¿Dónde está el nudo de la cuestión ecológica? (II)

En el artículo anterior con el mismo título abordamos el lado objetivo de la cuestión ecológica, tratando de superar el mero ambientalismo a partir de una nueva visión del planeta, de la naturaleza y del ser humano, como la porción pensante de la Tierra.

Pero esta consideración es insuficiente si no se completa con una visión subjetiva, aquella que afecta a las estructuras mentales y los hábitos de los seres humanos. No basta ver y pensar diferente. Tenemos también que obrar diferente. No podemos cambiar simplemente el mundo. Pero siempre podemos empezar a cambiar este pedazo del mundo que somos cada uno de nosotros. Y si la mayoría incorpora este proceso daremos el salto cuántico necesario hacia un nuevo paradigma de habitar la única Casa Común que tenemos.

Nos inspira la Carta de la Tierra, en cuya redacción tuve el honor de participar bajo la coordinación de M. Gorbachov entre otros. Insatisfechos con los resultados finales de la Rio+20 un grupo, entre ellos jefes de Estado, decidió hacer una consulta a las bases de la humanidad para levantar principios y valores con vistas a una nueva relación con la Tierra y a nuestra convivencia sobre ella. Cito la parte final que resume todo:

«Como nunca antes en la historia, el destino común nos invita a buscar un nuevo comienzo… Esto requiere un cambio de la mente y del corazón. Requiere un nuevo sentido de interdependencia global y de responsabilidad universal. Concluye la Carta: “debemos desarrollar y aplicar con imaginación la perspectiva de un modo de vida sostenible a nivel local, regional, nacional y global”» (n. 16 f).

Nótese que se habla de un nuevo comienzo y no solamente de alguna reforma o simple modificación de lo mismo. Dos dimensiones son imprescindibles: un cambio en la mente y en el corazón. El cambio en la mente ya ha sido abordado en el artículo anterior: la nueva visión sistémica, envolviendo Tierra y humanidad como una única entidad. Se podría incluir también el universo entero en proceso cosmogénico dentro del cual nos movemos y del cual somos producto.

Ahora podemos profundizar, aunque sucintamente, el cambio del corazón. Para mí aquí está uno de los nudos esenciales del problema ecológico que debe ser desatado, si realmente queremos hacer la gran travesía hacia el nuevo paradigma.
Se trata del degaste de los derechos del corazón. En un lenguaje científico-filosófico es importante, junto con la inteligencia racional e instrumental, incorporar la inteligencia cordial o sensible (véase Muniz Sodré, Adela Cortina, Michel Maffesoli).

Toda nuestra cultura moderna ha acentuado la inteligencia racional hasta el punto de volverla irracional con la creación de instrumentos para nuestra autodestrucción y para la devastación de nuestro sistema-Tierra. Esta exacerbación ha difamado y reprimido la inteligencia sensible con el pretexto de que obstaculizaba la mirada objetivista de la razón. Hoy sabemos por la nueva epistemología y principalmente por la física cuántica que todo saber, por más objetivo que sea, viene impregnado de emoción y de intereses.

La inteligencia sensible y cordial, que reside en el cerebro límbico que posee más de 200 millones de años, cuando surgieron los mamíferos, es la sede de las emociones, de los sentimientos, del amor, del cuidado, de los valores y de sus contrarios. Nuestra realidad más profunda (previamente existe el cerebro reptil con 313 millones de años) es el afecto, el cuidado, el amor o el odio, los sentimientos básicos de la vida. El neo-cortex, sitio de la razón intelectual, empezó a formarse hace 5 millones de años, se perfeccionó como homo sapiens hace 200 mil años y culminó como homo sapiens sapiens dotado de inteligencia racional completa hace apenas cien mil años. Por lo tanto, somos fundamentalmente seres de emociones y de afectos, base de todo el discurso psicoanalítico.

Tenemos que enriquecer la inteligencia intelectual e instrumental, de la cual no podemos prescindir si queremos explicar los problemas humanos. Pero ella sola se transforma en fundamentalismo de la razón, que es su locura, capaz de crear el Estado Islámico que degüella a todos los diferentes o la shoah, la solución final para los judíos. Dice el filósofo Patrick Viveret: «Solo podemos utilizar la cara positiva de la racionalidad moderna si la utilizamos amalgamada con la sensibilidad del corazón» (Por una sobriedad feliz, 2012, 41).

Sin el matrimonio de la razón con el corazón nunca nos moveremos para amar de verdad a la Madre Tierra, reconocer el valor intrínseco de cada ser y respetarlo y para empeñarnos en salvar nuestra civilización. Bien decía el Papa Francisco: nuestra civilización es cínica, pues ha perdido la capacidad de sentir el dolor del otro. Ya no sabe llorar ante la tragedia de miles de refugiados.

La categoría central de esta visión es el cuidado como ética y como cultura humanística. Si no cuidamos la vida, la Tierra y a nosotros mismos, todo enferma y terminamos por no garantizar la sostenibilidad ni rescatar lo que E. Wilson llama biofilia, el amor a la vida. Todo lo que cuidamos también lo amamos. Todo lo que amamos también lo cuidamos.
Para mí, el núcleo de la razón instrumental analítica que nos dio la tecnociencia con sus beneficios y también con sus amenazas debe ser impregnado por el núcleo de la razón cordial y sensible. Juntas constituyen el nudo de una ecología integral.

Entonces seremos plenamente humanos. Nos sentiremos parte naturaleza y verdaderamente la propia Tierra que piensa, ama y cuida. Entonces podremos creer y esperar que aun podemos salvarnos, sin necesitar pensar como Martin Heidegger: «solamente un Dios nos podrá salvar». Yes, we kann.

Traducción de Mª José Gavito Milano

¿Dónde está el nudo de la cuestión ecológica? (I)

Estamos acostumbrados al discurso ambientalista generalizado por los medios de comunicación y por la conciencia colectiva. Pero hay que reconocer que restringir la ecología al ambientalismo es incidir en un grave reduccionismo. No basta una producción de bajo carbono pero manteniendo la misma actitud de explotación irresponsable de los bienes y servicios de la naturaleza. Sería como limar los dientes de un lobo con la ilusión de quitarle su ferocidad. Su ferocidad reside en su naturaleza, no en sus dientes. Algo similar ocurre con nuestro sistema industrial, productivista y consumista. Está en su naturaleza tratar a la Tierra como un mostrador de mercancías a ser colocadas en el mercado. Tenemos que superar esta visión si queremos alcanzar otro paradigma de relación con la Tierra y así parar un proceso que puede llevarnos al abismo.

Estamos cansados de medio ambiente. Queremos el ambiente entero, es decir, una visión global del sistema-Tierra, del sistema-vida y del sistema-civilización humana, formando un gran todo, hecho de redes de interdependencias, complementaciones y reciprocidades.

Con razón la Carta de la Tierra tiende a sustituir medio ambiente por comunidad de vida, pues la biología y la cosmología modernas nos enseñan que todos los seres vivos son portadores del mismo código genético de base – los veinte aminoácidos y las cuatro bases fosfatadas– desde la bacteria más originaria surgida hace 3,8 mil millones de años, pasando por las grandes selvas, los dinosaurios, los colibrís y llegando hasta nosotros. La combinación diferenciada de esos aminoácidos con las bases fosfatadas origina la diversidad de los seres vivos. El resultado de esta constatación es que un lazo de parentesco une a todos los vivientes, formando de hecho una comunidad de vida que debe ser «cuidada con comprensión, compasión y amor» (Carta de la Tierra, n. I, 2). Lo que Francisco de Asís intuía en su mística cósmica, llamando a todos los seres con el dulce nombre de hermanos y hermanas, nosotros lo sabemos por un experimento científico.

Entre esos seres vivos resalta el planeta Tierra. Desde los años 70 del siglo pasado se afirmó, en gran parte de la comunidad científica, primero la hipótesis, y desde 2001 la teoría de que la Tierra no solo tiene vida sobre ella. Ella misma está viva, y ha sido llamada por su formulador principal, James Lovelock, y en Brasil por José Lutzenberger, Gaia, uno de los nombres de la mitología griega para la Tierra viva. Ella combina lo químico, lo físico, lo ecológico y lo antropológico de forma tan sutil que se vuelve siempre capaz de producir y reproducir vida. En razón de esta constatación la propia ONU, en una famosa sesión general el 22 de abril de 2009, aprobó por unanimidad llamar a la Tierra, Madre Tierra, Magna Mater y Pachamama. Es como decir que ella es un super Ente vivo, complejo, a veces contradictorio a nuestros ojos (hace convivir el orden con el desorden), pero siempre generadora de todos los seres, en sus distintos órdenes, especialmente es gestadora de los seres vivos, máxime de los seres humanos, hombres y mujeres.

Se añade aún este dato, que, según el bioquímico y divulgador de asuntos científicos Isaac Asimov, es el gran legado de los viajes espaciales: la unicidad de la Tierra y de la humanidad. Desde allá arriba, desde las naves espaciales y la Luna, dice él y lo confirman los astronautas, no hay diferencia entre ser humano y Tierra. Ambos forman una única entidad. En otras palabras, el ser humano, dotado de inteligencia, de cuidado y de amor resulta de un momento avanzado y altamente complejo de la propia Tierra. Esta evolucionó hasta tal punto que comenzó a sentir, a pensar, a amar, a cuidar y a venerar, como ya señalaba el gran cantor y poeta argentino indígena Atahualpa Yupanqui. Y he aquí que irrumpió el ser humano en el escenario de este minúsculo planeta Tierra. Por eso se dice que el hombre deriva de humus: tierra buena y fértil; o adamah en hebreo bíblico: hijo e hija de la tierra arable y fecunda.

Todo ese proceso de la gestación de la vida sería imposible si no existiese todo el sustrato físico-químico (la escala de Mendeleiev) que se formó hace miles de millones de años en el corazón de las grandes estrellas rojas, que al explotar lanzaron tales elementos en todas las direcciones, creando las galaxias, las estrellas, los planetas, la Tierra y nosotros mismos. Por lo tanto, esta parte que parece inerte, también pertenece a la vida, porque sin ella, ayer al igual que hoy, la vida y la vida humana serían imposibles.

La sostenibilidad –categoría central de esta visión– es todo lo que se ordena a mantener la existencia de todos los seres especialmente los seres vivos y nuestra cultura sobre el planeta.

¿Qué concluimos de este rápido recorrido? Que debemos cambiar nuestra mirada sobre la Tierra, sobre la naturaleza y sobre nosotros mismos. Ella es nuestra gran madre que al igual que nuestras madres merece respeto y veneración. Es decir, conocer y respetar sus ritmos y ciclos, su capacidad de reproducción, no devastarla como hemos hecho desde el adviento de la tecnociencia y del espíritu antropocentrista que piensa que ella solo tiene valor en la medida en que nos es útil. Pero ella no necesita de nosotros, somos nosotros los que necesitamos de ella.

Este paradigma está llegando a su límite, porque la Madre Tierra está dando señales inequívocas de estar extenuada y enferma. O reinventamos otra forma de atender nuestras necesidades vitales en relación con la Tierra o ella, que está viva, podrá no querernos más sobre su suelo.

Asumir esta nueva mirada y esta nueva práctica es para mí el gran nudo y el desafío decisivo de la cuestión ecológica actual.

Leonardo Boff es autor del libreto con DVD As quatro ecologias: a ambiental, a social, a mental e a integral, Mar de Idéias, Rio 2011.

What is the crux of the ecological question? (I)

We are used to generalized environmental discussions by the mass media and the collective conscience. But restricting ecology to environmentalism is to fall into serious reductionism. It is not enough to limit the production of carbon while maintaining the same irresponsible exploitation of nature’s goods and services. It would be like filing down a wolf’s teeth in hope of eliminating its ferocity. But the wolf’s ferocity resides in its nature, not in its teeth. Something similar occurs in our industrial, production oriented and consumerist system. Its nature is to treat the Earth as the provider of merchandise for market. We must overcome this attitude if we want to create a new paradigm for relatimg with the Earth, and thus halt a process that could take us to the abyss.

We are tired of a “half-environment”. We want the whole environment, that is, a global vision of the Earth-system, the life-system and the human-civilization system, forming one great whole, constructed of interdependencies, complementaries and reciprocal networks.

With good reason the Earthcharter tends to substitute life community for environment, because modern biology and cosmology teach us that all living beings carry the same basic genetic code – the twenty amino acids and four phosphate bases – from the very first bacteria that appeared 3.8 billion years ago, through the great jungles, the dinosaurs, the hummingbirds and extending to us. The differentiated combinations of those amino acids and phosphate bases creates the diversity of living beings. It follows from this observation that a kinship link bonds all life, forming in fact a community of life that must be «cared for with understanding, compassion and love» (Earthcharter, n. I, 2). What Francis of Assisi sensed in his cosmic mysticism, calling all beings by the sweet name of brothers and sisters, we now know through scientific experimentation.

Among those living beings planet Earth stands out. Since the 1970s, much of the scientific community affirmed, first as a hypothesis, and since 2001 as theory, that the Earth does not just have life on her: She herself, the Earth, is alive. She has been called Gaia by the principal formulator, James Lovelock, and in Brazil, by Jose Lutzenberger. Gaia is the name for the living Earth in Greek mythology. She combines the chemical, physical, ecological and anthropological in such a subtle, delicate form that it is always capable of producing and reproducing life. Because of this observation, the United Nations Organization, the UN itself, in its famous General Assembly session of April 22, 2009, unanimously approved calling the Earth Mother Earth, Tierra Madre, Magna Mater and Pachamama. It is like saying that she is a super Entity: alive, complex, sometimes seemingly contradictory (the Earth makes order and disorder live together), but always the source of all beings, in their distinct orders, particularly of living beings, especially humans, men and women.

According to the biochemist who popularizes scientific matters, Isaac Asimov, one fact is the greatest legacy of the space journeys: the indivisibility of the Earth and humanity. From these great distrances, from the spacecrafts and the Moon, Asimov says and the astronauts confirm, there is no difference between human being and Earth. Together they form a unique entity. In other words, the human being, endowed with intelligence, caring, and love, arose from an advanced and highly complex moment of the Earth herself. The Earth evolved to the point that she began to feel, to think, to love, to care and to venerate, as the great Argentinean indigenous poet and singer Atahualpa Yupanqui has already pointed out. And then the human being appeared on the scene of this miniscule planet Earth. Therefore it is said that humanity derives from the humus: good and fertile land; or adamah in Biblical Hebrew: the son and daughter of the arable and fertile land.

The entire process of the creation of life would be impossible without all the physical-chemical substratum (the Mendeleiev scale) that formed billions of years ago in the cores of the big red stars that, when they exploded, launched those elements in all directions, creating galaxies, stars, the planets, the Earth and us, ourselves. Therefore, the part that seems inert also belongs to life, because without it, yesterday as today, life and human life would be impossible.

Sustainability – a central category of this vision– is everything needed to maintain the existence of all beings, especially the living beings and our culture on the planet.

What do we conclude from this quick review? That we must change our vision of the Earth, of nature and of ourselves. The Earth is our primary mother, who, like our own mothers deserves our respect and veneration. That is, to know and to respect her rhythms and cycles, her capacity of reproduction, and not to devastate her as we have done since the advent of technology and of the anthropocentric spirit that considers that the Earth has value only for as long as she is useful to us. But the Earth does not need us, it is we who need the Earth.

The current paradigm is approaching its limits, for Mother Earth is giving unequivocal signs of being depleted and ill. Either we invent a different form of attending to our vital needs in relation to the Earth, or she, who is alive, may not want us on her soil anymore.

Adopting such a new vision and new practice is to me the crux of the issue, and the decisive challenge presented by the present ecological situation.

Free translation from the Spanish by
Servicios Koinonia, http://www.servicioskoinonia.org.
Done at REFUGIO DEL RIO GRANDE, Texas, EE.UU.

Onde está o nó da questão ecológica(II).

No artigo anterior com o mesmo título abordamos o lado objetivo da questão ecológica, tentando superar o mero ambientalismo a partir de uma nova visão do planeta, da natureza e do ser humano, como a porção pensante da Terra.

Mas esta consideração é insuficiente se não for completada por uma visão subjetiva, aquela que afeta as estruturas mentais e os hábitos dos seres humanos. Não basta ver e pensar diferente. Temos também que agir diferente. Não  podemos mudar simplesmente o mundo. Mas sempre podemos começar a mudar este pedaço do mundo que somos cada um de nós. E se a maioria incorporar esse processo daremos o salto quântico necessário para um novo paradigma de habitar a única Casa Comum que temos.

Inspira-nos a Carta da Terra, de cuja redação tive a honra de participar sob a coordenação M. Gorbachev entre outros. Insatisfeitos com os resultados finais da Rio+20 um grupo decidiu entre eles, chefes de Estado, fazer uma consulta nas bases da humanidade para levantar  princípios e valores em vista de uma nova relação para com a Terra e a nosa convivência sobre ela. Cito a parte final que resume tudo:

“Como nunca antes da história, o destino comum nos conclama a buscar um novo começo…Isto requer uma mudança na mente e no coração. Requer um novo sentido de interdependência global e de responsabilidade universal. Conclui a Carta: “devemos desenvolver e aplicar com imaginação a perspectiva de um modo de vida sustentável no nível local, regional, nacional e global”(n. 16 f).

Note-se que se fala  de um novo começo e não apenas de alguma reforma ou simples modificação do mesmo. Duas dimensões são imprescindíveis: uma mudança na mente e no coração. A mudança na mente já foi abordada no artigo anterior: a nova visão sistêmica, envolvendo Terra e humanidade como uma única entidade. Valeria incluir também o inteiro universo em processo cosmogênico dentro do qual nos movemos e somos produto dele.

Agora cabe aprofundar, ainda que suscitantemente, a mudança do coração. Para mim aqui está um dos nós essenciais do problema ecológico que deve ser desatado se quisermos mesmo fazer a grande travessia para o novo paradigma.

Trata-se do resgate dos direitos do coração. Numa linguagem científico-filosófica importa, junto com inteligência racional e instrumental, incorporar a inteligência cordial ou sensível(veja Muniz Sodré, Adela Cortina, Michel Maffesoli).

Toda nossa cultura moderna exacerbou a inteligência racional até ao ponto de torná-la irracional com a criação dos instrumentos  de nossa autodestruição e da devastação do sitema-Terra. Esta exacerbação difamou e recalcou a inteligência sensível a pretexto de que atrapalhava o olhar objetivista da razão. Hoje sabemos pela nova epitemologia e principalmente pela física quântica que todo saber, por mais objetivo que seja, vem impregnado de emoção  e de interesses.

O resgate da inteligência sensível e cordial, cujo sítio reside no cérebro  límbico que possui mais de 200 milhões de anos, quando emergiram os mamíferos, é a sede das emoções, dos sentimentos do amor, do cuidado, dos valores e de seus contrários. Nossa realidade mais profunda (previamente existe o cérebro reptílio de 313 milhões de anos) é o afeto, o cuidado, o amor ou ódio, os sentimentos básicos da vida. O neo-cortex , sitio da razão intelectual, começou a se formar há 5 milhões de anos, se aperfeiçoou com o homo sapiens há 200 mil anos e culminou com o homo sapiens sapiens dotado de inteligência racional completa, há apenas cem mil anos. Portanto, somos fundamentalmente seres de emoções e de afetos, base de todo o discurso psicanalítico.

Temos que  enriquecer a inteligência intelectual e instrumental da qual não podemos prescindir se quisermos dar conta dos problemas humanos. Mas sozinha ela se transforma em fundamentalismo da razão que é sua loucura, capaz de criar o Estado Islâmico que degola todos os direrentes ou a shoah, a solução final para os judeus. Diz o filósofo Patrick Viveret:”Só podemos utilizar a face positiva da racionalidade moderna se a utilizarmos amalgamada com a sensibilidade do coração”(Por uma sobriedade feliz, 2012, 41).

Sem o casamento da razão com o coração nunca nos moveremos para amar de verdade a Mãe Terra, reconhecer o valor intríseco de cada ser e respeitá-lo e nos empenhar em salvar nossa civilização. Bem dizia o Papa Francisco: nossa civilização é cínica, pois perdeu a capacidade de sentir a dor do outro. Não sabe mais chorar face à tragédia de muitos milhares de refugiados.

A categoria central desta visão é o cuidado como ética e como cultura humanística. Se não cuidarmos da vida, da Terra e de nós mesmos, tudo adoece e acabamos por não garantir a sustentabilidade nem resgatar  o que E. Wilson chama de biofilia, o amor à vida. Tudo o que cuidamos também amamos.Tudo o que amamos também cuidamos.

Para mim, o núcleo da razão instrumental analítica que nos deu a tecnociência com seus benefícios e também com suas ameaças deve ser impregnada pelo núcleo da razão cordial e sensível. Juntas constituem o nó de uma ecologia integral.

Então seremos plenamente humanos. Sentir-nos-emos parte a natureza e verdadeiramente a própria Terra que pensa, ama e cuida. Então podemos crer e esperar que ainda nos podemos salvar sem  precisar pensar como Martin Heidegger:”somente um Deus nos poderá salvar. Yes,we kann.