La justa medida puede salvar la vida y el planeta Tierra

Leonardo Boff*

La justa medida constituye un valor universal presente en todas las culturas y representa uno de los puntos más importantes de todos los caminos éticos. Estaba inscrita en los pórticos de los templos o en los edificios públicos de Egipto, de Grecia, del Imperio romano y de otras partes. La virtud de la justa medida significa el camino del medio, ni de más ni de menos, y en la dosis correcta. Se opone a todo exceso, a toda ambición exagerada (hybris en griego). Recomienda el autocontrol, la capacidad de desprendimiento y de renuncia.

Estamos convencidos de que una de las causas principales del caos actual, con el desequilibrio del planeta Tierra, con la devastación de casi todos los ecosistemas, con el calentamiento global que ha introducido de forma irreversible un nuevo régimen climático más caliente, que se muestra por los eventos extremos a nivel mundial, con la aparición de nuevos virus, el peor de ellos hasta ahora, el coronavirus, que se ha llevado millones de vidas, con la explosión de guerras en 18 sitios diferentes de la Tierra, particularmente la letal Guerra entre Rusia y Ucrania (detrás de la cual están la OTAN y Estados Unidos) son consecuencia de la falta de la justa medida.

Esta falta de la justa medida es intrínseca al paradigma de la modernidad, formulado en los siglos XVII/XVIII por los padres fundadores, como Galileo Galilei, Newton, Francis Bacon y otros. Para ellos, el eje estructurador del nuevo mundo a ser construido se basaba en la voluntad de potencia o de poder, como fue identificado por Nietzsche y por toda la Escuela de Frankfurt. Según este paradigma nuevo, el ser humano se entiende como maestro y dueño de la naturaleza, en la expresión de Descartes. No se siente parte del todo natural. Este no tiene sentido en sí, ni propósito, salvo en la medida en que se ordena al ser humano, que lo trata según su conveniencia.

En nombre de este paradigma se rompió totalmente la justa medida. Los países europeos ejercieron la voluntad de poder dominando pueblos enteros en América Latina, África y en parte de Asia. Dominaron la naturaleza, extrayendo de ella de forma ilimitada sus bienes y servicios. Dominaron la materia hasta las últimas partículas. Dominaron el secreto de la vida, el código genético y los genes. Realizando todo con furor sin sentido alguno de la justa medida. Trajeron innumerables beneficios para la vida humana, pero al mismo tiempo, por haber mandado al limbo a la justa medida, crearon para sí el principio de autodestrucción con todo tipo de armas, que, si fueran usadas, no dejarían un alma viva para contar la historia. 

Para no quedarnos sólo en conceptos, demos un ejemplo concreto: la intrusión del Covid-19, que afectó solo a la humanidad y no a los demás seres vivos, es la consecuencia directa de la voluntad de poder, de la agresión sistemática de nuestro modo de habitar el planeta Tierra destruyendo los hábitats de los virus. Sin sus nichos vitales, avanzaron sobre los seres humanos provocando la muerte de millones de personas. Por lo tanto, nos faltó la justa medida entre la intervención necesaria en la naturaleza para garantizar nuestros medios de vida y la ambición exagerada de superexplotar los bienes y servicios naturales más de lo que necesitamos, para la acumulación y el enriquecimiento,

De esta forma, la Tierra viva perdió su equilibrio dinámico y nos envió a través del coronavirus un llamamiento a la justa medida, un mensaje de cuidado, de autocontrol y de superación de todo exceso. Ese fue el sentido del confinamiento social, del uso de mascarillas y de la urgencia de usar las debidas vacunas. Todo parece indicar que no aprendimos la lección, pues la gran mayoría ha vuelto a la antigua normalidad. 

Bien decía el pensador italiano Antonio Gramsci: “la historia es maestra pero prácticamente no tiene alumnos”. De todas formas, nos queda la lección de que debemos incluir en todo la justa medida, alimentar una relación amistosa y justa con todas las cosas si queremos garantizar un futuro para la vida humana y para nuestra civilización.

Yendo directamente a la cuestión fundamental: la causa más inmediata y visible de la ruptura de la justa medida reside en el capitalismo como modo de producción y en el neoliberalismo como su expresión política. Los mantras de ambos son conocidos los hemos referido arriba.

Si hubiéramos seguido tales mantras, gran parte de la humanidad habría sido gravemente afectada o habría desaparecido. Lo que nos salvó fue dar centralidad a la vida, la interdependencia entre todos, la solidaridad de unos con otros, el cuidado de la naturaleza y las leyes y normas que limitan los oligopolios, generadores de pobreza de gran parte de la humanidad.

Preocupado con esta cuestión máxima, de vida y de muerte, el autor ha escrito dos libros, fruto de una amplia investigación mundial, redactados en el lenguaje más accesible posible para que todos puedan darse cuenta de la gravedad que significa la ausencia de la justa medida para la vida personal, para las comunidades, para la economía, para la cultura y para nuestra relación con la naturaleza, en último término para con la Tierra.

El primero, publicado en 2022, El Pescador ambicioso y el pez encantado: la búsqueda de la justa medida. En él  se ha preferido el género narrativo con uso de cuentos y de mitos ligados a la justa medida. El segundo, una continuación del primero, En busca de la justa medida: cómo equilibrar el planeta Tierra, procura ir de forma más reflexiva a las causas que nos llevan a perder la justa medida o lo óptimo relativo. Ambos libros plantean la pregunta angustiante: ¿es posible vivir la justa medida dentro de este sistema capitalista y neoliberal hoy globalizado?

Respondemos, con el pesimismo de la razón pero con el optimismo de la voluntad:  es, si, posible, a condición de pasar de la cultura del exceso a una cultura de la justa medida, desarrollando un nuevo modo de habitar la Tierra, sintiéndonos parte de ella y hermanos y hermanas de todos los demás seres.

Dicho en el lenguaje del papa Francisco en la encíclica Fratelli tutti, haciendo la travesía del dominus (dueño) de la naturaleza al frater (hermano y hermana) entre nosotros y entre todos los seres de la naturaleza.

Para eso es importante una ética de la justa medida a nivel personal y comunitario, en la política y en la economía, en la educación y en la espiritualidad.

O bien organizamos nuestras sociedades dentro de los límites del planeta Tierra, viviendo en todo la justa medida o estaremos poniendo en peligro el futuro de nuestra vida y de toda la vida sobre la Tierra. 

*Leonardo Boff es ecoteólogo, filósofo y escritor con varios textos sobre la ecología integral y los peligros que pesan sobre la humanidad.

Traducción de María José Gavito Milano

Un “racismo amateur” o  un racismo cultural/estructura

La cuestión del racismo contra los negros es ancestral. En los últimos tiempos ha adquirido especial relevancia por causa de los crímenes cometidos contra algunos de ellos, de forma cruel en los Estados Unidos y de las  matanzas ocurridas especialmente en la zona norte y en la   Baixada de Río de Janeiro: jóvenes negros entre 18-20 años de edad no es raro que sean  “abatidos” (había hasta una cruel “ley del abatimiento” introducida por el gobernador de Río,  destituido, Witzel) como si fuesen animales. Con el pretexto  de  sentir miedo o de sentirse amenazado un policía podía “abatir” a las personas, especialmente negras.

Un fenómeno semejante está ocurriendo en varios países de Europa. Tengo en mis manos un minucioso estudio de un negro de Guiné-Bissau, Filomeno Lopes, periodista bien formado en una universidad italiana que trabaja en Roma como locutor de radio  Vaticano para África. Comprometido en la superación del racismo escribió una especie de carta abierta a los jóvenes italianos, no en lenguaje académico, sino de gran divulgación. Les dirige un mensaje  explicándoles  las muchas razones, todas ellas falsas, del por qué surgió el racismo secular contra los negros africanos. Da un título curioso: “un racismo amateur desacomplejado”. Con esto quiere aclarar que el racismo anti negro-africano está culturalmente tan arraigado que los jóvenes desconocen las razones de él,  por eso es “amateur, desacomplejado” y legitimado. Sin darse cuenta son racistas en el lenguaje, en las metáforas despectivas, en los chistes y en los comportamientos discriminatorios, hasta el punto de no darse cuenta de lo que hacen ni del  sufrimiento y la humillación  que causan en las víctimas negro-africanas. Esto mismo ocurrió  recientemente en  Valencia (España) contra un excelente futbolista negro brasilero que juega en el Real Madrid, Vinicius Junior.

Para muchos europeos los negros africanos son “Lázaros”, los condenados de la Tierra, los  descendientes malditos del Cam bíblico, descartados del sistema mundo.

En Brasil acuñamos la expresión  “racismo cultural” o “estructural”, o sea, los tres siglos de bárbara esclavitud, de malos tratos, de desprecio y odio a los millones de afro-descendientes impregnaron nuestra cultura de forma inhumana y, a veces, cruel. Solo por el simple hecho de ser negros y  principalmente si son pobres y viven en las favelas que rodean casi todas nuestras  ciudades.

Vean a qué punto ha llegado la barbarie en los llamados  países “civilizados” de Europa. Recientemente decidieron, tras deliberación de los gobiernos y por unanimidad, omitir del rescate del mar a los que vienen de Oriente Medio y particularmente a los que llegan de África. Pusieron sobre los hombros de Italia el encargo del rescate. Pero como están llegando multitudes, también Italia adhirió a esta política, un crimen contra la humanidad y contra toda la ética tradicional de la “ley del mar” escrupulosamente observada por  todos en el salvamento y rescate de personas que están en peligro de naufragar.

El Mediterráneo se está volviendo la sepultura de cientos y cientos de personas, relegadas, consideradas indeseables y “basura del mundo”. Bien decía el Papa Francisco: “ellos ahora están aquí en Europa, porque antes nosotros, europeos, estuvimos allí, en África, siendo bien recibidos. Pero los dominamos y les robamos las riquezas; ahora ellos  vienen para acá y son rechazados y mal recibidos”. Si consiguen pasar las fronteras, la primera pregunta que les hacen, sin ni siquiera saludarlos, es: ”documentos”; no ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? ¿De dónde vienes y qué buscas en este país? La mayoría viene huyendo de las  guerras y del hambre y buscan solo poder vivir con un mínimo   de paz.

Detrás  del racismo contra los negros está la arrogancia de los supremacistas blancos europeos y norteamericanos. Se juzgan en la punta de la pirámide de la hominización, considerando a los negros, debido al color su piel,  la escala intermedia entre el simio antropoide y el hombre blanco.

 ¿Cómo ha sido posible que estas personas, cristianizadas, negaran totalmente el mensaje del Maestro de  Nazaret, que no era blanco sino semita, y que reveló que todos los seres humanos son hijos e hijas de Dios y por eso respetables y amables?

Ni los mayores filósofos y genios escaparon del vicio racista, lo que valida la tesis de que la cabeza piensa desde donde pisan los pies, en este caso en un suelo cultural racista, antinegro africano.

Kant, el mayor crítico de la razón pura y de la razón práctica, no fue suficientemente crítico. Es de él la afirmación: “Los negros de África no recibieron de la  naturaleza ningún sentimiento que se elevase por encima de la estupidez (…). Los negros (…) son tan ruidosos que para calmarlos recurrimos a los palos”. Hegel va todavía más lejos:  “El negro encarna al hombre en el estado de la naturaleza en todo su salvajismo y  desenfreno”. Por lo tanto, “si queremos tener una idea correcta de él, debemos abstraernos de cualquier noción de respeto, de moralidad, de todo lo que recibe el nombre de sentimiento: en este carácter no podemos encontrar nada que contenga siquiera un eco de humanidad.  Los relatos detallados de los misioneros confirman plenamente nuestra afirmación y parece  que solo el  mahometismo es aún capaz de  aproximar  a los negros de la cultura”.

Con razón reconocía Gramsci: “La historia es maestra pero no tiene discípulos”.  Estos malos discípulos forjaron la ideología que legitimase la esclavitud y la supremacía de los blancos.

Todo el esfuerzo del autor es mostrar a los jóvenes los grandes valores de las culturas africanas, especialmente en torno al concepto  de Ubuntu: “yo soy yo a través de ti y contigo;  yo soy  porque nosotros somos; la vida es siempre con los otros; el ser humano es el remedio del otro ser humano”. Es el ser juntos, la comunión de  “nosotros somos” que funda  la “comunión de destino”.

Si se vive esto no hay porque segregar, hace ya tantos siglos,  a millones y millones  de africanos. Es importante recordar que todos somos africanos, pues el primer ser humano  irrumpió en África y de allí se difundió por todo el mundo. Hoy nos encontramos en la misma Casa Común. Ellos, que fueron los primeros, no pueden ser considerados los últimos. Al contrario, debemos estarles agradecidos porque en ellos se formaron las primeras estructuras psíquicas, mentales, sentimentales y racionales que nos caracterizan como humanos. En ese sentido la Madre África es perenne y vivirá siempre en nosotros, pues con ella formamos una comunidad de destino junto con la otra Madre, la Tierra.

*Leonardo Boff es teólogo, filósofo y escritor y ha escrito: El destino del hombre y del mundo, Sal Terrae 1978, varias ediciones.                                          

Del caos mundial, ¿un nuevo orden?

Como pocas veces en la historia general de la humanidad, con posibilidad de ser datada, constatamos una situación de caos en todas las direcciones y en todas las esferas de la vida humana, de la naturaleza y del planeta Tierra como un todo. Hay presagios apocalípticos que se engloban bajo el nombre de antropoceno (el ser humano es el gran meteoro amenazador de la vida), de necroceno (muerte masiva de especies de vida) y últimamente de piroceno (los grandes incendios en varias regiones de la Tierra), todo por la irresponsable acción humana y como consecuencia del nuevo régimen climático irrefrenable, y no en último lugar, el peligro de una hecatombe nuclear capaz de exterminar toda la vida humana.

No obstante el enorme avance de las ciencias de la vida y de la tierra, principalmente del mundo virtual y de la Inteligencia Artificial (IA), no reina optimismo, sino pesimismo y preocupación seria sobre el eventual fin de nuestra especie. Muchos jóvenes se dan cuenta de que, al prolongarse y al  agravarse el curso actual de la historia, no van a tener un futuro apetecible. Se comprometen valientemente en un movimiento que ya es planetario para la salvaguarda de la vida y del futuro de nuestra Casa Común, como lo hace prototípicamente la joven Greta Thunberg.

No deja de sonar porfiadamente la advertencia del Papa Francisco en su encíclica Fratelli tutti (2020): “Todos estamos en el mismo barco; o nos salvamos todos o no se salva nadie” (n.32).

En este contexto vale la pena reflexionar sobre la contribución que nos ofrece uno de los mayores científicos actuales, ya fallecido, el  ruso-belga Ilya Prigogine, premio Nobel de Química en 1977, con su vasta obra, pero  principalmente en  “El fin de las certidumbres” (ed. Andrés Bello,1996). Él y su equipo crearon una nueva ciencia, la física de los procesos de no-equilibrio, es decir, en situación caótica.

En su obra pone en jaque a la física clásica con sus leyes determinísticas y muestra que la flecha del tiempo no vuelve atrás (irreversibilidad), que apunta a probabilidades y nunca a certidumbres. La propia evolución del universo se caracteriza por fluctuaciones, desvíos, bifurcaciones, situaciones caóticas, como la primera singularidad del big bang, generadoras de nuevos órdenes. Enfatiza que el caos nunca es solo caótico. Él alberga un orden escondido que, dadas ciertas condiciones, irrumpe y da inicio a otro tipo de historia. El caos, por tanto, puede ser generativo, pues del caos surgió la vida, afirma Prigogine.

En este científico, que era también un gran humanista, encontramos algunas reflexiones que no son tanto soluciones, sino inspiraciones para desbloquear nuestro horizonte sombrío y catastrófico. Pueden generar alguna esperanza en medio del pesimismo generalizado de nuestro mundo, hoy planetizado, a pesar de la lucha por la hegemonía del proceso histórico, unipolar (USA) o multipolar (Rusia, China y los Brics).

Prigogine comienza diciendo que el futuro no está determinado. “La creación del universo es ante todo una creación de posibilidades, algunas de las cuales se realizan y otras no”. Lo que puede suceder está siempre en potencia, en suspensión y en estado de fluctuación. Así ocurrió en la historia de las grandes destrucciones  ocurridas hace millones de años en el planeta Tierra. Hubo épocas, especialmente cuando ocurrió el  rompimiento de Pangea (el continente único) que se dividió en partes, originando los distintos  continentes. Cerca del 75% de la carga biótica desapareció. La Tierra necesitó algunos millones de años para rehacer su biodiversidad.

Es decir, de aquel caos surgió un nuevo orden. Lo mismo cabe afirmar de las 15 grandes destrucciones que nunca consiguieron exterminar la vida en la Tierra. Más bien, se produjo después un salto cualitativo y un orden superior. Así sucedió con la última gran extinción masiva ocurrida hace 67 millones de años que se llevó a todos los dinosaurios pero dejó a nuestro ancestral que evolucionó hasta alcanzar el estadio actual de sapiens sapiens o, realísticamente, sapiens y demens.

Prigogine desarrolló lo que él llamó “estructuras disipativas”. Ellas disipan el caos y también los deshechos transformándolos en nuevos órdenes. Así, en un lenguaje pedestre, de la basura del sol –los rayos que se dispersan y llegan a nosotros– surge casi toda la vida en el planeta Tierra, especialmente permitiendo la fotosíntesis de las plantas que nos entregan el oxígeno sin el cual nadie vive. Esas estructuras disipativas transforman la entropía en sintropía. Lo que es caótico y dejado de lado es reelaborado hasta formar un orden nuevo. De esta forma, no iríamos al encuentro de la muerte térmica, un colapso total de toda la materia y energía, sino hacia órdenes cada vez más complejos y altos hasta un supremo orden, cuyo sentido último nos es indescifrable.   Prigogine rechaza la idea de que todo termina en el polvo cósmico.

Como consecuencia, Prigogine es optimista ante el caos actual, inherente al proceso evolutivo. En esta fase, le corresponde al ser humano la responsabilidad de, al conocer el dinamismo de la historia en abierto, asumir decisiones que den prevalencia al caos generativo y hacer valer las estructuras disipativas que ponen un freno a la acción letal del caos destructivo.

“Cabe al hombre tal cual es hoy, con sus problemas, dolores  y alegrías, garantizar que sobreviva al futuro. La tarea es encontrar la estrecha vía entre la globalización y la preservación del pluralismo cultural, entre la violencia y la política, y entre la cultura de la guerra y la de la razón”. El ser humano se presenta como un ser libre y creativo y podrá transformarse y transformar el caos en cosmos (orden nuevo).

Tal parece ser el desafío actual frente al caos que nos asola. O tomar conciencia de que sobre nosotros recae la responsabilidad de querer continuar sobre este planeta o permitir, por nuestra irresponsabilidad, un Armagedón ecológico-social. Sería el trágico fin de nuestra especie.

Alimentamos con Prigogine la esperanza humana (y también teológica) de que el caos actual representa una especie de parto, con los dolores que lo acompañan, de una nueva forma de organizar la existencia colectiva de la especie humana dentro de la única Casa Común, incluyendo a toda la naturaleza sin la cual nadie sobreviviría. Si es grande el peligro, decía un poeta alemán, grande es también la posibilidad de salvación. O en las palabras de las Escrituras: “Donde abundó el pecado (caos), sobreabundó la gracia (nuevo  orden: Rm 5,20). Así lo esperamos y así lo quiera Dios.

*Leonardo Boff ha escrito El doloroso parto de los Madre Tierra: una sociedad de fraternidad sin fronteras y de amistad social, Vozes 2021; Habitar la Tierra: cuál es el camino para la fraternidad universal, Vozes 2021.

Traducción de María José Gavito Milano

Si Dios existe como existen las cosas, entonces Dios no existe

Leonardo Boff*

“Dios no existe”, estimaba el físico y  astrónomo Stephen Hawking,  que murió en marzo de 2018. Responderé  con un filósofo y teólogo medieval, de los más perspicaces, hasta el punto de ser llamado “doctor sutil”, el franciscano escocés Duns Scoto (1266-1308): “Si Dios existe como existen las cosas, entonces Dios no existe”.

Ambos, Hawking y Scoto, tienen razón. El famoso físico e identificador de los “agujeros negros” se mueve dentro de la burbuja de la física, de aquello  que puede ser medido, calculado y hecho objeto de experimentación empírica. Buscar a Dios dentro de este paradigma significa no poder encontrar a Dios porque Dios no es una cosa, con las características de las cosas, por minúsculas que sean (un topquark, el bosón de Higgs) o por mayores que se presenten como el conglomerado de galaxias, de tamaño incalculable. Lo máximo que la razón podría decir es que Dios es el “Ser que hace ser  todas las cosas”, no siendo una cosa.

Así pues, desde la física, es válida la afirmación de que “Dios, de hecho, no existe”. El no cabe dentro de la física por que no es una realidad física.Solo que la física no es la única ventana de acceso a lo real.

Hay otras realidades que, por no ser físicas, no dejan de ser realidades. Así una lombriz jamás entenderá una música de Vila Lobos, ni el  coronavirus sabrá apreciar un cuadro de Tarcila. Son realidades de naturaleza diferente.

Duns Scoto tiene también razón porque al referirnos a Dios, sostiene él, estamos pensando en una Realidad Última que trasciende todos los límites de la física, del espacio y del tiempo o de cualquier otra forma de conocimiento. Es el Innombrable, y el Inefable, Aquel que no cabe en ningún lenguaje, ni en ningún diccionario.  Dios no es un hecho de la realidad  palpable que puede ser captada y dicha. Por su naturaleza Él está mas allá de los hechos. Él es Aquel ante el cual debemos, reverentemente, callar, expresando el Noble Silencio. Esa es la verdadera posición del pensamiento radical que se expresa por la filosofía y por la teología, tan bien elaborado en los escritos de Duns Scoto. Remarcando: Él es el Misterio que trasciende cualquier realidad dada, medible o captable por el ser humano. Quien vio claro eso fue el  filósofo vienés  Ludwig Wittgenstein (1889-1951) en su famoso Tractatus Logico-philosophicus (1921) al decir: “La ciencia estudia  cómo es el mundo; el místico se admira de que el mundo sea. Seguramente existe lo Inefable. Eso se muestra, es lo   místico… Sobre aquello que no podemos hablar, debemos callar” (aforismo 6.522).

Aquí resuena la frase famosa de Gottfried  Leibniz (1646-1716): “¿por qué existe el ser y no la nada?”  A esta pregunta no cabe respuesta: es el Misterio del ser frente a la nada. Ante el  Misterio del ser se debe callar antes que hablar, porque todo lo que digamos queda más acá del  Misterio que es Inefable e Inexpresable y ya supone que estamos en el ser.

Pero no estando en el horizonte de las cosas, Dios sin embargo está en el horizonte del sentido. Por eso afirma Wittgenstein: “Creer en un Dios significa comprender la cuestión del sentido de la vida. Creer en un Dios significa percibir que no todo está decidido con los hechos del mundo. Creer en Dios significa percibir que la vida tiene un  sentido” (Id.ibd).

Pero volvamos a Hawking: todos los grandes científicos empezando por Newton que introdujo el matematismo en la naturaleza, pasando por Einstein y otros, llegando al genial inglés, buscaban una fórmula que explicase toda la realidad. El intento era una “Teoría del Todo” (TOE en inglés: Theory of Everything) llamada también  “Teoría de la Gran Unificación” (TGU).

Hay dos libros clásicos que resumen los  encuentros y desencuentros de esta magna cuestión: John B.Barrow, Teorías del Todo: la búsqueda de la explicación final (Zahar 1994) y el de Abdus Salam, Werner Heisenberg, Paul Dirac, La unificación de las fuerzas fundamentales: el gran desafío de la física contemporánea (Zahar 1994). Todos acaban reconociendo el fracaso de ese intento. En la expresión de John Barrow: “Toda la vida cotidiana, lo que mueve a los seres humanos en su búsqueda de felicidad y en su tragedia, no caben  en la concepción del “Todo”.

El último a reasumir esta cuestión fue justamente  Stephen Hawking en su famoso  libro Breve historia del tiempo (Ediouro 2005). Lo intentó de todas las formas. Al final reconoció la imposibilidad afirmando: “Si realmente descubrimos una teoría completa, sus principios generales deberán a su debido tiempo ser comprensibles por todos, y no sólo por unos pocos científicos.  Entonces, todos nosotros, filósofos, científicos y simples personas comunes, seremos capaces de participar en la discusión de por qué nosotros y el universo existimos. Si encontrásemos una respuesta a esta pregunta, sería el triunfo último de la razón humana porque entonces conoceríamos la mente de Dios” (Uma breve história do tempo, p. 145). Se refiere a Dios y a su mente oculta. Ese Dios-Misterio se encuentra en la raíz de todas las existencias, sustentándolas y haciéndolas continuamente subsistir, pero siempre oculto a la vista humana. Por eso las Escrituras judeocristianas afirman: “Dios habita en una luz inaccesible que ningún ser humano vio ni puede ver” (1Tim 6,16; Sal 104,2; Ex 33,20; Jn,1,18;  1Jn 4,12).

Entonces cabe, realmente, concluir: si Dios existe como existen las cosas, entonces Él no existe”. Más allá de las cosas, Él existe, con  una naturaleza distinta a la de las cosas, como Aquel que sacó todo de la nada y  continuamente subyace a todo lo que existe y podrá existir.

*Leonardo Boff es filósofo, teólogo y ha escrito: Experimentar a Dios hoy: la transparencia de todas las cosas, Sal Terrae 2003; Tiempo de transcendencia, Sal Terrae 2007.

Traducción de María José Gavito Milano