¿PARA QUIENES ES O NO ES QUERIDA LA “QUERIDA AMAZONIA”?

¿PARA QUIENES ES O NO ES QUERIDA LA “QUERIDA AMAZONIA”?

                                  Leonardo Boff*

El Papa Francisco es el campeón mundial en la defensa de la Madre Tierra y de todo lo que sostiene su supervivencia. He leído con atención y gran entusiasmo su Exhortación Apostólica “Querida Amazonia”. En ella considera un verdadero crímen lo que se está haciendo ahora en la Amazonia. Contrapone 4 sueños axiales: el social, el cultural, el ecológico y el eclesial.

Cómo no quedar encantado con afirmaciones como esta, entre otras tantas,  clara expresión de una ecología integral y cósmica:

«Somos agua, aire, tierra y vida del medio ambiente creado por Dios. Por lo tanto, pedimos que cesen los maltratos y el exterminio de la Madre Tierra. La Tierra tiene sangre y se está desangrando, las multinacionales le han cortado las venas a nuestra Madre Tierra».

Estoy plenamente de acuerdo con este tipo de lenguaje y de denuncia y especialmente con los tres primeros sueños y con la primera parte del quarto que van en la línea de la “Laudato Si: sobre el cuidado de la Casa Común”.

Quatro sueños y medio y una pesadilla

Esta primera parte del 4º sueño sigue el estilo de gran belleza de los sueños anteriores. Sin embargo, la segunda parte me parece más bien una pesadilla. El tono antes profético, ético ecológico y poético de los primeros se ha evaporado. ¿Estará ahí la presencia de otra mano?

Me atrevo a pensar que esta parte está bajo el dominio del viejo paradigma cultural latino, clerical y masculinista. Y se niega a los indígenas el derecho divino de recibir el cuerpo y la sangre de Cristo de manos de sus viri probati casados y ordenados. Son impedidos por la aplicación de una ley humana eclesiástica: el celibato. Otros teólogos lo han afirmado y yo lo enfatizo: “no podemos colocar la cuestión del celibato por encima de la celebración de la Eucaristía”.

Esa parte del cuarto sueño, tengo la impresión de que viene de otra mano y de otro espíritu, diferente de aquel al que nos tiene acostumbrados el Papa Francisco. Lo confirma claramente el obispo Erwin Kräutler, de la Amazonia, figura central en el Sínodo panamazónico: “muchas personas, y yo mismo, hallamos esta parte muy extraña porque realmente cambia de estilo, como si el escrito papal hubiera sufrido una intervención en la parte más controvertida de la Exhortación Apostólica”.

En esta parte habla no el pastor sino el doctor. Más la autoridad doctrinaria que impone una lección teológica que um cura que reflexiona a partir de las urgencias de su comunidad. No es aquel que tiene coraje para enfrentarse al sistema anti-vida, sino aquel que se rinde a los temores y a la presión de los grupos conservadores, posiblemente por el riesgo de una escisión dentro de la Iglesia. El temor siempre frena o posterga las innovaciones por excesiva prudencia. Eso me hace recordar las palabras de Dante Alighieri en la Divina Comedia: “nel pensier rinova la paura” (Inferno I, verso 4).

Con referencia al punto importante del ministerio sacerdotal, el “autor” prefiere el eclesiástico tradicional al indígena amazónico actual. Al rosto amazónico de la Iglesia prefiere, en el punto del ministerio sacerdotal, el rosto romano-latino occidental. A semejanza de los que imponen la recolonización económica de América Latina, el “autor” ha preferido la recolonización latino-romana y occidental de la Iglesia amazónica. Frente a aquellos, que, con mayoría de votos en el Sínodo panamazónico, aceptaron la ordenación de “viri probati”, el “autor” optó por la minoría que lo rechazó.

¿Por quienes no es querida la “Querida Amazonia?

Seguramente no es “querida” por el presidente de Brasil, Jair Messias Bolsonaro, de extrema derecha, anti-amazónico y anti-indígenas. No es “querida” por los madereros, ni por los “garimperos” del oro y las empresas nacionales e internacionales que piensan en las minerías, en las hidroelétricas y en la explotación de las riquezas naturales amazónicas. Pero eso era de esperar.

Pero lo que no era de esperar en lo que atañe a la inculturación del ministerio sacerdotal, era la no aceptación al sacerdocio de los indigenas viri probati. Por eso la “Querida Amazonia” no es “querida” para estos indígenas casados e impedidos de ser ordenados. No es “querida” para las mujeres, a las cuales se les niega el diaconado femenino, y además advirtiendo, de forma infundada a mi juicio, del riesgo de clericalismo. Ni es “querida” especialmente para tantos teólogos y obispos, misioneros y misioneras, agentes de pastoral laicos que están en medio de los indígenas, como lo ha manifestado claramente el ya referido obispo Erwin Kräutler desde el corazón de la Amazonia (Xingú). Todos esperaban verdaderamente la aprobación de los viri probati: indígenas, hombres casados y ordenados con rostro verdaderamente amazónico. El obispo Kräutler postulaba más: la ordenación de personae probatae (personas probadas) para incluyr a las mujeres en el ministerio sacerdotal, ejercido a su manera feminina.

No ha sido así. En sus textos sobre ecología y economía el Papa Francisco ha sabido escuchar a la ciencia. En lo que atañe a este específico ministerio sacerdotal, el “autor” parece que no se permitió consultar a una persona experta en el tema de los ministerios, el cardenal Walter Kasper, amigo y muy cercano al Papa Francisco. En sus escritos expuso las mejores reflexiones sobre la función/misión del presbítero en la Iglesia, basado en el Vaticano II. Su posición va en una dirección muy diferente a la que está representada por el “autor” en la Exhortación “Querida Amazonia”. Con esta visión que mantiene el régimen occidental, clerical y celibatario, no se puede pensar una Iglesia amazónica de rostro verdaderamente indígena.

La especificidad del sacerdote no es concentrar poder sino coordinar y presidir la comunidad.

La visión de ese texto en el cuarto sueño se retrotrae al Concilio IV Lateranse de 1215 bajo Inocencio III que afirma “nemo potest conficere sacramentum nisi sacerdos rite ordinatus” (“nadie puede realizar el sacramento eucarístico a no ser que sea sacerdote, ordenado según el rito”). La eclesiología de este sueño sigue el rigor del Concilio de Trento, que en la sesión XIII del 11 de octubre de 1551, bajo el Papa Julio III, reafirmó la misma doctrina exclusivista.

Según la mejor eclesiología nacida del Concilio Vaticano II, la función/misión específica del presbítero debe ser pensada, no de forma absoluta, sino siempre dentro del Pueblo de Dios y en el contexto de la comunidad.

Su singularidad no es consagrar absolutamente, como si fuera un mago, sino ser en la comunidad principio de cohesión y de unidad de todos los servicios y carismas. No es la de concentrar sino la de coordinar y presidir Por el hecho de presidir la comunidad, preside también la celebración eucarística.

El problema surge cuando, sin culpa, no hay un sacerdote presente y la comunidad, como lo reconoce la Exhortación, “debido en parte a la inmensa extensión territorial, con muchos lugares de difícil acceso” (n.85) no puede tenerla.

En el texto se plantea con gran realismo el problema y aquí aparece la mano del Papa Francisco: “¿será posible evitar pensar en una inculturación del modo como se estructuran y viven los misterios eclesiales?” (n.85). Y añade con sinceridad: “es necesario conseguir que la ministerialidad se configure de tal manera que esté al servicio de una mayor frecuencia de la celebración de la Eucaristía, incluso en las comunidades más remotas y escondidas” (n.86). Esta situación es absolutamente verdadera. Pero el “autor” no la consideró así y no propició la configuración del ministerio como sería necesario.

Es aquí donde la eclesiología de comunión podía haber ayudado mucho al “autor”en su concepción de poder consagrar. Ella predominó en todo el primer milenio como la investigación histórica ha demostrado inequívocamente.

Durante mil años: quien presidía la comunidad, presidía también la eucaristía

La ley básica en aquellos tiempos era: quien preside la comunidad, presida también la Eucaristía. Podía ser un obispo, un presbítero, un profeta o un confesor, incluso un laico, según Tertuliano, que era un eximio teólogo laico.

Si esto es verdad, ¿por qué negarle a un indígena casado presidir su comunidad y presidir también la celebración eucarística?

En esta parte se realiza lo que los eclesiólogos llaman “cefalización” de la Iglesia. Todo poder se concentra en la “cabeza”, en el Papa o en el clero, prescindiendo totalmente de la comunidad.

En esta visión reduccionista el “autor” pensó solo en el sacerdote con el poder de consagrar de forma exclusiva y absoluta, sin conexión con la comunidad. Entonces surge una contradicción: Un sacerdote puede celebrar solo, sin la comunidad, pero la comunidad no puede celebrar sola sin el sacerdote.

En los mil años subsiguientes: sólo consagra quien es ordenado en el Sacramento del Orden.

Esta visión se deriva no de cuestiones teológicas sino de cuestiones políticas: las disputas de poder entre el Imperium y el Sacerdotium, entre los Papas y los Emperadores. ¿Quién tiene, en ultimo término, el poder? Esto aparece claramente bajo Gregorio VII (1077). Con él se desplazó el eje de la comunidad hacia el eje del poder sagrado (sacra potestas). El poder absoluto lo posee el Papa. Recordemos su Dictatus Papae que bien traducido es: La dictadura del Papa. Todo el poder está en la cabeza, es decir, en el Papa y en quien él delega. Los portadores del poder sagrado serán exclusivamente los ordenados en el sacramento del Orden, es decir, los de la jerarquía eclesiástica. Solo celebra la Eucaristia el sacerdote ritualmente ordenado”. La comunidad de los fieles ya no cuenta más.

El padre J. Y. Congar, el más erudito y notable eclesiólogo del siglo XX, denunció esta peligrosa desviación teológica con consecuencias perjudiciales para toda la eclesiología posterior, que perdura hasta hoy día. En la Exhortación “Querida Amazonia” resuena todavía este tipo de eclesiología del poder desgarrada de la comunidad.

Por eso no dejan de causar perplejidad las afirmaciones: “es importante determinar lo que es específico del sacerdote, aquello que no se puede delegar. La respuesta está en el sacramento del Orden sacro, que lo configura a Cristo sacerdote… El carácter exclusivo recibido en el Orden le deja habilitado solo a él para presidir la Eucaristía; esta es su función específica, principal y no delegable” (n.87).

Es en este punto, supongo yo con otros, en donde aparece una “mano exterior”, con su eclesiología del poder específico e indelegable de consagrar, visión sacerdotalista, tardía y desvinculada de la comunidad de fe. Con esta visión en vano se puede realizar una inculturación del ministerio sacerdotal a indígenas viri probati casados que conferirían un rostro verdaderamente amazónico a la Iglesia. Una vez más se prolonga un cristianismo de colonización dentro del paradigma romano-católico, occidental y celibatario.

Para sanar este tipo de recolonización hay que volver a la eclesiología del primer milenio que establecía una conexión íntima entre la comunidad y su presidente. No hay que olvidar el canon 6 del Concilio de Calcedonia (451), válido para la Iglesia oriental hasta hoy y para la occidental solo hasta el siglo XII-XIII. En esta, la occidental, todo cambió por las disputas políticas sobre el poder entre los Papas y los Emperadores. El lugar de la visión comunional del primer milenio se impuso la visión jurídico-canónica de la sacra potestas excluyente, de los inicios del segundo milenio. Dice el canon 6:

Nadie sea ordenado de manera absoluta, ni un sacerdote ni un diácono, si no le fuere asignado de forma precisa una iglesia urbana o rural o un martyrion o monasterio. Aquellos que fueron ordenados de forma absoluta, el santo Concilio decidió que su ordenación será nula y no acaecida… y no podrán en parte alguna ejercer sus funciones”.

Aquí aparece clara la conexión entre la comunidad y el celebrante de la Eucaristía. Ahora emerge un problema teológico que debe ser tomado en serio: existe el derecho divino de todos los fieles de recibir el cuerpo y la sangre de Jesús (Jn 6,35) y de celebrar su memoria (Lc 22,19; 1Cor 11,25).

Este derecho divino no puede ser negado en razón de una ley humana que lo vincula exclusivamente a una persona, al sacerdote célibe, sin el cual este derecho divino no puede realizarse. Lo divino está siempre y sin ninguna excepción por encima de lo humano.

Es Cristo quien bautiza, perdona y consagra y no el sacerdote.

Por otra parte hay que recordar algo con consecuencias fundamentales: después del sumo sacerdocio de Cristo no hay más sacerdotes in se en la Iglesia. Quien lleva este nombre –sacerdote– es solamente un representante del sacerdocio de Cristo. Es Cristo quien bautiza, es Cristo quien perdona, es Cristo quien consagra. El sacerdote no tiene en sí mismo el poder de consagrar. Solamente el de representar y de actuar “in persona Cristi”, en lugar de Cristo, pero sin sustituirlo. El sacerdote hace visible a Cristo-Sacerdote invisible.

¿Por qué en ausencia del sacerdote, por razones que no dependen de la comunidad, otro cristiano laico, “vir probatus” por la comunidad y casado, no puede representar a Cristo, hacerlo visible, una vez que, por el bautismo, también él participa del sacerdocio de Cristo?

Además el Concilio Vaticano II, resumiendo la Tradición dice con acerto: no se edifica ninguna comunidad cristiana si ella no tiene como raíz y centro la celebración de la Santísima Eucaristía” (PO 6).

Negando la ordenación de viri probati indígenas, se les niega la posibilidad de edificar la comunidad cristiana. Este derecho divino no se les puede negar en nombre de una ley humana y cultural como el celibato y por una eclesiología, entre otras, que entiende como exclusivo el poder de consagrar. ¿Aquí entonces no vale la inculturación tan convincentemente desarrollada en la Exhortación “Querida Amazonia”? ¿No se impide esta por razones eclesiológicas extrañas, que terminan por inviabilizar el rostro indigena y amazónico de la Iglesia al negar la ordenación de viri probati indígenas y casados?

 

Las 24 Iglesias también católicas sin la ley del celibato

Es iluminador en este contexto recordar que hay otras 24 Iglesias, que son también católicas pero no romanas, como la copta, la melquita, la maronita, la etíope, la bizantina griega, la armenia, la siríaca, la caldea y otras. En todas ellas hay sacerdotes casados y sacerdotes célibes. No por eso ellas son menos iglesias católicas que la romana.

¿Por qué razón la Iglesia católica romana es tan inflexible con referencia a la ley del celibato, condición para ser ordenado sacerdote? Sabemos que la ley del celibato surgió lentamente en la Iglesia y que en la historia ha sido siempre un problema, siendo violada por papas, cardenales, obispos y presbíteros. Y en los últimos años ha salido a la luz, en los más altos eslabones de la Curia vaticana, la violación del celibato, agravada por los crímenes de pedofilia, que son también una forma de violar el sentido del celibato.

En la Exhortación “Querida Amazonia” el tema de la inculturación en las culturas indígenas y amazónicas, por razones ya aducidas, no ha sido llevado hasta las últimas consecuencias, hasta la raíz. Como se sabe, en la cultura indígena no existe la figura del indígena célibe. Todos viven con su pareja. Y así sería el sacerdote indígena.

Los viri probati indígenas: rehenes de la cultura romana, latina, occidental y celibataria.

Impedir que viri probati indígenas casados sean sacerdotes significa no encarnarse en la totalidad de su cultura. En ella el sacramento eucarístico debería ser celebrado por un sacerdote indígena casado. Al no encarnarse en plenitud, se condena a los indígenas a continuar rehenes, en lo que atañe al sacramento del Orden, de la cultura romana, latina, occidental y celibataria. Esto es no hacerles justicia, pues tienen el derecho divino de recibir, en el modo de su cultura, la presencia eucarística del Señor.

El supplet Eclesia y el ministro extraordinario de la Eucaristía

A pesar de esta limitación en la comprensión de quien preside la eucaristía, la comunidad cristiana puede recurrir a otro expediente eclesiológico asegurado en la tradición, el famoso “supplet ecclesia”. Aclaro: el indígena casado que ya preside la comunidad, puede presidir la celebración de la cena del Señor supliendo al sacerdote célibe ausente a título de “suplencia de la Iglesia”. Él funciona como ministro extraordinario de la Eucaristía y lo hace con la intención de estar con la Iglesia (cum Ecclesia), jamás contra la Iglesia (contra Ecclesiam), y de hacer todo lo que haría el sacerdote si estuviera presente.

Toda situación extraordinaria demanda también una solución extraordinaria: la legitimidad del laico indígena y casado de presidir la celebración de la cena y la memoria del Señor. La necesidad no conoce ley. El ordo caritatis (el orden de la caridad) y la solicitud para la salus animarum (para la salvación de las almas) y la oeconomía salutis (el proceso historico de la salvación) sustentan teológicamente tal práctica.

La misma visión se encuentra en el sistema jurídico-canónico de la Iglesia. El Derecho Canónico dice explícitamente que la ley suprema en la Iglesia es siempre la “salvación del alma” (canon 1752). ¿Esto no implicaría también el acceso sin las limitaciones impuestas por leyes humanas al sacramento del Orden?

Es injusto mantener a las mujeres como cristianas inferiores

Dejemos aparte el tema del diaconado de las mujeres, igualmente negado en la Exhortación. Tal negación no supera, desgraciadamente como se esperaba, la cuestión de género y hace a las mujeres, por más comprometidas que estén en las comunidades, cristianas inferiores, de segunda categoría, como lo afirma además la cultura machista todavía dominante con referencia a ellas. Bien se podría romper en la Iglesia con esta tradición tan injusta. Para las mujeres no valen los 7 sacramentos; para ellas solamente cuentan 6 porque están excluidas del Ordo.

Recordemos que Santo Tomás de Aquino, en su doctrina sobre los sacramentos, afirmaba que el bautismo es el sacramento de iniciación a la vida cristiana y simultáneamente es la iniciación para todos los demás sacramentos y por eso contiene los 7 sacramentos. Según esta comprensión del Doctor Angélico, por el hecho de ser mujer, esta, la mujer, recibe un bautismo menor porque le falta el contenido del sacramento del Ordo.

Pero no queremos olvidar una flagrante paradoja: una mujer puede engendrar un hijo que es el Hijo de Dios. Esta misma mujer, que ha engendrado a este hijo que es el Hijo de Dios, no puede representar a su hijo que es Hijo de Dios. Solo por el hecho de ser mujer. Las Escrituras dicen que esta mujer, María, “es bendita entre todas las mujeres” (Lc 1,41). Pero parece que no es suficientemente bendita para representar a su propio Hijo que es el Hijo de Dios encarnado.

Añado también el hecho de que las mujeres nunca traicionaron a Jesús, como lo hicieron Pedro y los apóstoles, que lo abandonaron. Fueron siempre fieles y fueron ellas las primeras testigas del hecho mayor de la fe, que es la Resurrección. Solamente por tales razones deberían tener un lugar central dentro de la Iglesia si esta no estuviera atada a la cultura latino-occidental masculinista.

Nada es más fuerte que una idea cuando alcanza su punto de maduración

Todo lo que he escrito no significa una falta de lealtad al Papa Francisco, que es inquebrantable en mí. Pero vale el dicho antiguo: Amicus Plato, sed magis amica veritas. Compete al teólogo buscar caminos nuevos para problemas nuevos, siempre al servicio de las comunidades cristianas y de la propia Iglesia universal.

Como ya se dijo: “nada es más fuerte que una idea cuando llega el momento de su realización”. Llegará este momento para los viri probati indígenas y principalmente para las mujeres dentro de la Iglesia romano-católica. Pero cómo se demora…

A pesar de estas limitaciones internas, la “Exhortación Apostólica Querida Amazonia” es, en este momento crucial de la crisis ecológica como emergencia planetaria, la más decidida y valiente defensa de la Amazonia, presente en 9 países, fuente de vida para toda la humanidad, garantía del futuro de la Tierra y esperanza de la salvaguardia de nuestra civilización. Por eso no acabamos de agradecer al Papa Francisco este servicio profético en beneficio de toda la Humanidad y para todos aquellos que aman y cuidan este bello y esplendoroso Planeta, nuestra Casa Común, la grande y generosa Madre Tierra.

*Leonardo Boff es eclesiólogo de Brasil y entre otros libros de eclesiología ha escrito: Die Kirche als Sakrament im Horizont der Welterfahrung, Padeborn 1972; Eclesiogénesis: la reinvención de la Iglesia, Record, Rio de Janeiro 2008 y Dabar, México 2009; Iglesia: carisma y poder, Vozes 1982, Borla 1985; La Iglesia se hizo pueblo, Vozes 1984; Nuevas fronteras de la Iglesia, Verus 1986.

Gracias a María José Gavito Milano que há mejorado mi español.                                   

                                           ANEXO

         Carta do bispo emérito do Xingú Dom Erwin Kräutler

Meu caro irmão,

Li seu artigo com imensa satisfação. Não preciso dizer-lhe que concordo com tudo que escreveu. Você traduziu em palavras claras e diretas o que a grande maioria de nós pensa. Nosso sonho não acabou. Lamentamos apenas que vamos ter que esperar ainda não sei por quanto tempo que ele se torne realidade. Infelizmente, nós já octogenários certamente não teremos mais a graça de entoar o Te Deum laudamos… agradecendo que finalmente a nossa Igreja também tem um rosto indígena.

É simplesmente absurdo pensar que isso aconteça sem que a Eucaristia seja celebrada pelos mesmos indígenas com jeito indígena, na língua indígena, na cultura indígena e nos parâmetros indígenas em relação a quem ocupa função de coordenar/presidir.

Não sei se lhe contei uma vez a minha primeira visita como bispo a uma aldeia Kayapó. À pergunta do cacique: “Aprô“ – “Sua esposa“ – respondi “Iprô kêt“: “sem esposa”. Olhou-me um tanto desconfiando. Outra vez fui lá e veio a mesma indagação. Aí respondi: „Onij“ – tá muito longe! Aí ficou com pena. Deus certamente já me perdoou a mentirinha que certamente me aproximou mais dos indígenas. Mais tarde a mulher do cacique me adotou com „Ikra“ – meu filho. Lindo não é!

Pergunto se não seria importante traduzir seu artigo para o alemão, inglês e italiano para os da extrema-direita tão agressiva dos países desses idiomas se poderem inteirar da caprichada fundamentação de seus argumentos?

Cordial abraços,

Dom Erwin Kräutler

 

 

“Querida Amazonia”: una inculturación truncada

La Exhortación Apostólica “Querida Amazonia” del Papa Francisco es un himno a la magnitud y a la belleza de ese inmenso bioma que se extiende por nueve países de América Latina. El Papa se dio cuenta como pocos de la importancia de la Amazonia para el futuro del equilibrio ecológico y de la supervivencia del sistema-vida en el planeta.

Dividió su exposición, en la cual cita a nuestros autores y poetas, en cuatro sueños: el social, el cultural, el ecológico y el eclesial. Comparto totalmente tres sueños y medio. La segunda mitad del cuarto sueño nos parece, a no pocos, más bien una pesadilla. Y explico por qué.

El estilo antes profético, ético, ecológico y poético desaparece. Parece como si otra mano hubiera escrito el texto y, seguramente bajo presión, consiguió incorporarlo al cuarto sueño, transformándolo en una pesadilla. Aquí no habla el pastor sino el doctor, no el profeta que denuncia el sistema mundial anti-vida sino la autoridad doctrinaria que fija una lección teológica.

¿Cuál es el propósito de toda la Exhortación Apostólica? La inculturación de la fe cristiana en el universo de los indígenas de tal forma que surja una Iglesia de rostro amazónico. Tal iniciativa implica prestigiar la sabiduría ancestral, los valores, las costumbres y la forma de ser indígena. De una Iglesia-espejo de la europea, implantada por la colonización, debería surgir una Iglesia-fuente, con raíces en nuestra realidad, especialmente inculturada en los pueblos originarios de la Amazonia.

El Papa Francisco fue quien más estimuló a los participantes del Sínodo Panamazónico para que tuviesen el valor de enfrentarse a este desafío. Esa inculturación para ser real conllevaba obviamente sacerdotes casados, los “viri probati”. Los indígenas no se imaginan a un indígena célibe. El sacerdote debía ser alguien casado. Esta era una petición de las comunidades amazónicas, apoyadas por la mayoría de sus obispos y aprobada mayoritariamente por el Sínodo Panamazónico. Grande fue la decepción cuando se vio que este tipo de sacerdotes casados era rechazado por el cuarto sueño. ¿La inculturación no debería ser completa?

La argumentación para negar el sacerdocio casado se funda en una eclesiología tradicionalista y superada por el Concilio Vaticano II. Este da centralidad, primero al pueblo de Dios y después a la jerarquía a su servicio. La misión del ministro ordenado no es la de concentrar el poder sagrado, sino la de coordinar todos los servicios, dar cohesión y presidir la comunidad. Por el hecho de presidir la comunidad, preside también la celebración eucarística.

La lección doctrinaria de la Exhortación se presenta aquí: “El carácter exclusivo recibido por el sacramento del Orden, deja solo al sacerdote habilitado para presidir la Eucaristía; esta es su función específica, principal y no delegable (n.87)”. Cabe recordar que se está pensando únicamente en el sacerdote célibe. Esta es la doctrina tradicionalista que hace del sacerdote una especie de mago solitario.

Y aquí surgen dos problemas: los fieles según el mandato de Jesús (Jn 6,35; Lc 22,19; 1Cor 11,25) tienen el derecho divino de participar de su cuerpo y sangre eucarísticos. No se puede negar la Eucaristía a los indígenas por no permitirles tener un sacerdote casado. Un derecho humano no puede estar por encima de un derecho divino.

El segundo problema: un sacerdote puede celebrar la Eucaristía él solo pero la comunidad no puede celebrar sola la misma Eucaristía. Sin el sacerdote célibe no hay Eucaristía.

Es importante rescatar una idea antigua y moderna: no se puede imaginar una ordenación en absoluto, sin conexión con la comunidad. El canon 6 del Concilio más importante de todos, el de Calcedonia (451), consideró inválida toda ordenación absoluta.

Durante los primeros mil años de cristianismo estuvo en vigor la siguiente norma: quien preside la comunidad, preside también la Eucaristía. Podía ser un obispo, un presbítero, un profeta e incluso un laico.

Solamente en el milenio siguiente, por razones políticas de disputa entre los Papas y los Emperadores, se consolidó la doctrina de la “cefalización” según la cual todo el poder está en la “cabeza”, en el Papa y en quien él lo delegue. Sólo el sacerdote ordenado puede presidir la Eucaristía. El poder sagrado queda desligado de la comunidad. Surgió un sacerdocio absoluto y celibatario contrariamente a lo que prescribía el canon 6 del Concilio de Calcedonia.

Tal doctrina ha sido considerada por el mayor estudioso de la Iglesia, J. Y. Congar, como dañina hasta el día de hoy. Ella separa a los curas célibes de la comunidad. Pero en realidad ha sido superada actualmente gracias a la concepción del Vaticano II que religa la Iglesia al Pueblo de Dios y el sacerdote a la comunidad.

Pero lo que propiamente está en cuestión para ser ordenado es la ley del celibato, impuesta históricamente sólo en la Iglesia Católica Romana. No existe en las otras 24 Iglesias también católicas (ortodoxa, armenia, melquita etc), sin ser por eso menos católicas.

En pocas palabras: la llamada inculturación total de la iglesia en las culturas indígenas se ha truncado debido a una ley humana, occidental y sexista (celibato). Se ha frustrado así el sueño de una Iglesia de rostro verdaderamente indígena y amazónico por la imposición de una norma occidental, romana y excluyente.

La ordenación de indígenas casados llegará, pues cuando una idea se hace firme en las conciencias acaba por realizarse.

*Leonardo Boff es eclesiólogo y ha escrito entre otras obras Eclesiogénesis: la reinvención de la Iglesia, Record 2008. Sigue un estudio más detallado sobre el tema en mi blog.

Traducción de Mª José Gavito Milano

 

 

 

La “saudade” de Dios

“Saudade” no se puede traducir a otros idiomas porque no es una cosa que se define sino que se vive y se sufre. La describimos: es una melancolía tierna, una mezcla de un dolor suave por un bien que fue vivido, que ya no vuelve más, pero que regresa dulcemente a la memoria: el primer beso de la persona amada, la mirada profunda de una mujer que, en un andén del tren, se encontró con la mirada también penetrante de un hombre surgiendo amor inmediato; el tren partió y nunca más se volvieron a ver, pero aquella profunda mirada de los dos, que llegó hasta el fondo del alma, nunca pudo ser olvidada. Saudade es la experiencia, en su máxima intensidad, de ser tomado totalmente por el Ser de Dios y no sentir más el cuerpo propio. Esa saudade es dolorosa cuando no se consigue volver a renovarla. Dejó solo una saudade infinita de suprema bienaventuranza. La saudade no deja que el pasado sea solo pasado. Aunque ausente, lo vuelve presente, solo que invisible.

En nuestro peregrinar por la vida, todo lo que de bello, realizador, impactante y profundo nos toca, deja un rastro de saudade. Un niño con cáncer bien dijo: saudade es el amor que queda cuando ya todo pasó.

La sociedad moderna tardía y letrada ha saturado a muchos, no a todos, de bienes materiales, los ha llenado de vanas promesas de felicidad y les ha forjado hasta un falso evangelio de la prosperidad, para el cual entregan tiempo, entusiasmo y un sacrificado dinero, como en las iglesias neopentecostales fundamentalistas, explotados por pastores que son verdaderos lobos con piel de ovejas. El mercado conscientemente los mantiene ocupados con mil ofertas de consumo, de viajes, de experiencias nuevas que les hacen difícil encontrarse consigo mismos. Se vive etsi  Deus non daretur “como si Dios no existiese” o como si hubiese sido borrado del horizonte de la existencia.

Pero no todo es manipulable en el ser humano. En él hay misterios, rincones impenetrables que guardan memorias y arquetipos ancestrales. De ahí puede surgir una saudade muy particular, la saudade de Dios, del Self que habita lo profundo. Durante muchos siglos, bajo mil nombres, daba cohesión a la sociedad y ofrecía un fundamento a la existencia humana.

Por razones muy complejas que no cabe analizar aquí, irrumpió el hombre nuevo de la modernidad. Y este prescindió de Dios. Se presentó él como un deus minor in terra, como “un dios menor en la tierra”. Su experiencia fundacional se definió por la voluntad de potencia, el poder ejercido como dominación sobre los otros, sobre la mujer, sobre los pueblos, sobre la naturaleza, sobre la vida y sobre el espacio exterior. Asumió tantas tareas en la nueva conformación del mundo que, de repente, se dio cuenta de que ya no podía realizarlas. El pequeño dios cayó en “el complejo de Dios”. Ya no tiene más fuerzas, se siente frágil, impotente, temeroso de sí mismo, pues ha creado una máquina de muerte que puede terminar con él de múltiples formas distintas.Ha inaugurado lo que llaman el antropoceno, une nueva era geológica en la cual la gran amenaza a la vida y al planeta es el mismo ser humano. Hizo guerras que sólo en el siglo veinte mataron a 200 millones de personas. Devastó la naturaleza que ahora se vuelve contra él con huracanes, calentamiento global, aumento de los océanos, escasez de bienes y servicios sin los cuales no se sustenta la vida.

Ahí surge lo que estaba escondido en aquel rincón recóndito de su interioridad: la “saudade de Dios”. El nombre “Dios” no importa, sino lo que Él representa: aquella Energía poderosa y amorosa que sustenta todo y que, por eso, debe ser viva e inteligente, aquel Valor Incuestionable vivo e irradiante que orienta los comportamientos humanos y controla las fuerzas de lo Negativo. El mantra de la cultura ilustrada es engañoso: “Anunciamos la muerte de Dios porque nosotros lo matamos”. Y lo matamos para ocupar su lugar y ser el Superhombre que se ha convertido en “el pequeño dios” que vive más allá del bien y del mal. Él decide todo. Durante más de dos siglos trató de realizar ese propósito y fracasó. Sucumbió al propio peso de las tareas que se impuso. Ahora anda errante, solitario, buscando a qué agarrarse. Vive la ilusión, ya referida por un místico: El enemigo del Sol subió a una terraza, cerró los ojos y gritó a todos: ya no hay más sol; el Sol murió porque yo lo maté”. Ignorante, no ve más el sol no por culpa del sol sino de sus ojos cerrados. El Sol estará siempre allí iluminando, pues esa es su naturaleza. Tal vez Dios entró en un eclipse. Y eso exacerba aún más la saudade de Dios, de que Él finalmente penetre la nube de la arrogancia humana y venga humildemente a ser acogido por nosotros.

Esa saudade de Dios no existe en la inmensa mayoría de los pueblos que no pasaron por la circuncisión de la modernidad. Jamás se les pasó por la cabeza la absurda arrogancia de matar a Dios. Mucho menos pretendieron ser “el pequeño dios” dominador de todo y de todos. Vven la saudade de Dios” sintiéndolo en sus trabajos cotidianos, en el convivir amoroso con la familia, en la dura lucha para asegurar día tras día los medios de subsistencia. Ellos no necesitan creer en Dios, pues saben de él, lo sienten y lo viven en la piel del cuerpo, en el espíritu, en el sufrimiento y en la discreta alegría de vivir.

Estos son los guardianes de la sagrada memoria del Dios de mil nombres (Tao, Shiva, Olorum, Javé, Alá, Dios). Ellos son los profetas y maestros para los hijos de la modernidad tardía, capaces de humedecerles las raíces para que reverdezcan y superen la triste soledad que los devora. Basta que los encuentren y los escuchen. Entonces también ellos “sentirán la saudade de Dios”.

Qué saudade tenemos de ese Dios, humano, vivo y verdadero.Que saudade…

*Leonardo Boff es escritor y ha escrito: Saudade de Dios – la fuerza de los pequeños, Vozes 2019, Trotta 2020; Dabar 2020.

Traducción de Mª José Gavito Milano

 

 

 

Ética y Espiritualidad ante los desastres ecológicos actuales

Las grandes lluvias con inundaciones desastrosas que han afectado a muchas ciudades de Brasil y paralelamente los incendios pavorosos en Australia, seguidos inmediatamente de inesperadas inundaciones, constituyen señales inequívocas de que en la Tierra están ocurriendo algunos cambios importantes. Es prácticamente consenso generalizado que estos cambios hacia peor se deben a la acción de los seres humanos (la era del antropoceno) en su relación con la naturaleza y con la totalidad del planeta Tierra.

Los varios grupos de científicos que siguen sistemáticamente el estado de la Tierra confirman que año tras año los principales elementos que sustentan la vida (agua, suelos, aire puro, fertilidad, climas y otros) se están deteriorando cada día que pasa. ¿Cuándo va a parar esto? El 29 de julio de 2019 alcanzamos el día de la Sobrecarga de la Tierra (the Earth Overshoot Day). Esto significa que en esta fecha hemos consumido ya todos los recursos naturales disponibles. Ahora la Tierra ha entrado en números rojos y sin fondos ¿llegaremos hasta diciembre? Si insistimos en mantener el consumo actual tendremos que aplicar violencia contra la Tierra forzándola a dar lo que no tiene o no puede reponer. Su reacción a esta violencia se expresa por el calentamiento global, las inundaciones, las grandes nevadas, la pérdida de la biodiversidad, la desertificación, el aumento de dióxido de carbono y de metano y por el crecimiento de la violencia social, ya que Tierra y humanidad constituyen una única entidad relacional.

O cambiamos nuestra relación con la Tierra viva y con la naturaleza o, según S. Bauman, “engrosaremos la procesión de aquellos que se dirigen hacia su propia tumba”. Esta vez no tenemos un Arca de Noé salvadora.

No hay más alternativa que cambiar. Quien cree en el mesianismo salvador de la ciencia es un iluso: la ciencia puede hacer mucho pero no todo: ¿detiene los vientos, contiene las lluvias, limita el aumento de los océanos? No es suficiente reducir la dosis y continuar con el mismo veneno o simplemente limar los dientes al lobo. El cambio exige cumplir algunos de los siguientes propósitos fundamentales.

Primero: Una visión espiritual del mundo. Esto no tiene nada que ver con la religiosidad, sino con una nueva sensibilidad y un nuevo espíritu de renuncia a una relación violenta y meramente utilitaria con la naturaleza. Debemos reconocer que tiene valor en sí misma, que somos parte de ella y que debe ser cuidada y respetada como algo sagrado. En esto consiste la nueva sensibilidad y espiritualidad.

Segundo: rescatar el corazón, el afecto, la empatía y la compasión. Esta dimensión ha sido descuidada en nombre de la objetividad de la tecnociencia. Pero el amor, la sensibilidad hacia los demás, la ética de los valores y la dimensión espiritual están anidados allí. Cuando no hay lugar para el afecto y el corazón, no hay porqué respetar la naturaleza y escuchar los mensajes que nos está enviando con las inundaciones y el calentamiento global. La tecnociencia ha operado una especie de lobotomía en los seres humanos que ya no sienten sus clamores. Se imaginan que la Tierra es un simple baúl de recursos infinitos al servicio de un proyecto de enriquecimiento infinito. Tenemos que cambiar de paradigma: de una sociedad industrial que agota la naturaleza a una sociedad de conservación y de cuidado de toda la vida.

Tercero: tomar en serio el principio del cuidado y el de precaución. O cuidamos lo que ha quedado de la naturaleza y regeneramos lo que hemos devastado, como el Movimiento de los Sin Tierra (MST) que se ha propuesto plantar en este año un millón de árboles en las áreas depredadas por el agronegocio, o nuestro tipo de sociedad tendrá los días contados. La precaución exige que no se promuevan acciones o se usen elementos cuyas consecuencias no podemos controlar. Además, la filosofía antigua y moderna ya ha visto que el cuidado es la condición previa para que surja cualquier ser. También es la guía anticipada para cada acción. Si la vida, también la nuestra, no se cuida, enferma y muere. La prevención y la atención son decisivas en el campo de la nanotecnología y la inteligencia artificial autónoma. Esta, sin que lo sepamos, puede tomar decisiones y penetrar en arsenales nucleares y poner fin a nuestra civilización.

Cuarto: respeto a todo ser. Cada ser tiene valor intrínseco y tiene su lugar en el conjunto de los seres, incluso el más pequeño de ellos revela algo del misterio del mundo y del Creador. El respeto impone límites a la voracidad de nuestro sistema depredador y consumista. Quien mejor formuló una ética del respeto fue el médico y pensador Albert Schweitzer (+1965). Él enseñaba que la ética es responsabilidad y respeto ilimitado hacia todo lo que existe y vive. Este respeto por los demás nos obliga a la tolerancia, que es urgente en el mundo y entre nosotros, bajo el gobierno de extrema derecha que alimenta el desprecio por los negros, los indígenas, los quilombolas, las personas LGBT y las mujeres.

Quinto: actitud de solidaridad y de cooperación. Esta es la ley básica del universo y de los procesos orgánicos. Todas las energías y todos los seres cooperan entre sí para que se mantenga el equilibrio dinámico, se garantice la diversidad y todos puedan evolucionar conjuntamente. El propósito de la evolución no es conceder la victoria a los más adaptables, sino permitir que cada ser, incluso el más frágil, exprese las virtualidades que emergen de esa Energía de Fondo que sostiene todo, de la que todo salió y a la que todo vuelve. Hoy, debido a la degradación general de las relaciones humanas y naturales, debemos, como proyecto de vida, ser conscientemente solidarios y cooperativos. De lo contrario, no salvaremos la vida ni garantizaremos un futuro prometedor para la Humanidad. El sistema económico y el mercado no se basan en la cooperación sino en la competición, la más desenfrenada. Por eso crean tanta desigualdad hasta el punto de que el 1% de la humanidad posee el equivalente al 99% restante.

Sexto: es fundamental la responsabilidad colectiva. Ser responsable es darse cuenta de las consecuencias de nuestras acciones. Hoy hemos construido el principio de autodestrucción. El dictamen categórico es entonces: actúa de manera tan responsable que las consecuencias de tu acción no sean destructivas para la vida y su futuro y no activen la autodestrucción.

Séptimo: poner todos nuestros esfuerzos en lograr una biocivilización centrada en la vida y en la Tierra. El tiempo de las naciones ha pasado. Ahora es el tiempo de construir y salvaguardar el destino común de la Tierra y la humanidad. Su realización no se hará lugar sin poner en práctica los propósitos enumerados anteriormente.

*Leonardo Boff es eco-teólogo, filósofo y ha escrito: Cómo cuidar de la Casa Común, Vozes 2019.

Traducción de Mª José Gavito Milano