Pensar lo impensable? La vida y el tiempo

Leonardo Boff

Se me pidió escribir algunos pensamientos sobre la vida y el tiempo, destinados a los jóvenes de hoy. Esto fue lo que escribí.

«Queridos jóvenes:

Consideremos la vida, el valor supremo, por encima del cual solo está el Generador de toda la vida, ese Ser que hace ser a todos los seres. Los científicos, especialmente el más prestigioso de los que se ocuparon del tema de la vida, el ruso-belga I. Prigogine afirmó: podemos conocer las condiciones físico-químico-geológicas que permitieron que la vida irrumpiera hace 3.800 millones de años. Sin embargo, lo que ella es sigue siendo un misterio. Pero podemos decir con seguridad que el sentido de la vida es vivir, simplemente vivir, aún en la condición más humilde. Vivir es celebrar en cada momento ese acontecimiento misterioso del universo que late en nosotros y quizá en muchas otras partes del universo. 

La vida es siempre una vida con y una vida para. Vida con otras vidas, con vidas humanas, con vidas de la naturaleza y con vidas que acaso existan en el universo y que un día pudieran comunicarse con nosotros. Es vida para darse y unirse a otras vidas para que la vida siga siendo vida y se perpetúe siempre.

Pero la vida está tomada por una pulsión interior que no se puede frenar. La vida quiere irradiar, expandirse y encontrarse con otras vidas. La vida solo es vida cuando es vida con y vida para.

Sin el con y sin el para la vida no existiría como vida tal como la conocemos, envuelta en redes de relaciones incluyentes hacia todos los lados. La pulsión irrefrenable de la vida hace que ella no quiera solo esto o aquello. Lo quiere todo. Quiere incluso la Totalidad, quiere lo Infinito. En el fondo, la vida quiere ser eterna.

Ella lleva dentro de sí un proyecto infinito. Este proyecto infinito la hace feliz e infeliz. Feliz porque encuentra, ama y celebra otras vidas y todo lo que la rodea, einfeliz porque todo lo que encuentra, ama y celebra es finito, cae bajo el poder de la entropía y acaba desapareciendo. A pesar de esa finitud en nada se debilita la pulsión hacia lo Infinito y lo Eterno.

Al encontrar ese Infinito descansa, experimenta una plenitud que nadie puede darle, y que solo ella puede disfrutar y celebrar. Lo infinito en nosotros es el eco de un Infinito mayor que nos llama y nos convoca siempre.

La vida es entera, pero incompleta. Es entera porque dentro de ella está todo: lo real y lo potencial. Pero incompleta porque lo potencial todavía no se ha hecho real. Y como lo potencial es ilimitado, nuestro tipo de vida limitado no abarca lo ilimitado. Por eso nunca está completa para siempre. Permanece como apertura y espera una completitud, que quiere y debe suceder algún día. La vida es demasiado oceánica para caber dentro de concptos. Es un vacío que reclama ser plenificado. De lo contrario, la vida no tendría sentido. ¿La muerte no sería el momento de encuentro de lo finito con lo Infinito?

Y con la vida surge el tiempo. ¿Qué es el tiempo? El tiempo es la espera de lo que puede venir y suceder. Esa espera es nuestra apertura, capaz de acoger lo que puede venir, de hacernos más completos y menos incompletos.

¡Vive intensamente cada momento del tiempo! El pasado ya no existe porque pasó, el futuro no existe porque todavía no ha llegado. Solo existe el presente. Vívelo con absoluta intensidad, valora cada momento, él trae el futuro al presente y enriquece el pasado.

Cada momento es la irrupción de lo eterno. Solo puede ser vivido. No puede ser aprehendido, aprisionado o apropiado. Solo él es. Un día fue (el pasado) y un día será (el futuro). Del tiempo, nosotros solo conocemos el pasado. El futuro es inaccesible para nosotros porque todavía no es. Nosotros, sin embargo, vivimos el “es” del presente, que nunca nos es concedido aprehender. Simplemente pasa por nosotros y se va. Él posee la naturaleza de la eternidad que es un permanente “es”. El tiempo así significa la presencia fugaz de la eternidad. Nosotros estamos inmersos en la eternidad.

Vive ese “es” como si fuese el primero y el último. Así tú mismo te eternizas. Y eternizándote participas de Aquel que es siempre sin pasado ni futuro. Un es eterno. Podemos hablar del tiempo, pero él es impensable. Ese es eterno está vinculado a lo que las tradiciones espirituales y religiosas de la humanidad designaron como Misterio, Tao, Shiva, Alá, Olorum, Yavé, Dios, nombres que no caben en ningún diccionario y están más allá de nuestra comprensión. Delante de él se ahogan las palabras. Sólo es digno el noble silencio. 

Sin embargo, cada uno debe darle nombre que es el nombre de su participación en Él y de su total apertura a Él. Ese nombre queda inscrito en todo su ser temporal, pero late principalmente en su corazón. Entonces su corazón y el corazón de Aquel que es eternamente forman un solo e inmenso corazón».

Dedico este texto al profesor Wilian Martinhão que organizó un libro “El tiempo, ¿qué es? Una historia de los tiempos” para el cual hice la Presentación que me permito publicar antes de que la obra vea la luz. 

                                                                     Leonardo Boff teólogo,filósofo e escritor

Pascua: la irrupción de lo inesperado

Leonardo Boff*

Los cristianos celebran en Pascua aquello que ella significa: el paso. En nuestro contexto, es el paso  de la decepción a la irrupción de lo inesperado. La decepción aquí es la crucifixión de Jesús de Nazaret y lo inesperado, su resurrección.

Él fue alguien que pasó por el mundo haciendo el bien. Mas que doctrinas introdujo prácticas, ligadas siempre a la vida de los más débiles: curaba ciegos,

purificaba leprosos, hacía andar a cojos, devolvía la salud a muchos enfermos, daba de comer a multitudes y llegaba a resucitar muertos. Conocemos su fin trágico: una trama urdida entre religiosos y políticos lo llevó a la muerte en la cruz.

Los que lo seguían, apóstoles y discípulos, quedaron profundamente frustrados con el fin trágico de la crucifixión. Todos, menos las mujeres que también lo seguían, empezaron a volver a sus casas. Decepcionados, pues esperaban que traería la liberación de Israel. Tal frustración aparece claramente en los dos

discípulos de Emaús, probablemente una pareja, que caminaban llenos de tristeza. A uno que se une a ellos en el camino, lamentándose, le dicen: “Nosotros esperábamos que fuese él quien liberara a Israel, pero hace ya tres días que lo condenaron a muerte”(Lucas 24,21). Ese compañero del camino se reveló después como Jesús resucitado, reconocido en la forma como bendijo el pan, lo partió y lo distribuyó.

La resurrección estaba fuera del horizonte de sus seguidores. Había un grupo en Israel que creía en la resurrección, pero al final de los tiempos, una resurrección entendida como una vuelta a la vida como siempre fue y es. Pero con Jesús sucedió lo inesperado, pues en la historia siempre puede ocurrir lo inesperado y lo improbable. Sólo que lo improbable y lo inesperado aquí son de otra naturaleza, un evento realmente improbable e inesperado: la resurrección.

Ella debe ser bien entendida: no se trata de la reanimación de un cadáver como el de Lázaro. La Resurrección representa una revolución dentro de la evolución. El fin bueno de la historia humana se anticipa. Ella significa lo inesperado de la irrupción del ser humano nuevo, como dice San Pablo, del “novísimo Adán”.

Este evento es realmente la concretización de lo inesperado. Teilhard de Chardin, cuya mística está toda centrada en la resurrección como una absoluta novedad dentro del proceso de la evolución, decía que era un “tremendous”, algo que por tanto alcanza a todo o el universo.

Esta es la fe fundamental de los cristianos. Sin la resurrección las comunidades cristianas no existirían. Perderían su evento fundador y fundante.

Finalmente cabe resaltar que los dos misterios mayores de la fe cristiana están íntimamente ligados a la mujer: la encarnación del Hijo de Dios a María (Lucas 1,35) y la resurrección a María de Magdala (Juan 20,15). Parte de la Iglesia, la

jerárquica, rehén del patriarcalismo cultural, no ha atribuido a este hecho singular ninguna relevancia teológica. Ella seguramente está en el designio de Dios y debería ser acogido como algo culturalmente innovador.

En estos tiempos sombríos, marcados por la muerte y hasta con la eventual desaparición de la especie humana, la fe en la resurrección nos abre un futuro de esperanza. Nuestro fin no es la autodestrucción dentro de una tragedia sino la plena realización de nuestras potencialidades a través de la resurrección, la

irrupción del hombre y de la mujer nuevos.

Feliz Pascua a todos los que consiguen creer y también a quienes no lo consiguen.

*Leonardo Boffes es teólogo y ha escrito: La resurrección de Cristo y nuestra resurrección en la muerte, Vozes 1982. Publicado en español por la editorial Sal Terrae.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Peligro de destrucción de nuestro futuro

 Leonardo Boff*

En julio de 2021 el gran pensador de la complejidad Edgard Morin cumplió 100 años. Observador atento del curso del mundo, nos entregó un libro Réveillons-nous! – ¡Despertemos!, lleno de sabias y serias advertencias. Resumió su pensamiento en una entrevista a Jules de Kiss, publicada el 26 de marzo de 2022 en Franceinfo y reproducida en portugués por el IHU el 4/4/22. Lector asiduo de sus escritos, esta entrevista inspiró el presente artículo.

Morin advierte lo que vengo repitiendo desde hace mucho tiempo: debemos estar atentos, intentar ver y entender lo que está ocurriendo. La gran mayoría, inclusive jefes de estado, no son conscientes de las graves amenazas que pesan sobre el planeta Tierra, sobre la vida y sobre nuestro futuro. Parecen sonámbulos o zombis, obcecados con la idea del crecimiento económico sin fin y también con la seguridad y con más construcción de armas de destrucción masiva.

Estamos viviendo varias crisis, todas ellas graves: la más inmediata es la pandemia que afecta a todo el planeta, cuyo sentido último no ha sido identificado todavía. Para mí es una señal que la Tierra viva ha enviado a sus hijos e hijas: “no pueden seguir con el pillaje sistemático de la comunidad de vida en la cual se encuentran los hábitats de los distintos virus que en los últimos años han asolado regiones del planeta”. La Covid-19 ha alcanzado todo el planeta, pero no a otros seres vivos y domésticos. Es una señal que no está siendo leída por la mayoría de la humanidad, ni tampoco por los analistas, centrados en las vacunas y en los cuidados necesarios. 

¿Quién se pregunta en qué contexto apareció el virus? Él es consecuencia del asalto de los seres humanos a la naturaleza, especialmente por la deforestación de vastas regiones, destruyendo la casa donde habitan los virus, que pasaron a otros animales y de ellos a nosotros.

La crisis climática es grave, pues si no tenemos cuidado

hasta 2030 el calentamiento global puede aumentar 1,5 grados centígrados o más, lo que comprometería a la mayoría de los organismos vivos y a gran parte de la humanidad. Junto a esto está la Sobrecarga de la Tierra (Earth Oveshoot), constatada el 29 de julio de 2021: los bienes y servicios importantes para la vida se están agotando. Ya ahora necesitamos 1,7 Tierras para atender el tipo de consumo principalmente de las clases opulentas. Arrancamos de la Tierra lo que ella ya no nos puede dar. Ella reacciona aumentando el calentamiento, los eventos extremos, la erosión de la biodiversidad y más conflictos sociales.

Lo que funciona como una espada de Damocles es la posibilidad de una guerra nuclear que puede destruir toda la vida y gran parte de la humanidad. Morin escribe: “Pienso que hemos entrado en una nueva fase. Por primera vez en la historia, la humanidad corre peligro de aniquilación, tal vez no total –habrá algunos supervivientes, como en Mad Max –, pero una especie de ‘reinicio‘ desde cero en condiciones sanitarias sin duda terribles”. 

La guerra en Ucrania ha suscitado este fantasma, pues Rusia, como ya decía Gorbachov, puede destruir toda la vida con solo la mitad de sus ojivas nucleares. Pero, lleno de confianza en que la historia anda, no está cerrada, Morin afirma esperanzado: “Precisamos esperar lo inesperado para saber como navegar en la incertidumbre”.

Es de todos conocida la erosión de las ideas democráticas en el mundo entero. En muchos países, como en Brasil, se está imponiendo un espíritu autoritario y fascistoide, que hace de la violencia física y simbólica y de la mentira directa una forma de gobernar. La democracia ha dejado de ser un valor universal y una forma de vivir civilizadamente en comunidad. Este espíritu puede provocar un tsunami de guerras regionales de gran destrucción.

No olvidemos la advertencia del Papa Francisco en la Fratelli tutti (2020): “estamos en el mismo barco, o nos salvamos todos o nadie se salva”. Somos responsables de nuestro futuro y de la vida en el planeta.

Tenemos la confianza de Morin de que, como la historia ha mostrado, lo inesperado y lo improbable pueden ocurrir. Ya nos enseñaba un pre-socrático: “si no esperamos lo inesperado, cuando venga, no lo percibiremos”. Y así lo perderemos.

Esta es nuestra confianza y esperanza: estamos en medio  de crisis que no  tienen por qué terminar en tragedias fatales. Pueden ser el  despertar de una nueva conciencia y entonces, la ocasión para un salto cualitativo hacia un tipo de convivencia pacífica dentro de la única Casa Común. ¿Será este el próximo paso de la humanidad? ¡Bienvenido sea! 

*Leonardo Boff es teólogo y filósofo y ha escrito: Cómo cuidar de la Casa Común, Vozes 2017.

Traducción de María José Gavito Milano

En medio de la irracionalidad de la guerra, hay que rescatar el sentido común

                        Leonardo Boff*

Con la guerra en Ucrania, llevada a cabo por Rusia, con el peligro de una hecatombe nuclear que comprometería la biosfera y la vida humana, y el predominio del egoísmo a nivel internacional en el enfrentamiento  contra la Covid-19, y la ascensión del nazifascismo con su ola de odio y de violencia, y el pensamiento reaccionario y ultraconservador en varias partes del mundo, se está revelando la irracionalidad de la razón moderna.

Si perdemos la razón perdemos los criterios que orientan nuestras prácticas y los seres humanos demuestran comportamientos enloquecidos.

En momentos así, tenemos que recurrir a lo que es más fundamental en la vida humana: el sentido común crítico. El sentido común, crítico y no ingenuo, ha sido siempre el gran orientador anticipado de nuestras prácticas para que mantengan su nivel humano y mínimamente ético.

¿Qué es el buen sentido? Decimos que alguien tiene buen sentido cuando tiene la palabra correcta para cada situación, el comportamiento adecuado y cuando atina con el núcleo de la cuestión. El sentido común está ligado a la sabiduría concreta de la vida. Es distinguir lo esencial de lo secundario. Es la capacidad de ver y de poner las cosas en el sitio que les corresponde.

El buen sentido es lo opuesto a la exageración. Por eso, el loco y el genio, que en muchos puntos se aproximan, aquí se distinguen sustancialmente. El genio es aquel que radicaliza el sentido común. El loco, radicaliza lo exagerado.

Para concretar el sentido común, tomemos dos ejemplos de figuras arquetípicas: el más próximo, el Papa Francisco, y el más originario, Jesús de Nazaret.

El eje estructurador de la retórica del Papa Francisco no son las doctrinas ni los dogmas de la Iglesia Católica. No es que las aprecie menos, sabe que son  elaboraciones teológicas creadas históricamente. Pero ellas han provocado conflictos y guerras de religión, cismas, excomuniones, teólogos y mujeres (como Juana de Arco y otras tenidas por “brujas”) quemados en la hoguera de la Inquisición. Esto ha sido así durante siglos, y el autor de estas líneas tuvo una amarga experiencia personal en el cubículo donde se interrogaba a los acusados en el severo y oscuro edificio de la ex-Inquisición, a la izquierda de la basílica de San Pedro según se la mira de frente.

El Papa Francisco revolucionó el pensamiento de la Iglesia remitiéndose a la práctica de enorme buen sentido del Jesús histórico. Él rescató lo que hoy se llama “la Tradición de Jesús” que es anterior a los  evangelios  que tenemos, escritos 30-40 años después de su ejecución en la cruz.

La Tradición de Jesús o también el camino de Jesús, como se llama en los Hechos de los Apóstoles, se funda más en valores e ideales que en doctrinas. Para el Papa son esenciales el amor incondicional, la misericordia, el perdón, la justicia  para con los oprimidos, la centralidad de los pobres y marginados, la total apertura a Dios-Abbá (Papá querido). Estos son los valores axiales que orientan sus intervenciones, y los revela concretamente en sus gestos de bondad, de cuidado, particularmente hacia los emigrados de Oriente Medio, de África, y  ahora de Ucrania, así como con las víctimas de los pedófilos, algunos de la misma Iglesia.

Volvámonos a Jesús de Nazaret. Él no pretendió fundar una nueva religión. Él quería enseñarnos a vivir. A vivir con fraternidad, solidaridad y cuidado de unos a otros y total  apertura a Dios-Abbá. Estos son los contenidos de su mensaje: el Reino de Dios y la misericordia ilimitada de su Dios de infinita bondad.

Como nos dan testimonio los evangelios, demostró ser un genio del buen sentido. Un frescor sin analogías atraviesa todo lo que dice y hace. Dios en su bondad, el ser humano con su fragilidad, la sociedad con sus contradicciones y la naturaleza con su esplendor aparecen en una inmediatez cristalina. No hace teología. No apela a principios morales  superiores. Ni se pierde en una casuística tediosa y sin corazón como lo hacían y hacen los fariseos de ayer y de hoy. Sus palabras y actitudes muerden de lleno en lo concreto donde la realidad sangra y él, ante los que sufren, los consuela, los cura y hasta los resucita.

Sus amonestaciones son incisivas y directas: “reconcíliate con tu hermano”(Mt 5,24). “No juréis de ninguna manera”(Mt 5, 34). “No resistáis a los malos”(Mt 5,39), “amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen”(Mt 5,44). “Cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”(Mt 6, 3).

Este buen sentido le ha faltado, no pocas veces, a la Iglesia institucional (papas, obispos y curas), especialmente en cuestiones morales ligadas a la sexualidad y a la familia. Aquí se ha mostrado severa e implacable. Sacrifica a las personas en su dolor a los principios abstractos. Se rige antes por el poder que por la misericordia. Y los santos y sabios nos advierten: donde impera el poder, se desvanece el amor y desaparece la misericordia.

¡Qué distinto es con Jesús y con el  Papa Francisco! La cualidad principal de Dios, nos dice el Maestro y lo repite continuamente el Papa, es la misericordia. Jesús es contundente: “Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso” (Lc 6, 36).

El Papa Francisco explica el sentido etimológico de la  misericordia: miseris cor dare: “dar el corazón  a los míseros”, a los que padecen. En el Angelus del 6 de abril de 2014 dijo con voz alterada: “Escuchad bien: no existe ningún límite para la misericordia divina ofrecida a todos”. Pide que la multitud repita con él: “No existe ningún límite para la misericordia divina ofrecida a todos”.

Parece teólogo cuando recuerda la idea de Santo Tomás de Aquino sobre la práctica de la misericordia: es la mayor de las virtudes “porque es propio de ella derramarse hacia los demás y, mas aún, ayudarlos en sus debilidades”.

Lleno de misericordia ante los peligros de la epidemia de zica, abre espacio al uso de anticonceptivos. Se trata de salvar vidas: “evitar el embarazo no es un mal absoluto”, dijo en su visita a México. Durante la pandemia de Covid-19 ha hecho continuos  llamamientos a la solidaridad y al cuidado, especialmente de los niños y los ancianos. Sus llamamientos a la paz en el conflicto bélico de Rusia contra Ucrania han sido fuertes. Llegó a decir: “Señor detén el brazo de Caín. Y una vez detenido, cuida de  él, pues es nuestro hermano”.

A los nuevos cardenales les dijo con todas las palabras: “La Iglesia no condena para siempre. El castigo es para este tiempo”. Dios es un misterio de inclusión y de comunión, nunca de exclusión. La misericordia triunfa siempre. No puede perder a un hijo o a una hija que ha creado con amor (cf. Sab 11,21-24).

Lógicamente, en el Reino de la Trinidad no se entra de cualquier manera. Se pasará por la clínica purificadora de Dios hasta que las personas salgan purificadas.

Tal mensaje es verdaderamente liberador. El confirma su exhortación apostólica “La alegría del Evangelio”. Dicha alegría se ofrece a todos, también a los no cristianos, porque es un camino de humanización y de liberación.

Es el triunfo del sentido común que tanto nos falta en este momento dramático de nuestra historia, cuyo destino está en nuestras manos. El Papa Francisco y Jesús de Nazaret aparecen como inspiradores de buen sentido, de misericordia y de una humanidad radical. Estas son las actitudes que podrán salvarnos.

*Leonardo Boff es teólogo y ha escrito Habitar la Terra: ¿Cuál es el camino para la fraternidad universal? Vozes 2021; Nostalgia de Dios: la fuerza de los humildes, Vozes 2020.

Traducción de María José Gavito Milano