La Carta Magna de la ecología integral: grito de la Tierra-grito de los pobres

Antes de hacer cualquier comentario vale la pena resaltar algunas singularidades de la encíclica Laudato sí del Papa Francisco.

Es la primera vez que un Papa aborda el tema de la ecología en el sentido de una ecología integral (por tanto que va más allá de la ambiental) de forma tan completa. Gran sorpresa: elabora el tema dentro del nuevo paradigma ecológico, cosa que ningún documento oficial de la ONU ha hecho hasta hoy. Fundamenta su discurso con los datos más seguros de las ciencias de la vida y de la Tierra. Lee los datos afectivamente (con inteligencia sensible o cordial), pues discierne que detrás de ellos se esconden dramas humanos y mucho sufrimiento también por parte de la madre Tierra. La situación actual es grave, pero el Papa Francisco siempre encuentra razones para la esperanza y para confiar en que el ser humano puede encontrar soluciones viables. Enlaza con los Papas que le precedieron, Juan Pablo II y Benedicto XVI, citándolos con frecuencia. Y algo absolutamente nuevo: su texto se inscribe dentro de la colegialidad, pues valora las contribuciones de decenas de conferencias episcopales del mundo entero, desde la de Estados Unidos a la de Alemania, la de Brasil, la de la Patagonia-Comahue, la del Paraguay. Acoge las contribuciones de otros pensadores, como los católicos Pierre Teilhard de Chardin, Romano Guardini, Dante Alighieri, su maestro argentino Juan Carlos Scannone, el protestante Paul Ricoeur y el musulmán sufí Ali Al-Khawwas. Los destinatarios somos todos los seres humanos, pues todos somos habitantes de la misma casa común (palabra muy usada por el Papa) y sufrimos las mismas amenazas.

El Papa Francisco no escribe en calidad de Maestro y Doctor de la fe sino como un Pastor celoso que cuida de la casa común y de todos los seres, no sólo de los humanos, que habitan en ella.

Un elemento merece ser destacado, pues revela la «forma mentis» (la manera de organizar su pensamiento) del Papa Francisco. Este es tributario de la experiencia pastoral y teológica de las iglesias latinoamericanas que a la luz de los documentos del episcopado latinoamericano (CELAM) de Medellín (1968), de Puebla (1979) y de Aparecida (2007) hicieron una opción por los pobres contra la pobreza y a favor de la liberación.

El texto y el tono de la encíclica son típicos del Papa Francisco y de la cultura ecológica que ha acumulado, pero me doy cuenta de que también muchas expresiones y modos de hablar remiten a lo que viene siendo pensado y escrito principalmente en América Latina. Los temas de la «casa común», de la «madre Tierra», del «grito de la Tierra y del grito de los pobres», del «cuidado», de la «interdependencia entre todos los seres», de los «pobres y vulnerables», del «cambio de paradigma», del «ser humano como Tierra» que siente, piensa, ama y venera, de la «ecología integral» entre otros, son recurrentes entre nosotros.

La estructura de la encíclica obedece al ritual metodológico usado por nuestras iglesias y por la reflexión teológica ligada a la práctica de liberación, ahora asumida y consagrada por el Papa: ver, juzgar, actuar y celebrar.

Comienza revelando su principal fuente de inspiración: San Francisco de Asís, al que llama «ejemplo por excelencia de cuidado y de una ecología integral, y que mostró una atención especial por los más pobres y abandonados» (n.10; n.66).

Y entonces empieza con el ver: «Lo que le está pasando a nuestra casa» (nn.17-61). Afirma el Papa: «basta mirar la realidad con sinceridad para ver que hay un gran deterioro de nuestra casa común» (n.61). En esta parte incorpora los datos más consistentes referentes a los cambios climáticos (nn.20-22), la cuestión del agua (n.27-31), la erosión de la biodiversidad (nn.32-42), el deterioro de la calidad de la vida humana y la degradación de la vida social (nn.43-47), denuncia la alta tasa de iniquidad planetaria, que afecta a todos los ámbitos de la vida (nn.48-52), siendo los pobres las principales víctimas (n. 48).

En esta parte hay una frase que nos remite a la reflexión hecha en América Latina: «Pero hoy no podemos dejar de reconocer que un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el grito de la Tierra como el grito de los pobres» (n.49). Después añade: «el gemido de la hermana Tierra se une al gemido de los abandonados del mundo» (n.53). Esto es absolutamente coherente, pues al principio ha dicho que «nosotros somos Tierra» (n. 2; cf. Gn 2,7), muy en la línea del gran cantor y poeta indígena argentino Atahualpa Yupanqui: «el ser humano es Tierra que camina, que siente, que piensa y que ama».

Condena la propuesta de internacionalización de la Amazonia que «solamente serviría a los intereses económicos de las multinacionales» (n.38). Hace una afirmación de gran vigor ético: «es gravísima iniquidad obtener importantes beneficios haciendo pagar al resto de la humanidad, presente y futura, los altísimos costos de la degradación ambiental» (n.36).

Con tristeza reconoce: «nunca habíamos maltratado y lastimado a nuestra casa común como en los dos últimos siglos» (n.53). Frente a esta ofensiva humana contra la madre Tierra que muchos científicos han denunciado como la inauguración de una nueva era geológica –el antropoceno– lamenta la debilidad de los poderes de este mundo que, engañados, «piensan que todo puede continuar como está» como coartada para «mantener sus hábitos autodestructivos» (n.59) con «un comportamiento que parece suicida» (n.55).

Prudente, reconoce la diversidad de opiniones (nn.60-61) y que «no hay una única vía de solución» (n.60). Así y todo «es cierto que el sistema mundial es insostenible desde diversos puntos de vista porque hemos dejado de pensar en los fines de la acción humana» (n.61) y nos perdemos en la construcción de medios destinados a la acumulación ilimitada a costa de la injusticia ecológica (degradación de los ecosistemas) y de la injusticia social (empobrecimiento de las poblaciones). La humanidad simplemente «ha defraudado las expectativas divinas» (n.61).

El desafío urgente, entonces, consiste en «proteger nuestra casa común» (n.13); y para eso necesitamos, citando al Papa Juan Pablo II: «una conversión ecológica global» (n.5); «una cultura del cuidado que impregne toda la sociedad» (n.231).

Realizada la dimensión del ver, se impone ahora la dimensión del juzgar. Juzgar que es planteado en dos vertientes, una científica y otra teológica.

Veamos la científica. La encíclica dedica todo el tercer capítulo al análisis «de la raíz humana de la crisis ecológica» (nn.101-136). Aquí el Papa se propone analizar la tecnociencia sin prejuicios, acogiendo lo que ha traído de «cosas realmente valiosas para mejorar la calidad de vida del ser humano» (n. 103). Pero este no es el problema, sino que se independizó, sometió a la economía, a la política y a la naturaleza en vista de la acumulación de bienes materiales (cf.n.109). La tecnociencia parte de una suposición equivocada que es la «disponibilidad infinita de los bienes del planeta» (n.106), cuando sabemos que ya hemos tocado los límites físicos de la Tierra y que gran parte de los bienes y servicios no son renovables. La tecnociencia se ha vuelto tecnocracia, una verdadera dictadura con su lógica férrea de dominio sobre todo y sobre todos (n.108).

La gran ilusión, hoy dominante, reside en creer que con la tecnociencia se pueden resolver todos los problemas ecológicos. Esta es una idea engañosa porque «implica aislar las cosas que están siempre conectadas» (n.111). En realidad, «todo está relacionado» (n.117) «todo está en relación» (n.120), una afirmación que recorre todo el texto de la encíclica como un ritornelo, pues es un concepto-clave del nuevo paradigma contemporáneo. El gran límite de la tecnocracia está en el hecho de «fragmentar los saberes y perder el sentido de totalidad» (n.110). Lo peor es «no reconocer el valor propio de cada ser e incluso negar un valor peculiar al ser humano» (n.118).

El valor intrínseco de cada ser, por minúsculo que sea, está destacado de manera permanente en la encíclica (n.69), como lo hace la Carta de la Tierra. Negando ese valor intrínseco estamos impidiendo que «cada ser comunique su mensaje y dé gloria a Dios» (n.33).

La mayor desviación producida por la tecnocracia es el antropocentrismo. Este supone ilusoriamente que las cosas solo tienen valor en la medida en que se ordenan al uso humano, olvidando que su existencia vale por sí misma (n.33). Si es verdad que todo está en relación, entonces «nosotros los seres humanos estamos juntos como hermanos y hermanas y nos unimos con tierno cariño al hermano sol, a la hermana luna, al hermano río y a la madre Tierra» (n.92). ¿Cómo podemos pretender dominarlos y verlos bajo la óptica estrecha de la dominación?

Todas las «virtudes ecológicas» (n.88) se pierden por la voluntad de poder como dominación de los otros y de la naturaleza. Vivimos una angustiante «pérdida del sentido de la vida y del deseo de vivir juntos» (n.110). Cita algunas veces al teólogo ítalo-alemán Romano Guardini (1885-1968), uno de los más leídos a mediados del siglo pasado, que escribió un libro crítico contra las pretensiones de la modernidad (n.105 nota 83: Das Ende der Neuzeit, El ocaso de la Edad Moderna, 1958).

La otra vertiente del juzgar es de corte teológico. La encíclica reserva un buen espacio al «Evangelio de la Creación» (nn. 62-100). Parte justificando el aporte de las religiones y del cristianismo, pues siendo la crisis global, cada instancia debe, con su capital religioso, contribuir al cuidado de la Tierra (n.62). No insiste en las doctrinas sino en la sabiduría presente en los distintos caminos espirituales. El cristianismo prefiere hablar de creación en vez de naturaleza, pues la «creación tiene que ver con un proyecto de amor de Dios» (n.76). Cita, más de una vez, un bello texto del libro de la Sabiduría (11,24) donde aparece claro que «la creación pertenece al orden del amor» (n.77) y que Dios es “el Señor amante de la vida” (Sab 11,26).

El texto se abre a una visión evolucionista del universo sin usar esa palabra, hace un circunloquio al referirse al universo «compuesto por sistemas abiertos que entran en comunión unos con otros» (n.79). Utiliza los principales textos que ligan a Cristo encarnado y resucitado con el mundo y con todo el universo, haciendo sagrada la materia y toda la Tierra (n.83). Y en este contexto cita a Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955, n.83 nota 53) como precursor de esta visión cósmica.

El hecho de que Dios-Trinidad sea relación de divinas Personas tiene como consecuencia que todas las cosas en relación sean resonancias de la Trinidad divina (n.240).

Citando al Patriarca Ecuménico de la Iglesia ortodoxa, Bartolomeo «reconoce que los pecados contra la creación son pecados contra Dios» (n.7). De aquí la urgencia de una conversión ecológica colectiva que rehaga la armonía perdida.

La encíclica concluye esta parte acertadamente: «el análisis mostró la necesidad de un cambio de rumbo… debemos salir de la espiral de autodestrucción en la que nos estamos hundiendo» (n.163). No se trata de una reforma, sino, citando la Carta de la Tierra, de buscar «un nuevo comienzo» (n.207). La interdependencia de todos con todos nos lleva a pensar «en un solo mundo con un proyecto común» (n.164).

Ya que la realidad presenta múltiples aspectos, todos íntimamente relacionados, el Papa Francisco propone una “ecología integral” que va más allá de la ecología ambiental a la que estamos acostumbrados (n.137). Ella cubre todos los campos, el ambiental, el económico, el social, el cultural y también la vida cotidiana (n.147-148). Nunca olvida a los pobres que testimonian también su forma de ecología humana y social viviendo lazos de pertenencia y de solidaridad de los unos con los otros (n.149).

El tercer paso metodológico es el actuar. En esta parte, la encíclica se atiene a los grandes temas de la política internacional, nacional y local (nn.164-181). Subraya la interdependencia de lo social y de lo educacional con lo ecológico y constata lamentablemente las dificultades que trae el predominio de la tecnocracia, dificultando los cambios que refrenen la voracidad de acumulación y de consumo, y que puedan inaugurar lo nuevo (n.141). Retoma el tema de la economía y de la política que deben servir al bien común y a crear condiciones para una plenitud humana posible (n.189-198). Vuelve a insistir en el diálogo entre la ciencia y la religión, como viene siendo sugerido por el gran biólogo Edward O. Wilson (cf. el libro La creación: cómo salvar la vida en la Tierra, 2008). Todas las religiones «deben buscar el cuidado de la naturaleza y la defensa de los pobres» (n.201).

Todavía en el aspecto del actuar desafía a la educación en el sentido de crear una «ciudadanía ecológica» (n.211) y un nuevo estilo de vida, asentado sobre el cuidado, la compasión, la sobriedad compartida, la alianza entre la humanidad y el ambiente, pues ambos están umbilicalmente ligados, la corresponsabilidad por todo lo que existe y vive y por nuestro destino común (nn.203-208).

Finalmente, el momento de celebrar. La celebración se realiza en un contexto de «conversión ecológica» (n.216) que implica una «espiritualidad ecológica» (n.216). Esta se deriva no tanto de las doctrinas teológicas sino de las motivaciones que la fe suscita para cuidar de la casa común y «alimentar una pasión por el cuidado del mundo» (216). Tal vivencia es antes una mística que moviliza a las personas a vivir el equilibrio ecológico, «el interior consigo mismo, el solidario con los otros, el natural con todos los seres vivos y el espiritual con Dios» (n.210). Ahí aparece como verdadero que «lo menos es más» y que podemos ser felices con poco.

En el sentido de la celebración «el mundo es algo más que un problema a resolver, es un misterio gozoso que contemplamos con jubilosa alabanza» (n.12).

El espíritu tierno y fraterno de San Francisco de Asís atraviesa todo el texto de la encíclica Laudato sí. La situación actual no significa una tragedia anunciada, sino un desafío para que cuidemos de la casa común y unos de otros. Hay en el texto levedad, poesía y alegría en el Espíritu e indestructible esperanza en que si grande es la amenaza, mayor aún es la oportunidad de solución de nuestros problemas ecológicos.

Termina poéticamente “Más allá del sol”, con estas palabras: «Caminemos cantando. Que nuestras luchas y nuestra preocupación por este planeta no nos quiten la alegría de la esperanza» (n.244).

Me gustaría acabar con las palabras finales de la Carta de la Tierra que el mismo Papa cita (n.207): «Que nuestro tiempo se recuerde por despertar a una nueva reverencia ante la vida, por la firme resolución de alcanzar la sostenibilidad, por acelerar la lucha por la justicia y la paz, y por la alegre celebración de la vida».

Leonardo Boff, teólogo y ecólogo

Traducción de Mª José Gavito Milano

Este texto es un capitulo del libro en italiano Curare la Madre Terra, EMI, Bologna 2015.

“De ecclesia lascatorum”: La Iglesia de los lascados

A algunos se sorprendan delante de semejante título: “De Ecclesia Lascatorum”, la Iglesia de los lascados, la Iglesia de los invisibles de la sociedad. Al final de mi libro Iglesia: carisma y poder (1982) prometía una continuación con el título De severina Ecclesia: “la Iglesia Severina”, es decir, la Iglesia de los humildes y pobres, llamados «severinos» en el Nordeste de Brasil. Nunca pude escribir tal libro, si bien el Card. Joseph Ratzinger, entonces Presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que juzgó aquel libro mío, cada cierto tiempo pedía información sobre si el libro anunciado había sido publicado o no. Temía por la ortodoxia del texto, pues el tema de los pobres siempre da miedo a los portadores de poder.

Pero hete aquí que ahora aparece un libro que concreta aquel propósito mío de antaño. Ha sido elaborado de una forma profundamente espiritual, conmovedora y convincente por mi querido y recordado cofrade fray Lency Frederico Smaniotto, llamado en el seminario cariñosamente «Bambio» o «Cascudo», fallecido recientemente.

Quien quiera conocer la radicalidad de un franciscano que tomó en serio el mensaje innovador del Concilio Vaticano II, los documentos del episcopado latinoamericano de Medellín y de Puebla, la opción radical por los pobres y olvidados y la teología de la liberación, que lea este libro. Que contenga las lágrimas porque su saga provoca tal conmoción, por la coherencia, afectuosidad, humildad, coraje y espiritualidad franciscana que sólo encuentra paralelo en el padre Alfredinho, en fray Damián, el Cardinale Paolo Evaristo Arns, en el obispo de Barra de Bahía don Luiz Fernando Cappio, en el obispo de São Felix del Araguaia, don Pedro Casaldáliga, y me atrevo a decir que en el Papa Francisco, entre otros.

Fray Lency realizó literalmente lo que el Papa Francisco pidió el 28 de mayo de 2015 a los franciscanos del mundo entero: que viviesen la minoridad. Decía el Papa: “minoridad significa salir de nosotros mismos, de nuestros esquemas y puntos de vista personales; significa ir más allá de las estructuras –que también son útiles cuando se utilizan sabiamente–, más allá de los hábitos y de las certezas, para testimoniar una proximidad concreta con los pobres, necesitados y marginados, en una actitud auténtica de compartir y de servicio”. Fray Lency fue concretamente un fraile menor que se abajaba hasta la altura de los ojos del otro para mirarlo con el corazón.

Escribió el libro De Ecclesia lascatorum sobre una bombona de gas. En él no trata de hacer teología, sino de testimoniar una mística junto a los más humillados de este mundo, los siervos sufridores e invisibles de la sociedad. No ha sido solo escribir sino mucho más vivir, sufrir junto, recibir golpes junto, ser preso junto, arriesgar la vida junto y alegrarse junto con ellos. Mil luchas y cientos de derrotas. Pero, como el Maestro, nunca abandonó a los suyos. Siempre se volvió a levantar y retomó el viacrucis de los humillados, dondequiera que estuviesen.

Pasó por las principales estaciones de la pasión popular en los distintos Estados de Brasil. Efectivamente, Jesús sigue colgado de la cruz, goteando sudor y sangre y gritando oraciones a Dios. Fray Lency se asoció a quienes escuchan las lamentaciones del Maestro. Unido a tantos desgraciados procuró bajarlos de la cruz.

Estimo que este libro es uno de los testimonios más vivos, más fieles y más persuasivos de la Iglesia de los pobres, honra de nuestra Iglesia brasilera y faro que ilumina los caminos de tantos que, compasivos y solidarios, quieren y no siempre pueden seguir esa misma opción.

Pero esta opción está ahí para mostrar que el Evangelio de los olvidados está vivo y puede ser vivido con la radicalidad con que lo vivió Francisco de Asís, actualizada por Francisco de Roma. Su mensaje es tan desafiante que ninguna editorial tuvo el coraje evangélico de publicarlo. Pero habent sua fata libelli decían los antiguos: «los libros, los verdaderos, tienen su destino».

El libro se completa con escritos de otro fraile, fray David Raimundo Santos, que se identificó con la población afrodescendiente, abriendo escuelas y preparando estudiantes para la universidad.

Fray Lency, aunque siempre presente, ya no está visible entre nosotros. Está con sus “lascados”, los que le precedieron en la gloria. Está finalmente junto al Resucitado que no escondió sus llagas de maltratado. Después de tanta lucha, fray Lency no murió, fue a atender una llamada de Dios que le susurró:

“Mi querido hijo, Lency, ¡cómo te esperaba! Vienes cansado, con el cuerpo muy gastado. Ahora estás conmigo y te llevaré a la fuente de la eterna juventud donde todos tus hermanos y hermanas “lascados” te están esperando. Y cual águila que renueva todo su cuerpo, revivirás. Y más aún, resucitarás para estar eternamente con nosotros, con esos ‘hermanos y hermanas mías menores’ en los cuales yo estaba presente y en los que tú me serviste. Ahora ya no padecen, ya no lloran ni se lamentan pues todo eso pasó”.

“Ven, mi querido hijo Lency, ven, te esperaba desde siempre. Cumpliste tu misión como la mía cuando peregrinaba entre los pobres y necesitados de Palestina. Ven, quédate con nosotros para siempre, tiempo que no tendrá fin, en un nuevo Cielo y una nueva Tierra donde ya no habrá más humillados porque serán todos hermanos y hermanas, mis hijos e hijas queridos”.

Leonardo Boff

Amigo-hermano-cofrade

Traducción de Mª José Gavito Milano

Inflexión peligrosa para el futuro del proyecto-Brasil

La adopción por la administración Dilma Roussef de un ajuste fiscal y económico de claro sesgo neoliberal que lo alinea con los intereses de las grandes corporaciones multinacionales, con los rentistas nacionales, los fondos de pensiones, los bancos privados y otros entes financieros, instaura una inflexión peligrosa para el futuro político de nuestro país.
La alternativa que se imponía, teniendo defensores en ambos lados, era: o continuamos con el deseo de reinventar Brasil, con un proyecto sobre bases nuevas, sustentado por nuestra cultura, nuestras riquezas naturales (extremadamente importantes después de la constatación de los límites de los bienes naturales no renovables y del desequilibrio del sistema-Tierra), proyecto este defendido brillantemente por el científico político Luiz Gonzaga de Souza Lima, en un libro que hasta ahora no ha gozado del aprecio y la atención debidas: La refundación de Brasil: hacia una sociedad biocentrada (RiMa, São Carlos, SP 2011), o nos sometemos a la lógica imperial que nos quiere como asociados y subalternos, en una especie de recolonización, obligándonos a ser solamente abastecedores de productos in natura (materias primas, granos, minerales, agua virtual etc) que ellos no tienen y necesitan urgentemente.

El primero realizaría el gran sueño de los que piensan un Brasil verdaderamente independiente, desde Joaquim Nabuco hasta Darcy Ribeiro y Luiz Gonzaga de Souza Lima, y la mayoría de los movimientos sociales de cuño libertario. Estos siempre proyectaron una nación autónoma y soberana y abierta al mundo entero. El segundo se rinde resignadamente al más fuerte, aceptando la lógica hegeliana del señor y del siervo, y confiere inmensas ventajas a las clases tradicionalmente acomodadas que han dado la espalda a las grandes mayorías entregadas a su propia miseria y pobreza: indígenas exterminados, negros esclavizados y colonizados durante cuatro siglos.

Hasta ahora ha predominado esta segunda alternativa. Con la victoria democrática de los que venían de abajo, del PT y sus aliados, se podría esperar que se retomase el sueño de otro Brasil con las transformaciones que llevaría implícitas: la reforma política, tributaria, agraria, urbana y ambientalista. Pero nada de eso ha sucedido.

Ha habido, es verdad y hay que reconocerlo, una política de redistribución de renta, aumento de los salarios, políticas sociales que han beneficiado directamente a 36 millones de personas que estaban al margen. Pero un proyecto de desarrollo hecho en la base del consumo y no de la producción tenía que alcanzar sus límites y, finalmente, agotarse. Fue lo que lamentablemente ha ocurrido. Se ha perdido una oportunidad histórica única, o por falta de visión estratégica de largo plazo, o por la urgencia de dar lo mínimo a los millones de excluidos. En todo caso, la historia, que no es lineal ni suele repetirse, no dio el salto necesario hacia lo nuevo y lo inaudito viable.

Ahora estamos empantanados en una mega-crisis que algunos piensan que es la mayor de nuestra historia (Cid Benjamin), perplejos y con soluciones que difícilmente garantizan un futuro bueno para la mayoría de los brasileros. Nubes oscuras cubren nuestro horizonte. ¿Será que estaremos nuevamente obligados a repetir lo que no funcionó en el pasado y que ahora parece no funcionar ni aun en los países que gestaron el actual sistema de producción, de distribución, de consumo y de relación depredadora de la naturaleza? El paradigma de la modernidad ha agotado su capacidad de presentar alternativas.

Hay un temor bastante generalizado a que estemos forzados a seguir el extraño consejo dado por el tan alabado Lord Keynes para salir de la gran depresión de los años treinta del siglo pasado:

«Durante por lo menos cien años debemos simular delante de nosotros mismos y ante cada uno que lo bello es sucio y lo sucio es bello, porque lo sucio es útil y lo bello no lo es. La avaricia, la usura, la desconfianza deben ser nuestros dioses porque ellos son los que nos podrán guiar hacia la salida del túnel de la necesidad económica rumbo a la claridad del día… Después vendrá el retorno a algunos de los principios más seguros y ciertos de la religión y de la virtud tradicional: que la avaricia es un vicio, que la usura es un crimen y que el amor al dinero es detestable» (Economic Possibilities of our Grand-Children).

Algo parecido piensan los responsables de la crisis de 2008, pues sigue propalando que greed is good, que «la avaricia es buena». ¿Para quién? No para los millones de hambrientos, desempleados y marginados o hasta excluidos del actual sistema productivista, consumista, individualista y cínico, pero ventajoso para un puñado de multimillonarios que controlan gran parte de los flujos financieros del mundo.

Creo que cabe la frase de Martin Heidegger publicada post-mortem con referencia al destino de nuestra civilización que olvidó el Ser (el fundamento último que sustenta todas las cosas) y se perdió en los entes (el sentido inmediato y consumible): «Solamente un Dios podrá salvarnos» (nur ein Gott kann uns noch retten).

El Dios de la tradición judeo-cristiana es un Dios salvador y liberador de los oprimidos, un “soberano amante de la vida” (Sab 11,26). Creemos y esperamos que no permitirá que esta vez la vida sucumba.

Vea mi libro La gran transformación, Nueva Utopía, Madrid 2014.

Traducción de Mª José Gavito Milano

La crisis actual debe tener alguna salida

La crisis política y económica que estamos viviendo nos da la oportunidad de hacer realmente cambios profundos, como la reforma política, tributaria y agraria. Para tener el enfoque correcto, es importante considerar algunos puntos previos.

En primer lugar, debemos situar nuestra crisis dentro de la crisis mayor de la humanidad como un todo, en lugar de verla dentro de esta situación y fuera del actual curso de la historia. Pensar la crisis brasilera fuera de la crisis mundial no es pensar la crisis brasilera. Somos un momento de un todo mayor. En nuestro caso no escapa a la mirada ávida de los países centrales y de las grandes corporaciones cuál será el destino de la 7ª economía mundial donde se concentra lo principal de la economía del futuro de base ecológica: abundancia de agua dulce, las grandes selvas húmedas, una inmensa biodiversidad y los 600 millones de hectáreas cultivables. No le interesa a la estrategia imperial que haya en el Atlántico Sur una nación continental como Brasil, que no se alinee con los intereses globales y que por el contrario busque un camino independiente hacia su propio desarrollo.

En segundo lugar, la actual crisis brasilera tiene un trasfondo histórico que jamás puede ser olvidado, atestiguado por nuestros mayores historiadores: nunca hubo una forma de gobierno que diese atención adecuada a las grandes mayorías, descendientes de esclavos, de indígenas y de poblaciones empobrecidas. Eran considerados como peones y gente don nadie. El Estado, incautado desde el inicio de nuestra historia por las clases propietarias, no estaba pertrechado para atender sus demandas.

En tercer lugar, hay que reconocer que, como fruto de una penosa y sangrienta historia de luchas y de superación de obstáculos de todo orden, se constituyó otra base social para el poder político que ahora ocupa el Estado con sus aparatos. De un Estado elitista y neoliberal se pasó a un Estado republicano y social que, en medio de las mayores dificultades y concesiones a las fuerzas dominantes nacionales e internacionales, consiguió poner en el centro a quien siempre estuvo al margen. Es de una magnitud histórica innegable el hecho de que el Gobierno del PT haya sacado de la miseria a 36 millones de personas y les haya dado acceso a los bienes fundamentales de la vida. ¿Qué es lo que quieren los humildes de la Tierra? Ver garantizado el acceso a los bienes mínimos que les permitan vivir. Para eso sirven la Bolsa Familia, Mi Casa Mi vida, Luz para todos y otras políticas sociales y culturales sin las cuales los pobres jamás podrían ser abogados, médicos, ingenieros, pedagogos etc.

Califiquen como quieran estas medidas, pero ellas han sido buenas para la inmensa mayoría del pueblo brasilero. ¿No es la primera misión ética del Estado de derecho garantizar la vida de sus ciudadanos? ¿Por qué los gobiernos anteriores, de siglos, no tomaron esas iniciativas antes? ¿Fue necesario un presidente-obrero para hacer todo eso? El PT y sus aliados consiguieron esa hazaña histórica, no sin la fuerte oposición por parte de aquellos que en otro tiempo despreciaron a «los considerados ceros económicos», como lo mostraron Darcy Ribeiro, Capistrano de Abreu, José Honório Rodrigues, Raymundo Faoro y últimamente Luiz Gonzaga de Souza Lima, y aquellos todavía hoy siguen despreciándolos.

Algunos estratos de las clases altas privilegiadas se avergüenzan de ellos y los odian. Hay odio de clase sí, en este país, además de la indignación y de la rabia comprensibles, provocadas por los escándalos de corrupción habidos en el gobierno hegemonizado por el PT. Estas élites viejistas con sus medios de comunicación muy marcados por la ideología reaccionaria y de derecha, apoyados por la vieja oligarquía, diferente de la moderna más abierta y nacionalista, que en parte apoya el proyecto del PT, nunca aceptaron un gobierno de cariz popular. Hacen de todo para inviabilizarlo y para ello se sirven de distorsiones, difamaciones y mentiras, sin ningún pudor.

Se diseñan dos estrategias de la derecha, que consiguió articularse para volver al poder central que perdió por el voto, pero que todavía no se ha conformado:

La primera es mantener en la sociedad una situación de permanente crisis política para impedir con eso que la Presidenta Dilma gobierne. Para ello organizan manifestaciones por las calles, haciendo como un picnic, caceroladas, con las ollas llenas pues nunca supieron los que es una olla vacía, o si no, de forma maleducada y grosera abuchean sistemáticamente a la Presidenta en sus apariciones públicas.

La segunda consiste en un proceso de desmontar el gobierno del PT, calumniándolo como incompetente e ineficaz, y demoler el liderazgo del ex-presidente Lula con difamaciones, distorsiones y mentiras directas, que cuando se desenmascaran, no son desmentidas. Con eso pretenden impedir su candidatura en 2018 y su reelección.

Ese tipo de procedimiento solo revela que la democracia que todavía tenemos es de bajísima intensidad. Los actos recientes, provocadores y llenos de espíritu de venganza de los presidentes de las dos casas, ambos del PMDB, confirman lo que el sociólogo de la UNB, Pedro Demo, escribió en su Introducción a la sociología (2002): «Nuestra democracia es la representación nacional de hipocresía refinada, repleta de leyes “bonitas”, pero hechas siempre, en última instancia, por la elite dominante para que les sirvan a ella de principio a fin. Los políticos son gente que se caracteriza por ganar mucho, trabajar poco, hacer negocios, emplear a parientes y paniguados, enriquecerse a costa de las arcas públicas y entrar en el mercado por arriba… Si ligásemos democracia con justicia social, nuestra democracia sería su propia negación» (p. 330-333).

No saldremos de esta crisis ni desharemos a los revanchistas y golpistas sin una reforma política, tributaria y agraria. En caso contrario, la democracia será manca y tuerta.

traduccuión de José María Gavito