Transición ecológica hacia una sociedad biocentrada

Nota: Este texto es una edición abreviada del anterior en portugués, que fué objeto de una conferencia en el Encuentro Mundial de Valores, via ZOOM, realizado en Monterrey, México, que reune centenares de personas de todo el mundo.

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Para comprender el significado del coronavirus, tenemos que encuadrarlo en su debido contexto, no verlo aisladamente bajo la perspectica de la ciencia y de la técnica siempre necesarias. El Coronavírus viene da la naturaleza, contra la cual los seres humanos, particularmente através del capitalismo global desde hace siglos, lleva a cabo una guerra sistemática contra esta naturaleza y contra la Tierra.

           El capitalismo neoliberal gravemente herido

Concentremonos en la causa principal que es el orden capitalista. Conocemos la lógica del capitalismo. Él se caracteriza por explotar hasta el límite la fuerza de trabajo, por el pillaje de los bienes y servicios de la naturaleza, en fin, por la mercantilización de todas las cosas. De una economía de mercado hemos pasado a una sociedad de mercado. En ella las cosas inalienables se transforman en mercancía: Karl Marx en su Miseria de la Filosofía de 1847, lo ha descrito bien: “Cosas intercambiadas, dadas pero jamás vendidas… todo se ha vuelto venal como la virtud, el amor, la opinión, la ciencia y la conciencia… todo se ha vuelto vendible y llevado al mercado». Él llamó a esto el “tiempo de la corrupción general y de la venalidad universal” (ed.Vozes 2019, p.54-55). Es lo que se implantó desde el fin de la segunda guerra mundial.

Nosotros seres humanos, bajo el modo deproducción capitalista hemos roto todos los lazos con la naturaleza, convirtiéndola en un baúl de recursos, considerados ilusamente ilimitados, en función de un crecimiento considerado también ilusamente ilimitado. Resulta que un viejo y limitado planeta no puede soportar un crecimiento ilimitado.

La Tierra viva, Gaia, un superorganismo que articula todos los factores para continuar viva y producir y reproducir siempre todo tipo de vida, ha empezado a reaccionar y a contraatacar mediante el calentamiento global, los eventos extremos en la naturaleza, y el envío de sus armas letales, que son los virus y las bacterias (gripe porcina, aviar, H1N1, zika, chikungunya, SARS, ébola y otros), y ahora el de la COVID-19, invisible, global y letal.

Este virus ha puesto a todos de rodillas, especialmente a las potencias militaristas cuyas armas de destrucción masiva (que podrían destruir toda la vida varias veces) resultan totalmente superfluas y ridículas.

A propósito de la COVID-19 ha quedado claro que cayó como un meteoro rasante sobre el capitalismo neoliberal desmantelando su ideario: el beneficio, la acumulación privada, la competencia, el individualismo, el consumismo, el estado mínimo y la privatización de la cosa pública y los bienes comunes. Ha sido gravemente herido. Ha producido demasiada iniquidad humana, social y ecológica, hasta el punto de poner en peligro el futuro del sistema-vida y del sistema-Tierra.

Mientras, planteó inequívocamente la disyuntiva: ¿vale más el lucro o la vida? ¿Debemos salvar la economía o salvar vidas humanas?

Según el ideario del capitalismo, la elección sería salvar la economía en primer lugar y luego las vidas humanas. Pero hasta hoy nadie ha encontrado la fórmula mágica para articular las dos cosas: producir riqueza y evitar la contaminación de los trabajadores. Si hubiéramos seguido la lógica del capital, todos estaríamos en peligro.

Lo que nos está salvando es lo que le falta a él: la solidaridad, la cooperación, la interdependencia entre todos, la generosidad y el cuidado mutuo de la vida de unos y otros y de todo lo que vive y existe.

               Alternativas posibles para el poscoronavirus

El gran desafío que se nos plantea a cada uno de nosotros, la gran pregunta, especialmente a los dueños de las grandes corporaciones multinacionales es: ¿Cómo continuar? ¿Volver a lo que era antes? ¿Recuperar el tiempo y los beneficios perdidos?

Muchos dicen: volver simplemente a lo que era antes sería un suicidio, porque la Tierra podría volver a contraatacar con virus más violentos y mortales. Los científicos ya han advertido que dentro de poco podemos sufrir un ataque aún más feroz si no aprendemos la lección de cuidar la naturaleza y desarrollamos una relación más amistosa con la Madre Tierra.

Enumero aquí algunas alternativas, pues los señores del capital y las finanzas están en una furiosa pugna entre ellos para salvaguardar sus intereses y sus fortunas.

La primera alternativa sería volver al sistema capitalista neoliberal pero ahora de forma extremadamente radical. El 0,1% de la humanidad, los multimillonarios, serían quienes utilizarían la inteligencia artificial con capacidad para controlar a cada persona del planeta, desde su vida íntima a la privada y la pública. Sería un despotismo de otro orden, cibernético, bajo la égida del control/dominación total de la vida de las poblaciones.

Esta alternativa no ha aprendido nada de la COVID-19, ni ha incorporado el factor ecológico. Bajo la presión general puede asumir una responsabilidad socioecológica para no perder beneficios ni seguidores.

Pero siempre que hay un poder domindor, surge un antipoder incluso con rebeliones causadas por el hambre y la desesperación.

La segunda alternativa sería el capitalismo verde, que ha sacado lecciones del coronavirus y ha incorporado el hecho ecológico: reforestar lo devastado, conservar la naturaleza existente al máximo. Pero no cambiaría el modo de producción ni la búsqueda de beneficio.

Lo verde no discute la desigualdad social perversa y haría de todoa los bienes naturales una ocasión de ganancia. Ejemplo: no sólo ganar con la miel de abejas, sino también con su capacidad de polinizar otras plantas. La relación con la naturaleza y la Tierra es utilitaria y no se le reconocen derechos, como declara la ONU, ni su valor intrínseco, independiente del ser humano. Sigue todavía antropocéntrico.

La tercera sería el comunismo de tercera generación, que no tendría nada que ver con las anteriores, poniendo los bienes y servicios del planeta bajo una administración colectiva y central. Podría ser posible, pero supone una nueva conciencia, además de no dar centralidad a la vida en todas sus formas. Seguiría siendo antropocéntrico. Está en parte representado por los filósofos Zizek y Badiou.Por los perjuicios existenes y la recordación de lo que fué el comunismo de Estado del imperio soviético, controldor y represor, tiene pocos seguidores.

La cuarta sería el eco-socialismo, con mayores posibilidades. Supone un contrato social global con un centro plural de gobierno para resolver los problemas globales de la humanidad. Los bienes y servicios naturales limitados y muchos no renovables se distribuirían equitativamente entre todos, en un consumo decente y sobrio que incluiría también a toda la comunidad de la vida, que también necesita medios de vida y de reproducción.

Esta alternativa estaría dentro de las posibilidades humanas, a condición de desarollar una solida conciencia ecologica, hacerse un dato de toda la sociedad con la responsabilidad por la Tierra y la naturaleza. A mi juicio, és todavia sociocéntrico. Le falta incorporar la nueva cosmología y los datos de las ciencias de la vida, de la complexidad, viendo a la Tierra como un momento del gran proceso cosmogénico, biogénico y antropogénico: Tierra com Gaia, um superorganismo que se autoregula y que garantiza la vida de todos los vivientes.

La quinta alternativa sería el buen vivir y convivir, ensayada durante siglos por los pueblos andinos. Es profundamente ecológica, porque considera a todos los seres como portadores de derechos. El eje articulador es la armonía que comienza con la familia, con la comunidad, con la naturaleza, con todo el universo, con los antepasados y con la Divinidad. Esta alternativa tiene un alto grado de utopía pero quizás la humanidad, cuando se descubra a sí misma como una especie viviendo en una única Casa Común, sea capaz de lograr el buen vivir y convivir.

Conclusión de esta parte: Está claro que la vida, la salud y los medios de vida están en el centro de todo, no el beneficio y el desarrollo (in)sostenible. Se exigirá más Estado con más seguridad sanitaria para todos, un Estado que satisfaga las demandas colectivas y promueva un desarrollo que obedezca a los límites y al alcance de la naturaleza.

Como el problema del coronavirus es global se hace necesario un contrato social global, con un cuerpo plural de dirección y coordinación, para implementar una solución global.

O salvamos a la naturaleza y a la Tierra o engrosaremos la procesión de los que se dirigen al abismo.

¿Cómo buscar una transición ecológica, exigida por la acción mortífera de la COVID-19? ¿Por dónde empezar?

No podemos subestimar el poder del “genio” del capitalismo neoliberal: él es capaz de incorporar los datos nuevos, transformarlos en su beneficio privado y usar para ello todos los medios modernos de robotización, la inteligencia artificial con sus miles de millones de algoritmos y eventualmente las guerras híbridas. Puede convivir sin piedad, indiferente, con los millones y millones de hambrientos y arrojados a la miseria.

Por otra parte, los que buscan una transición paradigmatica,dentro de la cual me situo yo, deben proponer una otra forma de habitar la Casa Comum, con una convivencia respetuosa de la naturaleza y cuidado con todos los ecosistemas, deben generar en la base social otro nivel de conciencia y a nuevos sujetos portadores de esta alternativa.

Para esa inmensa tarea tenemos que descolonizarnos de las visiones del mundo y de falsos valores como el consumismo inculcados por la cultura del capital. Tenemos que ser antisistema y alternativos.

           Presupuestos para una transición bien sucedida

El primero es la vulnerabilidad de la condición humana, expuesta a ser atacada por enfermedades, bacterias y virus.

Dos factores están en el origen de la invasión de microorganismos letales: la excesiva urbanización humana que ha avanzado sobre los espacios de la naturaleza destruyendo los hábitats naturales de los virus y las bacterias que saltan a otro ser vivo o al cuerpo humano. El 83% de la humanidad vive en ciudades.

El segundo factor es la deforestación sistemática debida a la voracidad del capital, que busca la riqueza con el monocultivo de soja, de caña de azúcar, de girasol o con la producción de proteínas animales (ganado), devastando bosques y selvas, y desequilibrando el régimen de humedad y de lluvias en extensas regiones como la Amazonia.

Segundo presupuesto: la inter-retro relación de todos con todos. Somos, por naturaleza, un nudo de relaciones orientado hacia todas las direcciones. La bioantropología y la psicología evolutiva han dejado claro que la esencia específica del ser humano es cooperar y relacionarse con todos. No hay ningún gen egoísta, formulado por Dawkins a finales de los 60 del siglo pasado sin ninguna base empírica. Todos los genes están interrelacionados entre sí y dentro de las células. Nadie está fuera de la relación. En este sentido, el individualismo, valor supremo de la cultura del capital, es antinatural y no tiene ninguna sustenatación biológica.

Tercero presupuesto: el cuidado esencial:Pertenece a la esencia de lo humano el cuidado sin el cual no subsistiríamos. El cuidado es además una constante cosmológica: las cuatro fuerzas que sostienen el universo (la gravitatoria, la electromagnética, la nuclear débil y la nuclear fuerte) actúan sinérgicamente con extremo cuidado sin el cual no estaríamos aquí reflexionando sobre estas cosas.

El cuidado supone una relación amiga de la vida, protectora de todos los seres porque los ve como un valor en sí mismos, independiente del uso humano. Fue la falta de cuidado de la naturaleza, devastándola, lo que hizo que los virus perdieran su hábitat, conservado durante miles de años y pasaran a otro animal o al ser humano. El ecofeminismo ha aportado una contribución significativa a la preservación de la vida y de la naturaleza con la ética del cuidado desarrollada por ellas, porque el cuidado es del ser humano, pero adquiere una especial densidad en las mujeres.

Cuarto presupuesto: la solidaridad como opción consciente. La solidaridad está en el corazón de nuestra humanidad. Los bioantropólogos nos han revelado que este dato es esencial al ser humano. Cuando nuestros antepasados buscaban sus alimentos, no los comían aisladamente. Los llevaban al grupo y servían a todos empezando por los más jóvenes, después a los mayores y luego a todos los demás. De esto surgió la comensalidad y el sentido de cooperación y solidaridad. Fue la solidaridad la que nos permitió dar el salto de la animalidad a la humanidad. Lo que fue válido ayer también vale para hoy.

Esta solidaridad no existe sólo entre los humanos. Es otra constante cosmológica: todos los seres conviven, están involucrados en redes de relaciones de reciprocidad y solidaridad de forma que todos puedan ayudarse mutuamente a vivir y co-evolucionar. Incluso el más débil, con la colaboración de otros subsiste, tiene su lugar en el conjunto de los seres y coevoluciona.

El sistema del capital no conoce la solidaridad, solo la competición que produce tensiones, rivalidades y verdaderas destrucciones de otros competidores en función de una mayor acumulación.

Hoy en día el mayor problema de la humanidad no es ni el económico, ni el político, ni el cultural, ni el religioso, sino la falta de solidaridad con otros seres humanos que están a nuestro lado. El capitalismo ve a cada uno como un consumidor eventual, no como una persona humana con sus preocupaciones, alegrías y sufrimientos.

Es la solidaridad la que nos está salvando ante el ataque del coronavirus, empezando por el personal sanitario que arriesga desinteresadamente su vida para salvar otras vidas. Vemos actitudes de solidaridad en toda la sociedad, pero especialmente en las periferias, donde la gente no puede aislarse socialmente y no tiene reservas de alimentos. Muchas familias que recibieron canastas de alimentos las repartían con otros más necesitados.

Pero no basta con que la solidaridad sea un gesto puntual. Debe ser una actitud básica, porque está en la esencia de nuestra naturaleza. Tenemos que hacer la opción consciente de ser solidarios a partir de los últimos e invisibles, de aquellos que no cuentan para el sistema imperante y son considerados como ceros económicos, prescindibles. Sólo así deja de ser selectiva y engloba a todos, porque todos somos coiguales y nos unen lazos objetivos de fraternidad.

                Transición hacia una civilización biocentrada

Toda crisis hace pensar y proyectar nuevas ventanas de posibilidades. El coronavirus nos ha dado esta lección: la Tierra, la naturaleza, la vida, en toda su diversidad, la interdependencia, la cooperación y la solidaridad deben ser centrales en la nueva civilización si queremos sobrevivir.

Parto de la interpretación siguiente: que nosotros, como primeros, hemos atacado a la naturaleza y a la Madre Tierra durante siglos, pero ahora la reacción de la Tierra herida y la naturaleza devastada se está volviendo en contra nuestra.

Tierra-Gaia y naturaleza son vivos y cómo vivos sienten y reaccionan a las agresiones. La multiplicación de señales que la Tierra nos ha enviado, empezando por el calentamiento global, la erosión de la biodiversidad del orden de 70-100 mil especies por año (estamos dentro de la sexta extinción masiva en la era del antropoceno y del necroceno) y otros eventos extremos, deben ser captados e interpretados.

O cambiamos nuestra relación con la Tierra y la naturaleza en el sentido de sinergia, cuidado y respeto, o la Tierra puede no querernos más sobre su superficie. Y esta vez no hay un arca de Noé que salve a algunos y deje perecer a los demás. O todos nos salvamos o todos pereceremos.

Casi todos los análisis de la COVID-19 se centraron en la técnica, la medicina, la vacuna para salvar vidas, el aislamiento social y el uso de mascarillas para protegernos y no contaminar a los demás. Todo eso debe ser hecho y es indispensable.

Rara vez se habla de la naturaleza, aunque el virus vino de la naturaleza. Eso lo hemos olvidado.

La transición de una sociedad capitalista de superproducción de bienes materiales a una sociedad que sustente toda la vida con valores humano-espirituales como el amor, la solidaridad, la compasión, la interdependencia, la justa medida, el respeto y el cuidado no se producirá de la noche a la mañana.

Será un proceso difícil que requiere, en palabras del Papa Francisco en su encíclica “Sobre el cuidado de la Casa Común”, una “conversión ecológica radical”, que nos llevará a incorporar relaciones de cuidado, protección y cooperación: un desarrollo hecho con la naturaleza y no contra la naturaleza.

El sistema imperante puede conocer una larga agonía, pero no tendrá futuro. En mi opinión, no seremos nosotros los que lo derrotaremos para siempre, sino la propia Tierra, negándole las condiciones para su reproducción al haber excedido los límites de los bienes y servicios de la Tierra superpoblada. Este colapso se verá reforzado por la acumulación de críticas y de prácticas humanas que siempre se han resistido a la explotación capitalista.

     La incorporación del  nuevo paradigma cosmológico, biológico y antropológico

Para una nueva sociedad posCOVID-19 hay que asumir los datos del nuevo paradigma, que ya tiene un siglo de existencia pero que hasta ahora no ha logrado conquistar la conciencia colectiva ni la inteligencia académica, ni mucho menos la cabeza de los “decision makers” políticos.

Este paradigma es cosmológico. Parte del hecho de que todo se originó a partir del big bang ocurrido hace 13.7 mil millones de años. De su explosión salieron las estrellas rojas gigantes y con su explosión, las galaxias, las estrellas, los planetas, la Tierra y nosotros mismos. Todos estamos hechos de polvo cósmico.

La Tierra que tiene ya 4.3 mil millones de años y la vida unos 3.8 mil millones de años están vivas. La Tierra, y esto es un dato de ciencia ya aceptado por la comunidad científica, no sólo tiene vida en ella sino que está viva y produce todo tipo de vidas.

El ser humano que apareció hace unos 10 millones de años es la porción de la Tierra que en un momento de alta complejidad comenzó a sentir, a pensar, a amar y a cuidar. Por eso hombre viene de húmus, de tierra buena.

Inicialmente mantenía una relación de coexistencia con la naturaleza, luego pasó a intervención en ella a través de la agricultura y en los últimos siglos ha llegado a la agresión sistemática mediante la tecnociencia. Esta agresión se ha llevado a cabo en todos los frentes hasta el punto de poner en peligro el equilibrio de la Tierra y ser incluso una amenaza de autodestrucción de la especie humana con armas nucleares, químicas y biológicas.

Esta relación de agresión está detrás de la actual crisis de salud. De seguir adelante, la agresión podría traernos crisis más fuertes hasta aquello que los biólogos temen: The Next Big One, aquel próximo gran virus inatacable y fatal que llevará a la desaparición de la especie humana de la faz de la Tierra.

Para evitar este posible armagedón ecológico, es urgente renovar con la Tierra viva el contrato natural violado: ella nos da todo lo que necesitamos y garantiza la sostenibilidad de los ecosistemas. Y nosotros, según el contrato, le devolvemos cuidado, respeto a sus ciclos y le damos tiempo para que regenere lo que le quitamos. Este contrato natural ha sido roto por ese estrato de la humanidad que explota los bienes y servicios, deforesta, contamina las aguas y los mares.

Es decisivo renovar el contrato natural y articularlo con el contrato social: una sociedad que se siente parte de la Tierra y de la naturaleza, que asume colectivamente la preservación de toda la vida, mantiene en pie sus bosques que garantizan el agua necesaria para todo tipo de vida, regenera lo que fue degradado y fortalece lo que ya está preservado.

                     La relevancia de la región: el biorregionalismo

Dado que la ONU ha reconocido a la Tierra como la Madre Tierra y los derechos de la naturaleza, la democracia tendrá que incorporar nuevos ciudadanos, como los bosques, las montañas, los ríos, los paisajes. La democracia sería socio-ecológica. Solamente Bolivia y Ecuador han inaugurado el constitucionalismo ecológico al reconer los derechos de la Pacha Mama y de los demás seres de la naturaleza.

La vida será el faro orientador y la política y la economía estarán al servicio no de la acumulación sino de la vida. El consumo, para que sea universalizado, deberá ser sobrio, frugal, solidario. Y la sociedad estará suficiente y decentemente abastecida.

Para finlizar, una palabra sobre el bioregionalismo. La punta de lanza de la reflexión ecológica se está concentrando actualmente en torno a la región. Tomando la región, no como ha sido definida arbitrariamente por la administración, sino con la configuración que ha hecho la naturaleza, con sus ríos, montañas, bosques, llanuras, fauna y flora y especialmente con los habitantes que viven allí. En la biorregión se puede crear realmente un desarrollo sostenible que no sea meramente retórico sino real.

Las empresas serán preferentemente medianas y pequeñas, se dará preferencia a la agroecología, se evitará el transporte a regiones distantes, la cultura será un importante elemento de cohesión: las fiestas, las tradiciones, la memoria de personas notables, la presencia de iglesias o religiones, los diversos tipos de escuelas y otros medios modernos de difusión, de conocimiento y de encuentro con la gente.

Pensando en un futuro posible con la introduccion del bioregionalismo: La Tierra seria como un mosaico hecho con distintas piezas de diferentes colores: son las diferentes regiones y ecosistemas, diversos y únicos, pero todos componiendo un único mosaico, la Tierra. La transición se hará mediante procesos que van creciendo y articulándose a nivel nacional, regional y mundial, haciendo crecer la conciencia de nuestra responsabilidad colectiva de salvar la Casa Común y todo lo que le pertenece.

La acumulación de nueva conciencia nos permitirá saltar a otro nivel donde seremos amigos de la vida, abrazaremos a cada ser porque todos, desde las bacterias originales, pasando por los grandes bosques, los dinosaurios, los caballos, los colibríes y nosotros, tenemos el mismo código genético, los mismos 20 aminoácidos y las 4 bases nitrogenadas o fosfatadas. Es decir, todos somos parientes unos de otros con una fraternidad terrenal real como afirman la Carta de la Tierra y la enciclica Laudato Si sobre el cuidado de la Casa Común del Papa Francisco.

Será la civilización de la “felicidad posible” y de la “alegre celebración de la vida”.

 

*Leonardo Boff es ecoteólogo, filósofo y escritor y ha escrito: Ecología: grito de la Tierra, grito de los pobres, Dabar, Mexico 1995/2015, Trotta 1996; Como cuidar da Casa Común, Dabar, Mexico2016.

 

 

 

Cuidar del espíritu y de sus expresiones en tiempos de la Covid-19

       Cuidar del espíritu y de sus expresones en tiempos de la Covid-19

Leonardo Boff*

Tratamos anteriormente en este blog de cómo cuidar de nuestro cuerpo y cómo cuidar de nuestra psique en el contexto de la Covid-19. Como somos cuerpo-mente-espíritu, falta abordar cómo cuidar de esta última dimensión, la más excelente de todas, el espíritu. Lo mismo que hicimos con el concepto de cuerpo y de psique, vamos a hacerlo ahora con el concepto de espíritu. Nos proponemos ampliar su concepción, pues somos herederos de una interpretación que empobrece su realidad. Nos ayudan las ciencias de la vida y la nueva cosmología, que en el proceso evolutivo no solo toman en consideración sus aspectos físicos y determinísticos sino que incluyen las emergencias más importantes del proceso cosmogénico que son la vida, la subjetividad y la conciencia refleja.
Todas estas dimensiones revelan el universo en su exterioridad, que la física y la astrofísica captan, pero también en su interioridad, que las ciencias de la vida intentan descifrar.

             Qué es el espíritu en la nueva cosmología

Entender el espíritu como una sustancia invisible e inmortal es decir media verdad y limitar su amplitud. No dice nada sobre su enraizamiento en el universo ni habla de su lugar en el conjunto de todas las relaciones, ya que todo es relación y no existe nada fuera de la relación. El espíritu como sustancia invisible e inmortal parece existir en sí y para sí mismo, fuera del conjunto de seres.
Hoy podemos afirmar que el espíritu posee la misma ancestralidad que las energías y la materia originaria. Él estaba ya presente en el momento inicial del universo, hace 13.700 millones de años. Esto se volvió más convincente cuando se descubrió que la materia no posee solamente masa y energía, sino que tiene también una tercera dimensión: es portadora de información. La información nace del juego de relaciones que todos los seres mantienen entre sí, dejando uno marcas en el otro.
Cuando los dos primeros hadrones (primera formación de la materia) o enseguida los top quarks (las partículas menores de materia subatómica) se encontraron, ocurrió un intercambio de energía y de materia. Cada cual se modificó. Quedaron marcas de ese encuentro. Estas marcas se van acumulando forjando las informaciones.
Todos los seres son productores y portadores de informaciones, inscritas en su código genético. Éstas se van almacenando y organizando más y más a medida que el universo avanza y adquiere una complejidad mayor.

A nivel humano se alcanza un estadio elevadísimo de complejidad hasta el punto de aparecer la información como conciencia refleja. Aquí es donde la Energía de fondo, poderosa y amorosa, que sostiene todas las cosas se ha manifestado más. Es la mejor expresión de lo que llamamos Dios, que siempre está actuando dentro del proceso evolutivo. Al emerger el ser humano se ha manifestado de manera más densa y especial.

El Génesis lo expresa en el lenguaje simbólico de la época: “Dios formó al hombre del polvo de la tierra y sopló en su nariz el soplo de la vida y el hombre se convirtió en un ser vivo” (Gn 2:7). El “soplo de la vida” es el espíritu. Estaba en el universo, pero no de forma consciente. Ahora, por la acción del soplo divino se volvió consciente de sí mismo.

Este espíritu está en cada parte de nuestro «cuerpo» (el código genético presente en cada célula) pero se organiza en órdenes a partir del cerebro, cuyo número de neuronas asciende a cifras de miles de millones con billones de sinapsis (conexiones) entre ellas.

Es importante resaltar que esta conciencia pertenece de modo propio al universo, en nuestro caso a nuestra galaxia, a nuestro sistema solar, al planeta Tierra y, finalmente, a cada persona humana. La conciencia posee su prehistoria hasta irrumpir en nosotros como conciencia de la conciencia. Nosotros no tenemos espíritu como no tenemos cuerpo. Somos ser humano-espíritu así como somos ser humano-cuerpo, ser-humano psique, como ya señalábamos anteriormente en este blog.
¿Cómo se revela el ser humano-espíritu o el espíritu humano? Es aquel momento de la conciencia en que él se da cuenta de sí mismo, se siente parte de un Todo mayor y se abre al Infinito. El espíritu es el ápice de la autoconciencia.
Y cuál es la singularidad del espíritu? Reside en su capacidad de crear unidad, de hacer una síntesis de las informaciones y formar un cuadro coherente; es la capacidad de discernir en las partes el Todo y en el Todo las partes, pues comprende que hay un hilo conductor, un eslabón que une y re-une todas las cosas. Ellas no están dejadas ahí arbitrariamente; se articulan en órdenes de las más diferentes formas. Constituyen un Todo orgánico, sistémico y estructurado siempre en redes de relaciones.

Este Todo no es algo establecido de una sola vez. Es un Todo dinámico. Pasa por fases caóticas y desordenadas para enseguida reordenarse y adquirir nuevamente equilibrio y armonía. Espíritu, por lo tanto, es la capacidad presente en el universo de crear síntesis de las relaciones y unidades sistémicas a partir de estas relaciones.

El espíritu es un principio cosmológico, es decir, pertenece a la estructura y a la dinámica del universo y permite entender el universo tal como es, pues esta es su función como principio. Por eso se dice que el universo es espiritual, pensante, consciente, porque él es relativo, panrelacional y autoorganizativo. En su debido grado, todos los seres participan del espíritu.

La diferencia entre el espíritu de una selva y el espíritu del ser humano no es de principio sino de grado. En ambos funciona el mismo principio pero de forma diferente. En nosotros creando unidades significativas y alta capacidad de relación. De modo autoconsciente. En la selva, el principio se revela por la unidad de la floresta como una totalidad dinámica, no simplemente como un amontonamiento de árboles, sino como selva. Pero de un modo no autoconsciente, o con una conciencia propia de la selva, conectada a su vez con todo el universo, con sus energías y con las fuerzas directivas de la vida y de la Tierra.
Formulada esta explicación inicial, cabe preguntar:

¿Cuáles son las características distintivas del ser humano-espíritu o del espíritu humano?

La primera y más inconfundible de todas ellas es su dimensión transpersonal, llamada también de trascendencia. Dimensión transpersonal o trascendencia significa aquí que el ser humano no está encerrado y limitado a su propia realidad. Él siempre desborda y traspasa cualquier límite. Trascendencia es estar abierto en totalidad a sí mismo, al otro, al mundo y al Infinito. Es su apertura total que va más allá de los límites corporales.

Por eso, se dice que el ser humano-espíritu habita las estrellas, es decir, con su espíritu atraviesa los espacios infinitos y supera todos los límites temporales que se le antojen. Por ser un ser de trascendencia, el ser humano-espíritu es pan-relacional. Puede entablar relaciones con todos los tipos de seres. Para él no hay horizontes cerrados. Cada horizonte se abre a otro y a otro, y así indefinidamente.

Esta es la razón por la que afirmamos que el ser humano es un proyecto infinito y está devorado por un deseo nunca saciable, a no ser en la comunión con el Infinito real que le es adecuado. Es la Última Realidad, Dios.

Esa capacidad de trascendencia liga al ser humano-espíritu con el Todo. El ser humano se siente sumergido en él y se percibe parte de él. Ese Todo no está en ningún lugar, porque engloba todos los lugares.

Es propio del ser humano-espíritu interrogarse sobre la naturaleza de ese Todo que lo envuelve. Todos los nombres de cualquier lengua y cultura terminan diciendo: es el Ser o simplemente el Espíritu absoluto, es aquello que las religiones llaman Dios.
Lo extraordinario del hombre/mujer-espíritu es poder entrar en comunión con la Suprema Realidad, agradecerle la grandeza del universo y el don de la vida. Alabarlo por su magnanimidad y amor, por haber creado todas las cosas y seguir diciendo en cada momento: ¡fiat, hágase, renuévese, exista! Sin esa palabra todo volvería a la nada. Por eso cabe celebrar la vida y danzar delante del Creador.

Pero también, a causa del caos que puede manifestarse en el universo, en la Tierra y en la vida, llorar delante de él y preguntar: ¿Por qué, oh Dios? ¿Por qué permites la muerte de tantos por la Covid-19, por qué la destrucción avasalladora de un tsunami o de un terremoto o, como relata la crónica cotidiana, la muerte de un joven dentro de casa por una bala de la policía irresponsable o por una bala perdida en un tiroteo entre policías y bandidos? ¿Por qué?

Ante estos muchos “por qués”, todos nos volvemos un poco como el Job bíblico que cuestiona, critica, se rebela ante de Dios para, finalmente, callar reverente ante el misterio, porque Dios es mayor que nuestra razón y puede ser de una forma que no podemos comprender. A pesar de esos absurdos, descubre que Dios es el supremo amante de la vida (Sab 11, 26) que no permitirá que el luto, las lágrimas y la desgracia tengan la última palabra. Es el espíritu que confía y cree. Al final Job recupera la plenitud de la vida.

Otra característica del ser humano-espíritu es su libertad. Libertad es la capacidad de autodeterminación personal. Siempre hay elementos determinantes venidos de los distintos enraizamientos que presenta la existencia: de origen, de clase, de color, de inteligencia etc., pero el ser humano puede enfrentarse por sí mismo (auto) a estos condicionamientos. Puede asumirlos, rechazarlos y modificarlos. En él reside una fuerza que le permite sobreponerse a ellos. Estos lo limitan (no hay libertad sin límites), pero no lo pueden aprisionar. Incluso esclavizado con cadenas de hierro es un ser libre, pues esa es su esencia en cuanto espíritu.

La historia humana es la historia de expansión de la libertad, a pesar de todos los retrocesos, historia de romper amarras, de conquistar espacios de autodeterminación y de plasmación de su vida y su destino. En la historia que conocemos, la libertad, si bien intrínseca al ser humano, nunca es simplemente concedida, sino conquistada en un proceso de liberación. Liber-ación es la acción que crea libertad. Paulo Freire, tan injustamente calumniado por enemigos de la inteligencia, pero un gran educador, nos dejó esta lección: nadie libera a nadie; nos liberamos siempre juntos.

Toda creatividad, todo el universo de las artes, de la ciencia y de la técnica, de la música y de la danza tienen como base la libertad. Sin libertad la comunicación se transforma en farsa y la palabra esconde más de lo que revela.

Pero, principalmente, la libertad hace al ser humano un ser ético, responsable de sus actos y de las consecuencias de sus actos, que decide sobre el bien y el mal para él y para los otros. La libertad le permite ser un ángel bueno o un malhechor y criminal.

Sólo un ser libre puede donarse totalmente a otro o a una causa, como en este momento dramático del imperio de la Covid-19, cuando los trabajadores de la salud, de la medicina y la enfermería y otros trabajadores clave entregan sus vidas, se arriesgan a contaminarse para tratar de salvar la vida de otros. Si la tan gastada palabra “héroe” tiene valor, ha de aplicarse aquí, no a los héroes de la guerra que se hacen héroes matando. Aquí, en los hospitales, están los verdaderos héroes de la vida porque salvan vidas.

Hay valores como estos por los cuales vale la pena dar la vida. Morir así es digno. Por cómo ejercemos nuestra libertad, si elegimos el bien o si nos rendimos al mal, seremos juzgados por nuestra propia conciencia ante el Señor de la historia. Este juicio define nuestro destino final y el marco final de nuestra existencia, siempre bajo el arco de la infinita misericordia de Dios.

Otra característica singular del hombre-espíritu es su capacidad de amar. El amor irrumpe como una fuerza cósmica, cantada por Dante Alighieri en la Divina Comedia y por todos los grandes espíritus. El amor es tan excelente que para los cristianos define la naturaleza íntima de Dios: Dios es amor (1 Jn 4,8).

El médico Paes Campos, en su libro Quem cuida do cuidador (Vozes, 2005) lo ha dicho muy bien: «El acto de cuidar es la materialización de un sentimiento de amor». Eso es lo que están haciendo todos los que trabajan abnegadamente en los hospitales en este momento del coronavirus. Amar es hacer don de sí mismo al otro, y entregarse incondicionalmente a él o a ella, es hacer lo imposible para estar junto a la persona amada, es sentirla dentro, es no entender más la vida sin él o sin ella, es experimentar el infierno cuando, por cualquier razón, el amor ya no existe o no tiene vuelta atrás. Sin el amor desaparece todo el brillo, toda la alegría y el sentido de la vida. Amar es decir: tú no puedes desaparecer ni morir.

El ser humano-espíritu puede también odiar, rechazar, torturar bárbaramente, bestializarse completamente cuando se deja llevar por la ira incontrolable y el deseo de destrucción, como en los sótanos de tortura de nuestro régimen dictatorial pasado. Esta sombra forma también parte de la realidad de su espíritu, como el espíritu malo. Hemos visto personas insensibles y sin ninguna empatía con las víctimas del coronavirus,empezando con nuestro Presidente Jair Bolsonaro. Son inhumanas y crueles.

Pero el ser humano-espíritu también puede perdonar. Es otra característica suya. Perdonar no es olvidar la herida que todavía sangra, es no ser rehén de ella ni seguir aferrado al pasado. Perdonar es esforzarse por ver al ofensor con compasión, benevolencia y amor. Es liberarse para el mañana y para nuevas experiencias.

Junto con el perdón viene la capacidad de com-pasión, una de las características más nobles del espíritu. Compasión, tan necesaria en esta tiempo triste del coronavirus, que produce un océano de sufrimiento en el que están sumergidas miles de personas en nuestro país y en toda la Tierra, es asumir el lugar del otro, no dejar que los familiares y amigos sufran solos, ofrecerles un hombro, más que hablar es guardar silencio, reverente y compasivo, llorar juntos y ponerse solidariamente a su lado en el mismo camino. Todo esto puede el ser-humano-espíritu

Pero también la ausencia de generosidad y de compasión puede asumir formas apocalípticas. Tres días antes de suicidarse, el 27 de abril de 1945, Hitler escribió en su diario: “Al final de todo, me viene el arrepentimiento de haber sido tan generoso con los judíos…” (Johnson, P., Tempos modernos, Río, 1990, p. 345; Madrid, 2007). Generosidad siniestra, por no haber conseguido dar una solución final a los judíos (Endlösung) –envió a las cámaras de gas a seis millones– y no haber podido mandar exterminar a 30 millones de eslavos como había decidido. Aquí el espíritu se revela como la perversión suprema. Lo antihumano es también parte de lo humano, complejo y misterioso.

Otra característica del ser humano-espíritu es la de ser el eterno interrogador, atormentado permanentemente por preguntas últimas. Sólo él las hace porque es portador de autoconciencia, inteligencia y percepción del Todo: ¿Quién creó el universo?, ¿Por qué los miles de millones de galaxias con sus incontables estrellas y planetas? Ellas no están ahí por sí mismas. Alguien las puso en la existencia y las sustenta. ¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué y para qué nací? ¿Cuál es mi lugar y mi misión en este conjunto indescifrable de seres? ¿Cómo debo comportarme ante el otro y la naturaleza? Terminada mi jornada en este pequeño planeta ¿adónde voy? ¿Qué puedo finalmente esperar?

Las respuestas no están codificadas en ningún manual, aunque todos los textos sagrados e innumerables filosofías se esfuercen por ofrecer respuestas apaciguadoras. Pero ninguna de ellas sustituye nuestra propia tarea existencial de formular una respuesta personal que compromete todo el ser.

Puede que las personas más escépticas y descreídas consigan rehuir estas indagaciones por un tiempo, pero como pertenecen a la estructura de nuestro espíritu, surgen de nuevo cuando menos se espera, especialmente cuando muere un ser querido, y no hay cómo evitarlas porque tienen la fuerza intrínseca de volver una y otra vez. No sin razón los ateos son las personas que más hablan de Dios, aunque sea para negarlo. Negación que no consigue matar la pregunta existencial. Repunta de nuevo con el vigor de un brote después de una lluvia en tierra reseca.

Finalmente, una característica básica del espíritu es su capacidad de síntesis. Como la naturaleza del ser humano-espíritu es relacional, le cabe a él hacer la síntesis entre el cielo y la Tierra, entre lo inmanente y lo Trascendente, entre la exterioridad y la interioridad.

Así como la psique necesita un Centro para ordenar todas las energías y pulsiones que la habitan, el espíritu se siente herido o escindido si no logra una Síntesis, no teórica, sino vital-existencial, que dé dirección a su vida. Por eso cada persona posee consciente o inconscientemente una cosmovisión, es decir, una lectura del mundo, una interpretación del curso de la historia, una visión de conjunto. El espíritu no aguanta una esquizofrenia existencial que separa, opone, desune y atomiza la realidad. Él necesita un marco ordenador de todas sus experiencias, ideas y sueños

Mucho más se podría decir del ser humano-espíritu, pero nos bastan estas referencias para fundamentar nuestro intento de pensar la realidad a la luz del paradigma del cuidado y de lo que nos sugieren las ciencias.

Cuidar del espíritu es vivir la dimensión humano-espiritual

Como se deriva de las reflexiones hechas, el espíritu es una realidad tan sutil y sujeta a tantos percances –justamente por ser lo mejor y más alto de nosotros– que debemos cuidarlo celosamente y preocuparnos de preservarlo con todo su carácter infinito

Cuidar del espíritu conlleva cultivar la espiritualidad. Necesitamos liberar la espiritualidad de su encuadre dentro de la religión. No existe, por cierto, religión sin espiritualidad; la religión nace de una profunda experiencia espiritual, pero puede existir espiritualidad independiente de la religión.

Cuidar de la espiritualidad es cultivar una actitud de apertura permanente ante cualquier realidad. Es estar disponible al nudo de relaciones que es uno mismo. Es vivir concretamente la transcendencia, es decir, no dejarse atrapar por ninguna de las realidades concretas, lo que no significa no comprometerse ni asumir responsabilidades con seriedad, sino saber ir más allá de ellas. No hundirse con ellas cuando fracasan ni apegarse a ellas cuando triunfan.

La espiritualidad pide silencio. Silencio no es no decir nada, sino abrir espacio para que pueda ser oída otra palabra que viene de lo más profundo de nosotros mismos, de la conciencia, de una persona, tal vez anónima, del propio Dios que nos puso en este mundo.

El cuidado del espíritu implica no colocar trabas en el encuentro con el otro. Vivir espiritualmente es acogerlo. Dice la leyenda griega, confirmada por las Escrituras judeocristianas, que un matrimonio mayor y pobre al acoger a un miserable, descubrió que había hospedado a Dios escondido en la figura del pobre. El cuidado del espíritu lleva a cultivar la bondad, los buenos deseos, la solidaridad, la compasión y el amor. Estos son los valores que constituyen la sustancia de la espiritualidad, que nos acompañan a lo largo de la vida y que llevamos más allá de la muerte.

A veces este espíritu de cuidado se hace a través de una conversación sincera con un amigo, al oír una música que nos llega a lo más profundo del alma, con la lectura de algún libro, de un encuentro especial con una persona sabia, viendo una película, vídeo o teatro. O simplemente oyendo con atención lo que piensa de la vida el tendero de la esquina, el taxista, el vendedor ambulante, y oyendo las quejas del mendigo de la calle.

Cuidar del espíritu es abrirse al misterio del mundo y al misterio mayor que es Dios. La espiritualidad no puede reducirse a leer y pensar sobre Dios, hay que sentirlo en el corazón, poder dialogar con él y escuchar su voz que viene de todas las cosas, pero especialmente de los llamamientos de nuestra conciencia. Es importante dar el paso de la cabeza al corazón, porque es el corazón el que siente, venera y ama a Dios.

El resultado de este cuidado se hace sentir pronto a través de una vida más serena, de una paz que ningún ansiolítico o droga puede producir. Es vivir la vida como quien se siente en la palma de la mano de Dios. Entonces, ¿por qué temer? ¿Qué mayor disfrute puede existir que verse libre de los miedos y sentirse acompañado por una mirada amorosa?

Cuidar del espíritu implica también cuidar del ambiente social, cuidar de los otros para que la atmósfera que nos rodea no se vuelva inhumana, obsesionada por la búsqueda del placer, del consumo y por el descontrol de los instintos, dañinos para la persona y para los demás. Superar los odios y las fake news tan difundidas por las midias digitales y tan funestas a las personas, a las instituciones, a las políticas, como ocurre actualmente en Brasil y también en otras partes del mundo.

En este campo hay mucho que hacer, empezando cada cual consigo mismo, haciendo su revolución molecular, y al mismo tiempo rechazando entrar en los «esquemas de este mundo» según el apóstol Pablo (Rm 12,2) y reforzando todas aquellas iniciativas que representan alternativas y semillas de una nueva forma de habitar la Casa Común.

El cuidado en su núcleo esencial exige otro tipo de paradigma de civilización en el cual no impera el capital material y la acumulación de bienes sino en el que el capital humano-espiritual será un eje central, capaz de dar un rostro más humano y fraterno a la convivencia humana, con los otros y con la naturaleza.

Pemítanme terminar con una afirmación que se ha vuelto casi banal, pero que no ha perdido verdad y actualidad: el mundo nuevo, después del coronavirus o más tarde, será más espiritual o no será. Razón de más para comenzar a ser más espirituales, es decir, más sensibles, cooperativos, amorosos y cuidadosos, en fin, más humanos.

*Leonardo Boff ha escrito Espiritualidad: un camino de realización, Mar de Ideias, Rio 2016; Experimentar a Dios: la transparencia de todas las cosas, Vozes 2011; Anselm Grün/Leonardo Boff, Lo Divino en nosotros, en la persona y en el universo Vozes 2017.

Traducción de Mª José Gavito Milano

 

 

Una lectura de ciego de la encíclica ecológica Laudato Si

Un ciego capta con las manos o con su bastón las cosas más relevantes que encuentra a su paso. Pues vamos a intentar hacer así una lectura de ciego de la encíclica ecológica del Papa Francisco, Laudato Si: sobre el cuidado de la Casa Común, cuyos 5 años (24/05/2015) acabamos de celebrar. ¿Cuáles son sus puntos relevantes?

Para empezar, no se trata de una encíclica verde que se restringe al ambiente, predominante en los debates actuales. Propone una ecología integral que abarca lo ambiental, lo social, lo político, lo cultural, lo cotidiano y lo espiritual.

Quiere ser una respuesta a la generalizada crisis ecológica mundial porque nunca hemos maltratado y herido nuestra Casa Común como en los dos últimos siglos» (n.53). Hemos hecho de la Casa Común «un inmenso depósito de basura» (n.21). Más aún: «Las previsiones catastróficas ya no pueden ser miradas con desprecio e ironía… nuestro estilo de vida, por ser insostenible, solo puede desembocar en catástrofes» (n.161). La exigencia es «una conversión ecológica global» (n.5;216) que implica «nuevos estilos de vida» (lo repite 35 veces) y «cambiar el modelo de desarrollo global» (n.194).

Hemos llegado a esta emergencia crítica por causa de nuestro exacerbado antropocentrismo, por el cual el ser humano «se constituye como dominador absoluto» (n.117) de la naturaleza, desgarrado de ella, olvidando que «todo está interligado y que por eso no puede declararse autónomo de la realidad» (n.117;120). Ha utilizado la tecnociencia como instrumento para forjar «un crecimiento infinito… lo que supone la mentira de la disponibilidad infinita de los bienes del planeta, que lleva a estrujarlo hasta el límite y más allá del límite» (n.106).

En la parte teórica, la encíclica incorpora un dato de la nueva cosmología y la física cuántica: que todo en el universo es una relación. Como en un ritornello insiste en que «todos somos interdependientes, todo está interconectado y todo está relacionado con todo» (cf. nn.16, 86,117,120) lo que da una gran coherencia al texto.

Otra categoría que constituye un verdadero paradigma es la del cuidado. Este es en realidad el verdadero título de la encíclica. El cuidado, por ser la esencia de la vida y del ser humano, según la fábula romana de Higino, tan bien estudiada por Martin Heidegger en Ser y Tiempo, es recurrente a lo largo del texto de la encíclica. Ve en San Francisco «el ejemplo por excelencia del cuidado» (n.10). «Corazón universal… para él cualquier criatura era una hermana unida a él por lazos de cariño, sintiéndose llamado a cuidar de todo lo que existe» (n.11).

Es interesante observar que el Papa Francisco une la inteligencia intelectual, apoyado en los datos de la ciencia, a la inteligencia sensible o cordial. Debemos leer con emoción los números y relacionarnos con la naturaleza «con admiración y encanto (n.11)… prestar atención a la belleza y amarla porque nos ayuda a salir del pragmatismo utilitarista» (n.215). Es importante «escuchar tanto el grito de la Tierra como el grito de los pobres» (n.49).

Consideremos este texto, cargado de inteligencia. emocional: «Todo está relacionado y todos los seres humanos caminamos juntos, como hermanos y hermanas, en una maravillosa peregrinación, entrelazados por el amor que Dios tiene a cada una de sus criaturas y que nos une también con tierno cariño al hermano Sol, a la hermana Luna, al hermano río y a la Madre Tierra» (n.92). Es importante «fomentar una cultura del cuidado que impregne toda la sociedad» (n. 231), ya que de esta manera «podemos hablar de una fraternidad universal» (n.228).

Por último, a la ecología integral le es esencial la espiritualidad. No se trata de derivarla de ideas, sino «de las motivaciones que dan origen a una espiritualidad para alimentar la pasión por el cuidado del mundo… No es posible comprometerse en grandes cosas sólo con doctrinas sin una mística que nos anime, sin una moción interior que impulse, motive, anime y dé sentido a la acción personal y comunitaria» (n.216). Nuevamente evoca aquí la espiritualidad cósmica de San Francisco (n.218).

Para concluir, es importante destacar que con esta encíclica, amplia y detallada, el Papa Francisco se coloca, como lo han reconocido notables ecologistas, a la vanguardia de la discusión ecológica mundial. En muchas entrevistas se ha referido a los peligros que corre nuestra Casa Común, pero su mensaje es de esperanza: «Caminemos cantando. Que nuestras luchas y nuestra preocupación por este planeta no nos quiten la alegría de la esperanza» (n.244).

*Leonardo Boff es ecoteólogo y ha escrito: Francisco de Asís y Francisco de Roma, Mar de Ideias, Rio 2014.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Covid-19: o cooperamos y nos solidarizamos o no tendremos ningún futuro

Una pregunta siempre presente en las búsquedas humanas es: ¿cuál es nuestra esencia específica? La historia conoce innumerables respuestas, pero la más contundente, convergencia de varias ciencias contemporáneas como la nueva biología evolutiva, la genética, las neurociencias, la psicología evolutiva, la cosmología, la ecología, la fenomenología y otras es esta: la cooperación y la solidaridad.

Michael Tomasello, considerado genial en el área de la psicología del desarrollo infantil de 1 a 3 años, sin intervención invasiva, reunió en un volumen lo mejor de ese campo con el título: Por qué cooperamos (Warum wir kooperieren, Berlim, Suhrkamp 2010). En su ensayo inicial afirma que la esencia de lo humano está en el “altruismo” y la “cooperación”. «En el altruismo uno se sacrifica por el otro. Es la empatía. En la cooperación muchos se unen para el bien común» (pág. 14). Es la solidaridad.

Una de las especialistas principales en psicología y evolución de la Universidad de Stanford, Carol S. Dweck, afirma: «Mas que la excepcional grandeza de nuestro cerebro y nuestra inmensa capacidad de pensar, nuestra naturaleza esencial es ésta: la aptitud para ser seres de cooperación y de relación» (Por qué cooperamos, op.cit 95).

Otra, especialista de la misma ciencia, famosa por sus investigaciones empíricas, Elizabeth S. Spelke, de Harvard, afirma: nuestra marca, por naturaleza, que nos diferencia de cualquier otra especie superior como los primates (de los cuales somos una bifurcación) es “nuestra intencionalidad compartida” que propicia todas las formas de cooperación, comunicación y participación en tareas y objetivos comunes” (op.cit. 112). Discurre junto con el lenguaje, que es esencialmente social y cooperativo, un rasgo específico de los humanos, tal como lo entienden los biólogos chilenos H. Maturana y F. Varela.

Otro especialista, este neurobiólogo del conocido Instituto Max Plank, Joachim Bauer, en su libro El gen cooperativo (Das kooperative Gen, Hoffman und Campe, Hamburgo 2008) y especialmente en el libro Principio-humanidad: por qué cooperamos por naturaleza (2006) apoya la misma tesis: el ser humano es esencialmente un ser cooperativo. Refuta rotundamente al zoólogo inglés Richard Dawkins, autor del libro El gen egoísta (1976/2004). Y afirma «que su tesis no tiene ninguna base empírica; por el contrario, representa el correlato del capitalismo dominante que parece así legitimarlo» (Op.cit.153). También critica la superficialidad de otro libro suyo Dios, una ilusión (2007).

Sin embargo, dice Bauer, está científicamente comprobado que «los genes no son autónomos y de ninguna manera ‘egoístas‘ sino que se agregan con otros en las células de todo el organismo» (El gen cooperativo, 184). Además dice: «Todos los sistemas vivos se caracterizan por la cooperación permanente y la comunicación molecular hacia adentro y hacia fuera» (Op.cit.183). Es notorio para la bioantropología que la especie humana dejó atrás a los primates y se convirtió en ser humano cuando comenzó de manera cooperativa a recoger y a comer lo que recogía.

Una de las tesis axiales de la física cuántica (W.Heisenberg) y de la cosmogénesis (B.Swimme) consiste en afirmar la cooperación y la relación de todos con todos. Todo está relacionado y nada existe fuera de la relación. Todos cooperan unos con otros para coevolucionar. Tal vez la formulación más bella la encontró el Papa Francisco en su encíclica Laudato Sì: sobre el cuidado de la Casa Común: «Todo está relacionado, y todos nosotros, los seres humanos, caminamos juntos como hermanos y hermanas, en una maravillosa peregrinación… que nos une también, con tierno afecto, al hermano sol, a la hermana luna, al hermano río y a la Madre Tierra» (n.92).

Un brasilero, profesor de filosofía de la ciencia en la UFES de Vitória, Maurício Abdala, escribió un convincente libro El principio de cooperación (Paulus 2002), en línea con las reflexiones anteriores.

¿Por qué decimos todo esto? Para mostrar lo antinatural y perverso que es el sistema imperante del capital con su individualismo y su competición sin ninguna cooperación. Es el que está llevando a la humanidad a un fatal callejón sin salida.  Con esta lógica, el coronavirus nos habría contaminado y exterminado la gran mayoria. La cooperación y la solidaridad de todos con todos es lo que nos está salvando.

De aquí en adelante tenemos que decidir si obedecemos a nuestra naturaleza esencial, la cooperación y la empatia a nivel personal, local, regional, nacional y mundial, cambiando nuestra forma de habitar la Casa Común, o comenzamos a prepararnos para lo peor, en un camino sin retorno.

Si no escuchamos esta lección que la Covid-19 nos está dando y volvemos, con más furia aún a lo de antes, para recuperar el atraso, podemos estar en la cuenta regresiva de una catástrofe todavía más letal en un umbral apocalíptico. ¿Quién nos garantiza que no podrá ser el temido NBO (Next Big One), aquel próximo y último virus avasallador e inatacable que pondrá fin a nuestra especie? Grandes nombres de la ciencia como Jacquard, de Duve, Rees, Lovelock y Chomsky entre otros nos advierten sobre esta emergencia trágica.

Solo me queda recordar las últimas palabras del viejo Martin Heidegger en su última entrevista a Der Spiegel, que sería publicada 15 años después de su muerte, refiriéndose a la lógica suicida del proyecto científico-técnico de la modernidad: “Nur noch ein Gott kann uns retten” = “Solo un Dios podrá salvarnos”.

Es lo que espero y creo, pues Dios se ha revelado como “el apasionado amante de la vida” (Sabiduría 11,24).

*Leonardo Boff es ecoteólogo, filósofo y ha escrito: Opción Tierra: la solución de la Tierra no cae del cielo, Record 2009, Sal Terrae 2010.

Traducción de Mª José Gavito Milano