No asumimos la nueva conciencia planetaria:Artemis II


Leonardo Boff

Los numerosos viajes espaciales, seis de ellos tripulados a la Luna, y otros que incluso salieron de nuestro sistema solar y recorren el espacio ilimitado del universo, no han creado, en general en la humanidad y mucho menos en los dirigentes de los pueblos, la nueva conciencia planetaria que de allí se deriva. Seguimos viviendo bajo el régimen de los Estados-nación, cada uno con sus límites, definidos por el Tratado de Westfalia de 1648. La Covid-19 no respetó los límites de las naciones. Afectó a todos. De ello todavía no se han sacado las debidas consecuencias. El modo de vida depredador y consumista volvió con aún más furor. No se escucharon las lecciones que la Madre Tierra nos dio.

Se suma además el hecho de que en nuestros días tenemos guerras por territorios (Ucrania, Franja de Gaza, Groenlandia y otros). Vista desde la perspectiva de los astronautas, como bien observó uno de los cuatro de la nave espacial Artemis II: “desde aquí arriba somos un solo pueblo”. Esta afirmación vuelve ridículas esas disputas. Son sostenidas por crueles y genocidas como Netanyahu y Trump, que todavía no han descubierto que somos una sola especie humana y que la Tierra es nuestra única Casa Común, en la que caben judíos, palestinos y otros.

Inolvidables son las palabras de Neil Armstrong, el primero en pisar la Luna el 20 de julio de 1969: “Es un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la Humanidad”. Y continuaba: “De repente noté que aquella pequeña y bella arveja azul era la Tierra… Con mi pulgar cubrí totalmente la Tierra”.

Demos algunos testimonios más de astronautas, reunidos en el libro de Frank White, The Overview Effect (Boston, 1987, tengo un ejemplar autografiado por él). Del astronauta Russell Schweickart: “La Tierra vista desde afuera: uno percibe que todo lo que le es significativo, toda la historia, el arte, el nacimiento, la muerte, el amor, la alegría y las lágrimas, todo eso está en ese pequeño punto azul y blanco que puedes cubrir con tu pulgar. Y desde esa perspectiva se entiende que todo en nosotros cambió, que empieza a existir algo nuevo, que la relación ya no es la misma que antes” (The Overview Effect, p. 38).

Del astronauta Gene Cernan: “Fui el último hombre en pisar la Luna en diciembre de 1972. Desde la superficie lunar contemplaba, con un temor reverencial, la Tierra sobre un fondo de azul muy oscuro. Lo que veía era demasiado bello para ser comprendido, demasiado lógico, lleno de propósito como para ser fruto de un mero accidente cósmico. Uno se sentía, interiormente, obligado a alabar a Dios. Dios debe existir por haber creado aquello que yo tenía el privilegio de contemplar” (op. cit., p. 39).

Sigmund Jähn: “Las fronteras políticas ya han sido superadas. También las fronteras de las naciones. Somos un solo pueblo y cada uno es responsable de mantener el frágil equilibrio de la Tierra. Somos sus guardianes y debemos cuidar el futuro común” (op. cit., p. 43).

Estas visiones, que parecen evidentes, nunca fueron tomadas en serio por la geopolítica ni por los jefes de Estado. Incluso sin haber visto la Tierra desde fuera (nunca salió de su ciudad, Königsberg), Immanuel Kant (1724–1804), en su última obra La paz perpetua (1795), enfatizó que la Tierra pertenece a toda la humanidad y constituye un bien común de todos. No habría, entonces, razón para luchar por territorios si todo es de todos. Podríamos vivir en una paz perpetua.

Pero quien, en nuestro tiempo, tomó conciencia de este cambio a partir del hecho de ver la Tierra desde fuera, fue el prolífico escritor ruso Isaac Asimov, autor de cientos de libros de contenido científico, aunque de divulgación. Con motivo de los 25 años del lanzamiento del Sputnik, el 4 de octubre de 1957 —que inauguró la era espacial—, fue invitado por el New York Times a escribir un artículo sobre el legado de ese acontecimiento. Redactó un breve texto titulado “Sputnik’s Legacy: Globalism” (“El legado del Sputnik: el globalismo”).

Retomo algunos puntos, porque siguen siendo actuales, aunque poco considerados.

“La primera palabra que hay que decir es globalismo. Incluso contra nuestra voluntad”, afirma Asimov, “debemos considerar la Tierra y la humanidad como una única entidad (single entity)”. “Los satélites —continúa— muestran ese ser único (unit), lo aceptemos o no. Por primera vez en la historia podemos identificar los huracanes y las perturbaciones climáticas desde su inicio hasta su fin. Los medios de comunicación nos conectan globalmente unos a otros, comprobando el globalismo (lo que hoy llamaríamos globalización). Ese es el lado material.

Pero hay también un lado psicológico: “La visión de la Tierra como un todo, como esfera planetaria, nos obliga a sentirla como pequeña y frágil. Es arbitraria la división de su superficie en porciones (naciones), consideradas sagradas, que deben preservarse a cualquier costo, incluso si ello implica la destrucción del planeta”. Lo importante es ver el todo, el planeta.

Por último, está el lado de las potencialidades. La Era Espacial abrió el camino para nuevos viajes y para descubrir cómo están compuestos los planetas y cómo funcionan. “Todo esto será imposible sin una cooperación global. El desarrollo del espacio es un proyecto de la humanidad en su conjunto, y en ello se mostrará el valor del globalismo”.

Sin embargo, debemos hacer una elección entre lo local y lo global. “El localismo (las naciones consideradas en sí mismas) puede acelerar nuestra deriva hacia una eventual destrucción, incluso de la propia humanidad. El globalismo nos ofrece la esperanza de una civilización mayor, más amplia y mejor, con mayor versatilidad y flexibilidad, liberándonos del encierro de lo local”. Si consideramos las alternativas —localismo como muerte frente a globalismo como vida—, seguramente elegiremos la vida. Ese es el legado de la Era Espacial”.

Hoy estamos viviendo lo contrario de todo lo que se expresó anteriormente. Predomina la afirmación de la nación (nacionalismo) en oposición a otras naciones, con la ideología del fascismo acompañando frecuentemente este movimiento, tanto a nivel nacional como mundial. En lugar de profundizar la globalización —más allá de su reducción a lo económico— como una nueva etapa de la Tierra y de la humanidad (todos estamos regresando de una gran dispersión) y reencontrándonos en un mismo lugar, el planeta Tierra, hemos retrocedido hacia un pasado de divisiones, oposiciones y guerras, en el afán de conquistar territorios.

Sin embargo, creo que lo que es verdadero tiene fuerza y termina imponiéndose. Superará esta regresión nacionalista y fascista, y reforzará un nuevo rumbo para la Tierra y la humanidad como una única y compleja realidad: nuestra Casa Común.

Leonardo Boff escribe para la revista del ICL LIBERTA ( https:// www.revistaliberta.com.br; y es autor también de La Tierra en la palma de la mano (Vozes, 2016) (https://www.leonardoboff.org)

El fin del principio-Adán: lo femenino es anterior a lo ma

Leonardo Boff

La vida ya existe en la Tierra desde hace 3.8 billones de años. El antepasado común de todos los seres vivos fue probablemente una bacteria unicelular sin núcleo que se multiplicaba de manera asombrosa por división interna o por clonación. En la clonación, si no hay control sobre la bacteria, en tres días podría dominar el planeta, tal es su impulso vital y de auto-multiplicación. Pero siempre prevalece un equilibrio que autolimita este proceso; de lo contrario, tendríamos graves desequilibrios ecológicos hasta el punto de que la vida se volvería imposible. Esto duró cerca de un billón de años.

Posteriormente surgió una célula con membrana y dos núcleos, dentro de los cuales se encontraban los cromosomas. En ella se identifica el origen del sexo. Cuando ocurría el intercambio de núcleos entre dos células binucleadas, se generaba un único núcleo con los cromosomas en pares. Antes, las células se subdividían por clonación; ahora lo hacen mediante el intercambio entre dos diferentes con sus núcleos. Así se revela la simbiosis —composición de elementos distintos— que, junto con la selección natural, representa una, aunque no la única, de las fuerzas más importantes de la evolución.

Lo que muchos biólogos sostienen —incluido el astrofísico Stephen Hawking, en su libro El universo en una cáscara de nuez (Mandarim, San Pablo 2001)— es que en la evolución y en el proceso biogénico no existe simplemente el triunfo del más apto, como pretendía Darwin. Tal visión es aún insuficiente, pues no toma en cuenta las interdependencias existentes entre todos los seres, incluso a nivel físico-químico, mucho antes del surgimiento de la vida. Es esta interdependencia, la cooperación de todos con todos, la que constituye la línea maestra del proceso evolutivo.

La competencia, con la posibilidad de que triunfe el más apto, solo es posible dentro de la interdependencia y la cooperación universal. El débil también posee su oportunidad y su lugar, y gracias a la interdependencia sobrevive. Este principio originario de interdependencia de todos con todos fundamenta la sostenibilidad y explica la biodiversidad y la fuerza de la vida.

Christian de Duve, premio Nobel de Medicina, llega a afirmar en su conocido libro Polvo vital: la vida como imperativo cósmico” (Campus 1997) “la vida es como una plaga tan violenta que jamás se ha conseguido exterminarla” (p.368). A lo largo de la historia de la Tierra ocurrieron quince grandes extinciones de especies vivas, pero ella, la Tierra viva, logró siempre reconstruir la biodiversidad e incluso enriquecerla.

Cuando surgió la sexualidad con la bipolaridad masculino/femenino, apareció también la gran diversidad y la singularidad de los seres vivos. El intercambio del material genético se da siempre bajo un principio cuántico, es decir, está vigente el principio de indeterminación de Werner Heisenberg. Nunca se sabe exactamente qué resulta de las conjunciones ni qué enriquecimientos surgen a partir de los dos tipos de capital genético, el femenino y el masculino.

Este hecho tiene consecuencias filosóficas: la vida está tejida más de intercambios, cooperación y simbiosis que de lucha competitiva por la supervivencia y la competencia, como ocurre en el ámbito de los negocios.

Cuando se alcanza el nivel consciente y libre, esta riqueza y este intercambio pasan de la exterioridad biológica a la interioridad subjetiva, es decir, al proyecto personal. La sexualidad puede transformarse en un propósito de vida, vivido en pareja y en libertad, expresado en el amor. Esta opción ya no está regida por el código genético descrito por la biología. Aquí intervienen otros principios ligados a la innovación, la libertad, la cooperación consciente, el cuidado y el amor, sobre los cuales se estructuran relaciones nuevas, creativas y libres, también entre hombre con hombre o mujer con mujer.

Retomando el hilo: durante los dos primeros billones de años, en los océanos o lagos de donde surgió la vida, no existían órganos sexuales específicos. Existía una existencia femenina generalizada que, en el gran útero de los océanos, lagos y ríos, generaba vida. En este sentido podemos decir que el principio femenino es primero y originario, y no el masculino. Así se invalida el mito bíblico y cultural de la primacía de Adán (lo masculino).

Solo cuando los seres vivos dejaron el mar, fue surgiendo lentamente el pene, elemento masculino que, al entrar en contacto con la célula femenina, le transmitía parte de su ADN, donde se encuentran los genes.

Con la aparición de los vertebrados, los reptiles, hace 370 millones de años, estos crearon el huevo amniótico lleno de nutrientes y consolidaron la vida en tierra firme. Con la aparición de los mamíferos, hace unos 125 millones de años, surgió una sexualidad definida de macho y hembra. Allí emergen el cuidado, el amor y la protección de las crías. Hace 70 millones de años apareció nuestro ancestro humano, que vivía en la copa de los árboles, alimentándose de brotes y flores. Con la desaparición de los dinosaurios, hace 67 millones de años, pudo descender al suelo y desarrollarse hasta llegar a nuestros días.

Conviene detallar mejor la complejidad implicada en la sexualidad.

El sexo genético-celular humano presenta el siguiente cuadro: la mujer se caracteriza por 22 pares de cromosomas somáticos más dos cromosomas X (XX). El hombre posee también 22 pares, pero con un cromosoma X y otro Y (XY). De ello se deduce que el sexo base es femenino (XX), mientras que el masculino (XY) representa una derivación por un único cromosoma (Y). Por tanto, no existe un sexo absoluto, sino uno dominante. En cada uno de nosotros, hombres y mujeres, existe “un segundo sexo”.

En cuanto al sexo genital-gonadal, es importante señalar que en las primeras semanas el embrión es andrógino, es decir, posee ambas posibilidades sexuales, femenina y masculina. A partir de la octava semana, si el cromosoma Y interviene mediante el andrógeno, la definición será masculina. Si no ocurre, prevalece la base común femenina. En  términos del sexo genital-gonodal podemos decir: el camino femenino es primordial. A partir de lo femenino se da la diferenciación, lo que desautoriza el fantasioso “principio-Adán” . La ruta de lo masculino es una modificación de la matriz femenina, por causa de la secreción del andrógenos.

Existe además el sexo hormonal. Todas las glándulas sexuales, tanto en el hombre como en la mujer, son reguladas por la hipófisis, que es sexualmente neutra, y por el hipotálamo, que sí está sexuado. Estas glándulas producen tanto andrógenos (masculinos) como estrógenos (femeninos). Son responsables por los caracteres sexuales secundarios. La predominancia de uno u otro determina características y comportamientos femeninos o masculinos. Así, un hombre con mayor presencia de estrógenos puede presentar rasgos femeninos, y lo mismo ocurre en la mujer respecto a los andrógenos.

Por último, la sexualidad posee una dimensión ontológica. El ser humano no “tiene” sexo. Él es sexuado en todas sus dimensiones, corporales, mentales y espirituales. Antes de la emergencia de la sexualidad, el mundo es el de lo idéntico; con ella surge la diferencia mediante el intercambio entre distintos, que permite la convivencia y la interrelación.

Esto tiene consecuencias antropológicas: la vida está más tejida de cooperación y simbiosis que de lucha competitiva.

Así ocurre con la sexualidad humana: cada persona, además de su impulso instintivo, siente la necesidad racional y afectiva de canalizarlo y sublimarlo. Quiere amar y ser amada, no por imposición, sino por libertad. La sexualidad florece en el amor, la fuerza más poderosa “que mueve el cielo y las estrellas” (Dante) y también nuestros corazones. Es la máxima realización a la que puede aspirar el ser humano. Pero conviene recordar: lo femenino es anterior, surge primero y es fundamental. Lo masculino apareció mucho más tarde en el proceso de la sexogénesis. Ambos, sin embargo, se encuentran para conformar la unidad diversa de la especie humana, de mujer y varón.

Leonardo Boff escreve para a revista LIBERTA (https:// www.revistaliberta.com.br); escreveu também com Rose-Marie Muraro: Feminino-masculino:uma nova consciência para o encontro das diferenças,Record RJ 2010; Epirito Santo y Maria, DABAR 2002. (https://www.leonardoboff.org).

El fin del principio-Adán: lo femenino es anterior a lo masculino

Leonardo Boff

La vida ya existe en la Tierra desde hace 3.8 billones de años. El antepasado común de todos los seres vivos fue probablemente una bacteria unicelular sin núcleo que se multiplicaba de manera asombrosa por división interna o por clonación. En la clonación, si no hay control sobre la bacteria, en tres días podría dominar el planeta, tal es su impulso vital y de auto-multiplicación. Pero siempre prevalece un equilibrio que autolimita este proceso; de lo contrario, tendríamos graves desequilibrios ecológicos hasta el punto de que la vida se volvería imposible. Esto duró cerca de un billón de años.

Posteriormente surgió una célula con membrana y dos núcleos, dentro de los cuales se encontraban los cromosomas. En ella se identifica el origen del sexo. Cuando ocurría el intercambio de núcleos entre dos células binucleadas, se generaba un único núcleo con los cromosomas en pares. Antes, las células se subdividían por clonación; ahora lo hacen mediante el intercambio entre dos diferentes con sus núcleos. Así se revela la simbiosis —composición de elementos distintos— que, junto con la selección natural, representa una, aunque no la única, de las fuerzas más importantes de la evolución.

Lo que muchos biólogos sostienen —incluido el astrofísico Stephen Hawking, en su libro El universo en una cáscara de nuez (Mandarim, San Pablo 2001)— es que en la evolución y en el proceso biogénico no existe simplemente el triunfo del más apto, como pretendía Darwin. Tal visión es aún insuficiente, pues no toma en cuenta las interdependencias existentes entre todos los seres, incluso a nivel físico-químico, mucho antes del surgimiento de la vida. Es esta interdependencia, la cooperación de todos con todos, la que constituye la línea maestra del proceso evolutivo.

La competencia, con la posibilidad de que triunfe el más apto, solo es posible dentro de la interdependencia y la cooperación universal. El débil también posee su oportunidad y su lugar, y gracias a la interdependencia sobrevive. Este principio originario de interdependencia de todos con todos fundamenta la sostenibilidad y explica la biodiversidad y la fuerza de la vida.

Christian de Duve, premio Nobel de Medicina, llega a afirmar en su conocido libro Polvo vital: la vida como imperativo cósmico” (Campus 1997) “la vida es como una plaga tan violenta que jamás se ha conseguido exterminarla” (p.368). A lo largo de la historia de la Tierra ocurrieron quince grandes extinciones de especies vivas, pero ella, la Tierra viva, logró siempre reconstruir la biodiversidad e incluso enriquecerla.

Cuando surgió la sexualidad con la bipolaridad masculino/femenino, apareció también la gran diversidad y la singularidad de los seres vivos. El intercambio del material genético se da siempre bajo un principio cuántico, es decir, está vigente el principio de indeterminación de Werner Heisenberg. Nunca se sabe exactamente qué resulta de las conjunciones ni qué enriquecimientos surgen a partir de los dos tipos de capital genético, el femenino y el masculino.

Este hecho tiene consecuencias filosóficas: la vida está tejida más de intercambios, cooperación y simbiosis que de lucha competitiva por la supervivencia y la competencia, como ocurre en el ámbito de los negocios.

Cuando se alcanza el nivel consciente y libre, esta riqueza y este intercambio pasan de la exterioridad biológica a la interioridad subjetiva, es decir, da origen a un proyecto personal o un propósito de vida, vivido en pareja y en libertad, expresado en el amor. Esta opción ya no está regida por el código genético descrito por la biología. Aquí intervienen otros principios ligados a la innovación, la libertad, la cooperación consciente, el cuidado y el amor, sobre los cuales se estructuran relaciones nuevas, creativas y libres, también afectivas entre hombre con hombre o mujer con mujer.

Retomando el hilo: durante los dos primeros billones de años, en los océanos o lagos de donde surgió la vida, no existían órganos sexuales específicos. Existía una existencia femenina generalizada que, en el gran útero de los océanos, lagos y ríos, generaba vida. En este sentido podemos decir que el principio femenino es primero y originario, y no el masculino. Así se invalida el mito bíblico y cultural de la primacía de Adán (lo masculino).

Solo cuando los seres vivos dejaron el mar, fue surgiendo lentamente el pene, elemento masculino que, al entrar en contacto con la célula femenina, le transmitía parte de su ADN, donde se encuentran los genes.

Con la aparición de los vertebrados, los reptiles, hace 370 millones de años, estos crearon el huevo amniótico lleno de nutrientes y consolidaron la vida en tierra firme. Con la aparición de los mamíferos, hace unos 125 millones de años, surgió una sexualidad definida de macho y hembra. Allí emergen el cuidado, el amor y la protección de las crías. Hace 70 millones de años apareció nuestro ancestro humano, que vivía en la copa de los árboles, alimentándose de brotes y flores. Con la desaparición de los dinosaurios, hace 67 millones de años, pudo descender al suelo y desarrollarse hasta llegar a nuestros días.

Conviene detallar mejor la complejidad implicada en la sexualidad.

El sexo genético-celular humano presenta el siguiente cuadro: la mujer se caracteriza por 22 pares de cromosomas somáticos más dos cromosomas X (XX). El hombre posee también 22 pares, pero con un cromosoma X y otro Y (XY). De ello se deduce que el sexo base es femenino (XX), mientras que el masculino (XY) representa una derivación por un único cromosoma (Y). Por tanto, no existe un sexo absoluto, sino uno dominante. En cada uno de nosotros, hombres y mujeres, existe “un segundo sexo”.

En cuanto al sexo genital-gonadal, es importante señalar que en las primeras semanas el embrión es andrógino, es decir, posee ambas posibilidades sexuales, femenina y masculina. A partir de la octava semana, si el cromosoma Y interviene mediante el andrógeno, la definición será masculina. Si no ocurre, prevalece la base común femenina. En  términos del sexo genital-gonodal podemos decir: el camino femenino es primordial. A partir de lo femenino se da la diferenciación, lo que desautoriza el fantasioso “principio-Adán” . La ruta de lo masculino es una modificación de la matriz femenina, por causa de la secreción del andrógenos.

Existe además el sexo hormonal. Todas las glándulas sexuales, tanto en el hombre como en la mujer, son reguladas por la hipófisis, que es sexualmente neutra, y por el hipotálamo, que sí está sexuado. Estas glándulas producen tanto andrógenos (masculinos) como estrógenos (femeninos). Son responsables por los caracteres sexuales secundarios. La predominancia de uno u otro determina características y comportamientos femeninos o masculinos. Así, un hombre con mayor presencia de estrógenos puede presentar rasgos femeninos, y lo mismo ocurre en la mujer respecto a los andrógenos.

Por último, la sexualidad posee una dimensión ontológica. Aclaro: el ser humano no “tiene” sexo. Él es sexuado en todas sus dimensiones, corporales, mentales y espirituales. Antes de la emergencia de la sexualidad, el mundo es el de lo idéntico; con ella surge la diferencia mediante el intercambio entre distintos, que permite la convivencia y la interrelación.

Esto tiene consecuencias antropológicas: la vida está más tejida de cooperación y simbiosis que de lucha competitiva.

Así ocurre con la sexualidad humana: cada persona, además de su impulso instintivo, siente la necesidad racional y afectiva de canalizarlo y sublimarlo. Quiere amar y ser amada, no por imposición, sino por libertad. La sexualidad florece en el amor, la fuerza más poderosa “que mueve el cielo y las estrellas” (Dante) y también nuestros corazones. Es la máxima realización a la que puede aspirar el ser humano. Pero conviene recordar: lo femenino es anterior, surge primero y es fundamental. Lo masculino apareció mucho más tarde en el proceso de la sexogénesis. Ambos, sin embargo, se encuentran para conformar la unidad diversa de la especie humana, de mujer y varón.

Leonardo Boff escribe para la revista LIBERTA (https:// www.revistaliberta.com.br); escrebió tambien com Rose-Marie Muraro: Feminino-masculino:una nueva conciencia para el encuentro de las diferencias, Trotta 2010. (https://www.leonardoboff.org).

La Cumbre de los Pueblos Originarios: el Cóndor y el Águila

Leonardo Boff

El conocido historiador y pensador de la cultura Emmanuel Todd, en un tono fuerte, denunciaba ya en 2024 “La derrota de Occidente” (La défaite de l’Occident). Mostraba con argumentos cómo Occidente fue derrotado por sí mismo, al no poder recrearse a partir de sus propias raíces ya necrosadas.

            Lo que Todd afirmó sobre Occidente podría decirse de toda la civilización planetaria, quizá con la excepción de China bajo Xi Jinping, que intenta rescatar las raíces éticas y espirituales de la ancestral tradición china. Pero el problema es la falta de libertad. La historia nos enseña que al ser humano le repugna verse privado de ese don mayor que es la libertad, con la cual puede moldear su destino y expresar su visión del mundo.

            Si casi la totalidad de la civilización globalizada está a la deriva, no puede decirse lo mismo de los pueblos originarios de Abya Yala, nombre kuna para la Amerindia, que significa “tierra madura”. El nombre ya ha sido incorporado por casi todas las etnias. Ha sido un largo camino. En el Primer Congreso Indigenista Interamericano, celebrado en Pátzcuaro (México) en 1940, todavía se sostenía la tesis colonialista de la homogeneización y asimilación de los pueblos originarios a la cultura dominante, de carácter occidental.

            Todo comenzó a cambiar a partir de los años sesenta, cuando surgió, especialmente entre los jóvenes, un espíritu libertario. En este contexto, en todos los países sudamericanos irrumpió también la conciencia indígena como indígena. Los pueblos originarios rechazaban ser llamados “naturales” para distinguirlos de los “civilizados”. Querían ser lo que son: verdaderos pueblos —mayas, incas, aztecas, olmecas, toltecas, tupí-guaraníes, pataxó, yanomami, y muchas otras decenas.

            A partir de 1990 se realizaron varios encuentros de pueblos originarios del Gran Sur y también del Gran Norte. Se buscaba una identidad propia que tuviera algo en común. Pronto se dieron cuenta de que era en la resistencia y en la salvaguarda de la propia cultura donde podían encontrar ese elemento común. Pero, para tener fuerza, necesitaban forjar juntos una articulación que uniera a todos, a los del Norte con los del Sur. Unidos podrían enfrentar la aplamadora de la cultura dominante de orientación occidental, que siempre intentó asimilarlos sacrificando su propia identidad: su cultura, su religión, sus fiestas y sus mitos ancestrales. Y además robarles sus tierras.

            En reacción a todo ello, en 2007 se creó la Cumbre de los Pueblos de Abya Yala. Muy importante fue el encuentro de Porto Alegre en 2012, cuando decenas de etnias y grupos de apoyo lanzaron el “Manifiesto de los Pueblos Indígenas de Abya Yala”. Venía acompañado de especificaciones:
“En defensa de la Madre Tierra, por el Buen Vivir, la Vida Plena y contra la mercantilización de la vida y de la Madre Naturaleza.”

            El texto es explícito: “Nuestra relación con nuestras tierras y territorios es la base de nuestra existencia como pueblos, la base de nuestro Buen Vivir y de la Vida Plena, en armonía con la Madre Naturaleza.”

            Comprendieron que el llamado “descubrimiento de América o de Brasil” fue en realidad una invasión y conquista de los europeos, que los colonizaron con una violencia inaudita, apropiándose de sus tierras y buscando, sobre todo, oro, plata y maderas nobles. Hoy todos se unen en torno a la resistencia y al rescate de sus identidades, lo que implica preservar las lenguas, las tradiciones, las religiones y la sabiduría de los ancianos y de los chamanes.

            Una sombra los acompaña: el exterminio de sus antepasados, infligido por los invasores europeos. Ocurrió uno de los mayores genocidios de la historia. Fueron muertos por guerras de exterminio, por enfermedades traídas por los blancos contra las cuales no poseían inmunidad, o por trabajos forzados, cerca de 60 millones de representantes de estos pueblos originarios.

            Los datos más recientes fueron recopilados por la educadora Moema Viezer y por el sociólogo e historiador canadiense radicado en Brasil Marcelo Grondin. El libro, con prólogo de Ailton Krenak, detalla región por región cómo ocurrió la matanza sistemática de indígenas e incluso de pueblos enteros, como sucedió en Haití. Lleva por título Abya Yala: genocidio, resistencia y supervivencia de los pueblos originarios de las Américas (Editora Bambual, Río de Janeiro, 2021).

            Consciente de esta tragedia sufrida por sus hermanos, un sabio de la nación yanomami, el chamán Davi Kopenawa Yanomami, percibiendo la continuidad de ese proceso mortal, advirtió en el libro La caída del cielo lo que los chamanes de su pueblo están presintiendo: “La carrera de la humanidad está caminando en dirección a su fin”(Companhia das Letras, 2015).

            Al final de uno de esos encuentros entre pueblos del Gran Sur y del Gran Norte, un chamán se levantó y dijo con voz fuerte y pausada: “Hermanos y hermanas, mis parientes. Escuchad esta profecía, dicha por un anciano de tiempos antiguos. Llegará un día en que el Águila del Norte, que había expulsado al Cóndor del Sur, volará hasta aquí. Encontrará al Cóndor. Ya no lo perseguirá. Lo invitará a volar juntos. Y así fue. Abriendo ambos sus grandes alas, los dos —el Cóndor y el Águila— comenzaron a volar juntos sobre aquellas tierras y valles. Y nunca más se separaron.”

            (No hace falta aclarar que el Águila representaba a los Estados Unidos de América y el Cóndor a Abya Yala, la Amerindia).

            Y concluyó el chamán: “Este día ha llegado: aquí estamos, venidos de todas partes, del Norte y del Sur. Somos todos parientes y tenemos a la Tierra como nuestra Gran Madre. Ayudemos a nuestros otros hermanos y hermanas, de diversas partes del mundo, a amar, respetar y revitalizar nuestra Gran Madre. Así podremos vivir todos juntos en la misma gran aldea común.”Y así habló.

            Esta profecía se está realizando entre los pueblos originarios. Ojalá se realice también en nosotros mientras todavía tengamos tiempo.

Leonardo Boff escribe para la revista del ICL LIBERTA (www.revistaliberta.com.br). Es autor también de Cuidar la Casa común: cómo postergar el fin del mundo (Vozes, 2025).