Los negacionistas amenazan la vida en la Tierra

Leonardo Boff*

La irrupción de los coronavirus ha reveladp la cantidad de negacionistas que existen en el mundo. Comenzando por el primer ministro inglés, Boris Johnson, menospreciaba la Covid-19, se contaminó y casi se muere. Donald Trump, afecto a las fake news y a las verdades paralelas (eufemismo para mentiras), trató el virus como algo pasajero. Se demoró en tratar la pandemia. Infectado, cambió de opinión, pero no le dio centralidad, hasta el punto de que Estados Unidos es el país con más víctimas. 

El presidente brasilero, lacayo de Trump, es el campeón absoluto entre los negacionistas. Consideró la pandemia como una “gripecita”, acabó infectado y se curó nadie sabe cómo. Como el proceso de la antropogénesis lo dotó de poquísimas luces, sigue siendo negacionista de otra forma: prescribe, como si fuera médico, cloroquina, afirmada por la ciencia sin eficacia contra el virus, duda o niega de la eficacia de las vacunas, no favorece el distanciamiento social, ridiculiza el uso de las mascarillas. Y lo más grave de todo, no propuso ningún plan nacional para hacer frente a la Covid-19. Por eso Brasil ocupa el último lugar en el mundo entre los países que peor combaten la Covid. Entre nosotros tenemos ya cerca de 2018 mil víctimas fatales y casi diez millones de infectados. Como forma de desprecio a la clase médica, puso de ministro de salud a un general que no entiende nada de medicina y no ha elaborado ningún plan estratégico de vacunación. Nuestro negacionista se ha convertido en un asesino de su pueblo y, posiblemente por los crímenes de responsabilidad y crímenes comunes va a ser depuesto y muy probablemente, él y sus cómplices, tendrán que comparecer ante un tribunal de crímenes contra la humanidad. 

Pero no hay solamente este tipo de negacionistas. Son negacionistas todos los que no aceptan el hecho de que no es que estemos yendo al encuentro del calentamiento global sino que estamos ya muy dentro de él, con todos los eventos extremos que causa. 

Muchísimas personas no tienen conciencia de las graves amenazas que pesan sobre el planeta Tierra: hemos tocado ya sus límites insoportables hasta el punto de que ella necesita un año y medio para reponer lo que le quitamos violentamente en un año, en función del consumismo ilimitado y de la voracidad de acumulación de riqueza material. Conocemos ya la Sobrecarga de la Tierra alcanzada a finales de septiembre de 2020. Crece la erosión de las nueve fronteras planetarias que sustentan la vida en el planeta. Si se rompen, pueden, en un efecto cascada, llevar nuestra civilización a un colapso. Grandes nombres de la ciencia de la vida y de la Tierra lamentan que la mayoría de los jefes de estado no tengan suficiente conciencia ecológica. No hacen los cambios necesarios, por ser antisistémicos y por perjudicar la lógica antinatural de laacumulación ilimitada. 

Atinadamente el Papa Francisco afirmó en su encíclica de ecología integral Laudato Si, sobre el cuidado de la Casa Común: “Las previsiones catastróficas ya no se pueden mirar con desprecio e ironía… pues nuestro estilo de vida insostenible sólo puede acabar en catástrofe” (n.161). En la reciente Fratelli tutti advierte muy seriamente: “estamos todos en el mismo barco; o nos salvamos todos o nadie se salva” (n.32). Queda así comprobado que la gran amenaza a la vida no viene de algún meteoro rasante sino del propio ser humano que, según innumerables científicos, ha inaugurado una nueva era geológica, después del holoceno, la del antropoceno e incluso la del necroceno, es decir, la destrucción en masa de seres vivos.

Otro grande y fundacional documento, asumido por la ONU, la Carta de la Tierra, afirma en al empezar: “Estamos ante un momento crítico de la historia de la Tierra, en una época en la que la humanidad debe escoger su futuro… nuestra elección es esta: o formamos una alianza global para cuidar de la Tierra y unos de otros, o arriesgamos nuestra destrucción y la destrucción de la diversidad de la vida” (Preámbulo).

En este contexto dramático recordamos la famosa parábola del filósofo y teólogo dinamarqués Sören Kiergegaard (1813-1855), uno de los precursores del existencialismo moderno y uno de los críticos mas severos del idealismo de Hegel, Schelling y otros. Esta es su narración:

Se declaró un incendio entre los bastidores de un teatro. El director mandó al payaso, que ya estaba listo para entrar en escena, que avisase a toda la platea sobre el peligro que corrían todos. El payaso pedía que acudiesen a apagar las llamas. Como se trataba de un payaso, todos pensaban que era un truco para hacer reír a la gente. Y reían y reían. Cuanto más lo pedía el payaso, más reían todos. Entonces se puso serio y comenzó a gritar: “el fuego acaba de quemar las cortinas y va a quemar todo el teatro con ustedes dentro”. Todos encontraron esto muy gracioso y decían que el payaso estaba haciendo espléndidamente su papel. Y el fuego consumió todo el teatro con toda la gente dentro. Termina Kiergegaard: “Así, supongo yo, es como va a acabar el mundo en medio de la hilaridad general de los graciosos y bromistas que piensan que todo, al final, no pasa de ser una broma”.

Así pensaba la gente en tiempos de Noé y sucumbieron bajo el diluvio. ¿Cuántos hoy, entre nosotros y en todo el mundo, consideran las amenazas letales como una invención de los comunistas o un artificio de los globalistas para dominar el mundo? Es significativa la última advertencia de Zygmunt Bauman una semana antes de morir en 2017: “o nos unimos todos para salvar la Tierra y la vida o engrosaremos el cortejo de aquellos que se encaminan hacia su propia sepultura”.

La irrupción de la Covid-19 y el aislamiento social forzado son oportunidades que la vida nos da para pensar sobre nuestra responsabilidad colectiva y sobre qué tipo de Casa Común queremos construir y habitar, naturaleza incluida. Esta vez no habrá un Arca de Noé: o nos salvamos todos o todos conoceremos el camino ya recorrido por los dinosaurios”.

*Leonardo Boff es eco-teólogo y ha escrito Cuidar la Tierra- Proteger a vida: cómo escapar del fin del mundo, Nueva Utopía, Madrid 2011. Con Jürgen Moltmann, ¿Hay esperanza con la creación amenazada? Vozes 2014.

Traducción de Mª José Gavito Milano

É possível a fraternidade humana universal e com todas as criaturas?(II)

                                    Leonardo Boff

Há um ano, em fevereiro de 2019 o Papa Francisco, ao visitar os Emirados Árabes assinou em Abu Dahbi importante documento com o Grão Imã Al Azhar Amad Al-Tayyeb “Sobre a fraternidade humana em prol da paz e da convivêncis comum”. Em sequência a ONU estabeleceu o dia 4 de fevereiro o Dia da Fraternidade Humana.

Todos são esforços generosos que visam senão a  eliminar, pelos menos a minimizar as profundas divisões que imperam na  humanidade. Almejar uma fraternidade universal parece um sonho distante mas sempre desejado.

O grande obstáculo à fraternidade: a vontade de poder

O eixo estruturador das sociedades mundiais e de nosso tipo de civilização, já o refletimos anteriormente é a vontade de poder como dominação.

Não há declarações sobre a unidade da espécie humana e da fraternidade universal bem como  a mais conhecida  Declaração Universal dos Direitos Humanos de 1948 da ONU, enriquecida com os direitos da natureza e da Terra que conseguem impor limites à voracidade do poder

Bem o entendeu Thomas Hobbes em seu Levitã (1615):” Assinalo, como tendência geral de todos os homens, um perpétuo e irrequieto desejo de poder e de mais poder que cessa apenas com a morte; a razão disso reside no fato de que não se pode garantir o poder senão buscando mais poder ainda”. Jesus foi vítima desse poder e foi judicialmente assassinado na cruz. Nossa cultura moderna se assenhoriou da morte, pois com a máquina de extermínio total já criada, pode eliminar a vida sobre a Terra e a si mesmo. Como controlar o demônio do poder que nos habita? Onde encontrar o remédio?

A renúncia a todo o poder pela radical humildade

Aqui São Francisco nos abriu um caminho: a radical humildade e a pura simplicidade. A  radical humildade implica pôr-se junto ao húmus, à terra, onde todos se encontram e se fazem irmãos e irmãs porque todos vieram do mesmo húmus. O caminho para isso consiste em descer do pedestal onde  nos colocamos como senhores e donos da natureza e operar um  radical despojamento de qualquer título de superioridade. Consiste em fazer-se realmente pobre, no sentido de tirar tudo o que se interpõe entre o eu e o outro. Ai se escondem os inter-esses. Estes não podem prevalecer, pois são entraves para o encontro com o outro, olho a olho, rosto a rosto, de mãos vazias para o abraço fraterno entre irmãos e irmãs, por diferentes que sejam.

A pobreza não representa nenhum ascetismo. É o modo que nos faz descobrir a fraternidade, juntos sobre o mesmo húmus, sobre a irmã e mãe Terra Quanto mais pobre mais irmão do Sol, da Lua,do do pobre,do animal, da água, da nuvem e das estrelas.

Francisco palmilhou humildemente esta senda. Não negou as obscuras origens de nossa existência, do húmus (de onde vem homo em latim) e desta forma se confraternizou com todos os seres, chamando-os com o doce nome de irmãos e irmãs, até o feroz lobo de Gubbio.

Um outro tipo de presença no mundo

Temos a ver com uma nova presença no mundo e na sociedade, não como quem se imagina coroa da criação estando em cima de todos, mas como quem está ao pé e junto com os demais seres. Por esta fraternidade universal, o mais humilde encontra sua dignidade e sua alegria de ser por sentir-se acolhido e respeitado e por ter seu lugar garantido no conjunto dos seres.

Leclerc obstinadamente coloca sempre de novo  a pergunta como quem não está totalmente convencido:“Será que  a fraternidade é possível entre os seres humanos?Ele mesmo responde:

”Somente se o ser humano se colocar a si mesmo com grande humildade, entre as criaturas, dentro de uma unidade de criação (que inclui o ser humano e a natureza como um todo) e respeitando todas as formas de vida, inclusive as mais humildes, ele poderá esperar  um dia formar uma verdadeira fraternidade com todos os seus semelhantes. A fraternidade humana passa por esta fraternidade cósmica”(p.93).

A fraternidade vem acompanhada pela simplicidade Esta não é nenhuma atitude piegas ou carola. Trata-se de um modo de ser, afastando tudo o que é supérfluo, todo tipo de coisas que vamos acumulando, fazendo-nos reféns delas, criando desigualdades e barreiras contra os outros  e negando-se a conviver solidariamente com eles e a contentar-se com o suficiente, compartilhando-o com os outros.

Esse percurso não foi fácil para Francisco. Sentia-se  responsável pelo caminho da radical pobreza e fraternidade. Ao crescer o número de seguidores, aos milhares, impunha-se uma organização mínima. Havia belos exemplos do passado. Francisco tinha verdadeira ojeriza a isso. Chega a dizer:”não me falem das regras de Santo Agostinho, de São Bento ou de São Bernardo; Deus quis que eu fosse um  novo louco nesse mundo (novellus pazzus)”. É a clara afirmação da singularidade de seu modo de vida e de seu estar no mundo e na Igreja, como um simples leigo,que toma absolutamente a sério o evangelho, no meio e junto  dos pobres e invisíveis e não como um clérigo da poderosa Igreja feudal.

A grande tentação de São Francisco

Entretanto, num dado momento de sua vida, entra numa profunda crise, pois via que seu caminho evangélico de radical pobreza e fraternidade estava sendo-lhe arrebatado. Amargurado, se retira numa ermida e no bosque, por dois longos anos, acompanhado pelo seu íntimo amigo Frei Leão “a ovelhinha de Deus”. É a grande tentação que as biografias pouco relevância lhe conferem, mas essencial para se entender a proposta de vida de Francisco.

Por fim, despoja-se deste instinto de posse espiritual. Aceita um caminho que não é  o seu mas que era inevitável. Onde dormiriam os frades? Como se sustentariam? Prefere salvar a fraternidade que seu ideal próprio. Acolhe jovialmente a férrea lógica da necessidade. Já não pretende mais nada. Despojou-se totalmente até de seus desejos mais íntimos  a ponto que seu  biógrafo São Boaventua o chamar de  vir desideriorum (homem de dsejos).

Agora, totalmente despojado em seu espírito, deixa-se conduzir por Deus. O Espírito será o senhor de seu destino. Ele mesmo não se propõe mais nada. Está  à mercê daquilo que a vida lhe pedir, vendo-a como vontade de Deus. Sente nisso a maior liberdade de espírito possível que se expressa por uma alegria permanente a ponto de o chamarem “o irmão sempre alegre”. Ele não ocupa mais o centro. O centro é a vida conduzida por Deus.E isso basta.

Volta ao meio dos confrades e recupera a jovialidade e a plena alegria de viver. Mas seguindo o chamado do Espírito, como nos inícios, volta  a conviver com os leprosos, que chama de “meus cristos” em profunda comunhão fraterna. Jamais abandona a profunda comunhão com  a irmã e Mãe Terra. Ao morrer, pede que o coloquem nu sobre a Terra para a ultima carícia e a total comunhão com ela.

A unidade da criação: todos irmãos e irmãs,os humanos e a natureza

Francisco buscou incansavelmente  a unidade da criação mediante a fraternidade universal, unidade que inclui seres humanos e seres da natureza. Tudo começa com a fraternidade com todas as criaturas, amando-as e respeitando-as. Se não cultivarmos esta fraternidade com elas, vã será a fraternidade humana que passa a ser meramente retórica e continuamente violada.

Curiosamente, o renomado antropólogo Claude Lévy Strauss que muitos anos lecionou e pesquisou no Brasil e aprendeu a amá-lo (veja seu livro “Saudade do Brasil”) confrontado com a crise aterradora de nossa cultura sugere o mesmo remédio de São Francisco:” o ponto de partida deve ser uma humildade principal: respeitar todas as formas de vida…preocupar-se do homem sem preocupar-se com as outras formas de vida é, quer queiramos ou não,  levar a humanidade a oprimir-se  a si mesma, abrir-lhe o caminho da auto-opressão e da auto-exploração”(Le Monde 21-22 de janeiro de 1999).  Face às ameaças planetárias também afirmou:”A Terra surgiu sem o ser humano e poderá continuar sem o ser humano”.

Voltemos ao nosso momento histórico: o confinamento social nos criou as condições involuntárias para colocarmos esta questão fundamental: O que é essencial: a vida ou o lucro? O cuidado da natureza ou sua ilimitada exploração? Finalmente que Terra queremos? Que Casa Comum desejamos habitar? Somente nós seres humanos ou junto com todos os demais irmãos e irmãs da grande comunidade de vida, realizando a unidade da criação? 

O Papa durante a pandemia tomou-se o tempo para refletir sobre esta momentosa questão. Expressou-a  em termos graves, quase desesperadores na Fratelli tutti embora, como homem de fé, mantevesse e reafirmasse sempre a esperança.

O sobrevivente do campo de extermínio nazista, Eloi Leclerc, a recolocou de forma existencial e permanentemente angustiada  mas com acenos de esperança, dentro de frequentes sobressaltos causados pela memória inapagável dos horrores sofridos nos campos de extermínio nazista.

Se não pode ser um estado, a fraternidade pode ser um novo tipo de presença no mundo

Francisco viveu em termos pessoais a  fraternidade universal. Mas em termos globais fracassou. Teve que compor-se com a ordem e com o poder. E o fez sem amargura, reconhecendo e acolhendo sua inevitabilidade. É a tensão permanente entre o carisma e o poder. O poder é um componente da essência do ser humano social. O poder, não é uma coisa (o estado, o presidente, a polícia) mas uma relação entre pessoas e coisas. Ao mesmo tempo assume a forma de  uma instância de direção social.  Contudo, devemos qualificar a relação e a direção. Ambos estão a serviço do bem de todos ou a de grupos que então se revela como como exclusão e  dominação? Para evitar esse modo (o demônio que o habita), prevalente na modernidade, deve ser sempre colocado sob controle, ser pensado e vivido a partir do carisma. Este representa um limite ao poder para garantir seu caráter de serviço à vida e ao bem de todos e evitar a tentação da dominação e até do despotismo. O carisma é sempre criativo e coloca em xeque o poder instituído.

Respondendo à questão se é possível uma fraternidade universal, diria:  dentro do mundo em que vivemos sob o império do poder-dominação sobre pessoas, nações e sobre a natureza, ele vem sempre inviabilizado e até negado. Por aquí no hay camino.

No entanto, se ele não pode ser vivido como um estado permanente, ele pode se realizar como como um espírito, como uma  nova presença e como um modo ser  que tenta impegnar todas as relações mesmo dentro da atual ordem que é uma desordem. Mas isso somente é possível à condição de cada pessoa ser humilde, de colocar-se junto ao outro e ao pé da natureza, superar as desigualdades e ver em cada um, um irmão e uma irmã, colocados sobre o mesmo húmus terrenal onde estão nossas origens comuns e sobre o qual convivemos.

O Tempo de São Francisco e o nosso tempo

Francisco de Assis, no quadro conturbado de seu tempo, no tramontar do feudalismo e no alvorecer das comunas, mostrou a possibilidade real de, ao menos a nível pessoal, criar uma fraternidade sem limites. Mas seu impulso o levava para mais longe: criar uma fraternidade global ao unir os dois mundos de então: o mundo muçulmano do sultão egípcio Al Malik al-Kâmil com quem nutriu grande amizade com o mundo cristão sob o pontificado do Papa Inocêncio III, o mais poderoso da história da Igreja. Desta forma realizaria seu sonho maior: uma fraternidade realmente universal, na unidade da criação, confraternizando o ser humano com outros seres humanos, mesmo de religiões distintas mas unidos com todos os demais seres da criação.

Esse espírito, no contexto das forças destrutivas do antropoceno e do necroceno reinantes, se confonta com uma situação, totalmente diversa daquela vivida por Francisco de Assis. Nela não se questionava se a Terra e a natureza tinham futuro ou não. Pressupunha-se que tudo estava garantido.O mesmo ocorreu na grande crise economico-financeira de 1929 e  mesmo na de 2008. Ninguém  colocava em  questão os limites da Terra e de seus bens e serviços não renovaveis. Era um pressuposto dado como evidente pois, para todos, ela comparecia qual baú cheio de recursos ilimitado, base para um crescimento também ilimitado. Na Laudato Si o Papa chama este cocnepçnao de mentira.

Hoje não é mais assim. Tudo se desvaneceu, pois sabemos que nos podemos destruir e abalar as bases físicas, químicas e ecológicas que sustentam a vida.

O espírito de fraternidade como exigência para a continuidade de nossa vida no planeta

Não estamos face a uma opção, que podemos assumir ou não. Mas face à uma exigência  da continuidade de nossa vida nesse planeta. Encontramo-nos numa situação ameaçadora para a nossa espécie e a nossa civilização.

 O Covid-19 que afetou a inteira humanidade cabe ser interpretado como um sinal da Mãe Terra de que não podemos continuar com a dominação e devastação de tudo o que existe e vive. Ou fazemos, como adverte o Papa Francisco de Roma à luz do espírito e  do um novo de ser no mundo de Francisco de Assis, “uma radical conversão ecológica”(N.5) ou pomos em risco o nosso futuro como espécie:“As previsões catastróficas já não se podem olhar com desprezo e ironia..Nosso estilo de vida e o nosso consumismo insustentáveis só  podem desembocar em catástrofes”(Laudat Si n.161). Na Frateli tutti é mais contundete:”Estamos no mesmo barco, ninguém se salva sozinho, só é possível salvar-nos juntos”(n.32). Trata-se de uma derradeira cartada para a humanidade.

O surgimento das condições para uma fraternidade universal

Mas eis que surge uma nova alternativa possível, pois a história não é retilínea. Ela conhece rupturas e saltos. Assim estaríamos face a um salto no estado de consciência da humanidade. Pode chegar a um momento em que ela se torna plenamente consciente de que pode se auto-destuir seja por uma fenomenal crise ecológica, social e sanitária (atacada por vírus letais) seja por uma guerra nuclear. Entenderá que é preferível viver fraternalmente na mesma Casa Comum do que entregar-se a um suicído coletivo. Será obrigada a convencer-se de que a solução  mais sensata e sábia consiste em cuidar da única Casa Comum, a Terra, vivendo dentro dela, todos, como irmãos e irmãs, a natureza incluida. Seguramente a humanidade não está condenada a se autodestruir, nem pela vontade de poder-dominação nem pelo aparato bélico, capaz de eliminar toda vida. Ela é chamada a desenvolver as incontáveis potencialidades que estão nela,como um momento avanaçado da cosmogênese.

 Será, então, um dado da consciência coletiva aquilo que as encíclica Laudato Si e Fratelli tutti repetem de ponta a ponta: todos estamos relacionados uns com os outros, todos somos interdependentes e só sobreviveremos juntos. Tudo será relacinal, também as empresas, gerando um quilíbrio geral assentado sobre o amor social, o  sentido de pertença fraterna,  o altruismo, a solidariedade e o cuidado comum de todas as coisas comuns (água, alimentção, moradia, segurança, liberdade e cultura etc).

Todos se sentirão cidadãos do mundo e membros ativos de suas comunidades. Haverá um governo planetário plural (de homens e mulheres, representantes de todos os países e culturas) que buscará soluções globais para problemas globais. Vigorará uma hiperdemocracia terrenal. A grande missão coletiva é construir a Terra, como já no deserto de Gobi, na China, nos idos de 1933, anunciava Pierre Teilhard de Chardin. Assistiremos ao surgimento lento e sustentável da noosfera vale dizer, das mentes e corações sintonizados dentro do único planeta Terra. Este é o nosso ato de fé.

Agora serão dadas as condições do sonho de Francisco de Assis e de Francisco de Roma: uma real fraternidade humana, de um verdadeiro amor social junto com os demais irmãos e irmãs da natureza.

Cabe a nós como pessoas e como coletividade pensar e repensar com a maior seriedade, colocar e recolocar esta questão: Dentro da situação mudada de Terra e da humanidade e das ameaças qe pesam sobre elas não representa puro sonho e utopia inviável buscar um espírito da fraternidade universal entre os humanos e com todos os seres da natureza e realizá-lo coletivamente. Esta será  a grande saída que nos poderá salvar. O Papa Francisco crê e espera que este é o caminho. Pode ser tortuoso,conhecer obstáculos e fazer desvios, mas segue pelo  rumo certo.

Somos urgidos a responder, pois o tempo do relógio corre contra nós. Ou acolhemos a proposta  da figura mais inspiradora do Ocidente, o humilde Francisco de Assis, como o chama  Tomás Kempis, autor da Imitação de Cristo e retomada na Fratelli tutti pelo Francisco de Roma e repensada por Leclerc e Lévy Strauss ou poderemos trilhar um caminho já percorrido pelos dinossauros há 67 milhões de anos. Mas cremos não ser este o destino da humanidade.

 Só nos resta palmilhar este caminho da fraternidade universal e do amor social porque  então poderemos  continuar, sob a luz benfazeja do sol, sobre esse pequeno planeta, azul e branco, a Terra, nosso querido lar e Casa Comum. Dixi et salvavi aninam meam.

*Leonardo Boff é ecoteólogo brasileiro e escreveu:”O covid-19: um contra-ataque da Terra contra a humanidade”(Petrópolis-Rio, 2020/21).

O cotidiano, a fantasia e o carisma

                                             Leonardo Boff

Nós viemos do  útero comum donde vieram todas as coisas, da Energia de Fundo, daquele oceano sem margens, do big bang, do bóson Higgs que originou o top-quark, o tijolinho material mais primordial do edifício cósmico, passando por todas as fases da evolução até chegarmos ao computador atual e à inteligência artificial. E somos filhos e filhas da Terra. Melhor, somos a Terra que anda e dança, que freme de emoção e pensa,  que quer e ama, que se extasia e adora o Ser que faz ser todos os seres.

Todas estas coisas primeiro estiveram no universo, se condensaram em nossa galáxia, ganharam forma em nosso sistema solar e irromperam concretas na nossa Terra, grande mãe, geradora de vida.

O princípio cosmogênico, vale dizer, aquelas  energias diretoras que comandam, cheias de propósito, todo o processo evolucionário,  obedecem a seguinte dinâmica tão bem estuda por Ilya Prigogine e Edgar Morin: ordem, desordem, relação, nova ordem, nova desordem, novamente relação e assim sempre de novo.

Mediante essa lógica, criam-se sempre mais complexidades  e diferenciações; na mesma proporção vão se criando interioridade e subjetividade em todos os seres até alcançar a sua expressão lúcida e consciente na mente humana. Só pode estar em nós o que antes estava no universo, mesmo em gestação.

Simultaneamente e também na mesma proporção vai se gestando a teia de relações, de trocas e de interdepências de todos com todos (tese básica da física quântica de Bohr/Heisenberg) que funciona como um ritornello nas encíclicas do Papa Francisco Laudato si (2015) e Fratelli tutti (2020), Tudo está relacionado com tudo em todos os momentos e em todas as situações. Diferenciação/interioridade/relação: eis a trindade cósmica que preside o funcionamento do universo. O normal do universo não é a permanência mas a mudança.

Como fruto da teia de relações, reciprocidades e simbioses existentes em tudo, na Terra e em nós mesmos, emerge uma nova ordem que, por sua vez, vai seguir a mesma trajetória de desordem, relação e nova ordem.  Enquanto estivermos vivos estamos sempre numa situação de não-equilíbrio  em busca contínua de adaptações que geram um novo equilíbrio.   Quanto mais próximos estivermos do equilíbrio total mais próximos estamos da morte. A morte é a fixação do equilíbrio e o fim do processo cosmogênico. Ou a sua passagem para um outro nível que demanda um novo tipo de reflexão. 

Como se manifesta esta estrutura concretamente em nossa vida? Primeiramente no cotidiano e no prosaico. Cada qual os vive à sua maneira, que começa com a toilette pessoal, como se veste, como toma o seu café, como dá uma olhada no jornal ou escuta as primeiras notícias pela tv ou pelo rádio, como busca sua felicidade e como enfrenta a labuta da vida pelo trabalho.

O cotidiano é rotineiro,  cinzento e com raras novidades. A maioria da humanidade vive restrita ao cotidiano com o anonimato que ele envolve.  Alguns são conhecidos pela primeira vez quando morrem,  pois o anúncio pode aparecer no jornal, se aparecer. É o percurso normal das pessoas. 

Mas os seres humanos são também habitados pela imaginação,chamada por alguns de “a louca da casa”. Ela rompe as barreiras do cotidiano, permite o poético e dá saltos. A imaginação é, por essência, inventiva; é o reino das probabilidades e possibilidades, de si infinitas. Imaginamos nova vida, nova casa, novo trabalho, novos prazeres, novos relacionamentos, novo amor.

É da sabedoria de cada um articular o cotidiano com o imaginário e construir certo equilíbrio na vida. Se alguém se entrega só ao imaginário, pode estar fazendo uma viagem, voa como uma águia pelas nuvens esquecido da Terra e, no limite, pode acabar numa clínica psiquiátrica. 

Pode também se sepultar na rotina do cotidiano e do prosaico e ficar como uma galinha, ciscndo ou com voo rasteiro. Então se mostra pesado, desinteressante e aborrecido.

Quando alguém, entretanto, sabe abrir-se ao dinamismo do imaginário e às chances escondidas no cotidiano, vivificando-o com um toque do imaginário, sua vida se faz uma construção contínua e se  torna uma jornada interessante. O efeito se faz logo notar: começa, sem se dar conta, a irradiar uma rara energia interior. Dele sai uma misteriosa força que se comunica aos outros.

A esta força chamamos de carisma. Ela significa a energia cósmica que tudo vitaliza e rejuvenesce, força que faz atrair as pessoas e fascinar os espíritos.  

Quem são os carismáticos? Todos. A ninguém é negada a força cosmogênica que movimenta, na palavra de Dante,  o céu e todas as estrelas. Por isso a vida de cada um é chamada para brilhar e não permanecer apagado. Cada é desafiado a despertar o carisma escondido nele.        

Mas há carismáticos e carismáticos. Há alguns nos quais esta força de irradiação implode e explode. É como uma luz na noite escura. Pode ser fraca mas basta para mostrar o caminho.

Pode-se fazer desfilar todos os bispos e cardeais diante dos fiéis reunidos num salão.  Pode haver figuras notáveis em vários campos da vida. Mas o olhar de todos se fixa sobre Dom Helder Câmara. Porque ele é carismático. A figura é minúscula. Parece o servo sofredor sem beleza e ornamento.  Mas dele sai uma força de ternura unida ao vigor que  se impõe a todos.

 Muitos podem falar. E há bons oradores que atraem a atenção. Mas deixem Dom Helder falar.  A voz começa baixinha. De repente é tomado por  uma força maior que ele. Há tanta energia e tanto convencimento que as pessoas ficam boquiabertas. Ele, de pequeno, frágil e fraco comparece como um gigante.

Algo semelhante ocorre com Lula. Deixem-no subir ao palanque, diante das multidões. Começa baixinho, assume um tom narrativo, vai buscando a trilha melhor para a comunicação. E lentamente adquire força, as conexões surpreendentes irrompem, a argumentação ganha seu travejamento certo, o volume de voz se alça, os olhos se incendeiam, os gestos ondulam a fala, num momento o corpo inteiro é comunicação e comunhão com a multidão  que de barulhenta passa a silenciosa e num momento culminante, irromper em gritos e aplausos de aprovação.

É o carisma fazendo seu advento no político Luiz Inácio Lula da Silva, o retirante nordestino, o líder sindical, o fundador do Partido dos Trabalhadores, o presidente que inseriu milhões na sociedade e fez com que muitos que estiveram sempre alijados há 500 anos, sentirem o gosto de serem considerados gente. As oligarquias jamais admitiram, nem ontem nem hoje, que alguém do andar de baixo se alce ao andar de cima. De tudo fizeram até, com razões ridículas, o lançarem na prisão por mais de 500 dias. O carisma lhe deu forças para tudo suportar e sair maior do que entrou.Não se apaga uma estrela que um dia surgiu.

Não sem razão Max Weber, o grande estudioso do carisma, chamou-o de estado nascente. O carisma está sempre em estado de nascimento e suscita energia nas pessoas que o cercam. A função do carismático é de ser parteiro do carisma presente nas pessoas.  Sua missão não é dominá-las com seu brilho, nem seduzi-las para que o sigam cegamente. Mas despertá-las da letargia do cotidiano e descobrir a força criadora da fantasia. E, despertas, perceberem que o cotidiano em sua platitude guarda segredos, novidades, energias ocultas que sempre podem despertar e  conferir um renovado sentido e brilho à vida, à nossa curta passagem por esse planeta.

Somos tudo isso, seres complexos e contraditórios, históricos e utópicos, prosaicos e poéticos, enfim, ima expressão da Energia Criadora (Bergson) que em nós se faz consciente a ponto de identificar até Aquele Ser que subjaz a todas as coisas e que sustenta o inteiro universo e a nós mesmos.

Leonardo Boff é autor de O despertar da águia: o sim-bólico e o dia-bólico na construção da realidade, Vozes 2005.

La vida como centro: la biocivilización en la postpandemia

Leonardo Boff*

Según la comprensión de los grandes cosmólogos que estudian el proceso de la cosmogénesis y de la biogénesis, la culminación de ese proceso no se realiza en el ser humano. La gran emergencia es la vida en su inmensa diversidad y aquello que le pertenece esencialmente, que es el cuidado. Sin el cuidado necesario ninguna forma de vida subsistirá (cf. Boff, L., El cuidado necesario, 2012). 

Es imperioso enfatizar: la culminación del proceso cosmogénico no se da en el antropocentrismo, como si el ser humano fuese el centro de todo; los demás seres sólo tendrían significado cuando estuvieran ordenados a él o a su uso y disfrute. El mayor evento de la evolución es la irrupción de la vida en todas sus formas, también en la forma humana consciente y libre.

El conocido cosmólogo californiano Brian Swimme, junto con el antropólogo de culturas y teólogo Thomas Berry, afirma en su libro The Universe Story (1999): «Somos incapaces de liberarnos de la convicción de que, como seres humanos, somos la gloria y la corona de la comunidad terrestre y de darnos cuenta de que somos el componente más destructivo y peligroso de esa comunidad». Este hallazgo apunta a la actual crisis ecológica generalizada que afecta a todo el planeta, la Tierra.

Los biólogos (Maturana, Wilson, de Duve, Capra, Prigogine) describen las condiciones en las que surgió la vida, a partir de un alto grado de complejidad y cuando esta complejidad se encontraba fuera de su equilibrio, en situación de caos. Pero el caos no es sólo caótico. También es generativo. Oculta dentro de sí mismo nuevos órdenes en gestación y varias otras complejidades, entre ellas la vida humana.

Los científicos evitan definir lo que es la vida. Constatan que representa la emergencia más sorprendente y misteriosa de todo el proceso cosmogénico. Tratar de definir la vida, reconoció Max Plank, es tratar de definirnos a nosotros mismos, una realidad que en último término no sabemos definitivamente qué es ni quién somos.

Lo que sí podemos afirmar es que la vida humana es un subcapítulo del capítulo de la vida. Vale la pena enfatizar que la centralidad pertenece a la vida. A ella se ordena la infraestructura físico-química y ecológica de la evolución que ha permitido la inmensa diversidad de vidas y dentro de ellas, la vida humana, consciente, hablante y cuidadora.

Además, sólo el 5% de la vida es visible, el 95% restante es invisible, constituyendo el universo de microorganismos (bacterias, hongos y virus) que operan en el suelo y el subsuelo, asegurando las condiciones de emergencia y mantenimiento de la fertilidad y la vitalidad de la Madre Tierra. 

Se intenta entender la vida como la autoorganización de la materia en un altísimo grado de interacción con el universo, con la inconmensurable red de relaciones de todos con todos y con todo lo demás que está surgiendo en cada parte del universo. 

Los cosmólogos y biólogos sostienen que la vida aparece como la expresión suprema de la “Fuente Original de todo ser” o “De aquel Ser que hace ser a todos los seres”, que para la teología representa tal vez la metáfora más apropiada de Dios. Dios es todo esto y mucho más. Es un misterio en su esencia y también es un misterio para nosotros. La vida no viene de afuera, sino del centro del proceso cosmogénico al alcanzar un altísimo grado de complejidad.

El Premio Nobel de Biología, Christian de Duve, llega a afirmar que en cualquier lugar del universo cuando se produce tal nivel de complejidad, la vida surge como un imperativo cósmico (Polvo vital: la vida como imperativo cósmico, 1997). En este sentido, el universo estaría lleno de vida no sólo en la Tierra.

La vida muestra una unidad sagrada en la diversidad de sus manifestaciones, ya que todos los seres vivos son portadores del mismo código genético de base que son los 20 aminoácidos y las cuatro bases nitrogenadas, lo que nos hace a todos parientes y hermanos unos de otros, como se afirma en la Carta de la Tierra y em la encíclica Laudato Si del Papa Francisco. Cada ser tiene un valor en sí mismo.

Cuidar la vida, hacer expandir la vida, entrar en comunión y sinergia con toda la cadena de vida, celebrar la vida y acoger, agradecidos, a la Fuente originaria de toda la vida es la misión singular y específica y el sentido del vivir de los seres humanos sobre la Tierra. No es el chimpanzé, nuestro primate más cercano, ni el caballo o el colibrí quienes cumplen esta misión consciente, sino el ser humano. Esto no le hace el centro de todo. Él es la expresión de la vida, dotada de conciencia, capaz de captar el todo, sin dejar de sentirse parte de él. Él sigue siendo Tierra (Laudato Si, n.2), no fuera o encima de los otros sino en medio de todos y junto con todos como hermano y hermana dentro de la gran comunidad de vida. Así prefiere llamar al “medio ambiente” la Carta de la Tierra. 

Esta, la Tierra, viene entendida como Gaia, superorganismo vivo que sistémicamente organiza todos los elementos y factores para seguir reproduciéndose como viva y generar la inmensa diversidad de vidas. Los humanos emergimos como la porción de Gaia que en el momento más avanzado de su evolución/complejidad comenzó a sentir, pensar, amar, hablar y a adorar. Entonces, cuando el 99,99% estaba ya listo, irrumpió en el proceso evolutivo el ser humano, hombre y mujer. En otras palabras, la Tierra no necesitaba al ser humano para gestar la inmensa biodiversidad. Al contrario, fue ella quien lo generó como expresión mayor de sí misma.

La centralidad de la vida implica una biocivilización que, a su vez, implica concretamente asegurar los medios de vida para todos los organismos vivos y, en el caso de los seres humanos: alimentación, salud, trabajo, vivienda, seguridad, educación y ocio. Si estandardizarmos para toda la humanidad los avances de la tecnociencia ya alcanzados, tendríamos los medios para que todos disfrutasen de servicios de calidad a los que hoy en día sólo tienen acceso los sectores privilegiados y opulentos.

En la modernidad, el saber fue entendido como poder (Francis Bacon) al servicio de la dominación de todos los demás seres, incluidos los humanos, y de la acumulación de bienes materiales por individuos o grupos con exclusión de sus semejantes, gestionando así un mundo de desigualdades, injusto e inhumano. 

Postulamos un poder al servicio de la vida y de los cambios necesarios y exigidos por la vida. ¿Por qué no hacer una moratoria de investigación y de invención en favor de la democratización de los conocimientos e inventos ya acumulados por la civilización para beneficiar a todos los seres humanos, empezando por los millones y millones de destituídos de la humanidad? Son muchos los que sugieren esta medida para que sea asumida por todos. entre nosotros propuesta por el economista-ecologista Ladislau Dowbor de la PUC-SP.

Mientras esto no ocurra, viviremos en tiempos de gran barbarie y de sacrificio del sistema-vida, tanto en la naturaleza como en la sociedad humana mundial.

Este es el gran desafío para el siglo XXI, construir una civilización cuyo centro sea la vida. La economía y la política, al servicio de la vida en toda su diversidad. O bien optamos por este camino o podemos autodestruirnos, pues ya hemos construido los medios para hacerlo, o podemos empezar a tener sabiduría y por fin a crear una sociedad verdaderamente justa y fraternal junto con toda la comunidad de vida, conscientes de nuestro lugar en medio de los demás seres y de la misión singular de cuidar y guardar la herencia sagrada recibida del universo o de Dios (Gn 2,15).

ADENDA

El año cósmico, el universo, la Tierra y el ser humano

Intentemos imaginar que los 13,7 mil millones de años, edad del universo, sean un único año (según Carl Sagan). Veremos cómo a lo largo de los meses de ese año imaginario han ido surgiendo todos los seres hasta llegar a los últimos segundos del último minuto del último día del año. ¿Qué lugar ocupamos? 

El primero de enero sucedió la Gran Explosión.

El primero de marzo surgieron las estrellas rojas. 

El 8 de mayo, la Vía Láctea.

El 9 de septiembre, el Sol. 

El 1 de octubre, la Tierra.

El 29 de octubre, la vida.

El 21 de diciembre, los peces.

El 28 de diciembre a las 8.00 horas, los mamíferos.

El 28 de diciembre a las 18,00 horas, los pájaros.

El 31 de diciembre a las 17.00 horas nacieron los antepasados pre-humanos.

El 31 de diciembre a las 22.00 horas entra en escena el ser humano primitivo, antropoide.

El 31 de diciembre a las 23 horas, 58 minutos y 10 segundos surgió el homo sapiens sapiens.

El 31 de diciembre a las 23 horas, 59 minutos y 56 segundos nació Jesucristo.

El 31 de diciembre a las 23 horas, 59 minutos y 59 segundos Cabral llegó a Brasil.

El 31 de diciembre a las 23 horas, 59 minutos y 59,54 segundos, la Independencia de Brasil.

El 31 de diciembre a las 23 horas, 59 minutos y 59,59 segundos nacimos nosotros. 

Somos casi nada. Pero por ínfimos que seamos a través de nosotros, de nuestros ojos, oídos, inteligencia, la Tierra contempla la grandeur del universo, sus hermanos y hermanas cósmicos. Para eso durante todo el proceso de la evolución todos los elementos se articularon de tal forma que la vida pudiese surgir y nosotros pudiésemos estar aquí y hablar de todo esto. Si hubiese habido alguna pequeña modificación las estrellas no se habrían formado o, formadas, no habrían explotado y así no habría nacido el Sol, ni la Tierra ni los 20 aminoácidos ni las cuatro bases nitrogenadas, y nosotros no estaríamos aquí escribiendo sobre estas cosas. 

Por esta razón el conocido físico inglés Freeman Dyson afirma: «Cuanto más examino el universo y estudio los detalles de su arquitectura, tantas más evidencias encuentro de que el universo de alguna manera debía saber que estábamos en camino» (1979).

*Leonardo Boff es ecoteólogo, filósofo y escritor y ha escrito Covid-19: la Madre Tierra contraataca a la humanidad, Vozes 2020.

Traducción de Mª José Gavito Milano