¿Cuál es el viaje más largo?

Leonardo Boff*

El gran observador y conocedor de los meandros de la psique humana C.G. Jung, dijo una vez que el viaje más largo no era a la Luna o a alguna estrella. Era rumbo al propio corazón. En él habitan ángeles y demonios, tendencias que pueden llevar a la locura y a la muerte así como energías que conducen al éxtasis y a la comunión con el Todo. ¿Cómo llegar a él y auscultar sus indicaciones?

         Hay una pregunta nunca resuelta entre los pensadores de la condición humana: ¿cuál es la estructura de base del ser humano? Muchas son las escuelas de intérpretes, pero no es el momento de resumirlas.

Yendo directamente al asunto diría que, para mí, no es la razón como comunmente se afirma. Esta no es la primera que irrumpe en el proceso de la antropogénesis. El cerebro neocortex en su configuración actual, que responde por la racionalidad, irrumpió hace solo un millón de años. Mucho antes, hace 313 millones de años, surgió el cerebro reptiliano que responde por nuestros movimentos instintivos. Luego estaba el cerebro límbico, responsable de la  sensibilidad, del afecto y del cuidado, surgido con los mamíferos hace 210 millones de años.

Por lo tanto, la razón actual es tardía y hunde sus raíces en los cerebros anteriores, especialmente en el límbico, portador de la ternura y el amor que florecen en nosotros. Somos antes mamíferos racionales que animales racionales.

         El pensamiento occidental es logocéntrico. Dio centralidad a la razón. Puso el afecto bajo sospecha, con el pretexto de que perjudica la objetividad del conocimiento. La razón pura kantiana no existe. La razón, al estar incorporada, viene siempre impregnada de interés (J.Habermas), de emoción y de pasión, portanto está imbuida de cerebro límbico. Conocer es siempre un entrar, con todo lo que somos, en comunión con la realidad. De ese encuentro nace el conocimiento. La palabra francesa para conocer es etimológicamente rica: connaître: nacer juntos sujeto y objeto.

         Más que ideas y visiones del mundo, son las pasiones, los sentimientos fuertes, las ideas-fuerza, las experiencias seminales y el amor o el odio lo que nos mueve y nos pone en marcha. Nos levantan, nos hacen afrontar peligros e incluso arriesgar la vida.

         Lo que primero reacciona en nosotros es la inteligencia cordial, sensible y emocional. Esto lo demostró Daniel Goleman en su conocido libro Inteligencia Emocional (1995). Segundos después de la emoción, entra la razón. Pero en Occidente la razón ha sido absolutizada, como la única forma válida de entrar en contacto con lo real. Ocurrió algo que se ha exacerbado y ha perdido la justa medida: el racionalismo, que significa el totalitarismo de la razón. Este llegó a producir en algunos sectores humanos una especie de lobotomía, es decir, una completa insensibilidad ante el otro que es diferente y ante el sufrimiento humano y el de la Madre Tierra. Es lo que estamos presenciando en la Franja de Gaza, un genocidio, a cielo abierto, de muchos miles de niños asesinados por orden de un Primer Ministro israelí insensible y sin corazón.

         Modernamente el afecto, el sentimiento y la pasión (pathos) están recuperando centralidad. Ese paso es hoy imperativo, pues solamente con la razón (logos) no podemos explicar las graves crisis por las que pasan la vida, la humanidad y la Tierra. La razón intelectual precisa integrar la inteligencia emocional sin la cual no construiremos una realidad social de rostro humano. Solo con el afecto nos acercamos a los demás. El afecto y el amor son los que nos hacen realmente humanos.

Sin embargo, hay un dato que conviene resaltar por por su relevancia y por la gran ascendencia de que goza: la estructura del deseo, que marca la psique humana. Partiendo de Aristóteles, pasando por san Agustín y por los medievales como san Buenaventura (llama a san Francisco vir desideriorum, hombre de deseos), culminando con Sigmund Freud y René Girard en tiempos más recientes, todos afirman la centralidad de la estructura deseante del ser humano.

          El deseo no es un impulso cualquiera. Es un fuego interior que dinamiza y moviliza toda la vida psíquica. Por su naturaleza, el deseo no conoce límites. No queremos solo esto o aquello, queremos todo, hasta la eternidad, como observaba Nietzsche. Ese impulso irrefrenable da un carácter insaciable e infinito al proyecto humano.

El deseo hace dramática y, a veces, trágica la existencia. Pero también, cuando se realiza, aporta una felicidad sin igual. Por otro lado, produce una grave desilusión cuando el ser humano identifica una realidad finita como siendo el objeto que realiza su impulso infinito. Puede ser la persona amada, una profesión siempre ansiada, una propiedad, un viaje.

No pasa mucho tiempo y esas realidades deseadas y finitas le parecen insatisfactorias y solo hacen aumentar el vacío interior, grande, del tamaño de Dios. ¿Cómo salir de este impase intentando armonizar lo infinito del deseo con lo finito de toda realidad? Revolotear de un objeto finito a otro significa no encontrar descanso nunca. El ser humano tiene que plantearse seriamente la pregunta: ¿cuál es el verdadero y oscuro objeto adecuado a su deseo? Me atrevo a responder: es el Ser y no el ente, es el Todo y no la parte, es el Infinito y no lo finito, es Dios y no el mundo, por bueno que sea. Nuestra sed de infinito es el eco de un oscuro Infinito que nos llama. ¿Quién es?

Después de mucho peregrinar, el ser humano es llevado a hacer la experiencia del cor inquietum de san Agustín, el incansable hombre del deseo y el infatigable peregrino del Infinito. En su autobiografía, Las Confesiones afirma conconmovido sentimiento:

Tarde te amé, oh Belleza tan antigua y tan nueva. Tarde te amé. Tú me tocaste y yo ardo de deseo de tu paz. Mi corazón está inquieto hasta que descanse en ti(libro X, n.27).

Aquí tenemos el camino del deseo que busca y encuentra ese real y oscuro objeto siempre deseado, en el sueño y en la vigilia: el Infinito. Sólo el Infinito se adecúa al deseo infinito del ser humano. Sólo entonces termina el viaje más largo y comienza el sábado del descanso humano y divino. Es el descanso dinámico y la paz serena, frutos del viaje más largo y tormentoso rumbo al propio corazón.

*Leonardo Boff es teólogo y filósofo y ha escrito Tiempo de Trascendencia: el ser humano como proyecto infinito, Sal Terrae 2002; La justa medida: para equilibrar el planeta Tierra, Vozes 2023.

Traducción de María José Gavito Milano

Il tiempo y lo Eterno  en el ser humano

Leonardo Boff*

En cada cambio de año, hablamos del tiempo que pasó y del nuevo que comienza. ¿Pero qué es el tiempo? Nadie lo sabe. Ni san Agustín supo dar una respuesta en sus Confesiones en las que hace una de las reflexiones más profundas. Ni Martin Heidegger, el filósofo más eminente del siglo XX. Escribió su famoso libro Ser y Tiempo. Dedicó un voluminoso libro al Ser. Hasta el final de su vida quedamos esperando un tratado sobre el tiempo. Y no llegó, porque él tampoco sabía lo que era el tiempo. Además, es curioso: el tiempo es el requisito para hablar del tiempo. Necesitamos tiempo para reflexionar sobre el tiempo. Es un círculo vicioso.

Creo que el abordaje más adecuado es conectar el tiempo a la vida humana. Como decia un conocido escrito brasileño Antonio Cándido:”El tiempo es el tejido de la vida”.Consideramos la vida como el valor supremo por encima del cual solo está el Ser que hace ser a todos los seres.

El sentido de la vida en el tiempo es vivir, simplemente vivir, incluso en la condición mas humilde. Vivir es una especie de celebración del existir y de habernos escapado de la nada.  Podríamos no existir. Y sin embargo aquí estamos. Vivir es un don. Nadie ha pedido existir.

La vida es siempre un con y un para. Vida con otras vidas de la naturaleza, con vidas humanas y vida con otras vidas que acaso existan en el universo. La vida es para expandirse y para darse a otras vidas sin lo cual la vida no se perpetúa.

Sin embargo, la vida está habitada por una pulsión interior que no puede ser frenada. La vida quiere encontrarse con otras vidas pues para eso existe el con y el para. Sin eso la vida dejaría de existir.

La pulsión irrefrenable de la vida hace que ella no quiera sólo esto y aquello. Lo quiere todo. Quiere perpetuarse lo más posible, en el fondo no quiere acabar nunca, quiere eternizarse.

Ella porta dentro de sí un proyecto infinito. Ese proyecto infinito la hace feliz e infeliz. Feliz porque encuentra, ama y celebra el encuentro con otras vidas y con todo lo que tiene que ver con la vida a su alrededor. Pero es infeliz porque todo lo que encuentra y ama es finito, lentamente se desgasta y cae bajo el poder de la entropía, en definitiva, bajo el imperio de la muerte.

A pesar de esa finitud en nada se debilita la pulsión por lo Infinito. Cuando encuentra ese Infinito reposa. Experimenta una plenitud que nadie le puede dar ni quitar. Sólo él la puede construir, disfrutar y celebrar.

La vida es entera pero incompleta. Es entera porque dentro de ella están juntos lo real y lo potencial. Pero es incompleta porque lo potencial todavía no se hace real. Como lo potencial no conoce límites, la vida siente un vacío que nunca consigue llenar totalmente. Por eso nunca está completa para siempre. Permanece en la antesala de su propia realización.

En este contexto surge el tiempo. El tiempo es la tardanza de lo potencial que quiere irrumpir desde dentro y dejar de ser potencial para ser real. Esa tardanza podríamos llamarla tiempo. Sería nuestra apertura esperanzada, capaz de acoger lo que podrá venir. Lo potencial realizado nos permite pasar de incompletos a enteros sin, por ello, hacernos plenamente enteros. El vacío continúa. Es nuestra condición de finitos habitados por un Infinito. ¿Quién lo llenará?

No puede ser el pasado porque ya no existe y pasó. No puede ser el futuro porque no existe todavía, pues no ha venido aún. Sólo queda el presente. Pero el presente no puede ser aprehendido, aprisionado y apropiado. Cuando intentamos retenerlo, ya se ha vuelto pasado.

Pero puede ser vivido. Cuando es intenso ni percibimos que ha pasado. Parece que el tiempo no ha existido. Es el tiempo denso e intenso de dos ardientemente apasionados. Es el tiempo llamado kairós, diferente de kronos, siempre igual como el tiempo del reloj.

¿Es posible hacer una representación del presente? Sí, con la eternidad, porque solamente la eternidad es un es. Cada presente tiene algo de eterno, porque sólo él es. Un día fue y un día será. Pero solamente él es un es. Por eso el “es” del tiempo representa la presencia posible de la eternidad. De nosotros depende vivirlo con la mayor intensidad posible, pues pronto se desvanece en el pasado.

De todos modos constatamos que estamos inmersos en la eternidad del es. No se trata de una cantidad de tiempo congelada. Es una cualidad nueva, que nunca para, siempre viene y pasa: viene del futuro y luego pasa por nosotros en dirección al pasado. Es la pura presencia inasible del es.

Nosotros que estamos en el tiempo podemos vivir ese “es” como si fuese el primero y el último. De esta forma participamos fugazmente de la eternidad del es. Y eternizándonos, participamos de Aquel que siempre es sin pasado ni futuro.

Ese es viene bajo mil nombres: Tao, Shiva, Alá, Olorum, Javé. Este, Javé, se reveló como “Yo Soy el que Soy”, mejor dicho: “Soy el es que siempre es”.

¿Quién sabe si uno de los sentidos, entre otros, de nuestro existir en el tiempo, no sea participar de ese es? Y en el decir del místico san Juan de la Cruz, por un momento, “ser Dios, por participación”. Y aquí solo es posible el noble silencio porque ya no caben más palabras.

*Leonardo Boff, teólogo, filósofo y escritor.

Traducción de MªJosé Gavito Milano

Il tempo e lo Eterno  nell’essere umano

Leonardo Boff

Ad ogni Capodanno si parla del tempo che è passato e di quello nuovo che inizia. Ma cos’è il tempo? Nessuno lo sa. Nemmeno sant’Agostino seppe dare una risposta nelle sue Confessioni in cui fece una delle riflessioni più profonde. Nemmeno Martin Heidegger, il filosofo più eminente del XX secolo. Ha scritto il suo famoso libro Essere e tempo. All’Essere dedicò un libro voluminoso. Fino alla fine della sua vita aspettavamo un trattato sul tempo. E non arrivò, perché neanche lui sapeva cosa era il tempo. Inoltre, è curioso: il tempo è il presupposto per parlare di tempo. Abbiamo bisogno del tempo per riflettere sul tempo. È un circolo vizioso.

Credo che l’approccio più appropriato sia collegare il tempo alla vita umana. Consideriamo la vita come il valore supremo al di sopra della quale c’è solo l’Essere che fa esistere tutti gli esseri.

Il senso della vita nel tempo è vivere, semplicemente vivere, lo stesso nelle condizioni più umili. Vivere è una sorta di celebrazione dell’esistere e dell’essere fuggiti dal nulla. Potremmo non esistere. Eppure eccoci qui. Vivere è un dono. Nessuno ha chiesto di esistere.

La vita è sempre un con e un per. Vita con altre vite della natura, con vite umane e vite con altre vite che per caso esisterebbero nell’universo. E la vita è per espandersi e per donarsi ad altre vite senza le quali la vita non può perpetuarsi.

La vita, tuttavia, è abitata da una pulsione interiore che non può essere frenata. La vita vuole incontrarsi con altre vite, quindi per questo esiste il con e il per. Senza questo, la vita cesserebbe di esistere.

La pulsione irrefrenabile della vita fa con che non vorrebbe solo questo e quello. Vuole tutto. Vuole perpetuarsi più che può, in fondo, non vuole finire mai, vuole essere eterna.

Essa porta dentro di sé un progetto infinito. Questo progetto infinito la rende felice e infelice. Felice perché incontra, ama e celebra l’incontro con altre vite e con tutto ciò che ha a che fare con la vita che la circonda. Ma è infelice perché tutto ciò che incontra e ama è finito, lentamente si consuma e cade sotto il potere dell’entropia, in altri termini, sotto il dominio della morte.

Nonostante questa finitudine, essa non indebolisce in alcun modo la pulsione verso l’Infinito. Quando incontra questo Infinito, riposa. Sperimenta una pienezza che nessuno gli può dare, né togliere. Solo lei può costruire, godere e celebrare.

La vita è intera, ma incompleta. È intera perché al suo interno stanno insieme il reale e il potenziale. Ma è incompleta perché il potenziale non è ancora diventato reale. Poiché il potenziale non conosce limiti, la vita avverte un vuoto che non potrà mai riempire completamente. Ecco perché non diventa mai completa per sempre. Permane nell’anticamera della sua stessa realizzazione.

È in questo contesto che nasce il tempo. Il tempo è il ritardo del potenziale che vuole irrompere a partire da dentro e smettere di essere potenziale per essere reale. Questo ritardo potremmo chiamarlo tempo. Sarebbe la nostra apertura piena di speranza, capace di accogliere ciò che potrà arrivare. Il potenziale realizzato ci consente di passare dall’incompleto all’intero senza però renderci completamente interi. Il vuoto continua. È la nostra condizione di finiti abitati da un Infinito. Chi lo riempirà?

Non può essere il passato perché non esiste più ed è passato. Non può essere il futuro perché ancora non esiste, poiché non è ancora arrivato. Resta solo il presente. Ma il presente non può essere sequestrato, imprigionato e appropriato. Non appena proviamo a catturarlo, già si trasforma in passato.

Ma esso può essere vissuto. Quando è intenso, né percepiamo che è passato. Sembra che il tempo non sia esistito. È il tempo denso e intenso di due ardentemente innamorati. È il tempo chiamato kairós, diverso da kronos, sempre uguale all’ora dell’orologio.

È possibile fare una rappresentazione del presente? Sì, lo è con l’eternità, perché solo essa è un è. Ogni presente ha qualcosa di eterno, perché solo esso è. Un giorno fu e un giorno sarà. Ma solo esso è un è. Ecco perché l’“è” del tempo rappresenta la possibile presenza dell’eternità. Sta a noi viverlo il più intensamente possibile, perché presto svanirà nel passato.

In tutti i modi constatiamo che siamo immersi nell’eternità dell’è. Non si tratta di un periodo congelato del tempo. È una qualità nuova, che non si ferma mai, sempre viene e passa: proviene dal futuro e subito ci passa oltre in direzione del passato. È la pura presenza inafferrabile dell’è.

A noi che siamo nel tempo, spetta vivere questo “è” come se fosse il primo e l’ultimo. In questo modo partecipiamo, fugacemente dell’eternità dell’è. E rendendoci eterni partecipiamo di Colui che sempre è senza passato e senza futuro.

Questo è ha mille nomi: Tao, Shiva, Allah, Olorum, Jahvè. Questo Jahvè si è rivelato come “io sono Colui che sono”, meglio detto: “Sono l’è che sempre è”.

Chissà se uno dei significati, tra gli altri, del nostro esistere nel tempo non sia quello di partecipare a questo è? E per un momento, secondo le parole del mistico San Giovanni della Croce, “essere Dio, per partecipazione”. E qui vale il nobile silenzio perché non ci sono più parole.

Leonardo Boff, teologo, filosofo e scrittore. (traduzione dal po

Zeit und Ewigkeit des Menschen

Leonardo Boff

Jedes Jahr zu Silvester sprechen wir über die vergangene Zeit und die neue, die beginnt. Aber was ist Zeit? Das weiß niemand. Nicht einmal der heilige Augustinus konnte in seinen Bekenntnissen, die zu den tiefgründigsten Überlegungen gehören, eine Antwort geben. Ebenso wenig wie Martin Heidegger, der bedeutendste Philosoph des 20. Jahrhunderts. Er schrieb sein berühmtes Buch Sein und Zeit. Dem Sein hat er ein großes Buch gewidmet. Wir haben bis zum Ende seines Lebens auf eine Abhandlung über die Zeit gewartet. Und sie kam nicht, weil auch er nicht wusste, was Zeit ist. Außerdem ist es merkwürdig: Zeit ist die Voraussetzung, um über Zeit zu sprechen. Wir brauchen Zeit, um über die Zeit nachzudenken. Es ist ein Teufelskreis.

Ich glaube, dass es am besten ist, die Zeit mit dem menschlichen Leben zu verbinden. Wir betrachten das Leben als den höchsten Wert, über dem es nur das Wesen gibt, das alle Wesen schafft.

Der Sinn des Lebens in der Zeit besteht darin, zu leben, einfach zu leben, selbst unter den bescheidensten Bedingungen. Leben ist eine Art Feier des Seins und der Flucht aus dem Nichts. Es könnte sein, dass wir nicht existieren. Und doch ist das Leben hier ein Geschenk. Niemand hat darum gebeten zu existieren.

Das Leben ist immer ein Mit und ein Für. Leben mit anderem Leben in der Natur, mit menschlichem Leben und mit anderem Leben, das zufällig im Universum existiert. Und im Leben geht es darum, sich auszudehnen und sich anderen Leben zu schenken, ohne die das Leben nicht fortbestehen kann.

Dem Leben wohnt jedoch ein innerer Trieb inne, der sich nicht aufhalten lässt. Das Leben will anderen Leben begegnen, denn dafür gibt es das Mit und das Für. Ohne dieses würde das Leben aufhören zu existieren.

Der unbändige Drang des Lebens bedeutet, dass es nicht nur dieses und jenes will. Es will alles. Es will sich so weit wie möglich verewigen, tief im Inneren will es nie enden, es will sich verewigen.

Es trägt ein unendliches Projekt in sich. Dieses unendliche Projekt macht es glücklich und unglücklich. Glücklich, weil es die Begegnung mit anderen Leben und mit allem, was mit dem Leben um es herum zu tun hat, findet, liebt und feiert. Aber es ist unglücklich, weil alles, was ihm begegnet und was es liebt, endlich ist, sich langsam abnutzt und unter die Macht der Entropie, also unter das Reich des Todes fällt.

Trotz dieser Endlichkeit schwächt es in keiner Weise das Streben nach dem Unendlichen. Wenn es dieses Unendliche findet, ruht es. Es erfährt eine Erfüllung, die ihm niemand geben oder wegnehmen kann. Nur es selbst kann sie aufbauen, genießen und feiern.

Das Leben ist ganz, aber unvollständig. Es ist ganz, weil es das Wirkliche und das Mögliche enthält. Aber es ist unvollständig, weil das potenzial Mögliche noch nicht real geworden ist. Da das Potenzial keine Grenzen kennt, spürt das Leben eine Leere, die es nie ganz ausfüllen kann. Deshalb ist es auch nie für immer vollständig. Es bleibt im Vorzimmer seiner eigenen Verwirklichung.

In diesem Zusammenhang entsteht die Zeit. Zeit ist die Verzögerung des potenzial Mögliches, das aus seinem Inneren hervorbrechen und aufhören will, potenzial Mögliche zu sein, und real werden will. Wir könnten diese Verzögerung Zeit nennen. Es wäre unsere hoffnungsvolle Offenheit, die fähig ist, das, was kommen mag, willkommen zu heißen. Verwirklichtes Potenzial ermöglicht es uns, von der Unvollständigkeit zur Ganzheit zu gelangen, ohne uns jedoch vollständig ganz zu machen. Die Leere geht weiter. Das ist unser Zustand als endliche Wesen, die von einem Unendlichen bewohnt werden. Wer wird sie ausfüllen?

Es kann nicht die Vergangenheit sein, weil sie nicht mehr existiert und vergangen ist. Es kann nicht die Zukunft sein, weil es sie noch nicht gibt, weil sie noch nicht gekommen ist. Aber die Gegenwart kann nicht beschlagnahmt, eingesperrt oder angeeignet werden. Sobald wir versuchen, sie einzusperren, ist sie bereits zur Vergangenheit geworden.

Aber sie kann gelebt werden. Wenn sie intensiv ist, merken wir nicht einmal, dass sie vorbei ist. Es scheint, als ob keine Zeit vergangen wäre. Es ist die dichte, intensive Zeit von zwei Menschen, die sich leidenschaftlich lieben. Es ist die Zeit, die kairos genannt wird, im Gegensatz zu kronos, das, wie die Zeit der Uhr, immer Dasselbe bedeutet.

Ist es möglich, eine Darstellung der Gegenwart zu machen? Ja, und zwar mit der Ewigkeit, denn nur die Ewigkeit ist ein Ist. Jede Gegenwart hat etwas von der Ewigkeit, weil nur sie ist. Eines Tages war es und eines Tages wird es sein. Aber nur sie ist ein Ist. Deshalb steht das „Ist“ der Zeit für die mögliche Gegenwart der Ewigkeit. Es liegt an uns, sie so intensiv wie möglich zu leben, denn sie verblasst bald zur Vergangenheit.

In jedem Fall erkennen wir, dass wir in die Ewigkeit des Seins eingetaucht sind. Es ist keine eingefrorene Quantität der Zeit. Es ist eine neue Qualität, die nie aufhört, die immer kommt und geht: Sie kommt aus der Zukunft und zieht dann an uns vorbei in Richtung Vergangenheit. Es ist die reine, unfassbare Gegenwart des Seins.

Für uns, die wir in der Zeit sind, liegt es an uns, dieses „Ist“ so zu leben, als wäre es das erste und das letzte. Auf diese Weise nehmen wir flüchtig an der Ewigkeit des Seins teil. Und indem wir uns selbst verewigen, haben wir Anteil an dem Einen, der immer ohne Vergangenheit und Zukunft ist.

Es gibt ihn unter tausend Namen: Tao, Shiva, Allah, Olorum, Jahwe. Dieser eine, Jahwe, hat sich offenbart als „Ich bin, der ich bin“, besser gesagt: „Ich bin das, was immer ist“.

Wer weiß, ob der Sinn unseres Daseins in der Zeit nicht unter anderem darin besteht, an diesem Sein teilzuhaben? Und um es mit den Worten des Mystikers Johannes vom Kreuz zu sagen, für einen Moment „Gott zu sein durch Teilhabe“. Und hier lohnt sich das edle Schweigen, denn mehr Worte passen nicht.

Leonardo Boff Theologe, Philosoph, Schriftsteller

Übersetzung von Bettin Goldhartnack