Rescatar lo reprimido: la conciencia profunda

Leonardo Boff*

Entre las muchas crisis que asolan nuestra civilización actual, la crisis de la conciencia ética y moral es indudablemente una de las más graves. Hay analistas que consideran el eclipse de la ética como una de las causas principales de los impasses actuales, de la desesperanza y del angustioso interrogante: De seguir el curso actual que reprimió la conciencia ética y con ella el sentido de corresponsabilidad por “una comunidad global de destino común para toda la humanidad”, para usar una feliz expresión frecuente en la boca de Xi Jinping de China, podremos por nuestra culpa llegar a una gravísima situación, eventualmente final de nuestra existencia en este planeta.

No pretendemos profundizar esta línea de pensamiento con toda la plausibilidad que contiene. Nuestro propósito es más sencillo: en momentos de grave perplejidad, de erosión de utopías esperanzadoras y de incertidumbre sobre qué destino nos espera, urge volver a aquellos datos mínimos de donde surge la conciencia ética y redefinirlos para nuestro momento actual.

Tomo como referencia dos conceptos griegos, pues fue en Grecia, en medio de una gran crisis de paso de una visión mítica del mundo a una visión racional, con los grandes filósofos como Platón y  Aristóteles y los dramaturgos como Sófocles, Eurípides y Esquilo, donde se elaboró la filosofía y el pensamiento ético, válidas todavía hoy. Las categorías son griegas pero tocan un valor universal: el “daimon” y el “Ethos”.

Para empezar es bueno aclarar que “daimon” no tiene nada que ver con el demonio. Al contrario, es el ángel bueno y protector. El  “daimon” para los griegos clásicos es sinónimo de la conciencia profunda e interior (syneídesis), esa voz que nunca se calla, como un juez que nos impulsa hacia el bien y crea mala conciencia por el mal hemos hecho. Ella pertenece a la naturaleza humana tanto como la inteligencia y la voluntad.

Sócrates, que siempre se dejaba siempre orientar por él, lo llama “voz profética dentro de mí, proveniente de un poder superior” o también “señal de Dios”. Más tarde el gran pensador Séneca consideraba la conciencia interior la sede donde habita Dios (prope est a te Deus, tecum est, intus est). Filón de Alejandría, también  gran filósofo, veía en la conciencia la presencia de lo Divino en el alma.

El hecho es que el “daimon”-conciencia significa la voz de la interioridad que siempre nos acompaña. No está en nuestro poder silenciarla. El criminal o corrupto –y hay tantos entre nosotros– puede huir lejos, esconderse de la justicia, pero está siempre aguijoneado por el juez interior que lo condena por lo que ha hecho mal y no lo deja tranquilo. O aquel sentimiento vivo y profundo que aplaude el gesto de generosidad que hayamos hecho con el hambriento de la calle. Todos somos portadores “de la conciencia-daimon” por el simple hecho de ser humanos con espíritu, subjetividad (nuestro profundo) y libre albedrío, hombres y mujeres, capaces de hacer cosas horribles (incluso las más ocultas) o cosas honradas que nos gratifican.

“Ethos” es otro concepto griego del cual viene la palabra ética. Ethos significa la morada humana, no simplemente el edificio material. La vivienda debe entenderse existencialmente como aquel espacio trabajado por nosotros que nos protege, dentro del cual vivimos y convivimos, distribuimos los demás espacios, el lugar de la sala de visitas, las habitaciones para dormir, la cocina y la despensa.

Toda morada-ethos debe tener su aura buena que hace que nos sintamos “en casa”, especialmente cuando volvemos del trabajo o de un viaje. A ella pertenece el rincón sagrado (el lugar de la diosa Hestia, protectora de la morada), donde guardamos fotos y recuerdos queridos, la vela que arde o los santos de nuestra devoción. Al ethos-morada pertenecen los cuidados y la buena relación con los vecinos.

Heráclito, genial filósofo presocrático (500 a.C.), unió las dos palabras en el aforismo 119: “el ethos es el daimon del ser humano”, o sea, “la casa es el ángel protector del ser humano”. Esta formulación esconde la llave de una construcción ética expresada en términos simples y prácticos, válida para nuestros tiempos sombríos.

Ser fieles a ese ángel bueno hace que vivamos bien en la casa, la individual, la ciudad, el país y el planeta Tierra, la Casa Común. Todo lo que hagamos para que se viva bien juntos (felicidad) es ético y bueno, lo contrario es antiético y malo. 

Sin embargo en nuestra historia hay una especie de tragedia: el “daimon” ha sido prácticamente reprimido y olvidado. En su lugar, los filósofos antiguos mencionados o los modernos como los impulsores de la moral cristiana o como Kant y otros, pusieron en marcha sistemas éticos, con principios y normas morales consideradas frecuentemente como válidas para todos, sin tener en cuenta lo singular de cada cultura y el cambio de los tiempos. Pero independientemente de estos factores cambiantes, la voz del ángel bueno no deja de hablar y de hacerse sentir al margen de nuestra voluntad, incluso cuando está confundida con las otras mil voces que se hacen oír en la sociedad. Si queremos una revolución ética duradera debemos liberar el “daimon”-conciencia cubierto de las cenizas de nuestro  egoísmo, del consumismo y del espíritu de maledicencia y de brutalidad en las relaciones personales y sociales.

Para remplazar nuestro paradigma inhumano por otro nuevo liberador debemos comenzar por auscultar el “daimon” de nuevo y tomar en serio el “Ethos”, como casa no sólo personal sino planetaria. Al final, es el sentido común ético. Él nos sugerirá cómo ordenar la casa que es la ciudad, el Estado y la Casa Común planetaria. No tenemos otra salida.

Escuchar al “daimon” y cultivar el “Ethos” que afectan a cada persona universalmente pueden traer alguna paz general y hacer surgir una actitud de respeto hacia la naturaleza y una ética del cuidado de la Casa Común. Eso podrá salvarnos. Y entonces podrá irrumpir una reconciliación general entre los humanos y con la naturaleza.

*Leonardo Boff ha escrito La búsqueda de la justa medida I y II: cómo equilibrar el planeta Tierra, Vozes 2024.

Traducción de MªJosé Gavito Milano

Zwei Zugänge zur Ethik: das Männliche und das Weibliche

Leonardo Boff

Derzeit gibt es mehrere ethische Modelle, die sich mit den Problemen auseinandersetzen, die sich aus der Komplexität des modernen Lebens im Prozess der globalen Vereinigung ergeben, und das trotz der von Donald Trump im Interesse einer unipolaren Welt unter Führung der USA vorangetriebenen Demontage des Prozesses der wirtschaftlichen Globalisierung.

Einige Modelle stammen aus der Vergangenheit, aus der aristotelisch-thomistischen Tradition, die von einer so bedeutenden Institution wie der katholischen Kirche, deren Gründungsprinzip in erster Linie auf den Themen Gerechtigkeit, Subsidiarität und Gleichheit beruht, als theoretische Referenz übernommen wurde. Andere wurden im Rahmen der Moderne entwickelt, wie etwa die kantische Pflichtethik. Oder aus der revolutionären Tradition marxistisch-sozialistischer Natur, die Gleichheit und Solidarität betont. Andere sind neuere Entwicklungen, wie etwa der demokratische Ökosozialismus, der im Hinblick auf soziale, technisch-wissenschaftliche und ökologische Praktiken typisch für komplexe Gesellschaften ist und das Thema der persönlichen und kollektiven Verantwortung, der Achtung des Vorsorgeprinzips und der Anerkennung der Rechte der Natur und der Erde in den Vordergrund stellt.

Alle diese Systeme sind in gewisser Weise in unserem kulturellen Raum präsent, sie bekräftigen die Entstehung eines ethischen Vorverständnisses und stellen einen historischen Reservefonds für weitere ethische Diskussionen und Ausarbeitungen dar.

Trotz aller historischen Sorgfalt in Bezug auf das Thema Ethik gibt es noch immer eine Strömung, die den ethischen Diskurs von Anfang bis Ende prägt und auf die wir durch die globale feministische Bewegung aufmerksam gemacht wurden. Feministinnen sagen uns, dass es zwei Zugänge zum ethischen Diskurs gibt: den Zugang des Mannes unter der Figur des Vaters und den Zugang der Frau unter der Figur der Mutter.

Es ist klar, dass wir seit der Jungsteinzeit immer noch im Zeitalter der Väter und Patriarchen leben. Die vorherrschende Ethik wurde in der Sprache des Mannes formuliert, der den öffentlichen Raum einnimmt und die Macht innehat. Sie findet ihren Ausdruck in Prinzipien, Imperativen, Normen, Geboten und vor allem im Rechtsstaat mit seinen Institutionen und gipfelt im Thema der Gerechtigkeit. Es verwendet den Logos, die Vernunft in ihren verschiedenen Formen, als Konstruktionswerkzeug.

Der Zugang der Frau war entweder weitgehend stummgeschaltet oder wurde nicht einmal vollständig geöffnet. Es drückt sich durch Zuneigung, Aufnahmebereitschaft, Beziehungen, Ästhetik und Spiritualität aus und gipfelt im Thema Fürsorge. Das Instrument der Konstruktion ist Pathos oder Eros, also die sensible oder herzliche Vernunft.

Tatsächlich gibt es eine Lebenserfahrung, die spezifisch für Frauen ist, und eine andere, die spezifisch für Männer ist. Obwohl Mann und Frau wechselseitig sind, sind sie nicht aufeinander reduzierbar, da sie Besonderheiten aufweisen, die in allen Bereichen, auch in ethischen Diskursen, auftreten.

Heute ist es an der Zeit, eine integrativere ethische Erfahrung zu machen, die über die Partikularisierung der Männerethik hinausgeht und die Beiträge der Frauenethik wertschätzt. Mann und Frau zusammen (Animus/Anima) ermöglichen eine reichere und umfassendere Erfahrung des Menschlichen.

Deshalb ist es wichtig, neben der Stimme der Gerechtigkeit auch auf die Stimme der Fürsorge zu hören. Einige nordamerikanische Philosophen haben sich eingehend mit diesem Thema befasst: Carol Gilligan (1982), Nel Noddings (2000), Annete C. Baier (1995) und M. Mayeroff (1971). Bei uns in Brasilien sticht das Gesamtwerk von Vera Regina Waldow (1993, 1998, 2006) hervor. Wir selbst weisen in „Saber cuidar“ (1994) auf die Dimensionen des Männlichen (Arbeit) und des Weiblichen (Sorge) als Begründer ethischer Existenz- und Lebensweisen hin.

Wichtig ist allerdings, von Anfang an klarzustellen, dass die Themen Gerechtigkeit und Fürsorge nicht ausschließlich in der Verantwortung von Männern oder Frauen liegen. Mann und Frau sind nur Tore. Beides macht den Menschen aus, männlich und weiblich. Aus diesem Grund kann das Männliche nicht mit dem Mann identifiziert und auf ihn allein reduziert werden. Ebenso das Weibliche, bei der Frau. Beide sind Träger der Animus-Dimension und der Anima-Dimension, mit anderen Worten des Weiblichen und des Männlichen gleichzeitig, aber jeder auf eine unterschiedliche und einzigartige Weise (Boff-Muraro 2002).

Daher betrifft die Fürsorge (weiblich) den Mann ebenso wie die Gerechtigkeit (männlich) die Frau. Beide praktizieren Gerechtigkeit und Fürsorge auf ihre eigene Weise, wobei die Gerechtigkeit bei Männern stärker sichtbar wird und sie daher ihr Hauptentwickler sind, während die Fürsorge bei Frauen stärker ausgeprägt ist und sie daher ihre Hauptträger sind (Gilligan, 1982,2).

Aufgrund dieser Einbeziehung betonen die oben genannten feministischen Philosophinnen, dass es sich bei den Themen Fürsorge und Gerechtigkeit nicht um Genderthemen, sondern um Fragen der Gesamtheit des Menschlichen handele (Noddings 1984).

Angesichts des allgemeinen ökologischen Aufschreis nach Gerechtigkeit und Fürsorge müssen sich Männer und Frauen heute wie nie zuvor in der Geschichte die Hände reichen und gemeinsam voranschreiten, wobei jeder seinen Beitrag zu den Bedrohungen leistet, die das Leben auf dem Planeten Erde belasten. Wir brauchen soziale Gerechtigkeit angesichts der immensen Zahl armer und mittelloser Menschen und ökologische Gerechtigkeit angesichts der systematischen Aggression, die unsere industriell-konsumorientierte Produktionsweise gegenüber der Natur und den Ökosystemen ausübt.

Gleichzeitig müssen wir uns um die Millionen von Menschen kümmern, die betroffen sind und in Bezug auf respektvolle Beziehungen, Gesundheit und soziale Eingliederung an den Rand gedrängt werden. Darüber hinaus ist es dringend erforderlich, uns um die verwundete Erde zu kümmern und die natürlichen Güter und Dienstleistungen zu bewahren, die unser Überleben auf diesem Planeten garantieren.

Es liegt an unserer und den zukünftigen Generationen, sich der Bedeutung der Zusammenarbeit zwischen Männern (Animus) und Frauen (Anima) bewusst zu werden, damit wir gemeinsam nicht die letzten sind, die das Leben auf dem Planeten Erde retten. Gerechtigkeit und Fürsorge können garantieren, dass wir weiterhin eine Zukunft haben.

Leonardo Boff utor von: Saber cuidar: ética do humano-compaixão pela Terra, Vozes 2000.

Due porte d’accesso all’etica: il maschile e il femminile

Leonardo Boff

Esistono attualmente diversi modelli etici che cercano di affrontare le questioni suscitate dalla complessità della vita contemporanea nel processo di unificazione planetaria, nonostante lo smantellamento del processo di globalizzazione economica perpetrato da Donald Trump, nell’interesse di un mondo unipolare, guidato dagli USA.

Alcuni modelli provengono dal passato, dalla tradizione aristotelico-tomista, assunti come riferimento teorico da un’istituzione importante come la Chiesa cattolica, fondata primariamente attorno al tema della giustizia, della sussidiarietà e dell’equità. Altri sono stati sviluppati nell’ambito della modernità, come l’etica kantiana del dovere. Oppure a partire dalla tradizione rivoluzionaria di stampo marxista-socialista, che enfatizza l’uguaglianza e la solidarietà. Altri sono elaborazioni recenti, come l’eco-socialismo democratico, tipico delle società complesse, in vista di pratiche sociali, tecnico-scientifiche ed ecologiche, che mettono in risalto il tema della responsabilità personale e collettiva, il rispetto del principio di precauzione, il riconoscimento dei diritti della natura e della Terra.

Tutti questi sistemi sono in qualche modo presenti nel nostro spazio culturale, corroborano la creazione di una pre-comprensione etica e costituiscono un fondo di riserva storica per ulteriori discussioni ed elaborazioni etiche.

Prendendo in considerazione tutta questa diligenza storica sul tema dell’etica, esiste ancora una corrente che segna il discorso etico da un punto all’altro e su cui siamo stati coscientizzati dal movimento femminista mondiale. Le femministe ci dicono che ci sono due porte d’accesso al discorso etico: la porta dell’uomo, attraverso la figura del padre e la porta della donna, attraverso la figura della madre.

È chiaro che, a partire dal Neolitico, viviamo ancora nell’era del padre e del patriarca. L’etica prevalente è stata formulata nel linguaggio dell’uomo che occupa lo spazio pubblico e detiene il potere. Egli si esprime attraverso principi, imperativi, norme, ordini e principalmente attraverso lo Stato di diritto con le sue istituzioni e culmina nel tema della giustizia. Usa come strumento di costruzione il logos, la ragione nelle sue varie forme.

La porta della donna è stata quasi del tutto silenziata o nemmeno è stata aperta del tutto. Si esprime attraverso l’affetto, la ricettività, le relazioni, l’estetica e la spiritualità e culmina con il tema della cura. Lo strumento di costruzione è il pathos o l’Eros, cioè la ragione sensibile o cordiale.

Effettivamente esiste un’esperienza di vita propria della donna e un’altra propria dell’uomo. Sebbene l’uomo e la donna siano reciproci, non sono riducibili l’uno all’altro, poiché presentano singolarità che emergono in tutti i campi, anche nei discorsi etici.

Oggi è tempo di avere un’esperienza etica più integrativa, che superi la peculiarità dell’etica maschile e che valorizzi i contributi che provengono dall’etica femminile. L’uomo e la donna insieme (animus/anima) permettono un’esperienza più ricca e totale dell’essere umano.

Pertanto, insieme alla voce della giustizia è importante ascoltare anche la voce della cura. Alcuni filosofi nordamericani hanno lavorato in modo approfondito su questo tema: Carol Gilligan (1982), Nel Noddings (2000), Annete C. Baier (1995) e M. Mayeroff (1971). Tra noi in Brasile spicca l’intera opera di Vera Regina Waldow (1993, 1998, 2006). Noi stessi in Saber cuidar (1994) indichiamo le dimensioni del maschile (lavoro) e del femminile (cura) come fondatrici di modi di esistere e di vivere eticamente.

Tuttavia, conviene chiarire fin da subito che le questioni della giustizia e della cura non sono di esclusiva competenza dell’uomo o della donna. L’uomo e la donna sono solo porte d’accesso. Entrambi costituiscono l’essere umano, maschile e femminile. Per questo motivo il maschile non può essere identificato con l’uomo e ridotto a lui solo. Allo stesso modo il femminile, con la donna. Entrambi sono portatori della dimensione dell’animus e della dimensione anima, in altre parole del femminile e del maschile contemporaneamente, ma ciascuno in modo diverso e singolare (Boff-Muraro 2002).

Quindi, la cura (femminile) riguarda l’uomo, così come la giustizia (maschile) riguarda la donna. Entrambi, a modo loro, realizzano la giustizia e la cura, anche se la giustizia acquisisce maggiore visibilità negli uomini, che ne sono quindi i principali promotori, e la cura acquisisce maggiore densità nelle donne, che ne sono quindi le principali portatrici (Gilligan, 1982,2).

In ragione di questa inclusione, le filosofe femministe insistono nel dire che il tema della cura e rispettivamente della giustizia non sono temi di genere, bensì questioni che riguardano la totalità dell’essere umano (Noddings 1984).

Oggi, di fronte al generale clamore ecologico, giustizia e cura, uomo e donna devono, come mai prima nella storia, darsi la mano e camminare insieme, contribuendo ciascuno a contrastare le minacce che gravano sulla vita sul pianeta Terra. Abbiamo bisogno di giustizia sociale di fronte all’immenso numero di persone povere e miserabili e di giustizia ecologica di fronte all’aggressione sistematica che il nostro modello di produzione industriale/consumistico pratica contro la natura e gli eco-sistemi.

Allo stesso tempo, dobbiamo prenderci cura dei milioni di persone che sono afflitte e relegate ai margini, in termini di relazioni rispettose, salute e inclusione sociale. È altrettanto urgente prendersi cura della Terra ferita e preservare i beni e i servizi naturali che garantiscono la nostra sopravvivenza su questo pianeta.

Spetta alla nostra generazione e a quelle future, prendere coscienza dell’importanza della cooperazione tra uomo (animus) e donna (anima), per non essere insieme gli ultimi a salvare la vita sul pianeta Terra. Giustizia e cura ci possono garantire che avremo ancora un futuro.

Leonardo Boff ha scritto Saber cuidar: ética do humano-compaixão pela Terra, Vozes 2000.

(Traduzione dal portoghese di Gianni Alioti)

Leo XIV.: Die große Herausforderung,die Entwestlichung und Entpatriarchalisierung der Kirche

            Leonardo Boff

Ich muss gestehen, dass ich von der Ernennung des nordamerikanisch-peruanischen Kardinalprobstes zum obersten Pontifikat der Kirche überrascht war. Dies lag an meiner Unwissenheit. Als ich später besser informiert war und mir YouTube-Videos und seine Reden vor den Menschen ansah, wie er mitten in einer Überschwemmung in einer peruanischen Stadt stand und wie er sich besonders um die indigene Bevölkerung (die Mehrheit der Peruaner) kümmerte, wurde mir klar, dass er wirklich die Garantie für die Kontinuität des Erbes von Papst Franziskus sein kann. Er wird nicht über dessen Charisma verfügen, aber er wird er selbst sein, zurückhaltender und schüchterner, aber sehr konsequent mit seinen gesellschaftlichen Positionen, einschließlich der Kritik an Präsident Trump und seinem Vizepräsidenten. Nicht ohne Grund hat Papst Franziskus ihn aus seiner Diözese der Armen in Peru abberufen und ihm eine wichtige Rolle in der vatikanischen Verwaltung übertragen. Leo XIV. verbrachte einen Großteil seines Lebens außerhalb der Vereinigten Staaten, viele Jahre als Missionar und dann als Bischof in Peru, wo er zweifellos umfangreiche Erfahrungen mit einer anderen Kultur und der schlechten sozialen Lage der Mehrheit der Bevölkerung sammelte. Er bekannte ausdrücklich, dass er sich mit diesen Menschen so sehr identifizierte, dass er sogar peruanischer Staatsbürger wurde.

Seine erste öffentliche Rede widersprach meinen anfänglichen Erwartungen. Es war eine fromme Rede und für das interne Publikum der Kirche bestimmt. Das Wort „arm“ kam nie vor, geschweige denn Befreiung, Bedrohung des Lebens und der ökologische Aufschrei. Das wichtige Thema war der Frieden, insbesondere „entwaffnet und entwaffnend“, eine sanfte Kritik an dem, was heute auf dramatische Weise geschieht, wie etwa der Krieg in der Ukraine und der offene Völkermord an Tausenden unschuldiger Kinder und Zivilisten im Gazastreifen. Es scheint, als liege dem neuen Papst all dies nicht auf dem Gewissen. Aber ich glaube, dass all dies bald wiederkehren wird, denn solche Tragödien waren in den Reden von Papst Franziskus, seinem großen Freund, so stark vertreten, dass sie dem neuen Papst noch immer in den Ohren klingen müssen.

Papst Franziskus verfügte als Jesuit über ein seltenes Gespür für Politik und Machtausübung und zwar durch die berühmte „Unterscheidung des Geistes“, eine zentrale Kategorie der ignatianischen Spiritualität. Ich gehe davon aus, dass er den Kardinalpropst als möglichen Nachfolger ansah. Er gehörte nicht zum alten und bereits dekadenten europäischen Christentum, sondern kam aus dem Großen Süden und verfügte über pastorale und theologische Erfahrungen, die er an der Peripherie der Kirche gesammelt hatte, insbesondere in Peru, wo mit Gustavo Gutiérrez die Befreiungstheologie geboren wurde und sich entwickelte.

Mit seiner sanften Art und seiner Vorliebe für das Zuhören und den Dialog wird er sicherlich die von Papst Franziskus übernommenen Herausforderungen und Neuerungen weiterführen, die hier nicht aufgezählt werden sollen.

Aber er wird meines Erachtens noch andere Herausforderungen zu bewältigen haben, die durch die Interventionen früherer Päpste nie ernst genommen wurden: Wie kann die katholische Kirche angesichts der neuen Phase der Menschheit entwestlicht und entpatriarchalisiert werden? Diese ist gekennzeichnet durch die Vollendung der Menschheit (nicht nur im wirtschaftlichen Sinne, der jetzt durch Trump gestört wird), die sich in politischer, sozialer, technologischer, philosophischer und spiritueller Hinsicht in immer schnellerem Tempo vollzieht. In diesem beschleunigten Prozess erscheint die katholische Kirche in ihrer Institutionalisierung und in ihrer hierarchischen Struktur als eine Schöpfung des Westens. Das ist unbestreitbar. Dahinter steht das klassische römische Recht, die Macht der Kaiser mit ihren Symbolen, Riten und ihrer Art der Machtausübung, die in einer höchsten Autorität, dem Papst, zentralisiert ist, „mit gewöhnlicher, höchster, voller, unmittelbarer und allgemeiner Macht“ (Kanon 331), Attribute, die in Wahrheit nur Gott zukommen. Darüber hinaus ist er in Glaubens- und Moralfragen unfehlbar. Weiter konnte man nicht gehen. Papst Franziskus hat sich bewusst von diesem Paradigma entfernt und hat begonnen, ein anderes Modell einer einfachen, armen Kirche, die in die Welt hinausgeht, einzuführen.

Das hat nichts mit dem historischen Jesus zu tun, dem Armen, dem Prediger eines absoluten Traums, des Reiches Gottes, und dem scharfen Kritiker aller Macht. Aber genau das ist passiert: Mit dem Niedergang des Römischen Reiches übernahmen die Christen, die zu einer Kirche wurden und über ein hohes Moralbewusstsein verfügten, die Neuordnung des Römischen Reiches, was Jahrhunderte lang andauerte. Aber das ist eine Schöpfung der westlichen Kultur. Die ursprüngliche Botschaft Jesu, sein Evangelium, erschöpft sich nicht in dieser Art von Inkarnation und wird auch nicht mit ihr identifiziert, denn die Botschaft Jesu ist eine Botschaft der totalen Offenheit gegenüber Gott als Abba (lieber Vater), der grenzenlosen Barmherzigkeit, der bedingungslosen Liebe auch zu den Feinden, des Mitgefühls für die Gefallenen auf den Straßen des Lebens und des Lebens als Dienst am Nächsten. Der derzeitige Papst Leo XIV. wird sich dieser Herausforderung nicht entziehen können. Wir wollen seinen Mut und seine Tapferkeit, sich den Traditionalisten entgegenzustellen und Schritte in diese Richtung zu unternehmen, sehen und unterstützen.

Eine große, immense Herausforderung für jeden Papst besteht darin, diese Art der Organisation des Christentums zu relativieren, damit es in den verschiedenen menschlichen Kulturen neue Gesichter annehmen kann. Papst Franziskus hat große Schritte in diese Richtung unternommen. Der derzeitige neue Papst hat in seiner Antrittsrede zu diesem Dialog aufgerufen. Solange diese Entwestlichung nicht fest im Gange ist, wird das Christentum für viele Länder immer eine westliche Angelegenheit sein. Es war mitschuldig an der Kolonialisierung Afrikas, Amerikas und Asiens und wird von den Geheimdiensten der kolonisierten Länder noch immer als Komplize betrachtet.

Eine weitere, nicht geringere Herausforderung ist die Entpatriarchalisierung der Kirche. Dies wurde oben bereits erwähnt. In der Führung der Kirche gibt es ausschließlich Männer, die im Zölibat leben und das Sakrament der Weihe (vom Priester bis zum Papst) empfangen haben. Der patriarchalische Faktor zeigt sich in der Verweigerung des Weihesakraments für Frauen. Sie stellen bei weitem die Mehrheit der Gläubigen dar und sind die Mütter und Schwestern der anderen Hälfte, der Männer der Kirche und der Menschheit. Dieser sexistische Ausschluss schadet der Kirche und stellt die Universalität der Kirche in Frage. Solange sie den Frauen nicht, wie in fast allen Kirchen geschehen, den Zugang zum Priesteramt eröffnet, zeigt sich darin das tief verwurzelte Patriarchat und die Prägung eines Westens, der sich in der Weltgeschichte immer mehr als ein Zufall/Unfall herausstellt.

Darüber hinaus radikalisiert die gesetzlich verankerte Zölibatspflicht (die zum Gesetz gemacht wurde) den patriarchalischen Charakter noch weiter und begünstigt den in weiten Teilen der kirchlichen Hierarchie spürbaren Antifeminismus. Da es sich lediglich um ein menschliches und historisches Gesetz und nicht um ein göttliches handelt, steht seiner Abschaffung und der Zulassung des optionalen Zölibats nichts im Wege.

Der neue Papst wird sich diesen und vielen anderen Herausforderungen stellen müssen, da der evangelische Sinn für Partizipation (Synodalität) und die gleiche Würde und Rechte aller Menschen, Männer und Frauen, immer mehr im Bewusstsein der Gläubigen wächst. Warum sollte es in der katholischen Kirche anders sein?

Diese Überlegungen sollen eine ständige Herausforderung für diejenigen sein, die für den höchsten Dienst der Belebung des Glaubens und der Lenkung der Wege der christlichen Gemeinschaft auserwählt wurden, wie zum Beispiel die Person des Papstes. Es wird die Zeit kommen, in der die Kraft dieser Veränderungen so groß wird, dass es dazu kommen wird. Dann wird es ein neuer Frühling der Kirche sein, die umso universeller wird, je mehr sie sich universeller Fragen annimmt und ihren Beitrag zu humanisierenden Antworten leistet.

Leonardo Boff  Theologe, Autor von: Eclesiogênese:a reinvenção da Igreja, Record 2008.

Übersetzt von Bettina Goldhartnack