La victoria electoral de Lula: festejar, alegrarse y enorgullecerse

Las elecciones presidenciales de este año de 2022 han sido turbulentas. Junto al lado luminoso, alegre y jovial del alma brasilera, irrumpió también su lado odiador, sombrío e inhumano, cosa que ya señalara Sérgio Buarque de Holanda, en una nota de pie de página, al hablar del brasilero como “hombre cordial” en su libro Raízes do Brasil (1936), puesto que del corazón (cor-dial) provienen tanto el amor como el odio. Ese odio, de forma espantosa, llegó a la escena política y envenenó las relaciones sociales hasta las más íntimas. Para mí se trataba incluso de un problema metafísico: en los momentos cruciales en los que se decide el destino de un pueblo, el mal y lo inhumano, fine finaliter no pueden prevalecer. Y no prevalecieron, por más artimañas que fueron praticadas.

Los que votaron por la democracia, por la causa de los millones de personas que pasan hambre y por observar el orden constitucional, pudieron respirar aliviados como quien escapa de un grave accidente. En este contexto, cobran particular sentido los versos de Camões en Os Lusíadas al principio del Canto Cuarto: “Después de procelosa tempestad/nocturna sombra y sibilante viento/trae la mañana serena claridad/esperanza de puerto y salvamento”. Sí, experimentamos haber sido salvados de una tragedia nacional de consecuencias irreparables, en el caso de que el adversario, cuyo proyecto se presentaba retrógrado y ultraconservador, hubiese triunfado.

El efecto de la victoria fue una alegría indescriptible. Muchos lloraban, otros daban un grito primario de liberación, como quien se sentía prisionero en una caverna oscura. Hubo fiesta por todo el país.

El tema de la fiesta es un fenómeno que ha desafiado a grandes nombres del pensamiento como R. Caillois, J. Pieper, H. Cox, J. Motmann y al propio F.Nietzsche. Y es que la fiesta revela lo más precioso que hay en nosotros en medio de la cotidianidad gris. La fiesta hace olvidar la dureza de la lucha y suspende por un momento el tiempo de los relojes. Es como si, por un instante, desapareciera el espacio-tiempo, pues en la fiesta, esas dimensiones no cuentan o están totalmente olvidadas. Por eso las fiestas se prolongan todo lo que se puede.

Curiosamente, en la fiesta que es fiesta, todo el mundo se reúne y se junta, conocidos y desconocidos se abrazan como si fuesen viejos amigos y parece que todas las cosas se reconcilian. Platón sentenciaba con razón: “los dioses hicieron las fiestas para que los seres humanos pudieran respirar un poco”. Efectivamente, si la lucha en la campaña fue costosa y cargada de temores, robándonos casi la esperanza, la fiesta es más que un respirar. Es un rescatar la alegría de un país sin odios ni mentira como método de gobierno. El sentimiento de que todo el esfuerzo valió la pena.

La fiesta, después de una victoria en los últimos minutos del juego, parecía un regalo que ya no dependía de nosotros, sino de energías incontrolables, diría, milagrosas. La alegría simplemente estalló y nos poseyó por entero.

En la fiesta hay gritos, saltos, música y danza. ¿De donde brota la alegría de la fiesta? Tal vez Nietzsche encontró su mejor formulación: “para alegrarse de alguna cosa, hay que decir a todas las cosas: sean bienvenidas”. Por lo tanto, para poder festejar de verdad era necesario afirmar: “bienvenida sea esta victoria”. No basta sólo la victoria duramente conquistada. Necesitamos ir más allá y confirmar el proyecto y el sueño político. “Si podemos decir sí a un único momento”, afirma Nietzsche “entonces habremos dicho sí no solo a nosotros mismos sino a la totalidad de nuestra historia vencedora” (Der Wille zur Macht, libro IV: Zucht und Züchtigung n.102).

Ese sí subyace a nuestro compromiso político, a nuestra implicación, a nuestros principios, a nuestro trabajo de calle, a nuestro esfuerzo de convencimiento de nuestra propuesta. La fiesta es el tiempo fuerte en el cual el sentido secreto de nuestra lucha revela todo su valor y toda su fuerza. De la fiesta salimos más fuertes para realizar las promesas hechas en beneficio del país y de las clases humilladas y ofendidas.

Hagamos referencia a la religión, pues ella, como todas, confiere gran centralidad a las fiestas, a los ritos y a las celebraciones. En gran parte, la grandeza, por ejemplo, de la religión cristiana o de otras, reside en su capacidad de celebrar y de festejar a sus santos y santas, sus maestros espirituales, realizar sus procesiones, edificar templos sagrados, algunos de extraordinaria belleza. En la fiesta cesan las interrogaciones de la razón y los temores del corazón. El practicante celebra la jovialidad de su fe en compañía de hermanos y hermanas con quienes comparte las mismas convicciones, oyen las mismas Palabras sagradas y se sienten cercanos a Dios.

Si esto fuera verdad, y de hecho lo es, nos damos cuenta de cuan equivocado es el discurso que sensacionalistamente anuncia la muerte de Dios. Se trata de un trágico síntoma de una sociedad que ha perdido la capacidad de festejar porque está saturada de placeres materiales. Asistimos, lentamente, no a la muerte de Dios, sino a la muerte del ser humano, que ha perdido la sensibilidad por quien sufre a su lado, y que es incapaz de llorar por el destino trágico de los refugiados que vienen de África rumbo a Europa, o de los emigrantes latinoamericanos que buscan entrar en Estados Unidos.

Nuevamente volvemos a Nietzsche que intuyó que el Dios vivo y verdadero se encuentra sepultado bajo muchos elementos envejecidos de nuestra cultura religiosa y bajo la rigidez de la ortodoxia de las iglesias. De ahí la muerte de Dios que implicaba para él la pérdida de la jovialidad, es decir, de la presencia divina que se da en las cosas cotidianas (jovialidad viene de Júpiter, Jovis). La consecuencia funesta es sentirse sólo y perdido en este mundo (cf. Fröhliche Wissenschaft III, aforismo 343 y 125).

Por haber perdido la jovialidad, gran parte de nuestra cultura no sabe festejar. Sí conoce las fiestas montadas como comercio, la frivolidad, los excesos del comer y beber, las expresiones groseras. En ellas puede haber de todo, menos alegría del corazón y jovialidad de espíritu.

La alegría fue indescriptible cuando el presidente electo apareció. el día 16 de noviembre, en la COP27 de Egipto, que trata la cuestión del nuevo régimen climático de la Tierra.Mostró la gravedad de la nueva situación del planeta y sus consecuencias para los más vulnerables en términos de daños y de hambre. Desafió a los poderosos a que cumpliesen lo que habían prometido: ayudar con mil millones de dólares anuales a los países más débiles y alcanzados por la alterada situación de la Tierra. ¿Qué jefe de estado del mundo tendría el valor de decir las verdades que el presidente electo profirió en aquel espacio de audiencia mundial? Nos sentimos orgullosos porque él asumió compromisos con responsabilidad y puso nuevamente al país en el escenario mundial. 

El futuro de la vida en este planeta depende en gran parte de la forma como tratemos el bioma amazónico que abarca nueve países. Articulados, podremos ayudar a la humanidad a encontrar una salida para su crisis sistémica y garantizar un destino bueno para la vida y para todos los habitantes de este pequeño planeta.

*Leonardo Boff ha escrito La busca de la justa medida:el pescador ambicioso y el pez encantado, Vozes 2022. Próximamente va a salir La justa medida, factor de equilibrio de la Tierra, Vozes 2023.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Pasada la sombría noche, tiene lugar el sueño de un otro Brasil 

Hemos vivido los últimos casi 4 años bajo un gobierno que no amaba al pueblo y que consideraba el país como una especie de capitanía hereditaria familiar. Pero ahora, según un famoso cántico de Camões en Os Lusíadas, el nuevo tiempo “trae serena claridad, esperanza de puerto y salvamento”. Por eso cabe esperar y soñar. He aquí algunos puntos de nuestra positividad.

1. El pueblo brasilero se habituó a “enfrentar a vida” y a conseguir todo “en la lucha y en la amarra”, es decir, superando dificultades y con mucho trabajo. ¿Por qué no iba a “enfrentar” también el último desafío de hacer los cambios necesarios para crear relaciones más igualitarias y acabar con la exclusión y la corrupción, refundando la nación?

2. El pueblo brasilero aún no ha acabado de nacer. Lo que heredamos fue la Empresa Brasil, con una élite esclavista y una masa de destituidos. Pero del seno de esta masa nacieron líderes y movimientos sociales con conciencia y organización. ¿Su sueño?

Reinventar Brasil. El proceso comenzó desde abajo y no hay modo de detenerlo, ni por los sucesivos golpes sufridos, como el golpe civil-militar de 1964 y el de 2013 parlamentario-jurídico-mediático, ni por todo el descalabro de la fase bolsonarista.

3. A pesar de la pobreza, de la marginación y de la perversa desigualdad social, los pobres inventaron sabiamente caminos de supervivencia. Para superar esta anti-realidad, el Estado y los políticos necesitan escuchar y valorar lo que el pueblo ya sabe y ha inventado. Sólo entonces habremos superado la división élites-pueblo y seremos una nación no dividida sino cohesionada.

4. El brasilero tiene un compromiso con la esperanza.

Es la última que muere. Por eso, está seguro de que Dios escribe derecho con renglones torcidos. La esperanza es el secreto de su optimismo, que le permite relativizar los dramas, bailar su carnaval, apoyar a su equipo de fútbol y mantener encendida la utopía de que la vida es bella y que mañana puede ser mejor. La esperanza nos remite al principio-esperanza de Ernst Bloch que es más que una virtud; es una pulsión vital que siempre nos hace suscitar nuevos sueños, utopías y el proyecto de un mundo mejor.

5. El miedo es inherente a la vida porque “vivir es peligroso” (Guimarães Rosa) y comporta riesgos. Estos nos obligan a cambiar y refuerzan la esperanza. Lo que el pueblo, no las élites, más quiere es cambiar para que la felicidad y el amor no sean tan difíciles. Para eso necesita articular constantemente la indignación ante las cosas malas y el valor para cambiarlas. Si es verdad que somos lo que amamos, entonces construiremos una “patria amada e idolatrada” que aprenderemos a amar.

6. Lo opuesto al miedo no es el valor. Es la fe en que las cosas pueden ser distintas y que, organizados, podemos avanzar. Brasil ha mostrado que no solo es bueno en carnaval y en fútbol. También puede ser bueno en la resistencia indígena, negra, en la agricultura, en la arquitectura, en la música y en su inagotable alegría de vivir.

7. El pueblo brasilero es religioso y místico. Más que pensar en Dios, siente a Dios en su cotidianidad, que se revela en las expresiones: “gracias a Dios”, “Dios le pague”, “queda con Dios”. Dios para él no es un problema, sino la solución de sus problemas. Se siente amparado por santos y santas y por espíritus buenos como los orixás que anclan su vida en medio del sufrimiento.

8. Una de las características de la cultura brasilera es la jovialidad

y el sentido del humor, que ayudan a aliviar las contradicciones sociales. Esa alegría jovial nace de la convicción de que la vida vale más que cualquier otra cosa. Por eso debe ser celebrada con fiesta y ante el fracaso mantener el humor que lo relativiza y lo vuelve soportable. El efecto es la levedad y el entusiasmo que tanta gente admira en nosotros.

9. Hay un casamiento, que todavía no se ha hecho en Brasil, entre el saber académico y el saber popular. El saber popular es “un saber hecho de experiencias”, que nace del sufrimiento y de las mil maneras de sobrevivir con pocos recursos. El saber académico nace del estudio, bebiendo de muchas fuentes. Cuando esos dos saberes se unan, habremos inventado otro Brasil. Y seremos todos más aptos para enfrentar los nuevos desafíos.

10. El cuidado pertenece a la esencia de lo humano y de toda la vida. Sin el cuidado enfermamos y morimos. Con cuidado, todo se protege y dura mucho más. El desafío hoy es entender la política como cuidado de Brasil, de su gente, especialmente de los más pobres y discriminados, de la naturaleza, de la Amazonia, de la educación, de la salud, de la justicia. Ese cuidado es la prueba de que amamos nuestro país.

11. Una de las marcas del pueblo brasilero es su capacidad de relacionarse con todo el mundo, de sumar, juntar, sincretizar y sintetizar. Por eso, en general, no es intolerante ni dogmático. Le gusta convivir con lo diferente. Estos valores son fundamentales para una planetización de rostro humano. Estamos mostrando que ella es posible y la estamos construyendo. Lamentablemente, en los últimos años, especialmente en las elecciones presidenciales de 2022, surgió, contra nuestra tradición, una ola de fake news, de odio, discriminación, fanatismo, homofobia y desprecio por los pobres (aporofobia, el lado sombrío de la cordialidad, según Buarque de Holanda) que nos muestran que somos, como todos los humanos, sapiens y demens, y ahora más demens. Pero se trata siempre de una enfermedad y no de la sanidad de las religiones, iglesias y movimientos. Pero eso seguramente pasará y predominará la convivencia más tolerante y apreciadora de las diferencias. 

12. Brasil es la mayor nación neolatina del mundo.

Tenemos todo para ser también la mayor civilización de los trópicos, no imperial, sino solidaria con todas las naciones, porque incorporó en sí representantes de 60 pueblos diferentes que vinieron aquí. Nuestro reto es mostrar que Brasil puede ser, de hecho, una pequeña anticipación simbólica de un paraíso no totalmente perdido y siempre recuperable: la humanidad unida, una y diversa, sentados a la mesa en comensalidad fraterna, disfrutando de los buenos frutos de nuestra bonísima, grande y generosa Madre Tierra.

*Leonardo Boff ha escrito Brasil: ¿concluir la refundación o prolongar la dependencia? Vozes 2018. 

Traducción de MªJosé Gavito Milano

LULA : UN JUSTO ENTRE LAS NACIONES

Conozco a un hombre. Hace más de 40 años. ¿De dónde viene? Viene de la senzala existencial. Es un nordestino, desdeñado por la élite del atraso que tiene en su DNA un desprecio cobarde a los pobres. Es un hijo de la pobreza. Un superviviente del  hambre. Un pau de arara, que salido del agreste pernambucano fue a radicarse con su madre y sus hermanos en la  periferia de São Paulo.

Toda la numerosa familia vivía en un anexo a un bar. Pero había una madre que cumplía todas las  funciones, de padre, de madre, de educadora, de consejera y de ejemplo, doña LINDU. Supo educar a toda la prole. A este hombre le inculcó en la cabeza y en el corazón: Nunca desistas. Nunca robes. Nunca mientas.

Este imperativo ético marcó toda su vida. Cuando niño, trabajando en un pequeño mercado, se moría de ganas de robar un chicle americano. No existía el nacional. Pero cuando extendía la mano, se acordaba de doña Lindu: No robó el chicle, como siempre se contuvo.

Conozco a un hombre, a este hombre. Durante bastante tiempo estuvo totalmente despolitizado. Lo que le interesaba era el fútbol y su equipo preferido, el Corinthians. Consiguió hacer un curso de metalúrgico. Aprendió por experiencia, sin saber nada de Marx, lo que era la plusvalía. Al principio con la poca experiencia inicial, producía tal y tal producto. Fue mejorando, con más destreza y rapidez producía más y más del mismo producto. Pero su salario seguía siendo el mismo.

¿Para quién iba la ganancia del crecimiento de su producción? No para él sino para el patrón. En esto reside la plusvalía y el mecanismo de acumulación del empresario.

Despertó a la injusticia de los trabajadores. Se volvió líder sindical. Se enfrentó a la dictadura militar. Fue preso. Soltado, liberó el águila que tenía dentro. Surgió su carisma de líder. Sabía negociar honestamente con los patrones según la lógica del gana-gana.

Y  pensó: los poderosos han gobernado todo el tiempo de nuestra historia. Han gobernado solo para ellos. No nos han incluido nunca. Éramos carbón a ser quemado en la producción de sus fábricas. ¿Por qué nosotros, los trabajadores, que somos mayoría, no podemos gobernar también nuestro país y gobernar mejor, para todos, comenzando por los más explotados y marginalizados?

Entonces, junto con otros, fundó el Partido de los Trabajadores (PT). Se presentó para gobernador y para presidente del país. Perdió siempre. Pero nunca renunció al impulso interior, inspirado por su madre: nunca desistas. Insistía en sus intervenciones: debemos permitir que todos puedan comer por lo menos tres veces al día, tener su casita con luz, puedan educarse y mandar a sus hijos e hijas a buenas escuelas, tener alegría de vivir y de convivir.

Y quiso el Misterio de todas las cosas que él, desde el piso de abajo, desde la marginación y la exclusión llegase al poder central del país. Por primera vez en nuestra historia, un condenado de la Tierra organizó una política en la que todos ganaban, inclusive los adinerados, pero sobre todo aquellos que desde hacía decenas de años estaban en el mapa del hambre. Ya no se oían los gritos apremiantes de los niños tirando de la falda de su madre, pidiendo la comida que les faltaba. Millones de personas fueron incluidas en la sociedad, miles de pobres y de afrodescendientes, mediante cuotas, pudieron seguir cursos superiores. Indígenas, quilombolas,  mujeres y personas de otra opción sexual encontraron en él comprensión y defensa. Más que matar el hambre, les devolvió la dignidad humana.

Uno se levanta, no sin cierta arrogancia y anuncia : “Dios me ha escogido para salvar el país; está escrito hasta en mi nombre,  Mesías”.  El otro solamente dice: “Agradezco a Dios por haberme permitido llegar hasta aquí y poder dar comida a millones  de personas”.  Los discursos tienen tonos diferentes: uno hace énfasis en un pretextado llamamiento divino, independiente de su esfuerzo.  El otro, luchó y se esforzó para cumplir ese propósito. Y agradece a Dios, tras mucha lucha e incansables sacrificios.

El mundo lo siguió todo. Como presidente, los jefes de Estado competían por escuchar sus experiencias y consejos. Se convirtió en uno de los mayores líderes mundiales. Invitado a apoyar la guerra contra Irak, respondió sabiamente: mi guerra no es contra un pueblo, es contra el hambre y la miseria de millones de personas de mi país y de la humanidad.

Todo lo que está sano puede enfermar. Sectores de su gobierno fueron afectados por la enfermedad de la corrupción. Fueron denunciados y castigados, pero nunca se ha demostrado que este hombre se haya beneficiado personalmente de la corrupción como consecuencia de su cargo de presidente.

Si hay algo que le molesta profundamente es que le llamen ladrón. ¿Dónde está su mansión? ¿Dónde están sus cuentas bancarias en Brasil, en el extranjero o en algún paraíso fiscal? ¿Puede alguien señalarlo sin mentir? Como candidato, su vida fue revisada hasta el más mínimo detalle. No se encontró nada. Ni un piso en el que nunca vivió, ni el sitio de un amigo que nunca le perteneció. Vive en un piso como cualquier ciudadano que ha ocupado el cargo que ha tenido, bueno pero modesto.

Conozco y doy fe de la transparencia, honestidad e integridad de este hombre. Me dijo varias veces: tú que hablas ante muchos públicos, di en mi nombre: nunca he dado cincuenta céntimos a nadie, nunca he recibido cincuenta céntimos de nadie. Nunca he tomado nada de nadie. Y si sigue diciendo que soy un ladrón, di que es un mentiroso. Y si se empeña en decirlo, desafíalo a que vaya a los tribunales, que muestre las pruebas para acusarme de ladrón. Di que aceptaré el rigor de la ley. Devolveré el doble de la cantidad que falsamente dije que había robado.  Y quiero que me arresten.

Conozco a un hombre que soportó todo tipo de calumnias, difamaciones y humillaciones. Su esposa murió de tristeza. Cuando su nieto falleció prematuramente, le pusieron mil dificultades para despedirse de su ser querido. Y cuando su hermano mayor, al que tenía por padre, partió de este mundo, lo llevaron a un breve velatorio rodeado de soldados armados, como si llevaran a un peligroso canalla.

Entraron en su casa sin avisar. Saquearon todo, esculcaron los colchones y se llevaron hasta los juguetes de sus nietos que no han sido devueltos hasta el día de hoy. Finalmente, hubo un juez reconocido por el Tribunal Supremo (STF) como parcial, y debido a ello el proceso iniciado contra este hombre fue invalidado. El juez lo condenó “por un delito indeterminado”, algo que no se encuentra en ningún código penal, ni siquiera en el Código de Hammurabi, unos milenios antes de nuestra era.

Durante 580 días estuvo encarcelado bajo estricta vigilancia. Podría haber resistido o haberse refugiado en alguna embajada. En la cárcel, revisó su vida, los aciertos y errores de su gobierno, estudió a fondo los principales aspectos de nuestro país y de la geopolítica mundial. Se espiritualizó y salió lleno de humanismo, esperanza y determinación.

Pero su encarcelamiento tuvo una consecuencia perversa: despejó el camino para presidente a una figura siniestra, un enemigo de la vida y de su pueblo, movido por la pulsión de matar y odiar. Por su negacionismo y su total falta de empatía al menos 300.000 personas murieron a causa del Coronavirus.

Luego vinieron las elecciones. Su oponente, que destacaba por su ignorancia, brutalidad y mente asesina, utilizó todos los medios posibles e imposibles para derrotarlo, desde la corrupción de un presupuesto secreto multimillonario hasta todo el aparato del Estado, dentro del cual operaba el “gabinete del odio”. Este difundió mentiras, fake news, calumnias y obscenidades contra él. Incluso activó el aparato policial del Estado a favor de su candidatura.

La sensatez ganó a la irracionalidad, la verdad a la mentira, el amor al odio. Fue proclamado presidente del país. Fue reconocido por las más altas autoridades del país, del mundo, desde XI Jinping, Biden y Putin. Incluso sin haber jurado su cargo, ya ha sido invitado a la COP27 en Egipto para discutir el nuevo régimen climático y a Davos, donde se reúnen los dueños de las mayores fortunas, para escuchar su tipo de economía, ya que la actual está agonizando.

Conozco a este hombre, carismático, cordial, incapaz de sentir odio en su corazón y dispuesto a dialogar con todos. De su boca oímos y de su ejemplo aprendimos que siempre es importante defender la democracia, dar centralidad a los pobres, defender la Amazonia contra la voracidad del capital salvaje, buscar un mundo bueno para todos y hacer que lo sea. Como dijo un presidente: “El mundo echa en falta a este hombre”.

Merece el mayor elogio que la tradición bíblica judía otorga a un ciudadano del mundo: ES UN HOMBRE JUSTO ENTRE LAS NACIONES: Zadik ha Umot,

Conozco y soy testigo de un hombre que por su vida, por su ejemplo y por el cuidado de su pueblo se convirtió efectivamente en un hombre Justo entre las Naciones.

Su nombre no necesita ser  citado. El país lo conoce. El mundo lo reconoce.

*Leonardo Boff, ecoteólogo, filósofo, exprofesor de ética y miembro de la Iniciativa Internacional de la Carta de la Tierra.

Traducción de María José Gavito Milano

Qué destino queremos: la barbarie o la democracia?

Exceptuando a la clase dominante que se enriquece con regímenes autoritarios y de ultraderecha, como el actual, en la gran mayoría existe la conciencia de que así como está Brasil no puede continuar. Debe haber un cambio para mejor. Para eso pienso que deben ser atendidos algunos requisitos básicos. Enumero algunos.

1.       Rehacer el contrato social. Este significa el consenso de todos, expresado por la constitución y por el ordenamiento jurídico, de que queremos convivir como ciudadanos libres que se aceptan mutuamente, más allá de la diferencias de pensamiento, de clase social, de religión y de color de piel. 

Pues bien, el contrato social se ha roto con el actual gobierno. El tejido social se ha desgarrado. El ejecutivo hace poco caso de la constitución, pasa por encima de las leyes, menosprecia las instituciones democráticas, incluso las más altas como el Supremo Tribunal Federal (STF). A causa de esta revolución  a la inversa, autoritaria, de sesgo ultraconservador y fascista, apoyada por sectores significativos de la sociedad tradicionalmente conservadora, la gente se ha dividido, dentro de las familias y entre amigos, e incluso se odian, cuando no se cometen  asesinatos por razones políticas. Si no rehacemos el contrato social, volveremos al régimen de fuerza, del autoritarismo y de la dictadura, con las consecuencias inherentes: represión, persecuciones, prisiones, torturas y muertes. De la civilización estaremos a un paso de la barbarie.

2.       Rescatar la civilidad. Es decir, debe prevalecer la ciudadanía. Se trata de un proceso socio-histórico en el que la masa forja una conciencia de su situación de subordinación, se permite elaborar un proyecto y unas prácticas en el sentido de dejar de ser masa y pasar a ser pueblo, protagonista de su propio destino. Esto no lo concede el Estado. Lo conquista el propio pueblo en la medida en que se organiza, y se enfrenta a las (clases del atraso no entiendo “atraso” y hasta al Estado clasista. Ahora bien, este proceso ha sido impedido siempre por la clase dominante que busca mantener a las masas en la ignorancia para manipularlas mejor e impedir, con violencia, que levanten la cabeza y se movilicen. La ignorancia y el  analfabetismo son políticamente deseados. El 10% más rico, que supone hasta el 75% de la riqueza nacional, ha hecho un proyecto para sí, de conciliación entre ellos, con exclusión siempre de las grandes mayorías. No tenemos un proyecto nacional que nos incluya a todos. Esto sigue siendo así hasta el día de hoy. Es quizás nuestra mayor lacra, pues se ignora al 54% de los afrodescendientes, los quilombolas, los indígenas y los millones cobardemente marginados. Sin ciudadanía no hay democracia.

3       .Recuperar la democracia mínima. Nunca ha habido en nuestro país una verdadera democracia representativa consolidada, en la que estuviesen presentes los intereses generales de la nación. Los elegidos representan los intereses particulares de su segmento (bancada evangélica, del ganado, de la bala, de la agroindustria, la minería, los bancos, la educación privada, etc.) o de los que financian sus campañas. Pocos piensan en un proyecto de país para todos, que supere la brutal desigualdad heredada de la colonización y principalmente de la esclavitud.

 Pocas veces en nuestra historia la democracia ha mostrado ser una farsa como con el actual gobierno, una confabulación de los políticos con un ejecutivo que gobierna para sus electores y no para todos, inventando incluso un vergonzoso presupuesto secreto, sin ninguna transparencia, destinado primordialmente a comprar el voto de la reelección de un ejecutivo que usa la mentira, las fake news como política de gobierno, la brutalización del lenguaje y de los comportamientos, que vive amenazando con un golpe de estado, y desmontando las principales instituciones nacionales como la educación, la salud, la seguridad (permitiendo más de un millón de armas en manos de ciudadanos inclinados a la violencia). 

Es urgente recuperar la democracia representativa mínima, para después poder profundizar en ella, hacerla participativa y socioecológica. Sin esta democracia mínima no hay como hacer funcionar con el debido cuidado la justicia y el derecho; las instituciones nacionales se debilitan, especialmente la sanidad colectiva, la educación para todos y la seguridad, cuyas fuerzas policiales suelen ejecutar con frecuencia a jóvenes negros y pobres de la periferia.

4.       Fomentar la educación, la ciencia y la tecnología. Vivimos en una sociedad compleja que para atender sus demandas necesita la educación, el fomento  de la ciencia y la tecnología. Todo esto ha sido descuidado y combatido por el gobierno actual. De continuar así, seremos conducidos al mundo premoderno, destruyendo nuestro incipiente parque industrial (el mayor de los países en desarrollo), nuestra educación que estaba consiguiendo calidad y universalidad a todos los niveles, beneficiando especialmente a estudiantes de enseñanza primaria, alimentados por la agricultura familiar y orgánica, el acceso de pobres, por cotas, a la enseñanza superior, a las escuelas técnicas y a las nuevas universidades. Podemos informarnos toda una vida, nos advertía la gran filósofa Hannah Arendt, sin educarnos nunca, es decir, sin aprender a pensar críticamente, construir nuestra identidad propia y ejercer de forma práctica nuestra ciudadanía. Si no recuperamos el tiempo perdido, podremos transformarnos en un país paria, marginalizado del curso general del mundo.

5.       Tomar conciencia de nuestra importancia única en el tema de la ecología integral para ayudar a salvar la vida en el planeta. El consumismo actual exige más de una Tierra y media, que no tenemos (Sobrecarga de la Tierra).

Debemos asumir además como un hecho científico asegurado que ya estamos dentro de un nuevo régimen climático de la Tierra. Con la acumulación de gases de efecto invernadero en la atmósfera ya no podremos evitar  eventos extremos fatales: sequías prolongadas, nevadas intensas e inundaciones, pérdida de la biodiversidad, pérdida de cosechas,  migración de muchos miles de personas que no consiguen adaptarse y que estarán sometidos al hambre y a los nuevos virus que vendrán (virosfera).

Habrá gran escasez mundial de agua, de alimentos, de suelos fértiles. En este contexto, Brasil podrá desempeñar una verdadera función salvadora por ser la potencia mundial del agua dulce, por la extensión de suelos fértiles y por la Amazonia, que, preservada, podrá secuestrar millones de toneladas de CO2, devolvernos oxígeno, proporcionar humedad a regiones  a miles de kilómetros de distancia y por su riqueza geo-bio-ecológica podrå atender las necesidades de millones de personas en el mundo. Nuestros gobernantes tienen escasa conciencia de esta relevancia y hay poquísima conciencia en la población. Posiblemente nos tocará aprender con el sufrimiento que vendrá y que ya se manifestó entre nosotros con las desastrosas inundaciones ocurridas en varios países en este año de 2022.

O colaboramos todos en el planeta Tierra dándonos las manos o iremos a engrosar el cortejo de los que se dirigen a su propia tumba, como nos advirtió Sigmunt Bauman poco antes de morir. En palabras del Papa Francisco: “todos estamos en el mismo barco, o nos salvamos todos o no se salva nadie”. La cuestión esencial no radica en la economía, la política y la ideología, sino en la supervivencia de la especie humana, realmente amenazada. Todas las instancias, los saberes y las religiones deben aportar su contribución si todavía queremos seguir viviendo en este pequeño y hermoso planeta Tierra.

6.       Finalmente, dejando de lado otros aspectos importantes, debemos crear las condiciones para una nueva forma de habitar la Tierra. La dominante hasta ahora, aquella que nos hacía dueños y señores de la naturaleza, sometiéndola a nuestros propósitos de crecimiento ilimitado, sin sentirnos parte de ella, ha agotado sus virtualidades. Trajo grandes beneficios para la vida común, pero creó también el principio de autodestrucción con todo tipo de armas letales. Debemos hacer el cambio hacia otra forma en la cual todos se reconocerán como hermanos y hermanas, los humanos entre sí y también con la naturaleza (los vivos tenemos el mismo código genético de base), sintiéndonos parte de ella y éticamente responsables de su perpetuidad. Será una biocivilización, en función de la cual estarán la economía y la política y las virtudes del cuidado, de la relación suave, de la justa medida y del lazo afectivo con la naturaleza y con todos sus seres.

Para que en nuestro país se creen tales condiciones para esa civilización de la buena esperanza, tenemos que derrotar la política del odio, de la mentira y de las relaciones inhumanas que se han instaurado en nuestro país. Y hacer que triunfen aquellas fuerzas que se proponen recuperar la democracia mínima, el civismo, la decencia en las relaciones sociales y un sentido profundo de pertenencia y de responsabilidad por nuestra Casa Común. 

Las próximas elecciones significarán un plebiscito sobre qué tipo de país queremos: el de la barbarie o el de la democracia.

*Leonardo Boff ha escrito Habitar la Tierra, Vozes 2022; El doloroso parto de la Madre Tierra, Vozes 2021.