Pascua: la irrupción de lo inesperado

Leonardo Boff*

Los cristianos celebran en Pascua aquello que ella significa: el paso. En nuestro contexto, es el paso  de la decepción a la irrupción de lo inesperado. La decepción aquí es la crucifixión de Jesús de Nazaret y lo inesperado, su resurrección.

Él fue alguien que pasó por el mundo haciendo el bien. Mas que doctrinas introdujo prácticas, ligadas siempre a la vida de los más débiles: curaba ciegos,

purificaba leprosos, hacía andar a cojos, devolvía la salud a muchos enfermos, daba de comer a multitudes y llegaba a resucitar muertos. Conocemos su fin trágico: una trama urdida entre religiosos y políticos lo llevó a la muerte en la cruz.

Los que lo seguían, apóstoles y discípulos, quedaron profundamente frustrados con el fin trágico de la crucifixión. Todos, menos las mujeres que también lo seguían, empezaron a volver a sus casas. Decepcionados, pues esperaban que traería la liberación de Israel. Tal frustración aparece claramente en los dos

discípulos de Emaús, probablemente una pareja, que caminaban llenos de tristeza. A uno que se une a ellos en el camino, lamentándose, le dicen: “Nosotros esperábamos que fuese él quien liberara a Israel, pero hace ya tres días que lo condenaron a muerte”(Lucas 24,21). Ese compañero del camino se reveló después como Jesús resucitado, reconocido en la forma como bendijo el pan, lo partió y lo distribuyó.

La resurrección estaba fuera del horizonte de sus seguidores. Había un grupo en Israel que creía en la resurrección, pero al final de los tiempos, una resurrección entendida como una vuelta a la vida como siempre fue y es. Pero con Jesús sucedió lo inesperado, pues en la historia siempre puede ocurrir lo inesperado y lo improbable. Sólo que lo improbable y lo inesperado aquí son de otra naturaleza, un evento realmente improbable e inesperado: la resurrección.

Ella debe ser bien entendida: no se trata de la reanimación de un cadáver como el de Lázaro. La Resurrección representa una revolución dentro de la evolución. El fin bueno de la historia humana se anticipa. Ella significa lo inesperado de la irrupción del ser humano nuevo, como dice San Pablo, del “novísimo Adán”.

Este evento es realmente la concretización de lo inesperado. Teilhard de Chardin, cuya mística está toda centrada en la resurrección como una absoluta novedad dentro del proceso de la evolución, decía que era un “tremendous”, algo que por tanto alcanza a todo o el universo.

Esta es la fe fundamental de los cristianos. Sin la resurrección las comunidades cristianas no existirían. Perderían su evento fundador y fundante.

Finalmente cabe resaltar que los dos misterios mayores de la fe cristiana están íntimamente ligados a la mujer: la encarnación del Hijo de Dios a María (Lucas 1,35) y la resurrección a María de Magdala (Juan 20,15). Parte de la Iglesia, la

jerárquica, rehén del patriarcalismo cultural, no ha atribuido a este hecho singular ninguna relevancia teológica. Ella seguramente está en el designio de Dios y debería ser acogido como algo culturalmente innovador.

En estos tiempos sombríos, marcados por la muerte y hasta con la eventual desaparición de la especie humana, la fe en la resurrección nos abre un futuro de esperanza. Nuestro fin no es la autodestrucción dentro de una tragedia sino la plena realización de nuestras potencialidades a través de la resurrección, la

irrupción del hombre y de la mujer nuevos.

Feliz Pascua a todos los que consiguen creer y también a quienes no lo consiguen.

*Leonardo Boffes es teólogo y ha escrito: La resurrección de Cristo y nuestra resurrección en la muerte, Vozes 1982. Publicado en español por la editorial Sal Terrae.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Peligro de destrucción de nuestro futuro

 Leonardo Boff*

En julio de 2021 el gran pensador de la complejidad Edgard Morin cumplió 100 años. Observador atento del curso del mundo, nos entregó un libro Réveillons-nous! – ¡Despertemos!, lleno de sabias y serias advertencias. Resumió su pensamiento en una entrevista a Jules de Kiss, publicada el 26 de marzo de 2022 en Franceinfo y reproducida en portugués por el IHU el 4/4/22. Lector asiduo de sus escritos, esta entrevista inspiró el presente artículo.

Morin advierte lo que vengo repitiendo desde hace mucho tiempo: debemos estar atentos, intentar ver y entender lo que está ocurriendo. La gran mayoría, inclusive jefes de estado, no son conscientes de las graves amenazas que pesan sobre el planeta Tierra, sobre la vida y sobre nuestro futuro. Parecen sonámbulos o zombis, obcecados con la idea del crecimiento económico sin fin y también con la seguridad y con más construcción de armas de destrucción masiva.

Estamos viviendo varias crisis, todas ellas graves: la más inmediata es la pandemia que afecta a todo el planeta, cuyo sentido último no ha sido identificado todavía. Para mí es una señal que la Tierra viva ha enviado a sus hijos e hijas: “no pueden seguir con el pillaje sistemático de la comunidad de vida en la cual se encuentran los hábitats de los distintos virus que en los últimos años han asolado regiones del planeta”. La Covid-19 ha alcanzado todo el planeta, pero no a otros seres vivos y domésticos. Es una señal que no está siendo leída por la mayoría de la humanidad, ni tampoco por los analistas, centrados en las vacunas y en los cuidados necesarios. 

¿Quién se pregunta en qué contexto apareció el virus? Él es consecuencia del asalto de los seres humanos a la naturaleza, especialmente por la deforestación de vastas regiones, destruyendo la casa donde habitan los virus, que pasaron a otros animales y de ellos a nosotros.

La crisis climática es grave, pues si no tenemos cuidado

hasta 2030 el calentamiento global puede aumentar 1,5 grados centígrados o más, lo que comprometería a la mayoría de los organismos vivos y a gran parte de la humanidad. Junto a esto está la Sobrecarga de la Tierra (Earth Oveshoot), constatada el 29 de julio de 2021: los bienes y servicios importantes para la vida se están agotando. Ya ahora necesitamos 1,7 Tierras para atender el tipo de consumo principalmente de las clases opulentas. Arrancamos de la Tierra lo que ella ya no nos puede dar. Ella reacciona aumentando el calentamiento, los eventos extremos, la erosión de la biodiversidad y más conflictos sociales.

Lo que funciona como una espada de Damocles es la posibilidad de una guerra nuclear que puede destruir toda la vida y gran parte de la humanidad. Morin escribe: “Pienso que hemos entrado en una nueva fase. Por primera vez en la historia, la humanidad corre peligro de aniquilación, tal vez no total –habrá algunos supervivientes, como en Mad Max –, pero una especie de ‘reinicio‘ desde cero en condiciones sanitarias sin duda terribles”. 

La guerra en Ucrania ha suscitado este fantasma, pues Rusia, como ya decía Gorbachov, puede destruir toda la vida con solo la mitad de sus ojivas nucleares. Pero, lleno de confianza en que la historia anda, no está cerrada, Morin afirma esperanzado: “Precisamos esperar lo inesperado para saber como navegar en la incertidumbre”.

Es de todos conocida la erosión de las ideas democráticas en el mundo entero. En muchos países, como en Brasil, se está imponiendo un espíritu autoritario y fascistoide, que hace de la violencia física y simbólica y de la mentira directa una forma de gobernar. La democracia ha dejado de ser un valor universal y una forma de vivir civilizadamente en comunidad. Este espíritu puede provocar un tsunami de guerras regionales de gran destrucción.

No olvidemos la advertencia del Papa Francisco en la Fratelli tutti (2020): “estamos en el mismo barco, o nos salvamos todos o nadie se salva”. Somos responsables de nuestro futuro y de la vida en el planeta.

Tenemos la confianza de Morin de que, como la historia ha mostrado, lo inesperado y lo improbable pueden ocurrir. Ya nos enseñaba un pre-socrático: “si no esperamos lo inesperado, cuando venga, no lo percibiremos”. Y así lo perderemos.

Esta es nuestra confianza y esperanza: estamos en medio  de crisis que no  tienen por qué terminar en tragedias fatales. Pueden ser el  despertar de una nueva conciencia y entonces, la ocasión para un salto cualitativo hacia un tipo de convivencia pacífica dentro de la única Casa Común. ¿Será este el próximo paso de la humanidad? ¡Bienvenido sea! 

*Leonardo Boff es teólogo y filósofo y ha escrito: Cómo cuidar de la Casa Común, Vozes 2017.

Traducción de María José Gavito Milano

En medio de la irracionalidad de la guerra, hay que rescatar el sentido común

                        Leonardo Boff*

Con la guerra en Ucrania, llevada a cabo por Rusia, con el peligro de una hecatombe nuclear que comprometería la biosfera y la vida humana, y el predominio del egoísmo a nivel internacional en el enfrentamiento  contra la Covid-19, y la ascensión del nazifascismo con su ola de odio y de violencia, y el pensamiento reaccionario y ultraconservador en varias partes del mundo, se está revelando la irracionalidad de la razón moderna.

Si perdemos la razón perdemos los criterios que orientan nuestras prácticas y los seres humanos demuestran comportamientos enloquecidos.

En momentos así, tenemos que recurrir a lo que es más fundamental en la vida humana: el sentido común crítico. El sentido común, crítico y no ingenuo, ha sido siempre el gran orientador anticipado de nuestras prácticas para que mantengan su nivel humano y mínimamente ético.

¿Qué es el buen sentido? Decimos que alguien tiene buen sentido cuando tiene la palabra correcta para cada situación, el comportamiento adecuado y cuando atina con el núcleo de la cuestión. El sentido común está ligado a la sabiduría concreta de la vida. Es distinguir lo esencial de lo secundario. Es la capacidad de ver y de poner las cosas en el sitio que les corresponde.

El buen sentido es lo opuesto a la exageración. Por eso, el loco y el genio, que en muchos puntos se aproximan, aquí se distinguen sustancialmente. El genio es aquel que radicaliza el sentido común. El loco, radicaliza lo exagerado.

Para concretar el sentido común, tomemos dos ejemplos de figuras arquetípicas: el más próximo, el Papa Francisco, y el más originario, Jesús de Nazaret.

El eje estructurador de la retórica del Papa Francisco no son las doctrinas ni los dogmas de la Iglesia Católica. No es que las aprecie menos, sabe que son  elaboraciones teológicas creadas históricamente. Pero ellas han provocado conflictos y guerras de religión, cismas, excomuniones, teólogos y mujeres (como Juana de Arco y otras tenidas por “brujas”) quemados en la hoguera de la Inquisición. Esto ha sido así durante siglos, y el autor de estas líneas tuvo una amarga experiencia personal en el cubículo donde se interrogaba a los acusados en el severo y oscuro edificio de la ex-Inquisición, a la izquierda de la basílica de San Pedro según se la mira de frente.

El Papa Francisco revolucionó el pensamiento de la Iglesia remitiéndose a la práctica de enorme buen sentido del Jesús histórico. Él rescató lo que hoy se llama “la Tradición de Jesús” que es anterior a los  evangelios  que tenemos, escritos 30-40 años después de su ejecución en la cruz.

La Tradición de Jesús o también el camino de Jesús, como se llama en los Hechos de los Apóstoles, se funda más en valores e ideales que en doctrinas. Para el Papa son esenciales el amor incondicional, la misericordia, el perdón, la justicia  para con los oprimidos, la centralidad de los pobres y marginados, la total apertura a Dios-Abbá (Papá querido). Estos son los valores axiales que orientan sus intervenciones, y los revela concretamente en sus gestos de bondad, de cuidado, particularmente hacia los emigrados de Oriente Medio, de África, y  ahora de Ucrania, así como con las víctimas de los pedófilos, algunos de la misma Iglesia.

Volvámonos a Jesús de Nazaret. Él no pretendió fundar una nueva religión. Él quería enseñarnos a vivir. A vivir con fraternidad, solidaridad y cuidado de unos a otros y total  apertura a Dios-Abbá. Estos son los contenidos de su mensaje: el Reino de Dios y la misericordia ilimitada de su Dios de infinita bondad.

Como nos dan testimonio los evangelios, demostró ser un genio del buen sentido. Un frescor sin analogías atraviesa todo lo que dice y hace. Dios en su bondad, el ser humano con su fragilidad, la sociedad con sus contradicciones y la naturaleza con su esplendor aparecen en una inmediatez cristalina. No hace teología. No apela a principios morales  superiores. Ni se pierde en una casuística tediosa y sin corazón como lo hacían y hacen los fariseos de ayer y de hoy. Sus palabras y actitudes muerden de lleno en lo concreto donde la realidad sangra y él, ante los que sufren, los consuela, los cura y hasta los resucita.

Sus amonestaciones son incisivas y directas: “reconcíliate con tu hermano”(Mt 5,24). “No juréis de ninguna manera”(Mt 5, 34). “No resistáis a los malos”(Mt 5,39), “amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen”(Mt 5,44). “Cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”(Mt 6, 3).

Este buen sentido le ha faltado, no pocas veces, a la Iglesia institucional (papas, obispos y curas), especialmente en cuestiones morales ligadas a la sexualidad y a la familia. Aquí se ha mostrado severa e implacable. Sacrifica a las personas en su dolor a los principios abstractos. Se rige antes por el poder que por la misericordia. Y los santos y sabios nos advierten: donde impera el poder, se desvanece el amor y desaparece la misericordia.

¡Qué distinto es con Jesús y con el  Papa Francisco! La cualidad principal de Dios, nos dice el Maestro y lo repite continuamente el Papa, es la misericordia. Jesús es contundente: “Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso” (Lc 6, 36).

El Papa Francisco explica el sentido etimológico de la  misericordia: miseris cor dare: “dar el corazón  a los míseros”, a los que padecen. En el Angelus del 6 de abril de 2014 dijo con voz alterada: “Escuchad bien: no existe ningún límite para la misericordia divina ofrecida a todos”. Pide que la multitud repita con él: “No existe ningún límite para la misericordia divina ofrecida a todos”.

Parece teólogo cuando recuerda la idea de Santo Tomás de Aquino sobre la práctica de la misericordia: es la mayor de las virtudes “porque es propio de ella derramarse hacia los demás y, mas aún, ayudarlos en sus debilidades”.

Lleno de misericordia ante los peligros de la epidemia de zica, abre espacio al uso de anticonceptivos. Se trata de salvar vidas: “evitar el embarazo no es un mal absoluto”, dijo en su visita a México. Durante la pandemia de Covid-19 ha hecho continuos  llamamientos a la solidaridad y al cuidado, especialmente de los niños y los ancianos. Sus llamamientos a la paz en el conflicto bélico de Rusia contra Ucrania han sido fuertes. Llegó a decir: “Señor detén el brazo de Caín. Y una vez detenido, cuida de  él, pues es nuestro hermano”.

A los nuevos cardenales les dijo con todas las palabras: “La Iglesia no condena para siempre. El castigo es para este tiempo”. Dios es un misterio de inclusión y de comunión, nunca de exclusión. La misericordia triunfa siempre. No puede perder a un hijo o a una hija que ha creado con amor (cf. Sab 11,21-24).

Lógicamente, en el Reino de la Trinidad no se entra de cualquier manera. Se pasará por la clínica purificadora de Dios hasta que las personas salgan purificadas.

Tal mensaje es verdaderamente liberador. El confirma su exhortación apostólica “La alegría del Evangelio”. Dicha alegría se ofrece a todos, también a los no cristianos, porque es un camino de humanización y de liberación.

Es el triunfo del sentido común que tanto nos falta en este momento dramático de nuestra historia, cuyo destino está en nuestras manos. El Papa Francisco y Jesús de Nazaret aparecen como inspiradores de buen sentido, de misericordia y de una humanidad radical. Estas son las actitudes que podrán salvarnos.

*Leonardo Boff es teólogo y ha escrito Habitar la Terra: ¿Cuál es el camino para la fraternidad universal? Vozes 2021; Nostalgia de Dios: la fuerza de los humildes, Vozes 2020.

Traducción de María José Gavito Milano

Para poner fin a la guerra en Ucrania, debemos saber cómo prevenir nuevas guerras

08.03.22 en Pressensa

Riccardo Petrella é um dos maiores cientistas sociais e analistas, grande promotor de um pacto social mundial ao redor do tema da Água. Suas reflexões equilibradas e sensatas nos ajudam a entender o que está em jogo na guerra na Ucrânia.

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Hay que imponer un alto el fuego inmediato en Ucrania. Armar a Ucrania y adoptar las duras sanciones anunciadas contra Rusia no hacen sino acentuar y exacerbar la guerra. No son la solución para la paz y para «liberar» a los ucranianos, sino, sobre todo, el instrumento para la derrota, o incluso la muerte de Rusia por asfixia económica y, secundariamente, para someter el futuro de los ucranianos a los intereses de Estados Unidos y de las «potencias» europeas occidentales. En la actual escalada, no son los colores del arco iris, sino las setas nucleares las que están en el horizonte. Qué absurdo.

Es bien sabido que la guerra en Ucrania -el país donde nació Rusia, el Estado de Rusia- no es principalmente una guerra entre rusos y ucranianos. Se trata de una distorsión de la historia actual propagada en particular por quienes, empezando por Estados Unidos y los dirigentes de los países de la OTAN, provocaron la inaceptable invasión de Ucrania por parte de Rusia y son corresponsables de ella con Rusia. ¿Por qué? Tratemos de entenderlo.

La guerra en Ucrania es el resultado, entre otros, de dos grandes factores de oposición y conflicto entre países y grupos sociales dominantes en todo el mundo. Mientras no se eliminen estos dos factores, habrá «como mucho» suspensiones temporales de guerras mundiales «localizadas», que terminarán aquí con la «victoria» de unos y allí con la «victoria» de otros. Las víctimas seguirán siendo los habitantes de la Tierra, todas las especies incluidas. La autodestrucción de la humanidad seguirá siendo una amenaza en el horizonte.

Primer factor. La guerra de supervivencia entre dos potencias mundiales antaño fuertes e indiscutibles, pero en crisis y cada vez más debilitadas.

La «guerra en Ucrania» forma parte de la nueva fase de la guerra entre Estados Unidos y Rusia desde el colapso y desaparición de la URSS en 1989 y el fin de la Guerra Fría Este/Oeste. Por un lado, se trata de la guerra que los grupos sociales dominantes en Estados Unidos (y, bajo su impulso/imposición, en los países de la OTAN) han librado contra Rusia durante los últimos treinta años para debilitar su poder político, económico y militar, aprovechando la grave crisis de régimen en la que había caído el país en 1989. Es una de las guerras que libra Estados Unidos para mantener su lugar como primera potencia mundial frente a los factores de erosión y debilitamiento que han contribuido al regreso con fuerza en Estados Unidos del «pueblo americano» conquistador, nacionalista y racista, del que Trump se ha convertido en el campeón más convencido.

Por otra parte, es la guerra tanto de resistencia contra la supremacía de Estados Unidos, como de ataque, a favor del restablecimiento del poder perdido por el colapso de la URSS, que los grupos sociales dominantes en Rusia han llevado a cabo: a) a nivel internacional, en un contexto de creciente debilidad frente a su enemigo de la Guerra Fría, y b) a nivel continental en el Este y el Oeste de la Rusia actual frente a los países/estados que se han independizado y son hostiles a Rusia. Para Putin en particular, el recuerdo y la fascinación del poder de Rusia en el pasado, incluyendo el período de la URSS, han sido y son para la mayoría de los actuales líderes rusos fuentes de inspiración para su estrategia de poder bélico y despótico.

Sin embargo, Mijail Gorbachov (*) había sido claro, sincero y por encima incluso de los intereses de poder directos de Rusia, en un mensaje oral público a Estados Unidos (y a sus oponentes rusos) unos meses antes de la reunificación alemana en 1990. Les advirtió que no cometieran el error de considerar la desaparición de la URSS como una victoria de los Estados Unidos y del sistema capitalista de mercado. La URSS, insistió, se había derrumbado por razones estructurales internas, porque su sistema había demostrado ser ineficiente, injusto e insostenible. Por ello insistió en que debe darse prioridad a la construcción de un nuevo sistema de seguridad económica y política europea que garantice unas relaciones pacíficas Este-Oeste entre todos los pueblos europeos. Así, retomó una propuesta anterior que había hecho a Estados Unidos para el desmantelamiento coordinado de las armas nucleares. La propuesta fue rechazada por Estados Unidos, que sólo estaba a favor de una reducción del número de misiles nucleares, por lo que Gorbachov contestó: «De acuerdo, entonces conservo la capacidad de destruiros no 6.000 veces, sino 3.000 veces».

Conocemos la historia. Estados Unidos y los países europeos (así como la Rusia de Putin) no hicieron ningún caso al mensaje de Gorbachov. Estados Unidos hizo todo lo posible por reforzar su control militar de Europa (para ellos, esto es la «seguridad europea») y, para ello y con el acuerdo y la sumisión de los aliados europeos, ampliarlo geopolíticamente integrando en la OTAN a todos los países con fronteras europeas con Rusia (excluyendo a Bielorrusia). La historia de esta prórroga, hecha de tratados y acuerdos incumplidos y de promesas incumplidas, especialmente por parte de Estados Unidos y, «por alianza», de los europeos, está bien resumida en un largo y riguroso artículo de Hall Gardner, profesor de la Universidad Americana de París, publicado en Other News el 25 de febrero pasado.

Persiguiendo frente a un «enemigo» considerado sistémico, su estrategia de dominación de todos los tiempos La paz a través del poder, Estados Unidos ha logrado su objetivo. Ha «ganado». ¿Pero qué han ganado? ¿Qué ha ganado la Unión Europea? Piénsese que esto es el colmo de la hipocresía: para financiar el envío de material de guerra y la ayuda económica a los ucranianos para reforzar su ejército, la Comisión Europea recurrió al Fondo Europeo para la Paz, que cuenta con un presupuesto de 6.000 millones de euros. Sin duda pensó que la paz se podía construir armando a la gente. Al apoyar a Estados Unidos en la ampliación de la OTAN hacia el Este, los europeos han ganado en tener una guerra en casa.

¿Qué han ganado los ucranianos, aparte de aceptar convertirse en una colonia militar de Estados Unidos y, a su vez, de potencias europeas como Francia y, sobre todo, Alemania? Una colonia que, obviamente, no se limitará al ámbito militar, sino que ya es económica y financiera. Lo será aún más en los próximos años. En las condiciones actuales de la UE, la «victoria» de los EE.UU. se traducirá en una sumisión y dependencia cada vez mayor de Ucrania a las normas e intereses de los mercados financieros mundiales y a los imperativos del mercado único europeo. La libertad y la independencia de los ucranianos se convertirán en palabras vacías sin referencias concretas.

En lo que respecta a los rusos, no han ganado nada hasta ahora. Y lo que es peor, los grupos sociales que los dominan salen bien mal parados en todos los sentidos, entre otros, a ojos de una opinión pública occidental y occidentalizada que está fuertemente moldeada y manipulada por el sistema de información global dominado por los medios de comunicación occidentales.

Por el momento, sólo los grupos sociales dominantes en Estados Unidos parecen salir ganando. Sí, han ganado al extender su control militar (y político) a toda Europa (excluyendo a Bielorrusia). Además, están consiguiendo transformar la OTAN en una poderosa estructura militar de orientación global al servicio del mantenimiento del poder de EE.UU. en todo el mundo, también de cara a sus otras guerras, especialmente la nueva guerra contra China (e India). También gracias a una mutación radical del poder militar a través de las nuevas tecnologías de la inteligencia artificial (sistemas de datos, gestión, comunicación y decisión, sistemas de satélites, nuevas energías, redes, plataformas…).

Es en este contexto que debe interpretarse la estrategia de expansión de la OTAN hacia el este. A Estados Unidos no le importa la libertad e independencia de los ucranianos. A Estados Unidos le interesa sobre todo reducir el poder de Rusia. Han ganado en provocar la guerra en Europa, después de Irak, Afganistán, Libia, Siria… entre los casos más recientes. Es increíble, parece una pesadilla, ¡nos hemos enterado de que el gobierno italiano ha anunciado una participación militar en Ucrania!

Esto nos lleva al segundo factor.

Segundo factor. La guerra se ha convertido en una forma de ser del mundo económico, tecno-científico y cultural dominante.

El espíritu de guerra es intrínseco a la economía dominante. La economía de mercado financiarizada nos ha educado para la guerra, para pensar y actuar/participar en las guerras: del petróleo, del trigo, de los ordenadores, de los medios de comunicación, de los contenedores, de las vacunas, de los smartphones, de los coches, del arroz, de los plátanos, de las universidades, de las redes, de las patentes, de la IA, del espacio. La guerra está en nuestras cabezas, en varias formas y palabras: competitividad, rentabilidad, liderazgo, número 1, conquista del mercado, resiliencia, adaptación, innovación….

Desde hace varios años estamos convencidos de que China es ahora el enemigo, nuestro «enemigo sistémico» porque es el nuevo competidor por la supremacía mundial. La pérdida de esta supremacía por parte de Estados Unidos se ve como una terrible amenaza para el futuro, para nuestra libertad. Las catástrofes ecológicas, en particular el clima en ebullición, nos han hecho comprender la fragilidad de la supervivencia y, por tanto, han acentuado esta profunda infiltración de la cultura de la guerra, haciéndonos creer de nuevo en la necesidad de ser los más fuertes, los más resistentes, esta vez a nivel mundial. De ahí el imperativo de dominación mundial que se ha impuesto sobre cualquier visión de cooperación, solidaridad, reparto y ayuda mutua. La guerra ha entrado en nuestras mentes como la lluvia en Noruega.

De ahí las grandes dificultades encontradas, principalmente por culpa de Estados Unidos, para encontrar soluciones globales comunes a las catástrofes ecológicas. De ahí el rechazo de los más fuertes, encabezados por EEUU y la UE, a un plan mundial justo y solidario de lucha contra el Covid-19 basado en vacunas accesibles a todos los habitantes de la Tierra al mismo tiempo, etc.

En este contexto, los millones de «yo» superan a los miles de «nosotros» y los países con poder nuclear creen, sobre todo los más poderosos, que mantener su poder en niveles más altos que los demás es una condición necesaria e indispensable para su supervivencia. Y como el poder militar está cada vez más tecnificado y vinculado al poder financiero para captar la innovación tecnológica mundial y los mercados globales, cualquier pérdida de mercados tecnológicamente valiosos se considera estratégicamente peligrosa para el poder económico y, por tanto, para el poder militar.

En el pasado, eran los militares los que impulsaban la innovación y la tecnología, hoy es al revés, incluso peor: son los imperativos económicos y financieros los que obligan a los militares a producir armas nucleares. La inaceptable expansión de la fuerza militar de la OTAN y la reacción defensiva de Rusia, basada en la seguridad por medios inaceptables, están en línea con esta cultura de guerra generalizada.

¿Qué hacer?

La sabiduría y la preocupación por salvaguardar el futuro pacífico de la humanidad y la supervivencia del mundo nos llevan a dar prioridad a tres líneas de acción, apoyadas por una fuerte movilización ciudadana.

En primer lugar, el cese inmediato de las hostilidades sobre el terreno y dejar que las negociaciones entre rusos y ucranianos decidan qué hacer a continuación. Por lo tanto, la prohibición de acciones como el envío de armas y dinero a los ucranianos o a los rusos; la suspensión inmediata de las sanciones contra Rusia.

Además, un compromiso por parte de la OTAN de detener el proceso de integración de Ucrania en la OTAN (recordemos que los franceses y los alemanes se opusieron a ello a principios de los años 90) y, por parte de Rusia, de abandonar cualquier posibilidad de recurrir a las armas nucleares; la convocatoria de una convención europea para definir un nuevo tratado sobre seguridad europea.

Por último, sentar las bases, basadas en el respeto del actual Tratado de la ONU sobre la prohibición de las armas nucleares, para la redefinición de un Pacto Mundial de Seguridad, en particular mediante aplicaciones muy concretas en los ámbitos de la energía, el agua, las semillas, la salud, el transporte, la información y el conocimiento. Nunca antes la seguridad global, para todos, basada en la responsabilidad común de los bienes esenciales para la vida ha sido tan obvia, necesaria y urgente.

(*) Me permito dedicar estas reflexiones a Mijail Gorbachov, como homenaje a una de las principales figuras políticas del siglo XX, ferviente defensor de las relaciones de confianza y transparencia entre los ciudadanos y de las relaciones pacíficas entre los pueblos, único estadista que, siendo presidente de la URSS, la segunda potencia militar del mundo, se atrevió a proponer oficialmente el desmantelamiento coordinado de las armas nucleares.

*Doctor of Political and Social Sciences, honorary degree from eight universities: in Sweden, Denmark, Belgium (x2), Canada, France (x2), Argentina. Professor emeritus of the Catholic University of Louvain (Belgium); President of the Institut Europeen de Recherche sur la Politique de l’Eau (IERPE) in Brussels (www.ierpe.eu); President of the “University of the Common Good” (UBC), a non-profit association active in Antwerp (Belgium) and Sezano (VR-Italy) From 1978 to 1994 he headed the department FAST, Forecasting and Assessment in Science and Technology at the Commission of the European Communities in Brussels and in 2005-2006 he was President of the Apulian Aqueduct. He is the author of numerous books on economics and common goods.