Casi mitad de la humanidad podrá desaparecer en algunas décadas

Leonardo Boff*

Si tenemos en cuenta la frecuencia de los trastornos que están ocurriendo en la Tierra, especialmente el creciente calentamiento global, sumado al hecho de que los negacionistas, como el presidente Trump, son poderosos, cabe preguntarnos seriamente si el planeta todavía es sostenible o si nos dirigimos hacia una tragedia inmensa.

Tomemos como aviso el relatorio publicado por el Institute and Faculty of Actuaries de la Universidad de Exeter (Reino Unido), conocido por su seriedad. Ahí se afirma: «con temperaturas 3°C por encima de los niveles preindustriales, la mortalidad humana podrá alcanzar a la mitad de la humanidad, cerca de cuatro mil millones de personas», no en un futuro lejano sino en algunas décadas.

       Necesitamos un concepto de sostenibilidad más amplio que el del famoso Informe Brundland (1987) que solo se centraba en el ser humano y omitía la naturaleza. Propongo uno más inclusivo: “Desarrollo sostenible es toda acción destinada a mantener las condiciones energéticas, informativas y físicoquímicas que sustentan a todos los seres, especialmente a la Tierra viva, la naturaleza y la vida humana para asegurar su continuidad y atender las necesidades de la generación presente y de las futuras, de tal forma que se mantenga y enriquezca el capital natural en su capacidad de regeneración, de reproducción y de coevolución”.

       ¿Qué hacer para garantizar este tipo de sostenibilidad? Estoy convencido de que las narrativas del pasado ya no nos muestran un futuro de esperanza. Esto no significa que vayamos a desistir de mejorar la situación. El principio esperanza que arde dentro de nosotros puede proyectar utopías minimalistas que alivian la vida y preservan la naturaleza. Para eso hay que partir de abajo, del territorio, en el cual se puede construir una sostenibilidad en el marco de las condiciones ecológicas trazadas por la naturaleza, con sus selvas y bosques, sus ríos, su población con sus religiones y tradiciones.Por esta opción si podrá salvar la mitad de la humanidad de su eventual fin trágico.

       Depende de nosotros si queremos cambiar o seguir por el mismo camino. Ha llegado el momento en que no tenemos otra alternativa sino creer, confiar y esperar en nosotros mismos. Tenemos que beber de nuestro propio pozo. En él están los principios y valores que, activados, podrán salvarnos. Enumero algunos de los principales.

En primer lugar el cuidado. Sabemos por la reflexión antigua (mito del cuidado de Higinio) y por la moderna (Heidegger) que la esencia del ser humano reside en el cuidado, condición para vivir y sobrevivir. Si todos los elementos de la evolución no hubiesen tenido entre sí un cuidado sutil, no habría aparecido el ser humano. Como no tiene ningún órgano especializado, necesita cuidado para vivir y sobrevivir. De la misma forma, la naturaleza si no es cuidada, se muere.

Después, los biólogos (Watson/Crick) demostraron que el amor pertenece al ADN humano. Amar significa establecer una relación de comunión, de reciprocidad con todas las cosas e implica crear un lazo afectivo con ellas.

         Es fundamental el valor de la solidaridad. La bioantropología ha mostrado que la búsqueda de los alimentos consumidos comunitariamente permitió el salto de la animalidad a la humanidad. Lo que una vez fue verdadero, vale mucho más aún en los sombríos días actuales.

Somos también seres de compasión: podemos ponernos en el lugar del otro, llorar con él, compartir sus angustias y no dejarlo solo nunca. Es una de las virtudes más ausentes hoy en día.

También somos seres de creación: continuamente estamos inventando cosas para resolver nuestros problemas. Hoy más que nunca la innovación es urgente si no queremos llegar atrasados a la salvaguarda de la vida y naturaleza.

Somos, desde la más remota antigüedad, cuando emergió el cerebro límbico hace 200 millones de años, seres de corazón, de afecto y de sensibilidad. En el corazón sensible reside la ternura, la espiritualidad y la ética. Hoy más que nunca debemos unir mente y corazón, racionalidad y sensibilidad, pues todo el edificio científico se construyó colocando bajo sospecha la afectividad. Por la sensibilidad humanitaria condenamos hoy el genocidio perverso hecho a cielo abierto en la Franja de Gaza de más de 13 mil niños inocentes y de más de 60 mil civiles.

         Somos, en lo más profundo de nuestra humanidad, seres espirituales. La espiritualidad es parte de la naturaleza humana, con el mismo derecho de ciudadanía que la inteligencia, la voluntad y la libido. La espiritualidad debe ser distinguida de la religiosidad, si bien pueden venir juntas y potenciarse, pero no necesariamente. La espiritualidad natural es, sin embargo, más originaria. La religiosidad supone y se alimenta de la espiritualidad. La espiritualidad vive del amor incondicional, de la solidaridad, de la compasión, del cuidado de los más frágiles y de la naturaleza. Más aún, como seres espirituales somos capaces de identificar aquella Energía vigorosa y amorosa que sustenta todas las cosas y todo el universo, ante la cual podemos abrirnos reverentemente. O integramos la espiritualidad natural, viviendo como hermanos y hermanas junto con la naturaleza o nos condenamos a repetir el pasado con todos los peligros que amenazan hoy nuestra existencia.

Una eco-civilización fundada sobre tales valores y principios puede garantizar la sostenibilidad de la Casa Común. Dentro de ella se encuentran los distintos mundos culturales que pueden y deben convivir pacíficamente. ¿Una utopía? Sí, pero una utopía necesaria si es que todavía queremos tener un futuro sostenible junto con la Madre Tierra.

*Leonardo Boff ha escrito El doloroso parto de la Madre Tierra: una sociedad de fraternidad y de amistad social, Vozes 2021.

Die Hälfte der Menschheit kann in einigen Jahrzenten sterbem:die nicht Nachhaltigkeit der Erde

  Leonardo Boff

Wenn wir uns die Häufigkeit der Umwälzungen auf der Erde ansehen, insbesondere bei zunehmender globaler Erwärmung, und dazu noch die Tatsache, dass die Leugner so mächtig sind wie der amerikanische Präsident Trump, lohnt es sich, ernsthaft zu fragen, ob der Planet noch zukunftsfähig ist oder auf eine phänomenale Tragödie zusteuert.

Nehmen wir als Warnung die vom Institute and Faculty of Actuaries der Universität Exeter (UK) veröffentlichten Daten, die für ihre Seriosität bekannt sind: Sie besagen, dass bei Temperaturen, die 3°C über dem vorindustriellen Niveau liegen, die Hälfte der Menschheit, etwa vier Milliarden Menschen, sterben könnten“, und zwar nicht in ferner Zukunft, sondern in einigen Jahrzehnten.

 Wir brauchen ein breiteres Konzept der Nachhaltigkeit als das berühmte des Brundland-Berichts (1987), das sich nur auf den Menschen konzentrierte und die Natur aussparte. Ich schlage ein umfassenderes Konzept vor: „Nachhaltige Entwicklung ist jede Maßnahme, die darauf abzielt, die energetischen, informationellen, physikalischen und chemischen Bedingungen zu erhalten, die alle Lebewesen, insbesondere die lebende Erde, die Natur und das menschliche Leben, im Hinblick auf ihren Fortbestand und auch auf die Befriedigung der Bedürfnisse der gegenwärtigen und der künftigen Generationen in einer Weise unterstützen, dass das Naturkapital in seiner Fähigkeit zur Regeneration, Reproduktion und Koevolution erhalten und bereichert wird“.

 Was kann getan werden, um diese Art von Nachhaltigkeit zu gewährleisten? Ich bin davon überzeugt, dass die Narrative der Vergangenheit uns nicht mehr in eine hoffnungsvolle Zukunft führen. Das heißt aber nicht, dass wir aufgeben, die Situation zu verbessern. Das Prinzip der Hoffnung, das in uns brennt, kann minimalistische Utopien entwerfen, die das Leben erleichtern und die Natur erhalten. Dazu müssen wir von unten anfangen, vom Territorium, wo Nachhaltigkeit im Rahmen der ökologischen Bedingungen aufgebaut werden kann, die die Natur mit ihren Wäldern, ihren Flüssen, ihren Menschen und ihren religiösen Traditionen vorgibt.

   Es liegt an uns, ob wir uns ändern oder auf demselben Weg weitergehen wollen. Es kommt der Zeitpunkt, an dem wir keine andere Wahl haben, als an uns selbst zu glauben, zu vertrauen und zu hoffen. Wir müssen aus unserer eigenen Quelle trinken. Darin liegen die Grundsätze und Werte, die, wenn sie aktiviert werden, uns retten können.     Hier sind einige der wichtigsten davon.

Erstens: die Fürsorge. Wir wissen aus der Antike (Hyginus’ Mythos der Fürsorge) und aus der Neuzeit (Heidegger), dass das Wesen des Menschen in der Fürsorge liegt, der Voraussetzung für das Leben und Überleben. Hätten nicht alle Elemente der Evolution eine subtile Fürsorge füreinander, würde der Mensch nicht entstehen. Da er keine spezialisierten Organe hat, braucht er Pflege, um zu leben und zu überleben. Genauso verkümmert die Natur, wenn man sich nicht um sie kümmert.

Wie die Biologen (Watson/Krick) gezeigt haben, gehört die Liebe zur menschlichen DNA. Zu lieben bedeutet, eine Beziehung der Gemeinschaft, der Gegenseitigkeit, mit allen Dingen herzustellen und impliziert, eine emotionale Bindung zu ihnen aufzubauen.

Von grundlegender Bedeutung ist die Solidarität. Die Bioanthropologie hat gezeigt, dass die Suche nach Nahrung, die gemeinschaftlich konsumiert wird, den Sprung von der Tierwelt zum Menschen ermöglicht hat. Was in der Vergangenheit galt, gilt heute umso mehr.

Wir sind auch Wesen des Mitgefühls: Wir können uns in die Lage des anderen hineinversetzen, mit ihm weinen, seinen Kummer teilen und ihn nie allein lassen. Das ist eine der Tugenden, an denen es heutzutage am meisten mangelt.

Wir sind immer noch schöpferische Wesen: Wir erfinden ständig Dinge, um unsere Probleme zu lösen. Heute ist Innovation dringender denn je, wenn wir beim Schutz des Lebens und der Natur nicht ins Hintertreffen geraten wollen.

Seit den Anfängen unserer Vorfahren, als das limbische Gehirn vor 200 Millionen Jahren entstand, sind wir Wesen des Herzens, der Zuneigung und der Sensibilität. Das empfindsame Herz ist das Zentrum des Gefühls, der Spiritualität und der Ethik. Heute müssen wir mehr denn je Verstand und Herz, Rationalität und Sensibilität vereinen, denn das gesamte wissenschaftliche Gebäude wurde errichtet, indem die Zuneigung unter Verdacht gestellt wurde. Aus humanitärem Einfühlungsvermögen heraus verurteilen wir heute den perversen Völkermord unter freiem Himmel im Gazastreifen an mehr als 13.000 unschuldigen Kindern und mehr als 60.000 Zivilisten.

Wir sind im tiefsten Inneren unseres Menschseins spirituelle Wesen. Die Spiritualität gehört zur menschlichen Natur, mit demselben Bürgerrecht wie Intelligenz, Wille und Libido. Sie muss von der Religiosität unterschieden werden, obwohl sie zusammenkommen und sich gegenseitig verstärken können. Aber nicht notwendigerweise. Die natürliche Spiritualität ist jedoch ursprünglicher. Religiosität setzt Spiritualität voraus und speist sich aus ihr. Spiritualität lebt von bedingungsloser Liebe, Solidarität, Mitgefühl, Fürsorge für die Schwächsten und für die Natur. Mehr noch: Als spirituelle Wesen sind wir in der Lage, jene kraftvolle und liebevolle Energie zu erkennen, die alle Dinge und das gesamte Universum erhält und der wir uns ehrfürchtig öffnen können. Entweder wir integrieren die natürliche Spiritualität und leben als Brüder und Schwestern mit der Natur zusammen, oder wir verurteilen uns dazu, die Vergangenheit mit all den Risiken zu wiederholen, die unsere Existenz heute bedrohen.

Eine Öko-Zivilisation, die auf diesen Werten und Prinzipien beruht, kann die Nachhaltigkeit unseres gemeinsamen Hauses garantieren. In ihr gibt es verschiedene kulturelle Welten, die friedlich koexistieren können und müssen. Eine Utopie? Ja, aber eine notwendige Utopie, wenn wir noch eine nachhaltige Zukunft zusammen mit Mutter Erde haben wollen.

Leonardo Boff schrieb Zukunft für Mutter Erde, Claudius Verlag, München 2021.

É possível garantir a sustentabilidade da Terra?

Leonardo Boff

Se olharmos a frequência dos transtornos que estão ocorrendo na Terra, especialmente com o crescente aquecimento global, somado ao fato de os negacionistas serem poderosos como o presidente  Trump dos USA, cabe seriamente perguntar se o planeta é ainda sustentável ou ruma na direção de uma fenomenal tragédia.

Tomemos como advertência os dados publicados pelo Institute and Faculty of Actuaries da Exeter University (Reino Unido), conhecido por sua seriedade: aí se afirma: “com temperaturas 3°C acima dos níveis pré-industriais – a mortalidade humana poderá atingir a metade da humanidade, cerca de quatro bilhões de pessoas” não num futuro distante, mas em algumas décadas.

      Precisamos de um conceito  de sustentabilidade mais amplo do que aquele famoso do Relatório Brundland (1987) por se centrar só no ser humano e omitindo a natureza. Proponho um mais inclusivo:“Desenvolvimento sustentável é toda ação destinada a manter as condições energéticas, informacionais, físico-químicas que sustentam todos os seres, especialmente a Terra viva, a natureza e a vida humana, visando a sua continuidade e ainda a atender as necessidades da  geração presente  e das futuras de tal forma que o capital natural seja mantido e enriquecido em sua capacidade de regeneração, de reprodução, e de coevolução.

      Que fazer para garantir este tipo de sustentabilidade? Estou convencido de que as narrativas do passado já não nos apontam um futuro de esperança. Isso não significa que desistiremos  de melhorar a situação. O princípio esperança que arde dentro de nós, pode projetar utopias minimalistas que aliviam a vida e preservam a natureza. Para isso deve-se partir  debaixo, do  território, na qual se pode construir uma sustentabilidade no quadro  das condições ecológicas traçadas pela natureza, com suas florestas, seus rios, sua população com suas religiões  tradições.

     Depende de nós, se queremos mudar ou prosseguir no mesmo caminho. Chegou um momento em que não temos outra alternativa senão crer, confiar e esperar em nós mesmos. Temos que beber de nosso próprio poço. Nele estão os princípios e valores que, ativados nos poderão salvar.     Elenco alguns principais.

Em primeiro lugar  o cuidado. Sabemos pela reflexão antiga (mito do cuidado de Higino) e  pela moderna (Heidegger) que a essência do ser humano reside no cuidado, condição para viver e sobreviver. Se todos os elementos da evolução não tivessem entre si um cuidado sutil, não irromperia o ser humano. Como não possui nenhum órgão especializado, precisa do cuidado para viver e sobrevier. Da mesma forma a natureza se não for cuidada definha.

Em seguida, como os biólogos (Watson/Krick) mostraram o amor pertence ao DNA humano. Amar significa estabelecer uma relação de comunhão,de reciprocidade, com todas as coisas e implica criar um laço afetivo com elas.

Fundamental é o valor a solidariedade. A bioantropologia mostrou que a busca dos alimentos,  consumidos comunitariamente  permitiu o salto da animalidade para a humanidade O que foi verdadeiro outrora,  vale muito mais ainda nos sombrios dias atuais.

Somos também seres de compaixão: podemos nos colocar no lugar do outro, chorar com ele, partilhar suas angústias e nunca deixá-lo só. É uma das virtudes mais ausentes nos dias de hoje.

Ainda somos seres de criação: continuamente estamos inventando coisas para resolver nossos problemas. Hoje mais do que nunca a inovação é urgente se não queremos chegar atrasados na salvaguarda da vida e da natureza.

Somos, desde a mais alta ancestralidade,quando emergiu o cérebro límbico há 200 milhões de anos, seres de coração, de afeto e de sensibilidade. No coração sensível reside o enternecimento, a espiritualidade e a ética. Hoje mais do que nunca devemos unir mente e coração, racionalidade e sensibilidade, pois todo o edifício científico se construiu colocando sob suspeita a afetividade. Hoje é pela sensibilidade humanitária que condenamos o perverso genocídio, feito a céu aberto,na Faixa de Gaza de mais de 13 mil crianças inocentes e de mais de 60 mil civis.

Somos, no mais profundo de nossa humanidade, seres espirituais. A espiritualidade pertence à natureza humana, com o mesmo direito de cidadania que a inteligência, a vontade e a libido.Ela deve ser distinguida da religiosidade,embora possam se potenciar.Mas não necessariamente. A espiritualidade natural é mais originária. Ela é fontal. A religiosidade supõe e se alimenta da espiritualidade. A espiritualidade vive do amor incondicional, da solidariedade, da compaixão, do cuidado com os mais frágeis e  com a natureza. Mais ainda, como seres espirituais somos capazes de identificar aquela Energia vigorosa e amorosa que sustenta todas as coisas e o inteiro universo, com qual podemos reverentemente nos abrir. Ou integramos a espiritualidade natural, vivendo como irmãos e irmãs junto com a natureza ou então  nos condenamos a repetirmos o passado com todos os riscos que hoje ameaçam nossa existência.

Uma eco-civilização, fundada sobre tais valores e princípios, pode garantir a sustentabilidade da Casa Comum. Dentro dela se encontram os vários mundos culturais que podem e devem conviver pacificamente. Uma utopia? Sim, mas uma utopia necessária se ainda quisermos ter um futuro sustentável junto com a Mãe Terra.

Leonardo Boff escreveu O doloroso parto da Mãe Terra:uma sociedade de fraternidade e de amizade social, Vozes 2021.

L’educazione di fronte all’allarme ecologico

Leonardo Boff

Non importa quanti negazionisti ci siano, il fatto che la Terra e l’umanità siano cambiate non può essere contestato. Innanzitutto, si dà per scontato che un piccolo pianeta con beni e servizi (risorse) limitati come la Terra non possa supportare un progetto di sviluppo/crescita illimitato, il motore teorico e pratico che ha messo in moto tutta la modernità. È il conosciuto Earth Overshoot. La cinese Deep Seek, la più avanzata di tutte le piattaforme di IA e liberamente accessibile, ha annunciato “l’insostenibilità umana e l’obsolescenza storica del modello economico neoliberista occidentale”. Esso è destinato a scomparire, non importa quanto prolunghi l’agonia con violenze, aggressioni e guerre. Questo annuncio ha lasciato terrorizzati i proprietari delle Big Tech, che in un istante hanno perso complessivamente un trilione di dollari [in Borsa].

In altre parole: la Terra, considerata un super-organismo vivente, sentendosi sistematicamente aggredita dal modo in cui gli occidentali si sono rapportati con il pianeta e con la natura negli ultimi tre secoli, sfruttandole al massimo in vista di un accumulo illimitato di ricchezza materiale privata e ottenuta attraverso la più agguerrita competizione, reagisce con frequenza sempre maggiore. Invia segnali come un’ampia gamma di virus, di batteri, il più universale dei quali è il coronavirus, eventi estremi come gravi siccità, inondazioni devastanti, erosione della biodiversità e, ultimamente, estesi incendi, inaugurando, oltre agli attuali antropocene e necrocene, una nuova era geologica, forse la più pericolosa, il pirocene (l’era di pyros in greco, del fuoco).

Ma la reazione più sensibile e violenta di Gaia è il riscaldamento globale. Non stiamo andandogli incontro. Ci siamo già dentro. Non è stato rispettato quanto concordato nell’accordo di Parigi del 2015, ovvero ridurre il più possibile le emissioni di gas serra per non raggiungere +1,5 °C entro il 2030. La data è stata anticipata. L’anno 2024 è stato il più caldo nella storia conosciuta, raggiungendo una media di +1,55 ºC e in alcuni luoghi anche +2 ºC o di più. Gli scienziati lo riconoscono: la scienza è arrivata troppo tardi. Non è più possibile invertire questo riscaldamento. Al massimo può avvertire dell’arrivo di eventi estremi e mitigarne gli effetti dannosi. Non abbiamo più bisogno della scienza per fare questa constatazione: ovunque si verificano eventi estremi, che ci fanno capire che il pianeta Terra ha perso il suo equilibrio e ne sta cercando un altro. Questo clima più caldo potrebbe devastare gran parte della biosfera e decimare milioni di esseri umani che non sono in grado di adattarsi a un clima più caldo.

Come uscire da questa crisi planetaria? Non vediamo altra strada realistica che inaugurare un altro paradigma nella relazione con la natura e la Terra vivente: cercare di vivere quel valore presente in tutte le culture e al quale ho dedicato due libri: “La ricerca della giusta misura”, quanto estrarre dalla natura per la nostra sussistenza e quanto preservarla affinché possa rigenerarsi e continuare a offrirci ciò di cui abbiamo bisogno per vivere.

Se il paradigma dominante era quello del dominus, l’essere umano signore e padrone della natura, che non si sentiva parte di essa e che ci ha condotto all’attuale crisi sistemica, ora si impone ciò che il buon senso e la biologia stessa ci hanno insegnato: il frater (il fratello e la sorella). Tutti gli esseri viventi possiedono lo stesso codice genetico di base, come hanno dimostrato Watson e Krick negli anni ’50 quando individuarono la formula per la costruzione della vita, quello che ci rende oggettivamente fratelli e sorelle gli uni degli altri. Un simile paradigma avrebbe il potere di creare una consapevolezza collettiva del fatto che dobbiamo trattarci a vicenda, tra noi esseri umani e con tutti gli altri esseri in natura, come fratelli e sorelle. La cura, la cooperazione, la solidarietà, la compassione e l’amore costituirebbero le basi di questo nuovo modo di abitare il pianeta Terra. Eviteremmo i rischi dell’autodistruzione e creeremmo le condizioni per la continuità della nostra vita su questo pianeta. Altrimenti potremmo conoscere il cammino già percorso dai dinosauri, che 67 milioni di anni fa non riuscirono ad adattarsi ai cambiamenti della Terra e scomparvero per sempre.

È in questo contesto che è urgente arricchire l’educazione con il valore della cura, con l’etica della solidarietà, con il sentimento dell’amorevolezza verso tutti gli esseri e con l’iniziazione alla spiritualità naturale. Come affermava Hannah Arendt: possiamo informarci per tutta la vita senza mai educarci. Oggi dobbiamo educarci in modo adeguato ai cambiamenti in atto. Non si tratta di avere la testa piena di informazioni di ogni tipo, ma di avere una testa ben fatta. Educare non significa riempire un vaso vuoto, ma accendere una luce nella mente.

Come ci avverte la Carta della Terra: “come mai prima nella storia, il nostro destino comune ci chiama a un nuovo inizio. Ciò richiede una nuova mente e un nuovo cuore.” Vale a dire: assumere che la Terra sia viva e sia la nostra Grande Madre; riscattare i diritti del cuore: il legame d’amorevolezza verso tutti gli esseri e superare il loro uso utilitaristico poiché ognuno possiede un valore in sé. Arricchire la ragione intellettuale, così sviluppata nella modernità, con la sensibilità del cuore che ci fa sentire veramente fratelli e sorelle gli uni degli altri, con l’imperativo etico di proteggere e prenderci cura del sacro patrimonio che è la Terra, nostra unica Casa Comune.

Tra gli altri valori, vorrei enfatizzarne uno normalmente dimenticato: il recupero della spiritualità naturale. Non si tratta di una derivazione delle religioni, ma piuttosto di una fonte che attinge a sé stessa, che è la più originale. La spiritualità naturale appartiene alla natura umana come l’intelligenza, la volontà, il potere e la libido. L’intelligenza naturale si esprime attraverso l’amore che non esclude nessuno, attraverso la solidarietà, attraverso il legame affettivo con tutti gli esseri, attraverso la compassione verso coloro che soffrono. Questa spiritualità deve essere presente nella scuola, fin dalla prima infanzia. In questo modo non si formeranno consumatori e utilizzatori di mezzi tecnologici, ma cittadini consapevoli, critici, sensibili e profondamente umanitari.

Leonardo Boff teologo, filosofo, scrittore e ha scritto: A busca pela justa medida: o pescador ambicioso e o peixe encantado, Vozes 2022.

(traduzione dal portoghese di Gianni Alioti)