Creer a pesar de razones para no creer

Leonardo Boff*

Vivimos tiempos de interrogaciones radicales, tal vez más que en otras épocas. Generalmente las crisis y las grandes fatalidades tenían un carácter regional. Por eso pasaban  inadvertidas para la mayoría de la humanidad. Hoy es diferente: todo se da de forma global y a la luz del sol. Presenciamos en tiempo real la destrucción de todo un pueblo. La demolición de sus casas. La muerte de miles de niños inocentes que no tienen nada que ver con la guerra. Son incontables los que permanecen bajo los escombros de los edificios destruidos. Las madres cargan en sus brazos a sus hijos e hijas asesinados y besan sus rostros desfigurados. Todo eso por causa de la mente asesina de un primer ministro sionista de extrema derecha, insensible e inhumano: Benjamín Netanyahu.

Algo parecido sucede en varios lugares del mundo. Hay genocidios perpetrados en África, en Ucrania y en otros lugares del planeta sin que los publiquen las televisiones y los periódicos.

La propia Tierra ha entrado en ebullición. Parece que se está realizando aquello que San Pedro preveía en su segunda epístola: “la tierra será consumida por el fuego; los cielos se disolverán en fuego y los elementos abrasados se derretirán” (2Ped 3,10.12). El calentamiento del planeta está alcanzando tal punto que algunos científicos hablan del  inicio de la era del piroceno, la era del fuego, tal vez la  más peligrosa  para la existencia de la vida sobre el planeta.

Se oyen por todas partes un gran lamento y mucho llanto. Hay ojos secos de tanto llorar. Los que aún creen, gritan desesperados: ¿dónde está Dios? ¿Por qué permite tanta maldad? ¿Por qué no interviene y detiene el brazo criminal? ¿Por qué se calla?

Otros  ya no creen en  ningún sentido de la vida y de la historia. ¿Por qué podemos ser tan crueles y sin piedad si podríamos ser afables y amorosos los unos con los otros y con la naturaleza? Somos un proyecto fallido en el proceso de la evolución. No ñtenemos remedio. No aprendemos nada de la historia. Y cometemos crímenes y más crímenes, cada vez con más sevicia y atrocidad.

A causa de estas contradicciones entendemos a los ateos. Ellos aducen muchas razones para negar la existencia de un Ser bueno y amigo de los seres humanos. No obstante, muchos de ellos son sinceramente éticos: creen en la justicia y en la verdad, se compadecen de los que sufren, se solidarizan con los injustamente humillados y ofendidos y procuran bajar a los crucificados de la cruz. Ven sentido en estos sentimientos y en estas prácticas sin formar parte de una religión o de una iglesia.

Pero la llaga sigue abierta y sangrante: ¿no podría ser diferente? ¿Por qué estamos condenados a padecer tanto en el cuerpo, en la mente y en el corazón? Es una pregunta que queda abierta.

Pero hay también obstinados y  perseverantes. Contra todos los absurdos creen en un sentido secreto que no ven. Contra todas las razones que los llevarían a negar a Dios, siguen creyendo en Dios. Persistentemente. Obstinadamente.

Corría el año 1943. Cerca de 300 mil judíos eran reclusos, por medio de  un alto muro, en un gueto de Varsovia. Se rebelaron. Miles fueron sacrificados o transferidos a campos de exterminio. Antes de que lo matasen, un judío tuvo tiempo de escribir un pequeño documento, que decía:

“Creo en el Dios de Israel, aunque Él haya hecho todo para que no crea en Él. Escondió su rostro. Voy a meter la hoja en la que escribo estas líneas en una botella vacía. Voy a esconderla detrás de los ladrillos de la pared maestra, debajo de la ventana. Si un día alguien la encuentra tal vez va a entender el sentimiento de un judío –uno entre otros millones–  que murió abandonado por Dios, ese Dios en el que sigo creyendo firmemente”.

¿Estas palabras no nos hacen recordar a Job, que en medio de la mayor tragedia personal y familiar tenazmente dice a Dios: “Aunque me mates aun así creo en ti” (Job 15,13)? Y otro, contador de inspiradas parábolas y gran sanador de todo tipo de dolencias, que invocaba a Dios con un nombre de extrema intimidad, “Papá querido” (Abba), que fuera condenado por los religiosos de su tiempo por pasar las leyes y las tradiciones por la criba del amor, fue crucificado fuera de la ciudad para expresar la maldición de Dios.

En la cruz, en el auge del sufrimiento “gritó con voz fuerte” en su dialecto arameo: “Eloí, Eloí lemá sabachtani”: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34)?

Para que este grito de esperanza contra toda esperanza y de fe contra la fe no permaneciese en un completo absurdo ni fuera una voz que se perdiese en el universo, se cree que todos estos perseverantes fueron acogidos en el seno del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. También se anuncia por ahí que el predicador ambulante que pasó por el mundo haciendo el bien, “el Justo, el Santo y el Verdadero”(1Jo 5,10), fue resucitado por su Papá querido (Abba). La resurrección es una insurrección contra todos los absurdos de este mundo y como anticipación de un último Sentido, bueno, de toda la historia. Pues todo sufrimiento y toda perseverancia jamás serán en vano: ¿Su nombre? Jesús de Nazaret.

*Leonardo Boff escribió Pasión de Cristo-Pasión del mundo, Vozes  y Sal Terrae 1977, varias ediciones.

Traducción de María José Gavito Milano

Credere nonostante le ragioni per non credere

Leonardo Boff

Viviamo tempi di domande radicali, forse più che in altre epoche. In generale, le crisi e le grandi fatalità avevano un carattere regionale. Per questo finivano per essere sconosciute alla maggior parte dell’umanità. Oggi è diverso: tutto accade globalmente e alla luce del sole. Assistiamo in tempo reale alla decimazione di un intero popolo. La distruzione delle loro case. La morte di migliaia di bambini innocenti che non ha nulla a che fare con la guerra. Incalcolabili sono coloro rimasti sotto le macerie degli edifici distrutti. Le madri portano in braccio piccoli figli e figlie assassinate e baciano i loro volti sfigurati. Tutto questo a causa della mente omicida di un primo ministro, sionista, di estrema destra, insensibile e disumano: Benjamin Natanyhau.

Ciò si verifica in diversi luoghi in tutto il mondo. Genocidi sono perpetrati in Africa, in Ucraina e in altri luoghi del pianeta senza che la televisione o i giornali ne riferiscano.

La Terra stessa è entrata in ebollizione. Sembra che si stia avverando ciò che san Pietro aveva predetto nella sua seconda epistola: «la terra sarà consumata dal fuoco; i cieli si dissolveranno in fuoco e gli elementi bruciati si scioglieranno” (2 Pietro 3,10.12). Il riscaldamento del pianeta sta raggiungendo un punto tale che alcuni scienziati parlano dell’inizio dell’era del pirocene, l’era del fuoco, forse la più pericolosa per l’esistenza della vita sul pianeta.

Ovunque c’è grande lamento e molto pianto. Ci sono occhi asciutti da tanto pianto. Quelli che ancora credono, gridano disperati: dov’è Dio? Perché permette tanta malvagità? Perché non interviene a fermare il braccio criminale? Perché è silenzioso?

Altri non credono in alcun significato della vita e della storia. Perché possiamo essere così crudeli e senza pietà, quando potremmo essere gentili e amorevoli gli uni verso gli altri e verso la natura? Siamo un progetto fallito nel processo di evoluzione. Non abbiamo alcuna possibilità. Non impariamo nulla dalla storia. E commettiamo crimini e ancora crimini, sempre con più brutalità e atrocità.

A causa di queste contraddizioni comprendiamo gli atei. Forniscono molte ragioni per negare l’esistenza di un Essere buono e amico degli esseri umani. Tuttavia, molti di loro sono sinceramente etici: credono nella giustizia e nella verità, simpatizzano con coloro che soffrono, simpatizzano con coloro che sono ingiustamente umiliati e offesi e cercano di far scendere coloro che sono crocifissi sulla croce. Vedono un significato in questi sentimenti e pratiche senza aderire ad alcuna religione o chiesa.

Ma la ferita resta aperta e sanguinante: non potrebbe essere diversamente? Perché siamo condannati a soffrire così tanto nel corpo, nella mente e nel cuore? Questa è una questione aperta.

Ma ci sono ostinati e persistenti. Contro tutte le assurdità credono in un significato segreto che non riescono a vedere. Contro tutte le ragioni che li porterebbero a negare Dio, continuano a credere in Dio. Ostinatamente. Persistentemente.

L’anno era il 1943. Circa 300 mila ebrei erano imprigionati, dietro un alto muro, nel ghetto di Varsavia. Si ribellarono. Migliaia furono massacrati o trasferiti nei campi di sterminio. Prima di essere ucciso, un ebreo ebbe il tempo di scrivere un piccolo documento in cui diceva:

“Credo nel Dio d’Israele, anche se Lui ha fatto di tutto per farmi non credere in Lui. Ha nascosto il suo volto. Il foglio su cui scrivo queste righe lo chiuderò in una bottiglia vuota. Lo nasconderò dietro i mattoni del muro principale, proprio sotto la finestra. Se un giorno qualcuno lo troverà e lo leggerà, forse capirà il sentimento di un ebreo – uno tra milioni – che è morto abbandonato da Dio, quel Dio in cui continuo a credere fermamente”.

Queste parole non ci ricordano forse Giobbe che, nel mezzo della più grande tragedia personale e familiare, disse timorosamente a Dio: “Anche se mi uccidi, io continuo ancora a credere in te” (Gv 15,13)? E un altro narratore di parabole ispirate e grande guaritore di ogni tipo di malattie, che invocava Dio con un nome estremamente intimo, “Caro Padre” (Abba) fu condannato dalle persone religiose dell’epoca per aver messo leggi e tradizioni sotto il setaccio dell’amore . Fu crocifisso fuori città, per esprimere la maledizione di Dio. Sulla croce, al culmine della sofferenza, «gridò con voce forte» nel suo dialetto aramaico: «Eloí, Eloí lemá sabachtani»: «Dio mio, Dio mio, perché mi hai abbandonato» (Mc 15: 34)?

Affinché questo grido di speranza contro la speranza e di fede contro la fede, non rimanesse una totale assurdità e una voce che si perdesse nell’universo, si crede che tutti questi tenaci siano stati accolti nel seno del Dio di Abramo, di Isacco e di Giacobbe. Si annuncia anche che il predicatore itinerante che passò per il mondo facendo il bene, «il Giusto, il Santo e il Vero» (1 Gv 5,10), fu resuscitato dal suo amato Padre (Abba). La risurrezione rappresenta un’insurrezione contro tutte le assurdità di questo mondo e come anticipazione di un Significato ultimo di tutta la storia. Poiché ogni sofferenza e ogni tenacia non saranno mai vane: il Suo nome? Gesù di Nazareth.

Leonardo Boff ha scritto Passione di Cristo-Passione del mondo,Vozes 1977 diverse edizioni.

             Petição ao Presidente Lula

Meu caro Presidente Luis Inácio Lula da Silva, entranhável amigo

Soube que o Senado aprovou o Projeto de Lei 1459/2022  no dia 28 de novembro do presente ano de 2023 que  prevê a liberação de mais agrotóxicos no Brasil.

Já o fato da introdução de agrotóxicos é problemática especialmente face a suas consequências para a saúde da população e também para  meio ambiente.  Estamos entre os  países que mais agrotóxicos utilizam no processo da produção de commodities. Mais ainda ela vai contra a sua concepção fundamental de governo, expressa claramente em todos os seus mandatos: não se trata de administrar as necessidades do povo,  nem de governar no sentido usual do termo.

Para o Sr. fazer política é CUIDAR do povo, entreter com ele um laço afetivo, de colaboração e de dignificação da vida e dos meios da vida que são, entre outros, os alimentos saudáveis e nutritivos.

 Em nome deste tão nobre propósito, venho pedir-lhe como cidadão e amigo que vete totalmente este Projeto de Lei 1459/2022. Ele não faz bem à saúde do povo e contradiz frontalmente o propósito de seu governo como a arte política de CUIDAR do povo e de suas carências.

Com todo o meu apoio a suas políticas sociais e a forma como está resgatando a dignidade de nosso país saúdo-o cordialmente bem como a sua esposa Rosângela.

                                                      Leonardo Boff, teólogo, filósofo e escritor

Crer apesar de razões para não crer

Leonardo Boff

Vivemos tempos de interrogações radicais, talvez mais que em outras épocas. Geralmente as crises e as grandes fatalidades possuíam um caráter regional. Por isso passavam desconhecidas pela maioria da humanidade. Hoje é diferente: tudo se dá de forma global e à luz do sol. Assistimos em tempo real a dizimação de todo um povo. A destruição de suas casas. A morte de milhares de crianças inocentes que nada tem a ver com a guerra. Incontáveis são aquelas que permaneceram sob os escombros dos edifícios destruídos. Mães carregam filhinhos e filhinhas assassinados em seus braços e beijam seus rostos desfigurados.Tudo isso por causa da mente assassina de um primeiro ministro, sionista, de extrema-direita, insensível e desumano:Benjamin Natanyhau.

Isso ocorre em vários lugares no mundo. Genocídios são perpetrados na África, na Ucrânia e em outros lugares do planeta sem as televisões ou jornais os noticiarem.

A própria Terra entrou em ebulição. Parece que se está realizando aquilo que São Pedro previa na sua segunda epístola:”a terra será consumida em fogo; os céus se dissolverão em fogo e os elementos abrasados se derreterão”(2Ped 3,10.12). O aquecimento do planeta está atingindo tal ponto que alguns cientistas falam do início da era do piroceno, a era do fogo, talvez a mais perigosa da existência da vida sobre o planeta.

Por toda parte se ouve grande lamento e muito pranto. Há olhos secos de tanto chorar.Os que ainda creem,gritam desesperados: onde está Deus? Por que permite tanta maldade? Por que não intervém e segura o braço criminoso? Por que se cala?

Outros descreem de qualquer sentido da vida e da história. Por que podemos ser tão cruéis e sem piedade se poderíamos ser afáveis e amorosos uns para com os outros e para com a natureza? Somos um projeto falido no processo da evolução. Não temos jeito. Nada aprendemos da história. E cometemos crimes e mais crimes, sempre com mais sevícia e atrocidade.

Por causa destas contradições entendemos os ateus. Eles aduzem muitas  razões para negar a existência de um Ser bom e amigo dos seres humanos. Não obstante, muitos deles são sinceramente éticos: creem na justiça e na verdade, se compadecem com  os sofredores, solidarizam-se com os injustamente humilhados e ofendidos e procuram baixar os crucificados da cruz. Veem sentido nestes sentimentos e nestas práticas sem se inscreverem em alguma religião ou igreja.

Mas a chaga continua aberta e sangrando: não poderia ser diferente? Por que somos condenados a padecer tanto no corpo, na mente e no coração?Eis uma questão aberta.

Mas há obstinados e persistentes.Contra todos os absurdos acreditam num sentido secreto que não veem. Contra todas as razões que os levariam a negar Deus, continuam a crer em Deus. Obstinadamente. Persistentemente.

Corria o ano de 1943. Cerca de 300 mil judeus eram reclusos, por um alto muro, num gueto de Varsóvia. Rebelaram-se. Milhares foram trucidados ou transferidos para campos de extermínio. Antes de ser morto, um judeu teve tempo de escrever um pequeno documento Nele dizia:

“Creio no Deus de Israel, mesmo que Ele tenha feito tudo para que não creia nEle. Escondeu seu rosto. A folha na qual escrevo estas linhas vou encerrá-la num garrafa vazia. Vou escondê-la atrás dos tijolos da parede mestra, logo abaixo da janela. Se, um dia, alguém a encontrar e a lerá, vai entender, talvez, o sentimento de um judeu – um entre outros milhões –  que morreu abandonado por Deus, esse Deus em quem continuo crer firmemente”.

Estas palavras não nos fazem lembrar a  Jó que no meio da maior tragédia pessoal e familiar teimosamente diz a Deus:”Mesmo que me mates, ainda assim creio em ti”(Jo 15,13)? E um outro contador de inspiradas parábolas e grande curador de todo tipo de doença, que invocava Deus com um nome de extrema intimidade, “Paizinho querido”(Abba)  fora condenado pelos religiosos do tempo pelo fato de colocar as leis e as tradições sob o crivo do amor. Foi crucificado fora da cidade, para expressar  maldição de Deus. Na cruz no auge do sofrimento “gritou com voz forte” em seu dialeto aramaico: “Eloí, Eloí lemá sabachtani”:”Meu Deus, meu Deus, por que me abandonaste”(Mc 15,34)?

Para que este grito de esperança contra a esperança e da fé contra a fé, não permanecesse um completo absurdo e uma voz que se perdesse no universo, crê-se que todos estes persistentes foram acolhidos no seio do Deus de Abraão,de Isaac e de Jacó. Anuncia-se também por aí, que o pregador ambulante que passou pelo mundo fazendo o bem, “o Justo,o Santo e o Verdadeiro”(1Jo 5,10), foi ressuscitado por seu Paizinho querido (Abba). A ressurreição representa uma insurreição contra todos os absurdos deste mundo e como antecipação um derradeiro Sentido de toda a história. Pois todo sofrimento e  toda persistência jamais serão em vão: Seu nome? Jesus de Nazaré.

Leonardo Boff escreveu Paixão de Cristo-Paixão do mundo,Vozes 1977 várias edições.