Leonardo Boff*
Con la irrupción del piroceno (la Tlierra
bajo fuego) mostrándose en la mayoría de
los continentes con incendios que nos
asustan por su tamaño, surge la
pregunta: ¿Cuál es nuestra
responsabilidad frente esta tragedia?
Esta pregunta es válida porque gran parte
de los incendios, especialmente en Brasil,
habrían sido causados por los seres
humanos. Nuestra responsabilidad, sin
embargo, es proteger los ecosistemas y el
planeta vivo, Gaia, la Madre Tierra, pero
parecemos un ángel exterminador del
Apocalipsis.
Para superar nuestro sentimiento de
desolación y miedo del fin de la especie,
como resultado de la tierra hirviendo,
estamos obligados a hacer una seria
reflexión para comprender mejor nuestra
responsabilidad por tales
acontecimientos devastadores.
La Tierra y la naturaleza no son un reloj
montado de una vez por todas. Provienen
de un largo proceso evolutivo y cósmico
que dura 13.700 millones de años. El
“reloj” se fue armando poco a poco, los
seres fueron apareciendo desde los más
simple a los más complejos. Todos los
factores que entran en la constitución de
nuestro ecosistema con nuestros
planetas y organismos poseen su
naturaleza ancestral, su latencia y
después su emergencia. Todos ellos
poseen su historia, irreversible, propia de
cada tiempo histórico. El principio
cosmogénico actúa permanentemente.
Ilya Prigogine, premio Nobel en 1977,
mostró que los sistemas abiertos como la
Tierra, la naturaleza y el universo ponen
en jaque el concepto clásico de tiempo
lineal, postulado por la física clásica. El
tiempo no es ya un merlo parámetro de
movimiento sino la medida de los
desarrollos internos de un mundo en
proceso permanente de cambio, de paso
del desequilibrio hacia niveles más altos
de equilibrio (cf. Entre o tempo e a
eternidade, Companhia das Letras, S.
Paulo 1992, 147ff). Es la cosmogénesis.
La naturaleza se presenta como un
proceso de autotrascendencia; al
evolucionar se autosupera creando
órdenes nuevos. En ella opera el principio
cosmogénico (energía creadora), que
está siempre en acción, mediante el cual
todos los seres van surgiendo y en la
medida de su complejidad van también
superando la inexorabilidad de la
entropía, propia de los sistemas cerrados.
Esta auto-trascendencia de los seres en
evolución puede apuntar a aquello que las
religiones y las tradiciones espirituales
llamaron siempre Dios, la más absoluta
transcendencia o aquel futuro que ya no
es la “muerte térmica”; al contrario, es la
culminación suprema de orden, de
armonía y de vida (cf. Peacoke, AR,
Creation and the World of Science , Oxford
Univ. Press, Oxford l979; Pannenberg, W
Toward a Theology of Nature . Essays on
Science and Faith, John Knox Press, 1993
29-49).
Esta observación nuestra cómo es de
irreal la separación rigurosa entre
naturaleza e historia, entre el mundo y el
ser humano, separación que consolidó y
legitimó tantos otros dualismos. Todos
están dentro de un inmenso movimiento:
la cosmogénesis. Como todos los seres,
el ser humano con su racionalidad, su
capacidad de comunicación y de amor es
también el resultado de este proceso
cósmico.
Forman parte de su constitución las
energías y todos los elementos que
maduraron en el interior de las grandes
estrellas rojas desde hace mil millones de
años. Poseen la misma ancestralidad del
universo. Existe una solidaridad de origen
y también de destino con todos los
demás seres del universo. No puede
considerarse fuera del principio
cosmogénico, como un ser errático
enviado a la Tierra por alguna Divinidad
creadora. Si aceptamos esta Divinidad
debemos decir que todos los seres son
enviados por Ella, no solo el ser humano.
Esta inclusión del ser humano en el
conjunto de los seres y como resultado de
un proceso cosmogénico impide la
persistencia del antropocentrismo (que
concretamente es un androcentrismo,
centrado en el varón con exclusión de la
mujer). Este revela una visión estrecha
desgarrada de los demás seres. Afirma
que el único sentido de la evolución y de
la existencia de los demás consistiría en
la producción del ser humano, hombre y
mujer.
Lógico, el universo entero se hizo
cómplice en la gestación del ser humano
pero no solo en la de él, sino también en la
de los otros seres. Todos estamos
interconectados y dependemos de las
estrellas. Ellas son las que convierten el
hidrógeno en helio y de la combinación de
ambos proviene el oxígeno, el carbono, el
nitrógeno, el fósforo y el potasio, sin los
cuales no existirían los aminoácidos ni las
proteínas indispensables para la vida. Sin
la radiación estelar liberada en este
proceso cósmico, millones de estrellas se
enfriarían y el sol posiblemente no
existiría y sin él no habría vida ni nosotros
estaríamos aquí escribiendo sobre estas
cosas.
Sin la pre-existencia del conjunto de los
factores propicios a la vida que se fueron
elaborando en miles de millones de años y
a partir de la vida en general como un
subcapítulo la vida humana, jamás habría
surgido el individuo personal que somos
cada uno de nosotros. Nos pertenecemos
mutuamente: los elementos primordiales
del universo, las energías que están
activas desde el big-bang, los demás
factores que constituyen el cosmos y
nosotros mismos como especie que
irrumpió cuando el 99,98% de la Tierra
estaba lista. A partir de esto debemos
pensar cosmocéntricamente y actuar
ecocéntricamente.
Importa, pues, dejar atrás como ilusorio y
arrogante todo antropocentrismo y
androcentrismo. No debemos, sin
embargo, confundir el antropocentrismo
con el principio antrópico (formulado en
l974 por Brandon Carter, cf. Alonso, J. M.,
Introducción al principio antrópico,
Encuentro Ediciones, Madrid l989).
Por él se quiere expresar lo siguiente:
solamente podemos hacer las reflexiones
que estamos haciendo porque somos
portadores de conciencia, sensibilidad e
inteligencia. No son las amebas, ni los
sabiás o los caballos quienes poseen esta
facultad. Recibimos de la evolución tales
facultades para exactamente hablar de
todo esto y facultar a la Tierra para
contemplar a través de nosotros a sus
hermanos los planetas y demás estrellas
y a nosotros pudiendo vivir y celebrar la
vida. De ahí decimos que somos Tierra
que siente, piensa y ama. Para eso
existimos en medio de los demás seres
con los cuales nos sentimos conectados.
Esa singularidad nuestra no nos lleva a
romper con ellos, pues nos incluimos en
todo lo que vemos. Puesto que somos
seres de conciencia, de sensibilidad y de
inteligencia surge en nosotros un
imperativo ético: nos corresponde a
nosotros cuidar a la Madre Tierra, velar
por todas las condiciones que le permiten
continuar viva y dar vida.
En estos momentos nos enfrentamos al
mayor desafío de nuestra existencia en la
Tierra: no permitir que el fuego la
destruya, como está escrito también en
las Escrituras cristianas. Si esto sucede,
será por nuestra irresponsabilidad y falta
de cuidado. Hemos inaugurado la era del
antropoceno. Es decir, no es un meteoro
rasante el que está amenazando la vida
en la Tierra. En este momento, el punto
culminante, tal vez final del antropoceno,
es el piroceno, la era del fuego. El fuego
se ha apoderado de la Tierra. Hasta hace
poco controlábamos el fuego. Ahora el
fuego nos controla. Podría hacer que el
planeta se volviera inhabitable.
De esto derivamos nuestra
responsabilidad de salvar el planeta para
que no sucumba a los efectos del fuego y
garantice su biocapacidad de entregarnos
todo lo que necesitamos para sobrevivir y
sostener nuestra civilización, que debe
cambiar radicalmente. De nosotros
depende si tendremos futuro o si seremos
incinerados por el fuego.
*Leonardo Boff escribió Cuidar da Terra-
proteger a vida, Record 2010; Cuidar da
Casa comum , Vozes 2024; Habitar a
Terra, 2023
Categoria: Economia
O piroceno pode ameaçar a espécie humana
Especialmente a partir de 2023/24 a Terra foi tomada de grandes ondas de calor. Provocaram mega incêndios em muitas partes do mundo.Em 2024 as mais devastadores ocorreram no Brasil, na parte da Amazônia, no Pantanal, no Cerrado em vários municípios do Sudeste. A fumaça tornou o ar em São Paulo e em Brasília quase irrespirável. A fumaça se espalhou por quase todo o sul do país.
Os cientistas tem chamado esta difusão de fogo por quase todo o planeta de a era do fogo, o piroceno (piros em grego é fogo).Desde tempos imemoriais os seres humanos assumiram o controle direto desta força da natureza. Aprenderam a dominar o fogo. Agora é o fogo que nos domina. Muitas são as causas, como o el Niño,o acúmulo de CO2, metano e dióxido nitroso na atmosfera, as grandes estiagens, as gramíneas altamente inflamáveis, material orgânico no e sub o solo. Só em 2023 foram emitidos na atmosfera 37,5 bilhões de toneladas de CO2 que permanece por lá, cerca de cem anos.
Desde a era pré-industrial (1850-1900) são lançadas na atmosfera bilhões de toneladas de gases de efeito estufa, atingindo ao todo mais de dois trilhões de toneladas acumuladas.
O fogo possui longa história. Pensando na biografia da Terra de há 4,5 bilhões de anos, sabe-se que por 800 milhões de anos a Terra permaneceu como uma incomensurável bolha de fogo, derretida como uma sopa grossa borbulhando de calor. Era um imenso mar de lava em fusão e extremamente quente. Vapores e gases formavam nuvens imensas. Estas por milhões de anos provocavam chuvas torrenciais sem parar, o que ajudou a Terra se resfriar juntamente com os imensos meteoros de gelo que por séculos torpedearam o planeta. Eles aumentaram consideravelmente o volume de água a ponto de a Terra ser constituída por 70% deste elemento.
A lava endureceu e fez surgir o primeiro solo com todo tipo de montanhas. O fogo original foi aninhar-se no coração da Terra em forma fluida que se mostra pelas erupções vulcânicas e pelos tremores de terra. Mas continuou como uma energia fundamental na superfície.
O atual aquecimento global que ultrapassou o projetado 1,5 graus Celsius para 2030, se antecipou, chegando em alguns lugares a 2 e até 3 graus Celsius. A causa deste aquecimento constitui a forma como nos últimos séculos o processo produtivista-industrialista tratou a Terra. Era considerada sem nenhum propósito, mero baú de recursos à disposição dos seres humanos. Podemos dizer que se moveu uma verdadeira guerra contra a Terra arrancando dela tudo o que se podia.
Ocorre que a partir dos anos 1970 com as pesquisas das ciências da Terra e da vida, Lovelock e Margulis aventaram a hipótese de ser a Terra um super Ente vivo que articula sistemicamente todos os elementos essenciais à vida de tal forma que sempre se mantém viva e produz inumeráveis formas de vida: a biodiversidade. Denominaram-na Gaia,um dos nomes gregos para a Terra vida, hoje vastamente acolhida pela comunidade científica.
Pesquisas sobre o estado da Terra a partir de 1968 (Clube de Roma) considerando o impacto da atividade humana sobre o meio ambiente e do tipo de desenvolvimento que se havia imposto por quase todo o planeta, concluíram que a Terra estava doente. Impunham-se limites ao crescimento tido como ilimitado sem haver a consciência dos limites do planeta, incapaz de suportar um crescimento ilimitado. Mostra-o a Sobrecarga da Terra (Earth Overshoot), revelada anualmente pela ONU.
Entretanto, o sistema produtivista seja na ordem capitalista seja na antiga socialista estava e ainda está de tal maneira azeitado que não se permite parar. As consequências se fizeram sentir cedo mas especialmente a partir dos anos de 1970 até os dias atuais: emissão incontrolada de gases de efeito estufa,degradação dos ecossistemas, erosão da biodiversidade, desertificação crescente, desmatamento de grandes florestas, contaminação dos solos e da água com agentes tóxicos.
Esse guerra movida pelo processo produtivo (produzir, consumir, descartar) contra Gaia representa uma batalha perdida. O sistema-vida, dada a degradação geral, o aumento de CO2 e metano na atmosfera, o aquecimento tido por irreversível com seus eventos extremos, a perversa desigualdade social despertaram a consciência em muitos: ou mudamos nosso estilo de vida e nossa relação para com a natureza ou podemos não sermos mais queridos pela Mãe Terra.
Geralmente, quando num ecossistema, uma espécies se desenvolve de forma desregulada a ponto de ameaçar as demais, a própria Terra se organiza de tal forma que o limita ou o elimina. Destarte as demais espécies podem subsistir e continuar a co-evoluir no processo global da geogênese. Talvez seja esta a atual situação da espécie humana, na era do antropoceno, apesar de a grande maioria ser ainda inconsciente e negacionista.
A expressão criada por cientistas, o antropoceno,designaria o ser humano qual meteoro rasante é o que mais ameaça a biosfera. Ao invés de assumir-se como seu cuidador, fez-se seu anjo exterminador. O piroceno seria a forma mais perigosa e destrutiva do antropoceno. O aquecimento global crescente, favorecendo a difusão incontrolada do fogo e as megaqueimadas pode tornar o planeta inabitável. A escassez aguda de água potável, a frustração da produção de alimentos, o clima super-aquecido levaria lentamente a espécie humana à sua extinção. Como tudo o que começa na evolução, se desenvolve, chega ao seu clímax e desaparece. Assim é com as galáxias, as estrelas e os seres vivos. Por que seria diferente com a espécie humana? Irrompemos na Terra quando 99,98% estava já constituído. A Terra não precisou de nossa presença para gestar sua imensa biodiversidade. Sem nós, a vida dos quatrilhões de quatrilhões micro-organismos que trabalham no sub-solo da Terra, levariam avante o projeto da vida. A Terra continuaria a girar ao redor do sol, sob sua luz benfazeja, mas sem nós.
Aqueles que ousam dar o salto da fé, diriam que apenas a etapa terrestre do ser humano foi irresponsavelmente concluída. Uma nova iniciaria num outro nível. Depois do tempo vem a eternidade.Nela continuaria a viver numa forma que para nós continua inefável. Mas a vida se perpetuaria.
Leonardo Boff escreveu entre outros o livro Cuidar da Terra:pistas para protelar o fim do mundo, Vozes 2024; Vida para além da morte, Vozes muitas edições 2023.
Unsere Verantwortung angesichts des Zeitalters des Pyrozäns
Leonardo Boff
Angesichts des Ausbruchs des Pyrozäns (der Erde in Flammen), das sich auf allen Kontinenten mit Bränden zeigt, die uns durch ihr Ausmaß erschrecken, stellt sich die Frage: Welche Verantwortung tragen wir angesichts dieser Notlage? Diese Frage ist berechtigt, da man davon ausgeht, dass ein großer Teil der Brände, insbesondere in Brasilien, von Menschen verursacht wurde. Unsere Verantwortung besteht jedoch darin, die Ökosysteme und den lebenden Planeten Gaia, Mutter Erde, zu pflegen und zu schützen. Aber wir erscheinen wie ein vernichtender Engel aus der Apokalypse.
Um das Gefühl der Verzweiflung und der Angst vor dem Ende der Arten zu überwinden, das sich aus der kochenden Erde ergibt, sind wir gezwungen, ernsthafte Überlegungen anzustellen, um unsere Verantwortung für solche verheerenden Ereignisse besser zu verstehen.
Die Erde und die Natur sind keine Uhr, die ein für alle Mal erscheint. Sie entstammen einem sehr langen evolutionären und kosmischen Prozess, der seit 13,7 Milliarden Jahren andauert. Alle Faktoren, die zum Aufbau eines jeden Ökosystems mit seinen Lebewesen und Organismen beitragen, haben ihre Vorgeschichte, ihre Latenzzeit und dann ihr Auftauchen. Sie alle haben ihre eigene unumkehrbare Geschichte, typisch für die historische Zeit. Das kosmogene Prinzip ist permanent am Werk.
Ilya Prigogine, Nobelpreisträger von 1977, hat gezeigt, dass offene Systeme wie die Erde, die Natur und das Universum das klassische Konzept der linearen Zeit, das von der klassischen Physik postuliert wurde, in Frage stellen. Die Zeit ist nicht länger ein bloßer Bewegungsparameter, sondern das Maß für die inneren Entwicklungen einer Welt, die sich in einem ständigen Veränderungsprozess befindet, der vom Ungleichgewicht zu höheren Ebenen des Gleichgewichts führt (vgl. Entre o tempo e a eternidade, Companhia das Letras, S. Paulo 1992, 147ff). Das ist die Kosmogenese.
Die Natur stellt sich als ein Prozess der Selbsttranszendenz dar; während sie sich entwickelt, überwindet sie sich selbst, indem sie neue Ordnungen schafft. In der Natur ist stets das kosmogene Prinzip (schöpferische Energie) am Werk, durch das Lebewesen entstehen und im Ausmaß ihrer Komplexität die Unerbittlichkeit der Entropie, die für geschlossene Systeme charakteristisch ist, überwinden. Diese Selbsttranszendenz der sich entwickelnden Wesen kann auf das verweisen, was die Religionen und spirituellen Traditionen seit jeher als Gott, als absolute Transzendenz oder als jene Zukunft bezeichnen, die nicht mehr „thermischer Tod“ ist, sondern die höchste Vollendung von Ordnung, Harmonie und Leben (vgl. Peacoke, A. R., Creation in the World of Science, Oxford Univ. Press, Oxford l979; Pannenberg, W., Toward a Theology of Nature. Essays on Science and Faith, John Knox Press, 1993 29-49).
Diese Erkenntnis zeigt, wie unwirklich die starre Trennung zwischen Natur und Geschichte, zwischen Welt und Mensch ist, eine Trennung, die so viele andere Dualismen legitimiert und gefestigt hat: Alle sind Teil einer einzigen, gewaltigen Bewegung: der Kosmogenese. Wie alle Lebewesen ist auch der Mensch mit seiner Rationalität, seiner Fähigkeit zur Kommunikation und seiner Liebe das Ergebnis dieses kosmischen Prozesses.
Die Energien und alle Elemente, die vor Milliarden von Jahren im Inneren der großen roten Sterne heranreiften, sind Teil ihrer Verfassung. Sie haben dieselbe Abstammung wie das Universum. Es besteht eine Ursprungs- und Schicksalsverbundenheit mit allen anderen Wesen im Universum. Sie kann nicht außerhalb des kosmogenen Prinzips gesehen werden, als ein unberechenbares Wesen, das von einer schöpferischen Gottheit zur Erde geschickt wurde. Wenn wir diese Gottheit akzeptieren, müssen wir sagen, dass alle von ihr gesandt sind, nicht nur die Menschen.
Diese Einbeziehung des Menschen in alle Lebewesen und als Ergebnis eines kosmogenen Prozesses verhindert das Fortbestehen des Anthropozentrismus (der konkret ein Androzentrismus ist, der den Mann unter Ausschluss der Frau in den Mittelpunkt stellt). Dies offenbart eine enge, von anderen Wesen losgelöste Sichtweise. Sie besagt, dass der einzige Sinn der Evolution und der Existenz anderer Wesen in der Produktion von Menschen, Männern und Frauen, besteht. Natürlich wurde das ganze Universum zum Komplizen bei der Zeugung des Menschen. Aber nicht nur er, sondern auch andere Wesen. Wir sind alle miteinander verbunden und hängen von den Sternen ab. Sie wandeln Wasserstoff in Helium um, und aus der Kombination der beiden entstehen Sauerstoff, Kohlenstoff, Stickstoff, Phosphor und Kalium, ohne die es keine Aminosäuren oder Proteine gäbe, die für das Leben unerlässlich sind. Ohne die stellare Strahlung, die bei diesem kosmischen Prozess freigesetzt wird, würden Millionen von Sternen abkühlen, die Sonne würde möglicherweise gar nicht existieren, und ohne sie gäbe es kein Leben, und wir würden nicht hier sein und über diese Dinge schreiben.
Ohne die Präexistenz aller lebensfördernden Faktoren, die sich im Laufe von Milliarden von Jahren entwickelt haben, und, beginnend mit dem Leben im Allgemeinen und als Unterkapitel, dem menschlichen Leben, wäre das persönliche Individuum, das jeder von uns ist, niemals entstanden. Wir gehören zusammen: die Urelemente des Universums, die Energien, die seit dem Urknall aktiv sind, die anderen konstituierenden Faktoren des Kosmos und wir selbst als eine Spezies, die entstanden ist, als 99,98 % der Erde bereit waren. Daraus ergibt sich, dass wir kosmozentrisch denken und ökozentrisch handeln müssen.
Daher ist es wichtig, jeglichen Anthropozentrismus und Androzentrismus als illusorisch und arrogant hinter sich zu lassen. Allerdings sollten wir den Anthropozentrismus nicht mit dem andropischen Prinzip verwechseln (1974 von Brandon Carter formuliert, vgl. Alonso, J. M., Introducción al principio antrópico, Encuentro Ediciones, Madrid, 1989). Damit meint er Folgendes: Wir können die Überlegungen, die wir anstellen, nur anstellen, weil wir Träger von Bewusstsein, Sensibilität und Intelligenz sind. Es sind nicht Amöben, Besserwisser oder Pferde, die diese Fähigkeit besitzen. Wir haben diese Fähigkeiten von der Evolution erhalten, um über all dies sprechen zu können und um der Erde durch uns zu ermöglichen, ihre Brüder und Schwestern, die Planeten und die anderen Sterne zu betrachten, und damit wir unser Leben leben und feiern können. Deshalb sagen wir, dass wir die Erde sind, die fühlt, denkt und liebt. Deshalb existieren wir inmitten von anderen Wesen, mit denen wir uns verbunden fühlen. Diese unsere Einzigartigkeit führt nicht dazu, dass wir mit ihnen brechen, denn wir fügen sie in das Ganze ein, das wir sehen.
Da wir Wesen mit Gewissen, Sensibilität und Intelligenz sind, haben wir einen ethischen Imperativ: Es ist unsere Aufgabe, uns um Mutter Erde zu kümmern und für alle Bedingungen zu sorgen, die es ihr ermöglichen, am Leben zu bleiben und Leben zu schenken.
Wir stehen jetzt vor der vielleicht größten Herausforderung unserer Existenz auf der Erde: Wir dürfen nicht zulassen, dass sie bis auf die Grundmauern niederbrennt, wie es in den christlichen Schriften heißt. Und wenn sie es tut, dann wegen unserer Verantwortungslosigkeit und Unachtsamkeit. Wir haben das Zeitalter des Anthropozäns eingeläutet. Mit anderen Worten: Wir, und nicht irgendein fliegender Meteor, bedrohen das Leben auf der Erde. Im Moment ist der Höhepunkt, vielleicht auch das Ende des Anthropozäns das Pyrozän, das Zeitalter des Feuers. Das Feuer hat die Erde erobert. Bis vor kurzem kontrollierten wir das Feuer. Jetzt kontrolliert das Feuer uns. Es kann den Planeten zum Kochen bringen und ihn unbewohnbar machen.
Daraus ergibt sich unsere Verantwortung, den Planeten zu schützen, damit er nicht dem Inferno des Feuers zum Opfer fällt, sondern seine Biokapazität gewährleistet, um uns mit allem zu versorgen, was wir zum Leben brauchen, und unsere Zivilisation zu erhalten, die sich radikal verändern muss. Ob wir eine Zukunft haben oder vom Feuer verbrannt werden, hängt von uns ab.
Leonardo Boff Autor von: Cuidar da Terra-proteger a vida, Record 2010; Cuidar da Casa comum,Vozes 2023; Habitar a Terra, Vozes 2021
Übersetzung von Bettina Goldharnack
Dach-Land-Arbeit: Mantra der Volksbewegungen
Leonardo Boff
Papst Franziskus wird von einigen konservativen katholischen Gruppen heftig kritisiert, die nicht aus ihrer traditionellen Blase ausbrechen können. Der Grund liegt in der Art und Weise, wie er sich um die Kirche kümmert. Er tut es nicht im traditionellen Stil, ich würde sagen, im fürstlichen und pharaonischen Stil, der von den ersten christlichen Kaisern geerbt wurde, die den Priestern, Bischöfen und dem Papst alle Privilegien, den Lebensstil und die Kleidung der Kaiser, Senatoren und reichen kaiserlichen Eliten weitergaben. Wenn man sich die Parade der Kardinäle in Rom ansieht, kommt man sich vor wie auf dem Sambadrom in Rio oder São Paulo, so prunkvoll und farbenfroh ist die Kleidung. Mit dem armen Jesus von Nazareth hat das alles nichts zu tun.
Aber das ist nicht das, worüber ich sprechen möchte. Ich möchte über eine überraschende Neuerung sprechen, die Papst Franziskus eingeführt hat. Sie konnte nur von ihm kommen, außerhalb der mitteleuropäischen katholischen Galaxie, aber von jemandem, der „vom Ende der Welt kommt“, wie er oft gesagt hat. Vom Ende der Welt zu kommen bedeutet, dass er aus der Erfahrung einer Kirche kommt, die nicht mehr ein Spiegel der europäischen ist, sondern ihre eigene Quelle, die ihre Wurzeln in den Volkskreisen schlägt, die eine bevorzugte Option für die Verarmten und die zu Unrecht an den Rand des aktuellen sozialen Prozesses Gedrängten darstellt, die von den herrschenden Klassen kontrolliert und zugunsten ihrer Privilegien organisiert wird. Es handelt sich um eine Art von Kirche, die nichts Kaiserliches oder Pharaonisches an sich hat, sondern die den Schmerz und das tragische Schicksal derer auf sich nimmt, die vom gegenwärtigen System ausrangiert werden.
Ein Beispiel dafür sind die vielen Treffen, die er mit sozialen Volksbewegungen aus der ganzen Welt abhielt. Das hat es in der Geschichte noch nie gegeben. Die vorherrschende Ekklesiologie, d. h. die Lehre über die Kirche, konzentriert nach wie vor die gesamte Entscheidungsgewalt in den Händen der Hierarchie. Das Zweite Vatikanische Konzil (1962-1965) führte das Konzept der Kirche als Volk Gottes ein, das die Gleichheit aller voraussetzt. Aber das Konzept der Kirche als Gemeinschaft setzte sich durch. Doch schon bald wurde dieser Begriff entleert, indem gesagt wurde, dass es sich um eine hierarchische Gemeinschaft handelt, was gleichbedeutend ist mit der Aussage, dass sie wie eine Leiter ist, auf der es Menschen gibt, die oben stehen, und Menschen, die unten stehen. Wenn es sich um eine Gemeinschaft handelt, sind alle gleich, Hierarchien werden nicht geduldet, weder oben noch unten. Wenn es Hierarchien gibt, sind sie nur deshalb funktional, weil nicht eine Person alles macht und alle Aufgaben übernimmt, sondern sie auf die verschiedenen Teilnehmer verteilt. Der heilige Paulus hat es in seinen Briefen mit der Metapher des menschlichen Körpers sehr gut ausgedrückt: „Das Auge kann nicht zur Hand sagen: Ich brauche dich nicht, noch der Kopf zu den Füßen: Ich brauche dich nicht“ (1 Kor 12,21). Denken wir gar nicht erst an die Frauen, die keinerlei Entscheidungsbefugnis haben, obwohl sie die meisten Dienste in der Kirche leisten.
Im September findet in Rom der zehnte Jahrestag des ersten Treffens der Weltsozialbewegungen im Jahr 2014 statt. Unser Mitglied João Pedro Stédile wird einer der Redner sein, die zu den Teilnehmern sprechen werden. Das Treffen wird das 2014 eingeführte Mantra aufgreifen: die berühmten 3Ts (Teto-Terra-Trabalho): Dach-Land-Arbeit: „Keine Familie ohne Dach, kein Bauer ohne Land, kein Arbeiter ohne Rechte, kein Mensch ohne die Würde, die Arbeit verleiht“.
Auf der Tagung im September wurde bereits das Motto festgelegt: „Flagge zeigen gegen die Entmenschlichung“. Wenn es heute eines der perversesten Phänomene gibt, dann ist es ein beschleunigter Prozess der Entmenschlichung. Gibt es etwas Entmenschlichenderes als die Tatsache, dass sich fast die Hälfte des weltweiten Reichtums in den Händen von 1 % der Bevölkerung befindet (Global Wealth Report 2023), während nach Angaben der FAO rund 800 Millionen Menschen hungern und eine Milliarde an Nahrungsmittelmangel leidet? Wenn die 3.000 Milliardäre nur 2 % ihres Vermögens versteuern würden, würde dies 250 Milliarden US-Dollar (1,32 Billionen RS) einbringen, wie Brasilien und Frankreich auf dem G20-Gipfel vorgeschlagen haben. Dies würde das Leben all derer sichern, die von Hunger und Hungerkrankheiten bedroht sind.
Der vom Staat Israel im Gazastreifen verübte Völkermord, dem etwa 12 300 Kinder zum Opfer fallen, wird von einem katholischen US-Präsidenten und der Europäischen Gemeinschaft unterstützt, die ihre Tradition der Begründung der Bürgerrechte und der verschiedenen Formen der Demokratie vergessen hat. Dies geschieht in aller Öffentlichkeit und macht seine Anhänger zu Mitwissern, ebenso wie die Verweigerung von Nahrung, Wasser und Energie für eine ganze Bevölkerung, ein offenkundiges Verbrechen gegen die Menschlichkeit.
Neben dem russisch-ukrainischen Krieg, in dem eine ehrwürdige Schwesterzivilisation, die Ukraine, zerstört wird, gibt es 18 Orte, an denen schwere Konflikte mit hoher Lebensgefahr herrschen.
In Indonesien, der größten muslimischen Nation der Welt, verkündete der Papst bei einer interreligiösen Veranstaltung: „Mögen wir alle gemeinsam, jeder seine eigene Spiritualität kultivierend und seine eigene Religion praktizierend, auf der Suche nach Gott sein und dazu beitragen, offene Gesellschaften aufzubauen, die auf gegenseitigem Respekt und Liebe füreinander beruhen“. Er forderte die Christen mit folgenden Worten auf: „Werdet nicht müde, die Segel auf das offene Meer zu setzen, werft eure Netze aus, werdet nicht müde, zu träumen und eine Zivilisation des Friedens aufzubauen“.
Es sind Worte einer fast verzweifelten Hoffnung angesichts der herrschenden Entmenschlichung, im Bewusstsein dessen, was er in seiner Enzyklika Fratelli tutti sagte: „Wir sitzen alle im selben Boot, entweder wir retten uns alle oder niemand wird gerettet“ (Nr. 32). Aber wir alle können gemeinsam und mit Bewusstsein unserer gemeinsamen Geschichte eine neue Richtung geben, die auf eine Biozivilisation und ein Land der guten Hoffnung hinweist.Leonardo Boff Ökotheologe, Philosoph und Schrifsteller hat geschrieben: Ökologie:Schei der Erde-Schreider Arme Patmos 2012.