La planetización de la humanidad frente al “Maga” de Trump

Leonardo Boff*

Nuestros antepasados (homínidos) irrumpieron en el proceso de la evolución hace unos 7-8 millones de años. El actual homo sapiens, portador de conciencia refleja, de inteligencia, de capacidad de amor y de lenguaje, del cual descendemos nosotros, surgió hace solo 200 mil años. Antes, vivió en África durante varios millones de años. Allí se elaboraron las estructuras antropológicas básicas que constituyen nuestra humanidad. Por eso, todos somos de alguna forma africanos. Después comenzó la gran dispersión por el vasto mundo hasta ocupar todos los espacios terrestres. Ahora se ha iniciado el gran camino de vuelta para encontrarnos todos en la misma Casa Común, el planeta Tierra. Se ha inaugurado la nueva fase de la humanidad y de la Tierra, la fase planetaria, que otros llaman globalización. Solo en 1521, cuando Fernando de Magallanes y sus marineros hicieron la circunnavegación marítima de la Tierra, entró en la conciencia colectiva que la Tierra es redonda y puede ser recorrida desde cualquier lugar. Las potencias de la época, Portugal y España comenzaron su ocupación/invasión de Africa, de Abya Yala y de partes de Asia. Fueron los primeros pasos de la planetización.

         Esa planetización fue creciendo y hoy se presenta bajo muchas formas. Se habla de la globalización económico-tiranosáurica, la globalización humano-social y la globalización ecozoico-espiritual. La predominante es la económico-financiera, que llamaría fase dinosáurica, porque se concreta en una forma voraz que nos hace pensar en los dinosaurios, pues oprime a los seres humanos y devora la naturaleza. En realidad se trata de la occidentalización del mundo, de sus valores como la democracia, los derechos humanos, la ciencia y la tecnología, y también de sus defectos, como la voluntad de dominación, su espíritu beligerante, su individualismo (Serge Latouche A ocidentalização do mundo,Vozes 1994).

         El ser humano nunca ha vivido solitario. El pensador alemán Norbert Elias vio la socialidad en las “unidades de subsistencia” (O processo de civilização,1959) cuya función era proteger al grupo de los riesgos existenciales y al mismo tiempo imponer control a la violencia, dentro del grupo y contra grupos externos. La convivencia solidaria y el control de la violencia están en la base de cualquier sociedad y civilización.

         Estas “unidades de subsistencia” se desarrollaron históricamente en ciudades, metrópolis y actualmente en megacorporaciones y potencias con un poder económico fantástico y un poder militar con capacidad de destruir toda la vida con sus armas nucleares, químicas y biológicas. Los estudiosos llegan a ver en la letalidad de las armas nucleares una curiosa función civilizatoria, en el sentido de evitar la guerra, que sería final. “Su utilidad sería su no-empleo” pues evitaría la “Destrucción mutuamente asegurada” (Mutually Assured Destrucion), enpalabras de Stephen Mennel, en Mike Featherstone (org,), Cultura global, Vozes 1994, p.389).        

         El hecho nuevo de estar todos dentro de la misma Casa Común requiere una instancia plural de hombres y mujeres, que represente a todos los pueblos e intereses, para reflexionar sobre el destino de la humanidad y, sobre todo, para encontrar soluciones globales a problemas globales como la Covid-19, el calentamiento creciente de la Tierra y la devastación de la biodiversidad.

         Actualmente vivimos una paradoja: por un lado, se verifican por todos los medios las interrelaciones técnicas, económicas, políticas y culturales de la planetización, el descubrimiento de la única Casa Común como un hecho irreversible y, por otro, se preservan las soberanías nacionales, obsoletas en sí mismas, con guerras altamente letales para garantizar los límites de determinadas naciones. No se ha formado la conciencia colectiva de que somos ciudadanos planetarios y que “Mi Patria es la Tierra”. Aquí reside el real peligro del mantra del presidente Donald Trump: “Hacer América grande de nuevo” (MAGA) o el aforismo “America first” “América primero”, que pensándolo es: “Solo América”.

         Si la más poderosa potencia económica, científico-técnica y militar se aisla y no asume junto con todas las demás su responsabilidad ante los graves peligros que pesan sobre la vida y la humanidad, podremos ver realizadas las duras palabras pronunciadas recientemente por el Secretario General de la ONU António Guterres: “O actuamos colectivamente o conoceremos el suicidio colectivo”. Bien observó Edgar Morin a sus 93 años: “Sería necesaria una escalada súbita y terrible del peligro, que sucediera una catástrofe que produjera la descarga eléctrica que necesitamos para la toma de conciencia y de decisiones” (Sociedade-mundo ou império en Política Externa vol 1 de 2022 p. 85). Trump y nuestro Inelegible son notorios negacionistas que, según N.Chomsky, en un museo del mal “deberían tener una sala especial” (Como parar o relógio do Juízo Final?, Editora ICL 2023, p.22).

         En el momento actual nos enfrentamos a este dilema: o fundamos una paz perenne entre todos y con la comunidad de vida o podríamos conocer un holocausto nuclear, consecuencia del negacionismo y de la irresponsabilidad. Cuando las potencias se disputan la hegemonía, en este caso USA, Rusia y China, dicen los estudiosos que generalmente terminan en guerra. Si fuera nuclear podrá ser la guerra terminal.

         Hago mías las palabras del astronauta Sigmund Jähn al regresar a la Tierra, “Ya han sido traspasadas las fronteras políticas, traspasadas también las fronteras de las naciones. Somos un único pueblo y cada uno es responsable de mantener el frágil equilibrio de la Tierra. Somos sus guardianes y debemos cuidar nuestro futuro común”.

*Leonardo Boff ha escrito Cuidar la Tierra: cómo evitar el fin del mundo, Vozes 2023.

Traducción de Maria Jose Gavito

A planetização da humanidade contra o “Mega” de Trump

Leonardo Boff

         Nossos ancestrais (hominídios) irromperam no processo da evolução há cerca de 7-8 milhões de anos. O atual homo sapiens, portador de consciência reflexa, de inteligência, de capacidade de amor e de linguagem, do qual nós descendemos, surgiu apenas há 200 mil anos. Antes, por vários  milhões de anos viveu na África. Lá se elaboraram nossas estruturas antropológicas básicas que constituem nossa humanidade. Por isso, todos somos de alguma forma africanos. Depois começou a grande dispersão pela vasto mundo até ocupar todos os espaços terrestres.Agora se iniciou a grande caminho de volta para todos se encontraram na mesma Casa Comum, o planeta Terra. Inaugurou-se nova fase da humanidade e da Terra,a fase planetária que outros chamam de globalização. Só em 1521 quando Fernão de Magalhães e seu marinheiros fizeram a circunavegação marítima,entrou na consciência coletiva de que a Terra é redonda e que podia ser alcançada de qualquer lugar.As potências da época, Portugal e Espanha começaram a sua ocupação/invasão de Africa, de Abya Yala e de porções da Ásia. Foram os primeiros passos da planetização.

         Essa planetização foi crescendo se apresenta hoje sob muitas formas. Fala-se da globalização econômico-tiranossáurica, a globalização humano-social e a globalização ecozóico-espiritual. A predominante é a econômico-financeira que chamaria de a fase dinossáurica, pois se concretiza de forma voraz que nos faz pensar nos dinossauros, pois oprime aos seres humanos e devora a natureza.Na verdade, trata-se da ocidentalização do mundo, de seus valores como a democracia, os direitos humanos, a ciência e tecnologia e também seus defeitos como a vontade dominação, seu espírito beligerante, seu individualismo (Serge Latouche A ocidentalização do mundo,Vozes 1994).

         Nunca o ser humano viveu solitário. O pensador alemão Norbert Elias viu a socialidade nas “unidades de subsistência”(O processo de civilização,1959) cuja função era garantir  o grupo dos riscos existenciais e ao mesmo tempo impor controle à violência seja interna ao grupo e contra grupos externos.Convivência solidária e controle da violência estão na base de qualquer sociedade e civilização.

         Estas “unidades de subsistência” se desenvolveram historicamente em cidades, metrópoles e nos dias de hoje em megacorporações e potências com poder econômico fantástico e um poder militar com capacidade de destruir toda a vida com suas armas nucleares, químicas e biológicas. Estudiosos chegam a ver na letalidade das armas nucleares uma curiosa função civilizatória no sentido da preservação da guerra que seria final. “Sua utilidade seria no seu não-emprego” pois evitaria a “Destruição mutuamente Assegurada”(Mutually Assured Destrucion)nas palavras de Stephen Mennel, em (Mike Featherstone(org,),Cultura global,Vozes 1994,p.389).        

A questão urgente ainda não realizada é a constituição de uma governança democrática planetária. O fato novo de todos estarem dentro da mesma Casa Comum, demanda uma instância plural de homens e mulheres,representantes de todos povos e interesses para pensaram o destino da humanidade e principalmente encontrarem soluções globais para problemas globais como o Covid-19, o atual do aquecimento crescente da Terra e a devastação da biodiversidade.

         Atualmente vive-se um paradoxo: por um lado verifica-se por todos os meios os inter-relacionamentos técnicos, econômicos, políticos e culturais da planetização, a descoberta da única Casa Comum, como um dado irreversível e, por outro, a preservação das soberanias nacionais, em si obsoletas  com guerras altamente letais para garantir os limites de determinadas nações. Não se formou a consciência coletiva que somos cidadãos planetários e que “Minha Pátria é a Terra”. Aqui reside o real perigo do mantra do Presidente Donald Trump:”Faça a América Grande Novamente”(MEGA) ou o aforismo “America first” “a América em primeiro lugar” mas que pensado é:”Só a América”. Se a mais poderosa potência econômica, tecno-científica e militar se isolar e não assumir sua responsabilidade para enfrentar os graves riscos que pesam sobre a vida e a humanidade,  juntos com todos os outros, poderemos ver realizadas as severas palavras ditas recentemente pelo Secretário Geral da ONU António Gutérrez:” Ou faremos uma ação coletiva ou então conheceremos o suicídio coletivo”. Bem observou Edgar Morin com seus 93 anos:”Seria preciso uma escalada súbita e terrível de perigo, e a chegada de uma catástrofe para constituir o choque elétrico necessário às tomadas de consciência e de decisão”(Sociedade-mundo ou império em Política Externa vol 1 de 2022 p. 85). Trump e o nosso Inelegível são notórios negacionistas que segundo N.Chomsky, num museu do mal “deveriam ter uma sala especial”(Como parar o relógio do Juízo Final?Editora ICL 2023 p.22).

         No atual momento somos confrontados com esse dilema:ou fundamos uma paz perene entre todos e com a comunidade de vida ou então poderemos conhecer um holocausto nuclear, consequência do negacionismo e de nossa irresponsabilidade.

Faço minhas as palavras do astronauta Sigmund Jähn, ao regressar à Terra, “Já são ultrapassadas as fronteiras políticas, ultrapassadas também as fronteiras das nações. Somos um único povo e cada um é responsável pela manutenção do frágil equilíbrio da Terra. Somos seus guardiães e devemos cuidar de nosso  futuro comum”.

Leonardo Boff escreveu Cuidar da Terra: como evitar o fim do mundo,Vozes 2023.

Meine Heimat ist die Erde: die vielversprechende Utopie

Leonardo Boff                                      

Wir leben heute in dystopischen Zeiten, denen es an utopischer Inspiration fehlt. Die großen Utopien der Vergangenheit haben ihre Versprechen nicht eingelöst: die der Aufklärung, Bildung für alle; die des Kapitalismus, jeder kann reich werden; die des Sozialismus, Gleichheit für alle; die des Kommunismus, eine klassenlose Gesellschaft; die der Postmoderne, es gibt keine universellen Erzählungen, jeder wählt seine eigene. Tatsache ist, dass keine Gesellschaft, wie uns Anthropologen und Soziologen versichern, ohne eine Utopie lebt, d. h. eine starke Idee, einen inspirierenden Traum, der dem Leben der Menschen, der Gesellschaft und der Geschichte einen Sinn gibt.

Der irische Schriftsteller Oscar Wilde sagte einmal: „Eine Weltkarte, die keine Utopie enthält, ist es nicht wert, betrachtet zu werden, denn sie ignoriert das einzige Gebiet, in dem die Menschheit immer andockt und dann zu einem noch besseren Land aufbricht.“

Aber der utopische Traum stirbt nie, denn er ist die Essenz des menschlichen Wesens, das Prinzip Hoffnung (Ernst Bloch), immer auf dem Weg zu sein. Er ist vollständig, aber unvollkommen, weil er immer danach strebt, sein Menschsein zu verbessern. Die Utopie von Pierre Teilhard de Chardin in den 1930er Jahren, der Einbruch der Noosphäre, in der Herz und Verstand der Menschheit glücklich zusammenfließen würden, ist sehr wahr. Auch die Utopie, die sich an der Basis verbreitet: „Die Seele hat keine Grenzen, kein Leben ist fremd“. Oder die Utopie, die sogar das Fernsehen verbreitet hat: „Meine Heimat ist die Erde“ – eine wahre Utopie.

Zwei tragfähige Utopien wurden vorgeschlagen, die der Erd-Charta (2000) mit ihrer Ethik der Sorge für alle Lebewesen und die von Papst Franziskus mit seiner integralen Ökologie, „Sorge um das Gemeinsame Haus“ (2015), in der er die Beziehung aller mit allen, „mit der Sonne und dem Mond, mit der Zeder und dem Sperling“ (Nr. 86) und der „universellen Geschwisterlichkeit“ zwischen den Menschen und mit allen Lebewesen in der Natur (Fratelli tutti 2015) bekräftigt, weil alle von Mutter Erde hervorgebracht wurden und denselben genetischen Grundcode haben.

Ich möchte die radikale Utopie von Robert Müller, 40 Jahre lang hoher UN-Beamter und erster Rektor der Universität des Friedens in Costa Rica, vorstellen, die uns zur biblischen Utopie eines „neuen Himmels und einer neuen Erde“ zurückführt. Er entwarf eine Neue Genesis (vgl. O nascimento de uma civilização global, Aquarius, São Paulo 1993 S.170-171):

„Und Gott sah, dass alle Nationen der Erde, Schwarze und Weiße, Arme und Reiche, Nord und Süd, Ost und West, alle Glaubensrichtungen, ihre Abgesandten zu einem großen kristallenen Gebäude am Ufer des Flusses der aufgehenden Sonne auf der Insel Manhattan schickten, um gemeinsam zu studieren, gemeinsam zu denken und gemeinsam für die Welt und alle ihre Völker zu sorgen. Und Gott sagte: „Das ist gut.“ Und das war der erste Tag des Neuen Zeitalters auf der Erde.

         Und Gott sah, dass die Soldaten des Friedens die Kämpfer der kriegführenden Nationen trennten, dass Differenzen durch Verhandlungen und Vernunft und nicht durch Waffen gelöst wurden, und dass die Führer der Nationen sich trafen, Ideen austauschten und ihre Herzen, ihren Verstand, ihre Seelen und ihre Kräfte zum Wohle der ganzen Menschheit vereinten.  Und Gott sagte: „Das ist gut“, und das war der zweite Tag auf dem Planeten des Friedens.

Und Gott sah, dass die Menschen die ganze Schöpfung liebten, die Sterne und die Sonne, den Tag und die Nacht, die Luft und die Ozeane, die Erde und die Gewässer, die Fische und die Vögel, die Blumen und die Pflanzen und alle ihre menschlichen Brüder und Schwestern. Und Gott sagte: „Das ist gut“, und das war der dritte Tag auf dem Planeten des Glücks.

Und Gott sah, dass die Menschen Hunger, Krankheit, Unwissenheit und Leid auf der ganzen Welt beseitigten, jedem Menschen ein menschenwürdiges, bewusstes und glückliches Leben ermöglichten und die Gier, die Macht und den Reichtum der Wenigen reduzierten. Und Gott sagte: „Das ist gut“, und das war der vierte Tag auf dem Planeten der Gerechtigkeit.

Und Gott sah, dass die Menschen in Harmonie mit ihrem Planeten und in Frieden mit anderen lebten, ihre Ressourcen weise verwalteten, Verschwendung vermieden, Exzesse eindämmten, Hass durch Liebe ersetzten, Gier durch Zufriedenheit, Arroganz durch Demut, Spaltung durch Zusammenarbeit und Misstrauen durch Verständnis. Und Gott sagte: „Das ist gut.“ Und das war der fünfte Tag des Goldenen Planeten.

Und Gott sah, dass die Nationen ihre Waffen, ihre Bomben, ihre Raketen, ihre Schiffe und Kampfflugzeuge zerstörten, ihre Stützpunkte deaktivierten und ihre Armeen demobilisierten und nur Friedensoffiziere behielten, um die Guten vor den Bösen und die Normalen vor den Verrückten zu schützen.         Und Gott sagte: „Das ist gut“. Und das war der sechste Tag auf dem Planeten der Vernunft.

Und Gott sah, dass die Menschen Gott und die menschliche Person als das Alpha und Omega wiederherstellten und Institutionen, Überzeugungen, Politik, Regierungen und alle menschlichen Gebilde zu einfachen Dienern Gottes und der Menschen reduzierten. Und Gott sah, wie sie als oberstes Gesetz annahmen: „Du sollst den Gott des Universums lieben mit deinem ganzen Herzen, mit deiner ganzen Seele, mit deinem ganzen Verstand und mit all deiner Kraft. Ihr sollt euren schönen und wunderbaren Planeten lieben und ihn mit unendlicher Sorgfalt behandeln. Ihr sollt eure menschlichen Brüder und Schwestern so lieben, wie ihr euch selbst liebt. Es gibt keine größeren Gebote als diese. Und Gott sagte: „Das ist gut“, und das war der siebte Tag des Planeten Gottes.

Wenn die Tür zur Hölle in Dante Alighieris Göttlicher Komödie lautete: „Gebt alle Hoffnung auf, die ihr eintretet“, so wird die Tür zur Neuen Genesis der planetarischen Welt in jeder Sprache der Erde lauten: „Gebt niemals die Hoffnung auf, die ihr eintretet“.

         Ich bin mir nicht sicher, ob der Traum von Robart Muller mit der Art von Menschen, die wir geworden sind, derzeit realisierbar ist. Aber durch die Neuerfindung des Menschen – das ist unsere Herausforderung, wenn wir überleben wollen – könnte dieser Traum Wirklichkeit werden.

Denn wir werden nicht müde, davon zu träumen, dass wir eines Tages diese vielversprechende, realisierbare Utopie verwirklichen können: Meine Heimat ist die Erde.

Leonardo Boff   Autor von: Universale Geschwisterlichkeit: Gesellschaftsordnung der Zukunft

Vier-Türme-Verlag, 2022

Übersetzung von Bettina Goldharnack

Mi Patria es la Tierra: una utopía prometedora

Leonardo Boff*

Vivimos hoy tiempos distópicos, carentes de inspiraciones utópicas. Las grandes utopías del pasado no cumplieron sus promesas: el iluminismo, dar instrucción a todo el mundo; el capitalismo, todos pueden hacerse ricos; el socialismo, la igualdad entre todos; el comunismo, una sociedad sin clases; la posmodernidad, no hay narrativas universales, cada cual escoge la suya. El hecho es que ninguna sociedad, nos lo aseguran los antropólogos y sociólogos, vive sin tener una utopía, es decir, una idea fuerza, un sueño inspirador que dé sentido a la vida de las personas, a la sociedad y a la historia.

            Bien decía el escritor irlandés Oscar Wilde: “Un mapa del mundo que no incluya la utopía no es digno de ser mirado, pues ignora el único territorio en el que la humanidad siempre atraca, partiendo enseguida hacia una tierra aún mejor”.

            Pero el sueño utópico nunca muere, pues el principio esperanza (Ernst Bloch), estar siempre en camino, pertenece a la esencia del ser humano. Es completo pero imperfecto, pues busca siempre mejorar su humanidad. Tiene mucho de verdad la utopía, propuesta ya en la década de 1930, de Pierre Teilhard de Chardin: la irrupción en un futuro de la noosfera, en la cual el corazón y la mente de la humanidad llegarían a una feliz convergencia. También la utopía que circula en las bases: “el alma no tiene frontera, ninguna vida es extranjera”. O esta otra que puso en circulación la tv: “mi patria es la Tierra”, utopía verdadera.

            Se han propuesto dos utopías viables, la de la Carta de la Tierra (2000) con su ética del cuidado hacia todos los seres y la del Papa Francisco con su ecología integral, “Cómo cuidar de la Casa Común” (2015), en la cual afirma la relación de todos con todos, “con el sol y la luna, con el cedro y el gorrión” (n.86) y la de la “fraternidad universal” entre los humanos y con todos los seres de la naturaleza (Fratelli tutti, 2015) por cuanto todos han sido generados por la Madre Tierra y tienen el mismo código genético de base.

Quiero presentar la utopía radical de Robert Müller, alto funcionario de la ONU durante 40 años y primer rector de la Universidad de la Paz en Costa Rica. Ella nos remite a la utopía bíblica “del nuevo cielo y la nueva Tierra”. Proyectó un Nuevo Génesis (cf. O nascimento de uma civilização global, Aquarius, São Paulo 1993 p,170-171):

«Y Dios vio que todas las naciones de la Tierra, negras y blancas, pobres y ricas, del Norte y del Sur, de Oriente y de Occidente, de todos los credos, enviaban sus emisarios a un gran edificio de cristal a orillas del río del Sol Naciente, en la isla de Manhattan, para estudiar juntos, pensar juntos y juntos cuidar del mundo y de todos sus pueblos. Y dijo Dios: “Esto es bueno”. Y ese fue el primer día de la Nueva Era de la Tierra.

            Y Dios vio que los soldados de la paz separaban a los combatientes de las naciones en guerra, que las diferencias se resolvían mediante la negociación y el raciocinio y no por las armas, y que los líderes de las naciones se encontraban, intercambiaban ideas y unían sus corazones, sus mentes, sus almas y sus fuerzas para beneficio de toda la humanidad. Y dijo Dios: “Esto es bueno”. Y ese fue el segundo día del Planeta de la Paz.

            Y Dios vio que los seres humanos amaban a la totalidad de la Creación, a las estrellas y el sol, el día y la noche, el aire y los océanos, la tierra y las aguas, los peces y las aves, las flores y las plantas y a todos sus hermanas y hermanos humanos. Y dijo Dios: “Esto es bueno”. Y ese fue el tercer día del Planeta de la Felicidad.

            Y Dios vio que los seres humanos eliminaban el hambre, la enfermedad, la ignorancia y el sufrimiento en toda la Tierra, proporcionando a cada persona humana una vida decente, consciente y feliz, controlando la avidez, la fuerza y la riqueza de unos pocos. Y dijo Dios: “Esto es bueno”. Y ese fue el cuarto día del Planeta de la Justicia.

            Y Dios vio que los seres humanos vivían en armonía con su planeta y en paz con los demás, gestionando sus recursos con sabiduría, evitando el desperdicio, frenando los excesos, sustituyendo el odio por el amor, la avaricia por el darse por contento, la arrogancia por la humildad, la división por la cooperación y la sospecha por la comprensión. Y dijo Dios: “Esto es bueno”, y ese fue el quinto día del Planeta de Oro.

            Y Dios vio que las naciones destruían sus armas, sus bombas, sus misiles, sus barcos y aviones de guerra, desactivando sus bases y desmovilizando sus ejércitos, manteniendo sólo una policía de la paz para proteger a los buenos de los malos y a los normales de los enfermos mentales. Y dijo Dios: “Esto es bueno”. Y ese fue el sexto día del Planeta de la Razón.

            Y Dios vio que los seres humanos restauraban a Dios y a la persona humana como su Alfa y Omega, reduciendo instituciones, creencias, políticas, gobiernos y demás entidades humanas a simples servidores de Dios y de los pueblos. Y Dios los vio adoptar como ley suprema aquella que dice: “Amarás al Dios del Universo con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Amarás a tu bello y milagroso planeta y lo tratarás con infinito cuidado. Amarás a tus hermanas y hermanos humanos como te amas a ti mismo. No hay mandamientos mayores que éstos”. Y dijo Dios: “Esto es bueno”. Y ese fue el séptimo día del Planeta de Dios».

            Si en la puerta del infierno de la Divina Comedia de Dante Alighieri estaba escrito: “Abandonad toda esperanza, los que aquí entráis”, en la puerta del Nuevo Génesis del mundo planetizado estará escrito en todas las lenguas de la Tierra:“No abandonéis jamás la esperanza, los que entráis aquí”.

            No estoy seguro de que este sueño de Robert Müller sea, por ahora, viable, dado el tipo de seres humanos en que nos hemos convertido. Pero reiventando al ser humano –y este es nuestro reto si queremos sobrevivir– este sueño podrá hacerse realidad.

Porque nunca nos cansaremos de soñar que, un día, podremos vivenciar esta prometedora utopía viable: Mi patria es la Tierra.

*Leonardo Boff ha escrito El doloroso parto de la Madre Tierra, Vozes 2021