La Tierra es de todos. Tierra y Humanidad son una sola cosa

Leonardo Boff*

En los últimos tiempos estamos presenciando horrorizados conflictos y guerras en varias partes del planeta, luchando por partes de sus territorios, especialmente en la Franja de Gaza, en Sudán y en  Ucrania. Desde un punto de vista ecológico, todo eso nos parece un tanto ridículo.

           Ya en 1795 en su famosos texto La Paz Perpetua el filósofo Immanuel Kant (1724-1804) escribía que la Tierra pertenece a la humanidad y es un bien común de todos. Nadie es dueño de la Tierra o recibió del Creador una escritura de propiedad de ella. Por esta razón no hay porqué luchar entre nosotros, si todo es nuestro. Hoy enriqueceríamos esta lectura de Kant diciendo que la Tierra pertenece a la comunidad de vida, a la naturaleza, a la flora y a la fauna y a los trillones de trillones de microorganismos escondidos en el subsuelo, bacterias, hongos y virus. La Tierra es de todos ellos, pues han sido generados por ella y la necesitan para vivir.

           Si hubiese un mínimo de sensatez en la cabeza de los humanos, esto sería una evidencia y todos viviríamos en la misma Tierra como en Nuestra Casa Común en una paz perpetua. Pero como somos al mismo tiempo sapientes y dementes, portadores de razonabilidad y de demencia, hay épocas en las que la insensatez predomina y en otras, la sensatez. Hoy parece predominar la demencia generalizada. De ahí la disputa por tierras debido a las cuales se entablan guerras letales. Pero veamos algunos datos.

           El universo existe desde hace 13.700 millones de años. El sol hace 5.000 millones de años. La Tierra hace 4.450 millones de años. El ser humano primitivo hace 7-8 millones de años. El homo sapiens sapiens, de quien descendemos, hace 100 mil años. Si reducimos los 13.700 millones de años a un año cósmico, como hizo el cosmólogo Carl Sagan, nosotros nacimos el día 31 de diciembre, a las 23 horas 59 minutos y 59 segundos. Somos por tanto un momento casi imperceptible del curso cósmico, un minúsculo grano de arena en el conjunto de los seres. Pero nuestra grandeza reside en tener conciencia de que somos eso y de que sabemos nuestro lugar y nuestra responsabilidad frente al conjunto de los seres.                   

           Desde allí arriba, desde la Luna, confirman los astronautas, la Tierra emerge como un planeta esplendoroso, azul y blanco, que cabe en la palma de la mano, un cuerpo pequenísimo en la inmensidad oscura del universo.

           Es el tercer planeta del Sol, un sol de suburbio, estrella media de quinta grandeza, uno entre otros doscientos mil millones de soles de nuestra galaxia, la Vía Láctea. Esta galaxia es una entre cien mil millones de otras galaxias junto con conglomerados incontables de galaxias. El sistema solar dista 28 mil años luz del centro de la Vía Láctea, en la cara interna del brazo espiral de Orion.

         El testimonio del astronauta Russel Scheweickhart que pudo ver la Tierra desde fuera de la Tierra, resume los relatos de sus compañeros: “Vista desde fuera, percibes que todo lo que nos es significativo, toda la historia, el arte, el nacimiento, la muerte, el amor, la alegría y las lágrimas, todo eso está en aquel pequeño punto azul y blanco que puedes tapar con el dedo pulgar. Desde esa perspectiva se entiende que en nosotros cambió todo, que empieza a existir algo nuevo, que la relación ya no es la misma que era antes” (The Overview Effeckt,Boston 1987,p.200).

Como declaró Isaac Asimov, gran difusor ruso de datos cosmológicos, el día 9 de octubre de 1982 a solicitud de la revista New York Times, celebrando los 25 años del lanzamiento del Sputnik que inauguró la era espacial: “el legado de este cuarto de siglo espacial es la percepción de que, en la perspectiva de las naves espaciales, la Tierra y la humanidad forman una única entidad”. Nótese que no dice que forman una unidad, resultante de un conjunto de partes. Afirma mucho más, que formamos una única entidad, es decir, un único ser, complejo, diverso, contradictorio y dotado de gran dinamismo.

Tal afirmación presupone que el ser humano no está solo sobre la Terra. No es un peregrino errante, un pasajero venido de otras partes y perteneciente a otros mundos. No. Él, como homo (hombre) viene de húmus (tierra fértil). Él es Adam (que en hebreo significa el hijo de la Tierra fértil) que nació de Adamah (Tierra fecunda: Gen 2,7). Es hijo e hija de la Tierra. Más aún, es la propia Tierra en su expresión de conciencia, de libertad y de amor. A través de él ella contempla el universo.

           Como lo afirma la encíclica de ecología integral del Papa Francisco Laudato Sì: como cuidar de la Casa Común (2015): “La interdependencia de todas las criaturas es querida por Dios. El sol y  la luna, el cedro y la florecilla, el águila y el gorrión, las  innumerables diversidades y desigualdades significan que ninguna criatura se basta a sí misma; que no existen sino en interdependencia unas de otras, para complementarse y servirse mutuamente” (n.86).

           El universo caminó 13.700 millones de años para producir esta admirable obra que nosotros, los seres humanos, recibimos como herencia para cuidar como jardineros y preservar como guardianes fieles. Tierra-humanidad tenemos el mismo destino, pues nos pertencemos mutuamente. Lamentablemente no hemos cumplido nuestra misión y no sabemos lo que os espera de aquí en adelante. Ojalá algo bienventurado: la Tierra para todos.

*Leonardo Boff ha escrito La Tierra en la palma de nuestra mano, Vozes 2016.

China-Brasilien jenseits der Wirtschaft -die alte Weisheit

          Leonardo Boff

            China ist einer der wichtigsten Handelspartner Brasiliens. Mit der deutlichen Abkehr von der westlichen Vorherrschaft entwickelt es sich zur wichtigsten Macht des 21. Jahrhunderts. Der chinesische Stil unterscheidet sich deutlich vom westlichen Stil, der sich nicht nur für den Besten und Stärksten hält, sondern ihn auch weltweit vermarkten muss. Die Chinesen sind zurückhaltend und schätzen Stille, mittlere und lange Zeiträume. Sie wissen, wie man auf die Zeit wartet, um zu reifen. Das von Xi Jinping vorgeschlagene große Ideal ist: Eine Gemeinschaft mit einer gemeinsamen Zukunft für die Menschheit, auch übersetzt als Schicksalsgemeinschaft. Dies ist ein großzügiges Ideal, das es zu verwirklichen gilt.

Unter Analysten der Weltgeopolitik wird oft gesagt, dass auf einen Wirtschaftskrieg, wie er von Trump vor allem gegen China geführt wird, ein Krieg folgen wird. Die angelsächsische West-Achse wird niemals aufgeben, der einzige Pol zu sein, der den Kurs der Welt steuert und den Dollar als einzige Referenzwährung hat. Es bedurfte nur der arroganten Entscheidung Trumps, 500 Milliarden Dollar für die Produktion neuer, möglichst leistungsfähiger KI-Chips bereitzustellen, damit China aus seinem Schweigen erwachte und die Deep-Seek-Plattform mit ihren Billionen von Algorithmen ankündigte, die billiger und für jeden zugänglich ist. Das hat die stolzen Besitzer der großen bekannten Plattformen in die Knie gezwungen, die aufgrund der immensen Überlegenheit Chinas an einem einzigen Tag eine Billion Dollar an Marktwert verloren haben. Sollte es zu einem Krieg kommen, wird China ihn gewinnen, aber nur mit KI oder sogar mit taktischen Atomwaffen, nicht mit strategischen, die das Ende der menschlichen Spezies bedeuten würden.

Es ist klar, dass die Beziehungen zwischen China und Brasilien eine strategische Bedeutung haben, die über den reinen Handel hinausgeht. Brasilien kann von der Öffnung gegenüber Chinas alten kulturellen Werten und der Weisheit der Vorfahren nur profitieren. China zeichnet sich durch sein unersättliches Streben aus, Gegensätze zu integrieren und kosmische und psychische Kräfte zu harmonisieren. In einem so gespaltenen Land wie dem unseren wäre dies ein Heilmittel.

Wir Westler sind die Erben einer linearen Denkweise, die ständig mit dem Prinzip von Identität und Widerspruch arbeitet, das später durch das dialektische Denken bereichert wurde. Unsere anthropologische Haltung hat uns zu Imperialisten und Beherrschern aller Völker und zu Zerstörern aller Unterschiede gemacht. Sie werden entweder in die westliche Gleichheit integriert oder subalterniert und sogar vernichtet. Das ist die Tragödie des Westens, der sich jetzt in seiner Dämmerung befindet. Deep Seek prangerte an, dass der Neoliberalismus des westlichen Wirtschaftsmodells „menschlich untragbar und historisch überholt“ sei. Es ist dazu bestimmt, zu verschwinden. Dies untergräbt die Grundlagen der derzeitigen westlichen Unipolarität.

Die chinesische Weisheit versucht immer, Gegensätze einzubeziehen. Diese Haltung wird durch den berühmten Kreis ausgedrückt, in dem zwei kleine Fische, einer im Schatten, der andere im Licht, ineinander verschlungen sind. Es ist die Präsenz der beiden universellen Kräfte Yin und Yang (Himmel und Erde, Licht und Schatten, Männlich und Weiblich), die in die Zusammensetzung aller Wesen einfließen. Yin-Yang konkretisiert Qi/Chi, die ursprüngliche und geheimnisvolle Energie, die alles erhält, auch Tao genannt. Das Tao wird auf tausend Arten interpretiert, aber die eindrucksvollste ist für mich der konventionelle Weg. Tao wäre die Energie, durch die wir den Weg bauen, Energie, die jeglicher Realität zugrunde liegt. Das Tao steckt in allem, sagt Zhuangzi, vom Mist auf dem Feld bis zum Kopf des Kaisers. Der Taoismus ist keine Religion, sondern ein Weg der Weisheit. Die bestehenden Religionen sind Reaktionen auf die Wahrnehmung des Tao, ebenso wie Küche, Kunst, Politik und Ethik.

Als ich zusammen mit anderen auf offizielle Einladung China besuchte, beeindruckte mich vor allem diese ganzheitliche Vision der allgemeinen Kultur. Es durchdrang die Menschen und das tägliche Leben und machte den einfachen Chinesen pragmatisch, fleißig und detailorientiert, wie in Gemälden, und gleichzeitig nachdenklich, ernst und gelassen, wie in den Figuren der Meister. Diese Konvergenz der Gegensätze führte zu einer Kultur der Fürsorge, die für das chinesische Ethos von grundlegender Bedeutung ist. Sorgfalt zielt immer darauf ab, Energien auszugleichen, auch gegensätzliche. Daraus resultiert eine fast heilige Haltung des Respekts gegenüber jedem Wesen, da sie Träger der Energie des Tao sind. Die chinesische Medizin, zu deren Produkten Tees, Akupunktur und Massagen gehören, steht für die Aktivierung dieser Energie. Gesundheit bedeutet, im Einklang mit den Energien und dem Tao zu sein.

Der wichtigste Wert in der chinesischen Tradition und auch in der Politik ist die Freundschaft. Dabei handelt es sich weniger um ein subjektives Gefühl als vielmehr um die ehrfürchtige Akzeptanz von Andersartigkeit. Freundschaft zeigt sich im Teilen und Unterstützen. „Teilen ist fair“ ist eine Maxime der chinesischen Ethik. Für uns gehört das Teilen zur Ordnung der „Unentgeltlichkeit, dessen, was sein kann oder nicht.“ Wenn in China eine Gruppe willkommen geheißen wird, wird ihr als Zeichen der Freundschaft ein reichhaltiges Bankett angeboten. Für die Chinesen gehört das Teilen zur objektiven Ordnung des Seins. Teilen und Solidarität zeigen bedeutet, Yin und Yang koexistieren zu lassen. Dann werden die Rechte aller respektiert und es herrscht Gerechtigkeit.

Ein weiterer wichtiger Wert ist der Konsens, im Gegensatz zu unserer politischen Kultur, die nach Hegemonie strebt. Konsens bedeutet nicht, alle Unterschiede auf eine einzige Position zu reduzieren. Es ist die akzeptierte Koexistenz ihres Reichtums, die gemeinsam eine höhere Konvergenz schafft, die für alle Beteiligten von Vorteil ist.

Schließlich stellt die Heimat einen sehr hohen Begriff dar. Sie ist die archetypische Darstellung von Himmel und Erde, sie ist das Zelt des Tao, die soziale Verwirklichung von Ying und Yang. Heimat sind die Vorfahren, deren Asche die Familien über Jahrhunderte begleitet. China ist ein Land, in dem Regierungen geteilt sein können und das auch passieren kann. Aber China bleibt immer, heißt es.

Schließlich ist das Motto der Ausrufung der Republik im Jahr 1911 durch den Christen Sun Yat Sen großartig: „Die Liebe ist universell und der Himmel gehört allen“, das auf den Anstecknadeln oder Buttons zu finden ist. Angesichts des Aufstiegs Chinas auf der Weltbühne könnte Brasilien und andere Länder viel von den alten Weisheiten Chinas lernen und seine eigene Kultur durch diesen Austausch bereichern.

Leonardo Boff schrieb Jesus und His Abba:A little Chritologie,Orbis Boo

 China-Brasil más allá de la economía

Leonardo Boff*

China es uno de los principales socios comerciales de Brasil. Con el claro declive del dominio/dominación occidental, ella surge como la principal potencia del siglo XXI. El estilo chino es notablemente diferente del occidental. Este no solo se cree el mejor y el más fuerte, sino que tiene también que propagarlo mundialmente. El chino es contenido y valora el silencio, los plazos medios y largos. Sabe esperar con el tiempo. El gran ideal propuesto por Xi Jinping es: Una Comunidad de Futuro Compartido para la humanidad, traducido también como una Comunidad de Destino Común. Es un ideal generoso a ser realizado.

Se acostumbra decir entre los analistas de la geopolítica mundial que después de una guerra económica, como la que está montando Trump principalmente contra China, se sigue una guerra bélica. No es improbable. El eje anglosajón occidental no renuncia jamás a ser el único polo conductor del curso del mundo y a tener al dólar como única moneda de referencia de valor. Bastó la decisión arrogante de Trump destinando 500 mil millones de dólares para producir nuevos chips de IA, los más potentes posible, para que China saliese de su silencio y anunciase la plataforma DeepSeek, con sus billones y billones de algoritmos, más barata y accesible a todos. Puso de rodillas a los orgullosos dueños de las grandes plataformas conocidas que, en razón de la inmensa superioridad china, perdieron, juntas, un billón de dólares de valor de mercado en un solo día. Si ocurriera eventualmente una guerra, China llevaría la mejor parte, usando solo la IA o armas nucleares tácticas, no las estratégicas que significarían el fin de la especie humana.

Es notorio que las relaciones China-Brasil tienen un significado estratégico que va mucho más allá de los imprescindibles intercambios comerciales. Brasil sólo va beneficiarse si se abre a los valores culturales milenarios y a la sabiduría ancestral de China. Esta se caracteriza por la búsqueda insaciable de la integración de los opuestos y la armonización de las fuerzas cosmicas y psíquicas. En un país tan dividido como el nuestro, eso sería un bálsamo.

Nosotros los occidentales somos herederos de un pensamiento lineal que trabaja constantemente con el principio de identidad y de contradicción, enriquecido tardíamente por el pensamiento dialéctico. Nuestra postura antropológica nos hizo imperialistas y dominadores de todos los pueblos y destructores de todas las diferencias. Estas o bien son incorporadas en la mismidad occidental o son subalternalizadas o incluso destruidas. Es la tragedia de Occidente, ahora en su ocaso.Consultada la DeepSeek denuncióla “insostenibilidad humana y la obsolescencia histórica del neoliberalismo del modelo económico occidental”. Está destinado a desaparecer. Esto elimina los cimientos de la unipolaridad occidental vigente.

La sabiduría china busca incluir siempre los opuestos. Tal postura se expresa por el famoso círculo dentro del cual se entrelazan como dos pececillos, uno sombreado y otro claro. Es la presencia de las dos fuerzas universales, yin-yang (cielo y tierra, luz y sombra, masculino y feminino), que entran en la composición de todos los seres. Yin-yang concretan el Qi/Chi, la energía primordial y misteriosa que sustenta todo, llamada también Tao. El Tao es interpretado de mil maneras, pero la más sugestiva para mí es la convencional de camino. Tao sería la energía mediante la cual construimos el camino, energía que subyace a toda y cualquier realidad. El Tao se encuentra en todo, como dice Zhuangzi, desde el estiércol del campo hasta en la cabeza del emperador. El Taoismo no es una religión, sino un camino de sabiduría. Las religiones existentes son respuestas a la percepción del Tao, así como la culinaria, el arte, la política y la ética.

Cuando por invitación oficial visité China con otras personas, lo que más me impresionó fue esta visión holística hecha cultura general. Ella penetró en el pueblo e impregna la vida cotidiana, haciendo que la persona china común sea pragmática, laboriosa y detallista como en las pinturas y simultáneamente contemplativa, grave y serena como en la figura de los maestros. Esta convergencia de los opuestos, introdujo una cultura del cuidado, fundamental en el ethos chino. El cuidado busca siempre el equilibrio de las energías incluso las opuestas. Lo que resulta es una actitud de respeto, casi sagrado, por cada ser, pues es portador de la energía del Tao. La medicina tradicional china con los tés de plantas medicinales, la acupuntura y los masajes representa la activación de esta energía. Salud es estar en sintonía con las energías y con el Tao.

El valor más importante en la tradición china y también en la  política reside en la amistad. No es tanto un sentimiento subjetivo como la acogida de la diferencia de forma reverente. La amistad se muestra compartiendo y siendo solidarios. “Compartir es justo” dice una máxima de la ética china. Para nosotros compartir es parte del orden de la “gratuidad, de aquello que puede ser o no ser”. Siempre que en China se acoge a un grupo, se le ofrece un rico banquete, expresión de amistad. Para los chinos compartir pertenece al orden objetivo del ser. Compartir y solidarizarse es hacer que el yin conviva con el yang. Entonces se respeta el derecho de cada uno y hay justicia.

Otro valor importante es el consenso, a diferencia de nuestra cultura política que busca antes la hegemonía. El consenso no implica la reducción de todas las diferencias a una única posición. Es la coexistencia aceptada de la riqueza de ellas que, juntas, construyen una convergencia superior que es buena para todas las partes

Finalmente la patria constituye un altísimo concepto. Ella es la representación arquetípica del cielo y de la tierra, es la tienda del Tao, la realización social del yinydelyang. Patria son los antepasados, cuyas cenizas acompañan a las familias por siglos. China es una, los gobiernos pueden estar dividos y pasar. Pero China, según se dice, permanece siempre.

         Por último, es grandioso el lema de la proclamación de la República en 1911 por un cristiano Sun Yat Sen: “El amor es universal y el cielo pertenece a todos”, que se encuentra en los pines o botones. Ahora con el ascenso de China en el escenario mundial, Brasil tendría mucho que aprender de su sabiduría ancestral para, mediante ese intercambio,enriquecer nuestra propia cultura.

Traducción María José Gavito Milano

Cina-Brasile oltre l’economia

Leonardo Boff

La Cina è uno dei principali partner commerciali del Brasile. Con la chiara deriva del predominio/dominazione occidentale, emerge come la principale potenza del XXI secolo. Lo stile cinese è notevolmente diverso da quello occidentale. Non solo quest’ultimo si ritiene il migliore e il più forte, ma deve anche essere promosso in tutto il mondo. I cinesi sono riservati e apprezzano il silenzio, i medi  e i lunghi periodi. Sanno aspettare che il tempo maturi. Il grande ideale proposto da Xi Jinping è: Una comunità con un Futuro Condiviso per l’Umanità, tradotto anche come Comunità di Destino Comune. Ecco un ideale generoso da realizzare.

Si dice spesso tra gli analisti di geopolitica globale che dopo una guerra economica, come quella condotta da Trump principalmente contro la Cina, segue una guerra militare. Non è improbabile. L’asse anglo-sassone occidentale non rinuncerà mai a essere l’unico polo a guidare il corso del mondo e ad avere il dollaro come unica moneta di riferimento del valore. È bastata la decisione arrogante di Trump di stanziare 500 miliardi di dollari per la produzione di nuovi chip di intelligenza artificiale, i più potenti possibili, perché la Cina rompesse il silenzio e annunciasse la piattaforma Deep Seek, con i suoi trilioni e trilioni di algoritmi, più economica e accessibile a tutti. Ha messo in ginocchio gli orgogliosi padroni delle grandi piattaforme conosciute che, a causa dell’immensa superiorità cinese, hanno perso, complessivamente, in un solo giorno, un trilione di dollari di valore di mercato. Se alla fine scoppiasse una guerra, la Cina ne uscirebbe vincitrice, utilizzando solo l’intelligenza artificiale o addirittura armi nucleari tattiche, non quelle strategiche che significherebbero la fine della specie umana.

È chiaro che le relazioni tra Cina e Brasile hanno un significato strategico che va oltre gli scambi commerciali essenziali. Il Brasile non può che guadagnarci se si apre agli antichi valori culturali e alla saggezza ancestrale della Cina. Ciò è caratterizzato dall’insaziabile ricerca dell’integrazione degli opposti e dell’armonizzazione delle forze cosmiche e psichiche. In un paese tanto diviso come il nostro, questo sarebbe un rimedio.

Noi occidentali siamo eredi di un pensiero lineare che opera costantemente con il principio di identità e contraddizione, tardivamente arricchito dal pensiero dialettico. La nostra posizione antropologica ci ha resi imperialisti e dominatori di tutti i popoli e distruttori di tutte le differenze. O loro vengono incorporate nell’uniformità occidentale oppure vengono subalternizzate e persino distrutte. È la tragedia dell’Occidente, ormai al tramonto. Consultata la Deep Seek ha denunciato “l’insostenibilità umana e l’obsolescenza storica del neoliberismo del modello economico occidentale”. Esso è destinato a scomparire. Ciò indebolisce l’attuale unipolarismo occidentale.

La saggezza cinese cerca sempre di includere gli opposti. Questa postura è espressa dal famoso tai-ki, il cerchio all’interno del quale si intrecciano tra loro due teste di pesce. È la presenza delle due forze universali – ying e yang – (cielo e terra, luce e ombra, maschile e femminile) che entrano nella composizione di tutti gli esseri. Ying e yang incarnano Shi, l’energia primordiale e misteriosa che sostiene tutto, chiamata anche Tao. Il Tao è interpretato in mille modi. Ma per me il più suggestivo è quello del cammino convenzionale. Il Tao sarebbe l’energia attraverso la quale costruiamo il cammino e che sta alla base di ogni singola realtà. Il Tao si trova in tutto, come dice Chung-tzu, dallo sterco del campo fino alla testa dell’Imperatore. Il taoismo non è una religione, ma un cammino di saggezza. Le religioni esistenti sono una delle risposte alla percezione del Tao, così come la cucina, l’arte, la politica e l’etica.

Quando, su invito ufficiale, ho visitato la Cina insieme ad altri, ciò che più mi ha impressionato è stata questa visione olistica diventata cultura generale. Essa è penetrata nel popolo e permea la vita quotidiana, facendo si che la persona comune cinese sia pragmatica, laboriosa e minuziosa, come nei dipinti, e contemporaneamente contemplativa, seria e serena, come nelle figure dei maestri. Questa convergenza degli opposti ha introdotto una cultura della cura, fondamentale per l’ethos cinese. La cura cerca sempre l’equilibrio delle energie, anche opposte. Ciò che ne consegue è un atteggiamento di rispetto, quasi sacro, verso ogni essere, in quanto portatore dell’energia del Tao. La medicina cinese dei tè, dell’agopuntura e dei massaggi rappresenta l’attivazione di questa energia. La salute è essere in sintonia con le energie e con il Tao.

Il valore più importante nella tradizione cinese e anche nella politica risiede nell’amicizia. Non è tanto un sentimento soggettivo quanto l’accettazione della differenza in modo riverente. L’amicizia si dimostra attraverso la condivisione e la solidarietà. “Condividere è giusto” afferma una massima dell’etica cinese. Per noi condividere appartiene all’ordine della “gratuità, di ciò che può essere o non essere”. Sempre che in Cina si accoglie un gruppo, gli si offre un ricco banchetto, espressione di amicizia. Per i cinesi condividere appartiene all’ordine oggettivo dell’essere. Condividere e mostrare solidarietà significa far coesistere lo ying con lo yang. Allora il diritto di ciascuno è rispettato e c’è giustizia.

Un altro valore importante è il consenso, a differenza della nostra cultura politica che cerca prima di tutto l’egemonia. Il consenso non implica la riduzione di tutte le differenze a un’unica posizione. È la coesistenza accettata della loro ricchezza che, insieme, costruiscono una convergenza più elevata e migliore per tutte le parti.

Infine, la patria costituisce un altissimo concetto. Essa è la rappresentazione archetipica del cielo e della terra, è la tenda del Tao, la realizzazione sociale dello ying e dello yang. La patria sono gli antenati, le cui ceneri accompagnano le famiglie per secoli. La Cina è una, i governi possono essere divisi e passare. Ma la Cina resta sempre, si dice.

Infine, grandioso è il motto della proclamazione della Repubblica nel 1911 da parte del cristiano Sun Yat Sen, che si può trovare sui bottoni: “L’amore è universale e il paradiso appartiene a tutti“. Ora, con l’ascesa della Cina sulla scena mondiale, il Brasile avrebbe molto da imparare dalla sua saggezza ancestrale, attraverso l’interscambio, per arricchire la nostra propria cultura.

(traduzione dal portoghese di Gianni Alioti)