El Crucificado se solidariza con las víctimas de la Covid-19

Un manto de tristeza se extiende sobre toda la humanidad y no hay suficientes pañuelos para enjugar tantas lágrimas por las víctimas de la Covid-19. El virus no exceptúa a nadie, pues, invisible, puede atacar a quienes no toman los debidos cuidados. Él ha puesto de rodillas a las naciones militaristas, que se llenaron de armas capaces de exterminar toda la vida del planeta, inclusive la humana. Son absolutamente inútiles delante del pequeñísimo coronavirus. Alejandro el Grande (356-323 A.C), fundador de un imperio que iba del Adriático al río Indo, murió probablemente picado por un mosquito que produce una fiebre viral (la fiebre del Nilo occidental). ¿Quién es aquí el más fuerte? ¿El joven conquistador de 23 años o el mosquito? Estamos muriendo a causa de un virus invisible, que arrasa toda nuestra arrogancia, sin decir que él es consecuencia de nuestra sistemática agresión a la naturaleza (el antropoceno y el necroceno), que se defiende con su arma letal e imperceptible, la Covid-19 y una gama de otros virus.

Todos tememos y sufrimos, presenciando, impotentes, la desaparición de miles de personas, cerca ya de dos millones de víctimas. En Brasil la situación es dramática, porque un gobernante enloquecido y negacionista, sin ningún sentimiento de empatía, tolera que mueran más de 300 mil personas y cerca de 13 millones estén infectados.

No poder despedirse de los muertos queridos, ni darles el último adios, ni poder vivir el luto imprescindible causa un dolor silencioso que rompe los corazones. Es nuestro viacrucis de estaciones sin fin, de lamentos y llantos. Celebramos el Viernes Santo de la muerte en la cruz del Hijo del Hombre en el contexto de esta pasión mundial y nacional. ¿Quién nos consolará? ¿Quién nos mantiene la esperanza de que la vida una vez más va a triunfar y que podremos vivir libres y sanos, disfrutando de la alegría de estar con nuestros seres queridos, amigos, amigas y próximos?

Se pueden sacar muchas lecciones de la crucifixión de Jesús, resultado de un doble proceso, religioso y político, seguramente de sentido trascendental como redención/liberación de los seres humanos. Esta tal vez sea la más profunda. Pero hay otros sentidos, humanitarios, que, en la situación actual, nos pueden fortalecer en nuestro desamparo y en las horas penosas del aislamiento social, este que nos roba la alegría de encontrarnos con los familiares y amigos y poder abrazarlos y besarlos. Nos consuela pensar que, para los que consiguen creer, no estamos solos en nuestra pasión. El Crucificado sufre con nosotros y va a seguir sufriendo hasta el fin de los tiempos, mientras haya pobres y desamparados. 

San Pablo lo expresó adecuadamente en una versión simplificada: “él no hizo caso de su condición divina, se presentó como un simple hombre, en solidaridad se hizo siervo y no tuvo miedo de morir en la cruz” (cf. Carta a los Filipenses 2,6-8). No fue ingenuamente al encuentro de la muerte. Al saber que sus opositores habían decidido matarlo, da testimonio de ello el evangelio de San Juan, se escondió en la ciudad de Efraín cerca del desierto (11,54). Sabemos que Efraín era una ciudad-refugio. Quien estuviera perseguido y amenazado por cualquier razón, en la ciudad de Efraín no podía ser preso y estaba protegido. Hacia allá se fue Jesús con sus seguidores. 

La Epístola a los Hebreos testifica: “entre lágrimas suplicó a Áquel que podía salvarlo de la muerte”. Versiones más antiguas dicen: ”y no fue atendido; a pesar de ser Hijo de Dios, tuvo que aprender a obedecer por medio del sufrimiento” 5,7-8). En el Monte de los Olivos, en Getsemaní su temor ante la muerte inminente lo lleva a suplicar: “Padre, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lucas 22,42). 

El evangelista Lucas relata “lleno de angustia, el sudor se volvió como gruesas gotas de sangre que caían hasta la tierra” (22,44). Más que de miedo, Jesús fue invadido de pavor, hasta el punto de sudar sangre, como se atestigua en personas a punto de ser ahorcadas o fusiladas. Pero el paroxismo fue alcanzado en la cruz: sintiéndose abandonado por sus seguidores y absolutamente sólo se enfrentó a la mayor tentación por la que puede pasar un ser humano: la tentación de la desesperanza. “¿Será que todo ha sido en vano? Pasé por el mundo haciendo el bien y heme aquí crucificado”. Expresa su desamparo gritando: “Dios mío, oh Dios, ¿por qué me has abandonado?” (Marcos 15,34). Finalmente, desnudo por dentro y por fuera, se entrega al Misterio que se esconde pero que conoce todos nuestros destinos. La última palabra de Jesús, no resignada sino libre, fue: “Padre, en tus manos pongo mi espíritu” (Lucas 23,46). San Marcos todavía recuerda: “dando un inmenso grito, Jesús expiró” (15,37).

Jesús mostró ser el prototipo de ser humano fiel a Dios y a la causa de Dios en el mundo, la predilección por los pobres, el amor incondicional y la misericordia ilimitada, causa esta llevada hasta el extremo, entregando libremente su propia vida. El rechazo humano de su persona y su mensaje puede decretar su crucifixión, pero no puede definir el sentido que Jesús da a esta vergonzosa condenación: ser solidario con todos los crucificados y sufrientes del mundo.

La resurrección tras su destino trágico vino a mostrar de qué lado estaba Dios, al lado de él, de su vida y de su causa. Revela la justicia divina contra el ajusticiamiento perpetrado por sus opositores.

Una lección que podemos sacar del Viernes Santo de pasión es seguramente esta: nadie sufriendo y postrado de dolor tiene que sentirse solo. El Crucificado, ahora Resucitado y hecho el Cristo cósmico, estará siempre a su lado, sufriendo con quien sufre, dando esperanza a quien casi se desespera y mostrando que la página más importante del libro de la vida viene escrita no por el odio y la muerte impuesta, sino por la vida, llevada a su plenitud por la resurrección. Dice un discípulo tardío de San Pablo, Timoteo: “Es cierta esta afirmación: si padecemos unidos a Cristo, también viviremos con él” (Segunda Carta, 2,11). Esta es nuestra consolación. 

*Leonardo Boff es teólogo y ha escrito Pasión de Cristo – pasión del mundo, Vozes 2012 y Viacrucis para quien quiere vivir, Vozes 2003.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Vivir la comensalidad incluso en tiempos de la Covid-19

El Jueves Santo, la Cena del Señor, nos hace recordar la comensalidad, negada a millones de personas que están pasando hambre hoy en Brasil y en el mundo, como consecuencia de la irrupción de la Covid-19. Notamos, lamentablemente, una ausencia dolorosa de solidaridad ante la multitud de hambrientos, impidiendo el comer juntos (comensalidad). Uno de los méritos del MST consiste en haberse organizado en todos sus asentamientos en torno a la ética de la solidaridad, entre sus miembros y con los de afuera. Están repartiendo ejemplarmente lo que tienen, con alimentos agro-ecológicos y con muchas marmitas distribuídas a miles de familias en las periferias de nuestras ciudades. Permiten que se realice uno de los más ancestrales sueños de la humanidad: la comensalidad, es decir, que todos puedan comer y comer juntos, sentados alrededor de una mesa, disfrutando de la convivencia y de los frutos de la generosa Madre Tierra.

Los alimentos son más que cosas materiales. Son sacramentos y símbolos de la generosidad de la Madre Tierra que nos da todo, junto con el trabajo humano. No se trata solo de nutrición sino de comunión con la naturaleza y con los otros con quienes repartimos el pan. En el contexto de la mesa común, el alimento es apreciado y objeto de comentarios. La mayor alegría de las cocineras es percibir la satisfacción de los comensales. Gesto importante en la mesa es servir o pasar la comida al otro. El comportamiento civilizado hace que todos se sirvan, cuidando de que la comida llegue para todos.

La cultura contemporánea ha modificado de tal forma la lógica del tiempo cotidiano en función del trabajo y de la productividad que ha debilitado la referencia simbólica de la mesa. La hemos reservado para los domingos o para los momentos especiales de fiesta o de aniversario cuando los familiares se encuentran. Pero por regla general ha dejado de ser el punto de encuentro permanente de la familia. 

La mesa familiar ha sido sustituída por otras mesas, absolutamente desacralizadas: mesa de negociación, mesa de juego, mesa de discusión y de debate, mesa de cambio y mesa de concertación de intereses, entre otras. Aun estando desacralizadas, estas mesas guardan una referencia imborrable: son lugar de encuentro de personas, poco importa los intereses que las llevan a sentarse a la mesa. Están a la mesa para el intercambio, la negociación, la concertación y definición de soluciones que agraden a las partes involucradas. O también abandonar la mesa puede significar el fracaso de la negociación y el reconocimiento de un conflicto de intereses. 

No obstante esta difícil dialéctica, es importante reservar tiempo para la mesa en su sentido pleno de convivencia y de satisfacción de poder comer juntos. Ella es una de las fuentes perennes para recuperar nuestra esencia como seres de relación. ¡Cómo se les niega hoy esto a los pobres y los hambrientos!

Rescatemos un poco la memoria de la comensalidad presente en todas las culturas y realizada por Jesús en la Última Cena con sus apóstoles.

Comencemos por la cultura judeocristiana, pues nos es más familiar. En ella hay una categoría central –la del Reino de Dios, contenido primero del mensaje de Jesús– representada por un banquete al cual estamos todos convidados. Todos, independientemente de su situación moral, se sientan a la mesa y son comensales. Cuenta el Maestro:

“El Reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete para la boda de su hijo. Envió a los criados a llamar a los invitados y les dijo: id a las encrucijadas de los caminos e invitad a la fiesta a todos los que encontreis. Salieron los criados por los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala se llenó de convidados” ( Mt 22,2-3;9-10).

Otro recuerdo nos viene de Oriente. En él, comer juntos, solidarios unos con otros, representa la suprema realización humana, llamada cielo. A la inversa, la voluntad de comer egoistamente, cada uno para sí, realiza la suprema frustración humana, llamada infierno. Cuenta la leyenda: 

Un discípulo preguntó al Vidente:

-Maestro, ¿cual es la diferencia entre el cielo, la comensalidad entre todos, y su contrario?

El Vidente respondió: -Es muy pequeña pero con enormes consecuencias.

  • Vi comensales sentados a la mesa donde había una montaña muy grande de arroz. Todos estaban hambrientos, casi muriendo de hambre. Todos intentaban, pero no conseguían acercarse al arroz. Con sus palillos de más de un metro de largo cada uno trataba de llevarse el arroz a la boca, pero por más que se esforzaban no lo conseguían, porque los palillos eran demasiado largos. Y así hambrientos y solitarios se iban agotando por causa del hambre insaciable y sin fin. Esto era el infierno, la negación de toda comensalidad. 

-Vi otro escenario maravilloso, dijo el Vidente. Personas sentadas a la mesa alrededor de una montaña de arroz humeante. Todos estaban hambrientos. Pero, cosa maravillosa, con sus palillos de un metro de largo cada uno cogía el arroz y lo llevaba a la boca del otro. Se servían mutuamente con inmensa cordialidad. Juntos y solidarios. Se saciaban unos a otros, sintiéndose como hermanos y hermanas en la gran mesa del Tao. Y esto era el cielo, la plena comensalidad de los hijos e hijas de la Tierra”.

Esta parábola no necesita comentarios. Lamentablemente hoy, en tiempos de la Covid-19, gran parte de la humanidad está hambrienta y desesperada porque son poquísimos los que les extienden los palillos para saciarse mutuamente con los alimentos abundantes de la mesa de la Tierra. Los ricos se apropian privadamente de ellos y los comen solos sin mirar quién está excluido. Prevalece una criminal falta de comensalidad entre los humanos. Por eso estamos tan carentes de humanidad. Pero el aislamiento social nos da la oportunidad de revisar nuestras prácticas individualistas y descubrir la fraternidad sin fronteras y la comensalidad: todos pudiendo comer y comer juntos.

*Leonardo Boff es teólogo y filósofo y ha escrito: Comer y beber juntos y vivir en paz, Vozes 2006.

Traducción de Mª José Gavito Milano

O Crucifado se solidariza com as vítimas do Covid-19

Um manto de tristeza se estende sobre toda a humanidade  e não há lenços suficientes para enxugar tantas lágrimas por causa da vítimas do Covid-19. O vírus não poupa ninguém,pois, invisível, pode atacar os que não tomam os devidos cuidados. Ele pôs de joelhos as nações militaristas que se encheram de armas, capazes de exterminar toda a vida no planeta, inclusive a humana.Elas são absolutamente inúteis diante do pequeníssimo coronavírus. Alexandre, o Grande (356-323 A.C) formou um império que ia do Adriático ao rio Indo, morreu picado,provavelmente,por um mosquito que produz uma febre viral (a febre do Nilo ocidental). Quem aqui  é mais forte? O jovem conquistador de 23 anos ou o mosquito? Estamos morrendo por um vírus invisível, arrasando com toda a nossa arrogância, sem dizer que ele é consequência de nossa sistemática agressão à natureza (o antropoceno e o necroceno) que se defende com sua arma letal e imperceptível, o Covid-19 e uma gama de outros vírus.

Todos tememos e sofremos, assistindo,impotentes, à dizimação de milhares, já cerca de dois milhões de vítimas. No Brasil a situação é dramática,porque um governante ensandecido e negacionista, sem qualquer sentimento de empatia, tolera que morram já mais de 300 mil pessoas e cerca de 13 milhões sejam infectados.

Não poder despedir-se dos mortos queridos, nem dizer-lhe um último adeus, e sem poder viver o luto imprescindível causa uma dor silenciosa de romper corações. É a nossa via-sacra de estações sem fim, de lamentos e choros. Celebramos  a sexta-feira santa da morte na cruz do Filho do Homem no contexto desta paixão mundial e nacional.Quem nos consolará? Quem nos sustenta a esperança de que a vida ainda uma vez irá triunfar e que poderemos viver livres e sadios, desfrutando da alegria estarmos junto com nossos entes queridos, amigos, amigas  e próximos?

Há muitas lições que se podem tirar da crucificação de Jesus, resultado de um duplo processo, religioso e político, seguramente de sentido transcendental como redenção/libertação dos seres humanos. Esta talvez seja a mais profunda. Mas há outros sentidos, humanitários, que podem, na atual situação, nos fortalecer no nosso desamparo e nas horas pesarosas do isolamento social, este que nos rouba a alegria de encontrar os familiares e amigos e poder abraçá-los e beijá-los. Consola-nos pensar que, para os que conseguem crer, não estamos sós em nossa paixão. O Crucificado sofre junto e irá sofrer até o final dos tempos enquanto houver sofredores e desamparados.

São Paulo o expressou adequadamente, numa versão simplificada:”ele não fez caso de sua condição divina, apresentou-se como um simples homem, em solidariedade se fez servo e até não temeu morrer na cruz”(cf.Carta aos Filipenses 2,6-8). Não foi ingenuamente ao encontro da morte. Ao saber que seus opositores decidiram matá-lo, testemunha-o o evangelho de São João, escondeu-se na cidade de Efraim perto do deserto (11,54). Sabemos que Efraim era uma cidade-refúgio. Quem fosse perseguido e ameaçado por qualquer razão, na cidade de Efraim não podia ser pego e estava protegido.Para lá rumou Jesus com seus seguidores.

A Epístola aos Hebreus testemunha:”entre lágrimas suplicou Àquele que o podia salvar da morte”. Versões mais antigas dizem:”e não foi atendido; apesar de ser Filho de Deus, teve que aprender a  obedecer por meio do sofrimento”5,7-8).No monte das Oliveiras, no Getsêmani seu temor face à morte iminente o leva a suplicar:”Pai, afasta de mim este cálice; mas não se faça a minha mas a tua vontade”(Lucas 22,42).

O evangelista Lucas relata” cheio de angústia, o suor tornou-se como grossas gotas de sangue a escorrer por terra”(22,44). Jesus foi tomado mais do que pelo medo, mas pelo pavor a ponto de suar sangue, como é atestado em pessoas na iminência de seu enforcamento ou fuzilamento. Mas o paroxismo foi alcançado na cruz: sentindo-se abandonado pelos seguidores e absolutamente só enfrenta a maior tentação pela qual um ser humano pode passar: a tentação da desesperança. “Será que foi tudo em vão? Passei pelo mundo fazendo o bem e eis que me encontro crucificado”. Expressa seu desamparo gritando:“Deus,oh Deus, por que me abandonaste?”(Marcos 15,34). Finalmente, nu por dentro e por fora, entrega-se ao Mistério que se esconde mas  que conhece todos os nossos destinos. A última palavra de Jesus, não resignada mas livre, foi:”Pai, em tuas mãos entrego o meu espírito”(Lucas 23,46). São Marcos ainda lembra:”dando um imenso brado, Jesus expirou”(15,37).

Jesus se mostrou o protótipo do ser humano fiel a Deus e a causa de Deus no mundo, a predileção pelos pobres, o amor incondicional e a misericórdia ilimitada, causa essa levada até ao extremo, entregando livremente a própria vida. A recusa humana de sua pessoa e mensagem pode decretar sua crucificação, mas não pode definir o sentido que Jesus conferiu a esta vergonhosa condenação: ser solidário com todos os crucificados e sofredores do mundo.

A ressurreição após seu destino trágico veio mostrar de que lado estava Deus, ao lado dele e de sua vida e causa.Revela a justiça divina contra o justiciamento perpetrado pelo seus opositores.

Uma lição que podemos tirar da sexta-feira da paixão é seguramente  esta: nenhum sofredor e prostrado de dor precisa sentir-se só. O Crucificado, agora Ressuscitado e feito o Cristo cósmico, estará sempre junto, sofrendo com quem sofre, dando esperança a quem quase se desespera e mostrando que a página mais importante do livro da  vida vem escrita não pelo ódio e pela morte matada, mas pela vida, levada à sua plenificação pela ressurreição. Diz um discípulo tardio de São Paulo, Timóteo:” verdadeira é esta palavra: se padecermos unidos a Cristo, com ele também viveremos”(Segunda Carta,2,11). Eis nossa consolação.

Leonardo Boff é teólogo e escreveu Paixãa de Cristo- paixão do mundo, Vozes 2012 e Via-sacra para quem quer viver, Vozes 2003.

1964: golpe de classe com apoio militar

Os militares que deram o golpe em 1964 se imaginam que foram eles os principais protagonistas desta nada gloriosa façanha,atualmente celebrada vergonhosamente sob a presidência de Jair Bolsonaro, famoso defensor do golpe, da tortura e da eliminação de opositores. Na sua indigência analítica, os militares mal suspeitam que foram, na verdade, usados por forças muito maiores do que as deles.

René Armand Dreifuss escreveu sua tese de doutorado na Universidade de Glasgow com o título: 1964: A conquista do Estado, ação política, poder e golpe de classe (Vozes 1981). Trata-se de um livro com 814 páginas das quais 326 de documentos originais. Por estes documentos fica demonstrado: o que houve no Brasil não foi um golpe militar, mas um golpe de classe com uso da força militar.

A partir dos anos 60 do século passado, se constituiu o  complexo IPES/IBAD/GLC. Explico: o Instituto de Pesquisas e Estudos Sociais (IPES fundado em 29 de novembro de 1961), o Instituto Brasiieiro de Ação Democrática (IBAD), o Grupo de Levantamento de Conjuntura (GLC) e mais tarde,  oficiais da Escola Superior de Guerra (ESG). Formavam uma rede nacional que disseminava ideias golpistas, composta por grandes empresários nacionais e  multinacionais, banqueiros, órgãos de imprensa, jornalistas, intelectuais, a maioria listados no livro de Dreifuss.

O que os unificava, diz o autor “eram suas relações econômicas multinacionais e associadas, o seu posicionamento anticomunista e a sua ambição de readequar e reformular o Estado”(p.163) para que fosse funcional a seus interesses corporativos. O líder nacional deste grupo era o General Golbery de Couto e Silva que já em “em 1962 preparava um trabalho estratégico sobre  o assalto ao poder”(p.186).

A conspiração pois estava em marcha, há bastante tempo, levada avante, não diretamente pelos militares mas pelo complexo IPES/IBAD/GLC, articulados com a CIA e com a embaixada norte-americana que repassava fundos e acompanhava o desenrolar de todos os fatos.

Aproveitando-se a confusão política criada ao redor do Presidente João Goulart, identificado como o portador do projeto comunista, este grupo viu a ocasião apropriada para realizar seu projeto. Chamou os militares para darem o golpe e tomarem de assalto o Estado. Foi, portanto, um golpe da classe dominante, multinacional  e associada à nacional, usando o poder militar.

Conclui Dreifuss: “O ocorrido em 31 de março de 1964 não foi um mero golpe militar; foi um movimento civil-militar; o complexo IPES/IBAD e oficiais da ESG organizaram a tomada do poder do aparelho de Estado”(p. 397). Especifica Dreifuss: ”O Estado de 1964 era de fato um Estado classista e, acima de tudo, governado por um bloco de poder”(p. 488). E especificamente afirma: ”A história do bloco de poder multinacional e associados começou a 1º de abril de 1964, quando os novos interesses realmente tornaram-se Estado, readequando o regime e o sistema político e reformulando a economia a serviço de seus objetivos”(p.489).

Para sustentar a ditadura por tantos anos criou-se uma forte articulação de empresários, alguns dos quais financiavam a repressão, os principais meios de comunicação (especialmente a FSP, VEJA, O Globo e outros), magistrados e intelectuais anticomunistas declarados, iniciativas populistas entre outros. A Ideologia de Segurança Nacional não era outra coisa que a Ideologia da Segurança do Capital.

Os militares inteligentes e nacionalista de hoje deveriam dar-se conta de como foram usados não contra uma presumida causa – o combate ao perigo comunista – mas a serviço do capital nacional e multinacional que estabeleceu relações de alta exploração e de grande acumulação para as elites oligárquicas, as “elites do atraso”, articuladas com o poder militar.

O golpe não serviu aos interesses nacionais globais, mas aos interesses corporativos de grupos nacionais articulados com os internacionais sob a égide do poder ditatorial dos militares. Hoje não é diferente: depois do golpe de 2016 com a cassação do mandato da Presidenta legitamente eleita, Dilma Rousseff, a criação da Lava Jato, a prisão sem crime explícito de Lula e a ascensão de Jair Bolsonaro, de extrema-direita, obedece-se aos mesmos propósitos da “elite do atraso” (a oligarquia endinheirada e rentista, articulada internacionalmente) como o tem detalhado minuciosamente por Jessé Souza (cf.A elite do atraso: da escravidão à Lava Jato, Estação Brasil 2020).

Importa dizer com todas as palavras que o assalto ao poder foi um crime contra a constituição. Foi rasgar as leis e em seu lugar instaurar o arbítrio. Foi uma ocupação violenta de todos os aparelhos de Estado para, a partir deles, montar uma ordem regida por atos institucionais, pela tirania, pela repressão  e pela violência.

Nada mais dilacerador das relações sociais do que a ruptura do contrato social. É este que permite a todos conviverem com um mínimo de segurança e de paz. Quando este é destruído, no lugar do direito entra o arbítrio e no lugar da segurança vigora o medo. Bastava a suspeita de alguém ser subversivo para ser tratado como tal. Mesmo detidos e sequestrados por engano, mas suspeitos como opositores, como ocorreu com muitos inocentes camponeses, para logo serem submetidos a sevícias e a sessões intermináveis de torturas.

Muitos não resistiram e sua morte equivale a um assassinato. Não devemos deixar passar ao largo, os esquecidos dos esquecidos que foram os 246 camponeses mortos ou desaparecidos entre 1964-1979.

O que os militares cometeram foi um crime lesa-pátria. Alegavam que se tratava de uma guerra civil, um lado querendo impor o comunismo e o outro defendendo a ordem democrática. Esta alegação não se sustenta. O comunismo nunca representou uma ameaça real. Na histeria da guerra-fria (União Soviética/USA) todos os que queriam reformas na perspectiva dos historicamente condenados e ofendidos – as grandes maiorias operárias e camponesas – eram logo acusados de comunistas e de marxistas, mesmo que fossem bispos como Dom Helder Câmara. Contra eles não cabia apenas a vigilância, mas a perseguição, a prisão, o interrogatório aviltante, o pau-de-arara feroz, os afogamentos desesperadores.

Os alegados “suicídios”, como do jornalista Vladimir Herzog,  camuflavam apenas o puro e simples assassinato. Em nome de combater o perigo comunista, assumiram a lógica marxista-estalinista da brutalização dos detidos. Em alguns casos se incorporou o método nazista de incinerar cadáveres como admitiu o ex-agente do Dops Cláudio Guerra e a única sobrevivente da CASA DA MORTE em Petrópolis, Inês Etienne Romeu, local onde entre 22-40 militantes foram terrivelmente seviciados, assassinados, seus corpos retalhados e incinerados.

É indigno e imoral celebrar 21 anos de uma ditadura civil-militar, quando conhecemos o horror que significaram aqueles tempos sombrios e de chumbo, justamente num momento trágico em nossa história em que mais de 300 mil brasileiros,de todas as idades, foram ceifados pelo Covid-19, com mais de 12 milhões estão afetados.

Não devemos jamais esquecer a verdade do fato maior da dominação de uma classe viralatista, poderosa, nacional, associada à multinacional, que usou o poder discricionário dos militares para garantir sua acumulação privada à custa da maioria do povo brasileiro. Essa ameaça voltou pelo comportamento ameaçador do atual presidente, insano e indiferente à dizimação de milhares de vidas, se opondo,contra todas as recomendações científicas, ao lockdown e ao isolamenteo social, continuamente ameaçando com um golpe de estado ou a decretação de estado de sítio. As instâncias competentes que poderiam agir não agem e, inertes, também assistem à tragédia de todo um povo.

Valem as palavras de Ulysses Guimarães, corajoso opositor da ditadura civil-militar e o coordenador da Constituição de 1988: “tenho ódio e nojo da ditadura”, palavras repetidas no 31 de março de 2021 por Miram Leitão, jornalista e analista de economia em O Globo, uma das vítimas da repressão. “Ditadura nunca mais”.

Leonardo Boff é teólogo, filósofo, membro da Iniciativa Internacional da Carta da Terra e escritor.