Una mujer presidenta de Estados Unidos: ¿un nuevo femenino?

Leonardo Boff*

La posibilidad real de que una mujer, Kamala Harris, vaya a ser presidenta de la potencia imperial, Estados Unidos de América, representaría un novum en la historia de aquel país y un paso adelante  en la relación entre los géneros.

Los USA, independientes desde 1776, han tenido 44 presidentes, todos hombres y ninguna mujer. Como ya han señalado otros, muchos ven al presidente exclusivamente como el jefe de las Fuerzas Armadas, el que puede usar el teléfono rojo y apretar el botón para desencadenar una guerra nuclear. Pocos lo consideran el promotor del bien común, que es dejado a la propia sociedad, de tendencia privatista, pero con un sentido comunitario muy fuerte.

Por eso los USA viven haciendo guerras por todas partes. Prácticamente todos los presidentes, incluido Obama, creen estar imbuídos del “destino manifesto”, la creencia (imaginaria) de que los Estados Unidos han sido ungidos como “aquel nuevo pueblo de Dios con la misión de llevar la democracia (burguesa), los derechos humanos (individuales) y la libertad (del mercado) al mundo”.

Desde el triunfo del patriarcado en el neolítico, surgido hace diez mil años, con la formación de pueblos y de la agricultura, las mujeres han sido relegadas siempre al ámbito de lo privado. Y eso aún cuando se sabe, que antes, hace veinte mil años, existió el matriarcado, formando sociedades igualitarias, integradas con la naturaleza y profundamente espirituales.

El patriarcado, el predominio del macho (machismo) ha sido uno de los mayores errores de la historia humana. Se atribuye al patriarcado el tipo de Estado que tenemos, la creación de la burocracia y de los impuestos, la introducción de la guerra, la violencia como forma de resolver problemas, la apropiación privada de tierras, la generación de desigualdades y de todo tipo de discriminaciones. Adquirió su configuración más expresiva con el capitalismo, en sus distintas formas, con la inmensa tasa de iniquidad social que lleva consigo.

En todo ese proceso, las principales víctimas han sido las mujeres junto con los despojados de fuerza y de poder. Desde entonces, el destino de la mujer, en términos histórico-sociales, ha sido definido a partir del hombre que ocupaba todo el espacio público.

Pero lentamente, a partir del siglo XIX en Estados Unidos, las mujeres han ido ganando conciencia de su identidad y de su autonomía. El movimiento feminista fue creciendo, se hizo activo en prácticamente todos los países y ocupó los espacios públicos. Entraron en las universidades y, calificadas, las mujeres introdujeron en el mercado de trabajo sus valores singulares (no exclusivos) como mujeres: más dadas a la colaboración que a la competición, propia de los hombres, más cuidado, más flexibilidad, más capacidad de manejar la complejidad, más sensibilidad humana, más corazón, y más abiertas al diálogo, poniendo límites al autoritarismo machista y patriarcal.

En una palabra, trajeron más humanidad a un mundo racional, rígido, competitivo, eficientista, marcado por la voluntad de poder como dominación: el mundo de los hombres. Ellas, por su naturaleza, representan más bien el deseo de vivir, de cuidar y de relacionarse. En un lenguaje junguiano, enriquecieron con su ánima el mundo del animus.

Aún así, la lucha a favor de la igualdad de género dista mucho de estar plenamente asegurada. Sólo en 1920 las mujeres conquistaron en Estados Unidos el derecho al voto. En Brasil en 1932, siendo hoy el 52% del electorado. En las 500 mayores empresas norteamericanas sólo tres mujeres ocupan la función de presidente (CEO). En las demás empresas sólo el 11,8%. En Brasil es un poco más: el 17% de ellas son presidentes de empresas.

Incluso dentro de las limitaciones impuestas por el patriarcado dominante en el mundo, muchas mujeres han llegado a ser jefes de Estado: en Alemania, en Inglaterra, en Brasil, en Argentina, en India, en Liberia, en Bangladesh, en Túnez, en Etiopía, en Tanzania, en  Canadá, en Chile, en Costa Rica, en Honduras, en Panamá, en Corea del Sur, en Filipinas, en Indonesia, en Israel, en Nepal, en  Eslovaquia, en Estonia, en Finlandia, en Grecia, en Hungría, en  Irlanda, en Portugal, en Nueva Zelanda y en otros países.

Ahora surge la posibilidad de que una mujer mestiza, Kamala Harris, llegue al centro del poder imperial como presidenta. Significaría el empoderamiento de la identidad y de la autonomía relacional de las mujeres.

En este contexto, cabe citar una frase del Fondo de las Naciones Unidas para la Población en 2001: “La raza humana viene saqueando la Tierra de forma insostenible y dar a las mujeres mayor poder de decisión sobre su futuro puede salvar al planeta de la destrucción”. No se habla de simple participación sino de decisión.

Con su capacidad de decisión se refuerza significativamente la gestación de un nuevo paradigma: el de la reciprocidad, el de la mutualidad entre el hombre y la mujer. Surge el andrógeno: el ser humano nuevo, el hombre rescatando su dimensión de ánima, con la ayuda de las mujeres, es decir, la capacidad de ternura, de entrega sin reservas, de sensibilidad cordial, junto con su dimensión de animus. La mujer desarrollando su animus, es decir, su capacidad de iniciativa, de creatividad, de inteligencia operativa, de dirección junto con su ánima se vuelve una fuerza histórica significativa.

De esta forma se recupera la verdad que el mito antiguo quería expresar: el ser humano andrógeno, un ser completo, cada uno portador, en grado propio, de ánima y animus. Sucede que ese ser uno y andrógino fue cortado por la mitad. Surgieron el hombre y la mujer, pero separados. Sin embargo, en su inconsciente profundo, están siempre buscándose. Una fuerza de atracción busca unirlos y restaurar la unidad primera.

La ancestral guerra de los sexos y de las políticas opresivas y represivas de los géneros serían progresivamente superadas. Políticamente la mejor forma de caracterizar ese avance civilizatorio sería la democracia participativa, socio-ecológica, en la cual el hombre y la mujer de forma cooperativa y solidaria construirían un mundo nuevo. Este responde a los anhelos más profundos de la psique humana. El reengendramiento del hombre que sólo se realizará a partir de lo nuevo femenino, como fuerza socio-histórica.

El hecho probable de que una mujer, Kamala Harris, se convierta en la presidenta del país más poderoso del mundo, representaría un paso decisivo hacia un nuevo paradigma de cooperación entre los sexos, incluyendo también a la naturaleza, de la cual ambos son parte. Es lo que se espera para el futuro, en el caso de que este todavía pueda existir.

*Leonardo Boff ha escrito con Rose Marie Muraro el libro Femenino & Masculino: una nueva conciencia para el encuentro de las diferencias, última edición 2024.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Anticipazione dell’umanità riconciliata: i Giochi Olimpici

Leonardo Boff

L’attuale situazione del mondo, oltre ad essere caotica, è a serio rischio di confronto tra le potenze militariste (USA, Russia, Cina, Israele, tra le altre minori) con l’uso delle armi nucleari, il che implicherebbe lo sterminio di gran parte dell’umanità e della biosfera. Anche nel mezzo di un’eventuale ecatombe, l’umanità non rinuncia al suo desiderio più profondo: vivere come una grande famiglia, una e diversa, all’interno della stessa Casa Comune, la Madre Terra, nella quale tutti si riconoscono e si accolgono così come sono nel regno di una Pace Perpetua.

I Giochi Olimpici rivelano questo desiderio generale. Per un breve periodo tutti i popoli dimenticano i conflitti e le guerre e vivono un momento magico e simbolico di questa tanto desiderata unità e pace. Ecco perché nessuno dovrebbe essere escluso, come è successo ora alle Olimpiadi di Parigi, nel caso della Russia, a causa della guerra contro l’Ucraina. C’è una certa incoerenza in questa esclusione, poiché l’evidente genocidio agli occhi di tutta l’umanità, praticato dall’attuale governo israeliano a Gaza contro migliaia di bambini innocenti e della popolazione civile, meriterebbe la stessa discriminazione.

Ma come ho appena sottolineato, anche così, nello spirito umanitario dei Giochi Olimpici, tutti dovrebbero essere inclusi senza eccezioni. Si è aperta una ferita in un evento simbolico di un’umanità che crede ancora di poter ritrovare se stessa come umanità.

I Giochi Olimpici ci danno l’opportunità di riflettere sull’importanza antropologica e sociale del gioco. Non penso qui al gioco che è diventato una professione e un grande commercio internazionale come il calcio, il basket e altri. Sono più sport che giochi.

Il gioco, come dimensione umana, si rivela al meglio negli ambienti popolari, nei giochi di strada o sulla spiaggia o in qualche spazio erboso o sabbioso. Questo tipo di gioco non ha uno scopo pratico. Di per sé porta con sé un significato profondo in quanto espressione di allegria nel divertirsi in compagnia degli altri.

Ai Giochi Olimpici prevale un’altra logica, diversa da quella quotidiana della nostra cultura capitalista, il cui asse fondamentale è la competizione escludente: il più forte trionfa sul mercato e, se può, annulla il suo concorrente. Ai Giochi c’è competizione. Ma è positiva e inclusiva, poiché tutti partecipano. La competizione si basa sul migliore, apprezzando e rispettando le qualità e i virtuosismi dell’altro.

In questo contesto, mi viene in mente il concetto di Ubuntu, tipico della cultura africana. Esso significa “Io solo sono me stesso attraverso di te”. Nell’Ubuntu non c’è competizione, ma profonda solidarietà e collaborazione. Secondo questa interpretazione, non in tutti i giochi, ma in alcuni come la classica corsa dei 100 metri e altri simili, tutti metterebbero le loro braccia sopra le spalle degli altri. Tutti correrebbero insieme fino alla fine. Tutti sarebbero vincitori. Ma questa non è la nostra tradizione.

Come teologo voglio dare un contributo a partire fede cristiana. C’è un’antica tradizione teologica che ha sviluppato tutta una riflessione sul significato profondo del gioco. Le due Chiese sorelle, quella latina e quella greca, si riferiscono al Deus ludens, all’homo ludens e perfino all’ecclesia ludens (il Dio, l’uomo e la Chiesa giocosi).

Loro vedevano la creazione come un grande gioco del Dio giocoso: da una parte gettò le stelle, dall’altra il sole, più in basso gettò i pianeti e con affetto gettò la Terra, equidistante dal Sole, affinché potesse avere vita. La creazione esprime la gioia traboccante di Dio, una sorta di teatro in cui tutti gli esseri sfilano e mostrano la loro bellezza e grandezza. Si parlava allora della creazione come di un theatrum gloriae Dei (un teatro della gloria di Dio).

In una bellissima poesia, il grande teologo della Chiesa ortodossa, Gregorio Nazianzeno (+390), dice: “Il sublime Logos gioca. Decora con le immagini più varie e per puro gusto e in ogni modo, l’intero cosmo”. In effetti, il giocattolo è un’opera di fantasia creativa, come dimostrano i bambini: espressione di una libertà senza coercizione, creando un mondo fantastico, senza finalità pratica, libero dal profitto e dai vantaggi individuali. Giocare per il gusto di giocare.

«Poiché Dio è vere ludens (veramente giocoso) ciascuno deve essere anche vere ludens, ammoniva, già vecchio, uno dei più fini teologi del XX secolo, Hugo Rahner, fratello di un altro eminente teologo, Karl Rahner che è stato il mio maestro a Monaco.

Queste considerazioni mostrano come la nostra esistenza qui sulla Terra possa essere alleviata e senza angoscia, almeno per un momento, durante i Giochi Olimpici.

Forse questo è il suo significato segreto.

Leonardo Boff ha scritto Virtudes de outro mundo possível: convivência, respeito e tolerância, Vozes 2006.

(Traduzione dal portoghese di Gianni Alioti)

Uma mulher presidenta dos Estados Unidos: um novo feminino?

Leonardo Boff

A possibilidade real de que uma mulher, Kamala Harris, venha a ser presidenta da potência imperial, os Estados Unidos da América, representaria um novum na história daquele país e um passo à frente no relacionamento entre  os gêneros.

Os USA, independentes desde 1776, tiveram 44 presidentes, todos homens e nenhuma mulher. Como já foi assinalado por outros, muitos encaram o presidente exclusivamente  como o chefe das Forças Armadas, aquele que pode usar o telefone vermelho e apertar o botão para deslanchar uma guerra nuclear. Poucos o consideram  como o promotor do bem comum, deixado à própria sociedade, de viés privatista mas com um sentido comunitário muito forte.

Por isso os USA vivem fazendo guerras por todas as partes. Praticamente todos os presidentes, inclusive Obama, se sentem imbuídos do “destino manifesto”, a crença (imaginária) de que os Estados Unidos são ungidos como  “aquele novo povo de Deus com a missão de levar a democracia (burguesa), os direitos humanos (individuais) e a liberdade (do mercado) para o mundo”.

Desde o triunfo do patriarcado no neolítico, surgido há dez mil anos com a formação de vilas e da agricultura, as mulheres sempre foram relegadas ao mundo do privado. Mesmo sabendo que antes, há vinte mil anos, vigorou o matriarcado, formando sociedades igualitárias, integradas com a natureza e profundamente espirituais.

O patriarcado, a predominância do macho (machismo) foi uma das maiores errâncias da história humana. Atribui-se ao patriarcado o tipo de Estado que temos, a criação da burocracia e dos impostos, a introdução da guerra, a violência como forma de resolver problemas, a apropriação privada de terras, a geração de desigualdades e de todo tipo de discriminação. No capitalismo, em suas várias formas, ganhou sua mais expressiva configuração, com a imensa taxa de iniquidade social que carrega consigo.

Em todo esse processo, as principais vítimas foram as mulheres junto com os destituídos de força e poder. Desde então o destino da mulher, em termos historico-sociais, vem definido a partir do homem que ocupava todo espaço público.

Mas lentamente, a partir dos Estados Unidos,  no século XIX, as mulheres foram ganhando consciência de sua identidade e de sua autonomia. O movimento feminista cresceu, fez-se atuante em praticamente todos os países e ocupou os espaços públicos. Entraram nas universidades e, qualificadas, no mercado de trabalho, as mulheres introduziram seus valores singulares (não exclusivos) enquanto  mulheres: mais dadas à colaboração que à competição, própria dos homens, mais cuidado, mais flexibilidade, mais capacidade de lidar com a complexidade, mais sensibilidade humana, mais coração, por fim, mais abertas ao diálogo, impondo limites ao autoritarismo machista e patriarcal.

Numa palavra, trouxeram mais humanidade a um mundo racional, rígido, concorrencial,  eficientista, marcado pela vontade de poder como dominação: o mundo dos homens. Elas, por sua natureza, representam antes a vontade de viver, de cuidar e de relacionar-se. Numa linguagem junguiana, enriqueceram com sua anima o mudo  do animus.

Mesmo assim a luta em favor da igualdade de gênero está longe de ser plenamente assegurada. Só em 1920 as mulheres conquistaram nos Estados Unidos o direito ao voto. No Brasil em 1932, sendo hoje 52% o eleitorado feminino. Das 500 maiores empresas norte-americanas só três mulheres  ocupam a função de presidente (CEO). Nas outras empresas só 11,8% . No Brasil é um pouco mais: 17% delas são  presidentes de empresas.

Mesmo dentro das limitações impostas pelo patriarcado dominante no mundo, muitas mulheres chegaram a ser chefes de Estado: na Alemanha, na Inglaterra, no Brasil, na Argentina, na Índia, na Liberia, em Bangladesch, na Tunísia, na Etiópia, na Tanzânia, no Canadá,  no Chile, na Costa Rica, em Honduras, no Panamá, na Coreia do Sul, nas Filipinas, na Indonésia, em Israel, no Nepal, na  Eslováquia, na Estônia, na Finlândia, na Grécia, na Hungria, na Irlanda, em Portugal, na Nova Zelândia e em outros países.

Agora surge a chance de uma mulher mestiça, Kamala Harris, chegar ao centro do poder imperial como presidenta. Significaria o empoderamento da identidade e da autonomia relacional das mulheres.

Nesse contexto, cabe citar uma frase do Fundo das Nações Unidas para a População ainda nos idos de 2001:”A raça humana vem saqueando a Terra de forma insustentável; e dar às mulheres maior poder de decisão sobre o seu futuro futuro pode salvar o planeta da destruição”. Não se fala de simples participação mas de decisão.

Com sua capacidade de decisão, se reforça significantemente a gestação de um novo paradigma: o da reciprocidade, o da mutualidade entre o homem e a mulher. Surge o andrôgeno: o ser humano novo, o homem resgatando sua dimensão de anima,com a ajuda das mulheres vale dizer, a capacidade da ternura, da entrega sem reservas, da sensibilidade cordial, junto com sua dimensão de animus. A mulher desenvolvendo seu animus, quer dizer, sua capacidade de iniciativa, de criatividade, de inteligência operativa, de direção junto com sua anima se torna uma força histórica significativa.

Resgata-se desta forma, a verdade  que o mito antigo queria expressar: o ser humano andrógeno, um ser completo, cada um é portador, em grau próprio, da anima e do animus. Ocorre que esse ser uno e andrógino foi cortado ao meio. Surgiu o homem e a mulher mas  separados.Entretanto,  em seu inconsciente profundo, estão sempre procurando um ao outro. Uma força de atração busca uni-los e restaurar a unidade primigênia.

A ancestral guerra dos sexos e das políticas opressivas e repressiva dos gêneros seriam progressivamente superadas. Politicamente a melhor forma de caracterizar esse avanço civilizatório seria a democracia participativa, socio-ecológica, na qual o homem e mulher  de forma cooperativa e solidária construiriam um mundo novo. Este responde aos anseios mais profundos da psiqué humana. O reengendramento do homem que  só se realizará a partir do novo feminino, como força socio-histórica.

O fato provável de uma mulher,Kamala Harris, se tornar a presidenta do país mais poderoso do mundo, representaria um passo decisivo rumo a um novo paradigma de cooperação entre os sexos, incluindo também a natureza da qual ambos são parte. É o que se espera para o futuro,caso este ainda possa existir.

Leonardo Boff escreveu junto  Rose Marie Muraro o livro Feminino & Masculino: uma nova consciência para o encontro das diferenças,última edição  2024.

Anticipación de la humanidad reconciliada: los Juegos Olímpicos

Leonardo Boff*

La situación actual del mundo, además de caótica, corre el grave peligro de un enfrentamiento entre las potencias militaristas (USA, Rusia, China, Israel entre otras menores) con uso de armas nucleares, lo que implicaría el exterminio de gran parte de la humanidad y de la biosfera. Incluso en medio de tal eventual hecatombe, la humanidad no renuncia a su anhelo más profundo: vivir como una gran familia, una y diversa, dentro de la misma Casa Común, la Madre Tierra, en la cual todos se reconocen y se acogen así como son, en el reino de una Paz Perpetua.

Los Juegos Olímpicos revelan ese anhelo general. Durante un breve tiempo, todos los pueblos olvidan los conflictos y guerras y viven un momento mágico y simbólico de esta unidad y paz tan ansiadas. Por eso nadie debería ser excluido, como ha ocurrido ahora en las Olimpiadas de París con el caso de Rusia, debido a la guerra en Ucrania. Hay cierta incongruencia en esta exclusión, pues el claro genocidio practicado por el gobierno de Israel en Gaza ante los ojos de toda la humanidad con miles y miles de niños inocentes y de población civil merecería la misma discriminación.

Pero como decía hace un momento, incluso así, en el espíritu humanitario de los Juegos Olímpicos todos deberían estar incluidos sin excepción. Se ha abierto una herida en un evento simbólico de una humanidad que todavía cree que puede reencontrarse como humanidad.

Los Juegos Olímpicos nos dan la oportunidad de reflexionar sobre la importancia antropológica y social del juego. No estoy pensando en el juego que se ha vuelto profesión y gran negocio internacional como el fútbol, el baloncesto y otros. Son más deportes que juegos. 

El juego, como dimensión humana, se revela mejor en los medios populares, en el fútbol callejero o el que se juega en la playa o en algún espacio verde o arenoso. Este tipo de juego no tiene ninguna finalidad práctica. Lleva en sí mismo un profundo sentido como expresión de alegría, de diversión en compañía de los demás.

En los Juegos Olímpicos impera otra lógica, diferente de la cotidiana de nuestra cultura capitalista, cuyo eje articulador es la competición excluyente: el más fuerte triunfa en el mercado, y si puede, se come a su competidor. En los Juegos hay competición, pero es positiva e incluyente, pues todos participan. La competición es en función del mejor, apreciando y respetando las cualidades y virtudes del otro.

En este contexto, se me ocurre el concepto de Ubuntu, propio de la cultura africana. Significa: “Yo soy yo a través de ti”. En Ubuntu no hay competición sino profunda solidaridad y colaboración. Según esta concepción, no en todos los juegos, pero sí en algunos como la clásica carrera de los 100 metros y en otras semejantes, todos colocarían sus brazos en los hombros de los otros y correrían todos juntos hasta el final. Todos serían vencedores. Pero esa no es nuestra tradición.

Como teólogo quiero hacer una aportación a partir de la fe cristiana. Hay una antigua tradición teológica que desarrolló toda una reflexión sobre el profundo significado del juego. Las dos Iglesias hermanas, la latina y la griega, se refieren a Deus ludens, al homo ludens e incluso a la eccclesia ludens (Dios, el hombre y la Iglesia lúdicos).

Ellas veían la creación como un gran juego de Dios lúdico: lanzó las estrellas por un lado, por el otro el sol, más abajo lanzó los planetas y con cariño a la Tierra, distante del Sol para que pudiese tener vida. La creación expresa la alegría desbordante de Dios, una especie de teatro en el cual todos los seres desfilan y muestran su belleza y grandeur. Se hablaba entonces de la creación como un theatrum gloriae Dei (un teatro de la gloria de Dios).

En un hermoso poema dice el gran teólogo de la Iglesia ortodoxa Gregorio Nacianceno (+390): “El Logos sublime juega. Adorna con las imágenes más variadas por puro gusto y de todas las formas posibles el cosmos entero”. En efecto, el juguete es obra de la fantasía creadora como lo muestran los niños: expresión de una libertad sin coacciones, creando un mundo fantástico, sin finalidad práctica, libre del lucro y de ventajas individuales. Jugar por jugar.

“Porque Dios es vere ludens (verdaderamente lúdico) cada uno debe ser también vere ludens, aconsejaba, ya mayor, uno de los más finos teólogos del siglo XX, Hugo Rahner, hermano de otro eminente teólogo, Karl Rahner que fue profesor mío en Munich.

Estas consideraciones muestran cómo puede ser más placentera y sin angustias nuestra existencia aquí en la Tierra, al menos por un momento, durante los Juegos Olímpicos.

Tal vez este sea su sentido secreto.

*Leonardo Boff ha escrito Virtudes para otro mundo posible: convivencia, respeto y tolerancia, Sal Terrae 2007.