Natale: saremo giudicati da un bambino

Leonardo Boff

Non è facile celebrare il Natale, la nascita del Dio-bambino quando ci troviamo di fronte al genocidio di migliaia di creature nella Striscia di Gaza, ad opera di un moderno Erode crudele e insensibile. Loro potrebbero benissimo essere i parenti di questo Dio-bambino. E tuttavia, non possiamo fare a meno di coltivare nel Natale una gioia discreta, in ragione del messaggio molto umano e consolante che ci comunica.

Chi lo ha visto più e meglio di qualsiasi predicatore o teologo è stato il poeta portoghese Fernando Pessoa, con contenuti toccanti. Ha scritto questi versi che scendono nel profondo della nostra anima:

Egli è l’eterno bambino, il Dio che mancava.

Egli è l’umano che è naturale,

Egli è il divino che sorride e gioca.

Ed è per questo che io so con ogni certezza

che egli è il vero Gesù Bambino.

E il bambino così umano da essere divino

E stiamo così bene l’uno con laltro

in compagnia di tutto

che mai pensiamo l’uno allaltro

ma viviamo uniti tutti e due

con un intimo accordo

come la mano destra e la mano sinistra.

Quando io morirò, figlioletto

che possa essere io il bambino, il più piccolo.

Prendimi tu in braccio

e portami dentro la tua casa.

Spoglia il mio essere stanco e umano

e coricami nel tuo letto.

E raccontami storie, casomai mi svegliassi,

per farmi riaddormentare.

E dammi i tuoi sogni perché io ci giochi

finché non spunti un qualche giorno

che tu sai quale sia.

Questo eterno Bambino non è venuto per divinizzare l’essere umano, ma per umanizzare un Dio che nessuno ha mai visto, come attestano tutte le Scritture. Ma nella realtà di questo bambino che piange e ride, che bagna i pannolini e cerca affamato il seno di sua madre, Dio si è mostrato. Non come un vecchio con la bava e la faccia severa, come qualcuno che scruta tutto nella nostra vita per giudicarci. Il Natale ci assicura: Dio è un bambino. Che gioia sapere che saremo giudicati e accolti da un bambino! Lui non vuole giudicare nessuno. Vuole solo essere amato e accolto.

Dal presepe ci arriva una voce che ci sussurra:

O creatura umana, non aver paura di Dio! Non vedi che tua madre ha fasciato il tuo fragile corpicino? Un bambino non minaccia nessuno. Né condanna nessuno. Più che aiutare, ha bisogno di essere aiutato e portato in braccio.

Il presepe con Gesù bambino tremante dal freddo ci porta una lezione che quasi sempre dimentichiamo: i poverelli sono stati i prescelti per essere i primi ad accogliere Dio quando Egli volle entrare nel nostro mondo. Furono i pastori, nell’epoca, disprezzati e considerati poveri. C’è un privilegio dei poveri: Gesù ha voluto essere uno di loro. Questo fatto dà una dignità unica ai poveri. Per questo Gesù dirà più tardi: «tutto ciò che avete fatto o non avete fatto a questi miei fratelli e sorelle più piccoli, affamati, assetati, carcerati e nudi, l’avete fatto o non l’avete fatto a me». Non c’è offesa più grande che disprezzare un povero, non vedere i suoi occhi imploranti di fame e ancor più di tenerezza e dignità. Ricordiamolo: nel momento supremo della storia, sono loro che ci giudicheranno e decideranno il nostro destino.

Pertanto, che in questo Natale siano presenti loro nella nostra mente, quelli della Striscia di Gaza, affamati e assetati, senza sapere come nascondersi dalle bombe che distruggono tutto, e quelli minacciati dai sicari assoldati nella Siria recentemente conquistata.

Nel giorno di Natale, guardiamoci gli uni con gli altri con occhi di bontà e di fraternità. Guardiamo in profondità il nostro prossimo e ricordiamoci che è fratello di Gesù e nostro fratello e nostra sorella.

Abbracciamo i nostri figli e le nostre figlie come se abbracciassimo Gesù bambino.

Dopo che Dio è diventato uno di noi, nessuno ha più motivo di restare triste e disperato. Ora il diritto appartiene alla gioia e all’amore.

Leonardo Boff ha scritto O sol da esperança: Natal, histórias, poesias e símbolos, Mardeidéias 2007

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(traduzione dal portoghese di Gianni Alioti)

¿Hay lugar todavía para la esperanza?

Leonardo Boff*

Considerando las declaraciones del Secretario General de  la ONU, António Gutérrez, vemos que en todos los grandes encuentros con autoridades estatales y empresarios, los tonos sombríos de sus advertencias se van agravando cada vez más: llama la atención acerca de que o asumimos todos nuestra responsabilidad común frente a la degradación ecológica del planeta o si no conoceremos un suicidio colectivo.

Sus palabras tienen un peso especial pues, por su función en un organismo mundial, acompaña el día a día del curso del mundo y la gravedad de los problemas. Se da cuenta, con clara conciencia, de que como colectividad no estamos haciendo lo suficiente ni lo necesario para enfrentar los cambios que están ocurriendo en el planeta Tierra. Como nunca antes en la historia, el destino está en nuestras manos. No es que la Tierra se vaya a acabar. Podrá acabar o ser letalmente afectado el mayor milagro de la evolución, la vida en su inmensa diversidad, incluida la nuestra. La vida visible, así como la conocemos, corre peligro de desaparecer, tal como ocurrió en las extinciones del pasado cuando el 75-90% de la carga biótica desapareció. Pero nosotros no estábamos allí. Solo millones de años después entramos en el escenario de la historia evolutiva. Ahora la crisis es planetaria. Estamos profundamente inmersos en la extinción en masa de organismos vivos, incluidos nosotros. Se habla de una nueva era geológica, el antropoceno, el necroceno y, finalmente, el piroceno.

A mí me impresionan los testimonios de dos figuras de la mayor seriedad científica. El primero es de Max Weber (1864-1920) poco tiempo antes de su muerte. Eximio conocedor de cómo funcionan las sociedades, al enfrentarse al conjunto de su obra y con algunas intuiciones del marxismo (en fin), nos advirtió:

“Lo que nos aguarda no es el florecimiento del otoño, nos aguarda una noche polar, gélida, sombría y ardua (Le Savant et le Politique, Paris 1990, p. 194). Él acuñó la expresión fuerte que alcanza el corazón del capitalismo: éste está encerrado en una “jaula de hierro” (Stahlhartes Gehäuse) que no consigue romper y, por eso, nos puede llevar a una gran catástrofe (cf. el pertinente análisis de M.Löwy, La jaula de hierro: Max Weber y el marxismo weberiano, México 2017).

El otro testimonio nos viene de uno de los mayores historiadores del siglo XX, Eric Hobsbawn (1917-2012) en su conocido libro-síntesis La Era de los Extremos (1994). Concluyendo sus reflexiones pondera:

«El futuro no puede ser la continuación del pasado… Nuestro mundo corre peligro de explosionar e implosionar… No sabemos hacia dónde  vamos. Sin embargo una cosa está clara: si la humanidad quiere tener un futuro que valga la pena, no puede ser prolongando el pasado o el presente. Si intentamos construir el tercer milenio sobre esta base, vamos a fracasar. Y el precio del fracaso o sea, la alternativa al cambio de la sociedad es la oscuridad» (p.562). No estamos realizando ningún cambio paradigmático de la sociedad.

Convengamos: tales juicios de personas altamente responsables deben ser escuchados. Con acierto afirmó el Papa Francisco en su encíclica dirigida a toda la humanidad y no solo a los cristianos Sobre el cuidado de la Casa Común (2015): «Las previsiones catastrofistas ya no se pueden mirar con desprecio e ironía. Podemos dejar demasiadas ruinas, desiertos y basura a las próximas generaciones… nuestro actual destino de vida, por ser insostenible, puede desembocar en catástrofes» (n.161). En la encíclica Fratelli tutti (2020) radicaliza su advertencia al afirmar:«estamos todos en el mismo barco; o nos salvamos todos o no se salva nadie» (n.34). Y no hay un barco paralelo al que saltar y salvarnos.

En este contexto siniestro han sido elaborados, entre otros menores, tres documentos que buscan, en medio de la oscuridad, infundirnos una luz de esperanza: La Carta de la Tierra (2000), las encíclicas del Papa Francisco Sobre el cuidado de la Casa Común (2015) y la Fratelli tutti (2020).

La Carta de la Tierra, fruto de una amplia consulta mundial sobre valores y principios capaces de garantizarnos la vida en el futuro, afirma con esperanza: «Nuestros desafíos ambientales, económicos, políticos, sociales y espirituales está interligados y juntos podemos forjar soluciones incluyentes (Preámbulo d). Y apunta caminos y medios de salvación. En la encíclica Sobre el cuidado de la Casa Común el Papa nos recuerda que somos Tierra (n.2), con el imperativo ético de escuchar simultáneamente el grito de la Tierra y el grito del pobre (n.49); nuestra obligación es comprometernos en la preservación y en la  regeneración del planeta, pues «todo está relacionado y todos nosotros, seres humanos, caminamos juntos como hermanos y hermanas en una peregrinación maravillosa que nos une también con tierno afecto al hermano sol, a la hermana luna, al hermano río y a la Madre Tierra» (n,92). Nuestra misión es guardar y cuidar esta herencia sagrada, hoy  amenazada.

En la encíclica Fratelli tutti seconfrontan dos paradigmas, el del dominus (dueño) con el del frater (hermano/hermana). Por el dominus, el ser humano se considera fuera y encima de la naturaleza, como dueño yseñor de ella; usando el poder de la tecnociencia ha hecho más cómoda la vida, pero al mismo tiempo, ha llevado a la crisis actual devastadora de los ecosistemas y al principio de autodestrucción con armas capaces de liquidar la vida en la Tierra. Frente  a este paradigma el Papa presenta en el de la fraternidad universal de todos nosotros seres humanos, hermanos y hermanas, coma junto con todos los seres de la naturaleza creados por la Madre Tierra y en medio de ella, cuidándola y garantizando su regeneración y perpetuidad en beneficio de las generaciones presentes y futuras. Esa fraternidad universal se construye de forma sostenible desde el territorio (biorregionalismo), por lo tanto de abajo hacia arriba, garantizando algo nuevo y alternativo al sistema dominante que desde arriba impone una doble injusticia, contra la naturaleza, devastándola y contra los seres humanos, relegándolos en su gran mayoría a la pobreza y la miseria.

¿Esto garantiza un lugar para la esperanza? Es lo que creemos y esperamos. Pero el hecho doloroso es que, como decía Hegel (1770-1831), aprendemos de la historia que no aprendemos nada de la historia, pero aprendemos todo del sufrimiento. Prefiero la sabiduría del africano San Agustín (354-430): la vida nos da dos lecciones, una dura, la del sufrimiento, y otra agraciada, la del amor que nos lleva a realizar actos creativos e inusitados. Probablemente vamos a aprender del sufrimiento que vendrá, pero mucho más del amor que “mueve  el cielo y todas las estrellas” (Dante Alignieri) y nuestros corazones. La esperanza no nos defraudará, así nos lo prometió San Pablo (Rom 5,5)

*Leonardo Boff ha escrito Habitar la Tierra, Vozes 2023; El doloroso parto de la Madre Tierra, Vozes 2021.

Traducido por María José Gavito Milano

      Seremos julgados por uma criança

Leonardo Boff

         Não é facil celebrar o Natal, o nascimento do menino-Deus quando nos deparamos com o genocídio de milhares de crianças na Faixa de  Gaza, por um Herodes moderno cruel e insensível. Elas bem poderiam ser os parentes deste menino-Deus.  E contudo, não podemos deixar de cutivar discreta alegria no Natal em razão da mensagem tão humana e consoladora que ela nos comunica.

         Que viu isto mais e melhor que qualquer pregador ou teólogo foi o poeta português Fernando Pessoa, com conteúdo enternecedor. Escreveu estes versos que nos vão ao profundo da alma:

         Ele é a Eterna Criança, o Deus que faltava.

         Ele é o humano que é natural,     

         Ele é o divino que sorri e que brinca.

         É por isso que eu sei com toda a certeza

         Que ele é o Menino Jesus verdadeiro.

         É a criança tão humana que é divina.

Damo-nos tão bem um com o outro

Na companhia de tudo

Que nunca pensamos um no outro.

Mas vivemos juntos os dois

Com um acordo íntimo

Como a mão direita e a esquerda

         Quando eu morrer, filhinho,

         Seja eu a criança, o mais pequeno.

         Pega-me tu ao colo

         E leva-me para dentro de tua casa.

         Despe meu ser cansado e humano

         E deita-me na tua cama.

E conta-me histórias caso eu acorde,

Para eu tornar a adormecer.

E dá-me sonhos teus para eu brincar

Até que nasça qualquer dia

Que tu sabes qual é.

Essa eterna Criança não veio para divinizar o ser humano mas para humanizar Deus que ninguém jamais viu, como atestestam todas as Escrituras. Mas na realidade deste menino que chora e ri, que molha as fraldas e busca faminto o seio materno Deus mostrou-se a si mesmo. Não como um ancião de babas e rosto severo como quem pescruta tudo de nossas vidas para nos julgar. O Natal nos assegura: Deus é criança. Que alegria sabermos que seremos julgados e acolhidos por uma criança! Ela não quer julgar ninguém. Quer amar nosso amor e nossa acolhida.

Do presépio nos vem uma voz que nos fala:

         Oh criatura humana, não tenhas medo de Deus! Não vês que sua mãe enfaixou seu corpinho frágil? Uma criança não ameaça ninguém. Nem condena ninguém. Mais que ajudar, ela precisa ser ajudada e carregada no colo.

         O presépio com o menino Jesus tiritando de frio nos traz uma lição que quase sempre esquecemos: os pobrezinhos foram os escolhidos para serem os primeiros a acolherem Deus quando Ele quis entrar em nosso mundo. Foram os pastores, desprezados e tidos como obres.Há um privilégio do pobres: Jesus quis ser um deles. Este fato confere uma dignidade única aos pobres. Por isso, Jesus mais tarde irá dizer: “o que fizerdes ou deixastes de fazer a esses meus irmãos e irmãs menores, os faminintos, os sedentos, os encarcerados e nus, foi a mim que o fizestes ou deixastes de fazer”.  Não há ofensa maior que desprezar um pobre, não ver seus olhos suplicantes de fome e mais de ternura e de dignidade. Lembremos: no momento supremo da história, são eles que nos vão julgar e vão decidir nosso destino.

         Portanto, que neste Natal eles estejam presentes em nossa mente, aqueles da Faixa de Gaza, famintos e sedentos não sabendo como se esconder das bombas que tudo destroem e  os ameaçados pelos matadores de aluguel na Síria recém conquistada.

         No dia do Natal, olhemos uns para os outros com olhos de bondade e de fraternidade. Olhemos fundo o nosso próximo e lembremo-nos que ele é um irmão de Jesus e um irmão nosso  e uma irmã nossa.

         Abracemos nossos filhos e filhas como se fôssemos abraçar o menino Jesus.

         Depois que Deus se fez um de nós, ninguém tem mais motivos para ficar triste e desesperado. Agora o direito cabe à alegria e ao amor.

         Leonardo Boff escreveu  O sol da esperança: Natal, histórias, poesias e símbolos,2007.Pode ser adquirido por esse e-mail: contanto@leonardoboff.eco.br ; o preço é módico e quem o solicitar  será enviado pelo correio.

Ainda há lugar para a esperança?

   Leonardo Boff

Considerando os pronunciamentos do Secretário Geral da ONU, António Gutérrez, percebemos que em todos os grandes encontros com autoridades estatais e empresários, está mais e mais agravando os tons sombrios de suas advertências: chama atenção de que ou assumimos todos a nossa responsabilidade comum, face à degradação ecológica do planeta ou então conheceremos um suicídio coletivo.

Suas palavras carregam especial peso pois, por sua função diante de um organismo mundial, acompanha o dia a dia do curso do mundo e a gravidade dos problemas. Dá-se conta,com clara consciência, de que não estamos, como coletividade, fazendo o suficiente e o necessário para enfrentarmos as mudanças que estão ocorrendo no planeta Terra. Como nunca antes na história, o destino está em nossas mãos. Não que a Terra vai acabar. Poderá acabar ou ser letalmente afetado o milagre maior da evolução, a vida em sua imensa diversidade, a nossa incluída. A vida visível, assim como a conhecemos, corre risco de desaparecer, à semelhança das grandes dizimações do passado quando entre 75-90% da carga biótica desapareceu. Mas nós não estávamos lá. Somente milhões de anos após entramos no cenário da história evolutiva. Agora a crise é planetária. Estamos profundamente metidos na extinção em massa de organismos vivos, nós incluídos. Fala-se de uma nova era geológica, a do antropoceno, do necroceno e, por fim, do piroceno.

A mim impressionam os testemunhos de duas figuras da maior seriedade científica. O primeiro é de Max Weber (1864-1920) pouco tempo antes de sua morte. Exímio conhecedor de como funcionam as sociedades, por fim, ao confrontar-se com o conjunto de sua obra e com algumas intuições do marxismo (em fim), nos advertiu:

O que nos aguarda não é o florescimento do outono, nos aguarda uma noite polar, gélida, sombria e árdua (Le Savant et le Politique, Paris 1990, p. 194). Ele cunhou a expressão forte que atinge o coração do capitalismo: ele esta encerrado numa”jaula de ferro”(Stahlhartes Gehäuse) que ele mesmo não consegue romper e, por isso, nos pode levar a uma grande catástrofe (cf.a pertinente análise de M.Löwy, La jaula de hierro: Max Weber y el marxismo weberiana, México 2017).

O outro testemunho nos vem de um dos maiores historiadores do século XX, Eric Hobsbawn (1917-2012) em seu conhecido livro-síntese “A Era dos Extremos”(1994). Concluindo suas reflexões pondera:

O futuro não pode ser a continuação do passado…Nosso mundo corre o risco de explosão e implosão…Não sabemos para onde estamos indo. Contudo uma coisa é clara. Se a humanidade quer ter um futro que vale a pena, não pode ser pelo prolongmento do passado ou do presente. Se tentarmos construir o terceiro milênio sobre esta base, vamos fracassar. E o preço do fracasso ou seja, a alternativa para a mudança da sociedade é a escuridão”(p.562). Não estamos operando nenhuma mudança paradigmática da sociedade. Para onde vamos?

Convenhamos: tais juízos de pessoas altamente responsáveis devem ser ouvidas.Com acerto asseverou Papa Francisco em sua encíclica dirigida a toda a humanidade e não só aos cristãos, Sobre o cuidado  da Casa Comum (2015):”As previsões catastróficas já não se podem olhar com desprezo e ironia. Às próximas gerações,poderemos deixar demasiadas ruínas, desertos e lixo…nosso estilo de vida atual,por ser insustentável,pode desembocar em catástrofes”(n.161). Na encíclica Fratelli tutti (2020) radicaliza sua advertência ao afirmar:”estamos todos no mesmo barco; ou nos salvamos todos ou ninguém se salva”(n.34). E não há um barco paralelo parao qual pular e nos salvar.

Neste contexto sinistro foram elaborados, entre outros menores, três documentos que procuram, no meio da obscuridade, nos infundir uma luz de esperança: a Carta da Terra (2000), as encíclicas do Papa Francisco Sobre o cuidado da Casa Comum (2015) e a outra Fratelli tutti  (2020).

A Carta da Terra, fruto de uma ampla consulta mundial, sobre valores e princípios,capazes de nos garantir a vida no futuro, afirma com esperança:”Nossos desafios ambientais, econômicos, políticos,sociais e espirituais estão interligados e juntos podemos forjar soluções includentes (Preâmbulo d).E aponta caminhos e meios de salvamento.A encíclica Sobre o cuidado da Casa Comum o Papa nos lembra que somos Terra (n.2), com o imperativo ético de ouvir simultanemente o grito da Terra e o grito do pobre (n.49); nossa obrigação é  comprometermo-nos na preservação e na regenaração do planeta, pois “tudo está relacionado e todos nós, seres humanos, caminhamos juntos como irmãos e irmãs numa peregrinação maravilhosa que nos une também com terna afeição ao irmão sol,à irmã lua, ao irmão rio e à Mãe Terra”(n,92). Nossa missão é guardar e cuidar desta herança sagrada, hoje ameaçada.

Na encíclica Fratelli tutti confronta dois paradigmas,o do dominus (dono) com o do frater (irmão/irmã). Pelo dominus,o ser humano, se entende fora e acima da natureza, como senhor e dono dela;usando o poder da tecno-ciência tornou mais confortável a vida, mas ao mesmo tempo, levou à atual crise devastadora dos ecossistemas e ao princípio de autodestruição com armas, capazes de liquidar a vida na Terra. A este paradigma o Papa apresenta na encíclica Fratelli tutti,  o da fraternidade universal: com todos os seres da natureza, criados pela Mãe Terra e entre nós seres humanos, irmãos e irmãs junto com  os da natureza e no meio dela, cuidando-a e garantido sua regeneração e perpetuidade em benefício das presentes e futuras gerações. Essa fraternidade universal se constrói de forma sustentável a partir do território (bioregionalismo), portanto, debaixo para cima, garantindo algo novo e alternativo ao sistema dominante que, a partir de cima, impõe uma dupla injustiça, contra a natureza devastando-a e contra os seres humanos, relegando-os em sua grande maioria na pobreza e na miséria.

Isso garante um lugar para a esperança? É o que cremos e esperamos. Mas o fato doloroso é que, como dizia Hegel (1770-1831), aprendemos da história que não aprendemos nada da história, mas aprendemos tudo do sofrimento. Prefiro a sabedoria do africano Santo Agostinho (354-430): a vida nos dá duas lições: uma severa, do sofrimento e outra agraciada, do amor que nos leva fazer atos criativos e inusitados. Provavelmente iremos aprender do sofrimento que virá, mas muito mais do amor que “move o céu e todas as estrelas”(Dante Alignieri) e nossos corações. A esperança não nos defraudará, nos rometeu São Paulo (Rom 5,5).

Leonardo Boff escreveu Habitar a Terra, Vozes 2023; O doloroso parto da Mãe Terra, Vozes 2021.