Indignación, fatalismo, fe, esperanza y aprendizaje: Covid-19

La aparición de la Covid-19 ha traído grandes cuestionamientos para la existencia humana. Para frenar su propagación se han impuesto varias medidas restrictivas que han provocado impaciencia, indignación, desesperanza y fatalismo. Pero han creado también la oportunidad de fe, de esperanza y sobre todo de reflexión acerca del sentido de nuestra presencia en este planeta y un aprendizaje para la vida, que debe continuar mejor, más tierna y fraterna.

El virus invisible ha desenmascarado la arrogancia del ser humano moderno que se juzgaba un pequeño dios, capaz de dominar las fuerzas de la naturaleza con la tecnociencia y someterlas a su servicio. La Covid-19 ha demostrado que solamente somos señores de la naturaleza si la obedecemos. No somos dueños sino parte de la naturaleza junto a y no encima de los demás seres.

La Covid-19 nos ha revelado como seres expuestos a la imprevisibilidad y la vulnerabilidad, es decir, no dominamos las condiciones que garantizan o amenazan nuestra vida. ¿Quién, exceptuando epidemiólogos, como uno de los mayores, David Qammen, previó la llegada amenazadora del virus? Son pocos los países que tienen un SUS (Sistema Único de Salud) como nosotros en Brasil. No lo tienen Estados Unidos, Italia, España y México entre otros. Además somos seres que no poseen ningúnórgano especializado (Mangelwesen de Arnold Gehlen) que asegure nuestra existencia ni poseemos un hábitat propio, como tienecada especie de la naturaleza. Tenemos que construir, mediante la interacción con la naturaleza y el trabajo. nuestro hábitat, o sea, un lugar hospitalario en el cual podemos vivir sin mayores amenazas y en paz.

El virus ataca a personas, ricas y pobres, clases, religiones y todas las naciones del planeta. Las armas de destrucción masiva sobre las que se funda el poder de los imperios de hoy en busca de hegemonía mundial e incluso del dominio sobre otros pueblos, se han vuelto ineficaces e incluso ridículas. Lo que nos está salvando no son los mantras de la cultura del capital (lucro, competencia, individualismo, asalto a los bienes y servicios de la naturaleza, dominio del mercado sobre la sociedad) sino los valores casi ausentes en este sistema capitalista y neoliberal: la centralidad de la vida, la interdependencia entre todos, la solidaridad, la generosidad, el cuidado de unos a otros y de los escasos bienes naturales, las relaciones sociales más amigables frente a la insaciable voracidad del mercado, un estado social que atiende las demandas básicas de sus ciudadanos Este es un aprendizaje que estamos haciendo; hay que interiorizarlo y fundar un nuevo paradigma de comportamiento, para que no se traduzca en unos pocos actos sino en una actitud permanente, ya que esto es lo que transforma.

La indignación y la impaciencia son comprensibles porque somos seres sociales. No poder convivir, abrazar y besar a nuestros seres queridos y amigos es doloroso y triste. Asumimos las renuncias como cuidado de nosotros mismos y como solidaridad con los demás para no contaminarlos ni contaminarnos nosotros mismos. Importa que la indignación se transforme en empatía por los que sufren, ya sea en los hospitales, o con las familias que han perdido a sus seres queridos.

El fatalismo significa aceptar un hecho como inevitable ante el cual no podemos hacer nada. Esta es una visión negacionista que nos lleva a la inercia y al abatimiento. Olvida que el ser humano fue creado creador; tiene energías ocultas en su interior que son más fuertes que la dureza de los acontecimientos. Podemos resistirlos, evitarlos y, aunque ocurran, siempre es posible sacar lecciones de ellos y así superarlos. Nada es fatal en este mundo. Solo la muerte lo es. Pero la muerte no tiene por qué significar el fin de nuestra peregrinación, sino el momento de transfiguración, el ejercicio de la libertad suprema al no permitir que nos quiten la vida, sino entregársela a un Mayor, y despedirnos de este mundo agradecidos por el hecho de haber existido. La última palabra de Santa Clara, compañera de San Francisco de Asís, es inspiradora: “Señor, te doy gracias por haberme creado”. Inclinó la cabeza hacia un lado y expiró y así cayó en los brazos de Dios-Padre-y-Madre de bondad que la esperaban.

Ante la pandemia avasalladora, es urgente suscitar la fe y alimentar la esperanzaLa fe, en su sentido bíblico, significa más que acoger verdades y adherirse a doctrinas. Es sobre todo confiar en Alguien que acompaña nuestros pasos, conoce todos nuestros altibajos, sabe de qué polvo estamos hechos y se apiada de nosotros. Por eso, como dice de forma consoladora el Salmo 103: “Él no está siempre acusando ni guarda rencor para siempre; como un padre tiene compasión de sus hijos, así el Señor se compadece de los que confían en él, porque conoce nuestra naturaleza y recuerda que somos polvo” (v. 9-14). Tener fe significa que la vida, por penosa que sea, tiene sentido y vale la pena asumirla y amarla. Hoy la asumimos en su fragilidad y confiamos en que ese Alguien pueda compadecerse de nosotros y salvarnos del virus letal

La esperanza nos hace comprender que lo invisible es parte de lo visible. La realidad empírica y dada no es toda la realidad. Oculta algo invisible que pertenece a nuestra condición humana: las innumerables posibilidades y virtualidades escondidas dentro de nosotros. Podemos desentrañarlas inventando una nueva solución a nuestros problemas. La esperanza nos permite soñar y pensar en mundos aún no vividos y ensayados pero que nos desafían a darles forma. Mientras haya esperanza, no habrá callejones sin salida. Por la esperanza nos convencemos de que la Covid-19 no será el Next Big One, el gran virus terminal, contra el que ninguna vacuna sería eficaz y que podría liquidar gran parte de la biosfera y acabar con millones de seres humanos. Pero el virus es misterioso, desconocemos las consecuencias y su posible permanencia endémica entre los humanos. Todo indica que el mundo pre-pandemia definitivamente ha pasado. Debemos prepararnos para algo nuevo en la humanidad: una nueva forma de vivir y convivir entre nosotros los humanos y con la naturaleza a ser regenerada.

Nuestra esperanza es que aún tenemos futuro. Nacidos en el corazón de las grandes estrellas rojas, hace miles de millones de años, seguiremos irradiando. Alimenta nuestra esperanza una de las últimas frases de la Laudato Si: cómo cuidar de la Casa Común delPapa Francisco: “Caminemos cantando; que nuestras luchas y nuestra preocupación por este planeta no nos quiten la alegría de la esperanza” (n.244).

*Leonardo Boff es filósofo y teólogo y ha escrito: El doloroso parto de la Madre Tierra: una sociedad de fraternidad sin fronteras y de amor social, que saldrá publicado en breve por la Editorial Vozes 2021.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Durante la pandemia qué leer y cómo leer: Occidente abraza al Oriente (III), Chuang-tzu y Teresa de Ávila

Por más que el mundo moderno se haya secularizado, el hecho es que gran parte de la humanidad encuentra el sentido de la vida en los caminos espirituales de sus respectivas culturas. Los caminos espirituales son muchos. Sin desmerecer otros, quiero destacar dos que están en la base de dos grandes culturas: la de Occidente y la de Oriente. Cabe recordar que espiritualidad no es saber sobre la Suprema Realidad, sino experimentarla a partir de la totalidad de nuestro ser.

Occidente afirma: existe el camino de la comunión personal con la Suprema Realidad que incluye el Todo.

El Oriente sostiene: existe el camino de la comunión con el Todo que incluye la Suprema Realidad.

En Occidente predomina la comunión personal y dialogal con la Suprema Realidad, que en la tradición judeocristiana y musulmana se llama simplemente Dios. No se trata de una experiencia intelectual, de la cabeza, sino amorosa, del corazón que siente, ama y vibra, envolviendo todo el ser. Maestros de esta experiencia son, entre otros, San Francisco de Asís, Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz y Teilhard de Chardin. 

Dice San Juan de la Cruz en su Cántico Espiritual refiriéndose a Dios:

“Descubre tu presencia/Matéme tu vista y hermosura/Mira que la pena de amor no se cura/Sino con la presencia y la figura” (verso 11).

Santa Teresa de Ávila no es menos efusiva en sus Aspiraciones de vida eterna:

“Vivo sin vivir en mí, después que muero de amor/ porque vivo en el Señor/que me quiso para sí./ Cuando el corazón le dí/puse en él este letrero:/que muero porque no muero” (verso 1).

Este modo de hablar es el del enamoramiento, el del encuentro íntimo y profundo con Dios. A partir desta comunión yo-tú, se entrevé Dios en el Todo y en cada ser, como aparece en la mística cósmica de San Francisco que emocionalmente llama a las criaturas mis hermanas y mis hermanos. San Juan abre su primera epístola así: “Aquel que nosotros tocamos, que hemos visto con nuestros ojos y hemos oido con nuestros oidos, ese os lo comunicamos”. Es una experiencia concreta, tocar, sentir y ver.

En Oriente la experiencia primera reside en el Todo. Nada está aislado. Todo está relacionado formando el Gran Todo. El maestro yogui responde a la pregunta: “¿Quién eres tú? Él señala el universo y dice: tú eres todo eso, toda la realidad, parte del Todo, tú eres el Todo”. Nuestro extravío se produce porque hemos perdido la memoria sagrada de que somos un eslabón de la única y gran corriente de la vida, parcela del Todo. No hacemos una experiencia de no-dualidad con todas las cosas: somos árbol, somos pájaro, somos las estrellas, estamos sumergidos en el Todo. Y el Todo se llama Tao, la Suprema Realidad presente en todo.

Tomas Merton que vivió en Occidente la experiencia del Oriente tradujo “La vía de Chuang-tzu” (Vozes 1993).

Alguien preguntó a Chuang-tzu: ”Muéstrame donde puede ser encontrado el Tao. A lo que él respondió: No hay lugar donde el Tao no pueda ser encontrado: está en la hormiga, en la vegetación del pantano, en el pedazo de ladrillo, en el excremento, y concluyó: el Tao es grande en todo, completo en todo, integral en todo. Estos aspectos son distintos, pero la Realidad es el Uno” (p.158-159).

Como se deduce, las cosas son diversas pero todas desaguan en el Uno, en el Tao.

¿Cómo se lleva a cabo una experiencia de no-dualidad? Los orientales proponen como primer ejercicio: la experiencia de la luz. Ella incide sobre nuestras cabezas, baña todo el organismo, atraviesa las paredes de la casa, el jardín, la ciudad, el océano, toda la Tierra y se extiende por todo el universo. La persona, hecha luz, se siente unida a cada cosa, al Todo.

Los caminos de Oriente y de Occidente no son antagónicos sino complementarios. Ambos intentan, fundamentalmente, crear en nosotros lo que tanto buscamos: un centro a partir del cual todo se liga y re-liga y nos permite vivir el Todo. Poco importa el nombre con el que llamamos a ese centro. Corresponde a lo que significa Dios, Tao, Alá, Javé, Olorun. Ese centro está en nosotros pero también nos desborda. Es el misterio vivo e interior de nuestra vida y del universo.

Entre nosotros tenemos también la experiencia espiritual que subyace a las religiones afro-brasileras u otras que asimilan elementos africanos. Todo gira alrededor del axé, que corresponde más o menos al qi de los orientales o a la ruah, pneuma, spiritus de los occidentales: una energía cósmica que impregna toda la realidad y tiene sus principales portadores en los seres humanos. Exu, no es el demonio que se debe invocar, sino la principal expresión del axé. El axé actúa dentro de nosotros, como fuerza de irradiación y de captación de buenas energías, puestas al servicio de los demás. Por no entender la profundidad, ecológica incluso, de estas religiones de origen africano, son difamadas y hasta perseguidas por grupos neopentecostales que tienen poco de espiritual y de sentido de lo sagrado de todas las cosas.

Somos seres espirituales cuando nos sumergimos en nuestra profundidad y nos damos cuenta de que somos parte de un Todo que nos transciende. Estamos habitados por el espíritu, aquel momento de la conciencia por el cual tenemos la percepción de ser parte de un todo y que el Todo está en nosotros. 

La espiritualidad occidental u oriental tiene que ver con la experiencia de la Suprema Realidad, no con un saber, expresado en doctrinas, dogmas y ritos. Todo esto es parte de la religiones que nacieron de una experiencia espiritual, pero que no son la espiritualidad. Pueden fomentarla igual que pueden sofocarla por exceso de doctrinas. Ellas son agua canalizada, no fuente de agua cristalina. De esa agua todos tenemos sed. Al beberla nos hacemos más humanos y abiertos unos a otros y al Todo.

*Leonardo Boff ha escrito Espiritualidad: un camino de realización, Mar de Ideias, Rio 2016, y Meditación de la luz: el camino de la sencillez, Vozes 2010.

Traducción de Mª José Gavito Milano

La resurrección como insurrección: el verdugo no triunfa sobre la víctima

Lo que sustenta al cristianismo, en sus distintas expresiones históricas en diferentes iglesias, no es la referencia a un gran profeta o sabio, no es la cruz impuesta injustamente a alguien que pasó por el mundo haciendo solamente el bien, ni es la sangre derramada. Es la resurrección. Pierre Teilhard de Chardin, uno de los primeros que articuló la fe cristiana con la visión evolutiva del mundo, dice que la resurrección es un “tremendous” de significación universal que va más allá de la propia fe cristiana. Representaría una revolución dentro de la evolución. En otras palabras, una anticipación del fin bueno de toda la creación y la realización de todas las virtualidades escondidas dentro del ser humano que, prisionero del espacio-tiempo, no consigue dejarlas irrumpir. Él es un ser que está todavía naciendo . Y llega un momento, dentro del proceso cosmogénico en curso, en el que se da esta oportunidad de acabar de nacer. Entonces implosiona y explosiona el homo revelatus, el ser humano totalmente revelado y realizado en su plena hominización. Es la anticipación de la esperanza radical de que no la muerte sino la vida en plenitud escribe la última página de la historia humana y universal.

Para los portadores de la fe cristina, la resurrección es la realización en la persona de Jesús de lo que él anunciaba: el Reino de Dios. Este significa una revolución absoluta de todas las relaciones, inclusive cósmicas, inaugurando lo nuevo en el mundo. Esa revolución implica la superación de la muerte y el triunfo definitivo de la vida, no de cualquier tipo de vida, sino de una vida totalmente plenificada. En fin, el “novísimo Adán” (1Cor 15,45) acaba de irrumpir dentro de la historia.

San Pablo, inesperadamente, tuvo una experiencia del Resucitado cuando iba camino de Damasco a perseguir cristianos. A la luz de esa experiencia, se burla de la muerte y exclama: “ ¿Dónde, oh muerte, está tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, el aguijón con el que nos atemorizabas? La muerte fue tragada por la victoria. Gracias a Nuestro Señor Jesucristo” (1Cor 15,55-57).

El cristianismo vive y sobrevive por la fe en la resurrección de Cristo y no por la creencia en la inmortalidad del alma, tema que no es cristiano sino platónico. Aquí se decide todo, hasta el punto de que Pablo en su Primera Carta a los Corintios afirma con todas las palabras: “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe; somos también falsos testigos, somos los más miserables de todos los hombres”(1Cor 15,14-19).

La explosión de luz se transforma en explosión de alegría. Contra la experiencia cotidiana de la mortalidad, especialmente ahora bajo la acción letal de la Covid-119, podemos mantener la fe y la esperanza de que los que fueron arrebatados, viven resucitados. Cristo, nuestro hermano, es el primero entre los hermanos y hermanas. Nosotros participamos de su resurrección, pues lo que ocurre en su humanidad, afecta a la humanidad que está también en nosotros. Entonces podemos decir: no vivimos para morir, morimos para resucitar.

Los muertos de los cuales no pudimos despedirnos, darles nuestro último homenaje ni hacerles el velorio, son solo invisibles. Ellos, resucitados, no están ausentes sino bien presentes. Esto puede enjugar nuestras lágrimas y dar sosiego a nuestro corazón.

Por otro lado, la resurrección representa una insurrección contra la justicia de los hombres, judíos y romanos, por la cual Jesús fue condenado al suplicio de la cruz. Esa justicia establecida y legal fue rechazada. Con la resurrección de Jesús triunfó la justicia del oprimido e injusticiado, venció el derecho del pobre. Cabe recordar que quien resucitó no fue un emperador con todo su poder político y militar, no fue un sumo sacerdote en la cima de su santidad, ni un sabio con la irradiación de su sabiduría. Fue un crucificado, un ajusticiado, muerto fuera de los muros de la ciudad, lo que significaba una suprema humillación.

La resurrección define el sentido de nuestra esperanza: ¿por qué morimos si ansiamos vivir siempre? ¿Qué sentido tiene la muerte de aquellos que sucumbieron en la lucha por la justicia de los humillados y ofendidos? ¿Quién dará sentido a la sangre de los anónimos, de los campesinos, de los obreros, de los indígenas, de los negros, de las mujeres y de los niños, derramada por los poderosos en razón del único crimen de reivindicar su derecho negado? La resurrección responde a estas preguntas inevitables del corazón. Ella garantiza que el verdugo no triunfa sobre la víctima. Significa el rescate de la justicia y del derecho de los débiles, de los subyugados y deshumanizados como lo fue el Hijo de Dios cuando pasó entre nosotros. Ellos heredan la vida nueva.

¿Cómo denominar la realidad resucitada que llegó a la culminación anticipada de la evolución? Los autores del Nuevo Testamento se enredan en los términos. Para un evento nuevo, nuevo lenguaje. El más pertinente, entre otros, es el de San Pablo: “el novísimo Adán” o “cuerpo espiritual” (1Cor15,45). El primer Adán trae consigo la muerte; el novísimo, Jesús resucitado, deja atrás la muerte. La expresión “cuerpo espiritual” parece contradictoria: si es cuerpo no puede ser espíritu; si es espíritu no puede ser cuerpo. Pero Pablo inteligentemente une los dos términos: es cuerpo, realidad concreta y no fantasmagórica, pero un cuerpo con cualidades del espíritu. Es propio del espíritu estar más allá de la materia, como ya lo vio Aristóteles. Por el espíritu habitamos las estrellas más distantes y tocamos la realidad divina. El espíritu posee una dimensión transcendental y cósmica. Eso sería la resurrección. No sin razón, Pablo elabora en sus epístolas toda una cristología cósmica: el Resucitado llena el universo y nos acompaña en las tareas más cotidianas.

Finalmente, cabe destacar que la resurrección es un proceso: comenzó con Jesús y se extiende por la humanidad y por la historia. Siempre que triunfa la justicia sobre las políticas de dominación, siempre que el amor supera la indiferencia, siempre que la solidaridad salva vidas en peligro, como ahora, obligados al aislamiento social, ahí está ocurriendo la resurrección, es decir, la inauguración de aquello que tiene futuro y será perennizado para siempre.

A quien cree en la resurrección, no le es permitido vivir triste, no obstante la oscuridad de la historia, como actualmente. El Viernes Santo es un paso que culmina con la resurrección. Es más que el triunfo de la vida; es la plena realización de la vida en todas sus virtualidades.

*Leonardo Boff es teólogo y ha escrito: Nuestra resurrección en la muerte, Vozes 2012. Vida más allá de la muerte, Vozes, 26. edic. 2012; titulado en español Hablemos de la otra vida, Sal Terrae.

Traducción de Mª José Gavito Milano

El llanto de nuestras madres en plena Covid-19 y el llanto de la Madre de Dios

Son muchas las madres que lloran a sus hijos e hijas arrebatados por la Covid-19. El llanto de nuestras madres remite al llanto de María que acompañó a su hijo Jesús hasta el pie de la cruz (Jn 19,25).

Llega un soldado y perfora el costado y el corazón de Jesús. Dos conocidos suyos, cuya solidaridad superó el miedo, José de Arimatea y Nicodemo, desprenden su cuerpo de la cruz. Lo ungen y lo envuelven en vendas de lino con aromas. María recibe ahora en sus brazos el cuerpo del hijo herido y mutilado. La serenidad singular de su semblante pálido transfigura las llagas

El cuerpo estigmatizado recupera una rara hermosura. 

Mientras lo acaricia, María llora, y sollozando, dice:

Hijo mío, Hijo del alma, ¿qué te han hecho? 

Tú les anunciaste una gran liberación y ¡mira qué suerte te impusieron!

Tú curaste a tantos con tus manos ¡y cómo te traspasaron!

Hijo mío, Hijo de mi alma, ¿qué te han hecho? 

Tú restituiste la vida a tantos ¡y tantos se unieron para quitarte la vida!

Tú viviste haciendo el bien, solo el bien, ¡y mira el mal que te causaron! 

Hijo mío, Hijo de mi alma, ¿qué te han hecho? 

¿Qué más debías haberles hecho que no hiciste? 

¿No les diste el cuerpo, las túnicas y la vida? ¡Y ellos te levantaron en una cruz! 

¿Qué más debías haberles hecho que no hiciste? 

¿No les diste toda tu sangre? ¡Y ellos te perforaron el corazón

Hijo mío, Hijo de mi alma, cumpliste la voluntad del Padre que quería tu fidelidad hasta el fin: 

porque nunca te acomodaste a este mundo; porque no quisiste lo poco sino todo: el Reino de tu Padre, hecho de amor, de justicia y de fraternidad.

Descansa, Hijo mío, porque tu Padre por tu vida, por tu entrega y por tu muerte ya se apiadó y ofreció la salvación a todos. 

Así como engendró al Hijo de Dios y lo acompañó hasta la cruz (cf. Mc 15,4; Jn 19,25), María acompaña a sus hermanos y hermanas, todos nosotros, especialmente a nuestras madres ahora que está con cuerpo y alma en la gloria. Ella no es indiferente al drama de nuestras madres. Como en su Magnificat, tomó partido por los humildes contra los orgullosos, por los pobres contra los prepotentes (cf. Lc 1,51-53), y continúa suscitando mujeres valientes que se comprometen con la realización de la justicia y la superación de las discriminaciones impuestas a ellas secularmente. 

Hay una dimensión femenina y maternal en la salvación que Dios nos ofrece. Este carácter viene de María porque ella es madre de Cristo y madre de los hombres. La salvación divina es tierna como el amor materno; acogedora como el gesto de la magna mater que toma al hijito en sus brazos, lo acaricia y le da de comer (Jr 11,1-4); radical y entera como suele ser el amor de la mujer y de la madre (Is 49,15-16).

María sigue compadeciéndose de sus hermanas en la Tierra, las acompaña en su sufrimiento por las pérdidas que causa el virus letal, las reconforta con su mirada de comprensión, apoyo y empatía, como hizo con su hijo Jesús. 

Su cuerpo muerto, plantea una interrogación sin respuesta: ¿El sufrimiento injustamente infligido quién lo pagará? Dios no se desinteresa de los crímenes ni de las víctimas. “Se pedirán cuentas por la sangre de los profetas muertos desde el comienzo del mundo” (Lc 11,50) y por la sangre del profeta de los profetas que fue Jesús.

Y no solo eso, pedirá cuentas también por las dictaduras militares, como la nuestra de 1964, por las víctimas que hizo, como el periodista Vladimir Herzog en São Paulo, por las mujeres torturadas, violadas y muertas por el DOI-CODI de Río de Janeiro y por los descuartizados e incinerados de la Casa de la Muerte de Petrópolis. ¿Cómo alguien, a ejemplo de nuestro gobernante y de muchos militares, puede celebrar un crimen de lesa humanidad?

Dios exige reparación de la injusticia, que se hace mediante el cambio de la mente y del corazón (conversión). El clamor de la injusticia perversa no se desvanecerá hasta que no se haga la justicia necesaria. Siempre habrá espíritus que no se resignarán al cinismo y al pragmatismo, a la opresión y al secuestro de la libertad para mantener un orden que produce y reproduce siempre personas empobrecidas, a las que odia porque ya se han organizado para salir de la exclusión y se comprometen a cambiar este tipo de sociedad. 

Soñarán como Jesús con un mundo amoroso y justo para todos. Asumirán todos los riesgos para construirlo. Seguirán siendo condenados y crucificados en nombre de esta esperanza. Los ideales no son sepultados con sus cadáveres. Antes por el contrario, sus cuerpos lacerados por la represión y la violencia, se trasforman en sementera de nuevos seguidores: “si el grano de trigo no muere, no producirá fruto” (Jn 12,24).

La Pasión de Cristo va siendo completada por cada generación con sus compromisos y sus luchas, y tendrá sus mártires cuya sangre seguirá clamando al cielo por la llegada del Reino de amor y de justicia.

María llora sobre todos ellos, por las mujeres luchadoras, como lloró sobre Jesús. En el llanto de la madre de Dios está el llanto de todas nuestras madres que han perdido a sus seres queridos sin poder despedirse de ellos ni guardarles el luto debido. ¡Que María enjugue sus lágrimas y las consuele! 
El interrogante de todos se alza como un clamor hasta Dios: ¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo? Y el Señor, que es misericordioso, mantendrá viva nuestra esperanza, transformando la pregunta en súplica: “Venga a nosotros tu reino de vida de amor y de justicia, así en la tierra como en el cielo”.

*Leonardo Boff es teólogo y ha escrito: Tiempo de transcendencia: el ser humano como proyecto infinito, Sal Terrae 2009; Cristianismo: lo mínimo de lo mínimo, Trotta 2013.

Traducción de Mª José Gavito Milano