Un manto de tristeza y de desamparo se extiende sobre todo el planeta, especialmente sobre nuestro país. Somos víctimas de un gobierno cuyo jefe de Estado está dominado por una inequívoca pulsión de muerte que lo vuelve insensible a las casi trescientas mil víctimas de la Covid-19, e incapaz de palabras de solidaridad con los familiares y hasta con los auxiliares próximos fallecidos. Parece que hubiera sufrido una lobotomía, volviéndose indiferente al dolor y a la tragedia humana.
El día 19 de marzo se celebra en el mundo cristiano la fiesta de San José. Tuvieron que pasar cerca de 15 siglos para que la gran institución-Iglesia (Papa, obispos y sacerdotes) le concediesen algún valor y sentido. Ella no sabía qué hacer con San José, pues ella es una Iglesia de la palabra y él no dijo ninguna. Guardó siempre silencio y sólo tuvo sueños. Como los psicoanalistas nos enseñan, el sueño es también una forma de comunicación de las dimensiones de la profundidad humana, de los arquetipos más ancestrales donde anidan los “Grandes Sueños” (C.G.Jung), los miedos, las preocupaciones y esperanzas de la existencia humana. Sólo en 1870 fue proclamado Patrono de la Iglesia Universal, no por el Papa Pío IX sino por la Congregación de Ritos.
A decir verdad, él es más patrono de la Iglesia-pueblo-de-Dios, de los humildes, de los anónimos, de la “gente buena” trabajadora que de la Iglesia-gran-institución. Aquellos son los que viven, sin mucha reflexión, los ideales de su hijo Jesús de buena voluntad, de amor, de solidaridad y de reverencia ante el misterio de la vida y de la muerte. Ellos dieron el nombre de José a hombres y también a mujeres (como por ejemplo, María José, la traductora de mis textos al espanol), a ciudades, a calles, a instituciones públicas y a escuelas.
El Papa Francisco convocó a los fieles para reflexionar durante todo este año sobre larelevancia de la figura de San José, especialmente como padre en una sociedad sinpadre o con padre ausente. Publicó una Carta Apostólica “Patris corde” (corazón de padre o padre de corazón) en la cual delinea en siete rasgos sus principales características: “un padre amable, padre de ternura, padre de obediencia, padre de acogida, padre de valor creativo, padre trabajador y padre en la sombra”.
En el contexto actual cabe recordar una devoción muy popular, la de San José, patrono de la buena muerte, ya que la muerte se extiende por el mundo y en Brasil, junto con Estados Unidos, está haciendo el mayor número de víctimas.
Las informaciones sobre la muerte de San José se encuentran solo en un evangelio apócrifo (no canónico) “La historia de José, el carpintero” escrito entre los siglos IV yV en Egipto (edición de Vozes de 1990). Se trata de una larga narración en la cual Jesús cuenta a los Apóstoles cómo era su padre José y cómo murió.
El apócrifo contextualiza su vida y su muerte, testimoniando que al volver del exilio forzado en Egipto, fue a vivir en Nazaret, donde “mi padre José, el anciano bendito, siguió ejerciendo la profesión de carpintero y, así, con el trabajo de sus manos, pudimos mantenernos; nunca jamás se podrá decir que comió su pan sin trabajar” (capítulo IX). Narra también que “yo llamaba a María, mi madre y a José, mi padre; les obedecía en todo lo que me ordenaban, sin permitirme replicarles ni una palabra; al contrario, les dedicaba siempre gran cariño”(c. XI).
Pero llegó un momento, ya en edad avanzada, que José enfermó: “perdió las ganas de comer y de beber, y sintió vacilar su habilidad en el desempeño de su oficio” (c.XV). Narra con pormenores que, echado en la cama, “se puso extremadamente agitado” y empezó a quejarse, profiriendo muchos ayes (c. XV e XVI). A oir tales ayes Jesús dice: “entré en el aposento en que se encontraba y lo saludé: salve, José, mi querido padre, anciano bondadoso y bendito”. A lo que José respondió: “Salve, mil veces, querido hijo! Al oír tu voz, mi alma recobró su tranquilidad (c.XVII).
No mucho después ocurrió el desenlace: “mi padre exhaló su alma con un gran suspiro” (c.XXI). Y concluye: “entonces yo me eché sobre el cuerpo de mi padre José; cerré sus ojos, cerré su boca y me levanté para contemplarlo” (c.XXIV). En el momento en que era llevado al túmulo, comenta Jesús: “Me vino a la mente el recuerdo del día en que me llevó a Egipto y las grandes tribulaciones que soportó por mí. No me contuve, me lancé sobre su cuerpo y lloré largamente” (c.XXVII).
Al final, terminando su narración, Jesús hace una petición a los apóstoles: “Cuandoseáis revestidos de mi fuerza y recibáis el Soplo de mi Padre, es decir, del EspírituParáclito y seáis enviados a predicar el evangelio, predicad también sobre mi querido padre José” (c.XXX).
Con esta pequeña reflexión estamos cumpliendo el mandato de Jesús. Ojalá San José acompañe con su fuerza y su cariño paterno a los miles de personas que están en las UCIs luchando por sus vidas, contra este terrible ataque que la Madre Tierra halanzado contra la humanidad, mandándonos la Covid-19 como señal: no prolonguenel estilo de vida consumista y devastador de los bienes y servicios limitados de la naturaleza; asuman un nuevo modo sostenible de vida y establezcan un lazo de amor y de respeto con la naturaleza y con todos sus seres, nuestros hermanos y hermanas, dentro de la Casa Común, el planeta Tierra, nuestra grande y bondadosa madre.
*Leonardo Boff ha escrito San José: el padre, el artesano y el educador, Vozes 2012
A intrusão do coronavírus desde 2019, afetando pela primeira vez todo o planeta e cada uma das pessoas, não nossos animais domésticos como gatos e cachorros, tem um significado que é importante decifrar. Nada na natureza e em Gaia, nossa Mãe Terra, é sem propósito.
Que lição devemos aprender com esta pandemia? Para isso, não basta falar em ciência, tecnologia e todos os outros insumos. Mas devemos nos perguntar qual é o contexto do vírus? Ele não pode ser considerado isoladamente. É preciso identificar as condições que permitiram sua irrupção e sua devastação da espécie humana.
O Antropoceno e o Necroceno como contexto do Covid-19
O contexto da irrupção do Covid-19 reside no Antropoceno e no Necroceno. Em outras palavras, o motivo é a agressão sistemática que os seres humanos exercem contra a natureza e a Mãe Terra. Como muitos cientistas afirmaram: inauguramos uma nova era geológica: o Antropoceno. Ou seja, a grande ameaça à vida e até mesmo à vitalidade da Terra não se deve a um meteoro rasante que caiu no planeta, mas a nós, seres humanos.
Como não possuímos nenhum órgão especializado que garanta nossa subsistência – somos um ser biologicamente deficiente (Mangelwesen do antropólogo Arnold Gehlen) e também pelo fato não termos um habitat específico, temos que trabalhar a natureza e assim criar nosso oikos (casa,habitat) de modo a assegurar nossa existência e subsistência.
Nesse processo que criar nosso habitat,trabalhando a natureza, identificamos várias etapas.Nas primeiras fases da antropogênese, há milhões de anos, o ser humano teve uma relação para com a natureza de interação harmoniosa, respeitando seus ritmos. Mais tarde no neolítico, há cerca de 10-12 mil anos, passou a uma relação de intervenção, com a gestão da água, com a irrigação e as culturas agrícolas e de animais, já rompendo a sinergia com a dinâmica da natureza; Depois, na era industrial, passou-se à agressão direta, explorando a natureza sem considerar suas possibilidades e limites, com a falsa premissa de que os recursos naturais são infinitos que permitiriam um desenvolvimento igualmente infinito. No entanto, uma Terra com bens e serviços finitos não suporta um projeto infinito. Apesar disso, continuamos a desconsiderar tais limites, querendo extrair da Terra o que ela já não pode mais nos dar (a Sobrecarga da Terra, o Overshoot).Esse processo de superexploração nos levou à fase atual de destruição da natureza. Não é mais o Antropoceno, mas o Necroceno, ou seja, a devastação massiva de formas de vida.
Estes são os dados aterrorizantes fornecidos por Edward Wilson, um dos maiores biólogos atuais: a cada ano, cerca de 100 mil espécies de seres vivos desaparecem, após milhões e milhões de anos de presença no planeta. Um milhão de outras espécies também correm grande risco de desaparecerem.
Aqui reside a causa da intrusão do coronavírus: a relação agressiva e danosa do ser humano com seu meio vital, destruindo as bases físicas, químicas, ecológicas que sustentam a vida. Por isso é válida a afirmação da Laudato Si do Papa Francisco: “Nunca maltratamos e prejudicamos a nossa casa comum como nos últimos dois séculos” (n.53). E continua: “As previsões catastróficas não podem mais ser vistas com desprezo e ironia … ultrapassamos as possibilidades do planeta, de tal forma que o atual estilo de vida insustentável só pode terminar em catástrofe”(n.161). Na outra encíclica Fratelli tutti que é um aprofundamento do Laudato Si, ele enfaticamente afirma “Estamos no mesmo barco: ou não salvamos todos ou ninguém salva”(n.32). Por isso, cobra “uma conversão ecológica radical” (n.5).
Na mesma direção vai a Carta da Terra de 2003, um dos documentos mais importantes nascidos de baixo, a partir de uma consulta a milhares de pessoas de todas as partes do mundo e de todas as classes sociais e assumida pela UNESCO como uma contribuição para uma nova educação, que afirma em seu primeiro parágrafo: “Estamos diante de um momento crítico na história da Terra, numa época em que a humanidade deve escolher seu futuro… Nossa escolha é: ou formamos uma aliança global para cuidar da Terra e uns dos outros, ou arriscamos nossa destruição e a destruição da diversidade da vida”.
Para encerrar esse cenário ameaçador convém citar a última frase de um dos maiores historiadores do século XX, o inglês Eric Hobsbawn, em seu conhecido livro-síntese “A era dos extremos” (1994). «O futuro não pode ser a continuação do passado … O nosso mundo está em perigo de explosão e implosão … Não sabemos para onde vamos. No entanto, uma coisa é certa: se a humanidade deseja um futuro que valha a pena, não pode se basear no prolongamento do passado ou do presente. Se tentarmos construir o terceiro milênio nesta base, falharemos. E o preço do fracasso, isto é, da alternativa à mudança da sociedade, é a escuridão »(p.562). Em outra parte do livro, ele fala sobre nossa autodestruição.
O que nos está salvando diante da intrusão do Covid-19
Como se há de interpretar o Covid-19 neste contexto dramático? Ele representa um sinal enviado pela Mãe Terra para nos dizer:”vocês não podem mais continuar com essa agressão e com esse espírito de destruição contra mim, caso contrário lhes enviarei severos e danosos sinais”. O Covid-19 é um contra-ataque da Terra contra o tipo de civilização humana que criamos, que implica uma perigosa devastação do sistema da vida e do sistema da Terra. Caso não mudarmos, poderemos ir ao encontro do pior ou de um caminho sem retorno.
Por outro lado, ficou claro: o que nos está salvando não são os mantras do sistema vigente: o lucro ilimitado, a competição desenfreada,o individualismo generalizado, a exploração feroz dos bens e serviços da natureza, o Estado mínimo e o mercado acima da sociedade.
O que nos está salvando são os valores ausentes ou vividos apenas privadamente na cultura do capital: a vida em sua centralidade, a solidariedade, a interdependência de todos com todos, o cuidado uns dos outros e da natureza, um Estado suficientemente apetrechado para atender às demandas humanas e da sociedade dos humanos e não das mercadorias. Todos esses valores são aqueles que não fazem humanos enquanto humanos. Na encíclica recente Fratelli tutti esses valores são universalizados com alternativa ao paradigma vigente.
A partir deste quadro dramático coloca-se claramente a questão: Como deve ser nossa educação diante desses desafios, radicalizados pela presença letal do coronavírus? Podemos continuar como antes? O pior que nos pode acontecer é voltar à situação anterior, com uma dupla e perversa injustiça: uma ecológica com a devastação dos ecossistemas e com as ameaças que pesam sobre o nosso futuro, e outra social por um pequeno grupo que controla quase toda a riqueza e os fluxos financeiros fazendo com que grande parte da humanidade viva na pobreza até na miséria, morrendo antes do tempo. A consequência lógica é que temos que mudar se quisermos sobreviver. Ou então, dar razão a Sigmunt Bauman que nos advertiu pouco antes de sua morte: “ou damo-nos as mãos e todos colaboramos ou então vamos aumentar o cortejo daqueles que caminham na direção de seu própria sepultura”.
A nova situação da humanidade desafia a educação
Se isso for verdade, significa que nossa educação deve assumir também mudanças e novas diretrizes, princípios e valores para estar à altura dos desafios do momento presente. A Carta da Terra diz bem: “Como nunca antes na história, o destino comum nos conclama a buscar um novo começo” (Conclusão). Repare-se: não se fala simplesmente em melhorar, mas em buscar um novo começo. “Isso requer” – continua a Carta da Terra, na mesma linha da Laudato Si e Fratelli tutti ”mudanças na mente e no coração; requer um novo sentido de interdependência global e responsabilidade universal … só assim chegaremos a um modo de vida sustentável (note-se não se diz um desenvolvimento sustentável, mas um modo de vida sustentável) a nível local, nacional, níveis regional e global ”.
O que significa mudar de mente? É ver a Terra, não como um baú de recursos para nosso uso e desfrute, mas como um super-organismo vivo que organiza sistemicamente todos os fatores para se manter vivo e produzir permanentemente vida a toda a comunidade da vida. É a Mãe Terra, conforme foi decidido pela ONU em importante sessão de 22 de abril de 2009: este dia já não é mais o Dia da Terra, mas o Dia da Mãe Terra, uma mãe que devemos tratar com amor, carinho e com cuidado.
O que significa mudar seu coração? Significa, como bem diz Laudato Si: “escutar ao mesmo tempo o grito da Terra e o grito dos pobres” (n.49). Não basta a razão instrumental-analítica,fria e calculista; é preciso sentir no coração a realidade circundante; é preciso “ter ternura, compaixão e preocupação pelos seres humanos” (n.91) e por todos os seres, “como o sol, a lua, o cedro e a florzinha, a águia e o pardal e outros seres”(n.86).
O que significa ter um novo senso de interdependência global? A Laudato Si esclarece belamente:” Tudo está relacionado e todos os seres humanos estão juntos como irmãos e irmãs em uma peregrinação maravilhosa que une também com ternura afeição o irmão sol, a irmã lua, o irmão rio e a mãe terra (n.92). A afirmação básica da física quântica é: tudo é relação; nada existe fora do relação porque todos estão relacionados uns com os outros em todos os momentos e circunstâncias. O universo não é feito pelo conjunto dos corpos celestes, mas pelo tecido das relações que eles mantêm entre si.
O que significa nutrir uma responsabilidade universal? Para a Laudato Si significa “a consciência amorosa de não estar desligado das outras criaturas, de formar com os outros seres do universo uma preciosa comunhão universal … é sentir que precisamos uns dos outros, que temos uma responsabilidade pelos outros e pelo mundo ”(nº 229). Terra e humanidade têm o mesmo destino comum que pode ser bem-aventurado ou trágico, dependendo das práticas dos seres humanos.
Tudo isso tem a ver com o tipo de educação que deve ser desenvolvida, enriquecida e reinventada para ajudar a criar um mundo necessário e não só possível, no qual coexistam os diversos mundos culturais, com seus valores, tradições e caminhos espirituais, na mesma e a única Casa Comum, a natureza incluída.
Jacques Delors, anos atrás, então secretário geral da UNESCO propôs alguns marcos para a educação no século 21. Ele dizia que “é preciso aprender a conhecer, aprender a pensar, aprender a fazer, aprender a ser e aprender a conviver”. Tudo isso é irrenunciável. Mas temos que ir mais longe em face dos desafios que nos são apresentados pela realidade global profundamente mudada.
Como dizia a filósofa Hannah Arendt:”podemos nos informar ao longo e toda vida sem nunca nos educar”, ou seja, não basta acumular informações. Hoje praticamente tudo se encontra no Google. Temos que nos educar com esssas informações para sermos mais humanos, mais sensíveis, mais fraternos e cuidadosos para com todas as coisas e garantir um futuro bom para todos, para a nossa civilização, para a vida e, portanto, para a Mãe Terra.
Marcos para uma educação adequada para o tempo atual
Alguns pontos são importantes e decisivos para uma educação adequada à situação da humanidade e da Terra. Não é o lugar aqui para aprofundá-los, mas para colocá-los como um desafio à reflexão.
O primeiro é o resgate da razão cordial ou sensível. Somos seres fundamentalmente de sensibilidade mais do que de racionalidade. É por isso que devemos desenvolver, como diz LaudatoSsi, “uma paixão pelo cuidado do mundo, uma mística que nos encoraje, que dê ânimo e sentido à ação pessoal e comunitária” (n. 216).Ajudam-nos as reflexões que estão sendo feitas atualmente sobre o resgate desta dimensão cordial que enriquecerá a inteligência racional (cf.o meu Os direitos do coração, Paulus 2015).
Em segundo lugar, sentir-se parte viva e consciente da natureza, criando laços de amor, afeto, comunhão e cuidado com cada ser da natureza: não queimar nada, não derrubar florestas, não poluir o ar e os solos, permitir a regeneração da natureza dando-lhe descanso e cuidado. Nisso os povos originários são nossos mestres, pois sentem-se parte da natureza e a tratam com reverência e sumo cuidado.
Em terceiro lugar, aprender a conviver com a diversidade. Através da mídia global, entramos em contato com inumeráveis culturas e valores humanos diferentes que vão além dos nossos da cultura ocidental. Então: não permitir que as diferenças se transformem em desigualdades, mas entender que podemos ser humanos de maneiras diferentes e aceitá-las, como válidas e não apenas tolerá-las. Assim, podemos aprender uns dos outros e construir uma verdadeira fraternidade sem fronteiras. Como se canta entre nós: “a alma não tem fronteira, nenhuma vida é estrangeira”.
Em quarto lugar é incorporar uma ética do cuidado necessário. O cuidado pertence à essência da vida e principalmente do ser humano. Sem cuidado, não sobrevivemos (veja-se o meu Saber cuidar, Vozes 1999 e O cuidado necessário, 2013) Tudo o que amamos, nós também cuidamos e tudo o que cuidamos, também amamos. O cuidado deve ser incorporado não como um ato, mas como uma atitude fundamental em todas as áreas da vida, cuidando de si, do outro, do nosso espírito, do tipo de sociedade que queremos, cuidando dos ecossistemas, cuidando da Mãe Terra.
Finalmente, desenvolver uma dimensão espiritual da vida. Vivemos dentro de uma cultura que cultiva excessivamente os valores materiais para o consumo humano. Pouco desenvolvemos o que é especificamente humano: a nossa dimensão espiritual, feita de valores intangíveis mas que são essenciais como o amor incondicional, a solidariedade, a compaixão, a capacidade de perdão e reconciliação, a abertura ao sagrado da natureza, a Deus que está continuamente criando e sustentando tudo. O ser humano pode abrir-se a esta dimensão e acolher de forma consciente o Ser que faz ser todos os seres. O resultado é que nos tornamos mais humanos, mais sensíveis, mais solidários, mais comprometidos com a salvaguarda da vida e da justiça especialmente dos mais empobrecidos e feitos injustamente invisíveis, sentindo-nos filhos e filhas da Mãe Terra e irmãos e irmãs de todos os outros humanos. Igualmente de todos os seres da criação.
Tudo começa com a educação. Sua tarefa essencial é construir a identidade do ser humano e hoje reinventá-la para poder enfrentar os desafios colocados pelas mudanças na própria Terra e na humanidade globalizada. Como disse o grande educador Paulo Freire: “A educação não muda o mundo. A educação muda as pessoas que vão mudar o mundo ”.
Este é o desafio de toda educação: transformar as pessoas e o mundo a salvar. Para isso temos que cultivar a esperança profundamente descrita na Fratelli tutti: “uma realidade enraizada no profundo do ser humano, independentemente das circunstâncias concretas e dos condicionamentos históricos em que vive” que nos permite sonhar com outros mundos e formas sociais (n.55).
São inspiradoras as palavras finais do Papa Francisco na Laudato Si: “Irmãos e irmãs, caminhemos cantando; que nossas lutas e nossa preocupação com este planeta não tirem a alegria da esperança ”(n. 244).
Esta foi um palestra ministrada em espanhol via internet aos Irmãos Maristas de Compostela da Espanha e de Portugal no dia 16/03/2021 tendo como referência a ecologia integral da encíclica Laudato Si do Papa Francisco.
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El sueño del Papa Francisco formulado en la Fratelli tutti de una fraternidad sin fronteras y de amistad social (n.6), base para un nuevo orden mundial, se funda en la conciencia de que estamos en una emergencia planetaria. Las amenazas a la vida y a la sostenibilidad de la Tierra lo llevaron a decir: “estamos en el mismo barco; o nos salvamos todos o nadie se salva” (n.32).
Para eso debemos cambiar forzosamente: hacer una transición de paradigmas, es decir, pasar del paradigma dominante que creó la modernidad, del ser humano amo y señor (dominus) de la naturaleza, que no se considera parte de ella y por eso puede explotarla como le parezca, al paradigma de hermano y hermana (frater) por el cual el ser humano se siente parte de la naturaleza, hermano de todos los seres y con la misión de guardarla y cuidar de ella.
En razón de esto, propone como base de sustentación de su propuesta las virtudes ausentes o vividas solo de manera subjetiva en el paradigma de “amo y señor”: el amor universal, la amistad social, el cuidado de todo lo que existe y vive, la solidaridad sin fronteras, la ternura y la amabilidad en todas las relaciones entre los humanos y con la naturaleza. Ella universaliza tales virtudes que antes eran privadas.
Por tanto, su alternativa se alimenta de lo que es esencial y lo mejor del ser humano, aquello que nos hace ser humanos.El Papa se da cuenta de lo inusitado de su propuesta, reconociendo: “parece una utopía ingenua, pero no podemos renunciar a este altísimo objetivo” (n.190).
Realmente hay voces de científicos y sabios que nos avisan de los peligros que corremos. Enumero algunos para concretar y dar carácter de urgencia a la propuesta del Papa, casi al límite de la desesperación, no obstante su fe indestructible y su enraizada esperanza en “Dios, apasionado amante de la vida” (Sab 11,26; Laudato Si n.77 y 89)Por causa de lo atrevido de su propuesta recurre también a aquello sin lo cual la vida no tendría futuro: la virtud y el principio esperanza. “Invito a la esperanza que nos habla de una realidad que está enraizada en lo profundo del ser humano, independientemente de las circunstancias concretas y los condicionamientos históricos en que vive” (n.55).
La esperanza tiene una base objetiva: el carácter virtual de la realidad. El dato objetivo no es todo lo real. También pertenece a lo real lo potencial y lo utópico, lo que aún no es pero puede ser. El dato actual nos dice que estamos comportándonos como el Satán de la Tierra, como lobos unos con otros, rehenes de la cultura del capital, de la competición sin límites y del consumismo desenfrenado. Pero este dato no lo es todo ni estamos condenados a perpetuarlo. Dentro de nosotros existe también lo potencial y lo utópico viable, de ser los cuidadores de la vida, hermanos y hermanas unos de otros y con todos los demás seres de la naturaleza.
Tal propuesta es enfáticamente predicada por la Fratelli tutti.Ese potencial forma parte de nuestra realidad. Y si está potencialmente en ella, puede ser activado, puede ser hecho proyecto personal y político, y puede inspirar prácticas que darán un sentido salvador a la historia. La esperanza nos salvará de la desesperación y de la destrucción. Vale la pena esperar siempre contra toda esperanza.Mientras tanto, tomemos conciencia de los graves peligros que pesan sobre nuestro destino, como nos confirman los mejores nombres de las distintas ciencias de la vida y de la Tierra.
Damos solo algunos ejemplos:
El genetista francés Albert Jacquard nos dice «que estamos fabricando una Tierra en la cual a ninguno de nosotros nos gustaría vivir. Debemos apresurarnos porque la cuenta regresiva ha empezado» (Le compte à rebous a-t-il commencée?, 2009).
Norberto Bobbio, notable jurista y filósofo, aunque melancólico por temperamento, creía en las virtualidades de dos grandes revoluciones de Occidente: la de los derechos humanos y la de la democracia. Ambas servirían de base para su propuesta de un pacifismo jurídico y político, capaz de resolver el problema de la violencia como lógica del antagonismo entre los Estados. Pero los eventos del terrorismo globalizado, derrumbaron las convicciones del viejo y respetado maestro. En una de sus últimas entrevistas declaró:
«No sabría decir cómo será el Tercer Milenio. Mis certezas caen y solo agita mi cabeza un enorme enorme punto de interrogación: ¿será el milenio de la guerra de exterminio o el milenio de la concordia entre los seres humanos?».
Al final de su vida, el gran historiador Arnold Toynbee (+1975), después de haber escrito diez tomos sobre las grandes civilizaciones históricas, dejó consignada esta opinión sombría en su ensayo autobiográfico Experiencias, de 1969:«Viví para ver el fin de la historia humana tornarse una posibilidad intra-histórica capaz de ser traducida en hechos, no por un acto de Dios sino del hombre».
Las advertencias deMartin Rees, astrónomo real del Reino Unido son muy serias. Con base en muchos conocimientos a los que tiene acceso afirma en su libro La Hora Final: alerta de un científico (2005): «La humanidad está en mayor peligro del que haya estado en cualquier otra época de su historia… nuestra oportunidad de sobrevivir hasta el fin de este siglo no pasa del 50% » (203.205) .
También es momento de citar, por su gran autoridad, la advertencia de uno de los mayores historiadores del siglo XX, Eric Hobsbawn, en su conocido libro-síntesis La Era de los Extremos (1994). Concluyendo sus reflexiones, considera:
«El futuro no puede ser la continuación del pasado… Nuestro mundo corre el peligro de explosión e implosión… No sabemos hacia donde vamos. Sin embargo una cosa es clara: si la humanidad quiere tener un futuro que valga la pena, no puede ser a base de prolongar el pasado o el presente. Si tratamos de construir el tercer milenio sobre esta base, vamos a fracasar. Y el precio del fracaso, o sea, de la alternativa a un cambio de la sociedad, es la oscuridad» (p.562).
La pandemia de la Covid-19 nos deja una grave advertencia: si continuamos agrediendo la naturaleza y a la Tierra puede sucedernos algo todavía peor: otros virus más letales que el de la Covid-19 podrán asaltarnos. Esta situación suscita una indagación humanista y filosófica: ¿es posible tener todavía esperanza en el ser humano, en el sentido de ver y sentir al otro como hermano y hermana? ¿Puede él mejorar desde el punto de vista de las relaciones sociales, de la moralidad y de la humanidad o estamos condenados a vivir nuestra tragedia histórica hasta el fin, hasta nuestra autodestrucción?
El Papa Francisco en sus encíclicas ecológicas no excluye semejante tragedia (Cf. Laudato Si n.161).Seguramente no hay ninguna respuesta cabal para interrogaciones tan radicales, pero si en la pos-pandemia no iniciamos una transformación sustancial en la forma de producir, distribuir, consumir y en la forma de relacionarnos con la naturaleza, entonces sí podemos vernos sorprendidos con la destrucción de gran parte de la humanidad, o de toda ella. La Madre Tierra, entre dolores por perder hijos e hijas queridos pero rebeldes, continuará su trayectoria alrededor del Sol, pero sin nosotros.*
Leonardo Boff, ecoteólogo, filósofo ha escrito El doloroso parto de la Madre Tierra: una sociedad de fraternidad sin fronteras y de amor y amistad social, que será publicado en breve por la editorial Vozes.
Uno de los efectos positivos de la irrupción de la Covid-19 en nuestras vidas ha sido el descubrimiento del planeta Tierra por toda la humanidad. Nos hemos dado cuenta forzosamente de que existe una íntima conexión entre la vida humana, la naturaleza y el planeta Tierra. El virus no cayó del cielo; vino como contraataque de la Tierra, considerada como un supersistema vivo que siempre crea y se autocrea, y se organiza para mantenerse vivo y producir todo tipo de vida existente en este planeta. Particularmente los quintillones de quintillones de microorganismos que existen en los suelos y en nuestro propio cuerpo, verdadera galaxia (Antônio Nobre) habitada por un número incalculable de virus, bacterias y otros microorganismos.
El contexto del virus, casi nunca citado por los analistas de las redes de comunicación, es el sistema capitalista anti-naturaleza y anti-vida. Él hizo que el virus perdiese su hábitat y avanzase sobre nosotros. Ese sistema de producción y de consumo asalta despiadadamente la naturaleza, saquea sus bienes y servicios y destruye el equilibrio de la Tierra.
Esta responde con el calentamiento global, la erosión de la biodiversidad, la escasez de agua potable y otros eventos extremos. Todos de alguna forma participamos de este ecocidio, pero los actores principales –es forzoso decirlo y denunciarlo – son el sistema del capital y la cultura del consumo descontrolado, y especialmente los millonarios con su consumo suntuoso. Por lo tanto, retiremos la culpa de la humanidad pobre, que colabora mínimamente y es víctima del mencionado sistema.
El ser humano, siempre curioso por saber más y más, ha hecho descubrimientos sin número: de nuevas tierras como las de América, de pueblos, culturas, todo tipo de aparatos, desde el arado hasta el robot, el submundo de la materia, los átomos, los topquarks y el campo de Higgs, lo íntimo de la vida, el código genético. Y no paran los descubrimientos.
Pero ¿quién descubrió la Tierra? Fue preciso que enviásemos astronautas fuera de la Tierra o hasta la Luna para ver la Tierra desde fuera de la Tierra y finalmente, maravillados, descubrir la Tierra, nuestra Casa Común. Frank White escribió en 1987 un libro The Overview Effect (tengo un libro firmado por él el 29/5/1989) en el cual recoge los testimonios de los astronautas emocionados hasta las lágrimas.
El astronauta Russel Scheickhart nos revela: “Vista desde afuera, la Tierra parece tan pequeña y frágil, una mancha pequeña preciosa que puedes tapar con tu dedo pulgar. Todo lo que significa algo para ti, toda la historia, el arte, el nacimiento y la muerte, el amor, la alegría y las lágrimas, todo está en aquel punto azul y blanco que puedes tapar con tu pulgar. Desde esa perspectiva entiendes que todo ha cambiado… que tu relación ya no es la misma que la de antes” (White, p.200).
Eugene Cernan confesó: «Fui el último hombre en pisar la Luna en diciembre de 1972. Desde la superficie lunar miraba con temblor reverencial hacia la Tierra, en un trasfondo muy oscuro. Lo que yo veía era demasiado hermoso para ser aprehendido, demasiado ordenado y lleno de propósito para ser un mero accidente cósmico. Uno se siente obligado interiormente a alabar a Dios. Dios debe existir por haber creado aquello que yo tenía el privilegio de contemplar. La veneración y la acción de gracias surgen espontáneamente. Para eso debe existir el universo» (White p. 205).
Acertadamente comenta Joseph P. Allen: «Se ha discutido mucho sobre los pros y los contras de los viajes a la Luna, pero nunca oí a nadie argumentar que debíamos ir a la Luna para poder ver la Tierra desde fuera de la Tierra. Después de todo, esta debe haber sido seguramente la verdadera razón de que hayamos ido a la Luna» (White, p. 233).
Efectivamente esta es la razón secreta e inconsciente de los viajes espaciales: descubrir la Tierra, el tercer planeta de un sol de quinta categoría, dentro de nuestra galaxia. El sistema solar en el cual está nuestra Tierra dista 27 mil años-luz del centro de la galaxia, la Vía Láctea, en la cara interna del brazo espiral de Orión. Ese sistema con la Tierra alrededor es casi nada y nosotros une quantiténégligeable, cercana a cero. Y, sin embargo, desde aquí la Tierra a través de nosotros contempla el universo entero, del cual forma parte. Y a través de nuestra inteligencia, que pertenece al propio universo, él se piensa a sí mismo. Lo que cuenta en nosotros no es la cantidad sino la calidad, única, capaz de pensar, de amar el universo y de venerar a Aquel que lo sustenta permanentemente.
No solo descubrimos la Tierra. Descubrimos que somos aquella parte de la Tierra que piensa, ama y cuida. Por eso ser humano (homo en latín) viene de húmus, tierra fértil, y Adán procede de Adamah, tierra fecunda.
A partir de ahora nunca desaparecerá de nuestra conciencia que hemos descubierto la Tierra, nuestro hogar cósmico, y que somos la parte consciente, inteligente y amorosa de ella. Porque somos portadores de estas cualidades, nuestra misión es cuidar de ella como nuestra Casa Común, y de todos los demás seres que en ella habitan y que tienen el mismo origen que nosotros, por tanto son nuestros parientes.
Si es así, ¿por qué la hemos maltratado, superexplotado y estamos destruyendo las bases que sustentan nuestra vida? Si hay una lección que la Madre Tierra a través de la Covid-19 nos quiere transmitir es seguramente esta:
«Tenéis que cambiar vuestra relación con la naturaleza y conmigo, si queréis que yo siga ofreciéndoos todo lo que necesitáis para vivir con una sobriedad compartida, en fraternidad y sororidad universales y bajo el cuidado amoroso con todos vuestros hermanos y hermanas de la gran comunidad de vida, tambiénmis hijos e hijas bien amados. En el pasado, en tiempos inmemoriales, os di a elegir entre “la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge la vida para que vivas tú y tu descendencia. Esta promesa la mantendré siempre”» (Deut 30,19).
Escojamos la vida. Es el llamamiento de la Madre Tierra. Es el designio del Creador.
*Leonardo Boff es ecoteólogo y ha escrito Covid-19: el contraataque de la Madre Tierra contra la humanidad, Vozes, 2ª edición 2021.