Preocupación por las víctimas en la sociedad y en la Iglesia

Estamos viviendo a nivel mundial y nacional una extraña paradoja. Por una parte constatamos, como en ningún periodo histórico anterior, una creciente preocupación por las víctimas de crímenes cometidos personal o colectivamente. Por otro lado, verificamos una clamorosa indiferencia hacia las víctimas, ya sean de crímenes de feminicidio sobreviviente, o de  conflictos de alta letalidad y hacia los millones de refugiados e inmigrantes, que buscan huir de guerras o del hambre, principalmente en Europa y en Estados Unidos. Estos últimos especialmente son los más rechazados.  

En 1985 la ONU publicó la “Declaración sobre los principios fundamentales de justicia para las víctimas de delitos y del abuso de poder”. Fue un paso decisivo en defensa de las víctimas siempre olvidadas por la justicia en regímenes autoritarios o en democracias de baja intensidad, controladas por los poderosos,  principales causantes de víctimas.

Curiosamente en Brasil, la visión de los derechos humanos concernía prioritariamente a la defensa de los autores de los delitos, cuando su preocupación central fue siempre la protección de la dignidad de toda persona humana, de sus derechos en todas sus dimensiones.

A pesar de haber en Brasil, por lo general, un déficit normativo acerca del incentivo a los derechos de las víctimas, cabe constatar que en el Derecho Penal Contemporáneo esta preocupación ha adquirido últimamente cierta importancia. Se introdujeron   modificaciones en el Código del Proceso Penal determinando como requisito para la fijación de sentencia criminal por parte del juez, los daños por el crimen realizado. El juez impone indemnizaciones y la obligación al  condenado de resarcir a la víctima.

En suma, hay que enfatizar cierto giro jurídico: antes la responsabilidad civil se centraba en el criminal, ahora se vuelve hacia la  víctima y la compensación del daño sufrido por esta: “de una deuda de responsabilidad se ha pasado a una reparación  de indemnización”.

Esta preocupación por las víctimas adquirió resonancia mundial, cuando la Iglesia Católica (pero también otras iglesias), tras mucha vacilación despertó a la exigencia ética y moral de oír a las víctimas y compensar el daño psicológico y espiritual causado. Al principio no era así.  Un decreto de autoridades del Vaticano exigía, bajo pena canónica, que los sacerdotes pederastas no fuesen denunciados a las  autoridades civiles.

Todo quedaba ocultado dentro del mundo eclesial. Al pedófilo se le transfería a otra parroquia o diócesis, sin tener en cuenta que también allí continuaban los abusos. Este vicio afectaba a sacerdotes, obispos y hasta cardenales. Se alegaba que el silencio (nada obsequioso) era para no desmoralizar a la institución Iglesia Universal, y preservar su buen nombre como la guardiana de la moralidad y de los valores occidentales.

Esto nos remite al farisaísmo, tan combatido por el Jesús histórico, ya que los fariseos predicaban una cosa y vivían otra, dándose por piadosos (Lucas 11,45-46). Ese fariseísmo prevaleció un buen tiempo en el interior de la Iglesia Católica.

La versión predominante de las autoridades vaticanas era moralista: la pedofilia se juzgaba como un pecado; bastaba confesarlo y todo quedaba resuelto. Pero encubierto. Doble error fatal: no era solo un pecado; era un crimen horrendo y vergonzoso. El tribunal adecuado para juzgar tal crimen no era el derecho canónico sino la justicia civil del estado. Así que sacerdotes, obispos y hasta cardenales tuvieron que enfrentarse a tribunales civiles, reconocer el delito y someterse a la pena. Para otros, el propio Papa se anticipaba y mandaba a un cardenal pedófilo a un convento para que, recogido, se redimiese de sus crímenes.

El segundo error fatal: solo se tenía en cuenta al  eclesiástico pederasta. Pocos pensaban en las víctimas. Inicialmente así era como se trataba el problema de la pedofilia, inclusive dentro de la Curia Romana.

Fue necesario que interviniesen los papas,  especialmente el Papa Francisco para dar centralidad a las víctimas de los abusos sexuales. Él se reunió con muchas de ellas.  Varias veces pidió perdón en nombre de toda Iglesia por los crímenes cometidos. Ha habido diócesis en Estados Unidos que casi fueron a la quiebra por las indemnizaciones que tuvieron que pagar a las víctimas, impuestas por los tribunales civiles.

Prácticamente en todos los países y diócesis se ha investigado a clérigos pedófilos, algunas de forma dramática como en el caso de Chile que ocasionó la renuncia de gran parte del episcopado. No menos dramática fue la investigación en Alemania,  involucrando al Papa Benedicto XVI, en el tiempo en que era cardenal-arzobispo de Múnich. Tuvo que admitir delante de un tribunal civil haber sido indulgente con un sacerdote pederasta,  transfiriéndolo simplemente a otra parroquia.

Lo grave de los abusos sexuales por parte de personas del clero es la profunda escisión que crea en la mente de las víctimas. Por su naturaleza, un clérigo está rodeado de respeto por ser portador de lo sagrado y, eventualmente, es considerado como representante de Dios. Mediante el abuso criminal se rompe espiritualmente el camino de la víctima a Dios. ¿Cómo se puede pensar y amar a un Dios cuyo representante comete esos crímenes? Ese daño espiritual, además  del psicológico, está poco señalado en los análisis que se han hecho y se hacen.

Millones y millones de personas en todo el mundo son víctimas de discriminación, desprecio, odio y hasta de muerte por el color de su piel, por ser de otra creencia o de otra ideología política, de otra opción sexual o simplemente por ser pobres. Fueron los países europeos cristianizados los que hicieron más víctimas con la Inquisición, con guerras de 100 millones de muertos. Fueron ellos quienes comercializaban con personas arrancadas de África y las vendían como esclavas en las Américas y otras partes. Impusieron a sangre y fuego el colonialismo, el capitalismo depredador, el uso sistemático de la violencia para imponer en el mundo sus supuestos valores cristianos.

Desde el justo Abel hasta el último elegido, las víctimas tendrán el derecho de gritar hasta el juicio final contra las injusticias que les han sido impuestas. En el lenguaje de una víctima indígena del siglo XVI, refiriéndose-a los brutales colonizadores: “ellos fueron el anticristo sobre la tierra, el tigre de los pueblos, el chupador del indio”. Habrá un día en que toda la verdad saldrá  a la luz, a pesar de que en el tiempo presente, en las palabras de San Pablo “la verdad está aprisionada por la injusticia” (Romanos 1,18). Pero la verdad y no la violencia creadora de víctimas, escribirá la última palabra del libro de la historia.

*Leonardo Boff ha escrito Teología del cautiverio y de la liberación, Ed. San Pablo 1985.

Traducción de María José Gavito Milano

¿Hemos aprendido la lección del Covid-19?

Hemos superado en gran parte las amenazas del Covid-19, que durante tres años puso en peligro la vida de millones de personas. Es cierto que han quedado secuelas: el virus afectó los riñones, los pulmones, los intestinos e incluso el cerebro. En cierto modo, se ha instalado en nuestro organismo y probablemente tal como sucede con la gripe, debamos seguir recibiendo vacunas protectoras.

Indiscutiblemente la acción deletérea del virus ha aumentado nuestra conciencia ecológica. No hay más que ver lo mucho que se ha escrito sobre el tema y los cientos de “emisiones en vivo y en directo” sobre el cuidado de la Casa Común, realizadas en todos los países y cómo se han ido formado grupos ecologistas.

Sin embargo, en términos sociales y globales, imaginábamos que habríamos comprendido el significado profundo de la lección que la pandemia nos legó. No ha sido así. Todo parece haber vuelto a la vieja normalidad, la misma que trajo el virus, ya sea en las formas de producción que requerirían una relación más amigable con la naturaleza; la sobreexplotación de los ecosistemas continúa; la deforestación, sea en la Amazonia, en el Cerrado y el Congo, sigue a un ritmo preocupante, por más que los gobiernos hagan esfuerzos para limitar la voracidad del capital mundial.

Especialmente la minería, explotada en casi todos los países, degrada ecosistemas enteros y perjudica la salud de miles de personas. La escasez de agua potable será probablemente uno de los factores de grandes conflictos en un futuro próximo, ya que cada vez escasea más y su caudal disminuye debido al calentamiento global.

Quizá el vacío político más grave sea la incapacidad de crear un centro de decisión global y plural para enfrentar problemas globales (como las pandemias, el calentamiento global, el agotamiento de la biodiversidad, el deterioro de suelos y cultivos, etc.) que requieren una solución global. Siguen prevaleciendo soberanías obsoletas, pues en nombre de ellas cada país trata de defender sus intereses sin tener en cuenta el carácter sistémico de los problemas. La Carta de la Tierra (2003) ya advertía: “Nuestros desafíos ambientales, económicos, políticos, sociales y espirituales están interconectados y juntos podemos forjar soluciones inclusivas” (Preámbulo). Estas soluciones incluyentes requieren un centro plural de gestión global, porque la mejor ciencia nos advierte de las graves crisis que se avecinan y contra las que poco podemos hacer.

Y lo que es más importante: debemos inaugurar un nuevo paradigma de cómo habitar nuestra Casa común, porque de mantenerse el actual podría conducirnos a gravísimos desastres socio-psicológicos. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo 2022 (PNUD), bajo el lema Tiempos inciertos, vidas inestables, deja claro “que sin un drástico cambio de rumbo, podemos estar abocados aún a más privaciones e injusticias”.

Sin un nuevo paradigma, las desigualdades solo tienden a crecer. Hace años, en 1990, esta misma organización mundial mostraba la relación entre el 5% más rico y el 5% más pobre, que en 1960 era de 1 a 30; en 1990 pasó de 1 a 60 y en 1995 de 1 a 74. Hoy en día el foso entre ambos debe de haberse ampliado mucho más, ya que la pandemia ha causado 800.000 pobres.

Hay que añadir otro dato que nos hace reflexionar: la brecha entre lo que producimos con nuestra ciencia y tecnología y lo que la naturaleza produce por sí misma y que nos permite continuar en este planeta. La estamos deteriorando día a día. La contribución de la naturaleza a la economía actual se estima en 33 billones de dólares al año. El producto interior bruto mundial es de unos 18 billones de dólares. Si el furor capitalista por la acumulación ha vuelto estéril gran parte de la naturaleza, habría que sumar los 33 billones de dólares provenientes de la naturaleza al PIB mundial. Ninguna teoría o técnica sabría de dónde sacarlos. Como se deduce, hemos llegado a los límites de la Tierra. Necesitamos más de una Tierra y media para satisfacer el consumo mundial, sobre todo el consumo suntuoso de las clases ricas.

Cada vez nos acercamos más al momento en que la humanidad debe elegir entre continuar como está todo, y ahí peligra nuestra supervivencia, o cambiar para asegurar nuestra subsistencia sobre la Tierra.

Esta alternativa nos la ha planteado el Covid-19, obligándonos a la reclusión social para pensar (un verdadero repliegue existencial colectivo), al uso de mascarillas para evitar contaminarnos unos a otros y a la búsqueda desesperada de vacunas, afortunadamente encontradas. Pero no obviaron el dilema: ir al encuentro de lo peor o cambiar de rumbo.

El tiempo se acelera y no tenemos en cuenta su ritmo, ocupados con nuestros negocios, con nuestros proyectos de crecimiento, sin darnos cuenta de los límites de los bienes y servicios del planeta.

Los tiempos son cada vez más inciertos y las vidas cada vez más inestables y amenazadas, sobre todo con el nuevo régimen climático imparable al que no todos los seres vivos consiguen adaptarse, incluida buena parte de la humanidad.

El autor principal del PNUD, Pedro Conceição, afirma con razón: “Para sortear la incertidumbre, tenemos que redoblar los esfuerzos en materia de desarrollo humano y mirar más allá de mejorar la riqueza o la salud de las personas. Éstas siguen siendo importantes. Pero también tenemos que proteger el planeta y proporcionar a las personas las herramientas necesarias para sentirse más seguras, recuperar el control sobre sus vidas y tener esperanza en el futuro”. Ese futuro está en nuestras manos, pero no cae del cielo.

*Leonardo Boff ha escrito Opción Tierra: la solución para la Tierra no cae del cielo, Sal Terrae, 2008.

Traducción de María José Gavito Milano

La justa medida puede salvar la vida y el planeta Tierra

Leonardo Boff*

La justa medida constituye un valor universal presente en todas las culturas y representa uno de los puntos más importantes de todos los caminos éticos. Estaba inscrita en los pórticos de los templos o en los edificios públicos de Egipto, de Grecia, del Imperio romano y de otras partes. La virtud de la justa medida significa el camino del medio, ni de más ni de menos, y en la dosis correcta. Se opone a todo exceso, a toda ambición exagerada (hybris en griego). Recomienda el autocontrol, la capacidad de desprendimiento y de renuncia.

Estamos convencidos de que una de las causas principales del caos actual, con el desequilibrio del planeta Tierra, con la devastación de casi todos los ecosistemas, con el calentamiento global que ha introducido de forma irreversible un nuevo régimen climático más caliente, que se muestra por los eventos extremos a nivel mundial, con la aparición de nuevos virus, el peor de ellos hasta ahora, el coronavirus, que se ha llevado millones de vidas, con la explosión de guerras en 18 sitios diferentes de la Tierra, particularmente la letal Guerra entre Rusia y Ucrania (detrás de la cual están la OTAN y Estados Unidos) son consecuencia de la falta de la justa medida.

Esta falta de la justa medida es intrínseca al paradigma de la modernidad, formulado en los siglos XVII/XVIII por los padres fundadores, como Galileo Galilei, Newton, Francis Bacon y otros. Para ellos, el eje estructurador del nuevo mundo a ser construido se basaba en la voluntad de potencia o de poder, como fue identificado por Nietzsche y por toda la Escuela de Frankfurt. Según este paradigma nuevo, el ser humano se entiende como maestro y dueño de la naturaleza, en la expresión de Descartes. No se siente parte del todo natural. Este no tiene sentido en sí, ni propósito, salvo en la medida en que se ordena al ser humano, que lo trata según su conveniencia.

En nombre de este paradigma se rompió totalmente la justa medida. Los países europeos ejercieron la voluntad de poder dominando pueblos enteros en América Latina, África y en parte de Asia. Dominaron la naturaleza, extrayendo de ella de forma ilimitada sus bienes y servicios. Dominaron la materia hasta las últimas partículas. Dominaron el secreto de la vida, el código genético y los genes. Realizando todo con furor sin sentido alguno de la justa medida. Trajeron innumerables beneficios para la vida humana, pero al mismo tiempo, por haber mandado al limbo a la justa medida, crearon para sí el principio de autodestrucción con todo tipo de armas, que, si fueran usadas, no dejarían un alma viva para contar la historia. 

Para no quedarnos sólo en conceptos, demos un ejemplo concreto: la intrusión del Covid-19, que afectó solo a la humanidad y no a los demás seres vivos, es la consecuencia directa de la voluntad de poder, de la agresión sistemática de nuestro modo de habitar el planeta Tierra destruyendo los hábitats de los virus. Sin sus nichos vitales, avanzaron sobre los seres humanos provocando la muerte de millones de personas. Por lo tanto, nos faltó la justa medida entre la intervención necesaria en la naturaleza para garantizar nuestros medios de vida y la ambición exagerada de superexplotar los bienes y servicios naturales más de lo que necesitamos, para la acumulación y el enriquecimiento,

De esta forma, la Tierra viva perdió su equilibrio dinámico y nos envió a través del coronavirus un llamamiento a la justa medida, un mensaje de cuidado, de autocontrol y de superación de todo exceso. Ese fue el sentido del confinamiento social, del uso de mascarillas y de la urgencia de usar las debidas vacunas. Todo parece indicar que no aprendimos la lección, pues la gran mayoría ha vuelto a la antigua normalidad. 

Bien decía el pensador italiano Antonio Gramsci: “la historia es maestra pero prácticamente no tiene alumnos”. De todas formas, nos queda la lección de que debemos incluir en todo la justa medida, alimentar una relación amistosa y justa con todas las cosas si queremos garantizar un futuro para la vida humana y para nuestra civilización.

Yendo directamente a la cuestión fundamental: la causa más inmediata y visible de la ruptura de la justa medida reside en el capitalismo como modo de producción y en el neoliberalismo como su expresión política. Los mantras de ambos son conocidos los hemos referido arriba.

Si hubiéramos seguido tales mantras, gran parte de la humanidad habría sido gravemente afectada o habría desaparecido. Lo que nos salvó fue dar centralidad a la vida, la interdependencia entre todos, la solidaridad de unos con otros, el cuidado de la naturaleza y las leyes y normas que limitan los oligopolios, generadores de pobreza de gran parte de la humanidad.

Preocupado con esta cuestión máxima, de vida y de muerte, el autor ha escrito dos libros, fruto de una amplia investigación mundial, redactados en el lenguaje más accesible posible para que todos puedan darse cuenta de la gravedad que significa la ausencia de la justa medida para la vida personal, para las comunidades, para la economía, para la cultura y para nuestra relación con la naturaleza, en último término para con la Tierra.

El primero, publicado en 2022, El Pescador ambicioso y el pez encantado: la búsqueda de la justa medida. En él  se ha preferido el género narrativo con uso de cuentos y de mitos ligados a la justa medida. El segundo, una continuación del primero, En busca de la justa medida: cómo equilibrar el planeta Tierra, procura ir de forma más reflexiva a las causas que nos llevan a perder la justa medida o lo óptimo relativo. Ambos libros plantean la pregunta angustiante: ¿es posible vivir la justa medida dentro de este sistema capitalista y neoliberal hoy globalizado?

Respondemos, con el pesimismo de la razón pero con el optimismo de la voluntad:  es, si, posible, a condición de pasar de la cultura del exceso a una cultura de la justa medida, desarrollando un nuevo modo de habitar la Tierra, sintiéndonos parte de ella y hermanos y hermanas de todos los demás seres.

Dicho en el lenguaje del papa Francisco en la encíclica Fratelli tutti, haciendo la travesía del dominus (dueño) de la naturaleza al frater (hermano y hermana) entre nosotros y entre todos los seres de la naturaleza.

Para eso es importante una ética de la justa medida a nivel personal y comunitario, en la política y en la economía, en la educación y en la espiritualidad.

O bien organizamos nuestras sociedades dentro de los límites del planeta Tierra, viviendo en todo la justa medida o estaremos poniendo en peligro el futuro de nuestra vida y de toda la vida sobre la Tierra. 

*Leonardo Boff es ecoteólogo, filósofo y escritor con varios textos sobre la ecología integral y los peligros que pesan sobre la humanidad.

Traducción de María José Gavito Milano

Un “racismo amateur” o  un racismo cultural/estructura

La cuestión del racismo contra los negros es ancestral. En los últimos tiempos ha adquirido especial relevancia por causa de los crímenes cometidos contra algunos de ellos, de forma cruel en los Estados Unidos y de las  matanzas ocurridas especialmente en la zona norte y en la   Baixada de Río de Janeiro: jóvenes negros entre 18-20 años de edad no es raro que sean  “abatidos” (había hasta una cruel “ley del abatimiento” introducida por el gobernador de Río,  destituido, Witzel) como si fuesen animales. Con el pretexto  de  sentir miedo o de sentirse amenazado un policía podía “abatir” a las personas, especialmente negras.

Un fenómeno semejante está ocurriendo en varios países de Europa. Tengo en mis manos un minucioso estudio de un negro de Guiné-Bissau, Filomeno Lopes, periodista bien formado en una universidad italiana que trabaja en Roma como locutor de radio  Vaticano para África. Comprometido en la superación del racismo escribió una especie de carta abierta a los jóvenes italianos, no en lenguaje académico, sino de gran divulgación. Les dirige un mensaje  explicándoles  las muchas razones, todas ellas falsas, del por qué surgió el racismo secular contra los negros africanos. Da un título curioso: “un racismo amateur desacomplejado”. Con esto quiere aclarar que el racismo anti negro-africano está culturalmente tan arraigado que los jóvenes desconocen las razones de él,  por eso es “amateur, desacomplejado” y legitimado. Sin darse cuenta son racistas en el lenguaje, en las metáforas despectivas, en los chistes y en los comportamientos discriminatorios, hasta el punto de no darse cuenta de lo que hacen ni del  sufrimiento y la humillación  que causan en las víctimas negro-africanas. Esto mismo ocurrió  recientemente en  Valencia (España) contra un excelente futbolista negro brasilero que juega en el Real Madrid, Vinicius Junior.

Para muchos europeos los negros africanos son “Lázaros”, los condenados de la Tierra, los  descendientes malditos del Cam bíblico, descartados del sistema mundo.

En Brasil acuñamos la expresión  “racismo cultural” o “estructural”, o sea, los tres siglos de bárbara esclavitud, de malos tratos, de desprecio y odio a los millones de afro-descendientes impregnaron nuestra cultura de forma inhumana y, a veces, cruel. Solo por el simple hecho de ser negros y  principalmente si son pobres y viven en las favelas que rodean casi todas nuestras  ciudades.

Vean a qué punto ha llegado la barbarie en los llamados  países “civilizados” de Europa. Recientemente decidieron, tras deliberación de los gobiernos y por unanimidad, omitir del rescate del mar a los que vienen de Oriente Medio y particularmente a los que llegan de África. Pusieron sobre los hombros de Italia el encargo del rescate. Pero como están llegando multitudes, también Italia adhirió a esta política, un crimen contra la humanidad y contra toda la ética tradicional de la “ley del mar” escrupulosamente observada por  todos en el salvamento y rescate de personas que están en peligro de naufragar.

El Mediterráneo se está volviendo la sepultura de cientos y cientos de personas, relegadas, consideradas indeseables y “basura del mundo”. Bien decía el Papa Francisco: “ellos ahora están aquí en Europa, porque antes nosotros, europeos, estuvimos allí, en África, siendo bien recibidos. Pero los dominamos y les robamos las riquezas; ahora ellos  vienen para acá y son rechazados y mal recibidos”. Si consiguen pasar las fronteras, la primera pregunta que les hacen, sin ni siquiera saludarlos, es: ”documentos”; no ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? ¿De dónde vienes y qué buscas en este país? La mayoría viene huyendo de las  guerras y del hambre y buscan solo poder vivir con un mínimo   de paz.

Detrás  del racismo contra los negros está la arrogancia de los supremacistas blancos europeos y norteamericanos. Se juzgan en la punta de la pirámide de la hominización, considerando a los negros, debido al color su piel,  la escala intermedia entre el simio antropoide y el hombre blanco.

 ¿Cómo ha sido posible que estas personas, cristianizadas, negaran totalmente el mensaje del Maestro de  Nazaret, que no era blanco sino semita, y que reveló que todos los seres humanos son hijos e hijas de Dios y por eso respetables y amables?

Ni los mayores filósofos y genios escaparon del vicio racista, lo que valida la tesis de que la cabeza piensa desde donde pisan los pies, en este caso en un suelo cultural racista, antinegro africano.

Kant, el mayor crítico de la razón pura y de la razón práctica, no fue suficientemente crítico. Es de él la afirmación: “Los negros de África no recibieron de la  naturaleza ningún sentimiento que se elevase por encima de la estupidez (…). Los negros (…) son tan ruidosos que para calmarlos recurrimos a los palos”. Hegel va todavía más lejos:  “El negro encarna al hombre en el estado de la naturaleza en todo su salvajismo y  desenfreno”. Por lo tanto, “si queremos tener una idea correcta de él, debemos abstraernos de cualquier noción de respeto, de moralidad, de todo lo que recibe el nombre de sentimiento: en este carácter no podemos encontrar nada que contenga siquiera un eco de humanidad.  Los relatos detallados de los misioneros confirman plenamente nuestra afirmación y parece  que solo el  mahometismo es aún capaz de  aproximar  a los negros de la cultura”.

Con razón reconocía Gramsci: “La historia es maestra pero no tiene discípulos”.  Estos malos discípulos forjaron la ideología que legitimase la esclavitud y la supremacía de los blancos.

Todo el esfuerzo del autor es mostrar a los jóvenes los grandes valores de las culturas africanas, especialmente en torno al concepto  de Ubuntu: “yo soy yo a través de ti y contigo;  yo soy  porque nosotros somos; la vida es siempre con los otros; el ser humano es el remedio del otro ser humano”. Es el ser juntos, la comunión de  “nosotros somos” que funda  la “comunión de destino”.

Si se vive esto no hay porque segregar, hace ya tantos siglos,  a millones y millones  de africanos. Es importante recordar que todos somos africanos, pues el primer ser humano  irrumpió en África y de allí se difundió por todo el mundo. Hoy nos encontramos en la misma Casa Común. Ellos, que fueron los primeros, no pueden ser considerados los últimos. Al contrario, debemos estarles agradecidos porque en ellos se formaron las primeras estructuras psíquicas, mentales, sentimentales y racionales que nos caracterizan como humanos. En ese sentido la Madre África es perenne y vivirá siempre en nosotros, pues con ella formamos una comunidad de destino junto con la otra Madre, la Tierra.

*Leonardo Boff es teólogo, filósofo y escritor y ha escrito: El destino del hombre y del mundo, Sal Terrae 1978, varias ediciones.