La sombra tenebrosa del bolsonarismo

Leonardo Boff*

Tiempo atrás publiqué en mi blog (facebook y twitter) un artículo con el título “El peso kármico de la historia de Brasil”. Hoy veo la necesidad de retomar el tema pues la situación nacional, en un escenario electoral, se ha oscurecido y ha adquirido contornos perturbadores, sea de ruptura constitucional, sea de grave y violenta convulsión social. En particular, cuando el actual y siniestro presidente afirma, públicamente, que sólo reconocerá un resultado electoral, es decir, su reelección, en caso contrario cuestionaría las urnas electrónicas o convocaría a sus seguidores armados, probablemente los milicianos, y entonces ocurriría una grave perturbación.

Él es tan poco político y desquiciado que no esconde el juego. Lo expone claramente. Tal comportamiento de un jefe de estado que se caracteriza por amenazas constantes a las instituciones y por su permanente falta de atención a la dramática situación del país, en especial a las 660 mil víctimas del Covid-19, millones con hambre, alimentación insuficiente, desempleados, nos produce graves preocupaciones y serias aprensiones.

Las razones de la irrupción de la sombra bolsonarista

Tenemos que intentar entender por qué irrumpió esta ola de odio, de mentiras como método de gobierno, de fake news, de calumnias y de corrupción gubernamental, cuya investigación ha sido impedida. Me vienen a la mente dos categorías: una del psicoanálisis junguiano, la de la sombra, y otra de la gran tradición oriental del budismo y afines y entre nosotros, del espiritismo, el karma.

La categoría de sombra, presente en cada persona o colectividad, está formada por aquellos elementos negativos que nos cuesta aceptar, que procuramos olvidar o reprimir, enviándolos al inconsciente, ya sea personal o colectivo.

Cinco sombras en la historia de Brasil

Efectivamente, cinco grandes sombras marcan la historia político-social de nuestro país: el genocidio indígena, que perdura hasta hoy; la colonización, que nos impidió tener un proyecto propio de un pueblo libre; la esclavitud, una de nuestras vergüenzas nacionales, pues implicaba tratar al esclavo como cosa, “pieza” puesta en el mercado para ser comprada y vendida, sometida constantemente al látigo y al desprecio; el permanente pacto entre los representantes de las clases dominantes, herederas de la Casa Grande o del industrialismo, especialmente a partir de São Paulo. Estos nunca pensaron en un proyecto nacional que incluyese al pueblo, sino en un proyecto solamente de ellos para ellos, capaces de controlar el estado, ocupar sus aparatos y ganar fortuna en los proyectos estatales. Por esta razón emerge una quinta sombra, la democracia de baja intensidad que perdura hasta el día de hoy y que actualmente muestra una gran debilidad. Medida por el respeto a la constitución, a los derechos humanos personales y sociales y por el nivel de participación popular parece más una farsa que una verdadera democracia consolidada.

Siempre que algún líder político con ideas reformistas, venido del piso de abajo, de la senzala social, presenta un proyecto más amplio que abarca al pueblo con políticas sociales inclusivas, estas fuerzas de pacto, con su brazo ideológico, los grandes medios de comunicación, como periódicos, radios y canales de televisión, asociados a parlamentarios y a sectores importantes del poder judicial, han usado el recurso del golpe, sea militar (1964), sea jurídico-político-mediático (1968) para garantizar sus privilegios. Difaman, persiguen y llegan a meter en la cárcel, incluso sin base jurídica, a sus líderes populares. El desprecio y el odio, dirigidos en otro tiempo a los esclavos, ha sido transferido cobardemente a los pobres y miserables, condenados a vivir siempre en la exclusión. Es el método denunciado por el eminente sociólogo Jessé Souza en su clásico La élite del atraso (2017). Esta sombra se cierne sobre la atmósfera social de nuestro país. Está siempre ideológicamente escondida, negada y reprimida.

La visibilidad de la sombra bolsonarista

Con el actual innombrable como presidente y con el séquito de sus seguidores, lo que estaba oculto y reprimido ha salido del armario. Siempre estuvo allí, recogido pero actuante, impidiendo que nuestra sociedad, dominada por la élite del atraso, hiciese las transformaciones necesarias, continuando así con una línea conservadora y, en algunos campos, como en las costumbres, hasta reaccionaria.

Las cinco sombras antes mencionadas se volvieron visibles en el bolsonarismo y en su “capo”: la magnificación de la violencia y hasta de la tortura, el racismo cultural, la homofobia, el rechazo a los de otra opción sexual, el desprecio al afrodescendiente, al indígena, a la mujer y al pobre. Resulta extraño que muchos, hasta personas sensatas, puedan seguir a una figura tan grosera, tan maleducada y sin ninguna empatía por los sufridores de nuestro país y del mundo.

Esta es una explicación, ciertamente no exhaustiva, a través de la sombra que subyace a las distintas crisis que atraviesan toda la sociedad.

La otra categoría es la del karma. Para conferirle algún grado analítico y no solo metafísico (el destino humano) me valgo de un largo diálogo entre el gran historiador inglés Arnold Toynbee y Daisaku Ikeda, eminente filósofo japonés, diálogo recogido en el libro Elige la vida (Emecé. Buenos Aires 2005).

Karma es un término sánscrito que originalmente significaba fuerza y movimiento, concentrado en la palabra “acción” que provoca su correspondiente “reacción”. Se aplica a los individuos y también a las colectividades.

Cada persona está marcada por las acciones que practica en la vida. Esa acción no se restringe a la persona, connota todo el ambiente. Se trata de una especie de contracorriente ética cuyo saldo está en mutación según las acciones buenas o malas que se han hecho, o sea, “los débitos y los créditos”. Incluso después de la muerte, las personas, en la creencia budista, cargan con esta cuenta. Por eso se reencarnan para que en varios renacimientos puedan poner a cero la cuenta negativa.

Para Toynbee no es necesario recurrir a la hipótesis de los muchos renacimientos porque la red de vínculos garantiza la continuidad del destino de un pueblo (p.384). Las realidades kármicas impregnan las instituciones, los paisajes, configuran las personas y marcan el estilo singular de un pueblo. Esta fuerza kármica actúa en la historia, marcando los hechos benéficos o maléficos, cosa ya vista por C.G.Jung en sus análisis psico-socio-históricos.

Toynbee en su gran obra en diez volúmenes Estudio de la Historia (A Study of History) trabaja el binomio Reto-Respuesta (Challenge – Response) y ve sentido en la categoría del karma. Pero le da otra versión que me parece esclarecedora y nos ayuda a entender un poco las sombras nacionales y la sombra bolsonarista. 

La historia está hecha de redes relacionales dentro de las cuales está inserta cada persona, ligada con las que la precedieron y con las presentes. Hay un funcionamiento kármico en la historia de un pueblo y de sus instituciones de acuerdo a los niveles de bondad y justicia o de maldad e injusticia que produjeron a lo largo del tiempo. Este sería una especie de campo mórfico que permanecería impregnando todo.

La arrogancia europea y la bolsonarista

Veamos el ejemplo de la cultura europea occidental. Creó la modernidad y proyectó el ideal del ser humano como dominus, señor de todo, de los pueblos, de los continentes, de la Tierra, de la vida y hasta de los últimos elementos de la materia. Se impuso globalmente a sangre y fuego y generó las principales guerras, especialmente las dos guerras mundiales y actualmente, a través de la OTAN, apoyando la guerra en Ucrania.

Al decir del gran y discutido analista Samuel P. Huntington en su conocido libro Choque de civilizaciones (1997): «La intervención occidental en los asuntos de otras civilizaciones es probablemente la más peligrosa fuente de inestabilidad y de un posible conflicto global en un mundo multicivilizacional» (p.397). Es la famosa arrogancia occidental de poseer la mejor religión (cristianismo), la mejor ciencia y tecnología, la mejor sociedad, la mejor democracia, la mejor cultura, todo mejor. Respetadas las diferencias, semejante juicio se aplica también a la arrogancia bolsonarista del presidente y de muchos de sus ministros.

Tanto Toynbee como Ikeda concuerdan en esto: «la sociedad moderna (nosotros incluidos) sólo puede ser curada de su carga kármica, ‒añadiríamos, de su sombra‒ a través de una revolución espiritual en el corazón y en la mente» (p.159), en la línea de la justicia compensatoria y de políticas sanadoras con instituciones justas.

Cómo deshacer las sombras y el karma negativo

Sin embargo, estas políticas solas no son suficientes y no deshacen las sombras y el karma negativo. Es necesario el amor, la solidaridad, la compasión y una profunda humanidad con las víctimas. El amor será el motor más eficaz porque, en el fondo, afirman Toynbee e Ikeda “es la Última Realidad” (p.387).

Una sociedad atravesada por el odio y por la mentira, como en el bolsonarismo, e incapaz de amar efectivamente y de ser menos malvada, jamás deconstruirá una historia tan marcada por las sombras y por el karma negativo como la nuestra. Esto vale específicamente para los modos rudos, ofensivos y mentirosos del actual presidente de Brasil.

¿No es lo que predican los maestros de la humanidad, como Jesús, San Francisco de Asís, Dalai Lama, Gandhi, Luther King Jr y el Papa Francisco? Sólo la dimensión de luz y el karma del bien libran y redimen a la sociedad de la fuerza de las sombras tenebrosas y de las kármicas del mal.

Si no derrotamos electoralmente al innombrable presidente actual, el país se moverá de crisis en crisis, creando una corriente de sombras y karmas destructivos, comprometiendo su propio futuro. Pero la luz y la energía de lo positivo siempre se mostraron históricamente más poderosas que las sombras y el karma negativo. Estamos seguros de que ellas escribirán la página definitiva de la historia de un pueblo.

*Leonardo Boff es teólogo y filósofo y ha escrito Brasil:concluir la refundación o prolongar la dependencia, Vozes 2018.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Otra agenda mundial: liberar la vida u otro paradigma civilizatorio?

 Nota previa: Se ha organizado un grupo internacional que se propone “otra agenda mundial para liberar la vida”. La primera sesión tuvo lugar el día 5/5/2022. Cada participante (en total unos 20 aunque no todos intervinieron) tenía 10-15 minutos para presentar su visión del tema. El coordinador era un conocido economista italiano, que trabaja en la Comunidad Europea, en Bruselas. El propósito básico es cómo democratizar los conocimientos científicos que refuerzan la búsqueda de una agenda que tenga como objetivo liberar la vida. Expongo aquí mi corta presentación, hecha en francés, con las ideas que he propuesto y defendido en otros escritos. Hasta ahora, por lo visto, la nueva agenda se sitúa todavía dentro del viejo paradigma (la burbuja dominante), sin plantearse la cuestión de la profunda crisis que este paradigma, el de la modernidad científico-técnica, ha provocado, paradigma que está poniendo en peligro el futuro de nuestra vida y de nuestra civilización. De ahí la oportunidad de exponer claramente mi posición crítica, que no cree en las virtualidades de liberar la vida de este paradigma, pues la está destruyendo rápidamente. Lboff

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Voy directo al punto: ¿dentro del actual paradigma civilizatorio, de la modernidad, es posible otra Agenda o hemos tocado sus límites insuperables y tenemos que buscar otro paradigma civilizatorio si todavía queremos seguir viviendo sobre este planeta?

Mi respuesta se inspira en tres afirmaciones de gran autoridad.

La primera es de la Carta de la Tierra, aprobada por la UNESCO en 2003. Su frase inicial presenta tonos apocalípticos: “Estamos ante un momento crítico de la historia de la Tierra, en el cual la humanidad debe elegir su futuro… y esa elección es: o formar una alianza global para cuidar la Tierra y cuidarnos unos a otros, o arriesgarnos a la destrucción de nosotros mismos y a la destrucción de la diversidad de la vida” (Preámbulo).

La segunda afirmación muy seria es del Papa Francisco en la encíclica Fratelli tutti(2020): “estamos en el mismo barco, nadie se salva solo, o nos salvamos todos o no se salva nadie” (n.32).

La tercera afirmación es del gran historiador Eric Hobsbawn en su conocida obra Laera de los extremos (1994) en su frase final: No sabemos hacia donde estamos yendo. Sin embargo, una cosa es segura: si la humanidad quiere tener un futuro aceptable, no puede ser mediante la prolongación del pasado o del presente. Si intentamos construir el tercer milenio sobre esta base vamos a fracasar. Y el precio del fracaso, o sea la alternativa al cambio de la sociedad, es la oscuridad”(p.562).

En otras palabras: nuestro modo de habitar la Tierra, que nos ha traído innegables beneficios, ha llegado a su agotamiento. Todos los semáforos están en rojo. Hemos construido el principio de autodestrucción, que puede exterminar toda la vida con armas químicas, biológicas y nucleares de muchas formas distintas. La tecnociencia que nos hace llegar a los límites extremos de sostenibilidad del planeta Tierra (The Earth Overshoot) no tiene condiciones por si sola, como la Covid-19 ha mostrado, para salvarnos Podemos limar los dientes al lobo pensando que le quitamos, ilusoriamente, su voracidad. Pero esta no reside en los dientes sino en su naturaleza.

Por lo tanto, tenemos que abandonar nuestro barco e ir más allá de una nueva agenda mundial. Hemos llegado al final del camino. Tenemos que abrir un camino distinto. De lo contrario, como dijo en su última entrevista antes de morir Zygmunt Bauman: “vamos a engrosar el cortejo de aquellos que caminan en dirección a su propia tumba”. Nos vemos forzados, si queremos vivir, a recrearnos y a reinventar un nuevo paradigma de civilización.

Dos paradigmas: el del dominus y el del frater

En este momento veo enfrentados dos paradigmas: el paradigma del dominus y el paradigma del frater. Dicho de otra manera: el paradigma de la conquista esexpresión de la voluntad de poder como dominación, formulada por los padres fundadores de la modernidad, como Descartes, Newton, Francis Bacon; dominación de todo, de pueblos, como en las Américas, África y Asia, dominación de clases, de la naturaleza, de la vida y dominación de la materia hasta su última expresión energética con el Bosón de Higgs.

El ser humano (maître et possesseur de Descartes) no se siente parte de la naturaleza, sino su dueño y señor (dominus), que en palabras de Francis Bacon “debe torturar a la naturaleza como el torturador hace con su víctima hasta que entregue todos sus sus secretos”. Él es el fundador del método científico moderno, prevalente hasta el día de hoy. 

Ese paradigma entiende la Tierra como mera res extensa y sin propósito, transformada en un baúl de recursos, considerados infinitos y que permiten un crecimiento/desarrollo también infinito. Sucede sin embargo que hoy sabemos científicamente que un planeta finito no soporta un proyecto infinito. Esta es la gran crisis del sistema del capital como modo de producción y del neoliberalismo como su expresión política.

El otro paradigma es el de frater: hermano y hermana de todos los seres humanos entre sí y hermanos y hermanas de todos los demás seres de la naturaleza. Todos los seres vivos tenemos, como Dawson y Crick mostraron en los años 1950, los mismos 20 aminoácidos y las 4 bases nitrogenadas, desde la célula más originaria que surgió hace 3.800 millones de años, pasando por los dinosaurios y llegando hasta nosotros humanos. Por eso dice la Carta de la Tierra y lo enfatiza fuertemente el Papa Francisco en sus dos encíclicas ecológicas, Laudato Si: sobre el cuidado de la Casa Común (2015) y Fratelli tutti (2020): un lazo de fraternidad nos une a todos, “al hermano Sol, la hermana Luna, al hermano río y a la Madre Tierra” (LS n.92; CT preámbulo). El ser humano se siente parte de la naturaleza y tiene el mismo origen que todos los demás seres: “el humus” (la tierra fértil) de donde se deriva homo, como masculino y femenino, hombre y mujer.

Si en el primer paradigma prevalece la conquista y la dominación (paradigma de Alejandro Magno y Hernán Cortés), en el segundo se muestra el cuidado y la corresponsabilidad de todos con todos (paradigma de Francisco de Asís y Madre Teresa de Calcuta).

Representado figurativamente podemos decir: el paradigma del dominus es el puño cerrado que somete y domina. El paradigma del frater es la mano extendida que se entrelaza con otras manos para la caricia esencial y el cuidado de todas las cosas.

El paradigma del dominus es el dominante, está en el origen de nuestras muchas crisis y en todas las áreas. El paradigma del frater está naciendo y representa el mayor anhelo de la humanidad, especialmente de aquellas grandes mayorías dominadas sin piedad, marginalizadas y condenadas a morir antes de tiempo. Pero posee la fuerza de una semilla y, como en toda semilla, en ella están presentes las raíces, el tronco, las ramas, las hojas, las flores y los frutos. Por eso por él pasa la esperanza, como principio más que como virtud, como aquella energía indomable que proyecta siempre nuevos sueños, nuevas utopías y nuevos mundos, es decir, nos hace caminar en dirección a nuevas formas de habitar la Tierra, de producir, de distribuir los frutos de la naturaleza y del trabajo, de consumir y de organizar relaciones fraternales y sororales entre los humanos y con los demás seres de la naturaleza.

El paso del paradigma del dominus al paradigma del frater

Sé que aquí se plantea el espinoso problema de la transición de un paradigma a otro. Se hará gradualmente, con un pie en el viejo paradigma del dominus/conquista ya que debemos garantizar nuestra subsistencia y el otro pie en el nuevo paradigma del frater/cuidado para inaugurarlo a partir de abajo. Aquí deben ser discutidos varios supuestos, pero no es el momento de hacer eso. Una cosa podemos adelantar: la gran amenaza para la continuidad de la vida humana en el planeta es el calientamiento global incontrolable que puede frustrar todos nuestros proyectos. Apesar de esto, si tenemos alguún futuro, hau que empezar trabajando el territorio, el biorregionalismo. En él se podrá implantar regionalmente el nuevo paradigma del frater/cuidado de forma sostenible, pues tiene la capacidad de incluir a todos y crear más igualdad social y equilibrio ambiental. Pero siempre a condición de habermos superado y sobrevivido al calientamiento global.

Nuestro gran desafío es este: cómo pasar de una sociedad capitalista de superproducción de bienes materiales a una sociedad de sostenimiento de toda la vida, con valores humano-espirituales intangibles como el amor, la solidaridad, la compasión, la justa medida, el respeto y el cuidado especialmente de los más vulnerables.

El adviento de una biocivilización

Esta nueva civilización tiene un nombre: es una biocivilización, cuya centralidad es la vida en toda su diversidad, pero especialmente la vida huma personal y colectiva. La economía, la política y la cultura están al servicio del mantenimiento y de la expansión de las virtualidades presentes en todas las formas de vida.

El futuro de la vida en la Tierra y el destino de nuestra civilización están en nuestras manos. Tenemos poco tiempo para hacer las trasformaciones necesarias, pues ya hemos entrado en la nueva fase de la Tierra, su calentamiento creciente. Falta la suficiente conciencia en los jefes de estado sobre las emergencias ecológicas y es todavía muy escasa en el conjunto de la humanidad.

Leonardo Boff, teólogo, filósofo y ha escrito: Ecología: grito de la Tierra, grito de los pobres, 1999/2018; Habitar la Tierra: ¿cuál es el camino para la fraternidad universal? Vozes 2022.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Pensar lo impensable? La vida y el tiempo

Leonardo Boff

Se me pidió escribir algunos pensamientos sobre la vida y el tiempo, destinados a los jóvenes de hoy. Esto fue lo que escribí.

«Queridos jóvenes:

Consideremos la vida, el valor supremo, por encima del cual solo está el Generador de toda la vida, ese Ser que hace ser a todos los seres. Los científicos, especialmente el más prestigioso de los que se ocuparon del tema de la vida, el ruso-belga I. Prigogine afirmó: podemos conocer las condiciones físico-químico-geológicas que permitieron que la vida irrumpiera hace 3.800 millones de años. Sin embargo, lo que ella es sigue siendo un misterio. Pero podemos decir con seguridad que el sentido de la vida es vivir, simplemente vivir, aún en la condición más humilde. Vivir es celebrar en cada momento ese acontecimiento misterioso del universo que late en nosotros y quizá en muchas otras partes del universo. 

La vida es siempre una vida con y una vida para. Vida con otras vidas, con vidas humanas, con vidas de la naturaleza y con vidas que acaso existan en el universo y que un día pudieran comunicarse con nosotros. Es vida para darse y unirse a otras vidas para que la vida siga siendo vida y se perpetúe siempre.

Pero la vida está tomada por una pulsión interior que no se puede frenar. La vida quiere irradiar, expandirse y encontrarse con otras vidas. La vida solo es vida cuando es vida con y vida para.

Sin el con y sin el para la vida no existiría como vida tal como la conocemos, envuelta en redes de relaciones incluyentes hacia todos los lados. La pulsión irrefrenable de la vida hace que ella no quiera solo esto o aquello. Lo quiere todo. Quiere incluso la Totalidad, quiere lo Infinito. En el fondo, la vida quiere ser eterna.

Ella lleva dentro de sí un proyecto infinito. Este proyecto infinito la hace feliz e infeliz. Feliz porque encuentra, ama y celebra otras vidas y todo lo que la rodea, einfeliz porque todo lo que encuentra, ama y celebra es finito, cae bajo el poder de la entropía y acaba desapareciendo. A pesar de esa finitud en nada se debilita la pulsión hacia lo Infinito y lo Eterno.

Al encontrar ese Infinito descansa, experimenta una plenitud que nadie puede darle, y que solo ella puede disfrutar y celebrar. Lo infinito en nosotros es el eco de un Infinito mayor que nos llama y nos convoca siempre.

La vida es entera, pero incompleta. Es entera porque dentro de ella está todo: lo real y lo potencial. Pero incompleta porque lo potencial todavía no se ha hecho real. Y como lo potencial es ilimitado, nuestro tipo de vida limitado no abarca lo ilimitado. Por eso nunca está completa para siempre. Permanece como apertura y espera una completitud, que quiere y debe suceder algún día. La vida es demasiado oceánica para caber dentro de concptos. Es un vacío que reclama ser plenificado. De lo contrario, la vida no tendría sentido. ¿La muerte no sería el momento de encuentro de lo finito con lo Infinito?

Y con la vida surge el tiempo. ¿Qué es el tiempo? El tiempo es la espera de lo que puede venir y suceder. Esa espera es nuestra apertura, capaz de acoger lo que puede venir, de hacernos más completos y menos incompletos.

¡Vive intensamente cada momento del tiempo! El pasado ya no existe porque pasó, el futuro no existe porque todavía no ha llegado. Solo existe el presente. Vívelo con absoluta intensidad, valora cada momento, él trae el futuro al presente y enriquece el pasado.

Cada momento es la irrupción de lo eterno. Solo puede ser vivido. No puede ser aprehendido, aprisionado o apropiado. Solo él es. Un día fue (el pasado) y un día será (el futuro). Del tiempo, nosotros solo conocemos el pasado. El futuro es inaccesible para nosotros porque todavía no es. Nosotros, sin embargo, vivimos el “es” del presente, que nunca nos es concedido aprehender. Simplemente pasa por nosotros y se va. Él posee la naturaleza de la eternidad que es un permanente “es”. El tiempo así significa la presencia fugaz de la eternidad. Nosotros estamos inmersos en la eternidad.

Vive ese “es” como si fuese el primero y el último. Así tú mismo te eternizas. Y eternizándote participas de Aquel que es siempre sin pasado ni futuro. Un es eterno. Podemos hablar del tiempo, pero él es impensable. Ese es eterno está vinculado a lo que las tradiciones espirituales y religiosas de la humanidad designaron como Misterio, Tao, Shiva, Alá, Olorum, Yavé, Dios, nombres que no caben en ningún diccionario y están más allá de nuestra comprensión. Delante de él se ahogan las palabras. Sólo es digno el noble silencio. 

Sin embargo, cada uno debe darle nombre que es el nombre de su participación en Él y de su total apertura a Él. Ese nombre queda inscrito en todo su ser temporal, pero late principalmente en su corazón. Entonces su corazón y el corazón de Aquel que es eternamente forman un solo e inmenso corazón».

Dedico este texto al profesor Wilian Martinhão que organizó un libro “El tiempo, ¿qué es? Una historia de los tiempos” para el cual hice la Presentación que me permito publicar antes de que la obra vea la luz. 

                                                                     Leonardo Boff teólogo,filósofo e escritor

Pascua: la irrupción de lo inesperado

Leonardo Boff*

Los cristianos celebran en Pascua aquello que ella significa: el paso. En nuestro contexto, es el paso  de la decepción a la irrupción de lo inesperado. La decepción aquí es la crucifixión de Jesús de Nazaret y lo inesperado, su resurrección.

Él fue alguien que pasó por el mundo haciendo el bien. Mas que doctrinas introdujo prácticas, ligadas siempre a la vida de los más débiles: curaba ciegos,

purificaba leprosos, hacía andar a cojos, devolvía la salud a muchos enfermos, daba de comer a multitudes y llegaba a resucitar muertos. Conocemos su fin trágico: una trama urdida entre religiosos y políticos lo llevó a la muerte en la cruz.

Los que lo seguían, apóstoles y discípulos, quedaron profundamente frustrados con el fin trágico de la crucifixión. Todos, menos las mujeres que también lo seguían, empezaron a volver a sus casas. Decepcionados, pues esperaban que traería la liberación de Israel. Tal frustración aparece claramente en los dos

discípulos de Emaús, probablemente una pareja, que caminaban llenos de tristeza. A uno que se une a ellos en el camino, lamentándose, le dicen: “Nosotros esperábamos que fuese él quien liberara a Israel, pero hace ya tres días que lo condenaron a muerte”(Lucas 24,21). Ese compañero del camino se reveló después como Jesús resucitado, reconocido en la forma como bendijo el pan, lo partió y lo distribuyó.

La resurrección estaba fuera del horizonte de sus seguidores. Había un grupo en Israel que creía en la resurrección, pero al final de los tiempos, una resurrección entendida como una vuelta a la vida como siempre fue y es. Pero con Jesús sucedió lo inesperado, pues en la historia siempre puede ocurrir lo inesperado y lo improbable. Sólo que lo improbable y lo inesperado aquí son de otra naturaleza, un evento realmente improbable e inesperado: la resurrección.

Ella debe ser bien entendida: no se trata de la reanimación de un cadáver como el de Lázaro. La Resurrección representa una revolución dentro de la evolución. El fin bueno de la historia humana se anticipa. Ella significa lo inesperado de la irrupción del ser humano nuevo, como dice San Pablo, del “novísimo Adán”.

Este evento es realmente la concretización de lo inesperado. Teilhard de Chardin, cuya mística está toda centrada en la resurrección como una absoluta novedad dentro del proceso de la evolución, decía que era un “tremendous”, algo que por tanto alcanza a todo o el universo.

Esta es la fe fundamental de los cristianos. Sin la resurrección las comunidades cristianas no existirían. Perderían su evento fundador y fundante.

Finalmente cabe resaltar que los dos misterios mayores de la fe cristiana están íntimamente ligados a la mujer: la encarnación del Hijo de Dios a María (Lucas 1,35) y la resurrección a María de Magdala (Juan 20,15). Parte de la Iglesia, la

jerárquica, rehén del patriarcalismo cultural, no ha atribuido a este hecho singular ninguna relevancia teológica. Ella seguramente está en el designio de Dios y debería ser acogido como algo culturalmente innovador.

En estos tiempos sombríos, marcados por la muerte y hasta con la eventual desaparición de la especie humana, la fe en la resurrección nos abre un futuro de esperanza. Nuestro fin no es la autodestrucción dentro de una tragedia sino la plena realización de nuestras potencialidades a través de la resurrección, la

irrupción del hombre y de la mujer nuevos.

Feliz Pascua a todos los que consiguen creer y también a quienes no lo consiguen.

*Leonardo Boffes es teólogo y ha escrito: La resurrección de Cristo y nuestra resurrección en la muerte, Vozes 1982. Publicado en español por la editorial Sal Terrae.

Traducción de Mª José Gavito Milano