De la calamidad de las calamidades de Bolsonaro a la esperanza esperante de Lula

Leonardo Boff*

Durante los cuatro años de la administración del presidente Bolsonaro, el país ha vivido afectado por todas las plagas de Egipto. De las muchas opciones posibles para un problema, el presidente generalmente elegía la peor. Psicótico, se mostraba apático ante las desgracias infligidas al pueblo, en particular a los más vulnerables. El punto álgido de su orgasmo psicótico lo alcanzó cuando prohibió agua, vacunas y medicinas a los indígenas, a los que consideraba infrahumanos. Por ello probablemente se enfrentará a un juicio por genocidio, interpuesto ya por los propios indígenas ante el Tribunal Penal para Crímenes contra la Humanidad de La Haya.

De todos es conocida la lista de omisiones, de delitos comunes y contra la humanidad, de violaciones de las leyes y de la Constitución perpetradas por esta figura dia-bólica (que separa, al contrario de la sim-bólica, que une) de forma continuada y sin escrúpulos. Al mismo tiempo, debemos reconocer que nuestra democracia, al ser de baja intensidad, junto con la mayoría de sus instituciones, no ha demostrado estar a la altura del desafío antidemocrático y antinacional para enfrentarse a tales desvaríos. Fué seguramente el presidente más corrupto de nuestra historia, no tanto en sentido momentario sino por haber corrompido la mente y el corazón del pueblo por el odio y lo desprecio de los más vulnerabales.Dejemos a un lado las atrocidades cometidas por este presidente, cuyo nombre debe constar en el libro de los crímenes cometidos contra su propio pueblo.

La gravedad del desastre producido en todos los campos es de tal magnitud que sólo una reflexión histórica y sociológica quizá no sea suficiente para descifrarlo. Requiere una indagación filosófica, que he intentado hacer en algunos artículos anteriores.

Me serví de dos categorías, una occidental, la de la sombra, y otra oriental, la del karma, dialogando entre sí

Tal vez sea necesaria una pequeña referencia a los presupuestos teóricos de esta lectura: a la física cuántica y al pensamiento ecológico moderno, que nos ayuden a entender a este siniestro personaje. 

Hoy sabemos que todos los seres están inter-retro-conectados, todos están envueltos en redes de relaciones. Cada relación deja una marca en los seres relacionados y así surge una historia, la cosmogénesis. Las experiencias dramáticas dejan huellas que a menudo intentamos reprimir, pero que permanecen en el inconsciente colectivo. Jung llama a esto sombra. Algo similar ocurre con el karma. Cada acción deja una marca que provoca una reacción correspondiente. Tanto Jung como el filósofo japonés Daisaku Ikeda convergen en este sentido. En otras palabras, no sólo existe la sombra individual y el karma, sino también el carácter colectivo presente en el sustrato y en el inconsciente de cada pueblo.

Volviendo a nuestro tema: somos herederos de una tormentosa historia de sombras: el genocidio indígena, la colonización que nos impidió tener un proyecto propio, la esclavitud, la más grave, que redujo a los seres humanos a esclavos y a ser utilizados como animales en la producción, sombras de nuestra frágil república y democracia que nunca fueron inclusivas, porque la conciliación de las clases pudientes nunca quiso un proyecto nacional para todos, sino sólo entre ellas con la exclusión de las grandes mayorías de negros, pobres, indígenas y otros. Esas sombras inhumanas actuaban en el inconsciente colectivo, provocando quilombos y revueltas, todas ellas sofocadas a sangre y fuego para mantener las ventajas de la élite del atraso (Jessé Souza). También actuaban en el inconsciente de las minorías pudientes, normalmente en forma de miedo e inseguridad. Cuando se dieron cuenta de que las sombras de las clases humilladas empezaban a ganar fuerza histórica hasta el punto de haber elegido a uno de sus representantes a la presidencia, Lula, pronto fueron por todos los medios debilitadas, reprimidas, combatidas hasta cortarles el camino por medio de un golpe cívico-militar en 1964, repetido de otra forma en 2016 con el impeachment a Dilma Rousseff. Las motivaciones eran las mismas: garantizar su poder y fortunas.

En una persona mediocre, sin proyecto personal y manipulable, estas clases encontraron el representante ideal que buscaban. Eligieron al actual presidente, siempre apoyado por ellas, porque, con su economía ultraneoliberal, unida a una política de extrema derecha, acumularon riqueza, a pesar de la pandemia del Covid-19, como nunca antes en la historia. Hicieron todo lo posible para asegurar su reelección (en sentido figurado, le hicieron comprar el campo de fútbol, comprar el equipo, comprar a los recogepelotas, comprar al árbitro, y aun así perdieron). Hay una fuerza mayor que la maldad organizada. 

La fuerza kármica (haciendo abstracción de las múltiples reencarnaciones) según Ikeda impregna con su sombra la historia y las instituciones, positiva o negativamente. Arnold Toynbee que mantuvo un largo diálogo con Ikeda, prefiere otra categoría y no la kármica, al decir que la historia carga con un peso propio que son los fracasos y los éxitos de un pueblo También genera una sombra en el inconsciente colectivo que se proyecta en las redes sociales y conforma el destino de un pueblo.

Volviendo de nuevo a nuestro tema: con el gobierno actual hemos tenido que vivir bajo el peso de muchas sombras sombrías que se expresaban por el odio, por la mentira, por las fake news, por la deformación de la realidad. Tomó forma en la siniestra figura del presidente, cuya megasombra tenía el poder de despertar y animar la sombra colectiva de un pueblo ya debilitado. Creó un campo kármico o forjó el gabinete del odio y todas las formas de obscenidades políticas y éticas.

El destino quiso esta insensatez, cuyo proyecto era llevarnos al mundo de la pre-Ilustración, ya que ésta promovía la escuela para todos, los derechos humanos y las libertades modernas, avances civilizatorios negados sistemáticamente por el bolsonarismo.

Brasil fue sometido al mayor desafío de nuestra historia. Fue humillado internamente y avergonzado exteriormente. 

Pero nunca se apagó la esperanza, ese motor interior más grande que la virtud que hace que nunca nos rindamos, que nos sostiene en los enfrentamientos y nos hace levantarnos cuando caemos. Este principio-esperanza nunca muere, porque es la fuerza secreta de toda vida que se niega a morir y reafirma siempre la fuerza intrínseca de la vida, obligándonos a abrir nuevos caminos y mundos aún no probados (F. Pessoa). El esperanzar de Paulo Freire y la esperanza esperante, que nunca se rinden, siempre insisten y crean las condiciones históricas para que la utopía viable se haga realidad. Hemos pasado la prueba. La gran calamidad de Bolsonaro ha sido superada por la esperanza esperante de Lula. Tenemos la esperanza de que el nuevo presidente, con el equipo de excelencia que ha articulado, pueda rehacer lo que fue destruido y, mucho más, abrir nuevos caminos, buenos para nosotros y para el mundo, porque por Brasil pasará, seguramente, el futuro ecológico de la vida y de la humanidad.

*Leonardo Boff ha escrito Brasil: concluir la refundación o prolongar la dependencia , Vozes 2018.

Traducción de MªJosé Gavito Milano

Tarjeta de Navidad del Niño Jesús 

Queridos  hermanitos y hermanitas:

Si al mirar el pesebre veis en él al Niño Jesús y os llenáis de fe en que Dios se hizo niño, un niño como cualquiera de nosotros, y que Él es el Dios que está siempre con nosotros, especialmente con los niños que tienen hambre y están en medio de guerras,

Si conseguís ver en los otros niños y niñas la presencia secreta del Niño Jesús, de modo especial en los que andan por las calles, sucios y pidiendo comida,

Si podéis hacer que renazca el niño escondido en vuestros padres, en las personas adultas y en todos los invitados para que en ellas surja el amor, la ternura, el cariño, el cuidado y la amistad con todo el mundo, de modo particular en ese tiempo en el cual ha reinado el odio, mentiras, calumnias y hubo hasta muertes por tener opiniones diferentes,

Si al mirar el pesebre descubrís a Jesús pobremente vestido, casi desnudo, como miles de niños en estos tiempos sombríos de pandemia, y os acordáis de tantos niños igualmente pobres y mal vestidos y sufrís desde el fondo del corazón por esta situación inhumana; si ahora  deseáis compartir un poco de lo que tenéis y cuando seáis mayores cambiar este estado de cosas,

Y si llenos de fe os dais cuenta  de que ese niño que lloriquea y busca el pecho de su madre  María, es el Divino que no vino a juzgarnos sino a jugar y alegrarse con vosotros,

Si al ver en el pesebre el buey y la mula, las ovejas, las cabritas, los perros, los camellos y el elefante pensáis que todo el universo está también iluminado por el Niño Jesús y que todos, estrellas, piedras, árboles, animales y humanos somos hermanos y hermanas y formamos la gran Casa de Dios,

Si miráis hacia lo alto y veis el cielo adornado de estrellas,  grandes y pequeñas, y recordáis que hay siempre una estrella semejante a la de Belén sobre vosotros que os acompaña, os ilumina y os muestra los mejores caminos, 

Entonces sabed que yo estoy llegando de nuevo y renovando la Navidad. Estaré siempre cerca de vosotros, caminando a  vuestro lado, llorando y jugando con vosotros hasta aquel día, que solo el Padre sabe, en que llegaremos todos, humanidad y universo, a la Casa del Padre y Madre de bondad para ser juntos eternamente felices. Entonces  será una fiesta como la de Navidad, sin fin, por toda la eternidad.

Belén, 25 de diciembre del año 1

    Firmado: Niño Jesús

El “no” del Papa Francisco al sacerdocio de las mujeres:  ¿“residuos” del patriarcado?

Últimamente el Papa Francisco ha sorprendido a los teólogos con una entrevista dada a la revista jesuita América del 22 de noviembre, diciendo un “no” al sacerdocio de las mujeres. Utilizó una argumentación inusitada, tomada de un teólogo exjesuita Hans Urs von Balthazar, muy erudito, pero inmerso en una relación singular con una médica y mística suiza, Adrienne von Speyer. El Papa toma de él una distinción que le ha permitido negar el sacerdocio a la mujer: el principio-mariano y el principio-petrino. Curiosa e inusitada esta distinción del Papa Francisco.  María sería la esposa de la Iglesia, mientras que Pedro es su guía.

Observemos que definir a María como esposa de la Iglesia es una metáfora y no una definición real como es afirmar “la Iglesia es la comunidad de los fieles”. ¿Será correcta y justa esta distinción  metafórica rara en la tradición, retomada por un teólogo erudito, pero considerado como  extravagante?*

Vale la pena subrayar la lógica siguiente: sin el Espíritu Santo no habría María. Sin María no habría Jesús. Sin Jesús no habría Pedro, hecho el principal de los Apóstoles. Sin Pedro no habría sucesores, llamados Papas.

Hemos apoyado casi todo lo que el Papa Francisco ha escrito y enseñado. Pero en este punto me permito alejarme críticamente pues este es también el oficio de la teología razonada. Me siento apoyado en la argumentación de los mejores teólogos de la actualidad, solamente para citar al mayor de ellos, mi antiguo profesor en Múnich, Karl Ranher (+1980). La opinión de esos teólogos es prácticamente unánime en que no hay ningún impedimento doctrinal al acceso de las mujeres al sacerdocio, como lo  han hecho otras iglesias cristianas no católicas. Solamente una visión masculinista de la fe cristiana y cierta interpretación  de los evangelios, contaminada por la visión patriarcal, sostienen  el “no”.

La argumentación a favor del sacerdocio para las mujeres es abundantísima y minuciosa, tema  que presenté en mi libro Eclesiogénesis de 1982/2021.

En ciertos puntos, la argumentación papal no evita cierta contradicción, como por ejemplo: María puede engendrar a Jesús, su hijo, pero no puede representarlo en la comunidad. Eso suena hasta ofensivo para la grandeza de María, portadora permanente del Espíritu. Pedro que llegó a negar a Jesús y a quien este llegó a llamarlo “satanás” por no admitir que  padeciese y muriese, puede representar a Jesús. Aquí hay una innegable desproporción, culturalmente explicable.

¿Quién tiene mayor excelencia? Lógicamente es María, sobre la cual vino el Espíritu Santo y estableció su morada permanente en ella (“episkiásei soi”:Lc 1,35) hasta el punto de elevarla a la altura de lo Divino. Solamente  de alguien elevado a la altura de lo Divino (María) es válido afirmar: “el Santo engendrado (por ti) será llamado Hijo de Dios”.

Las funciones de María y de Pedro son de naturaleza totalmente distinta. Pedro no es el padre de Jesús, mientras que María es  verdaderamente su madre biológica. Solamente alguien todavía rehén del patriarcalismo secular, puede colocarlos al mismo nivel. No sin razón, la mujer nunca hasta hoy ha tenido su ciudadanía eclesial reconocida. El evangelio se encarnó en la cultura de la época que entendía a la mujer como un “mas”, es decir,  “un ser humano todavía deficiente en camino de su humanidad”. No dice otra cosa Santo Tomás de Aquino (¿repetido después por Freud?) y, en el fondo, es lo que pasa  por la mente de las más altas autoridades eclesiásticas, cardenales y papas. Las mujeres son menos, por el hecho de ser mujeres, aunque mujeres y hombres son igualmente imagen y semejanza  de Dios (Gn 1,28). Y aún más: la mayoría de la Iglesia son mujeres, y además las hermanas y madres de todos los demás hombres. Por lo tanto, tienen  una preeminencia innegable.

El único que escapó de esta visión reduccionista fue el Papa Benedicto XVI al decir en una entrevista de radio en 2005: “Creo que las mismas mujeres con su impulso y su fuerza, su superioridad y con su potencial espiritual sabrán crear su espacio. Nosotros debemos procurar ponernos a la escucha de Dios,  para no ser nosotros quienes se lo impidamos (Benedicto XVI,5,VIII,2006)”.

Hay sólidas  razones para sustentar la conveniencia y hasta la necesidad de que las mujeres que quieran accedan al ministerio sacerdotal. Una eminente teóloga y feminista holandesa, A. van Eyde, dice: “La misma Iglesia quedaría herida en su cuerpo  orgánico si no diese lugar a la mujer dentro de sus instituciones eclesiales” (Die Frau im Kirchenamt, 1967, p. 360).

La Iglesia jerárquica no puede, dado el avance de la conciencia acerca de la igualdad de los géneros, transformarse en un reducto de conservadurismo y de machismo. Hay aquí una concepción estéril y enquistada en el pasado de la positividad de la  fe. Esta no es un recipiente de aguas muertas, sino una fuente de aguas vivas, capaz de vivificar  nuevas iniciativas en razón del   cambio de las mentalidades y de los tiempos. Ellas, en su fina sensibilidad, captan el sentido claro de los signos de los tiempos y lo expresan con un lenguaje más adecuado a nuestros días. Veamos los argumentos principales.

En primer lugar, fue una mujer la que dio testimonio del hecho mayor del cristianismo, la resurrección de Jesús, María Magdalena, llamada por eso  “apóstola de los apóstoles”.  Sin el evento de la resurrección no habría Iglesia.

Eran ellas las que seguían a Jesús y le garantizaban la estructura material para su misión.

Ellas nunca traicionaron a Jesús, mientras que el principal de ellos, Pedro, lo traicionó con ocasión de la pasión. Después de su crucifixión, entristecidos, los apóstoles  lo abandonaron y estaban volviendo a sus casas, mientras ellas velaban al pie de la cruz, acompañando su agonía.

Ellas fueron las que, dos días después de ser sepultado, cuidaron de concluir el ritual sagrado de la unción del cuerpo con aceites sagrados.

Por lo tanto, ellas merecerían y merecen una centralidad inigualable en la comunidad cristiana. Y hasta hoy, el patriarcalismo cultural internalizado en la mente de los que tienen la dirección de la Iglesia, pero también en el mundo, las mantienen subalternas. En la Amazonia profunda y en otros lugares distantes, son ellas quienes llevan la fe, hacen todo lo que un cura hace, sin poder celebrar sin embargo la eucaristía, por no ser mujeres ordenadas en el sacramento del Orden.

Sin embargo, hay mujeres, líderes comunitarias, conscientes de la madurez de su fe, que asumen la totalidad de los sacramentos. No celebran la misa (que es un concepto litúrgico y canónico), sino la Cena del Señor tal como está descrita en la Epístola de San Pablo a los Corintios. No lo hacen con un espíritu de ruptura con la institución, sino con un sentido de servicio a toda la comunidad, siempre en comunión teológica con toda la Iglesia. La comunidad, según el Concilio Vaticano II, tiene derecho a recibir la Sagrada Eucaristía que se le niega por el simple hecho de no haber un sacerdote ordenado y célibe.

Teológicamente es importante subrayar lo que en la práctica se olvida totalmente, que sólo hay un sacerdocio en la Iglesia, el de Cristo. Los que vienen bajo el nombre de “sacerdote” son sólo figuraciones y representantes del único sacerdocio de Cristo; es Él quien bautiza, es Cristo quien consagra, es Él quien confirma. Él que perdona El sacerdote actúa sólo “in persona Christi” “en el lugar de Cristo”. Es decir, hace visible lo invisible.

Su función no puede reducirse, como sostiene la argumentación oficial, al poder de consagrar, (algo que sólo ha predominado desde el segundo milenio), expresión del poder del clero que se ha apoderado de todas estas funciones. Tal concentración de poder sagrado ha constituido el clericalismo tantas veces criticado duramente por el Papa Francisco.  Sin embargo, en el caso del acceso de las mujeres al sacerdocio   también él ha caído en un cierto clericalismo, o mejor dicho, se ha visto obligado a mantener la praxis tradicional para no crear un verdadero cisma en la Iglesia por parte de los grupos apegados a la tradición y, sobre todo, a los privilegios agregados al clericalismo.

La función del sacerdote ministerial no es acumular todos los servicios, sino coordinarlos para que todos sirvan a la comunidad. Como preside la comunidad, preside también la Eucaristía. Pero si la comunidad, sin culpa, se ve privada de ella, puede organizar por sí misma la celebración de la Cena del Señor. Todos estos servicios (que San Pablo llama “carismas” y que son muchos) pueden muy bien ser ejercidos por mujeres, como se demuestra en las Iglesias no católico-romanas y en las comunidades eclesiales de base.

De ahí que sea comprensible que las mujeres, conscientes de su madurez en la fe, en ausencia de un ministro ordenado, asuman ellas mismas tal ministerio, haciéndolo con su estilo particular de mujeres. No tienen que pedir permiso a la autoridad eclesiástica, porque ésta canónicamente dirá “no”. Pero lo hacen en perfecta comunión teológica con la totalidad de la Iglesia. Y por eso es plausible, justo y teológicamente fundado que presidan la Cena del Señor.

Lógicamente, el sacerdocio femenino no puede ser una reproducción del sacerdocio masculino. Sería una aberración si así fuera. Debe ser un sacerdocio singular, según el modo de ser de la mujer, con todo lo que denota su feminidad a nivel ontológico, psicológico, sociológico y biológico. No será una sustituta del sacerdote,  sino una verdadera representante sacramental del Cristo invisible que se hace visible a través de ellas.

Sería natural y lógico que el Papa reconociera oficialmente lo que ellas ya hacen en la práctica y así la Iglesia sería verdaderamente de hermanos y hermanas, sin exclusiones ni jerarquizaciones ontológicas injustificadas.

Sin temor a equivocarnos podemos decir: esta división entre ordenados y no ordenados (laicos y sacerdotes) no se encuentra en la tradición del Jesús histórico, que quería una comunidad de iguales y todo poder como mero servicio a la comunidad y no como promotor de privilegios, títulos y ventajas sociales e incluso económicas.

Tiempos vendrán en que la Iglesia católica romana acompasará su paso con el movimiento feminista mundial y con el propio mundo, rumbo a una integración del “animus” y del “anima”(de lo masculino y de lo femenino) para el enriquecimiento de lo humano y de la propia comunidad cristiana. Los tiempos están ya maduros para este salto cualitativo. Solo falta el valor de dar  este paso necesario e inevitable.

*Hans Urs von Balthazar en el tiempo en que yo estaba sometido a “silencio obsequioso” públicamente en Roma,  me denunció como alguien que negaba la divinidad de Cristo, cosa que jamás hice. Un teólogo- periodista le respondió en la primera página de un periódico de Roma con estas palabras: ”Cobarde, acusas calumniosamente a alguien que no puede defenderse por estar sometido a silencio obsequioso”. Su obra principal es La gloria del Señor (en siete volúmenes sobre la fe como estética y contemplación). Fue nombrado cardenal por el Papa Juan Pablo II, pero murió antes de recibir el nombramiento, cuando se dirigía a Roma. 

Leonardo Boff, ha escrito Eclesiogénesis: la Iglesia que nace del pueblo por el Espíritu de Dios, Vozes 1984/2021.

Traducción de María José Gavito Milano

La elección de Lula: lo improbable sucedió 

Los hechos son siempre hechos. Se producen a partir de virtualidades presentes en la realidad, que sorprendentemente o por causas previsibles acaban viniendo a la existencia.

En las elecciones presidenciales de este año lo improbable sucedió. Alguien al que las Escrituras llaman el “inimicus homo”, el hombre del mal, en su afán de perpetuarse en el poder usó todos los medios legítimos y principalmente los ilegítimos para conseguir su objetivo. Él posee las características del “anti-cristo”,  que para el Nuevo Testamento es más un espíritu que una persona concreta. Puede ganar cuerpo en un movimiento y en su líder, pero es fundamentalmente una realidad enemiga de todo lo que es vida y de todo lo que es sagrado.

La característica del “anti-cristo” es arrogarse el lugar de Dios. Y sentirse más allá del bien y del mal. Y entonces usa ambos, pero principalmente el mal: promueve la mentira, difunde fake news, estimula la calumnia, incentiva la violencia real, asesinando, o simbólica, propagando difamaciones; todo lo que proviene del trasfondo más ancestral de nuestras sombras irrumpe con toda desfachatez.

Nuestro país ha vivido durante todo un gobierno bajo el espíritu del “anti-cristo”. Nunca en nuestra historia se vio tanta maldad, tanta mentira establecida como método de gobierno, tanta insensibilidad exaltada como virtud, tanta proclamación de la maledicencia como forma de comunicación oficial. Como dice san Pablo en su Epístola a los Romanos, “aprisionaron la verdad bajo la injusticia” (1,18).

Es  propio del espíritu del “anti-cristo” ocultarse en el mundo de lo oscuro, de las zonas enemigas de la luz y destrozar todos los rasgos de transparencia. Es propio también de este tipo de espíritu subyugar a personas que se dejan fascinar por la brutalidad de los comportamientos, por la insensatez de las decisiones y por la violencia infligida a los más débiles, a los más cobardemente marginados, como los pobres, las mujeres, los negros, los indígenas y aquellos que por sí solos no consiguen defenderse. Dicen exultantes: “tiene que ser así, hay que usar la violencia, es bueno ser borde y grotesco”; “así es como hay que ser”.  Y proclamaban “mito” o “nuestro héroe” a aquel por el que se sienten representados.

Pero la experiencia secular humana ha mostrado que la noche nunca perdura todo el tiempo, que no hay tempestad que no cese en un momento dado y de lugar a la alegría del brillo del sol. Y así ha ocurrido en nuestro país. Quien tenía la absoluta certeza de triunfar, hasta por pretendida promesa divina, se vio en el último momento, derrotado. El “mito” se deshizo con la rapidez de un cubito de hielo, simplemente se sintió un muerto-vivo, como escondido en su propia sepultura. Las palabras murieron en su garganta. Las lágrimas nunca antes lloradas, cuando era digno  llorarlas, no paraban de correr por el rostro entumecido.

Se comprueba lo que la historia irreversiblemente ha revelado: lo improbable sucede. Por eso tenemos que contar siempre con lo improbable y lo inconcebible, pues ambos forman parte de la historia. Quien usó de todo, pero de todo, hasta de lo más sagrado que es el espacio de lo Religioso, no pudo impedir que irrumpiese lo improbable y sorprendentemente lo derrotase.

Vemos unos ejemplos. Lo más improbable en Estados Unidos era que un negro llegase un día a la presidencia. Y llegó Obama. Que un prisionero político, también negro, con años de prisión a trabajos forzados, llegase a ser presidente de Sudáfrica, Mandela. Era totalmente improbable que alguien venido “del fin del mundo”, prácticamente desconocido, fuese elegido para el supremo pontificado, como el papa Francisco.   Era absolutamente improbable que una joven campesina  de 17 años, como Juana de Arco, dirigiese un ejército y venciese a una parte del ejército inglés en la guerra de los cien años.

Por lo tanto, lo improbable existe y puede suceder. Ningún hecho realiza todas las posibilidades escondidas dentro de él. Innumerable virtualidades están ahí dentro y cuando la historia madura o el mal llega a su paroxismo y tiene que ser vencido, entonces lo improbable irrumpe victorioso. Contra todas las expectativas el “inimicus homo” perdió. Lo improbable lo derrotó.

Brasil  ha vuelto a respirar un aire menos contaminado por el veneno de la injusticia, de la cobardía y de la mentira.

Lo improbable realizado nos lleva a soñar con los ojos despiertos. Quien tiene hambre puede tener la seguridad de que va a comer, quien está desempleado de que va a poder trabajar. Quien soportó todo tipo de injuria y de humillación se siente protegido por la ley que va a valer para todos. Y la esperanza esperante   volvió finalmente para  posibilitarnos un destino más halagüeño que nos permita  vivir con la paz posible concedida a los hijos e hijas de los bíblicos Adán y Eva.

*Leonardo Boff ha escrito En busca de la justa medida: el pescador ambicioso y el pez encantado, Vozes 2022.

Traducción de María José Gavito Milano