¿Podemos todavía sonreír en medio del miedo y la consternación de nuestros días?

En mi ya larga trayectoria teológica, desde el principio, en los años 69 del siglo pasado, han sido siempre centrales dos temas que representan singularidades propias del cristianismo: la concepción societaria de Dios (Trinidad) y la idea de la resurrección en la muerte. Si dejásemos fuera estos dos temas, no cambiaría casi nada en el cristianismo tradicional. Éste predica fundamentalmente el monoteísmo (un solo Dios) como si fuésemos judíos o musulmanes. Y en lugar de la resurrección prefirió el tema platónico de la inmortalidad del alma. Es una pérdida lamentable, porque dejamos de profesar algo especial, diría casi exclusivo del cristianismo, cargado de jovialidad, de esperanza y de un sentido innovador del futuro.

Dios no es la soledad del uno, terror de los filósofos y de los teólogos. Es la comunión de tres Únicos, que por ser únicos no son números sino un movimiento dinámico de relaciones entre diversos igualmente eternos e infinitos, relaciones tan íntimas y entrelazadas que impide que haya tres dioses, sino un solo Dios-amor-comunión-inter-retro-comunicación. El nuestro es un monoteísmo trinitario y no atrinitario o pre-trinitario. En esto nos distinguimos de los judíos y de los musulmanes y de otras tradiciones monoteístas.

Decir que Dios es relación y comunión de amor infinito y que de Él se derivan todas las cosas es permitirnos entender lo que la física cuántica viene afirmando desde hace ya casi un siglo: todo en el universo es relación, entrelazamiento de todos con todos, formando una red intrincadísima de conexiones que forman el único y mismo universo. Él es, efectivamente, a imagen y semejanza del Creador, fuente de interrelaciones infinitas entre diversos, que vienen bajo la representación de Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta concepción quita el fundamento a todo y cualquier centralismo, monarquismo, autoritarismo y patriarcalismo, que encontraba en un único Dios y único Señor su justificación, como algunos teólogos críticos ya observaron. El Dios societario, proporciona, sin embargo, el soporte metafísico a todo tipo de socialidad, de participación y de democracia.

Pero como los predicadores por lo general no se refieren a la Trinidad, sino solo a Dios (solitario y único) se pierde una fuente de crítica, de creatividad y de transformaciones sociales en la línea de la democracia y de la participación abierta y sin fin.

Algo semejante ocurre con el tema de la resurrección. Esta constituye el núcleo central del cristianismo, su point d’honneur. Lo que volvió a reunir a la comunidad de los apóstoles después de la ejecución de Jesús de Nazaret en la cruz (todos estaban regresando, desesperanzados, a sus casas) fue el testimonio de las mujeres diciendo: “ese Jesús que fue muerto y sepultado vive y ha resucitado”. La resurrección no es una especie de reanimación de un cadáver como el de Lázaro que luego acabó muriendo como todos, sino la revelación del novissimus Adam en la feliz expresión de Pablo: la irrupción del Adán definitivo, del ser humano nuevo, como si el fin bueno de todo el proceso de la antropogénesis y de la cosmogénesis se hubiese anticipado. Por lo tanto, una revolución en la evolución.

El cristianismo de los primeros tiempos vivía de esta fe en la resurrección resumida por san Pablo al decir: “Si Cristo no resucitó nuestra predicación es vacía y vana nuestra fe” (1Cor 15,14). En tal caso sería mejor pensar: “comamos y bebamos porque mañana moriremos” (15,22). Pero si Jesús resucitó, todo cambia. Nosotros también vamos a resucitar, pues él es el primero entre muchos hermanos y hermanas, “las primicias de los que murieron” (1Cor 15,20). En otras palabras, y esto vale contra todos los que nos dicen que somos seres-para-la-muerte, nosotros morimos, sí, pero morimos para resucitar, para dar un salto hacia el término de la evolución y anticiparla en el aquí y el ahora de nuestra temporalidad.

No conozco ningún mensaje más esperanzador que este. Los cristianos deberían anunciarlo y vivirlo en todas partes. Pero lo dejan de lado y se quedan con el anuncio platónico de la inmortalidad del alma. Otros, como ya observaba irónicamente Nietzsche, son tristes y taciturnos como si no hubiese redención ni resurrección. El Papa Francisco dice que son “cristianos de cuaresma sin resurrección”, con “cara de funeral”, tan tristes que parece que van a su propio entierro.

Cuando alguien muere, llega para esa persona el fin del mundo. En ese momento, en la muerte, es cuando sucede la resurrección: inaugura el tiempo sin tiempo, la eternidad bienaventurada.

En una época como la nuestra, de desagregación general de las relaciones sociales y de amenazas de devastación de la vida en sus diferentes formas y hasta con peligro de desaparición de nuestra especie humana, vale la pena apostar por estas dos iluminaciones: Que Dios es comunión de tres que son relación de amor, y que la vida no está destinada a la muerte personal y colectiva sino a más vida todavía. Los cristianos apuntan hacia una anticipación de esta apuesta: el Crucificado que fue Transfigurado. Guarda las señales de su paso doloroso entre nosotros, las marcas de la tortura y de la crucifixión, pero, ahora transfigurado, las potencialidades de lo humano escondidas en él se realizaron plenamente. Por eso lo anunciamos como el ser nuevo entre nosotros.

La Pascua no quiere celebrar otra cosa que está feliz realidad que nos concede sonreír y mirar el futuro sin miedo ni pesimismo.

 

 

Can we still smile amidst the fear and consternation of our days

In my already long theological trajectory, from the beginning in the 1960s, there have always been two central themes that represent the singularities of Christianity: the society-like conception of God, (the Trinity) and the idea of the resurrection after death. If we omitted these two themes, almost nothing would change from traditional Christianity. It fundamentally predicates monotheism (only one God), as if we were Jews or Moslems. And instead of resurrection, it prefers the Platonic theme of the immortality of the soul. This is a sad loss, because we have stopped professing something special, I would say almost exclusive to Christianity, which is charged with joviality, hope, and an innovating sense of the future.

God is not the loneliness of the one, the terror of philosophers and theologians. God is the communion of three Uniques, that because they are unique are not just numbers, but a dynamic movement between diverse, equally eternal and infinite relationships – relationships so intimate and intertwined that they preclude the existence of three gods, but only one God-love-communion-inter-retro-communication. Ours is a Trinitarian monotheism, and not a-Trinitarian or pre-Trinitarian. This is how we differ from Jews and Muslims, and other monotheist traditions.

Saying that God is relationship and communion of infinite love, and that from God all things derive, allows us to understand what quantum physics has been saying for almost a century: everything in the universe is relationship, the intertwining of all with all, creating an intricate network of connections that form the unique and only universe. God, in effect, is the image and likeness of the Creator, the source of infinite interrelations between diverse beings, that are called Father, Son and Holy Spirit. This concept removes the foundation from any and all centralism, monarchism, authoritarianism and patriarchies, that used to find in a unique God and unique Lord their justification, as some critical theologians have already observed. The society-like God, however, offers metaphysical support for all types of sociality, participation and democracy.

But since preachers generally do not refer to the Trinity, but only to God (lonely and unique), there is lost a source of criticism, creativity and social transformation in the development of democracy, and of a participation that is open and without end.

Something similar occurs with the theme of the resurrection. The resurrection constitutes the central nucleus of Christianity, its point d’honneur. It gathered again the community of the apostles after the execution of Jesus of Nazareth on the cross (they were all returning, broken hearted, to their homes). It was the testimony of the women who said: “that Jesus who was dead and buried lives and has resurrected”. The resurrection is not a kind of reanimation of a corpse, such as Lazarus, who finally died like anyone else, but the revelation of the novissimus Adam in the joyous expression of Paul: the irruption of the definitive Adam, the new human being, as if a good ending to the entire process of anthropogenesis and cosmogenisis were being forecast. Consequently; a revolution in evolution.

The Christianity of early times lived in this faith in the resurrection, summarized by Saint Paul saying: “If Christ did not resurrect our preaching is empty and our faith vain” (1Cor 15,14). In that case, it would be better to think: “let’s eat and drink because tomorrow we will die” (15,22). But if Jesus was resurrected, everything changes. We will also be resurrected, because He is the first among many brothers and sisters, “the first of those who died” (1Cor 15,20). In other words, and this is a good response to all those who say that we are beings-for-death: we die, yes, but we die to be resurrected, to leap towards the end of evolution and to anticipate it in the here and now of our temporality.

I do not know a more hope filled message than this one. Christians should announce it and live it everywhere. But Christians put it aside and were left with the Platonic pronouncement of the immortality of the soul. Others, as, ironically, Nietzsche already observed, are sad and taciturn, as if there were neither redemption nor resurrection. Pope Francis says that “they are Christians of Lent without resurrection” with “a funeral face”, they are so sad that they look as if they were going to their own funeral.

When someone dies, the end of the world arrives for that person. In that moment, the moment of death, resurrection occurs: it inaugurates time without time, the blessed eternity.

In an epoch such as ours, one of a general disintegration of social relations and of threats of devastation of life in its different forms, and even with the danger of the disappearance of our human species, it is worth standing for these two illuminations: That God is the communion of three who are a relation of love, and that life is not destined to personal and collective death, but to still more life. Christians point to a sign of this bet: The Crucified that was Transformed. He bears the signs of his painful passing among us, the marks of the torture and crucifixion, but, now transformed, the human potentialities hidden within Him were fully realized. That is why we announce Him as the new being among us.

Easter is not for celebrating anything other than this joyous reality, that helps us smile and to look to the future without fear or pessimism.

Free translation from the Spanish by
Servicios Koinonia, http://www.servicioskoinonia.org.
Done at REFUGIO DEL RIO GRANDE, Texas, EE.UU.

A hospitalidade para com os haitianos: quão humana é a nossa sociedade?

O drama de centenas e centenas de haitianos, vítimas de devastador terremoto, que, via o Estado do Acre, buscam hospitalidade no Brasil, representa um teste de quanto humana é ou não é a nossa sociedade. Não queremos nos restringir somente aos haitinos, mas aos tantos que são expulsos de suas terras, posseiros, indígenas, quilombolas e outros, pelo avanço do agronegócio, das hidrelétricas   ou desalojados  como recentemente do prédio da OI no Rio de Janeiro e que tiveram que se refugiar na praça da Catedral da cidade. Organismos da ONU nos dão conta de que existem no mundo alguns milhões de refugiados por guerras, por problemas de fome ou climáticos e outras causas semelhantes. Quais Abraãos andam por ai buscando quem os acolha e terra para trabalhar e viver. E não encontram. E quantas naves são rejeitadas tendo que vagar pelos mares no meio de todo tipo de necessidades e desesperanças.

Basta lembrar os refugiados de África que chegam à ilha italiana de Lampeduza. Receberam a solidariedade do Papa Francisco, ocasião em que fez as mais duras críticas à nossa civilização por ser insensível e perder a capacidade de chorar sobre a desgraça de seus semelhantes. Todos estes padecem sob a falta de hospitalidade e de solidariedade.

No Brasil, nos jornais mas especialmente na mídias sociais, se  deslanchou acirrada polêmica sobre como tratar os haitianos desesperados e depauperados que estão chegando ao Brasil. O Governador Tião Viana do Acre  mostrou profunda sensibilidade e hospidade acolhendo-os a ponto de, com os meios parcos de um Estado pobre, não dar conta da situação. Teve  que pedir socorro ao Governo Central. Mas foi de forma desavergonhada injuriado por muitos nas redes sociais e no twitter. Aí nos damos conta quão desumanos e sem piedade algumas pessoas podem ser. Nem respeitam a regra de ouro universal de tratar os outros como gostariam de ser tratados. Segundo o notável biólogo chileno Humberto Maturana, tais pessoas retrocedem ao estágio pre-humano dos chimpanzés que são societários mas autoritários e pouco hospitaleiros.

É neste contexto que a virtude da hospitalidade ganha especial relevância. A hospitalidade disse-o o filósofo Kant em seu último livro A Paz Perpétua  (1795): é a primeira virtude de uma república mundial. É um direito e um dever de todos, pois todos somos filhos e filhas da mesma Terra. Temos o direito de circular por ela, de receber e de oferecer hospitalidade.

Um dos mais belos  mitos gregos concerne   à hospitalidade. Dois velhinhos muito pobres, Baucis e Filemon, deram acolhida a Júpiter e a Hermes que se travestiram de andarilhos miseráveis para testar quanta hospitalidade ainda restava sobre a  Terra. Foram repelidos por todos. Mas  foram calorosamente acolhidos pelos bons velhinhos que oferecem comida e a própria cama. Quando as divindades se despiram de seus trapos e mostraram a sua glória, transformaram a choupa num esplênido templo. Os bons velhinhos se prostraram em reverência. As divindades pediram que fizessem um pedido e que seria prontamente atendido. Como se tivessem combinado previamente,  ambos disseram que queriam continuar no templo recebendo os peregrinos e que no final da vida, os dois, depois de tão longo amor, pudessem morrer juntos. E foram atendidos. Anos após, num mesmo momento, Filemon foi transformado num enorme carvalho e Baucis numa frondosa amoreira. Os galhos se entrelaçaram no alto e assim ficaram até os dias de hoje, como se ainda se conta. Disso foi tirada uma lição que passou para todas as tradições: quem acolhe um pobre, hospeda o próprio Deus.

A hospitalidade exige uma boa vontade incondicional para acolher o necessitado e o que se encontra sob grande sofrimento.

Ela exige também escutar atentamente o outro, mais com o coração do que com os ouvidos para captar a sua angústia e as suas expectativas.

Ela exige outrossim uma acolhida generosa, sem preconceitos de cor, de religião e de condição social. Evitar tudo o que o fizer sentir-se um indesejado e um estranho.

Estar aberto ao diálogo sincero para captar sua história de vida, os riscos que passou e como chegou até aqui.

Responsabilizar-se conscientemente junto com outros para que encontre oum lugar onde morar e um trabalho para ganhar sua vida.

A hospitalidade é um dos critérios básicos do humanismo de uma civilização. A ocidental vem marcada  lamentavelmente por preconceitos de larga tradição, por  nacionalismos, pela xenofobia e pelos vários fundamentalismos. Todos estes fecham as portas aos imigrados ao invés de abri-las e, compassivos, compartilhar  de sua dor.

É nesse espírto que a hospitalidade para com nossos irmãos e irmãs haitianos deve ser vivida e testemunhada. Aqui se mostra se somos, como se diz, de fato, um povo de cordialidade e de acolhida aberta a todos; o quanto temos crescido em nossa humanidade e melhorado nossa civilização ainda em formação.

Leonardo Boff ecreveu Hospitalidade: direito e dever de todos, Vozes, Petrópolis 2005.

“La bellezza salverà il mondo”: Dostoevskij ci dice come.

L’abbiamo imparato dai greci – e questa intuizione ha attraversato i secoli – che ogni essere, per differente che sia, possiede tre caratteristiche trascendentali (cioè sempre presenti; mentre situazione, spazio e tempo sono irrilevanti): ogni essere è unum, verum et bonum, voglio dire che gode di una unità interna che lo mantiene nell’esistenza; che è vero, perché si mostra così come di fatto è; buono, perché svolge bene il suo compito insieme agli altri aiutandoli a esistere e a coesistere.

Sono stati i maestri francescani medievali, come Alessandro di Hales e specialmente San Bonaventura che, prolungando una tradizione venuta da Dionigi Areopagita e da Sant’Agostino, hanno aggiunto all’essere un’altra caratteristica trascendentale: pulchrum, cioè bello. Basandosi sicuramente sull’esperienza personale di San Francesco che era un poeta e un esteta di eccezionale livello, che “nel bello delle creature vedeva il Bellissimo,” hanno arricchito la nostra comprensione dell’essere con la dimensione della bellezza.

Tutti gli esseri, anche quelli che ci sembrano schifosi, se li osserviamo con affetto, nei particolari e nell’insieme, presentano, ognuno a modo suo, una bellezza singolare se non proprio nella forma, certo nel modo come in loro tutto è articolato con equilibrio e armonia sorprendenti.

Uno dei grandi estimatori della bellezza è stato Fiodor Dostoevskij. La bellezza era così centrale nella sua vita, ci racconta Anselm Grun, monaco benedettino e grande spiritualista, nel suo ultimo libro “Bellezza: una nuova spiritualità della gioia di vivere” (Vier Turne Verlag 2014) che il grande romanziere russo andava almeno una volta all’anno a vedere la bellissima Madonna Sixtina di Raffaello. Rimaneva a lungo in contemplazione davanti a quella splendida figura. Questo fatto è sorprendente, dato che i suoi romanzi penetrano nelle zone più oscure e perfino perverse dell’animo umano. Ma quello che lo spingeva, in verità, era la ricerca della bellezza, e per questo ci ha lasciato la famosa frase: “La bellezza salverà il mondo” che appare nel libro “L’idiota”.

Nel romanzo I fratelli Karamazov approfondisce il problema. Un ateo, Ipolit, domanda al principe Mynski “in che modo la bellezza salverebbe il mondo”? Il principe non dice nulla ma va da un giovane di diciott’anni che sta agonizzando. Lì rimane pieno di compassione e amore finché quello muore. Con questo voleva dire: è la bellezza che ci porta all’amore condiviso con il dolore; il mondo sarà salvo oggi e sempre fin quando ci sarà questo gesto. E come ci manca, oggi!

Per Dostoevskij la contemplazione della Madonna di Raffaello era la sua terapia personale, perché senza di questa avrebbe disperato degli uomini e di se stesso, davanti ai tanti problemi che vedeva. Nelle sue opere ha descritto persone cattive distruttive e altre che vivevano immerse negli abissi della disperazione. Ma il suo sguardo, che metteva in rima amore con dolore condiviso, riusciva a vedere la bellezza nell’anima dei più perversi personaggi. Per lui il contrario di “bello” non era “brutto” ma utilitaristico, lo spirito di usare gli altri e così rubar loro la dignità.

“Sicuramente non possiamo vivere senza pane, ma anche esistere senza bellezza” è impossibile, ripeteva. Bellezza è più che estetica; possiede una dimensione etica e religiosa. Lui vedeva in Gesù un seminatore di bellezza. “Lui è stato un esempio di bellezza e l’ha impianta nell’alma delle persone affinché attraverso la bellezza tutti diventassero fratelli tra di loro”. Lui non si riferisce all’amore verso il prossimo; al contrario: è la bellezza che suscita l’amore e ci fa vedere nell’altro un prossimo da amare.

La nostra cultura dominata dal marketing vede la bellezza come una costruzione del corpo e non della totalità della persona. Così sorgono sempre più numerosi i metodi di operazioni plastiche e consumo di botox per rendere le persone più “belle”. Bellezze costruite, senz’anima. Se osserviamo bene, in queste bellezze fabbricate emergono persone con una bellezza fredda e con un’aura di artificialità incapace di diffondere luminosità. A questo punto fa irruzione la vanità, non l’amore perché la bellezza ha a che vedere con amore e comunicazione. Dostoiewski osserva ne ‘I fratelli Karamazov’, che un viso è bello quando tu percepisci che in esso stanno litigando Dio e il diavolo, intorno al bene e al male. Quando il bene vince, erompe la bellezza espressiva, soave, naturale e irradiante. Qual è la bellezza più grande? Quella del viso freddo, di una top model o il viso pieno di rughe e pieno di irradiazione di Irma Dulce di Salvador, (Bahia) o di madre Teresa di Calcutta? La bellezza è irradiazione dell’essere. Nelle due sorelle l’irradiazione è evidente, nella top model è impallidita.

Papa Francesco ha dato speciale importanza alla trasmissione della fede cristiana attraverso la via Pulchritudinis (la via della bellezza). Non basta che il messaggio sia buono e giusto. Deve essere anche bello, perché solo così arriva al cuore delle persone e suscita l’amore che attrae, (Esortazione La gioia del Vangelo, n.°167). La chiesa non persegue il proselitismo ma l’attrazione che viene dalla bellezza e dall’amore la cui caratteristica è lo splendore.

La bellezza è un valore in se stesso. Non è utilitarista. E’ come il sole che fiorisce per fiorire, poco importa se lo guardano o no, come dice il mistico Angelus Silesius. Trovatemi uno che non si lascia affascinare da un fiore che sorride gratuitamente all’universo! Così dobbiamo vivere la bellezza in mezzo a un mondo di interessi, scambi e mercanzie. Dunque essa realizza la sua origine sanscrita Bet-El-Za che vuol dire: “il luogo dove Dio brilla,”. Brilla dappertutto e fa brillare anche noi con il bello.

LeonardoBoff ha scritto A força da ternura, ed. Mar de idéias, Rio 2011.

Traduzione di Romano e Lidia Baraglia