Paz: un bien escaso y siempre deseado

Lo que más se escucha al comienzo de cada nuevo año son los deseos de paz y felicidad. Si miramos de manera realista la situación actual del mundo, e incluso de los diferentes países, incluido el nuestro, lo que más falta es precisamente la paz. Pero es tan preciosa que siempre se desea. Y tenemos que empeñarnos un montón (casi iba a decir… hay que luchar, lo que sería contradictorio) para conseguir ese mínimo de paz que hace la vida más apetecible: la paz interior, la paz en la familia, la paz en las relaciones laborales, la paz en el juego político, la paz entre los pueblos y la paz con Dios  ¡Y cómo se necesita! Además de los ataques terroristas, hay en el mundo 40 focos de guerras o conflictos generalmente devastadores.

Son muchas y hasta misteriosas las causas que destruyen la paz e impiden su construcción. Me limito a la primera: la profunda desigualdad social mundial. Thomas Piketty ha escrito un libro entero sobre La economía de las desigualdades (Anagrama, 2015). El simple hecho de que alrededor del 1% de multibillonarios controlen gran parte de los ingresos de los pueblos, y en Brasil, según el experto en el campo Marcio Pochman, cinco mil familias detenten el 46% del PIB nacional muestra el nivel de desigualdad. Piketty reconoce que «la cuestión de la desigualdad de los ingresos del trabajo se ha convertido en el tema central de la desigualdad contemporánea, si no de todos los tiempos». Ingresos altísimos para unos pocos y pobreza infame para las grandes mayorías.

No olvidemos que la desigualdad es una categoría analítico-descriptiva. Es fría, ya que no deja escuchar el grito del sufrimiento que esconde. Ética y políticamente se traduce por injusticia social. Y teológicamente, en pecado social y estructural que afecta al plan del Creador que creó a todos los seres humanos a su imagen y semejanza, con la misma dignidad y los mismos derechos a los bienes de la vida. Esta justicia original (pacto social y creacional) se rompió a lo largo de la historia y nos legó la injusticia atroz que tenemos actualmente, pues afecta a aquellos que no pueden defenderse por sí mismos.

Una de las partes más contundentes de la encíclica del Papa Francisco sobre el Cuidado de la Casa Común está dedicada a “la desigualdad planetaria” (nn.48-52) Vale la pena citar sus palabras:

«Los excluidos son la mayor parte del planeta, miles de millones de personas. Hoy están presentes en los debates políticos y económicos internacionales, pero frecuentemente parece que sus problemas se plantean como un apéndice, como una cuestión que se añade casi por obligación o de manera periférica, si es que no se los considera un mero daño colateral. De hecho, a la hora de la actuación concreta, quedan frecuentemente en el último lugar… deberían integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el grito de la Tierra como el grito de los pobres» (n.49).

En esto radica la principal causa de la destrucción de las condiciones para la paz entre los seres humanos o con la Madre Tierra: tratamos injustamente a nuestros semejantes; no alimentamos ningún sentido de equidad o de solidaridad con los que menos tienen y pasan todo tipo de necesidades, condenados a morir prematuramente. La encíclica va al punto neurálgico al decir: «Necesitamos fortalecer la conciencia de que somos una sola familia humana. No hay fronteras ni barreras políticas o sociales que nos permitan aislarnos, y por eso mismo tampoco hay espacio para la globalización de la indiferencia» (n.52).

La indiferencia es la ausencia de amor, es expresión de cinismo y de falta de inteligencia cordial y sensible. Retomo siempre esta última en mis reflexiones, porque sin ella no nos animamos a tender la mano al otro para cuidar de la Tierra, que también está sujeta a una gravísima injusticia ecológica: le hacemos la guerra en todos los frentes hasta el punto de que ha entrado en un proceso de caos con el calentamiento global y los efectos extremos que provoca.

En resumen, o vamos a ser personal, social y ecológicamente justos o nunca gozaremos de paz serena.

A mi modo de ver, la mejor definición de paz la dio la Carta de la Tierra al afirmar: «la paz es la plenitud que resulta de las relaciones correctas con uno mismo, con otras personas, otras culturas, otras formas de vida, con la Tierra y con el Todo del cual formamos parte» (n.16, f). Aquí está claro que la paz no es algo que existe por sí mismo. Es el resultado de relaciones correctas con las diferentes realidades que nos rodean. Sin estas relaciones correctas (esto es la justicia) nunca disfrutaremos de la paz.

Para mí es evidente que en el marco actual de una sociedad productivista, consumista, competitiva y nada cooperativa, indiferente y egoísta, mundialmente globalizada, no puede haber paz. A lo sumo algo de pacificación. Tenemos que crear políticamente otro tipo de sociedad que se base en las relaciones justas entre todos, con la naturaleza, con la Madre Tierra y con el Todo (el misterio del mundo o Dios) al que pertenecemos. Entonces florecerá la paz que la tradición ética ha definido como «la obra de la justicia» (opus justiciae, pax).

* Leonardo Boff es teólogo y columnista del el JB on line.

Traducción de MJ Gavito Milano

El annus nefastus 2015 no invalida la esperanza de un annus propicius

El año de 2015 que acaba de terminar merece esta calificación latina: annus nefastus. Otros lo llaman annus horribilis. Ocurrieron tantas calamidades que, además de espanto, nos causan preocupación.

La primera es el Día de la sobrecarga o del sobregiro la Tierra (Earth Overshoot Day) ocurrido el 13 de septiembre. Significa que en este día la Tierra reveló que sus reservas de suministros para mantener el sistema-vida y el sistema-Tierra sobrepasó los límites. Perdió a su biocapacidad. La Tierra es la base para todos nuestros proyectos. Como la Tierra es un super-ente vivo, las señales que nos envía de que no aguanta más son las sequías, las inundaciones, los tifones y el aumento de la violencia en el mundo. Todo está conectado con todo, como repite insistentemente el Papa Francisco en su encíclica.

Asociado a este hecho, el consenso alcanzado el 12 de diciembre por la Cop 21 en París es ilusorio: el calentamiento debería estar por debajo de 2º centígrados, tendiendo hacia 1,5°C a mediados de siglo. Esto implica un cambio de paradigma de civilización, no basado en los combustibles fósiles, aunque se sabe que todas las energías alternativas en conjunto no llegan al 30% de lo que necesitamos. Esta conversión, los grandes proveedores de petróleo, gas y carbón no pueden hacerla ni la quieren. La idea es retórica.

El tercer evento nefasto es la violencia terrorista en Europa, en África, los miles de refugiados y la guerra que las potencias militaristas, todas juntas, promueven contra el Estado Islámico y en contra de otros grupos armados en Siria. Fuentes seguras dan fe de miles de víctimas civiles inocentes.

Otro hecho nefasto es la transformación de Estados Unidos en un estado terrorista. Con sus 800 bases militares distribuidas por todo el mundo, interviene, directa o indirectamente, allí donde percibe amenazados sus intereses imperiales. Internamente el “Acto patriótico” no ha sido abolido y es la suspensión de los derechos fundamentales. No sin razón la policía estadounidense mató en 2015 a cerca de mil personas desarmadas, el 60% de las cuales eran negros o latinos.

Otro hecho horribilis es en Brasil la corrupción dentro de la más grande petrolera del pais, PETROBRAS, implicando millones y millones de dólares. Junto a esto irrumpió entre nosotros una ola de odio, de ira y de prejuicio después de las elecciones presidenciales de 2014. No es de extrañar, porque Brasil está lleno de contrastes; así lo vio Roger Bastide (Brésil, terre des contrastres, Hachette, 1957), pero antes de él Gilberto Freyre, el más importante intérprete de la história social de Brasil, que escribió: «considerada en su conjunto, la formación de Brasil fue un proceso de equilibrio entre antagonismos».

Este antagonismo, a menudo mantenido bajo el manto ideológico del «hombre cordial» salió del armario ahora y se nota claramente, en particular en los medios de comunicación social. El «hombre cordial» que Sergio Buarque de Holanda Raízes do Brasil, 21.edición,  1989, p. 100-112) tomó del escritor Ribeiro Couto, es por lo general muy mal comprendido. No tiene nada que ver con civilidad y cortesía. Tiene que ver más bien con nuestra aversión a los ritos sociales y a los formalismos. Estamos a favor de la informalidad y la cercanía.

Es un comportamiento brasilero que se rige más por el corazón que por la razón. Ahora bien, del corazón nacen la amabilidad y la hospitalidad. Pero como acentúa Buarque de Holanda, «la enemistad puede muy bien ser tan cordial como la amistad, ya que una y otra nacen del corazón» (nota 157 de la p. 106 a 107).

Este frágil equilibrio se perdió en 2015 e irrumpió la cordialidad negativa como odio, prejuicio y rabia contra militantes del PT, contra nordestinos y negros. Ni figuras constitucionalmente respetables, como la presidenta Dilma Rousseff, se salvaron. Internet ha abierto las puertas del infierno a la injuria, las palabrotas, la afrenta directa entre las personas, unas contra otras.

Tales expresiones sólo revelan nuestro atraso, la ausencia de cultura democrática, la intolerancia y la lucha de clases. No se puede negar que se ha encontrado en ciertos sectores resentimiento de los pobres y de quienes ascendieron socialmente, gracias a las políticas sociales compensatorias (pero poco emancipadoras) del gobierno del PT. Los antagonismos brasileños se mostraron claramente no armonizados y ahora a rienda suelta unos contra otros en verdadera lucha (llámese de clases, de intereses, de poder, no importa). Pero hay una ruptura social en Brasil y nos va a costar mucho volverla a coser. A mi entender, sólo a partir de una democracia participativa que vaya más allá de la farsa actual, ya que representa antes los intereses de las clases acomodadas que los del pueblo como un todo.

Lo que nos vale es nuestra sobreabundancia de esperanza que supera el annus nefastus en dirección hacia un annus propicius. Hay tantas experiencias buenas por todas las partes que no pudieron ser abordadas en este espacio, que justifican esta esperanza de un año propicio. Que Dios nos escuche.

*Leonardo Boff es teólogo y columnista del JB online.

Traducción de MJ Gavito Milano

“No somos Dios”: Pablo Solón comenta a encíclica Laudato Si

“No somos Dios”

Pablo Solón é um dos grandes ecologistas latino-americanos, Boliviano, serviu como embaixador de seu país na ONU e participou ativamente nas várias conferências sobre aquecimento global. Por sua reconhecida competência foi por anos diretor executivo da Focus on the Global South com sede em Bangkok. É um dos mais duros críticos da “economia verde” por causa da  concepção que lhe subjaz que no fundo afirma:”Atualmente a relação com a natureza se faz através do mercado. Você tem que comprar.O capitalismo falhou porque não colocou preço à natureza. Você só cuida daquilo que tem preço. Isso quer fazer a economia verde”. A perversidade desse raciocínio é evidente,Tudo tem valor mas nem tudo tem preço, como a vida, as pessoas que não podem ser traficadas etc. Solón se bata  mundialmente por uma mudança de paradigma que organize a produção e o consumo  dentro dos limites da natureza e no respeito a seus direitos. Foi fundamental para o reconhecimento dos direitos na natureza e de chamar oficialmente  a Tera de Mãe Terra, decisões tomadas pela ONU:Lboff

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De todos los mensajes de la encíclica Laudato Si’ este es el que más me impresiona por su agudeza e ironía. ¿A donde hemos llegado para que el Papa se vea obligado a recordarnos en el párrafo 67 que “No somos Dios”?

IMG_0149Una gran mayoría de los seres humanos miramos a la naturaleza como un simple objeto, como un simple recurso que está allí para ser extraído, explotado, consumido y desechado. En cambio la Carta Encíclica sobre el Cuidado de la Casa Común remarca que todos los seres humanos, las plantas, los animales, los cerros y los bosques somos parte de una comunidad de la Tierra. Todos somos indispensables e interdependientes. El rol de los seres humanos no es dominar a la naturaleza sino cuidar, proteger, vigilar, preservar y custodiar esta comunidad de la Tierra. “Esto implica una relación de reciprocidad responsable entre el ser humano y la naturaleza. Cada comunidad puede tomar de la bondad de la tierra lo que necesita para su supervivencia, pero también tiene el deber de protegerla y de garantizar la continuidad de su fertilidad para las generaciones futuras” [67]. Para el Papa Francisco debemos buscar la armonía entre “todas las criaturas de Dios”.

La encíclica Laudato Si’ es la critica mas fuerte al antropocentrismo que se haya escrito hasta ahora en la Iglesia católica. “La Biblia no da lugar a un antropocentrismo despótico que se desentienda de las demás criaturas” [68]. “El antropocentrismo moderno, paradójicamente, ha terminado colocando la razón técnica sobre la realidad… si el ser humano no redescubre su verdadero lugar, se entiende mal a sí mismo y termina contradiciendo su propia realidad [115]. No asumirse como Dios y reconocer nuestro rol en la comunidad de la Tierra es sin duda el punto de partida para salir de este “comportamiento que a veces parece suicida” [55] y que esta provocando la crisis de todo el sistema de la Tierra.

Los todopoderosos y las lógicas del capital y el poder

Pero la encíclica no se queda en una reflexión filosófica de las causas de la crisis sistémica y hace una radiografía de la realidad económica que vivimos: “La salvación de los bancos a toda costa, haciendo pagar el precio a la población, sin la firme decisión de revisar y reformar el entero sistema, reafirma un dominio absoluto de las finanzas que no tiene futuro y que sólo podrá generar nuevas crisis después de una larga, costosa y aparente curación. La crisis financiera de 2007-2008 era la ocasión para el desarrollo de una nueva economía más atenta a los principios éticos y para una nueva regulación de la actividad financiera especulativa y de la riqueza ficticia. Pero no hubo una reacción que llevara a repensar los criterios obsoletos que siguen rigiendo al mundo”[189]. “Hoy algunos sectores económicos ejercen más poder que los mismos Estados” [196]

El Papa Francisco afirma que “Los poderes económicos continúan justificando el actual sistema mundial, donde priman una especulación y una búsqueda de la renta financiera que tienden a ignorar todo contexto y los efectos sobre la dignidad humana y el medio ambiente” [56].

“No somos Dios” no está dirigido a todos los seres humanos por igual, sino en particular a los que se asumen como todopoderosos y controlan las finanza, la tecnología y las armas. Este sector ha endiosado el mercado y cree que los “problemas se resuelven sólo con el crecimiento de los beneficios de las empresas o de los individuos” [190]. No sólo hay quienes actúan como Dios, sino que la lógica del capital y la ganancia han sido divinizadas. La encíclica no sólo cuestiona a los hombres endiosados sino a la lógica del capital. “¿Es realista esperar que quien se obsesiona por el máximo beneficio se detenga a pensar en los efectos ambientales que dejará a las próximas generaciones? Dentro del esquema del rédito no hay lugar para pensar en los ritmos de la naturaleza, en sus tiempos de degradación y de regeneración, y en la complejidad de los ecosistemas, que pueden ser gravemente alterados por la intervención humana. Además, cuando se habla de biodiversidad, a lo sumo se piensa en ella como un depósito de recursos económicos que podría ser explotado, pero no se considera seriamente el valor real de las cosas, su significado para las personas y las culturas, los intereses y necesidades de los pobres” [190].

Laudato Si’ enfatiza en varias partes que “el cuidado de los ecosistemas supone una mirada que vaya más allá de lo inmediato” [36] y sostiene que cuando se busca la ganancia fácil y rápida a nadie le interesa la preservación de la naturaleza. La encíclica aboga por una economía que no esté dominada por el principio de “maximización de la ganancia” [195] que nos impide ver el valor real de las cosas. En otras palabras, para comprender y respetar los ritmos de la naturaleza hay que salir de la lógica del capital que busca inexorablemente la ganancia fácil e inmediata. Continuar con “la obsesión por un estilo de vida consumista, sobre todo cuando sólo unos pocos puedan sostenerlo, sólo podrá provocar violencia y destrucción recíproca” [204].

Pero la lógica de la ganancia fácil y rápida no actúa sola sino que se combina con la lógica del poder y de los políticos. El inmediatismo del capital se articula con el inmediatismo político. “Respondiendo a intereses electorales, los gobiernos no se exponen fácilmente a irritar a la población con medidas que puedan afectar al nivel de consumo o poner en riesgo inversiones extranjeras. La miopía de la construcción de poder detiene la integración de la agenda ambiental con mirada amplia en la agenda pública de los gobiernos” [179]. Los políticos buscan resultados que puedan ser mostrados en su actual período de gobierno y en ese medida posponen acciones urgentes que tienen costos inmediatos y cuyos resultados requieren mucho tiempo para ser viabilizados. “La grandeza política se muestra cuando, en momentos difíciles, se obra por grandes principios y pensando en el bien común a largo plazo. Al poder político le cuesta mucho asumir este deber en un proyecto de nación” [179].

La Encíclica lanza una advertencia muy profunda al respecto: “siempre somos más fecundos cuando nos preocupamos por generar procesos más que por dominar espacios de poder” [178].

En síntesis, “mientras unos se desesperan sólo por el rédito económico y otros se obsesionan sólo por conservar o acrecentar el poder, lo que tenemos son guerras o acuerdos espurios donde lo que menos interesa a las dos partes es preservar el ambiente y cuidar a los más débiles” [198]. Es esta tenaza de la lógica del capital y la lógica del poder, que al ser endiosados como verdades y prácticas absolutas, no permiten enfrentar la crisis social y ambiental en la que se debate la comunidad de la Madre Tierra.

Democratización y redefinición del progreso

La encíclica apuesta por la democratización desde las bases para subvertir la lógica del poder: “Si los ciudadanos no controlan al poder político –nacional, regional y municipal–, tampoco es posible un control de los daños ambientales” [179]. “Un cambio en los estilos de vida podría llegar a ejercer una sana presión sobre los que tienen poder político, económico y social. Es lo que ocurre cuando los movimientos de consumidores logran que dejen de adquirirse ciertos productos y así se vuelven efectivos para modificar el comportamiento de las empresas, forzándolas a considerar el impacto ambiental y los patrones de producción” [206].

La encíclica aboga por un nuevo tipo de economía y política, y postula que “para que surjan nuevos modelos de progreso, necesitamos ‘cambiar el modelo de desarrollo global’” [194]. Este cambio de modelos de progreso es mucho más que el llamado “desarrollo sostenible” ya que el planteamiento de la encíclica es contrario a las medias tintas. “No basta conciliar, en un término medio, el cuidado de la naturaleza con la renta financiera, o la preservación del ambiente con el progreso. En este tema los términos medios son sólo una pequeña demora en el derrumbe. Simplemente se trata de redefinir el progreso” [194].

La idea de progreso que postula Laudato Si’ está capturada de la siguiente manera: “Tenemos que convencernos de que desacelerar un determinado ritmo de producción y de consumo puede dar lugar a otro modo de progreso y desarrollo. Los esfuerzos para un uso sostenible de los recursos naturales no son un gasto inútil, sino una inversión que podrá ofrecer otros beneficios económicos a medio plazo. Si no tenemos estrechez de miras, podemos descubrir que la diversificación de una producción más innovativa y con menor impacto ambiental, puede ser muy rentable. Se trata de abrir camino a oportunidades diferentes, que no implican detener la creatividad humana y su sueño de progreso, sino orientar esa energía con cauces nuevos” [191]. “Nadie pretende volver a la época de las cavernas, pero sí es indispensable aminorar la marcha para mirar la realidad de otra manera, recoger los avances positivos y sostenibles, y a la vez recuperar los valores y los grandes fines arrasados por un desenfreno megalómano” [114].

Aterrizando en lo concreto

La encíclica aterriza en aspectos muy concretos de la crisis que vivimos como son la contaminación y el cambio climático, la cuestión del agua, la perdida de biodiversidad y el deterioro de la calidad de la vida humana y la degradación social. Es de destacar que en algunas de estas cuestiones asume una postura muy clara y valiente como es el caso de la deuda ecológica, los combustibles fósiles y los mercados de carbono.

“Hay una verdadera « deuda ecológica », particularmente entre el Norte y el Sur, relacionada con desequilibrios comerciales con consecuencias en el ámbito ecológico, así como con el uso desproporcionado de los recursos naturales llevado a cabo históricamente por algunos países” [51].

“Se ha vuelto urgente e imperioso el desarrollo de políticas para que en los próximos años la emisión de dióxido de carbono y de otros gases altamente contaminantes sea reducida drásticamente, por ejemplo, reemplazando la utilización de combustibles fósiles y desarrollando fuentes de energía renovable” [26]. Y remarca: “sabemos que la tecnología basada en combustibles fósiles muy contaminantes –sobre todo el carbón, pero aun el petróleo y, en menor medida, el gas– necesita ser reemplazada progresivamente y sin demora”[165].

“La estrategia de compraventa de « bonos de carbono » puede dar lugar a una nueva forma de especulación, y no servir para reducir la emisión global de gases contaminantes. Este sistema parece ser una solución rápida y fácil, con la apariencia de cierto compromiso con el medio ambiente, pero que de ninguna manera implica un cambio radical a la altura de las circunstancias. Más bien puede convertirse en un recurso diversivo que permita sostener el sobreconsumo de algunos países y sectores” [171].

En relación a diferentes tecnologías la encíclica no emite un juicio de valor claro sobre algunas de ellas, pero si alerta contra la concentración del control de unos pocos sobre las mismas. “No podemos ignorar que la energía nuclear, la biotecnología, la informática, el conocimiento de nuestro propio ADN y otras capacidades que hemos adquirido nos dan un tremendo poder. Mejor dicho, dan a quienes tienen el conocimiento, y sobre todo el poder económico para utilizarlo, un dominio impresionante sobre el conjunto de la humanidad y del mundo entero. Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma y nada garantiza que vaya a utilizarlo bien, sobre todo si se considera el modo como lo está haciendo… ¿En manos de quiénes está y puede llegar a estar tanto poder? Es tremendamente riesgoso que resida en una pequeña parte de la humanidad” [104].

Y sobre los transgénicos afirma: “Es difícil emitir un juicio general sobre el desarrollo de organismos genéticamente modificados (OMG), vegetales o animales, médicos o agropecuarios, ya que pueden ser muy diversos entre sí y requerir distintas consideraciones. Por otra parte, los riesgos no siempre se atribuyen a la técnica misma sino a su aplicación inadecuada o excesiva” [133]. “Si bien no hay comprobación contundente acerca del daño que podrían causar los cereales transgénicos a los seres humanos… En muchos lugares, tras la introducción de estos cultivos, se constata una concentración de tierras productivas en manos de pocos debido a «la progresiva desaparición de pequeños productores que, como consecuencia de la pérdida de las tierras explotadas, se han visto obligados a retirarse de la producción directa»… En varios países se advierte una tendencia al desarrollo de oligopolios en la producción de granos y de otros productos necesarios para su cultivo, y la dependencia se agrava si se piensa en la producción de granos estériles que terminaría obligando a los campesinos a comprarlos a las empresas productoras” [114].

La encíclica en Bolivia

La encíclica del Papa Francisco es un llamado a la acción concreta en la vida real y no sólo en los discursos. En esta medida plantea una serie de líneas de acción que nos invitan a reflexionar sobre su aplicación concreta en Bolivia. Por ejemplo, sobre como salir progresivamente y sin demora de la tecnología basada en combustibles fósiles. En este marco, es una interpelación a varias políticas nacionales que priorizan la búsqueda de más y nuevos campos petrolíferos a expensas de los bosques y los pueblos indígenas, habiendo otras tecnologías que están a nuestro alcance y en las que Bolivia es privilegiada como es la radiación solar.

¿En qué medidas los políticos del oficialismo y la oposición son consecuentes y coherentes con el llamado de Laudato Si’ que ambos desde diferentes puntos de vista ensalzan? ¿Están apostando a una transición a energías renovables que nos lleve a dejar los combustibles fósiles bajo tierra como aboga el Papa Francisco, ó por el contrario son presas de un pragmatismo inmediatista que busca réditos fáciles en la disputa por el poder?

Bolivia está desperdiciando su gran potencial de radiación solar. En regiones como Potosí esta radiación solar llega a 8,5 kwh/m2. Países con menos radiación solar ya tienen proyectos en operación de energía solar mucho más ambiciosos. Sin ir muy lejos, Chile ya tiene en operación proyectos de energía solar por 600 MW, mientras nosotros recién nos aproximamos a los 5 MW en momentos en que los precios de esta tecnología han caído bastante y bajaran aún mucho más. ¿Por qué en vez de invertir miles de millones de dólares en nuevas exploraciones petrolíferas, mega represas hidroeléctricas o proyectos de energía nuclear no se invierten esos recursos en proyectos de generación eléctrica fotovoltaica?

Lo mismo podemos decir en relación a nuestros bosques que son los pulmones de la Madre Tierra. Entre el 2001 y el 2013 se han deforestado irresponsablemente en Bolivia 8,6 millones de hectáreas de bosques, lo que representa el 14% de los bosques que tenía al principio de este siglo. El 2013, según datos oficiales, perdimos 162.000 hectáreas de bosques nativos. Esta deforestación generó 90 millones de toneladas de dióxido de carbono. Una cantidad que es más de dos veces lo que emite la planta de electricidad a carbón más grande de la Unión Europea. Una actitud acorde con los postulados de la encíclica nos debe llevar a reflexionar que la ampliación de la producción agrícola no debe darse a costa de los bosques. En Bolivia existen millones de hectáreas deforestadas que deben ser recuperadas y en los bosques es posible practicar la agro forestería sin desmontar la selva.

El análisis de la encíclica debe aterrizar en las diferentes realidades que vivimos. La adscripción a muchos de sus planteamientos debe traducirse en acciones mas coherentes y con una mirada que articule la justicia ambiental con la justicia social. En este marco disposiciones legales como la ley de Derechos de la Madre Tierra del 21 de diciembre del 2010 deben ser realmente exigibles, con mecanismo claros y agiles para que las comunidades y ciudadanos puedan demandar que se cumplan y sancionen a los infractores de los derechos de la Madre Tierra.

La encíclica del Papa Francisco nos recuerda que no sólo “no somos Dios”, sino que debemos ser coherentes y consecuentes en la practica con lo postulados del cuidado de la Casa Común.

Publicado en la Revista Cuarto Intermedio Nº 111 no dia 26-12-2015

Navidad: cada vez que nace un niño es señal de que Dios todavía cree en el ser humano

Estamos en época de Navidad, pero el aura no es de Navidad, sino más bien de Viernes Santo. Tantas son las crisis, los ataques terroristas, las guerras que las potencias belicosas y militaristas (EE.UU., Francia, Inglaterra, Rusia y Alemania) conducen juntas contra el estado islámico, destruyendo prácticamente Siria, con una muerte espantosa de civiles y niños, como la misma prensa ha mostrado, la atmósfera contaminada de rencores y espíritu de venganza en la política brasileña, por no hablar de los niveles astronómicos de corrupción: todo esto apaga las luces de Navidad y ensombrece los pinos que deberían crear el ambiente de alegría y de inocencia infantil que todavía existe en toda persona humana.

Quién pueda ver la película Niños Invisibles, en siete escenas diferentes, dirigidas por directores de renombre como Spike Lee, Katia Lund, John Woo, entre otros, puede darse cuenta de las vidas destruidas de los niños en muchas partes del mundo, condenados a vivir de la basura y en la basura; y sin embargo, hay escenas conmovedoras de camaradería, de pequeñas alegrías en los ojos tristes, y de solidaridad entre ellos.

Y pensar que son millones en el mundo de hoy y que el propio niño Jesús, según las Escrituras, nació en un pesebre para animales, porque no había lugar para María, cercana al parto, en ninguna posada en Belén. Él se mezcló con el destino de todos estos niños maltratados por nuestra falta de sensibilidad.

Más tarde, ese mismo Jesús ya adulto dirá: “quien recibe a estos hermanos míos más pequeños, a mí me recibe”. La Navidad tiene lugar cuando se da esta acogida, como la que el Padre Lancelotti organiza en São Paulo para cientos de niños de la calle bajo un viaducto, que contó durante años con la presencia del presidente Lula.

En medio de todas estas desgracias en el mundo y en Brasil, me viene a la mente una pieza de madera con una inscripción pirograbada que un interno de un hospital psiquiátrico de Minas Gerais me dio durante una visita que hice allí para animar al personal. En ella está escrito: «Cuando nace un niño es señal de que Dios todavía cree en el ser humano».

¿Puede haber un acto de fe y esperanza mayor que este? En algunas culturas de África se dice que Dios está de manera especialmente presente en los que nosotros llamamos “locos”. Por eso son adoptados por todos y todos cuidan de ellos como si fueran un hermano o una hermana. Así se integran y viven en paz. Nuestra cultura los aísla y no los reconoce.

La Navidad de este año nos remite a esta humanidad ofendida y a todos los niños invisibles cuyos padecimientos son como los del niño Jesús, que ciertamente en el severo invierno de los campos de Belén temblaba en el pesebre. Según una antigua leyenda, se calentó con el aliento de dos caballos viejos que, en recompensa, adquirieron después completa vitalidad.

Vale la pena recordar el significado religioso de la Navidad: Dios no es un viejo barbudo con ojos penetrantes, ni un juez implcable que juzga todas nuestras acciones. Es un niño. Y como niño no juzga a nadie. Sólo quiere vivir y ser querido. Del pesebre viene esta voz: «¡Oh, criatura humana, no temas a Dios! ¿No ves que su madre ha envuelto sus pequeños brazos? Él no amenaza a nadie. Más que ayuda, necesita ser ayudado y llevado en brazos».

Nadie mejor que Fernando Pessoa, el gran poeta portugués entendió el significado humano y verdadero del niño Jesús:

«Él es el Niño Eterno, el Dios que faltaba. Es tan humano que es natural. Es el Divino que sonríe y juega. Por eso sé con toda seguridad que él es el Niño Jesús verdadero. Es un niño tan humano que es divino. Nos llevamos tan bien los dos, en compañía de todo, que nunca pensamos el uno en el otro… Cuando me muera, Niño mío, déjame ser el niño, el más pequeño. Tómame en tus brazos y llévame a tu casa. Desnuda mi ser cansado y humano. Acuéstame en la cama. Cuéntame historias, si me despierto, para que me vuelva a dormir. Y dame tus sueños para que juegue, hasta que nazca cualquier día que tú sabes cuál es».

¿Se puede contener la emoción ante tanta belleza? Por esto, todavía, a pesar de los pesares, podemos celebrar discretamente la Navidad.

Termino con este otro mensaje que tiene alto  significado y que me encanta: «Todo niño quiere ser hombre. Todo hombre quiere ser rey. Todo rey quiere ser “dios”. Sólo Dios quiso ser niño».

Abracémonos unos a otros como quien abraza al Divino Niño que se esconde en nosotros y que nunca nos abandonó. Y que la Navidad sea todavía una fiesta discretamente feliz.

*Leonardo Boff es teólogo y columnista del JB online.

Traducción de Mª José Gavito Milano