Tierra. ¿Conoceremos también nosotros el mismo destino de las bacterias dentro de la Placa de Petri que, alcanzado un punto alto de superpoblación, de repente acaban muriendo?

Nos preguntamos ¿será que en el proceso evolutivo ha llegado nuestro turno de desaparecer de la faz de la Tierra? La hipótesis de que el planeta habitado de forma tan acelerada por tantos miles de millones de seres humanos se ha vuelto efectivamente una Placa de Petri gana todo su sentido.

Solamente que esta vez la extinción no sería por un proceso natural, aunque misterioso, sino por la propia acción humana. Nuestra civilización industrialista y sin corazón, en su afán de poder y de dominación, ha creado algo absolutamente irracional: el principio de autodestrucción, mediante varios tipos de armas letales de toda la vida, también de la nuestra.

Lo peor ya lo hemos hecho: cuando el Hijo de Dios se encarnó en nuestra carne caliente y mortal, nosotros lo rechazamos, lo condenamos en un doble juicio, uno religioso y otro político, y lo asesinamos, clavándolo en una cruz fuera de la ciudad, como señal de maldición.

Después de ese acto nefasto y abominable, todo es posible, hasta nuestra propia destrucción. Exterminarnos a nosotros mismos es menos grave que matar al mismo Hijo de Dios, que pasó por este mundo haciendo solamente el bien. “Vino a lo que era suyo y los suyos no le recibieron” constata con infinita tristeza el evangelista Juan (Jn 1,11).

Pero consolémonos: él resucitó, se mostró como “el ser nuevo” (“novissimus Adam: 2Cor 15,45), libre ya de tener que morir y en la plenitud de su humanidad. Sería una revolución en la evolución y la muestra anticipada del fin bueno de toda la vida.

Para los profesantes de la fe, creemos y esperamos que el Spiritus Creator pueda aún iluminar las mentes humanas para que tomen conciencia del riesgo de desaparecer y acaben volviendo a la racionalidad cordial, sabiendo retroceder y definiendo un camino de amorosidad, de piedad y de compasión hacia todos sus semejantes, la naturaleza y la Madre Tierra. Entonces aún tendríamos futuro. Así lo queremos y lo quiera también el Creador.

*Leonardo Boff ha escrito Cuidar la Tierra–proteger la vida: cómo escapar del fin del mundo, Record, Rio de Janeiro 2010; Cuidar de la Casa Común: pistas para retrasar el fin del mundo, Vozes, Petrópolis 2023.

A Terra seria como uma “Placa de Petri”,sinal de nossa extinção?

Leonardo Boff

Lynn Margulis e Dorian Sagan, notáveis cientistas, no conhecido livro Microcosmos (1990) afirmam com dados dos registros fósseis e da própria biologia evolutiva que um dos sinais do colapso próximo de uma espécie é sua rápida superpopulação.

Tal colapso pode ser verificado com micro-organismos colocados na Placa de Petri (placas de vidro sobrepostas com colônias de bactérias e nutrientes). Por uma espécie de instinto, pouco antes de atingirem as bordas da placa  e se esgotarem os nutrientes, multiplicam-se de forma exponencial. E de repente todas morrem. Nós não estaríamos nesta rota de crescimento exponencial da população humana e expostos a desaparecer? Os dados apontam para essa eventualidade.

A humanidade precisou um milhão de anos para chegar em 1850 a um bilhão de pessoas. A marca de 2 bilhões foi atingida em 1927; a de 3 bilhões em 1960; a de 4 bilhões em 1974; a de 5 bilhões em 1987; a de 6 bilhões em 1999; a de 7 bilhões em 2011; e por fim os 8 bilhões em 2023.Estima-se que por volta de 2050 alcançaremos a meta limite de 10-11 bilhões de habitantes. Isso significa que a humanidade cresceu em 1 bilhão de habitantes a cada 12 a 13 anos, um crescendo de fazer pensar.

É o triunfo inegável de  nossa espécie. Mas é um triunfo que pode ameaçar a nossa sobrevivência no planeta Terra, por efeito da superpopulação e por termos ultrapassado em 64% a capacidade de regeneração do planeta vivo, a Terra.

Para a humanidade, comentam as autoras, em consequência do crescimento crescente e rápido da população, o planeta Terra pode mostrar-se idêntica a uma Placa de Petri. Com efeito, ocupamos quase toda a superfície terrestre, deixando apenas 17% livre, por ser inóspita como os desertos e as altas montanhas nevadas ou rochosas.

Lamentavelmente,segundo vários cientistas, inauguramos uma nova era geológica,o antropoceno. De homicidas, etnocidas e ecocidas nos fizemos biocidas pois somos os que mais ameaçam e destroem a vida da natureza. Sabemos pelas ciências da vida e da Terra que todos os anos desaparecem naturalmente ou pela agressão humana centenas de espécies, depois de terem vivido milhões de anos sobre o planeta.

A extinção de espécies pertence à evolução da própria Terra que  conheceu pelo menos seis grandes misteriosas extinções em massa. Notórias são as do Devoniano há 370-360 milhões de anos que varreu do mapa 70-80% de todas as espécies e aquela do Permiano, de  há 250 milhões de anos, também chama de “A Grande Morte” na qual 95% dos organismos vivos foram extintos. A última, a sexta, está ocorrendo a nossos olhos sob o antropoceno no qual nós humanos, segundo o grande  biólogo falecido E.O.,Wilson extinguimos entre 70-100 mil espécies de organismos vivos.

O fato é que a superpopulação humana tocou nos limites da Terra. Conheceríamos também nós o mesmo destino das bactérias dentro da Placa de Petri, que alcançado um ponto alto de superpopulação, de repente, acabam morrendo?

Pergunta-se, será que no processo evolucionário não chegou  a nossa vez de desaparecer da face da Terra? A hipótese de que o planeta habitado de forma tão acelerada por tantos bilhões de humanos e se ter tornado, efetivamente, uma Placa de Petri ganha todo o sentido.

Somente que desta vez a extinção não seria por um processo natural, mesmo que misterioso, mas pela própria ação humana. Nossa civilização industrialista e sem coração, no afã de poder e de dominação, criou algo absolutamente irracional: o princípio de autodestruição por vários tipos de armas letais de toda a vida também da nossa.

Já temos feito o pior: quando o Filho de Deus se incarnou em nossa carne quente e mortal, nós o rejeitamos, o condenamos por um duplo juízo, um religioso e outro político e o assassinamos, pregando-o na cruz fora da cidade,como sinal de maldição.

Depois desse ato nefasto e ominoso, tudo é possível até a nossa própria autodestruição. Exterminar a nós mesmos é menos grave que matar o próprio Filho de Deus que passou por este mundo somente fazendo o bem.”Veio para o que era seu e os seus não o receberam” constata com infinita tristeza o evangelista João (Jo 1,11).

Mas consolemo-nos: ele ressuscitou, mostrou-se como o “o ser novo”(“novissimus Adam: 2Cor 15,45), já livre de ter que morrer e na plenitude de sua humanidade. Seria uma revolução na evolução e a amostragem antecipada do fim bom de toda a vida.

Para os professantes da fé, cremos e esperamos  que o Spiritus Creator, ainda possa iluminar as mentes humanas para que se conscientizem do risco de desaparecer e acabem voltando à racionalidade cordial, sabendo recuar e definindo um caminho de amorosidade, de piedade e de compaixão  para com todos os seus semelhantes, para coma natureza e para com Mãe Terra. E então teríamos ainda futuro. Assim o queremos e o queira também o Criador.

Leonardo Boff escreveu Cuidar da Terra – proteger a vida:como escapar do fim do mundo, Record, Rio de Janeiro 2010; Cuidar da Casa Comum: pistas para protelar o fim do mundo, Vozes, Petrópolis 2023.

“Por uma Igreja Sinodal” II, o Direito Canônico, as mulheres e os pobres.   

Dom Erwin Kräutler


No dia 13 de junho, o Papa Francisco disse: “Espero que depois deste Sínodo, a sinodalidade permaneça como uma forma permanente de agir na Igreja em todos os níveis, penetrando no coração de todos, pastores e fiéis, até se tornar estilo comum na Igreja. Isso exige uma mudança que deve ocorrer em cada um de nós, uma verdadeira conversão” (Vatican News). Este é um desejo particularmente corajoso do nosso Papa Francisco! Ele sempre almejava de nós “propostas (ou sugestões) corajosas”: “Sean corajudos!” dizia aos bispos, a sacerdotes, a muitas mulheres e homens, aos indígenas e aos pobres. E esta “coragem”, repetidamente rogada, está muito próxima da “parrhesia” dos Atos dos Apóstolos.

Infelizmente, a experiência que tive no Sínodo para a Amazônia diminuiu um pouco as minhas expectativas. Naquele sínodo, bem mais de dois terços dos “padres sinodais” votavam no diaconato feminino e, para as regiões remotas da Amazônia e para os povos indígenas, insistiram no celibato opcional.

Na sua Exortação Apostólica pós-sinodal Querida Amazônia o Papa Francisco não se refere nem com uma única sílaba ao nosso desejo de finalmente restabelecer o diaconato feminino, ou de considerar uma dispensa do celibato para padres em certos ambientes e culturas, a fim de poderem em regiões de “penúria eucarística” celebrar a Eucaristia e ministrar os sacramentos.

O tema do atual Sínodo “Por uma Igreja sinodal: comunidade, participação e missão” parece transportar o chamado de João Batista para o nosso tempo: “Voz de quem clama no deserto: Preparai o caminho do Senhor, endireitai suas veredas! Todo vale será aterrado, toda montanha e colina serão rebaixadas. As vias tortuosas serão endireitadas e os caminhos acidentados, aplainados. E todos verão a salvação que vem de Deus” (Lucas 3,4-6).

Algumas barreiras à sinodalidade em nossa Igreja:

Comunidade?

Como pode existir uma comunidade sinodal num sistema estritamente hierarquizado, com um Codex Iuris Canonici axiomático e categórico até nos mínimos detalhes, até o último ponto e vírgula? Como pode existir sinodalidade quando o pároco está canonicamente amparado para ter sempre a última palavra e ignorar qualquer decisão majoritária do Conselho Pastoral ou da comunidade paroquial sem sequer ter que declarar a razão de seu veto?

Como pode existir uma diocese sinodal onde “a competência decisória do Bispo (…) é inalienável, na medida em que está fundada na estrutura hierárquica da Igreja estabelecida por Cristo” (IL 2024, n. 70)? Com esta premissa, os organismos diocesanos, mesmo apelando-se para seu espírito de corresponsabilidade continuarão meros órgãos consultivos. Como pode uma diocese ser entendida como uma comunidade “sinodal”, se os bispos, num processo secreto, totalmente ignorado pelas lideranças diocesanas e sem qualquer consulta a representantes da Igreja Local, nem mesmo ao bispo anterior, simplesmente são determinados e nomeados para um Povo de Deus por eles desconhecido e antes nunca visitado? E este processo ainda é designado com o termo “eleição”!

Participação?

É direito de cada cristão “fazer parte” de sua Igreja, de assumir responsabilidades e ajudar a edificá-la. Este sentimento de pertença, e não apenas sentimento, mas também o direito de pertencer é crucial para uma comunidade sinodal.

Em nossa Igreja ainda é extremamente difícil fazer valer o sacerdócio comum de todos os fiéis (Lumen Gentium, 10). E ainda mais, em oposição às repetidas admoestações do Papa Francisco, se ergue ultimamente dos baús mofados de séculos passados, um neoclericalismo ferino. Há padres, e infelizmente também bispos, que consideram missão sua, restaurar a “velha disciplina”. A autoridade “de sempre” tem que ser devolvida aos antístites da igreja.

Com isso o sulco entre clérigos e leigos, se aprofunda ainda mais. Aos clérigos cabe a missão de “instruir”, de “doutrinar”, de “decidir e “definir”. Aos leigos é reservada a “bênção de obedecer”. Tal “disciplina” é perigosa e, sobretudo, antissinodal, porque contradiz o que Jesus disse: “Os reis das nações dominam sobre elas, e os que exercem poder se fazem chamar benfeitores. Entre vós não seja assim. Pelo contrário, o maior entre vós seja como o mais novo, e o que manda como quem está servindo” (Lucas 22,25-26). Nossa “autoridade” não nos eleva acima do povo! Vivemos “para” o povo e caminhamos “com” o Povo de Deus. Esta é sinodalidade como Jesus a pede!

A participação é a pedra de toque sobre a qual se mantém ou cai a orientação sinodal da nossa Igreja: a “participação” das mulheres, que são mais que a metade de todos os fiéis! E é muito surpreendente que o nosso Papa Francisco excluiu este tema do programa do Sínodo e o adiou aparentemente para o Dia de São Nunca. Duas comissões já vasculharam a história das primeiras comunidades cristãs e logicamente não encontraram nenhuma pista de uma ordenação diaconal no rito de hoje, por exemplo no caso de Febe (Rom 16,1). Certamente uma ordenação presbiteral naquela época também não foi celebrada no rito romano, adotado hoje nas nossas catedrais.

Não se trata de detectar o que era praxe ou não dois mil anos atrás, mas sim o que é necessário hoje como resposta aos desafios do nosso tempo. Se mulheres há décadas são lideranças na grande maioria das comunidades da Amazônia, nas cidades e no campo, dirigem o culto dominical, explicam a Palavra de Deus, são autorizadas a batizar crianças ou assistir matrimônios, são catequistas, são professoras de religião nas escolas, e se é, graças aos seus esforços, que a Igreja na Amazônia realmente “vive”, como então a “igualdade de gênero” ainda não é acatada em nossa igreja! E por quê se nega às mulheres a graça da ordenação, simplesmente pelo fato “de serem mulheres”? A argumentação de que Jesus escolheu só “homens” – isto é, portadores de cromossomos XY – hoje não dá mais para ser sustentada.

A hipótese de os princípios “petrino” e “mariano” aparecerem separadamente na Igreja é tendenciosa! Afirmar que as mulheres são “marianas” e os homens “petrinos” é um disparate psicológico! Haverá sempre mulheres petrinas, como também homens marianos. E vice-versa! Ou, para ser mais claro: em cada mulher existem qualidades petrinas, assim como em cada homem existem qualidades marianas. “E Deus viu tudo quanto havia feito, e era muito bom” (Gen 1,31). Somos sempre petrinos e marianos, petrinas e marianas! Graças a Deus!

Missão?

A Igreja é “enviada por Cristo a manifestar e a comunicar o amor de Deus a todas as pessoas e povos” (Ad Gentes, 10). Esta palavra do Decreto do Concílio Vaticano II. “sobre a atividade missionária da Igreja” indica a orientação para a missão de cada cristão, de cada cristã.

Estou convencido de que Jorge Mario Bergoglio foi eleito Papa porque no pré-conclave defendeu uma Igreja em saída que se aventura na periferia, não só a geográfica, mas a existencial, ou seja, que se dirige às pessoas à margem da sociedade, exatamente onde vivem, com todas as suas misérias e esperanças, as amarguras de exclusão e as suas expectativas. Ele escolheu o nome “Francisco”: prova como quer levar a sério uma Igreja que já o Papa João XXIII em 1962, pouco antes da abertura do Concílio Vaticano II., chamou de “a Igreja dos e para os pobres”. Na sua primeira audiência com jornalistas, em 16 de março de 2013, o Papa Francisco disse: “Oh, como eu quero uma Igreja pobre e uma Igreja dos pobres!”

Francisco foi a Lampedusa, a Lesbos, visitou prisões, lavou os pés dos encarcerados, incluindo mulheres muçulmanas, pediu desculpas aos povos indígenas no Canadá, ficou profundamente comovido com o grito dos povos indígenas em Puerto Maldonado, poucos meses antes do Sínodo da Amazônia, e assim por diante. Não faltam exemplos papais. E certamente há hoje na Igreja muitas pessoas e instituições que cuidam dos marginalizados e explorados. Mesmo assim continua muito grande o perigo de nossa Igreja voltar a ficar particularmente preocupada consigo mesma, especialmente depois do capítulo escandaloso e horrível dos abusos. O “Sínodo Sinodal” certamente não pode saltar por cima da própria sombra. Mas retirar-se “do mundo maligno” para sacristias com cheiro de incenso ou, então, tentar atrair as massas através de grandes eventos litúrgicos com muita pompa, musicata altissonante e paramentos suntuosos será definitivamente o caminho errado.

Para Francisco de Assis, o encontro com os leprosos foi um encontro concreto com o Senhor Jesus sofredor. Foi a experiência chave para compreendermos Francisco de Assis, homônimo do nosso Papa. Quem são e onde estão os “leprosos” do nosso tempo e mundo? Como e por que as pessoas vivem “nas periferias”, em bairros pobres e favelas, debaixo de pontes e amontoadas em barracas imundas? Por que é negado aos indígenas o direito à sua identidade? Por que continuam sendo expulsos de suas terras ancestrais? Por que as pessoas morrem “antes do tempo” por que não têm o suficiente para comer? Por que as crianças não chegam à idade adulta? Por que, pelo amor de Deus, há novamente guerras que atingem os pobres ainda mais duramente? Esta horrível ladainha não para por aí! Qual é a missão da Igreja? “Proclamar e comunicar o amor de Deus a todas as pessoas e povos”! Como isso poderá acontecer de modo bem concreto e profundamente sinodal?

O Instrumentum laboris, divulgado ontem, refere-se aos “pobres” apenas de modo marginal, periférico. Espelha a realidade em que os pobres vivem: na margem, na periferia. Encontrei a palavra “pobre(s)” apenas sete vezes em 112 artigos e em uma nota de rodapé. Na Parte III “Lugares” falta lamentavelmente um capítulo específico sobre os pobres e excluídos do “banquete da vida, para o qual todos os homens e mulheres são igualmente convidados por Deus” (João Paulo II, Sollicitudo Rei Socialis, n. 39). O documento reclama de um “mundo em que os poderosos ignoram os pobres, os marginalizados e as minorias” (IL 2024,n. 29). Será que só os poderosos do “mundo” ignoram os pobres? Aconselha o texto: “Um ponto particularmente significativo neste âmbito é a escuta das pessoas que vivenciam vários tipos de pobreza e marginalidade” (IL 2024, n. 54). O Instrumentum laborisé muito mais ad intra da Igreja do que ad extra!

Estas são apenas algumas preocupações ou questões a que a Segunda Parte do Sínodo “Uma Igreja Sinodal: Comunidade, Participação, Missão” terá que responder.

Dom Erwin Kräuter é bispos emérito da mais extensa diocese do mundo, a do Xingu,na Amazônia. Sempre pleiteou o reconhecimento daquilo que as mulheres,agentes de pastoral, fazem de modo especial nos fundos da floresta, todos os serviços religiosos e também a assim chamda “celebração da ceia no Senhor”como vem descrita por São Paulo na 1Coríntios 11,23-24.Ele junto com os mais sérios teólogos não vê nenhum empecilho doutrinário para que elas sejam ordenadas no sacramento da Ordem e assim se tornarem presbíteras: Leiam   Erwin Kräutler: “A ordenação sacerdotal feminina é uma questão irrevogável?”

Fonte: IHU 11/07/2024

La falta de la justa medida: el ADN de nuestra cultura

Leonardo Boff*

A donde quiera que dirijamos nuestra mirada lo que más salta a la vista es la falta de medida, el exceso, la exageración, la ausencia del camino del medio, no lo de más ni lo de menos, el desequilibrio en prácticamente todos los campos.

La justa medida está atestiguada en todas las grandes tradiciones éticas de las culturas mundiales. En el pórtico del gran templo de Delfos estaba escrito en letras enormes: méden ágan, que quiere decir: “nada de exceso”. Lo mismo se veía en los pórticos de los templos romanos: ne quid nimis: “nada de menos ni de más”. La justa medida se opone a toda ambición exacerbada (hybris). Requiere autocontrol, el sentido de equilibrio dinámico y la capacidad de imponer límites a nuestros impulsos. Pues bien, eso es exactamente lo que nos falta a nivel mundial. La falta de la justa medida forma parte del ADN de nuestra cultura hoy planetizada.

Eso se nota claramente en el sistema económico-político-social-comunicacional dominante. La más flagrante muestra de falta de la justa medida es el capitalismo. Donde se instala surge inmediatamente la desigualdad entre los dueños del capital, que poseen todo y deciden, y los trabajadores que solo venden sus capacidades, es decir, se instala inmediatamente la ruptura de la justa medida. Los mantras del capitalismo en sus distintas versiones se mantienen inalterados: búsqueda de la acumulación ilimitada para beneficio individual o corporativo. Aun sabiendo los límites de nuestro planeta, su motor es la competencia sin la más mínima cooperación, el saqueo de los bienes y servicios de la naturaleza sin tener en cuenta la sostenibilidad necesaria, la flexibilización de todas las leyes para abrir de par en par todas las puertas al proceso de explotación y de enriquecimiento, la presión para crear un estado mínimo, pues este es visto como un impedimento para la dinámica de la expansión del capital.

El efecto de este proceso es lo que recoge el economista Eduardo Moreira, exbanquero, transformado en uno de los mayores formuladores de conciencia crítica de nuestro país y el principal ideador del Instituto Conhecimento Liberta (ICL) que ofrece cerca de 270 cursos de excelencia en las más variadas áreas del saber al precio de un sandwich, con una asistencia de cerca de 100 mil personas. Dice: “El 1% de los dueños de tierras concentran más del 50% de las tierras cultivables del país; cuando consideramos el volumen de dinero, el 1% más rico del mundo posee más reservas acumuladas que el 90% más pobre; una verdadera catástrofe social (Desigualdade,Rio 2024)”. Este es un ejemplo clamoroso de nuestra absoluta falta de medida.

Esa falta de medida caracteriza igualmente a los grandes medios de comunicación mundiales, sean escritos, digitales y la media docena de plataformas de internet (Google, Meta, Facebook, Instagram, TikTok, X, Youtube y otras) en manos de un puñado de personas poderosísimas.

La falta de medida se revela profundamente brutal en la relación con la naturaleza, explotada desde hace siglos y en las últimas décadas devastada hasta tal punto que algunos científicos han propuesto la inauguración de una nueva era geológica, el antropoceno (el ser humano como factor principal de la destrucción de la naturaleza), radicalizado en el necroceno (la biodeversidad es diezmada) y últimamente en el piroceno (el aumento creciente de los grandes incendios en casi todas partes del planeta).

Tal vez una de las mayores demostraciones de la falta de justa medida nos es dada por el cambio climático, ya instalado hasta el punto de ser  considerado por los grandes órganos mundiales como irreversible. La emisión de gases de efecto invernadero en vez de disminuir está aumentando. Debido a la crisis energética hemos vuelto al uso del carbón, petróleo y gas, altamente contaminantes, a ellos se añade la insuficiencia de energías alternativas. El cambio climático no frenado, agravado por el aumento poblacional, puede llevar el futuro de la vida humana a un impasse y volver el planeta inhabitable.

Entre las muchas causas que nos han llevado a este peligroso estadio está seguramente la ruptura de la Matriz Relacional. Olvidamos que todas las cosas están inter-relacionadas. En el lenguaje poético del Papa Francisco en su encíclica sobre ecología integral (Sobre el cuidado de la Casa Común) “el sol y la luna, el cedro y la florecilla, el águila y el gorrión… significan que ninguna criatura se basta a sí misma, que no existen sino en dependencia unas de otras, para  completarse y servirse mutuamente” (n.86). Aquí aparece la justa medida natural, rota por las ciencias y por los muchos saberes.

La modernidad se funda sobre la atomización de los saberes, de las cosas consideradas sin un valor intrínseco y puestas al disfrute de los seres humanos o, en la peor tendencia, a la acumulación sin límites de bienes meramente materiales. Así surgió el mundo de las cosas; incluso las más sagradas, también los órganos humanos han sido transformados en mercancía a ser puesta en el mercado y conseguir su debido precio, cosa ya anunciada por Marx en 1847 en su Miseria de la filosofía y sistematizada en 1944 por Karl Polanyi en su obra La gran transformación.

¿Cómo salir de este enrocamiento de dimensiones trágicas? Si queremos continuar sobre este planeta no tenemos más salida que volver a la ética del cuidado de todas las cosas, de nuestras vidas y principalmente de la justa medida. Ella y el cuidado podrán salvar el futuro de nuestra civilización y de nuestra permanencia en la Tierra.

Preocupado con esta cuestión máxima de vida y de muerte, escribí  dos libros, fruto de una vasta investigación transcultural. El primero fue publicado en 2022 El pescador ambicioso y el pez encantado: la búsqueda de la justa medida. En él preferí el género narrativo usando  cuentos y mitos ligados a la justa medida. El segundo completa el primero, La búsqueda de la justa medida: cómo equilibrar el planeta Tierra, ambos publicados por la Editorial Vozes. En este segundo intenté de forma más científica ir a las causas que nos llevaron a olvidar la justa medida, exactamente la pérdida de la Matriz Relacional.  

Por más que nos esforcemos en creer que sólo la vuelta a la justa medida y a la ética del cuidado podrán salvarnos, permanece siempre esta angustiosa pregunta: dada la universalización de la grave crisis existencial, ¿tenemos aún tiempo y sabiduría suficientes para realizar esta conversión? La esperanza nunca muere y no deberá defraudarnos.

*Leonardo Boff ha escrito Habitar la Tierra, Vozes 2021 y El doloroso parto de la Madre Tierra, Vozes 2021.

Traducción de Mª José Gavito Milano