Solidaridad: en un israelí pulsa un corazón palestino

Leonardo Boff*

Estamos en medio de un conflicto profundamente desproporcionada entre Israel y Hamas, con actos de terrorismo en Israel cometidos por un grupo de Hamas el día 7 de octubre y  la consecuente  represalia por parte del gobierno de Israel, dirigida por el sionista Benjamin Netanyahu, tan violenta que ha sido denunciada como un genocidio. Han matado hasta la fecha (30/10) a 3345 niños y niñas, 2060 mujeres y más de ocho mil civiles heridos. Después de  bombardeos de saturación, que arrasaron los centros principales y cientos de viviendas palestinas, el ejército de Israel inició una peligrosa invasión por tierra de la Franja de Gaza. Como es sabido, en estos casos se produce un número incalculable de víctimas en ambos lados. Hay los que desesperan de su fe en un Dios justo y bueno (“Señor, dónde estás? ¿Por qué permites tanta destrucción?”) y en la propia humanidad, ahora negada rotundamente. Ya no se trata de una guerra sino de verdaderos crímines de guerra y un real genoicídio del pueblo palestino.

Así y todo, seguimos creyendo que puede haber una humanidad sorprendente entre palestinos y judíos. Veamos dos testimonios, uno de un palestino y otro de un israelí. El primero fue relatado por el periodista  español  Ferrán Sale en el El País del 7 de junio de 2001 y del segundo doy testimonio yo mismo. 

Este es el primero: Mazen Julani era un farmacéutico palestino de 32 años, padre de tres hijos, que vivía en la parte árabe de Jerusalén. El día 5 de junio de 2001, cuando estaba tomando café con sus amigos en un bar, fue víctima del disparo fatal de un colono judío. Era una venganza contra el grupo palestino Hamás que cuarenta y cinco minutos antes había matado a muchas personas en una discoteca de Tel Aviv en un atentado perpetrado por un hombre-bomba. El proyectil entró por el cuello de Mazen y le destrozó el cerebro. Llevado inmediatamente al hospital israelí Hadassa llegó ya muerto.   

 El clan de los Julani decidió allí mismo en los corredores del hospital, donar todos los órganos del hijo muerto: el corazón, el hígado, los riñones y el páncreas para   trasplantes a enfermos judíos. El jefe del clan aclaró en nombre de todos que este gesto no tenía ninguna connotación política. Era un gesto estrictamente humanitario.   

Según la religión musulmana, decía,   todos formamos una única familia   humana y somos todos iguales, israelíes y palestinos. No importa a quien van a ser trasplantados los órganos, lo esencial es que ayuden a salvar vidas. Por eso, concluía, los órganos serán destinados a nuestros vecinos israelíes.  

 En efecto, se hizo un trasplante. En el israelí Yigal Cohen late ahora un corazón  palestino, el de Mazen Julani.   

A la mujer de Mazen le fue difícil explicar a su hija de cuatro años la muerte de su padre. Solo le dijo que el padre se había ido de viaje muy lejos y que al volver le traería un bonito regalo. A los que estaban cerca les susurró con los ojos   bañados en lágrimas: dentro de algún  tiempo yo y mis hijos iremos a visitar a Ygal Cohen en la parte israelí de Jerusalén. Él vive con el corazón de mi marido y padre de mis hijos. Será un gran consuelo para nosotros acercar el oído al pecho de Ygal y escuchar el  corazón de aquel que tanto nos amó y que, en cierta forma, aún está latiendo.   

Este gesto generoso demuestra que el paraíso no está totalmente perdido. En medio de un ambiente de muy alta tensión y cargado de odios, como está actualmente,   surge una flor de esperanza y de paz. La convicción de que todos somos   miembros de la misma familia humana alimenta actitudes de perdón, de reconciliación y de solidaridad incondicional. En el fondo, aquí irrumpió el amor que supera los límites de  religión, de raza y de ideología política. Tales virtudes nos hacen creer en una posible cultura de la paz.

En la imaginación de uno de los más perspicaces intérpretes de la cultura brasilera, Gilberto Freyre, nuestro ensayo  civilizatorio, no obstante las muchas contradicciones, consistió en haber  creado un pueblo capaz de convivir con  las positividades de cada cultura y con una enorme potencialidad de hacer frente a los conflictos (Casa Grande y Senzala).   

El segundo es de un israelí y  lo   presencié personalmente en Estocolmo con ocasión de la concesión del título The Rigth Livelihood Award, considerado el Nobel Alternativo de la Paz, a   principios de diciembre de 2001 cuando entre otros, yo mismo fui nominado. Uno de los galardonados   impresionó a todos. Fue el testimonio de un alto oficial israelí, encargado de la represión de los palestinos. En un enfrentamiento fue herido. Un palestino lo socorrió rápidamente llevándolo en su jeep al hospital palestino. Lo acompañó   hasta que se recuperó.   

De vuelta a Israel este oficial creó una ONG de diálogo entre israelíes y   palestinos. Tal iniciativa fue considerada como alta traición, y fue llevado ante un tribunal militar, pues se trataba de establecer un diálogo con el enemigo. Pero acabó siendo perdonado, continuó con su diálogo y fue finalmente premiado  por su persistencia en buscar  la paz entre judíos y palestinos.   

Aquí se muestra, una vez más, la   capacidad humana de socorrer a un   herido, que lo reprimía, como el buen  samaritano de la parábola de Jesús.  Reconoció en él a un ser humano que  necesitaba de ayuda urgente.   

Hemos dicho repetidas veces en   nuestras intervenciones que el amor y la solidaridad pertenecen a la esencia del ser humano y están inscritas en nuestro ADN. Por ser así, no podemos desesperar ante la  crueldad y la   barbarie que estamos presenciando en las guerras actuales. Ellas son también una posibilidad de lo negativo de nuestra “condición humana”.  Pero no podemos dejar  que prevalezcan, de lo contrario nos devoraremos unos a otros.  

Estos dos ejemplos son expresión de   nuestra humanidad en un momento de los más sombríos de nuestra historia actual. Ellos nos actualizan el esperanzar, es decir, la invención de las condiciones reales que garantizan el amor y la solidaridad presentes en cada uno de nosotros. Son las que permiten una convivencia pacifica y que, al cabo, nos salvarán.   

*Leonardo Boff ha escrito “Cultura de paz en un mundo en conflicto” en   Virtudes para otro mundo posible, vol. III, Vozes 2006, 73-131, publicado en español por Sal Terrae.

Traducción de María  José  Gavito Milano

La inhumanidad actual: ¿se ha perdido la humanidad del ser humano?

         Leonardo Boff*

Nietzsche repitió muchas veces que lo inhumano (allzumenschlich) forma parte también de lo humano. Esto se deriva del hecho de que nuestra condición humana es a la vez racional e irracional, caótica y armoniosa. No como un defecto de creación, sino como dato de nuestra realidad histórica. El proceso cosmogénico muestra también la misma característica, pues caos y cosmos andan juntos. Por lo tanto, se trata de una constante cosmológica, social e individual. Vemos que esto es verdad en la pérfida guerra de Israel y Hamas. Este último llevó a cabo horribles actos de terrorismo, matanza indiscriminada de habitantes de Israel y secuestro de dos centenares de personas. Israel ha tomado represalias con doble violencia, matando también indiscriminadamente a personas de Palestina, especialmente niños y madres, arrasando hospitales y lugares sagrados. En ambos lados verdaderos crímenes de guerra, pero Israel roza, con sus ataques terribles e invasión terrestre de Gaza, el genocidio real.

Todos estamos consternados: ¿cómo es posible tanta inhumanidad? ¿Qué somos al fin y al cabo? ¿Por qué calla Dios ante tanta maldad? Son muchos los que han perdido la esperanza en la humanidad. ¿Seguimos mereciendo vivir en este planeta? Una sombra de tristeza y pesadumbre marca los rostros de jefes de Estado, periodistas y prácticamente de todos los que aparecen en las pantallas de televisión y entre nosotros. Las figuras ensangrentadas de palestinos, llevando en sus brazos a niños y niñas asesinadas, nos conmueven hasta las lágrimas.

Nos hemos quedado abatidos e indignados porque dentro de nosotros se hace oír el otro lado de nuestra realidad: somos principalmente seres de amor, de empatía, de solidaridad, de compasión y de renuncia a toda venganza. Contra toda la maldad (sombra), reafirmamos la dimensión de la bondad (luz). Poco antes de morir bajo los escombros de Gaza, la novelista y poeta palestina Heba Abu Nada de forma impactante dejó escrito: “somos personas justas y del lado de la Verdad”.

Sí, ella nos confirma que somos principalmente justos y del lado de la verdad, del amor y de la compasión. Sin embargo, cabe reconocer, que el lado irracional y perverso (aunque nunca se pierde totalmente el momento racional perteneciente a la naturaleza humana) predomina en aquellos que dirigen la guerra, especialmente Israel, USA y sus aliados europeos, la comunidad internacional (¿quiénes son?) que se mantiene callada e inerte ante la muerte de miles de civiles, niños inocentes en los bombardeos israelíes. Parece que hubieran decretado su muerte lenta con el cierre de todas las fronteras, de la comida, del agua, de los medicamentos y de la energía.

Este es el escenario de los poderes dominantes, de los señores de la guerra, más interesados en la disputa geopolítica y en el multimillonario negocio de las armas que en salvar vidas humanas. Al final, dicen, “son palestinos, sub-humanos”, considerados por grupos extremistas de Israel, incluido su ministro de defensa, como “animales”, que deberían ser tratados como tales y eventualmente exterminados.

Este escenario contrasta con las manifestaciones multitudinarias en todo el mundo: en el mundo árabe, Estados Unidos, Francia, Alemania, Reino Unido, otros países y también en Brasil, que llenan las calles y se ponen al lado de los castigados colectivamente, de los más débiles, de los palestinos de la Franja de Gaza, mostrando que quieren humanidad y no ataques inhumanos. Incluso en una situación de guerra hay leyes (ius in bello) que, si se violan, constituyen crímenes de guerra, como matar a niños inocentes, atacar hospitales, escuelas y lugares sagrados.

Esto es lo que está ocurriendo sistemáticamente en los bombardeos. ¿Qué nos dice la mejor ciencia contemporánea, la ciencia de la vida, de la Tierra y del cosmos? Nos convence de que nuestro lado humano y luminoso pertenece al ADN (manual de instrucciones de la creación humana) de nuestra naturaleza. James Watson y Francis Crick describieron en 1953 la estructura en hélice de la molécula de ADN. Watson, en su libro “ADN, el secreto de la vida” (Companhia das Letras 2005), confirmando lo que San Pablo escribió sobre el amor en la primera epístola a los Corintios, afirma: «el amor es tan consustancial a la naturaleza humana que estoy seguro de que la capacidad de amar está inscrita en nuestro ADN, un San Pablo secular diría que el amor es la mayor dádiva de nuestros genes a la humanidad… ese impulso, creo, salvaguardará nuestro futuro» (p.434).

Los neurocientíficos y los biólogos no sostienen otra cosa (véanse las opiniones recogidas por Michael Tomasello en su libro “Por qué cooperamos” (Warum wir kooperieren, Berlín 2010): «En el altruismo, uno se sacrifica por otro. En la cooperación, muchos se unen por el bien común» (p.14). El conocido neurobiólogo Joachim Bauer, del famoso Instituto Max Plank, en su libro “El principio de humanidad: por qué cooperamos por naturaleza y entre nosotros” (Das cooperative Gen. Hamburgo 2006 y 2008), afirma: «Los genes no son autónomos y en ningún caso ‘egoístas’ (como afirma falsamente Richard Dawkins), sino que se agregan entre sí en las células de todo el organismo… todos los sistemas vivos se caracterizan por una cooperación permanente y una comunicación molecular hacia dentro y hacia fuera» (p.183-184).

Tales afirmaciones que podríamos multiplicar con las de otros grandes científicos, muestran que toda violencia y guerra son contrarias a nuestra naturaleza más esencial, hecha de cooperación, amor, solidaridad y compasión, aunque como afirmamos anteriormente, exista también el impulso de muerte y de agresión. Pero este, mediante la civilización, las religiones, la ética y la participación política de todos (democracia ecológico-social), el deporte y el arte, puede ser mantenido bajo control, como sugería Sigmund Freud respondiendo a Albert Einstein.

Lo que estamos presenciando es una total falta de control sobre esta dimensión oscura e inhumana (es también demasiado humana) que está produciendo muerte y destrucción. Quienes podrían comprometerse a contener la inhumanidad y mantener nuestra mínima humanidad se muestran vergonzosamente inertes ante la limpieza étnica perpetrada por el Estado de Israel. Mientras tanto, miles de personas mueren bajo los escombros producidos por los incesantes ataques de la aviación israelí. Curiosamente, Estados Unidos gasta 100.000 millones de dólares en producir armas de muerte y sostener la guerra en Ucrania y la guerra Israel-Hamas, apoyando incondicionalmente al Estado de Israel, dando luz verde a un contraataque desproporcionado.

Al mismo tiempo, China promete 100.000 millones de dólares para poner en marcha pacíficamente la Ruta y el cinturón de la Seda. Se trata de dos formas opuestas de hacer política, una que favorece la mejora de los países, especialmente de los más pobres a través de la paz y la otra, a través de la guerra, que EEUU ha utilizado en lrak, Afganistán, Siria, Libia y muchos otros lugares para asegurar su excepcionalidad y su poder unipolar.

Basta. Lo que las mayorías de la humanidad desean desesperadamente es un mundo en paz donde todos puedan caber, con lo suficiente y lo decente para todos, en la misma Casa Común, ahora en guerra y bajo fuego.

*Leonardo Boff ha escrito Fundamentalismo, terrorismo, religión y paz, Vozes 2009; Hombre: Satán o Àngel bueno, Record, RJ 2008.

La locura de la guerra: somos belicosos

Leonardo Boff*

El devastador y letal ataque al hospital batista Al-Ahli en el centro de Gaza, sostenido por los anglicanos, es un claro crimen de guerra según las leyes internacionales. Hay una guerra de versiones sobre quien lo causó. Lo que de verdad  importa son los cientos del vidas humanas (471?) segadas criminalmente. El hecho y las escenas nos llenaron de horror, de indignación y de solidaridad con los afectados y con el  pueblo palestino, víctima de un castigo colectivo.

   En la penosa historia de los palestinos en busca de una patria ha habido innumerables asesinatos en masa, en Hebron (1929), en Deir Yassin (1948), en Kafr Qasim (1956),  en Hebron (1994), la masacre de la Marcha del Retorno (2018). Tampoco debe ser olvidado y sí condenado el perverso acto terrorista de Hamas en Israel el día 7 de octubre, asesinando aleatoriamente a más de mil israelíes, entre ellos niños, y tomando doscientos rehenes.

   La reacción del Estado de Israel, con el escandaloso apoyo incondicional de USA, está siendo cruel y sin piedad, alcanzando a miles de civiles, en una población  con un 50% de niños y jóvenes. El asedio total con corte de agua, de alimentos y de energía por parte de Israel, es un crimen humanitario.

   Esta guerra, totalmente asimétrica, nos plantea la gran pregunta: ¿por qué los seres humanos se matan o se asesinan  unos a otros? ¿Cuáles son las raíces de esta perversidad? ¿Es posible la paz entre los humanos y con la naturaleza?

   Sería largo reflexionar sobre las distintas interpretaciones del  carácter demente y belicoso del ser humano, cosa que intentamos hacer en el artículo anterior. Aquí vamos a resumir la cuestión con el intercambio de cartas entre  Albert Einstein y Sigmund Freud.  

   El 30 de julio de 1932 preguntaba Einstein a Freud: “¿hay un modo de liberar a los seres humanos de la fatalidad de la guerra? Existe la posibilidad de dirigir la evolución psíquica hasta el punto de hacer a los seres humanos más capaces de resistir  la psicosis del odio y de la destrucción” (Natan&Norden, Einstein on Peace,98).

   Freud recurre a estas dos pulsiones que sustentó durante toda su vida y obra: tenemos en nosotros la pulsión de muerte (Thánatos) y la pulsión de vida (Eros). Ambas coexisten en cada ser humano. La pulsión de muerte responde de todo tipo de violencia y guerras que marcan la historia personal y colectiva de la humanidad. La pulsión de vida se expresa por el amor, por la amistad, por la solidaridad, por la compasión, que coexisten también en cada ser humano.

   Con realismo Freud respondió a Einstein: “No existe la esperanza de poder suprimir de modo directo la agresividad de los seres humanos. Sin embargo, se puede recurrir  a vías indirectas, reforzando el Eros, principio de vida contra Thánatos, principio de muerte. Todo lo que hace surgir lazos emocionales entre los seres humanos obra contra la guerra; todo lo que civiliza al ser humano trabaja contra la guerra” (Obras Completas,III:3,215). Pero nos advierte que estas dos pulsiones se enfrentan y buscan equilibrarse y no sabemos cuál será la que predomine  sobre la otra. Termina con una frase misteriosa y resignada: “hambrientos, pensamos en el molino, que muele tan lentamente que podemos morir de hambre antes de recibir la harina”. Aquí aparece cierto pesimismo de Freud frente al curso de nuestra historia. Ahora, horrorizados, estamos presenciando lo que el gran psicanalista intuyó.

   No obstante, seguimos buscando tenazmente la paz y nunca desistiremos. Si no puede ser como estado permanente, por lo menos como un espíritu que nos hace preferir el diálogo a la confrontación, la búsqueda cordial de puntos en común al enfrentamiento belicoso.

   El presupuesto básico para la paz consiste en afirmar la humanidad en todos y en cada ser humano, independiente de su condición étnica, cultural, religiosa y de género. Todos debemos tratarnos humanamente. Esto, lamentablemente, no ocurre. Hay  supremacistas raciales (blancos), y todo tipo de exclusivismos. Por ejemplo, el ministro de Defensa israelí, Yoav Gallant, en una actitud típicamente supremacista declaró en una entrevista a periodistas internacionales: “nosotros estamos luchando contra animales y actuando de acuerdo… utilizando todo el poder bélico para reducir la Ciudad de Gaza a escombros”. Esto solo es posible negando humanidad a los habitantes de la Franja de Gaza, considerándolos sub humanos y, peor, reducidos a animales.

   De esta forma, todo sometimiento de un pueblo por la violencia y por la guerra deja en este un rastro de amargura, de odio y de deseo de venganza, que dará origen a reacciones violentas, a atentados y a nuevos conflictos. Hay que considerar que Israel mató cerca de 15 veces más civiles que los palestinos durante la última década, como afirmó  Oren Yiftachel,  prof. judío israelí de Urban Studies de la Universidad  Ben Gurion del Negev.

   Hay que buscar el encuentro confiado y cordial entre todos los diferentes pueblos. Un hermoso ejemplo nos lo da el Maestro judío Daniel Barenboim, que en su orquestra y escuela en Israel conviven y cultivan la música israelíes, palestinos y judíos juntos. Afirma: “Esto refuerza mi convicción de que sólo puede haber una solución para el conflicto con base en el humanismo, en la justicia y en la igualdad, y sin fuerza armada ni ocupación”. La paz es resultado y consecuencia de este tipo de actitud, bien expresada en la Carta de la Tierra cuando “reconoce que la paz es esa plenitud que resulta de relaciones correctas consigo mismo, con otras personas, con otras culturas, con otras vidas, con la Tierra y con el Todo mayor del cual somos parte” (IV,16f).

   Es triste constatar que en la tierra del Príncipe de la Paz, Jesús de Nazaret, sucedan tales violencias brutales y guerras devastadoras, cuyas víctimas son en su  mayoría civiles e  inocentes madres y niños.

   Para terminar, es el momento de proclamar Shalom, Salam, Pax et  Bonum, Paz y Bien.

*Leonardo Boff ha escrito Virtudes para otro mundo posible, vol.III, Beber y comer juntos y vivir en paz, Vozes y Sal Terrae  2006; Oración de San Francisco: un mensaje de paz para el mundo de hoy,  Vozes  y Sal Terrae 2014.

Traducción de María José Gavito Milano

Irrumpieron los jinetes del Apocalipsis: la guerra Hamas-Israel

Leonardo Boff*

En estos días de octubre hemos visto  espantados la guerra que ha estallado entre el grupo terrorista Hamas de Palestina y el estado de Israel, atacado por sorpresa, y la fuerte reacción de este último. Dada la violencia empleada,  con cientos de víctimas en ambos lados, especialmente población inocente, parecería que irrumpió el jinete del Apocalipsis, el de la guerra destructora (Apoc 9,13-19).

Los cohetes, los misiles, los drones, los tanques, los bombarderos, los cazas, las bombas inteligentes y los  propios soldados, hechos pequeñas máquinas de matar, se parecen a figuras salidas de las páginas del libro del Apocalipsis.

Todos los que venimos de una visión pacifista del mundo, de la ecología, de la integración armónica de las oposiciones, del proceso evolutivo, concebido como abierto para formas cada vez más complejas, altas y ordenadas de relaciones e incluso las advertencias del Papa Francisco sobre la alarma ecológica, nos preguntamos angustiados: ¿cómo es posible que hayamos llegado a tales niveles de destrucción? ¿Cómo entender los fenómenos que acompañan el escenario de esta guerra, como la invasión de Israel por terroristas de Hamas, matando indiscriminadamente civiles, secuestrando personas, niños, personas mayores y militares, las fake news, la distorsión planeada de los hechos y la manipulación de las creencias religiosas? Es importante no olvidar los muchos años de durisima y violenta dominación de Israel sobre la región de Gaza y  los palestinos en general. Esto ha provocado resentimiento y mucho odio que está en la base de los permanentes conflictos en la región. Pero todo esto no acalla la pregunta: ¿ qué es lo somos nosotros, seres humanos, capaces de tanta barbarie?

Y  las guerras se han transformado cada vez más en guerras totales, causando más víctimas entre las poblaciones civiles que entre los combatientes. Max Born, premio Nobel de física (1954) denunció la prevalencia de la matanza de civiles en la guerra moderna. En la primera guerra mundial murieron sólo un 5% de civiles, en la segunda guerra, el 50%, en la guerra de Corea y Vietnam el 85%. Y datos recientes muestran que contra Irak y la ex-Yugoslavia, en Ucrania el 98% de las víctimas son civiles. En la presente guerra, entre el grupo Hamas e Israel los datos deberán ser de proporciones semejantes, por lo que se deduce de las palabras amenazantes del primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu.

Según el historiador Alfred Weber, hermano de Max Weber, de los 3.400 años de historia  de la humanidad que podemos datar con documentos, 3.166 han sido de guerra. Los restantes 234 no han sido ciertamente de paz sino de tregua y de preparación para otra guerra.

Frente a este drama que da miedo irrumpe una pregunta radical: ¿Cuál es el sentido del ser, de la vida y de la historia? ¿Cómo  iluminar ese anti-fenómeno?

No tenemos otra categoría para iluminar ese enigma sino reconocer que es la explosión y la implosión de la demencia, inscrita en el ser  humano, tal como lo conocemos. Somos también seres de demencia, de exceso, de voluntad de dominar, estrangular y asesinar. Esto fue ampliamente ilustrado en las guerras del siglo XX que causaron la muerte de 200 millones de personas y en los actos espectaculares perpetrados por el terrorismo y fundamentalismo islámico como la destrucción de las Torres Gemelas en Estados Unidos y actualmente por el sorprendente y terrible ataque de las milicias de Hamas (parte rechazada por los palestinos) al estado de Israel.

Lo enigmático es que esa demencia viene siempre junto con la sapiencia. La sapiencia  es nuestra capacidad de amar, de cuidar, de  extasiarse y de abrirse al Infinito. Somos, simultáneamente, todos sin excepción, sapiens y demens, es decir, seres humanos sapientes y  dementes.

El paradigma dominante de nuestra cultura, asentado sobre la voluntad de poder y de dominación, creó las condiciones para que nuestra demencia colectiva se manifestase poderosamente y predominase. Ese espíritu de guerra está presente en la economía de mercado financierizada, en la guerra del trigo, del maíz, de los automóviles, de las computadoras, de los móviles, de los grupos religiosos y hasta de los centros de investigación.

Por otro lado, nunca dejó de aparecer, en ningún  tiempo, también nuestra dimensión sapiente. Plazas de todo el mundo se llenan de multitudes clamando por paz y nunca más la guerra, siempre que aparece la amenaza de conflicto  como forma de resolver problemas. Líderes políticos, intelectuales y religiosos, alzan su  voz y alimentan el lado luminoso y pacífico de los seres humanos y no nos dejan desesperar. Jesús, San Francisco de Asís, M. Gandhi, Luther King Jr, Dom Helder Câmara, entre otros se transformaron en referencias de la anti-violencia y en paladines de la paz.

¿Qué salida encontraremos para este  problema con dimensiones metafísicas? Hasta hoy no sabemos exactamente.

La salida más realista y más sabia parece ser la expresada en la oración de la Paz de San Francisco de Asís, el hermano universal, de la naturaleza, de los animales, de las montañas y de las estrellas. En esa oración, ampliamente divulgada y hecha  credo común por el macroecumenismo, es decir, por el ecumenismo entre las religiones y las iglesias, encontramos una clave iluminadora.

Los términos de la oración dejan clara la conciencia  del carácter contradictorio de la condición humana, hecha de amor y de odio, de sapiencia y de demencia. Se parte de esta contradicción, pero se afirma confiadamente el polo positivo con la certeza de que él limitará e integrará el polo negativo.

La lección, subyacente a la oración de San Francisco, es esta: no se cura la demencia sino reforzando la sapiencia. Por eso, en sus palabras: “donde haya odio, que yo lleve amor; donde haya discordia, que yo lleve unión; donde haya desesperación, que yo lleve esperanza; donde haya oscuridad,  que yo lleve la luz”. Porque es más importante “amar que ser amado,  comprender  que ser comprendido, perdonar que ser perdonado, pues es dando como recibiremos y muriendo  como se vive para la vida eterna”.

En esta sabiduría de los sencillos quizá se encuentre el secreto de la superación de las voluntades que quieren la violencia y la guerra como forma de resolver conflictos o de hacer valer los intereses de unos contra los otros, como está ocurriendo en la actual guerra Hamas-Israel.

El camino de la paz, enseñaba Gandhi, es la propia paz. Sólo medios pacíficos producen la paz. La paz es, a un tiempo, meta y método, fin y medio. Ojalá ese espíritu acabe triunfando sobre la violencia brutal en la presente guerra, profundamente asimétrica, entre el pequeño y violento grupo de Hamas y el también pequeño pero poderoso   estado de Israel.

Leonardo Boff ha escrito: La búsqueda de la justa medida (I y II), Vozes  2023; La oración de San Francisco: un mensaje de paz para el mundo de hoy Vozes y Sal Terrae 2014; Fundamentalismo, terrorismo, religión y paz