“Debemos respetar la forma como Dios quiso aproximarse a nosotros”

Leonardo Boff

Uno de los mayores intelectuales del país, el teólogo, filósofo y escritor Leonardo Boff, 84 años, acaba de lanzar su nuevo libro La amorosidad de Dios-Abba y Jesús de Nazaret (Editora Vozes). Autor de más de 100 libros, traducidos a prácticamente todas las lenguas modernas, Boff se vuelve, en su nuevo trabajo, hacia la figura del Jesús histórico, el hombre, y el mensaje original que pasó a propagar en la Palestina del siglo I. Mensaje del cual, como afirma en esta entrevista por email a O DIA, la Iglesia se distanció al aliarse con el poder político de las clases dominantes. Lo cual, en su opinión, empieza a cambiar ahora con el Papa Francisco, que vuelve a  acercar la Iglesia al mensaje original de Jesús. 

(Entrevista Bernardo Costa para O DIA)

¿Cuál es la visión central de este nuevo libro suyo y por qué decidió escribirlo?

Hay una antigua discusión sobre en qué momento el hombre Jesús de Nazaret se dio cuenta de que era el Hijo de Dios. La mayoría de los estudiosos evitan esta pregunta por miedo a psicologizar la conciencia de Jesús. A mí siempre me ha preocupado: si Jesús es realmente un hombre como nosotros, nuestro hermano, ¿cómo surgió lentamente su conciencia de ser Hijo de Dios? La concepción tradicional afirma que ya en el seno de María tenía esa conciencia y se relacionaba con el Padre. Esta visión destruye el concepto de encarnación, que es asumir todo lo que es humano y las distintas etapas de la vida, como el bebé que aún no piensa ni habla, y también las limitaciones, las crisis y las superaciones propias de la condición humana. Lloró la muerte de su amigo Lázaro, acariciaba a los niños y nunca criticó a las mujeres, sino que las defendió como a María Magdalena y a la Samaritana.

El libro se atiene más al Jesús histórico que al Cristo de la fe. ¿Por qué es importante no perder de vista al Jesús histórico?

Debemos respetar la forma en que Dios quiso acercarse a nosotros a través de su Hijo, que se encarnó en la condición humana con sus altibajos. No debemos pasar inmediatamente al Cristo de la fe. Debemos partir siempre de la historia concreta de Jesús, de cómo vivía, cómo pensaba, cómo se relacionaba con las mujeres, con los pobres, con los ricos, con el poder y con las amenazas de muerte. Ser cristiano, fundamentalmente, es seguir al Jesús histórico. Él no vino a fundar una nueva religión. Vino a enseñarnos a vivir como él vivió: con amor incondicional, con compasión hacia los que sufren en este mundo, con indignación contra quienes fingían ser piadosos pero eran falsos y fariseos.  Incluso llegó a usar la violencia con quienes hacían negocios dentro del templo de Jerusalén. Y cultivaba una gran amistad con Lázaro y sus hermanas Marta y María.

¿Qué fue y cómo se dio la experiencia mística que tuvo el hombre Jesús de esa amorosidad de Dios-Abba?

Ante el asombro de sus padres, María y José, Jesús desde pequeño se refería a Dios como ‘Papá’ (Abba). Eso era extraño pues los judíos de aquel tiempo, y los de hoy también, muestran tanta reverencia hacia Dios que casi no pronuncian su nombre. Además, en la Biblia judaica, el Antiguo Testamento, jamás aparece esa expresión Abba aplicada a Dios. Es el nombre que los niños usan afectuosamente para su padre o para su abuelo. Que Jesús use esa palabra, Abba, revela cierta intimidad, cierta amorosidad hacia el Dios de la tradición de Abraham, Isaac y Jacob. Pero cuando tenía cerca de 25-26 años oyó que Juan Bautista estaba bautizando a mucha gente en el río Jordán. El bautismo implicaba sumergirse en las aguas del río. Jesús, por curiosidad, fue a ver lo que pasaba allí. Conversó rápidamente con Juan Bautista y con algunos de sus discípulos. Entró en un grupo para dejarse bautizar. Se sumergió como todos. Ellos salieron y él se quedó parado en medio del río. Fue ahí cuando tuvo un profundo choque existencial, una verdadera sacudida en su interior. Tuvo la experiencia profunda de ser el Hijo del Padre, expresada en estas palabras: ‘Tu eres mi Hijo amado y en ti he puesto toda mi alegría’. Jesús tuvo la experiencia de la radical amorosidad de Dios-Padre, como ‘Papá’ (Abba). Quien experimenta así al Padre se siente su Hijo. Las experiencias radicales, dicen los místicos y también los psicólogos, no se dejan expresar con palabras. Así, los evangelistas usan metáforas: una paloma descendió sobre él o se oyó una voz del cielo. Por eso, Jesús fue al desierto. Allí profundizó esta experiencia  y definió cual sería su misión: ni un profeta que transforma piedras en pan, ni un Sumo Sacerdote que introduce una forma religiosa y ética, ni un rey poderoso sobre tierras y pueblos.  Descubrió que debería ser, como está en el profeta Isaías, el Siervo sufriente, que se identifica con los que sufren en este mundo, que debía curar enfermos, consolar a los afligidos e incluso devolver la vida a quien había muerto, como Lázaro o la hija de Jairo. Y vivenció el amor y la ternura infinita de Dios, presente en la palabra Abba.


¿Qué significados y proporciones podría asumir hoy el mensaje que Jesús comenzó a difundir a partir de esta experiencia?

Jesús experimentó el amor radical de Dios por todos, sin importar su condición moral, ya fuera pecador o piadoso cumplidor de los mandamientos. Jesús se acerca a los pecadores, como se consideraba a los recaudadores de impuestos, entra en casa del rico Zaqueo, se encuentra especialmente con los pobres y los oprimidos: a todos quiere anunciar con sus palabras y su ejemplo este mensaje liberador: no temáis, Dios es un Padre amoroso de misericordia infinita. Nadie puede poner límites a su amor y a su misericordia. Todos, pecadores y santos, están bajo el arco iris de la misericordia de este Papá querido (Abba). En otras palabras, dichas también por el Papa Francisco: no hay condenación eterna, es sólo de este mundo, Dios no puede perder a ningún hijo o hija que haya creado con amor. Si perdiera a alguien, no sería a Dios. Como se dice en el libro de la Sabiduría: “Él creó a todos por amor y a nadie con odio, de lo contrario no lo habría creado. Él es el apasionado amante de la vida”. Este mensaje liberador de Jesús es contrario a toda una tradición que anunciaba el Evangelio con el miedo y la amenaza del infierno. Así se ha hecho durante casi todos los siglos, algo que muchas iglesias pentecostales todavía practican.

De qué forma la Iglesia Católica se distanció de ese mensaje original a lo largo de los años? 

La Iglesia se distanció del mensaje liberador de Jesús desde que se alió con el poder político de los emperadores romanos ya en los siglos II-III, comenzando con Constantino y continuando prácticamente hasta nuestros días. En lugar de ser un movimiento, se convirtió en una institución religiosa. Como cualquier institución, ella define quién está dentro y quién fuera, establece doctrinas y leyes, condena y premia. En este contexto, el método del miedo al infierno se utilizaba con todos aquellos que no se sometían a lo que ella ordenaba. A pesar de eso, debemos reconocer que ella guardó los cuatro evangelios, referencia común para todas las iglesias. Dentro de ellas, muchos asumieron el seguimiento de Jesús, pobre y amigo de los pobres, como San Francisco de Asís, la Hermana Dulce, la Madre Teresa de Calcuta y el actual Papa Francisco de Roma. Vivieron el seguimiento de Jesús sin amoldarse (sin desprecio) al camino religioso tradicional.

Usted es amigo y consejero del Papa Francisco. ¿Cómo evalúa los 10 años de su pontificado?

Durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI la Iglesia experimentó un retorno a la gran disciplina. Se reveló como un castillo cerrado e inmune a los avances de la modernidad, penetrada, según ellos, por muchos errores y desviaciones. Hubo mucha vigilancia sobre las doctrinas y condena a muchos teólogos, los más progresistas. La renovación de la Iglesia, iniciada por el Concilio Vaticano II (1962-1965), sufrió un retroceso. Se hablaba el invierno de la Iglesia. Con el Papa Francisco, que viene de la periferia donde vive la mayoría de los católicos se ha producido un gran cambio. Este Papa siempre se entendió a sí mismo como un teólogo de la liberación de corte argentino: liberación del pueblo oprimido y de la cultura silenciada. Inauguró una nueva forma de ser Papa, sin los aparatos y títulos heredados aún del Imperio Romano y del Renacimiento. Abandonó el palacio papal y se fue a vivir a una casa de huéspedes, Santa Marta.

¿En qué medida el pontificado de Francisco se aproxima del mensaje original de Jesús?

El Papa Francisco ha traído una primavera a la Iglesia, con un aire de libertad y apertura a todas las diversidades. Ha dicho que la Iglesia debe ser como un hospital de campaña que acoge a todos sin preguntar por su origen, religión o condición moral. Como él dice con frecuencia, “una Iglesia siempre en salida” hacia los problemas humanos, especialmente los de los más pobres y los de la gran pobre que es la Madre Tierra, a la que debemos cuidar como nuestra Casa Común. En mi opinión, está inaugurando una nueva genealogía de Papas que vienen de la periferia de la Iglesia y del mundo y que revelan un nuevo rostro del mensaje liberador de Jesús. Por eso, este Papa habla constantemente del Jesús histórico y del modo en que vivió, es decir, una existencia para los más vulnerables e invisibles. Jesús se distanciaba de la religión estricta de la época, ponía en el centro el amor y la misericordia. No hay que olvidar que fueron los religiosos quienes le condenaron a muerte en la cruz. Su resurrección, que es más que la reanimación de un cadáver, significa una insurrección contra la justicia perversa de la época. Él anticipó el fin bueno del ser humano, realizando todas sus potencialidades. El Papa Francisco actualiza y nos hace más accesible el mensaje original de Jesús, de su misericordia sin límites, tema fundamental de sus pronunciamientos.

¿En qué momentos de la humanidad se ha puesto en práctica el mensaje original de Jesús? ¿Por los hombres o por las mujeres?
Yo diría que en todas las generaciones ha habido mujeres y hombres cristianos que se  sintieron fascinados por la figura y la práctica del Jesús histórico. Han llegado a decir: ‘humano como Jesús, sólo Dios mismo’. No buscaban el poder, sino el servicio a los más desamparados. La lista sería inmensa. Pero sin duda sobresalen Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz, ambos místicos de ojos abiertos y manos trabajadoras. San Francisco de Asís fue quizá quien más se asemejó a Jesús de Nazaret, viviendo entre leprosos y pobres y llamando a todas las criaturas con el dulce nombre de hermanos y hermanas. Y muchas mujeres que también lo seguían y sólo ellas permanecieron al pie de la cruz. De América Latina no podemos dejar de mencionar al obispo y santo, Don Óscar Romero, obispo de El Salvador, que fue asesinado en la misa cuando levantaba el cáliz con la sangre de Cristo que se mezcló con su sangre.

¿Está usted trabajando o dispuesto a trabajar en un nuevo libro? ¿De qué va a tratar?

Vivo dando charlas por todo Brasil y también en el extranjero. Intento imprimir un tono liberador, propio de la teología de la liberación, sobre todo cuando atiendo a grupos de base y movimientos sociales. Además de eso, escribo a menudo, pues ya son más de cien libros. En los últimos años he trabajado intensamente en ecología integral y he colaborado en la formación de una ecoteología de la liberación. Desde 2001 escribo un artículo semanal, que no ha fallado nunca,  y es traducido al español, italiano, alemán y muchos en inglés. Con casi 85 años estoy ya en el atardecer de la vida. Sigo trabajando, en la actualidad sobre la categoría Transparencia, ya que toda nuestra tradición grecolatina se ha estructurado sobre las categorías de Inmanencia y Trascendencia, colocándolas generalmente en oposición. La categoría Transparencia es típicamente cristiana, ya que la Trascendencia penetró en la Inmanencia a través de la Encarnación, haciendo transparentes la realidad humana y divina. La Transparencia es válida para todas las esferas, especialmente para la ética, y de modo particular para la política y para el mundo de los negocios. 

¿Cómo vivir la Pascua en medio de tantas crisis?

Leonardo Boff*

Muchas crisis están asolando a la humanidad: la crisis económica que ha hundido a los grandes bancos de los países centrales, la crisis política con el ascenso mundial de las políticas de derecha y extrema derecha, la crisis de las democracias en casi todos los países, la crisis del Estado que se burocratiza cada vez más, la crisis del capitalismo globalizado que no puede resolver los problemas que él mismo ha creado, generando una acumulación de riqueza en muy pocas manos en un mar de pobreza y miseria, la crisis ética, pues ya no cuentan los valores de la gran tradición de la humanidad, sino el vale todo posmoderno (anything goes), la crisis del humanismo pues imperan relaciones de odio y de barbarie en las relaciones sociales, la crisis de civilización que ha comenzado a introducir la inteligencia artificial autónoma que articula miles de millones de algoritmos y toma decisiones independientes de la voluntad humana, poniendo en riesgo nuestro futuro común, la crisis sanitaria que ha alcanzado a toda la humanidad a través de la Covid-19, la crisis ecológica que, si no cuidamos la biosfera, nos alerta de una posible tragedia terminal del sistema-vida y del sistema-Tierra. Detrás de todas estas crisis hay una crisis aún mayor: la crisis del espíritu que representa una crisis de la vida humana en este planeta. 

El espíritu es el momento de la vida consciente en el cual nos damos cuenta de que pertenecemos a un todo mayor, terrenal y cósmico, y que estamos a merced de una Energía poderosa y amorosa que sustenta todas las cosas y a nosotros mismos. Tenemos la facultad específica de poder dialogar con ella y de abrirnos a ella, identificando un Sentido mayor que impregna todo y que atiende nuestro impulso de infinitud. La vida del espíritu (que algunos neurólogos llaman el “punto Dios” en el cerebro) está siendo sepultada por la voluntad irrefrenable de acumular bienes materiales, por el consumismo, por el egoísmo y por una profunda falta de solidaridad.

Desde agosto de 1945, cuando los Estados Unidos lanzaron dos bombas nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki, se nos abrió la conciencia de que podemos autoaniquilarnos. Ese peligro aumentó con la carrera armamentista, que incluye a nueve naciones con armas químicas, biológicas y cerca de 16.000 cabezas nucleares. La guerra actual entre Rusia y Ucrania ha hecho que Putin amenace con el uso de armas nucleares, suscitando el temor apocalíptico del fin de la especie humana.

En este escenario, ¿cómo celebrar la mayor fiesta de la cristiandad que es la Pascua, la resurrección del Crucificado, Jesús de Nazaret? La resurrección no debe ser entendida como la reanimación de un cadáver como el de Lázaro. Resurrección, en las palabras de San Pablo representa la irrupción del “novissimus Adam” (1Cor 15,45), es decir, del ser humano nuevo, cuyas infinitas virtualidades presentes en él (somos un proyecto infinito) afloran totalmente. Aparece así como una revolución en la evolución, una anticipación del fin bueno de la vida humana. El Resucitado alcanzó una dimensión cósmica, nunca más ha dejado el mundo y llena todo el universo.

En este sentido la resurrección no es la memoria de un pasado, sino la celebración de un presente, siempre presente para suscitarnos alegría, la suave sonrisa de que la muerte en la cruz de Jesús de Nazaret, el Viernes Santo, es solo una travesía a una vida libre de muerte y plenamente realizada: la resurrección. El horizonte sombrío se aclaró e irrumpió el Sol de la esperanza.

Pensando en términos del proceso cosmogénico que engloba todo, la resurrección no está fuera de él. Por el contrario, es una emergencia nueva de la cosmogénesis, de ahí su valor universal, más allá del salto de la fe. La resurrección es la síntesis de la dialéctica, de donde Hegel sacó su dialéctica, de la vida (tesis), la muerte (antítesis) y la resurrección (síntesis). Esta es el final de todo, ahora anticipado para nuestra alegría. Es el verdadero génesis, no del principio, sino del fin alcanzado ya.

Considero que la versión del evangelio de San Marcos sobre la resurrección es la más realista y verdadera. Él termina el texto con Jesús resucitado diciendo a las mujeres: “id a decir a los apóstoles, y a Pedro, que él (el Resucitado) va delante de vosotros a Galilea. Allí le veréis, como os dijo” (Mc 16,7). Y así termina. Las apariciones relatadas, es convicción de los estudiosos que serían un añadido posterior. Es decir: todos estamos en camino hacia Galilea para encontrarnos con el Resucitado. Él personalmente ha resucitado, pero su resurrección no se ha completado, mientras sus hermanos y toda la naturaleza no hayan resucitado aún. Por esta razón, el mundo fenomenológicamente sigue igual o peor, con guerras y momentos de paz, con bondades y maldades, como si la resurrección no hubiera tenido lugar como signo de superación de esta realidad ambigua.

Incluso así, después que Cristo resucitó ya no podemos estar tristes: el fin bueno está garantizado. 

Feliz fiesta de Pascua para todos los que pueden realizar este camino y también para los que no puedan hacerlo. 

*Leonardo Boff ha escrito: La resurrección de Cristo. Nuestra resurrección en la muerte, Sal Terrae, varias ediciones.

Traducción de Mªjosé Gavito Milano

Come vivere la Pasqua in mezzo a tante crisi?

         Leonardo Boff

Molte crisi stanno affliggendo l’umanità: la crisi economica che fa crollare le grandi banche nei paesi centrali, la crisi politica con l’ascesa mondiale di politiche di destra ed estrema destra, la crisi delle democrazie in quasi tutti i paesi, la crisi dello Stato sempre più burocratizzato, la crisi del capitalismo globalizzato che non riesce a risolvere i problemi che esso stesso ha creato, generando un accumulo di ricchezza in pochissime mani in un mare di povertà e miseria, la crisi etica, in quanto non contano più i valori della grande tradizione dell’umanità, ma il postmoderno ‘tutto vale’ (every think goes), la crisi dell’umanesimo in quanto nelle relazioni sociali prevalgono relazioni di odio e di barbarie, la crisi della civiltà che ha cominciato a introdurre un’intelligenza artificiale autonoma che si articola in miliardi di algoritmi, prende decisioni , indipendentemente dalla volontà umana, mettendo a rischio il nostro futuro comune, la crisi sanitaria che ha colpito tutta l’umanità a causa del Covid-19, la crisi ecologica che, se non ci prendiamo cura della biosfera, ci allerta su una tragedia possibile e terminale del sistema-vita e del sistema-Terra. Dietro tutte queste crisi c’è una crisi ancora più grande: la crisi dello spirito che rappresenta una crisi della vita umana su questo pianeta.

Lo spirito è quel momento della vita cosciente in cui ci rendiamo conto di appartenere a un insieme maggiore, terreno e cosmico, che siamo alla mercé di un’Energia potente e amorevole che sostiene tutte le cose e noi stessi. Abbiamo la specifica facoltà di poter dialogare con esso e aprirci ad esso, individuando un Significato più grande di tutto ciò che permea e che risponde al nostro impulso di infinito. La vita dello spirito (che i neurologi chiamano il “punto Dio” nel cervello) è sepolta dalla volontà irriflessiva di accumulare beni materiali, dal consumismo, dall’egoismo e da una profonda mancanza di solidarietà.

Dopo l’agosto del 1945, quando gli Stati Uniti lanciarono due bombe nucleari su Hiroshima e Nagasaki, prendemmo coscienza di poterci auto-annientare. Tale rischio è aumentato con la corsa agli armamenti, incluse nove nazioni, con armi chimiche, biologiche e circa 16 mila testate nucleari. L’attuale guerra tra Russia e Ucraina ha fatto sì che Putin minacciasse l’uso di armi nucleari, portando la paura apocalittica della fine della specie umana.

In questo scenario, come celebrare la più grande festa della cristianità che è la Pasqua, la resurrezione del Crocifisso, Gesù di Nazareth? La resurrezione non deve essere intesa come la rianimazione di un corpo morto come quello di Lazzaro. La resurrezione, nelle parole di San Paolo, rappresenta l’irruzione del «novissimus Adam» (1Cor 15,45), cioè del nuovo essere umano, le cui infinite virtualità presenti in lui (siamo un progetto infinito) emergono totalmente. In questo modo appare come una rivoluzione nell’evoluzione, un’anticipazione del buon fine della vita umana. Il Risorto ha acquisito una dimensione cosmica, non ha mai lasciato il mondo e riempie l’intero universo.

In questo senso la Resurrezione non è la memoria di un passato, ma la celebrazione di un presente, sempre presente per portarci la gioia, il dolce sorriso nella certezza che la morte sconfitta di Gesù di Nazareth, il Venerdì Santo, è solo un passaggio ad una vita, libera dalla morte e pienamente realizzata: la resurrezione. Il cupo orizzonte si schiarì e irruppe il Sole della speranza.

Pensando in termini di processo cosmo-genico che tutto ingloba, la resurrezione non è al di fuori di esso. Al contrario, è un nuovo emergere della cosmo-genesi e quindi del suo valore universale, al di là dell’atto di fede. La resurrezione è la sintesi della dialettica, da dove Hegel ha tratto la sua dialettica, della vita (tesi), della morte (antitesi) e della resurrezione (sintesi). Questo è il fine di tutto, ora anticipato per la nostra gioia. È la vera genesi, non dell’inizio, ma del fine già raggiunto.

Considero la versione del vangelo di San Marco sulla resurrezione la più realistica e vera. Lui termina il suo testo con Gesù risorto, che dice alle donne: “[…] andate, dite ai suoi discepoli e a Pietro: «Egli vi precede in Galilea. Là lo vedrete, come vi ha detto»” (Mc 16,7). E così finisce. Le apparizioni riportate, ritengono gli studiosi, sarebbero un’aggiunta successiva. Vale a dire: tutti siamo in cammino verso la Galilea per incontrare il Risorto. Lui personalmente è risorto, ma la sua resurrezione non si è compiuta in quanto i suoi fratelli e sorelle e tutta la natura ancora non sono risorti. Noi siamo in cammino, aspettati dal Risorto che ancora non si è manifestato totalmente. Per questa ragione, il mondo fenomeno-logicamente continua uguale o peggio, con guerre e momenti di pace, con bontà e perversità, come se non ci fosse stata una resurrezione come segno di superamento di questa realtà ambigua.

Comunque, dopo che Cristo è risorto, non possiamo più restare tristi: il buon fine è garantito.

Buona festa di Pasqua per tutti coloro che possono realizzare questo cammino e anche per coloro che non lo possono realizzare.

(traduzione dal portoghese di Gianni Alioti)

How to live Easter in the midst of so many crises?

                                     Leonardo Boff

Many crises are plaguing humanity: the economic crisis bringing down the big banks in central countries, the political crisis with the worldwide rise of right-wing and extreme right-wing policies, the crisis of democracies in almost all countries, the crisis of the State more bureaucratized, the crisis of globalized capitalism that fails to solve the problems it itself created, generating an accumulation of wealth in very few hands in a sea of ​​poverty and misery, the ethical crisis, as values ​​of the great tradition of humanity no longer count, but the postmodern anything goes, the crisis of humanism because relations of hatred and barbarism prevail in social relations, the crisis of civilization that began to introduce autonomous artificial intelligence that articulates billions of algorithms, makes decisions, independently of the human will, putting our common future at risk, the health crisis that has hit all of humanity due to Covid-19, the ecological crisis that, if we do not take care of the biosphere, alerts us to a possible and terminal tragedy of the life-system and the -Earth. Behind all these crises there is an even greater crisis: the crisis of the spirit which represents a crisis of human life on this planet.

Spirit is that moment in conscious life when we realize that we belong to a greater whole, earthly and cosmic, that we are at the mercy of a powerful and loving Energy that sustains all things and ourselves. We have the specific faculty of being able to dialogue with it and open ourselves to it, identifying a Meaning greater than everything that permeates and that responds to our impulse of infinity. The life of the spirit (which neurologists call the “God point” in the brain) is buried by the irreflectable desire to accumulate material goods, consumerism, selfishness and a profound lack of solidarity.

After August 1945, the USA launching two nuclear bombs on Hiroshima and Nagasaki, we became aware that we can self-annihilate. That risk has increased with the arms race, including nine nations, with chemical and biological weapons and some 16,000 nuclear warheads. The current war between Russia and Ukraine made Putin threaten the use of nuclear weapons, bringing the apocalyptic fear of the end of the human species.

In this scenario, how to celebrate the greatest feast of Christendom which is Easter, the resurrection of the Crucified, Jesus of Nazareth? Resurrection must not be understood as the reanimation of a dead body like that of Lazarus. Resurrection, in the words of Saint Paul, represents the irruption of “novissimus Adam (1Cor 15,45), that is to say, of the new human being, whose infinite virtualities present in him (we are an infinite project) fully emerge. In this way it appears as a revolution in evolution, an anticipation of the good end of human life. The Risen One gained a cosmic dimension, never left the world and fills the entire universe.

In this sense, the Resurrection is not the memory of a past, but the celebration of a present, always present to bring us joy, the soft smile in the certainty that the murdered death of Jesus of Nazareth, Good Friday, is just a passage to a life, free from death and fully realized: the resurrection. The gloomy horizon cleared and the Sun of hope broke through.

Thinking in terms of the all-encompassing cosmogenic process, the resurrection is not outside of it. On the contrary, it is a new emergence of cosmogenesis and hence its universal value, beyond the leap of faith. Resurrection is the synthesis of the dialectic, from which Hegel took his dialectic, of life (thesis), of death (antithesis) and of resurrection (synthesis). This is the end of everything, now anticipated for our joy. It is the true genesis, not of the beginning, but of the end already reached.

I consider St. Mark’s version of the resurrection to be the most realistic and true. It ends with the risen Jesus, saying to the women: “Go tell the apostles and Peter that he (the Risen One) goes before you to Galilee. There you will see him as I told you” (Mk 16:7). And so it ends. The reported apparitions, scholars believe, would be a later addition. That is to say: we are all on our way to Galilee to meet the Risen One.

He personally rose, but his resurrection was not completed while his brothers and sisters and the whole of nature had not yet risen. We are on the way, waiting for the Risen One who has not yet fully revealed himself. For this reason, the world phenomenologically remains the same or worse, with wars and moments of peace, with goodness and perversity, as if there had not been resurrection as a sign of overcoming this ambiguous reality.

Even so, after Christ is risen, we can no longer be sad: the good end is guaranteed.

Happy Easter celebrations for all those who can make this journey and also for those who cannot.

Leonardo Boff wrote: The resurrection of Christ and ours in death, Orbis Books.NY1972 several editions.