Categoria: Economia
O dia da infâmia: Fernando Morais
El biorregionalismo como alternativa ecológica
El modelo aún dominante en las discusiones ecológicas se centra en el ámbito estatal y en el mundo; en economía la explotación de la naturaleza, el crecimiento / desarrollo ilimitado a nivel mundial y la competencia; en política prevalece la centralización, la jerarquización, el control y el gobierno de la mayoría; en la cultura lo cuantitativo sobre lo cualitativo, la uniformización de las costumbres, el consumismo y el individualismo y el pensamiento tecnocrático.
Este paradigma subyace en gran parte a la crisis actual de la tierra, pues la considera como un todo uniforme sin valorar la singularidad de sus muchos ecosistemas y la diversidad de las culturas. Por eso, genera desequilibrios en el sistema de la vida y en la dinámica natural de la Tierra viva. Era la crítica que Chico Mendes hacía al abordar el desarrollo de la Amazonía: querer aplicar uniformemente las mismas tecnologías y métodos de otras regiones de la Tierra. Tal procedimiento daría lugar a la devastación de la Amazonia, como de hecho está ocurriendo. De ahí su propuesta del extractivismo como adecuado a ese ecosistema: Extrae lo que se necesita para el comercio, pero preservando la riqueza de esa selva, fundamental para los climas y el equilibrio general del planeta.
Hoy se está imponiendo otra vertiente más amiga de la naturaleza y con posibilidades para sacarnos de la crisis actual: el biorregionalismo. La biorregión se circunscribe a un área normalmente definida por los ríos y el macizo de montañas. Tiene un cierto tipo de vegetación, de geografía del terreno, de fauna y flora y muestra su propia cultura local con sus hábitos, tradiciones, valores, religión y la historia hecha en el lugar.
En cuanto a términos de escala se centra en la región y en la comunidad; en economía, en la conservación, la adaptación, la autosuficiencia y la cooperación; en política, en la descentralización, la subsidiariedad, la participación y la búsqueda de consenso; en cultura favorece la simbiosis, la diversidad y el crecimiento cualitativo e incluyente.
El biorregionalismo no es nuevo, ya que está inspirado en los antiguos modos de vida, antes de la aparición de los imperios con su burocracia, jerarquía y ejércitos, base de los estados modernos.
La tarea básica de biorregionalismo es hacer que las gentes entiendan y aprecien el lugar donde viven. Es importante que conozcan el tipo de suelos, los bosques, los animales, las fuentes de agua, la dirección de los vientos, los climas y microclimas, los ciclos de las estaciones, lo que la naturaleza nos puede ofrecer en términos de paisaje, alimentos y bienes y servicios para nosotros y para toda la comunidad de vida. Es necesario que la gente se impliquen en la cultura local, en las estructuras sociales, urbanas y rurales, aprenda de las figuras ejemplares de la historia local. Y, finalmente, se sienta hijo e hija de la Tierra.
En la biorregión la sostenibilidad se hace real y no retórica al servicio del marketing; puede convertirse en un proceso dinámico que aprovecha racionalmente las capacidades que ofrece el ecosistema local, creando más igualdad, disminuyendo la pobreza hasta niveles razonables, facilitando la participación de las comunidades en la creación de los proyectos y en las prioridades.
Aun siendo la comunidad local la unidad básica, esto no invalida las unidades sistémicas más grandes (inter-regionales, nacionales e internacionales) que afectan a todo el mundo (por ejemplo, el calentamiento global). La idea de lo glocal, es decir, pensar y actuar local y globalmente nos ayuda a articular las dos dimensiones. Siempre es necesario informarse sobre las experiencias de otras regiones y cómo va el estado general del planeta Tierra.
El biorregionalismo posibilita que las mercancías circulen localmente, evitando las largas distancias; favorece el surgimiento de cooperativas comunitarias; persiste la economía de mercado, pero compuesta principalmente, aunque no exclusivamente, de empresas familiares, iniciativas cuyos propietarios son los propios trabajadores y una cooperación abierta entre barrios y municipios, como ocurre entre varios municipios del valle del río Itajaí en Santa Catarina y en otros lugares.Se puede pensar también en una rede de bancos regionales.
El biorregionalismo permite dejar atrás el objetivo de “vivir mejor” (ética de la acumulación ilimitada) para dar espacio al “buen vivir y convivir” (ética de la suficiencia) de los andinos, que implica siempre el bienestar de toda la comunidad y entrar en armonía con la Madre Tierra, con los suelos, con las aguas y con los demás elementos que garantizan nuestra vida en común con los otros seres vivos del ecosistema.
Este es un camino que se está abriendo en muchos lugares del mundo. Establece una semilla de esperanza en medio de la falta de alternativas de hoy en día.
*Leonardo Boff escribió con Mark Hathaway, El Tao de la liberación: explorando la ecología de la transformación, 2012.
Traducción de MJ Gavito Milano
Parigi: l’impasse fondamentale della COP 21
Dal 30 di novembre fino al 10 dicembre del 2015 si celebrerà un’ennesima Convenzione dei Cambiamenti Climatici (COP 21) a Parigi. Tutte quelle celebrate finora sono arrivate a conclusioni tronfie, molto distanti dalle esigenze che problema globale richiede. C’è una ragione intrinseca all’attuale problema socio-economico mondializzato che impedisce di raggiungere obiettivi comuni adeguati. È come un treno: è condizionato dalla direzione che hanno i binari, non ha alternative.
La metafora vale per l’attuale sistema globale. Le società mondiali sono ancora ossessionate dell’ideale della crescita illimitata, misurata sul PNL. Parlano di sviluppo, ma in realtà quello che si cerca è la crescita materiale. La crescita appartiene ai processi vitali. Ma sempre entro certi limiti. Un albero non cresce illimitatamente verso l’alto e noi stessi non cresciamo fisicamente in forma indefinita. Arriva il punto in cui la crescita si ferma e altre funzioni ne prendono il posto.
Succede che un pianeta limitato e al corto di beni e servizi non tollera una crescita illimitata. Ormai ci siamo resi conto dei suoi limiti invalicabili. Ma il sistema non prende in considerazione questo fatto.
Lo ha detto con grande lucidezza il co-fondatore dell’ecosocialismo Michael Löwy, franco-brasiliano: “I semafori sono tutti rossi: è evidente che la corsa pazza al guadagno, la logica produttivistica e mercantile della civiltà capitalistico/industriale ci porta a un disastro ecologico di proporzioni non calcolabili; la dinamica della crescita all’infinito, indotta dall’espansione capitalistica, minaccia di distruggere i fondamenti della vita umana sul pianeta” (Ecologia e socialismo, 2005,42).
La questione centrale non sta, come ha notato Papa Francesco nella sua enciclica su “La cura della Casa Comune”, nella relazione tra crescita e natura, ma tra l’essere umano e la natura. Costui non si sente parte della natura, ma il padrone che può fare di lei quello che gli pare. Non ne ha cura né si sente responsabile per i danni derivanti dalla voracità di una crescita infinita col consumo illimitato che l’accompagna. Così corre dritto verso l’abisso, dato che la Terra non regge più a tanto sfruttamento e devastazione.
Tra le molte conseguenze di questa logica perversa c’è il riscaldamento globale che non cessa di crescere. Trascurando i negazionisti, due dati sono sicuri stilati dalla miglior ricerca mondiale: primo, la crescita è inequivocabile. Non è possibile negarlo, è sufficiente dare uno sguardo in giro e costatare gli eventi estremi che avvengono in tutto il Pianeta; secondo, al di là della geofisica della Terra stessa, che conosce fasi di riscaldamento e raffreddamento, questo riscaldamento è antropico, vale a dire risultato di un ininterrotto intervento umano nei processi naturali. Il riscaldamento che sarebbe normale viene intensificato in modo particolare dall’effetto serra: il vapore dell’acqua, il diossido di carbonio, il metano l’ossido nitroso e l’ozono. Questi gas funzionano come una serra, che trattiene il calore qui in basso, impedendo la dispersione dei gas su in alto, riscaldando di conseguenza i pianeta.
Tutti gli sforzi consistono nel limitare a due gradi Celsius il riscaldamento, il che permetterebbe una gestione ragionevole dell’adattamento e della gradualità. Per mantenerci entro questi limiti, ci dicono gli scienziati, dovremmo ridurre le emissioni di gas dell’80% entro il 2050. La maggioranza pensa che questo è impossibile. Se nel frattempo, per l’incuria degli uomini la temperatura arrivasse tra i 4-6 gradi Celsius,come lo dice la comunità scientifica norteamericana, verso quella data, la vita che noi conosciamo correrebbe il rischio di sparire e la stessa sorte colpirebbe la specie umana. Il Segretario dell’ONU, Bank Ki Moon ha avvertito recentemente: “Le tendenze attuali ci stanno sempre più conducendo verso potenziali punti di rottura, che ridurrebbero in forma catastrofica la capacità degli ecosistemi di erogare i loro servizi essenziali”.
Conseguenza: cambiare rotta; se no, il buio. Dobbiamo stabilire un rapporto diverso con la Terra, nella produzione, rispettare i suoi cicli e i suoi limiti, sentirci parte di lei; curarla di forma a non esaurire la sua biocapacità. Dovremo imparare a vivere meglio con meno cose e abituarci a una sobrietà condivisa in comunione con tutta la comunità di vita, che pure ha bisogno della vitalità della Madre Terra per vivere e riprodursi.
O faremo questa “conversione ecologia”, (papa Francesco) o sarà compromessa la nostra traiettoria su questo pianeta piccolo e bello.
Leonardo Boff, columnist del JB on line, scrittore e filosofo.
Traduzione di Romano Baraglia e Lidia Arato