Todavía hay lugar para la esperanza y la autoestima en la politica

La inauguración del segundo mandato de la presidenta Dilma y los discursos de algunos ministros, permitió a muchos ciudadanos volver a tener esperanza frente a la ola de pesimismo inducido durante la campaña electoral. Me refiero aquí a los discursos de la presidenta Rousseff, del ministro del MDA, Patrus Ananias, del exsecretario de la presidencia, el ministro Gilberto Carvalho y de su sucesor, el ministro Miguel Rossetto.

Ahí aparecieron los ideales originarios de la revolución política, democrática y pacífica que el PT ha traído a la historia brasilera. Digan lo que quieran, el hecho es que el sujeto del poder político y del Estado ya no es la tradicional clase dominante, aquellos que detentaban los medios del poder, del tener, del saber y del comunicar. Por más que inventasen estrategias para el mantenimiento de sus estatus, usando medios de lo más torpe como la edición de la obscena revista VEJA en la víspera de las elecciones, no consiguieron convencer a los electores. Ellos intuyeron que el proyecto político hegemonizado por el PT les era más adecuado para su bienestar y para continuar la invención de otro tipo de Brasil.
Ahora, después de decenios de maduración, venido de los fondos de la esclavitud, de las grandes periferias empobrecidas, del mundo de los ignorados, con la colaboración de aliados de otras clases sociales, se formó un nuevo poder de cuño popular y republicano que permitió conquistar democráticamente la dirección del Estado.

Me anticipo ya a los críticos que hablan y no paran del mensalón y de la corrupción de algunos altos cargos de Petrobrás. Es importante reconocer sus errores y crímenes, investigarlos y exigir su condena como dicen continuamente la presidenta Dilma y los mejores líderes del PT. Pero ese ínfimo número de corruptos no podrá anular el proyecto transformador de más de un millón de afiliados al PT.

Los hay que quieren fijarse en la crítica de ese desvío como quien todavía insistiera en permanecer en la fase anal de su proceso de individuación, como diría Freud. Nunca hay solamente sombras. Siempre hay también luces. Ellas coexisten dialécticamente. Pero enfatizar solamente las sombras es caer en el moralismo inmovilizador, como si solo con la moral se pudiesen resolver todos los problemas de un país. Hay una indignación farisaica porque se basta a sí misma y cuando presentan una alternativa, esta es peor que aquella que critican.

Lo que vimos y oímos de los ministros referidos fue la luz que precisaba nuevamente ser testimoniada. Dudo sinceramente que alguien pueda apuntar cualquier desliz de conducta de la presidenta, del ministro Patrus Ananias, del ministro Miguel Rossetto y de Gilberto Carvalho entre otros. Este último ha estado en el palacio de Planalto durante doce años. Al entrar en la sala de trabajo se concentró y pidió a Dios, en quien cree con una fe hecha experiencia vital: “Dios mío, te pido solo dos cosas, que nunca traicione mi opción por los pobres y que jamás sea rehén de los ritos del poder”.

Quien lo conoce sabe de su fidelidad a esa opción, de su transparencia y sencillez, aliada al coraje de enfrentarse a los poderosos y de deconstruir las distorsiones de algunos grandes medios de comunicación, que siguen sin aceptar que un día fueron apeados del poder. Esos perdedores aunque poderosos no temen a un pueblo mantenido en la ignorancia, pero tienen pavor de un pueblo que piensa y sabe discernir donde están los faraones actuales que durante siglos los mantuvieron en el cautiverio del trabajo explotado y deshumanizador.

La presidenta Dilma revela un entrañado amor a los pobres y a los invisibles y es de una rectitud ética inatacable. Bastan estas palabras de su discurso para mostrar la línea social que trazó: “Ningún derecho de menos, ningún paso atrás”.
Al oír a los ministros Carvalho, Rossetto y Ananias me parecía escuchar los sueños iniciales que dieron origen a esa verdadera revolución de cuño popular que ocurrió hace doce años; la de conferir centralidad a los pobres, hacer políticas sociales para los que nunca pudieron salir del hambre, que no tenían acceso a casa, a tierra, a salud, a luz eléctrica y al crédito, sin mencionar la enseñanza superior que fue posibilitada ampliamente a las personas desprovistas de medios.

Decía para mí mismo; aquí está lo que proponíamos desde los años 60 del siglo pasado en las bases, en los vertederos de basuras (trabajé 15 años en el de Petrópolis), a los sin-tierra, a los sin-techo, a los afrodescendientes, a los indígenas y a las mujeres. Ahí estaba la verdadera práctica de liberación, para muchos derivada de la fe en Cristo liberador, y que dio origen, en un segundo momento, a la teología de la liberación.

Si la oposición dice que fue derrotada por una banda de ladrones, debemos rescatar el sentido de banda: somos, como decía el ex-ministro Carvalho, de la banda del bien, de los que se colocan del lado de los pobres, porque no somos ladrones sino celosos servidores públicos.

No obstante los muchos contratiempos, sus palabras nos confirmaron que el rumbo no se había perdido. Los mismos sueños que nos llevaron a trabajar y a aprender con el pueblo eran allí reafirmados. Muchos sufrieron, participando un poco de su pasión, que tiene estaciones como las del Hijo del Hombre.

Estamos a favor de una democracia sin fin, representativa y participativa, cuyo centro sea la vida de todos y de la Madre Tierra sufrida y herida. La Presidenta y esos ministros suscitaron en nosotros la esperanza de que aún es posible dar forma política a ese sueño y nos trajeron la alegría de que ellos nos dan ejemplo y van delante animando a los desanimados.
Traducción de María José Gavito Milano

La intolerancia en el Brasil actual y en el mundo

El reciente asesinato de los caricaturistas franceses de Charlie Hebdo y la última elección presidencial en Brasil han traído a la luz un dato latente en la cultura brasileña y en el mundo: la intolerancia. Me voy a restringir a aquélla, pues ya he abordado la otra, la de Charlie Hebdo, en un artículo anterior. La intolerancia en Brasil es parte de aquello que Sérgio Buarque de Holanda califica de «cordial» en el sentido de odio y prejuicio, que vienen del corazón como la hospitalidad y la simpatía. En vez de cordial yo preferiría decir que el brasileño es pasional.

Lo que se pudo ver en la última campaña electoral fue lo «cordial-pasional», en forma de odio de clase (desprecio del pobre) como de discriminación racial (nordestino y negro). Ser pobre o negro y nordestino implicaba una tara y de ahí el deseo absurdo de algunos de dividir Brasil entre el Sur «rico» y el Nordeste «pobre». Ese odio de clase se deriva del arquetipo de la Casa Grande y de la Senzala introyectado en ciertos sectores sociales, bien expresado por una madame rica de Salvador: «los pobres no contentos con recibir la bolsa de familia, todavía quieren tener derechos». Eso supone la idea de que si un día fueron esclavos, deberían seguir haciendo todo gratis, como si no hubiese habido abolición de la esclavitud y no valiesen los derechos. Los homoafectivos y otros de la LGBT son hostilizados hasta en los debates oficiales entre los candidatos, revelando una intolerancia «intolerable».

Para entender un poco más profundamente la intolerancia hay que ir un poco más al fondo de la cuestión. La realidad así como se presenta es contradictoria en su raíz; compleja, pues es convergencia de los más variados factores; en ella hay caos originario y cosmos (orden), hay luces y sombras, hay lo sim-bólico y lo dia-bólico. En sí, no son defectos de construcción, sino la condición real de implenitud de todo lo que existe en el universo. Esto obliga a todos a convivir con las diferencias y las imperfecciones. Y a ser tolerantes con los que no piensan y actúan como nosotros. Traduciéndolo a un lenguaje directo: son dos polos opuestos pero polos de una misma y única realidad dinámica. Estas polaridades no pueden ser suprimidas. Todo esfuerzo de supresión termina en el terror de los que presumen tener la verdad y la imponen a los demás. El exceso de verdad acaba siendo peor que el error.

Lo que cada uno (y la sociedad) debe saber siempre es distinguir un polo de otro y hacer su opción. El ser humano se revela un ser ético cuando se responsabiliza de sus actos y de las consecuencias que se derivan de ellos.

Alguien podría pensar: ¿pero entonces todo vale? ¿ya no hay diferencia? No se predica un vale todo ni se borran las diferencias. Se debe hacer distinciones. La cizaña es cizaña y no trigo. El trigo es trigo y no es cizaña. El torturador no puede tener el mismo destino que el torturado. El ser humano no puede igualar a ambos ni confundirlos. Debe discernir y tomar su decisión.

Para hacer coexistir sin confundir estos dos principios debemos alimentar en nosotros la tolerancia. La tolerancia es la capacidad de mantener positivamente la coexistencia difícil y tensa de los dos polos, sabiendo que ellos se oponen pero que componen la misma y única realidad dinámica. Aunque se oponen, son dos lados de un mismo cuerpo, el izquierdo y el derecho.

El riesgo permanente es la intolerancia. Ella reduce la realidad, pues asume solamente un polo y niega el otro. Obliga a todos a asumir su polo y anula el otro, como hacen de forma criminal el Estado Islámico y Al Qaeda. El fundamentalismo y el dogmatismo vuelven absoluta su verdad. Así ellos se condenan a la intolerancia y pasan a no reconocer ni respetar la verdad del otro. Lo primero que hacen es suprimir la libertad de opinión, el pluralismo y a imponer el pensamiento único. Los atentados como el de París tienen por base esta intolerancia.

Es imperioso evitar la tolerancia pasiva, la actitud de quien acepta la existencia con el otro no porque lo desee y vea algún valor en ello, sino porque no lo consigue evitar.

Hay que incentivar la tolerancia activa, que consiste en la coexistencia, en la actitud de quien positivamente convive con el otro porque le respeta y consigue ver los valores de la diferencia y así puede enriquecerse.

La tolerancia es antes que nada una experiencia ética. Ella representa el derecho que cada persona tiene a ser aquello que es y a seguir siéndolo. Ese derecho fue expresado universalmente en la regla de oro «no hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti». O formulado positivamente: «Haz al otro lo que quieres que te hagan a ti». Este precepto es obvio.

El núcleo de verdad contenido en la tolerancia, en el fondo se resume en esto: cada persona tiene derecho a vivir y a convivir en el planeta Tierra. Goza del derecho a estar aquí con su diferencia específica. Ese derecho antecede a cualquier expresión de vida, como las visiones de mundo, las creencias, las ideologías. Esta es la gran dificultad de las sociedades europeas: la no aceptación del otro, sea árabe, musulmán o turco, y en la sociedad brasilera, del afrodescendiente, del nordestino, del indígena. Las sociedades deben organizarse de tal manera que todos puedan, por derecho, sentirse incluidos. De ahí nace la paz, que según la Carta de la Tierra, es «la plenitud creada por relaciones correctas consigo mismo, con otras personas, con otras culturas, con otras vidas, con la Tierra y con el Todo mayor del cual somos parte» (n. 16 f).

La naturaleza nos ofrece la mejor lección: por más diversos que sean los seres, todos conviven, se interconectan y forman la complejidad de lo real y la espléndida diversidad de la vida.

La intolerancia en el Brasil actual y en el mundo

El reciente asesinato de los caricaturistas franceses de Charlie Hebdo y la última elección presidencial en Brasil han traído a la luz un dato latente en la cultura brasileña y en el mundo: la intolerancia. Me voy a restringir a aquella, pues ya he abordado la otra, la de Charlie Hebdo, en un artículo anterior. La intolerancia en Brasil es parte de aquello que Sérgio Buarque de Holanda califica de «cordial» en el sentido de odio y prejuicio, que vienen del corazón como la hospitalidad y la simpatía. En vez de cordial yo preferiría decir que el brasilero es pasional.

Lo que se pudo ver en la última campaña electoral fue lo «cordial-pasional», en forma de odio de clase (desprecio del pobre) como de discriminación racial (nordestino y negro). Ser pobre o negro y nordestino implicaba una tara y de ahí el deseo absurdo de algunos de dividir Brasil entre el Sur «rico» y el Nordeste «pobre». Ese odio de clase se deriva del arquetipo de la Casa Grande y de la Senzala introyectado en altos sectores sociales, bien expresado por una madame rica de Salvador: «los pobres no contentos con recibir la bolsa de familia, todavía quieren tener derechos». Eso supone la idea de que si un día fueron esclavos, deberían seguir haciendo todo gratis, como si no hubiese habido abolición de la esclavitud y no valiesen los derechos. Los homoafectivos y otros de la LGBT son hostilizados hasta en los debates oficiales entre los candidatos, revelando una intolerancia «intolerable».

Para entender un poco más profundamente la intolerancia hay que ir un poco más al fondo de la cuestión. La realidad así como se presenta es contradictoria en su raíz; compleja, pues es convergencia de los más variados factores; en ella hay caos originario y cosmos (orden), hay luces y sombras, hay lo sim-bólico y lo dia-bólico. En sí, no son defectos de construcción, sino la condición real de implenitud de todo lo que existe en el universo. Esto obliga a todos a convivir con las imperfecciones y diferencias. Y a ser tolerantes con los que no piensan y actúan como nosotros. Traduciéndolo a un lenguaje directo: son dos polos opuestos pero polos de una misma y única realidad dinámica. Estas polaridades no pueden ser suprimidas. Todo esfuerzo de supresión termina en el terror de los que presumen tener la verdad y la imponen a los demás. El exceso de verdad acaba siendo peor que el error.

Lo que cada uno (y la sociedad) debe saber siempre es distinguir un polo de otro y hacer su opción.Lo más cierto es optar por el polo de luz y el sim-bolico. Entonces el ser humano se revela un ser positivamente ético cuando se responsabiliza de sus actos y de las consecuencias buenas y malas que se derivan de su opción .

Alguien podría pensar: ¿pero entonces todo vale? ¿ya no hay diferencia? No se predica un vale todo ni se borran las diferencias. Se debe hacer distinciones. La cizaña es cizaña y no trigo. El trigo es trigo y no es cizaña. El torturador no puede tener el mismo destino que su víctima. El ser humano no puede igualar a ambos ni confundirlos. Debe discernir y tomar su decisión que para ser cierta eticamente debe ser por el polo luminoso y no el tenebroso, sabiendo que este siempre acompaña el otro pero sin tener la hegemonia.

Para hacer coexistir sin confundir estos dos principios debemos alimentar en nosotros la tolerancia. La tolerancia es la capacidad de mantener positivamente la coexistencia difícil y tensa de los dos polos, sabiendo que ellos se oponen pero que componen la misma y única realidad dinámica.

El riesgo permanente es la intolerancia. Ella reduce la realidad, pues asume solamente un polo y niega el otro. Obliga a todos a asumir su polo y anula el otro, como hacen de forma criminal el Estado Islámico y Al Qaeda. El fundamentalismo y el dogmatismo vuelven absoluta su verdad. Así ellos se condenan a la intolerancia y pasan a no reconocer ni respetar la verdad del otro. Lo primero que hacen es suprimir la libertad de opinión, el pluralismo y a imponer el pensamiento único. Los atentados como el de París tienen por base esta intolerancia.

Es imperioso evitar la tolerancia pasiva, la actitud de quien acepta la existencia con el otro no porque lo desee y vea algún valor en ello, sino porque no lo consigue evitar.

Hay que incentivar la tolerancia activa, que consiste en la coexistencia, en la actitud de quien positivamente convive con el otro porque le respeta y consigue ver los valores de la diferencia y así puede enriquecerse.

La tolerancia es antes que nada una experiencia ética. Ella representa el derecho que cada persona tiene a ser aquello que es y a seguir siéndolo. Ese derecho fue expresado universalmente en la regla de oro «no hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti». O formulado positivamente: «Haz al otro lo que quieres que te hagan a ti». Este precepto es obvio.

El núcleo de verdad contenido en la tolerancia, en el fondo se resume en esto: cada persona tiene derecho a vivir y a convivir en el planeta Tierra. Goza del derecho a estar aquí con su diferencia específica. Ese derecho antecede a cualquier expresión de vida, como las visiones de mundo, las creencias, las ideologías. Esta es la gran dificultad de las sociedades europeas: la no aceptación del otro, sea árabe, musulmán o turco, y en la sociedad brasilera, del afrodescendiente, del nordestino, del indígena. Las sociedades deben organizarse de tal manera que todos puedan, por derecho, sentirse incluidos. De ahí nace la paz, que según la Carta de la Tierra, es «la plenitud creada por relaciones correctas consigo mismo, con otras personas, con otras culturas, con otras vidas, con la Tierra y con el Todo mayor del cual somos parte» (n.16 f).

La naturaleza nos ofrece la mejor lección: por más diversos que sean los seres, todos conviven, se interconectan y forman la complejidad de lo real y la espléndida diversidad de la vida.

Leonardo Boff es teólogo y filósofo y columnista del Jornal do Brasil online.

Traducción de MJ Gavito Milano

Os assassinatos de Paris, uma armadilha para Europa: Roberto Savio

Publicamos aqui um artigo de um conhecido jornalista Roberto Savio, autor e co-fundador e ex-Diretor de Inter Press Service (IPS). Fundou também o Other News, que fornece informações que comumente os grandes meios ocultam mas que são importantes para entender a história atual. Este artigo mostra o transfundo emocional dos muçulmanos que foram, por muito tempo, dominados e explorados pelo Ocidente. Vale a pena tomar a sério as advertências deste jornalista no sentido de que os europeus não acabem assumindo atitudes também terroristas que temos condenado nos muçulmanos que assassinaram os cartunistas do Charlie Hebdo em Paris. Este artigo saiu no Other News de 14/01/201: Lboff

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Es triste ver como un continente que fue cuna de una civilización, está marchando ciegamente hacia una trampa: la de una guerra santa contra el Islam. Para eso, bastaron tres terroristas musulmanes y un ataque asesino al semanario parisino Charlie Hebdo.

Es necesario salir de la comprensible oleada del “todos somos Charlie Hebdo” para examinar los hechos y entender que estamos  en manos de unos pocos extremistas, colocándonos a su mismo nivel.

La radicalización del conflicto entre Occidente y el Islam va a tener consecuencias terribles.

El Islam es la segunda religión del mundo, abarca 1.600 millones de personas. Los musulmanes son mayoría en 49 países del mundo y constituyen 23 por ciento de la humanidad.

En este cuadro, los árabes son sólo 317 millones de los 1.600 millones. Casi dos tercios de los musulmanes (62 por ciento) viven en la región Asia-Pacífico.

Investigaciones del Centro de Investigación Pew sobre el mundo musulmán, indican que los musulmanes del sur de Asia son más radicales en cuanto a la observancia y puntos de vista religiosos.

En el sur de Asia, 81 por ciento está de acuerdo con el castigo corporal severo para los criminales, frente a 57 por ciento en Oriente Medio y Norte de África. A favor de la ejecución de los que renuncian al Islam está 76 por ciento en Asia del Sur, frente a 56 por ciento en Oriente Medio.

Por lo tanto, es claro que la historia de Oriente Medio explica la especificidad de los árabes en el conflicto con Occidente.

He aquí las cuatro principales razones.

Primero, todos los países árabes son artificiales. En mayo de 1916, François Georges-Picot, por Francia, y Mark Sykes, por Gran Bretaña, acordaron como repartirse el Imperio Otomano al final de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), mediante un tratado secreto que contó con el apoyo del Imperio Ruso y el reino de Italia.

Así, los países árabes actuales nacieron como resultado de un reparto entre Francia y Gran Bretaña sin considerar las realidades étnicas, religiosas o históricas. Algunos de esos países, como Egipto, tenían una identidad histórica, mientras no la tenían los otros, como Arabia Saudita, Jordania, Iraq, o incluso los Emiratos Árabes Unidos.

Vale la pena recordar que el problema de los 30 millones de kurdos divididos entre cuatro países, también fue creado por las potencias europeas.

 Segundo: las potencias coloniales instalaron reyes y jeques en los países que crearon. Para dirigir estos estados artificiales, se exigió mano dura. Por lo tanto, desde el principio, hubo una falta total de participación ciudadana en un sistema político que estaba fuera de sintonía con el proceso democrático que estaba en curso en Europa.

Con la bendición europea, estos países quedaron congelaron en la época feudal.

 Tercero, las potencias europeas nunca hicieron inversiones en el desarrollo industrial o en un verdadero desarrollo. La explotación del petróleo estaba en manos de empresas extranjeras y solo después de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y el consiguiente proceso de descolonización, el petróleo quedó en manos locales.

Cuando las potencias coloniales se retiraron, los países árabes no tenían un sistema político, infraestructuras y gestión local modernas. Cuando Italia abandonó Libia (sin saber que tenía petróleo), únicamente tres libios tenían grado universitario.

Cuarto, en los estados que no proporcionaron educación y salud a sus ciudadanos, la piedad musulmana asumió la tarea de dar aquello que el Estado negaba. Fueron creadas grandes redes de escuelas religiosas y hospitales.

Cuando las elecciones fueron finalmente autorizadas, estas se convirtieron en la base de la legitimidad y el voto para los partidos musulmanes.

Por tomar el ejemplo de dos países importantes, Argelia y Egipto, donde los partidos islamistas ganaron, los golpes militares con la connivencia de Occidente pasaron a ser el único recurso para detenerlos.

Esta síntesis de tantas décadas en pocas líneas, es por supuesto superficial y omite muchas otras cuestiones. Pero este proceso histórico abreviado es útil para la comprensión de cómo la ira y la frustración cunde ahora por todo Oriente Medio y la forma que asume la atracción hacia el movimiento extremista Estado Islámico (EI) en los sectores pobres.

No debemos olvidar que este trasfondo histórico, aunque remoto para los jóvenes, se mantiene vivo debido a la dominación israelí del pueblo palestino. El apoyo ciego a Israel de Occidente, especialmente de Estados Unidos, es visto por los árabes como una humillación permanente y la expansión de los asentamientos continúa eliminando la posibilidad de un Estado palestino viable.

El bombardeo de Gaza en julio y agosto, que produjo una débil protesta de Occidente y ninguna acción real, es la prueba clara para el mundo árabe que la intención es mantenerlos sometidos, aliándose solo con corruptos y legitimando gobernantes indeseables.

La intervención occidental continúa en Líbano, Iraq y Siria y aviones teledirigidos que bombardean por doquier, son percibidos por los 1.600 millones de musulmanes como un Occidente históricamente comprometido en mantener doblegado al Islam, como observa en su conclusión el informe de Pew.

Hay que recordar que el Islam tiene varias prácticas internas, entre las cuales la división entre suníes y chiíes es solo la mayor.  Mientras que entre los árabes al menos 40 por ciento de los suníes  no reconoce a un chií como otro musulmán, fuera de la zona árabe esto tiende a desaparecer.

En Indonesia solo 26 por ciento se identifica como sunita, mientras 56 por ciento se califica de “tan solo musulmán”. En el mundo árabe solo Iraq y Líbano, donde las dos comunidades vivían lado a lado, la gran mayoría de los suníes reconocían a los chiíes  como otro musulmán.

El hecho de que los chiíes, que representan solo 13 por ciento de los musulmanes, sean  la inmensa mayoría en Irán, mientras en  Arabia Saudita lidera la corriente suní, explica el conflicto interno en curso en la región, convulsionada por los dos liderazgos.

Al Qaeda en Mesopotamia, entonces encabezada por el jordano Abu Musab al-Zarqawi (1966–2006), impuso con éxito una política de polarización en Iraq, atacando a los chiíes, que causó una limpieza étnica de un millón de sunitas de Bagdad.

Ahora el EI, el califato radical que al igual que Occidente está desafiando a todo el mundo árabe, ha atraído a muchos suníes de Iraq, que habían sufrido represalias por parte de los chiíes.

El hecho es que cientos de árabes mueren cotidianamente debido al conflicto interno.

Los terroristas que han atacado a Occidente, en Ottawa, en Londres o en París, tienen el mismo perfil: un joven nacido en el país, que no proviene de países árabes, que no era religioso durante su adolescencia, que de alguna manera es un solitario a la deriva, y que no encuentra un trabajo.

En casi todos los casos ese joven tenía alguna cuenta con la justicia. Solo en los últimos años se convirtió en un practicante que aceptó los llamamientos del EI para matar infieles. En su opinión, con esto encontraría una justificación a su vida y se convertiría en un mártir en otro mundo.

La reacción a todo esto ha sido una nueva campaña en Occidente contra el Islam. El último número de la revista The New Yorker publicó un duro artículo, que define al Islam no como una religión sino como una ideología.

En Italia, la Liga Norte, el partido derechista antinmigrantes, condenó públicamente al papa Francisco por invitar al Islam a un diálogo, y el comentarista conservador Giuliano Ferrara dijo por televisión que “nos encontramos en una guerra santa”.

La reacción global europea y estadounidense ha sido denunciar los asesinatos de París como el resultado de una “ideología mortal”, como la definió el presidente francés, François Hollande.

Estudios realizados en toda Europa indican que la inmensa mayoría de los inmigrantes se han integrado con éxito en la economía.

Informes de la Organización de las Naciones Unidas también demuestran que Europa, con su declive demográfico, necesita una inmigración de al menos 20 millones de personas para 2050, si quiere que sobreviva su modelo de bienestar social y ser competitiva en el mundo.

Sin embargo, ¿qué estamos logrando? Los partidos de derecha xenófoba, han condicionado en Europa a los gobiernos de Dinamarca, Gran Bretaña, Holanda y Suecia, y parecen a punto de ganar las próximas elecciones en Francia.

Aunque por supuesto que lo que pasó en París fue un crimen atroz y la libre expresión de opiniones es esencial para la democracia, hay que añadir que muy pocos alguna vez han leído Charlie Hebdo y conocen su nivel de provocación.

Sobre todo porque, como Tariq Ramadan señaló en The Guardian el 10 de enero, en 2008 el Hebdo despidió a un dibujante que hizo una broma sobre un vínculo judío del hijo del presidente Sarkozy.

Charlie Hebdo es una voz en defensa de la superioridad y la supremacía cultural de Francia en el mundo. Contaba con un pequeño número de lectores, que obtuvo vendiendo provocaciones. Exactamente lo contrario de la visión de un mundo basado en el respeto y la cooperación entre las diferentes culturas y religiones.

Pero ahora todos somos Charlie, como todo el mundo está diciendo. Sin embargo, radicalizar el choque entre las dos religiones más grandes del mundo no es un asunto menor.

Debemos luchar contra el terrorismo, sea este musulmán o no. Hay que recordar que Anders Behring Breivik, un noruego que quería mantener su país a salvo de la penetración musulmana, asesinó 91 de sus conciudadanos en 2011.

No obstante, estamos cayendo en una trampa mortal, al hacer exactamente lo que quiere el islamismo radical. Declarar una guerra santa contra el Islam, equivaldría a empujar a la inmensa mayoría de los musulmanes hacia la radicalización.

El hecho de que los partidos europeos de extrema derecha cosechen los beneficios de esta radicalización, es muy bienvenido por los musulmanes radicales. Ellos sueñan con una lucha mundial para imponer el Islam como la única religión. Y no cualquier Islam, sino la interpretación fundamentalista del sunismo.

En lugar de adoptar una estrategia de aislamiento, nos estamos comprometiendo con una política de enfrentamiento. Las pérdidas de vidas el 11 de septiembre de 2001 en Nueva York han sido minúsculas en comparación con lo que está pasando en el mundo árabe, donde en un solo país, Siria, 50.000 personas perdieron la vida en 2014.

¿Cómo podemos caer ciegamente en una trampa, sin darnos cuenta de que estamos participando en un terrible conflicto a escala mundial?