La justa medida puede salvar la vida y el planeta Tierra

Leonardo Boff*

La justa medida constituye un valor universal presente en todas las culturas y representa uno de los puntos más importantes de todos los caminos éticos. Estaba inscrita en los pórticos de los templos o en los edificios públicos de Egipto, de Grecia, del Imperio romano y de otras partes. La virtud de la justa medida significa el camino del medio, ni de más ni de menos, y en la dosis correcta. Se opone a todo exceso, a toda ambición exagerada (hybris en griego). Recomienda el autocontrol, la capacidad de desprendimiento y de renuncia.

Estamos convencidos de que una de las causas principales del caos actual, con el desequilibrio del planeta Tierra, con la devastación de casi todos los ecosistemas, con el calentamiento global que ha introducido de forma irreversible un nuevo régimen climático más caliente, que se muestra por los eventos extremos a nivel mundial, con la aparición de nuevos virus, el peor de ellos hasta ahora, el coronavirus, que se ha llevado millones de vidas, con la explosión de guerras en 18 sitios diferentes de la Tierra, particularmente la letal Guerra entre Rusia y Ucrania (detrás de la cual están la OTAN y Estados Unidos) son consecuencia de la falta de la justa medida.

Esta falta de la justa medida es intrínseca al paradigma de la modernidad, formulado en los siglos XVII/XVIII por los padres fundadores, como Galileo Galilei, Newton, Francis Bacon y otros. Para ellos, el eje estructurador del nuevo mundo a ser construido se basaba en la voluntad de potencia o de poder, como fue identificado por Nietzsche y por toda la Escuela de Frankfurt. Según este paradigma nuevo, el ser humano se entiende como maestro y dueño de la naturaleza, en la expresión de Descartes. No se siente parte del todo natural. Este no tiene sentido en sí, ni propósito, salvo en la medida en que se ordena al ser humano, que lo trata según su conveniencia.

En nombre de este paradigma se rompió totalmente la justa medida. Los países europeos ejercieron la voluntad de poder dominando pueblos enteros en América Latina, África y en parte de Asia. Dominaron la naturaleza, extrayendo de ella de forma ilimitada sus bienes y servicios. Dominaron la materia hasta las últimas partículas. Dominaron el secreto de la vida, el código genético y los genes. Realizando todo con furor sin sentido alguno de la justa medida. Trajeron innumerables beneficios para la vida humana, pero al mismo tiempo, por haber mandado al limbo a la justa medida, crearon para sí el principio de autodestrucción con todo tipo de armas, que, si fueran usadas, no dejarían un alma viva para contar la historia. 

Para no quedarnos sólo en conceptos, demos un ejemplo concreto: la intrusión del Covid-19, que afectó solo a la humanidad y no a los demás seres vivos, es la consecuencia directa de la voluntad de poder, de la agresión sistemática de nuestro modo de habitar el planeta Tierra destruyendo los hábitats de los virus. Sin sus nichos vitales, avanzaron sobre los seres humanos provocando la muerte de millones de personas. Por lo tanto, nos faltó la justa medida entre la intervención necesaria en la naturaleza para garantizar nuestros medios de vida y la ambición exagerada de superexplotar los bienes y servicios naturales más de lo que necesitamos, para la acumulación y el enriquecimiento,

De esta forma, la Tierra viva perdió su equilibrio dinámico y nos envió a través del coronavirus un llamamiento a la justa medida, un mensaje de cuidado, de autocontrol y de superación de todo exceso. Ese fue el sentido del confinamiento social, del uso de mascarillas y de la urgencia de usar las debidas vacunas. Todo parece indicar que no aprendimos la lección, pues la gran mayoría ha vuelto a la antigua normalidad. 

Bien decía el pensador italiano Antonio Gramsci: “la historia es maestra pero prácticamente no tiene alumnos”. De todas formas, nos queda la lección de que debemos incluir en todo la justa medida, alimentar una relación amistosa y justa con todas las cosas si queremos garantizar un futuro para la vida humana y para nuestra civilización.

Yendo directamente a la cuestión fundamental: la causa más inmediata y visible de la ruptura de la justa medida reside en el capitalismo como modo de producción y en el neoliberalismo como su expresión política. Los mantras de ambos son conocidos los hemos referido arriba.

Si hubiéramos seguido tales mantras, gran parte de la humanidad habría sido gravemente afectada o habría desaparecido. Lo que nos salvó fue dar centralidad a la vida, la interdependencia entre todos, la solidaridad de unos con otros, el cuidado de la naturaleza y las leyes y normas que limitan los oligopolios, generadores de pobreza de gran parte de la humanidad.

Preocupado con esta cuestión máxima, de vida y de muerte, el autor ha escrito dos libros, fruto de una amplia investigación mundial, redactados en el lenguaje más accesible posible para que todos puedan darse cuenta de la gravedad que significa la ausencia de la justa medida para la vida personal, para las comunidades, para la economía, para la cultura y para nuestra relación con la naturaleza, en último término para con la Tierra.

El primero, publicado en 2022, El Pescador ambicioso y el pez encantado: la búsqueda de la justa medida. En él  se ha preferido el género narrativo con uso de cuentos y de mitos ligados a la justa medida. El segundo, una continuación del primero, En busca de la justa medida: cómo equilibrar el planeta Tierra, procura ir de forma más reflexiva a las causas que nos llevan a perder la justa medida o lo óptimo relativo. Ambos libros plantean la pregunta angustiante: ¿es posible vivir la justa medida dentro de este sistema capitalista y neoliberal hoy globalizado?

Respondemos, con el pesimismo de la razón pero con el optimismo de la voluntad:  es, si, posible, a condición de pasar de la cultura del exceso a una cultura de la justa medida, desarrollando un nuevo modo de habitar la Tierra, sintiéndonos parte de ella y hermanos y hermanas de todos los demás seres.

Dicho en el lenguaje del papa Francisco en la encíclica Fratelli tutti, haciendo la travesía del dominus (dueño) de la naturaleza al frater (hermano y hermana) entre nosotros y entre todos los seres de la naturaleza.

Para eso es importante una ética de la justa medida a nivel personal y comunitario, en la política y en la economía, en la educación y en la espiritualidad.

O bien organizamos nuestras sociedades dentro de los límites del planeta Tierra, viviendo en todo la justa medida o estaremos poniendo en peligro el futuro de nuestra vida y de toda la vida sobre la Tierra. 

*Leonardo Boff es ecoteólogo, filósofo y escritor con varios textos sobre la ecología integral y los peligros que pesan sobre la humanidad.

Traducción de María José Gavito Milano

A justa medida: pode salvar a vida e o planeta Terra

A justa medida constitui um valor universal, presente em todas as culturas e representa um dos pontos mais importantes de todos os caminhos éticos. Encontrava-se inscrita nos pórticos dos templos ou nos edifícios públicos, seja do Egito, da Grécia e do Império romano e alhures. A virtude da justa media significa o caminho do meio, o nem demais e o nem de menos e a dose certa. Ela se opõe a todo excesso e a toda ambição exagerada (hybris em grego). Ela recomenda o autocontrole, a capacidade de desprendimento e de renúncia.

Estamos convencidos de que uma das causas principais do caos atual, com o desiquilíbrio do planeta Terra, com a devastação de quase todos os ecossistemas, com o aquecimento global que introduziu, de forma irreversível, um novo regime climático mais quente, que se mostra pelos eventos extremos a nível mundial, com a intrusão de vários vírus, o pior deles até agora, o coronavírus, dizimando milhões de vidas, com a  explosão de guerras em 18 lugares diferentes na Terra, particularmente a letal guerra entre a Rússia e a Ucrânia (atrás da qual está a NATO e os USA) é consequência da falta da justa medida.

Esta falta da justa medida é intrínseca ao paradigma da modernidade, formulado nos séculos XVII/XVIII pelos pais fundadores como Galileu Galilei, Newton, Francis Bacon e outros. Para esses, o eixo estruturador do novo mundo a ser construído, se baseava na vontade de potência ou de poder como foi identificado já por Nietzsche e por toda a Escola de Frankfurt. Segundo este paradigma novo, o ser humano se entende como mestre e dono da natureza na expressão de Descartes. Ele não se sente parte do todo natural. Este não tem sentido em si, nem propósito, somente na medida que se ordena ao ser humano que o trata segundo o seu bel-prazer.

Em nome deste paradigma, rompeu-se totalmente a justa medida. Os países europeus exerceram a vontade de poder, dominando povos inteiros como na América Latina, África e, em parte, a Ásia. Dominaram a natureza, extraindo dela  de forma ilimitada seus bens e serviços. Dominaram a matéria até às últimas partículas. Dominaram o segredo da vida, o código genético e os genes. Tudo levado a efeito com furor sem qualquer sentido de justa medida.

Trouxeram inumeráveis e inegáveis vantagens para a vida humana. Mas ao mesmo tempo, por haverem mandado para o limbo a justa medida, criaram para si o princípio de autodestruição com todo tipo de armas, a ponto de que, se forem usadas, não restará uma alma viva para contar a história.

Para não ficar apenas em conceitualizações, demos um exemplo concreto: a intrusão do Covid-19 que afetou somente a humanidade e não os demais seres vivos. Ela é consequência direta da vontade de poder, da sistemática agressão de nosso modo de habitar o planeta Terra, destruindo os habitats dos vírus. Sem seus nichos vitais, eles avançaram sobre os seres humanos provocando a morte de milhões de pessoas. Portanto, faltou-nos a justa medida entre a intervenção necessária na natureza para garantir nossos meios de vida e a ambição exagerada de super-explorar os bens e serviços naturais, mais do que precisávamos, em vista da acumulação e do enriquecimento.

Desta forma, a Terra viva perdeu seu equilíbrio dinâmico e nos enviou através do coronavírus um apelo à justa medida,  uma mensagem de cuidado, de autocontrole e de superação de todo o excesso. Esse foi o sentido do confinamento social, do uso de máscaras e da urgência de usarmos as devidas vacinas. Tudo parece indicar que não aprendemos a lição, pois a grande maioria voltou ao antigo normal.

Bem dizia o pensador italiano Antônio Gramsci: “a história é mestra mas praticamente não tem alunos”. De todas as formas, restou-nos a lição de que devemos incluir em tudo a justa medida, alimentar uma relação amistosa e justa em todas as coisas, se quisermos garantir um futuro para a vida humana e para a nossa civilização.

Indo direto à questão fundamental:  causa mais imediata e visível da ruptura da justa medida reside no capitalismo como modo de produção e no neoliberalismo como sua expressão política. Conhecidos são os mantras de ambos: o lucro acima de tudo, a concorrência como seu motor, a exploração ilimitada dos recursos naturais, o individualismo,  a flexibilização das leis para, desimpedidamente, poder realizar seu intento de dominação/enriquecimento.

Se tivéssemos seguido tais mantras, grande parte da humanidade teria sido gravemente afetada ou até desaparecido. O que nos salvou, foi, dar centralidade à vida, a interdependência entre todos, a solidariedade de uns para com os outros, o cuidado para com a natureza e as leis e normas que limitam os oligopólios, geradores de pobreza de grande parte da humanidade.

Preocupado com esta questão máxima, de vida e de morte, escrevemos dois livros, fruto de vasta pesquisa mundial, mas elaborados numa linguam a mais acessível possível para que todos possam dar-se conta da gravidade que significa a ausência da justa medida para a vida pessoal, para as comunidades, para a sociedade, para os governos, para a economia,para a cultura e para nossa relação com a natureza, em último termo, para com a Terra.

O primeiro foi publicado em 2022 O pescador ambicioso e o peixe encantando: a busca pela justa medida. Nele preferimos  o gênero narrativo com o uso de contos e de mitos ligados à justa medida. No segundo que continua o primeiro, A busca da justa medida:como equilibrar o planeta Terra procurei  de uma forma mais reflexiva ir às causas que nos levam a perder a justa medida ou o ótimo relativo.

Ambos os livros colocam a pergunta angustiante: é possível viver a justa medida dentro deste sistema capitalista e neoliberal, hoje globalizado? Respondemos, com certa esperança, que é possível, à condição de passarmos da cultura do excesso, para uma cultura da justa medida,desenvolvendo um novo modo de habitar a Terra, sentindo-nos parte dela e irmãos e irmãs de todos os demais seres. Na linguagem do Papa Francisco na encíclica Fratelli tutii operando a travessia do dominus (dono) da natureza para o frater (o irmão e a irmã) entre nós e entre todos os seres da natureza.

 Para isso importa uma ética da justa medida no nível pessoal e comunitário,  na política e na economia, na educação e na espiritualidade.

Ou organizamos nossas sociedades dentro dos limites do planeta Terra, vivendo em tudo a justa medida, ou estaremos colocando em risco o futuro de nossa vida e de toda a vida sobre a Terra.

Leonardo Boff é ecoteólogo, filósofo e escritor com vários textos sobre a ecologia integral e os riscos que pesam sobre a humanidade.

Un “razzismo amatoriale” o un razzismo culturale

La questione del razzismo contro i neri è ancestrale. Negli ultimi tempi ha assunto particolare rilevanza per i crimini commessi nei confronti di alcuni di loro, in modo crudele, negli USA e per i massacri avvenuti soprattutto nella zona nord e nella Baixada di Rio de Janeiro: giovani neri di età tra i 18-20 anni sono, non di rado, “macellati” (c’era persino la crudele “legge sulla macellazione” introdotta dal Governatore destituito di Rio, Witzel) come se fossero animali. Con il pretesto di sentirsi spaventato o minacciato un agente di polizia poteva “sparare” alle persone, specialmente, nere.

Un fenomeno simile si sta verificando in diversi paesi dell’Europa. Ho tra le mani uno studio meticoloso di un nero della Guinea Bissau, Filomeno Lopes, giornalista laureato in un’università italiana e che lavora a Roma come conduttore radiofonico per l’Africa nella radio del Vaticano. Impegnato nel superamento del razzismo, ha scritto una sorta di lettera aperta ai giovani italiani, non in linguaggio accademico, ma ad alta diffusione. Manda loro un messaggio, spiegando le tante ragioni, tutte false, per cui è sorto il razzismo secolare contro i neri africani. Dà un titolo curioso: “un razzismo amatoriale e non complesso”. Con ciò, ha voluto chiarire che il razzismo anti-neri-africani è culturalmente così radicato che i giovani non ne sono consapevoli delle ragioni, motivo per cui è “amatoriale, semplice” e legittimato. Senza rendersene conto, sono razzisti nel loro linguaggio, nelle metafore dispregiative, nelle battute e nei comportamenti discriminatori, al punto da non rendersi conto di quello che stanno facendo e della sofferenza e dell’umiliazione che producono nelle loro vittime nere-africane. Questo fatto è avvenuto di recente in Spagna contro un bravissimo calciatore nero brasiliano, Vinicius Junior giocatore del Valencia.

Per molti europei i neri africani sono come “Lazzaro”, i dannati della Terra, i maledetti discendenti del biblico Cam, scartati dal sistema mondo.

In Brasile abbiamo coniato l’espressione “razzismo culturale” o “strutturale”, vale a dire, i tre secoli di barbara schiavitù, di maltrattamenti, di disprezzo e di odio verso milioni di afro-discendenti hanno impregnato la nostra cultura in un modo disumano e, talvolta, crudele. Solo per il semplice fatto che sono neri e, soprattutto, se sono poveri e vivono nelle favelas che circondano quasi tutte le nostre città.

Guardate fino a che punto è arrivata la barbarie nei Paesi cosiddetti “civilizzati” d’Europa. Recentemente hanno deciso, su delibera dei Governi e all’unanimità, di omettere i soccorsi in mare, sia per chi viene dal Medio Oriente, ma particolarmente per chi arriva dall’Africa. Hanno messo sulle spalle dell’Italia il fardello del riscatto. Ma in quanto stanno arrivando moltitudini, anche l’Italia ha aderito a questa politica, un crimine contro l’umanità e contro tutta l’etica tradizionale della “legge del mare”, osservata scrupolosamente da tutti nel salvare e soccorrere le persone in pericolo o naufragate.

Il Mediterraneo sta diventando la tomba di centinaia e centinaia di persone, relegate, considerate indesiderabili e “spazzatura del mondo”. Ha detto bene Papa Francesco: «loro adesso sono qui in Europa, perché prima noi europei eravamo là, in Africa, ben accolti, ma allo scopo di dominarli e derubarli delle loro ricchezze; adesso loro vengono qui e sono respinti e non accolti». Se riescono a varcare le frontiere, la prima domanda certamente fatta, senza neanche salutarli, è: «documenti»; non chi sei? Come ti chiami? Da dove vieni e cosa cerchi in questo paese? La maggior parte fugge da guerre e fame e cerca solo di vivere con un minimo di pace.

Dietro il razzismo contro i neri c’è l’arroganza dei suprematisti bianchi europei e nordamericani. Si credono al vertice della piramide dell’evoluzione della specie umana, considerando i neri, per il colore della loro pelle, la scala intermedia tra la scimmia antropoide e l’uomo bianco. Come è stato possibile che queste persone, cristianizzate, abbiano negato totalmente il messaggio del Maestro di Nazareth, non bianco ma semita, il quale ha rivelato che tutti gli esseri umani sono figli e figlie di Dio e quindi rispettabili e amabili? Anche i più grandi filosofi e geni non sono sfuggiti dal vizio razzista, il che conferma la tesi secondo cui la testa pensa a partire da dove si mettono i piedi, in questo caso, in un suolo culturale razzista, anti-nero africano.

Kant, il più grande critico della ragion pura e della ragion pratica, non è stato abbastanza critico. È sua l’affermazione: “I neri d’Africa non hanno ricevuto dalla natura alcun sentimento che si elevasse al di sopra della stupidità […]. I neri […] sono così rumorosi che per calmarli si ricorre alle percosse”. Hegel va più lontano ancora: “Il nero incarna l’uomo nello stato di natura in tutta la sua ferocia e sfrenatezza”. Pertanto, “se vogliamo avere un’idea corretta di lui, dobbiamo astrarci da ogni nozione di rispetto, moralità, da tutto ciò che va sotto il nome di sentimento: in questo personaggio non troviamo nulla che contenga anche solo un’eco di umanità. I resoconti dettagliati dei missionari confermano pienamente la nostra affermazione e sembra che solo la religione di Maometto sia ancora capace per avvicinare i neri alla cultura”. Gramsci ha giustamente riconosciuto: “La storia è maestra ma non ha discepoli”. Questi cattivi discepoli hanno forgiato l’ideologia che legittimasse la schiavitù e la supremazia dei bianchi.

L’intero sforzo dell’autore è mostrare ai giovani i grandi valori delle culture africane, in particolare attorno al concetto di Ubuntu: “io sono solo me stesso attraverso e con te; io sono perché noi siamo; la vita è sempre con gli altri; l’essere umano è la medicina dell’altro essere umano”. È lo stare insieme, la comunione del “noi siamo” che fonda la “comunità di destino”.

Se questo si vive non c’è motivo di segregare, già per tanti secoli, milioni e milioni di africani. È importante ricordare che siamo tutti africani, poiché i primi esseri umani sono comparsi ​​in Africa e da lì si sono diffusi nel mondo. Oggi ci incontriamo nella stessa Casa Comune. Coloro che furono i primi non si possono considerare gli ultimi. Al contrario, dovremmo ringraziarli perché in loro si sono formate le prime strutture psichiche, mentali, sentimentali e razionali che ci caratterizzano in quanto esseri umani. In questo senso Mamma Africa è perenne e vivrà sempre in noi, perché con lei formiamo una comunità di destino insieme all’altra Madre, la Terra.

Un “racismo amateur” o  un racismo cultural/estructura

La cuestión del racismo contra los negros es ancestral. En los últimos tiempos ha adquirido especial relevancia por causa de los crímenes cometidos contra algunos de ellos, de forma cruel en los Estados Unidos y de las  matanzas ocurridas especialmente en la zona norte y en la   Baixada de Río de Janeiro: jóvenes negros entre 18-20 años de edad no es raro que sean  “abatidos” (había hasta una cruel “ley del abatimiento” introducida por el gobernador de Río,  destituido, Witzel) como si fuesen animales. Con el pretexto  de  sentir miedo o de sentirse amenazado un policía podía “abatir” a las personas, especialmente negras.

Un fenómeno semejante está ocurriendo en varios países de Europa. Tengo en mis manos un minucioso estudio de un negro de Guiné-Bissau, Filomeno Lopes, periodista bien formado en una universidad italiana que trabaja en Roma como locutor de radio  Vaticano para África. Comprometido en la superación del racismo escribió una especie de carta abierta a los jóvenes italianos, no en lenguaje académico, sino de gran divulgación. Les dirige un mensaje  explicándoles  las muchas razones, todas ellas falsas, del por qué surgió el racismo secular contra los negros africanos. Da un título curioso: “un racismo amateur desacomplejado”. Con esto quiere aclarar que el racismo anti negro-africano está culturalmente tan arraigado que los jóvenes desconocen las razones de él,  por eso es “amateur, desacomplejado” y legitimado. Sin darse cuenta son racistas en el lenguaje, en las metáforas despectivas, en los chistes y en los comportamientos discriminatorios, hasta el punto de no darse cuenta de lo que hacen ni del  sufrimiento y la humillación  que causan en las víctimas negro-africanas. Esto mismo ocurrió  recientemente en  Valencia (España) contra un excelente futbolista negro brasilero que juega en el Real Madrid, Vinicius Junior.

Para muchos europeos los negros africanos son “Lázaros”, los condenados de la Tierra, los  descendientes malditos del Cam bíblico, descartados del sistema mundo.

En Brasil acuñamos la expresión  “racismo cultural” o “estructural”, o sea, los tres siglos de bárbara esclavitud, de malos tratos, de desprecio y odio a los millones de afro-descendientes impregnaron nuestra cultura de forma inhumana y, a veces, cruel. Solo por el simple hecho de ser negros y  principalmente si son pobres y viven en las favelas que rodean casi todas nuestras  ciudades.

Vean a qué punto ha llegado la barbarie en los llamados  países “civilizados” de Europa. Recientemente decidieron, tras deliberación de los gobiernos y por unanimidad, omitir del rescate del mar a los que vienen de Oriente Medio y particularmente a los que llegan de África. Pusieron sobre los hombros de Italia el encargo del rescate. Pero como están llegando multitudes, también Italia adhirió a esta política, un crimen contra la humanidad y contra toda la ética tradicional de la “ley del mar” escrupulosamente observada por  todos en el salvamento y rescate de personas que están en peligro de naufragar.

El Mediterráneo se está volviendo la sepultura de cientos y cientos de personas, relegadas, consideradas indeseables y “basura del mundo”. Bien decía el Papa Francisco: “ellos ahora están aquí en Europa, porque antes nosotros, europeos, estuvimos allí, en África, siendo bien recibidos. Pero los dominamos y les robamos las riquezas; ahora ellos  vienen para acá y son rechazados y mal recibidos”. Si consiguen pasar las fronteras, la primera pregunta que les hacen, sin ni siquiera saludarlos, es: ”documentos”; no ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? ¿De dónde vienes y qué buscas en este país? La mayoría viene huyendo de las  guerras y del hambre y buscan solo poder vivir con un mínimo   de paz.

Detrás  del racismo contra los negros está la arrogancia de los supremacistas blancos europeos y norteamericanos. Se juzgan en la punta de la pirámide de la hominización, considerando a los negros, debido al color su piel,  la escala intermedia entre el simio antropoide y el hombre blanco.

 ¿Cómo ha sido posible que estas personas, cristianizadas, negaran totalmente el mensaje del Maestro de  Nazaret, que no era blanco sino semita, y que reveló que todos los seres humanos son hijos e hijas de Dios y por eso respetables y amables?

Ni los mayores filósofos y genios escaparon del vicio racista, lo que valida la tesis de que la cabeza piensa desde donde pisan los pies, en este caso en un suelo cultural racista, antinegro africano.

Kant, el mayor crítico de la razón pura y de la razón práctica, no fue suficientemente crítico. Es de él la afirmación: “Los negros de África no recibieron de la  naturaleza ningún sentimiento que se elevase por encima de la estupidez (…). Los negros (…) son tan ruidosos que para calmarlos recurrimos a los palos”. Hegel va todavía más lejos:  “El negro encarna al hombre en el estado de la naturaleza en todo su salvajismo y  desenfreno”. Por lo tanto, “si queremos tener una idea correcta de él, debemos abstraernos de cualquier noción de respeto, de moralidad, de todo lo que recibe el nombre de sentimiento: en este carácter no podemos encontrar nada que contenga siquiera un eco de humanidad.  Los relatos detallados de los misioneros confirman plenamente nuestra afirmación y parece  que solo el  mahometismo es aún capaz de  aproximar  a los negros de la cultura”.

Con razón reconocía Gramsci: “La historia es maestra pero no tiene discípulos”.  Estos malos discípulos forjaron la ideología que legitimase la esclavitud y la supremacía de los blancos.

Todo el esfuerzo del autor es mostrar a los jóvenes los grandes valores de las culturas africanas, especialmente en torno al concepto  de Ubuntu: “yo soy yo a través de ti y contigo;  yo soy  porque nosotros somos; la vida es siempre con los otros; el ser humano es el remedio del otro ser humano”. Es el ser juntos, la comunión de  “nosotros somos” que funda  la “comunión de destino”.

Si se vive esto no hay porque segregar, hace ya tantos siglos,  a millones y millones  de africanos. Es importante recordar que todos somos africanos, pues el primer ser humano  irrumpió en África y de allí se difundió por todo el mundo. Hoy nos encontramos en la misma Casa Común. Ellos, que fueron los primeros, no pueden ser considerados los últimos. Al contrario, debemos estarles agradecidos porque en ellos se formaron las primeras estructuras psíquicas, mentales, sentimentales y racionales que nos caracterizan como humanos. En ese sentido la Madre África es perenne y vivirá siempre en nosotros, pues con ella formamos una comunidad de destino junto con la otra Madre, la Tierra.

*Leonardo Boff es teólogo, filósofo y escritor y ha escrito: El destino del hombre y del mundo, Sal Terrae 1978, varias ediciones.