La ciudadanía desafiada por el golpe parlamentario

Entendemos por ciudadanía el proceso histórico-social que capacita a la masa humana para forjar condiciones de conciencia, de organización, de elaboración de un proyecto y de prácticas en el sentido de dejar de ser masa y de pasar a ser pueblo, como sujeto histórico plasmador de su propio destino. El gran desafío histórico es seguramente este: cómo hacer de las masas anónimas, desheredadas y manipulables, un pueblo brasileño de ciudadanos conscientes y organizados. Y cómo situarse hoy ante el proyecto de los golpistas de 2016.

Veo seis dimensiones de una ciudadanía plena:

-La dimensión económico-productiva: la pobreza material y política entre nosotros es producida y cultivada por las oligarquias, pues así pueden dominar y explotar mejor a las masas. Esto es profundamente injusto.
El pobre que no tiene conciencia de que las causas de su pobreza son debidas a la explotación no tiene condiciones para realizar su emancipación.

– La dimensión político-participativa: si las personas mismas no luchan en pro de su autonomía y de su participación social nunca serán ciudadanos plenos. No tanto el Estado sino la sociedad debe, en sus diversas formas de organización y de lucha, asumir esta tarea.

– La dimensión popular: el tipo de ciudadanía vigente es de corte liberal-burgués, por lo que incluye a los que forman parte del sistema productivo y margina a los demás. Es una ciudadanía reducida. No se reconoce todavía el carácter incondicional de los derechos independientemente de sus posesiones, instrucción y condición social.

La construcción de la ciudadanía debe comenzar por abajo y estar abierta a todos. Se ejerce a través de los innumerables movimientos sociales y en las asociaciones comunitarias donde los excluidos construyen un nuevo tipo de ciudadanía y de democracia participativa.

-La dimensión de conciudadanía: la ciudadanía no define sólo la posición del ciudadano frente al Estado, como sujeto de derechos y no como un mendigo (no se ha de pedir nada al Estado sino reivindicar, los ciudadanos deben organizarse no para sustituir al Estado sino para hacerlo funcionar). La conciudadanía define al ciudadano frente a otro ciudadano, mediante la solidaridad y la cooperación, como paradigmáticamente ha sido mostrado en la Campaña contra el Hambre, la Miseria y a favor de la Vida, herencia inmortal de Herbert de Souza, Betinho.

– La ciudadanía ecológica: cada ciudadano y toda la sociedad tienen derecho a gozar de una calidad de vida decente. Esto sólo es posible si hay una relación de cuidado y de respeto hacia la naturaleza. Y se muestra por la no contaminación del aire, de las aguas, de los suelos y la no quimicalización de los alimentos. Cada ciudadano debe concienciarse de garantizar un futuro a la Casa Común y legarla habitable a las generaciones futuras.

– La ciudadanía terrenal: la conciudadanía se abre hoy a la dimensión planetaria, incorporando cuidado para con la única Casa Común, con bienes y servicios limitados. Es importante vivir las varias erres (r) del pensamiento ecológico: reducir, reutilizar, reciclar, rearborizar, rechazar la propaganda engañosa, respetar a todos los seres, etc. No sólo somos ciudadanos nacionales, sino también terrenales, responsables de la Tierra, como Casa Común.

En este momento, tras el golpe jurídico-parlamentario de 2016, la ciudadanía está siendo desafiada a confrontarse con dos proyectos antagónicos que se disputan la hegemonía: el proyecto de los adinerados, antiguos y nuevos, articulados con las corporaciones transnacionales quieren un Brasil menor, de un máximo de 120 millones, pues así, creen, sería posible administrarlo en su beneficio, sin mayores preocupaciones; los restantes millones que se fastidien, pues se habituaron desde siempre a vivir en la necesidad y a sobrevivir como pueden.

El otro proyecto, asumido por la ciudadanía, quiere construir un Brasil para todos, pujante, autónomo y soberano frente a las presiones de las potencias militaristas, técnica y económicamente poderosas, que apuntan a establecer un imperio del tamaño del planeta y vivir de la rapiña de las riquezas de los otros países. Estas se asocian con las élites nacionales, que están detrás del golpe de 2016. Ellas aceptan ser socios menores, a cambio de ventajas por su alineamiento con el proyecto-mundo. Así lo hicieron en el golpe civil-militar de 1964 y en el actual jurídico-parlamentario de 2016.

La correlación de fuerzas es muy desigual y se inclina a favor de las oligarquías adineradas. Pero éstas no tienen nada que ofrecer a los millones de brasileños, especialmente a los pobres, sino más empobrecimiento. Estas élites no son portadoras de esperanza y, por eso, están condenadas a vivir bajo el miedo permanente a que, un día, esta situación pueda revertirse y perder su situación de opulencia y de privilegios. Ese día llegará.

El futuro pertenece especialmente a los humillados y ofendidos de nuestra historia, que heredarán las bondades que la Madre Tierra-Brasil reservó para todos. Valió la pena su resistencia, su indignación y el coraje de cambiar en dirección a un Brasil del que podamos estar orgullosos.

*Leonardo Boff es articulista del JB online, teólogo, filósofo y escritor e está ultimando un libro sobre la Refundación de Brasil.

Traducción de Mª José Gavito Milano

¿Quién cortará los cuatro nudos gordianos de Brasil?

Brasil está atado con cuatro nudos gordianos que nadie ha conseguido todavía desatar y así liberarlo para construirse como país soberano y libre.

El nudo gordiano procede de una leyenda de la más lejana provincia romana, Frigia, adonde eran condenados los políticos corruptos y, en la era cristiana, los herejes. Era una especie de Siberia, lugar de castigo de los opositores o de los defensores de doctrinas heterodoxas.

La leyenda dice que habiendo quedado vacante el trono, fue escogido como rey un campesino de nombre Gordio. Vino con su carro de bueyes y, para honrar a Zeus y mostrar la humildad de su origen, metió la carreta dentro del templo y la amarró con una cuerda gruesa con muchos nudos de suerte que nadie podía desatarla. Y quedó así por mucho tiempo hasta que en el año 334 a.C. pasó por allí Alejandro, el Grande. Curioso, fue a ver los nudos. Dio vueltas alrededor. No se sintió rehén de los nudos de la cuerda. Tuvo una iluminación. Desenvainó la espada y de un golpe cortó la cuerda. De ahí se derivó la conclusión de que una idea alejada de los marcos convencionales –los nudos– puede fácilmente resolver el problema.
Brasil está atado con cuatro nudos gordianos, sin que hasta hoy haya llegado alguien que con un corte lo libre de ellos. Pero llegará un día.

El primer nudo gordiano es el etnocidio indígena. Eran cerca de 4 millones. El exterminio los redujo a los 800 mil de hoy. El exterminio más vergonzoso fue por decisión de don Juan VI el 13 de mayo de 1808 al declarar una guerra de exterminio contra los krenak (botocudos) del Valle del Río Dulce. Eran considerados indomesticables, por eso debían ser exterminados. Casi lo fueron. Algunos huyeron hacia la selva. Consiguieron rehacerse y hoy Ailton Krenak es uno de los más importantes líderes de los pueblos que sobrevivieron. Como consecuencia, esos pueblos originarios son discriminados hasta hoy como inferiores, sus tierras son demarcadas con dificultad y muchos de ellos todavía siguen siendo asesinados.

El segundo nudo gordiano es nuestro pasado colonial. Todo proceso colonialista es violento: implica invadir tierras, imponer la lengua, la política, la religión y desestructurar la cultura de los colonizados. La colonia creó dos instituciones que se transformaron en estructuras mentales: la Casa Grande del señor que tiene el poder de vida y muerte sobre los subordinados y la Senzala donde viven los esclavos y los peones sin ningún derecho. La consecuencia: dependemos siempre de afuera, consideramos que lo extranjero es mejor que nuestro propio producto. Dejamos surgir el sentimiento de “perro callejero” sin autovalorarnos.

El tercer nudo gordiano fue la esclavitud. De 4 a 5 millones de africanos fueron traídos de África como esclavos. Se los ponía en la plaza pública y eran vendidos como “piezas” para que sirvieran como trabajadores en el ingenio o como sirvientes en las ciudades. Se les prohibía formar una familia. Los hijos tan pronto como crecían eran vendidos lejos para romper así el lazo de afecto entre la madre y sus hijos e hijas. Fueron tratados con crueldad, como animales. Consecuencia: la falta de respeto a los otros, la discriminación y el odio que se extiende en la sociedad contra los negros y sus descendientes. Esto perdura hasta el día de hoy. Jessé Souza en su obra sociológica enfatiza que los descendientes de la Casa Grande no solo los mantienen en las periferias sino que los humillan y desprecian. Solo el gobierno Lula-Dilma les aplicó alguna medida de reparación, creando cuotas para ellos en las universidades y en las escuelas técnicas y una universidad, UNILAB, en Redenção, en el estado de Ceará.

El cuarto nudo gordano que obnubila la realidad brasilera es el patrimonialismo asociado a la corrupción. El patrimonialismo significa que las oligarquías consideran como privado el bien público, ocupan altos puestos del aparato del Estado, controlan las políticas públicas, entran en consorcio con empresas privadas para realizar proyectos del Estado, consiguiendo propinas por la mediación o por la sobrefacturación de las obras. Ahí corre suelta la corrupción, que ha sido naturalizada. Solamente en los últimos tiempos mediante el Lava Jato los dueños de las grandes empresas y políticos del más alto escalafón han sido desenmascarados y muchos de ellos llevados a la cárcel. Este nudo gordiano es el más difícil de desatar pues se ha ido infiltrando en toda la sociedad como si formase parte de los negocios y de nuestro ser brasilero.

Si Brasil quiere construir su propio camino, ganar autonomía y contribuir al devenir de la nueva fase planetaria de la Tierra, deberá cortar esos cuatro nudos. Un gobierno con fuerte liderazgo y coraje y con sentido de nacionalidad podrá cortar estos nudos, como condición para realizar el sueño brasilero. No perdemos la esperanza de que llegará ese día. Energías poderosas están impulsando en esta dirección.

*Leonardo Boff es articulista del JB online y está ultimando el libro Brasil: ¿prolongar la dependencia o completar la refundación?

Traducción de Mª José Gavito Milano

La herencia de exclusión en la historia de Brasil

El proceso de colonización de ayer y la recolonización actual, impuesta por los países centrales, está teniendo el efecto de producir, consolidar y profundizar nuestra dependencia y fragilizar nuestra democracia, siempre amenazada por algún golpe de las élites adineradas, cuando se dan cuenta del ascenso de las clases populares, vistas como una amenaza a sus altos niveles de acumulación. Así fue con el golpe de 2017 detrás del cual estaban y están los dueños del dinero.

Hay que reconocer que seguimos en la periferia de los países centrales, que desde el siglo XVI nos mantienen enganchados a ellos. Brasil no se sostiene de pie autónomamente. Yace injustamente “acostado eternamente en cuna espléndida”. La mayoría de la población está compuesta por los supervivientes de una gran tribulación histórica de sometimiento y de marginación.

La Casa grande y la Senzala constituyen los goznes teóricos articuladores de todo el edificio social. La mayoría de los habitantes de la Senzala, sin embargo, aún no ha descubierto que la opulencia de la Casa Grande fue construida con su trabajo superexplotado, con su sangre y con sus vidas, absolutamente desgastadas.

Nunca tuvimos una Bastilla que derribara a los dueños seculares del poder y del privilegio y permitiese la emergencia de otro sujeto de poder, capaz de moldear la sociedad brasileña de forma que todos pudieran caber en ella. Las clases acomodadas practicaron la conciliación entre ellas, excluyendo siempre al pueblo. El juego nunca cambió, sólo se barajan de otra manera las cartas de la misma y única baraja, como mostró Marcel Burztyn: El país de las alianzas, las élites y el continuismo en Brasil (1990) y más recientemente Jessé de Souza: Atraso de las élites: de la esclavitud hasta hoy día (2017).

La filósofa Marilena Chauí resumió sintéticamente el legado perverso de esta herencia: “La sociedad brasileña es una sociedad autoritaria, sociedad violenta, con una economía predatoria de los recursos humanos y naturales, conviviendo con naturalidad con la injusticia, la desigualdad, la ausencia de libertad y con Los espantosos índices de las diversas formas institucionalizadas ―formales e informales― de exterminio físico y psíquico, y de exclusión social, política y cultural” (500 años, cultura y política en Brasil, 1993: 51-52). El golpe parlamentario, jurídico y mediático de 2016 se enmarca en esta tradición.

El orden capitalista se encuentra en una posición absolutamente hegemónica en este escenario de la historia, sin oposición o alternativa inmediata a él.

Como nunca antes, el orden y la cultura del capital muestran inequívocamente su rostro inhumano, creando una absurda concentración de riqueza a costa de la devastación de la naturaleza, del agotamiento de la fuerza de trabajo y de una terrible pobreza mundial.

Hay crecimiento/desarrollo sin trabajo porque la utilización creciente de la informatización y de la robotización suprime el trabajo humano y crea desempleados estructurales, hoy totalmente descartables. Se cuentan por millones en los países centrales y entre nosotros, particularmente, tras el golpe parlamentario de 2016.

El mercado mundial, caracterizado por una competencia feroz, es profundamente asesino. Quien está en el mercado, existe; quien no resiste, deja de existir. Los países pobres pasan de la dependencia a ser prescindibles. Son excluidos del nuevo orden-desorden mundial y entregados a su propia miseria, como África, o son integrados de forma subalterna, como los países latinoamericanos, especialmente el Brasil del golpe parlamentario.

Los incluidos de forma agregada asisten a un drama terrible. Ven como se crean dentro de ellos islas de bienestar material con todas las ventajas de los países centrales, un 30% de la población, al lado del mar de miseria y de exclusión de las grandes mayorías, que en Brasil alcanzan a más de la mitad de la población. Es la perversidad del orden del capital, un sistema anti-vida como a menudo lo ha incriminado el Papa Francisco.

No debemos evitar la dureza de las palabras, pues la tasa de iniquidad social para gran parte de la humanidad se presenta insostenible desde el sentido de una ética mínima y de compasión solidaria.

Una razón más para convencernos de que no hay futuro para un Brasil insertado de esta forma en la globalización económico-financiera, excluyente y destructora de la esperanza, es ver cómo está siendo impuesta con la máxima celeridad por el nuevo gobierno ilegítimo.

Hay que buscar otro paradigma diferente y alternativo no sólo para Brasil sino para el mundo. Lentamente está siendo gestado en los movimientos de base y en sectores progresistas del mundo entero con sensibilidad ecológico-social, fundada en el cuidado y en la responsabilidad colectiva. De lo contrario podemos ser llevados por un camino sin retorno.

*Leonardo Boff es articulista del JB online y ha escrito La Gran Transformación de la sociedad, la economía y la ecología, Nueva Utopía, 2014.

Traducción de Mª José Gavito Milano

 

El miedo: enemigo de la alegría de vivir

Hoy en el mundo, y en Brasil, las personas están angustiadas por el miedo a asaltos, a veces con muertes, balas perdidas y atentados terroristas. Los realizados recientemente en Barcelona y Londres, provocaron un miedo generalizado, por más que haya habido demostraciones de solidaridad y manifestaciones pidiendo paz.

Yendo más al fondo de la cuestión, hay que reconocer que esta situación generalizada de miedo es la consecuencia última de un tipo de sociedad que ha puesto la acumulación de bienes materiales por encima de las personas y ha establecido como valor principal la competición y no la cooperación. Además ha elegido el uso de la violencia como forma de resolver los problemas personales y sociales.

La competición debe distinguirse de la emulación. La emulación es buena, pues trae a la superficie lo que tenemos de mejor dentro de nosotros y lo mostramos con sencillez. La competición es problemática, pues significa la victoria del más fuerte de los contendientes, derrotando a todos los demás, lo cual genera tensiones, conflictos y guerras.

En una sociedad donde esta lógica se hace hegemónica, no hay paz, sólo armisticio. Siempre existe el miedo a perder, perder mercados, ventajas competitivas, ganancias, el puesto de trabajo y la propia vida.

La voluntad de acumulación también produce ansiedad y miedo. Su lógica dominante es ésta: quien no tiene, quiere tener; quien tiene, quiere tener más; y quien tiene más dice: nunca es suficiente. La voluntad de acumulación alimenta la estructura del deseo que, como sabemos, es insaciable. Por eso, necesita garantizar el nivel de acumulación y de consumo. De ahí resulta la ansiedad y el miedo a no tener, a perder capacidad de consumir, a descender en status social y, por fin, a empobrecerse.

El uso de la violencia como forma de solucionar los problemas entre países, como se mostró en la guerra de Estados Unidos contra Irak, se basa en la ilusión de que derrotando al otro o humillándolo conseguiremos fundar una convivencia pacífica. Un mal de raíz, como la violencia, no puede ser fuente de un bien duradero. Un fin pacífico demanda igualmente medios pacíficos. El ser humano puede perder, pero jamás tolera ser herido en su dignidad. Se abren heridas que difícilmente se cierran y sobra rencor y espíritu de venganza, humus alimentador del terrorismo, que victima tantas vidas inocentes como lo hemos visto en muchos países.

Nuestra sociedad de cuño occidental, blanca, machista y autoritaria ha elegido el camino de la violencia represiva y agresiva. Por eso anda siempre metida en guerras, cada vez más devastadoras, como en la actual Siria, con guerrillas cada vez más sofisticadas, y con atentados cada vez más frecuentes. Detrás de tales hechos existe un océano de odio, amargura y deseo de venganza. El miedo flota como un manto de tinieblas sobre las colectividades y sobre las personas individuales.
Lo que invalida el miedo y sus secuelas es el cuidado de unos a otros. El cuidado constituye un valor fundamental para entender la vida y las relaciones entre todos los seres. Sin cuidado la vida no nace ni se reproduce. El cuidado es el orientador previo de los comportamientos para que sus efectos sean buenos y fortalezcan la convivencia.

Cuidar a una persona es involucrarse con ella, interesarse por su bienestar, sentirse corresponsable de su destino. Por eso, todo lo que amamos también lo cuidamos y todo lo que cuidamos también lo amamos.

Una sociedad que se rige por el cuidado, cuidado de la Casa Común, la Tierra, cuidado de los ecosistemas que garantizan las condiciones de la biosfera y de nuestra vida, cuidado de la seguridad alimentaria de cada persona, cuidado de las relaciones sociales para que sean participativas, equitativas, justas y pacíficas, cuidado del ambiente espiritual de la cultura que permite a las personas vivir un sentido positivo de la vida, acoger sus limitaciones, el envejecimiento y la propia muerte como parte de la vida mortal, esta sociedad de cuidado gozará de paz y concordia necesarias para la convivencia humana.

En momentos de gran miedo, ganan especial sentido las palabras del salmo 23, aquel de “el Señor es mi pastor y nada me falta”. El buen pastor asegura: “aunque pases por el valle de sombra de la muerte, no temas porque yo estoy contigo”.
Quien logra vivir esta fe se siente acompañado y en la palma de la mano de Dios. La vida humana gana ligereza y conserva, incluso en medio de riesgos y amenazas, una serena jovialidad y alegría de vivir. Poco importa lo que nos suceda, sucede en su amor. Él sabe el camino y lo sabe bien.

* Leonardo Boff es articulista del JB online y ha escrito El Señor es mi pastor: consuelo divino para el desamparo humano, Sal Terrae 2005.

Traducción de Mª José Gavito Milano