Desafíos a la educación ante los cambios en la vida y en la humanidad

La irrupción desde 2019 del coronavirus, afectando por primera vez a todo el planeta y a cada persona, pero no a nuestros animales domésticos como perros y gatos, tiene un significado que es importante descifrar. Nada en la naturaleza y en Gaia, nuestra Madre Tierra, es sin propósito.

¿Qué lección podemos sacar de esta pandemia? Para ello, no basta con hablar de ciencia, tecnología y todo lo demás. Tenemos que preguntarnos cuál es el contexto del virus, que no puede considerarse de forma aislada. Es necesario identificar las condiciones que han permitido su aparición y la devastación de la especie humana.

El Antropoceno y el Necroceno como contexto de la Covid-19

El contexto de la irrupción de la Covid-19 reside en el Antropoceno y en el Necroceno. En otras palabras, el motivo es la agresión sistemática que los seres humanos ejercemos contra la naturaleza y la Madre Tierra. Como muchos científicos afirman: hemos inaugurado una nueva era geológica, el Antropoceno. O sea, la gran amenaza a la vida y a la vitalidad de la Tierra no se debe a un meteoro rasante que ha caído en este planeta, sino a nosotros, los seres humanos. 

Como no tenemos ningún órgano especializado que garantice nuestra subsistencia –somos un ser biológicamente deficiente (Mangelwesen del antropólogo Arnold Gehlen)– y como tampoco tenemos un hábitat específico, tenemos que trabajar la naturaleza y así crear nuestro oikos (casa, hábitat) de modo a asegurar nuestra existencia y subsistencia. 

En este proceso de creación de nuestro hábitat, trabajando la naturaleza, identificamos varias etapas. En las primeras fases de la antropogénesis, hace millones de años, el ser humano tenía una relación de interacción armoniosa con la naturaleza. Más tarde, en el Neolítico, hace unos 10-12 mil años, pasó a una relación de intervención, con la gestión del agua, la irrigación y los cultivos agrícolas y animales, rompiendo ya la sinergia con la dinámica de la naturaleza. Después, en la era industrial, se pasó a la agresión directa, explotando la naturaleza sin tener en cuenta sus posibilidades y sus límites, con la falsa premisa de que los recursos naturales son infinitos y permitirían un desarrollo igualmente infinito. Sin embargo, una Tierra con bienes y servicios finitos no soporta un proyecto infinito. A pesar de ello, seguimos sin hacer caso de los límites, queriendo extraer de la Tierra lo que ya no puede darnos (la Sobrecarga de la Tierra, el Overshoot). Este proceso de sobreexplotación nos ha llevado a la fase actual de destrucción de la naturaleza. Ya no es el Antropoceno, sino el Necroceno, es decir, la devastación masiva de las formas de vida.

Estos son los datos terroríficos proporcionados por Edward Wilson, uno de los biólogos más importantes de la actualidad: cada año desaparecen unas 100.000 especies de seres vivos, después de millones y millones de años de presencia en el planeta. Un millón de otras especies también corren gran peligro de desaparecer. Aquí radica la causa de la irrupción del coronavirus: la relación agresiva y perjudicial del ser humano con su entorno vital, destruyendo los fundamentos físicos, químicos y ecológicos que mantienen la vida. Por lo tanto, es válida la declaración de la Laudato Si del Papa Francisco: “Nunca hemos maltratado y lastimado tanto nuestra casa común como en los dos últimos siglos” (n.53). Y continúa: “Las previsiones catastróficas ya no pueden ser miradas condesprecio e ironía … hemos superado las posibilidades del planeta de tal manera que el estilo de vida actual solo puede terminar en catástrofes” (n.161). En su otra encíclica, Fratelli tutti, que es una profundización de la Laudato Si, el papa afirma enfáticamente; “Estamos en el mismo barco: o nos salvamos todos o nadie se salva” (n.32). Por eso pide una conversión ecológica radical (n.5).

En esta misma dirección va la Carta de la Tierra de 2003, uno de los documentos más importantes nacidos desde abajo, partiendo de la consulta a miles de personas de todo el mundo y de todas las clases sociales, asumida por la UNESCO como una contribución para una nueva educación, que afirma en su primer párrafo: “Estamos ante un momento crítico de la historia de la Tierra, en un momento en el que la humanidad debe elegir su futuro… O formamos una alianza mundial para cuidar de la Tierra y unos de otros, o nos arriesgamos a la destrucción de nosotros mismos y de la diversidad de la vida”. 

Para cerrar este escenario amenazador conviene citar la última frase de uno de los mayores historiadores del siglo XX, el inglés Eric Hobsbawn, en su conocido libro-síntesis La era de los extremos (1994). «El futuro no puede ser la continuación del pasado… Nuestro mundo corre el peligro de explosión y de implosión… No sabemos hacia dónde vamos. Sin embargo, una cosa es segura: si la humanidad quiere tener un futuro que valga la pena, no puede ser a base de prolongar el pasado o el presente. Si tratamos de construir el tercer milenio sobre esta base, vamos a fracasar. Y el precio del fracaso, o sea, de la alternativa a un cambio de la sociedad, es la oscuridad» (p.562). En otra parte del libro, habla sobre nuestra autodestrucción.

Lo que nos está salvando frente a la irrupción de la Covid-19

¿Cómo hay que interpretar la Covid-19 en este contexto dramático? Es una señal enviada por la Madre Tierra para decirnos: “ustedes no pueden seguir con esta agresión y con este espíritu de destrucción contra mí, de lo contrario les enviaré señales graves y dañinas”. La Covid-19 es un contra-ataque de la Tierra contra el tipo de civilización humana que hemos creado, que implica una peligrosa devastación del sistema-vida y del sistema-Tierra. Si no cambiamos, podríamos estar abocados a lo peor o a un camino sin vuelta atrás. 

Por otra parte, ha quedado claro que lo que nos está salvando no son los mantras del sistema vigente: beneficio ilimitado, competencia desenfrenada, individualismo generalizado, explotación feroz de los bienes y servicios de la naturaleza, el estado mínimo y el mercado por encima de la sociedad.

Lo que nos está salvando son los valores ausentes o vividos solo de manera privada en la cultura del capital: la vida en su centralidad, la solidaridad, la interdependencia de todos con todos, el cuidado de los demás y de la naturaleza, un Estado suficientemente equipado para responder a las exigencias humanas y de la sociedad de los humanos y no de las mercancías.

Todos estos valores son los que nos humanizan como humanos. En la reciente encíclica Fratelli tutti estos valores son universalizados como alternativa al paradigma actual vigente.

Desde este panorama dramático surge claramente la pregunta: ¿Cómo debe ser nuestra educación ante estos desafíos, radicalizados por la presencia letal del coronavirus? ¿Podemos seguir como hasta ahora? Lo peor que nos podría pasar sería volver a la situación anterior, con una doble y perversa injusticia: una ecológica con la devastación de los ecosistemas y las amenazas que pesan sobre nuestro futuro, y otra social, producida por un pequeño grupo que controla casi toda la riqueza y los flujos financieros, haciendo que una gran parte de la humanidad viva en la pobreza e incluso en la miseria, y muera antes de tiempo.

La consecuencia lógica es que tenemos que cambiar si queremos sobrevivir. O bien, dar la razón a Sigmunt Bauman que nos advirtió poco antes de su muerte: “O nos damos la mano y colaboramos todos, o bien aumentaremos el número de los que caminan hacia su tumba”. 

La nueva situación de la humanidad desafía a la educación

Si esto es cierto, significa que nuestra educación debe asumir también cambios y nuevas directrices, principios y valores para estar a la altura de los retos del momento actual. La Carta de la Tierra lo dice bien claro: “Como nunca antes en la historia, el destino común nos llama a buscar un nuevo comienzo” (Conclusión). Observa que no se trata simplemente de mejorar, sino de buscar un nuevo comienzo. “Eso requiere”, continúa la Carta de la Tierra, en la misma línea que las Laudato Si y Fratelli tutti “un cambio de mente y de corazón; requiere un nuevo sentido de interdependencia global y de responsabilidad universal… sólo así llegaremos a un modo de vida sostenible (nótese que no dice un desarrollo sostenible, sino un modo de vida sostenible) a nivel local, nacional, regional y global”.

¿Qué significa cambiar de mente? 

Es ver la Tierra, no como un baúl de recursos para uso y disfrute nuestro sino como un superorganismo vivo que organiza sistémicamente todos los

factores para mantenerse vivo y producir permanentemente vida en toda la comunidad de vida. Es la Madre Tierra, tal como fue decidido por la ONU en una importante sesión el 22 de abril de 2009: este día ya no es el Día de la Tierra sino el día de la Madre Tierra, una madre a la que debemos tratar con amor, cariño y cuidado. 

¿Qué significa cambiar el corazón?

Significa, como bien dice la Laudato Si, “escuchar al mismo tiempo el grito de la Tierra y el grito de los pobres” (n.49). No basta la razón instrumental-analítica, fría y calculadora; es preciso sentir la realidad circundante en el corazón; es preciso “tener ternura, compasión y preocupación por los seres humanos” (n.91) y por todos los seres, “como el sol, la luna, el cedro y la florecilla, el águila y el pardal, y demás seres” (n.86).

¿Qué significa tener un nuevo sentido de interdependencia global?

La Laudato Si lo aclara bellamente: “Todo está relacionado y todos los seres humanos están juntos como hermanos y hermanas en una peregrinación maravillosa que une también con ternura el afecto al hermano sol, a la hermana luna, al hermano río y a la madre tierra” (n.92). La afirmación básica de la física cuántica es: todo es relación, no existe nada fuera de la relación porque todos estamos relacionados unos con otros en todos los momentos y circunstancias. El universo no está formado por el conjunto de los cuerpos celestes sino por el tejido de las relaciones que mantienen entre sí. 

¿Qué significa alimentar una responsabilidad universal?

Para la Laudato Si significa “la conciencia amorosa de no estar desligado de las otras criaturas, de formar con los otros seres del universo una preciosa comunión universal… es sentir que nos necesitamos unos a otros, que tenemos una responsabilidad por los otros y por el mundo” (nº 229). Tierra y humanidad tienen el mismo destino común, que puede ser bienaventurado o trágico, dependiendo de las prácticas de los seres humanos.

Todo esto tiene que ver con el tipo de educación que tenemos que desarrollar, enriquecer y reinventar para ayudar a crear un mundo necesario y no solo posible, en el cual coexistan los diversos mundos culturales, con sus valores, tradiciones y caminos espirituales, en la misma y única Casa Común, la naturaleza incluída.

Jacques Delors, hace años, cuando era secretario general de la UNESCO propuso algunos marcos para la educación en el siglo XXI. Él decía que “es preciso aprender a conocer, aprender a pensar, aprender a hacer, aprender a ser y aprender a convivir”. Todo esto es irrenunciable, pero tenemos que ir más lejos frente a los desafíos que nos está presentando una realidad global completamente cambiada.

Como decía la filósofa Hannah Arendt: “podemos informarnos durante toda la vida sin educarnos nunca”, o sea, no basta acumular informaciones. Hoy prácticamente todo se encuentra en Google. Tenemos que educarnos con esas informaciones para ser más humanos, más sensibles, más fraternos y cuidadosos con todas las cosas y garantizar un futuro bueno para todos, para nuestracivilización, para la vida y por lo tanto para la Madre Tierra.

Marcos para una educación adecuada para el tiempo actual

Algunos puntos son importantes y decisivos para una educación adecuada a la situación de la humanidad y de la Tierra. No es este el lugar de profundizar en ellos, sino de plantearlos como un desafío a la reflexión.

El primero es el rescate de la razón cordial o sensible. Somos fundamentalmente seres de sensibilidad más que de racionalidad. Por esto debemos desarrollar, como dice la Laudato Si, “una pasión por el cuidado del mundo, una mística que nos anime, que dé ánimo y sentido a la acción personal y comunitaria” (n. 216). Nos ayudan las reflexiones que se están haciendo en la actualidad sobre el rescate de esta dimensión cordial que enriquecerá la inteligencia racional (cf. mi libro Los derechos del corazón, Paulus 2015).

En segundo lugar, sentirnos parte viva y consciente de la naturaleza, creando lazos de amor, afecto, comunión y cuidado con cada ser de la naturaleza: no quemar nada, no derribar bosques ni selvas, no contaminar aires y suelos, permitir la regeneración de la naturaleza dándole descanso y cuidado. En esto los pueblos originarios son nuestros maestros, pues se sienten parte de la naturaleza y la tratan con respeto y con sumo cuidado. 

En tercer lugar, aprender a convivir con la diversidad.

A través de los medios de comunicación global, entramos en contacto con muchas culturas y valores humanos diferentes que van más allá de los nuestros de la cultura occidental. Entonces, no permitir que estas diferencias se trasformen en desigualdades, entender que podemos ser humanos de maneras diferentes y aceptarlas como válidas, no solo tolerarlas. Así podemos

construir una verdadera fraternidad sin fronteras. Como se canta entre nosotros: “el alma no tiene frontera, ninguna vida es extranjera”.

En cuarto lugar, incorporar una ética del cuidado necesario.

El cuidado pertenece a la esencia de la vida y principalmente del ser humano. Sin cuidado, no sobrevivimos (véase mi Saber cuidar, Vozes 1999 y El

cuidado necesario, 2013). Todo lo que amamos, también lo cuidamos y todo lo que cuidamos, también lo amamos. El cuidado debe ser incorporado no como un acto, sino como una actitud fundamental en todas las áreas de la vida, cuidando de sí, del otro, de nuestro espíritu, del tipo de sociedad que queremos, cuidando los ecosistemas, cuidando a la Madre Tierra.

Finalmente, desarrollar una dimensión espiritual de la vida

Vivimos dentro de una cultura que cultiva excesivamente los valores materiales con vistas al consumo humano. Desarrollamos poco lo que es específicamente humano: nuestra dimensión espiritual, hecha de valores intangibles, pero que son esenciales, como el amor incondicional, la solidaridad, la compasión, la capacidad de perdón y reconciliación, la apertura a lo sagrado de la naturaleza, a Dios que está continuamente creando y sustentando todo. El ser humano puede abrirse a esta dimensión y acoger conscientemente al Ser que hace ser a todos los seres. El resultado es que nos volvemos más humanos, más sensibles, más solidarios, más comprometidos con salvaguardar la vida y la justicia, especialmente de los más empobrecidos y hechos injustamente invisibles, sintiéndonos hijos e hijas de la Madre Tierra y hermanos y hermanas de todos los demás humanos. Igualmente, de todos los seres de la creación.

Todo empieza con la educación. Su tarea esencial es construir la identidad del ser humano, y hoy reinventarla, para poder enfrentar los desafíos que nos plantean los cambios de la propia Tierra y la humanidad globalizada. Como dijo el educador Paulo Freire: “La educación no cambia el mundo. la educación cambia a las personas que van a cambiar el mundo”.

Este es el reto de toda educación: transformar a las personas y al mundo que hay que salvar. Para esto tenemos que cultivar la esperanza, profundamente descrita en la Fratelli tutti: “una realidad enraizada en lo profundo del ser humano, independientemente de las circunstancias concretas y de los condicionamientos históricos en que vive”, que nos permite soñar otros mundos posibles y mejores (n.55). 

Las palabras finales del Papa Francisco en la Laudato Si nos inspiran: “Hermanos y hermanas, caminemos cantando. Que nuestras luchas y nuestra preocupación por este planeta no nos quiten el gozo de la esperanza” (n. 244).

Esta fue una conferencia dada en español, vía internet, para los Hermanos Maristas de Compostela de España y Portugal el día 16/03/2021, teniendo como referencia la ecología integral de la encíclica Laudato Si del Papa Francisco.

Traducción de Mª José Gavito Milano

San José, patrono de la buena muerte

Un manto de tristeza y de desamparo se extiende sobre todo el planeta, especialmente sobre nuestro país. Somos víctimas de un gobierno cuyo jefe de Estado está dominado por una inequívoca pulsión de muerte que lo vuelve insensible a las casi trescientas mil víctimas de la Covid-19, e incapaz de palabras de solidaridad con los familiares y hasta con los auxiliares próximos fallecidos. Parece que hubiera sufrido una lobotomía, volviéndose indiferente al dolor y a la tragedia humana.

El día 19 de marzo se celebra en el mundo cristiano la fiesta de San José. Tuvieron que pasar cerca de 15 siglos para que la gran institución-Iglesia (Papa, obispos y sacerdotes) le concediesen algún valor y sentido. Ella no sabía qué hacer con San José, pues ella es una Iglesia de la palabra y él no dijo ninguna. Guardó siempre silencio y sólo tuvo sueños. Como los psicoanalistas nos enseñan, el sueño es también una forma de comunicación de las dimensiones de la profundidad humana, de los arquetipos más ancestrales donde anidan los “Grandes Sueños” (C.G.Jung), los miedos, las preocupaciones y esperanzas de la existencia humana. Sólo en 1870 fue proclamado Patrono de la Iglesia Universal, no por el Papa Pío IX sino por la Congregación de Ritos. 

A decir verdad, él es más patrono de la Iglesia-pueblo-de-Dios, de los humildes, de los anónimos, de la “gente buena” trabajadora que de la Iglesia-gran-institución. Aquellos son los que viven, sin mucha reflexión, los ideales de su hijo Jesús de buena voluntad, de amor, de solidaridad y de reverencia ante el misterio de la vida y de la muerte. Ellos dieron el nombre de José a hombres y también a mujeres (como por ejemplo, María José, la  traductora de mis textos al espanol), a ciudades, a calles, a instituciones públicas y a escuelas.

El Papa Francisco convocó a los fieles para reflexionar durante todo este año sobre larelevancia de la figura de San José, especialmente como padre en una sociedad sinpadre o con padre ausente. Publicó una Carta Apostólica “Patris corde” (corazón de padre o padre de corazón) en la cual delinea en siete rasgos sus principales características: “un padre amable, padre de ternura, padre de obediencia, padre de acogida, padre de valor creativo, padre trabajador y padre en la sombra”.

En el contexto actual cabe recordar una devoción muy popular, la de San José, patrono de la buena muerte, ya que la muerte se extiende por el mundo y en Brasil, junto con Estados Unidos, está haciendo el mayor número de víctimas.

Las informaciones sobre la muerte de San José se encuentran solo en un evangelio apócrifo (no canónico) “La historia de José, el carpintero” escrito entre los siglos IV yV en Egipto (edición de Vozes de 1990). Se trata de una larga narración en la cual Jesús cuenta a los Apóstoles cómo era su padre José y cómo murió. 

El apócrifo contextualiza su vida y su muerte, testimoniando que al volver del exilio forzado en Egipto, fue a vivir en Nazaret, donde “mi padre José, el anciano bendito, siguió ejerciendo la profesión de carpintero y, así, con el trabajo de sus manos, pudimos mantenernos; nunca jamás se podrá decir que comió su pan sin trabajar” (capítulo IX). Narra también que “yo llamaba a María, mi madre y a José, mi padre; les obedecía en todo lo que me ordenaban, sin permitirme replicarles ni una palabra; al contrario, les dedicaba siempre gran cariño”(c. XI).

Pero llegó un momento, ya en edad avanzada, que José enfermó: “perdió las ganas de comer y de beber, y sintió vacilar su habilidad en el desempeño de su oficio” (c.XV). Narra con pormenores que, echado en la cama, “se puso extremadamente agitado” y empezó a quejarse, profiriendo muchos ayes (c. XV e XVI). A oir tales ayes Jesús dice: “entré en el aposento en que se encontraba y lo saludé: salve, José, mi querido padre, anciano bondadoso y bendito”. A lo que José respondió: “Salve, mil veces, querido hijo! Al oír tu voz, mi alma recobró su tranquilidad (c.XVII).

No mucho después ocurrió el desenlace: “mi padre exhaló su alma con un gran suspiro” (c.XXI). Y concluye: “entonces yo me eché sobre el cuerpo de mi padre José; cerré sus ojos, cerré su boca y me levanté para contemplarlo” (c.XXIV). En el momento en que era llevado al túmulo, comenta Jesús: “Me vino a la mente el recuerdo del día en que me llevó a Egipto y las grandes tribulaciones que soportó por mí. No me contuve, me lancé sobre su cuerpo y lloré largamente” (c.XXVII).

Al final, terminando su narración, Jesús hace una petición a los apóstoles: “Cuandoseáis revestidos de mi fuerza y recibáis el Soplo de mi Padre, es decir, del EspírituParáclito y seáis enviados a predicar el evangelio, predicad también sobre mi querido padre José” (c.XXX).

Con esta pequeña reflexión estamos cumpliendo el mandato de Jesús. Ojalá San José acompañe con su fuerza y su cariño paterno a los miles de personas que están en las UCIs luchando por sus vidas, contra este terrible ataque que la Madre Tierra halanzado contra la humanidad, mandándonos la Covid-19 como señal: no prolonguenel estilo de vida consumista y devastador de los bienes y servicios limitados de la naturaleza; asuman un nuevo modo sostenible de vida y establezcan un lazo de amor y de respeto con la naturaleza y con todos sus seres, nuestros hermanos y hermanas, dentro de la Casa Común, el planeta Tierra, nuestra grande y bondadosa madre.

*Leonardo Boff ha escrito San José: el padre, el artesano y el educador, Vozes 2012

Traducción de Mª José Gavito Milano

Nuestro mundo corre peligro de explosión y de implosión

Leonardo Boff*

El sueño del Papa Francisco formulado en la Fratelli tutti de una fraternidad sin fronteras y de amistad social (n.6), base para un nuevo orden mundial, se funda en la conciencia de que estamos en una emergencia planetaria. Las amenazas a la vida y a la sostenibilidad de la Tierra lo llevaron a decir: “estamos en el mismo barco; o nos salvamos todos o nadie se salva” (n.32).

Para eso debemos cambiar forzosamente: hacer una transición de paradigmas, es decir, pasar del paradigma dominante que creó la modernidad, del ser humano amo y señor (dominus) de la naturaleza, que no se considera parte de ella y por eso puede explotarla como le parezca, al paradigma de hermano y hermana (frater) por el cual el ser humano se siente parte de la naturaleza, hermano de todos los seres y con la misión de guardarla y cuidar de ella.

En razón de esto, propone como base de sustentación de su propuesta las virtudes ausentes o vividas solo de manera subjetiva en el paradigma de “amo y señor”: el amor universal, la amistad social, el cuidado de todo lo que existe y vive, la solidaridad sin fronteras, la ternura y la amabilidad en todas las relaciones entre los humanos y con la naturaleza. Ella universaliza tales virtudes que antes eran privadas.

Por tanto, su alternativa se alimenta de lo que es esencial y lo mejor del ser humano, aquello que nos hace ser humanos.El Papa se da cuenta de lo inusitado de su propuesta, reconociendo: “parece una utopía ingenua, pero no podemos renunciar a este altísimo objetivo” (n.190).

Realmente hay voces de científicos y sabios que nos avisan de los peligros que corremos. Enumero algunos para concretar y dar carácter de urgencia a la propuesta del Papa, casi al límite de la desesperación, no obstante su fe indestructible y su enraizada esperanza en “Dios, apasionado amante de la vida” (Sab 11,26; Laudato Si n.77 y 89)Por causa de lo atrevido de su propuesta recurre también a aquello sin lo cual la vida no tendría futuro: la virtud y el principio esperanza. “Invito a la esperanza que nos habla de una realidad que está enraizada en lo profundo del ser humano, independientemente de las circunstancias concretas y los condicionamientos históricos en que vive” (n.55).

 La esperanza tiene una base objetiva: el carácter virtual de la realidad. El dato objetivo no es todo lo real. También pertenece a lo real lo potencial y lo utópico, lo que aún no es pero puede ser. El dato actual nos dice que estamos comportándonos como el Satán de la Tierra, como lobos unos con otros, rehenes de la cultura del capital, de la competición sin límites y del consumismo desenfrenado. Pero este dato no lo es todo ni estamos condenados a perpetuarlo. Dentro de nosotros existe también lo potencial y lo utópico viable, de ser los cuidadores de la vida, hermanos y hermanas unos de otros y con todos los demás seres de la naturaleza.

Tal propuesta es enfáticamente predicada por la Fratelli tutti.Ese potencial forma parte de nuestra realidad. Y si está potencialmente en ella, puede ser activado, puede ser hecho proyecto personal y político, y puede inspirar prácticas que darán un sentido salvador a la historia. La esperanza nos salvará de la desesperación y de la destrucción. Vale la pena esperar siempre contra toda esperanza.Mientras tanto, tomemos conciencia de los graves peligros que pesan sobre nuestro destino, como nos confirman los mejores nombres de las distintas ciencias de la vida y de la Tierra.

Damos solo algunos ejemplos:

El genetista francés Albert Jacquard nos dice «que estamos fabricando una Tierra en la cual a ninguno de nosotros nos gustaría vivir. Debemos apresurarnos porque la cuenta regresiva ha empezado» (Le compte à rebous a-t-il commencée?, 2009).

Norberto Bobbio, notable jurista y filósofo, aunque melancólico por temperamento, creía en las virtualidades de dos grandes revoluciones de Occidente: la de los derechos humanos y la de la democracia. Ambas servirían de base para su propuesta de un pacifismo jurídico y político, capaz de resolver el problema de la violencia como lógica del antagonismo entre los Estados. Pero los eventos del terrorismo globalizado, derrumbaron las convicciones del viejo y respetado maestro. En una de sus últimas entrevistas declaró:

«No sabría decir cómo será el Tercer Milenio. Mis certezas caen y solo agita mi cabeza un enorme enorme punto de interrogación: ¿será el milenio de la guerra de exterminio o el milenio de la concordia entre los seres humanos?».

Al final de su vida, el gran historiador Arnold Toynbee (+1975), después de haber escrito diez tomos sobre las grandes civilizaciones históricas, dejó consignada esta opinión sombría en su ensayo autobiográfico Experiencias, de 1969:«Viví para ver el fin de la historia humana tornarse una posibilidad intra-histórica capaz de ser traducida en hechos, no por un acto de Dios sino del hombre».

Las advertencias de Martin Rees, astrónomo real del Reino Unido son muy serias. Con base en muchos conocimientos a los que tiene acceso afirma en su libro La Hora Final: alerta de un científico (2005): «La humanidad está en mayor peligro del que haya estado en cualquier otra época de su historia… nuestra oportunidad de sobrevivir hasta el fin de este siglo no pasa del 50% » (203.205) .

También es momento de citar, por su gran autoridad, la advertencia de uno de los mayores historiadores del siglo XX, Eric Hobsbawn, en su conocido libro-síntesis La Era de los Extremos (1994). Concluyendo sus reflexiones, considera:

«El futuro no puede ser la continuación del pasado… Nuestro mundo corre el peligro de explosión e implosión… No sabemos hacia donde vamos. Sin embargo una cosa es clara: si la humanidad quiere tener un futuro que valga la pena, no puede ser a base de prolongar el pasado o el presente. Si tratamos de construir el tercer milenio sobre esta base, vamos a fracasar. Y el precio del fracaso, o sea, de la alternativa a un cambio de la sociedad, es la oscuridad» (p.562).

La pandemia de la Covid-19 nos deja una grave advertencia: si continuamos agrediendo la naturaleza y a la Tierra puede sucedernos algo todavía peor: otros virus más letales que el de la Covid-19 podrán asaltarnos. Esta situación suscita una indagación humanista y filosófica: ¿es posible tener todavía esperanza en el ser humano, en el sentido de ver y sentir al otro como hermano y hermana? ¿Puede él mejorar desde el punto de vista de las relaciones sociales, de la moralidad y de la humanidad o estamos condenados a vivir nuestra tragedia histórica hasta el fin, hasta nuestra autodestrucción?

El Papa Francisco en sus encíclicas ecológicas no excluye semejante tragedia (Cf. Laudato Si n.161).Seguramente no hay ninguna respuesta cabal para interrogaciones tan radicales, pero si en la pos-pandemia no iniciamos una transformación sustancial en la forma de producir, distribuir, consumir y en la forma de relacionarnos con la naturaleza, entonces sí podemos vernos sorprendidos con la destrucción de gran parte de la humanidad, o de toda ella. La Madre Tierra, entre dolores por perder hijos e hijas queridos pero rebeldes, continuará su trayectoria alrededor del Sol, pero sin nosotros.*

Leonardo Boff, ecoteólogo, filósofo ha escrito El doloroso parto de la Madre Tierra: una sociedad de fraternidad sin fronteras y de amor y amistad social, que será publicado en breve por la editorial Vozes.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Por fin descubrimos el planeta Tierra

Leonardo Boff*

Uno de los efectos positivos de la irrupción de la Covid-19 en nuestras vidas ha sido el descubrimiento del planeta Tierra por toda la humanidad. Nos hemos dado cuenta forzosamente de que existe una íntima conexión entre la vida humana, la naturaleza y el planeta Tierra. El virus no cayó del cielo; vino como contraataque de la Tierra, considerada como un supersistema vivo que siempre crea y se autocrea, y se organiza para mantenerse vivo y producir todo tipo de vida existente en este planeta. Particularmente los quintillones de quintillones de microorganismos que existen en los suelos y en nuestro propio cuerpo, verdadera galaxia (Antônio Nobre) habitada por un número incalculable de virus, bacterias y otros microorganismos. 

El contexto del virus, casi nunca citado por los analistas de las redes de comunicación, es el sistema capitalista anti-naturaleza y anti-vida. Él hizo que el virus perdiese su hábitat y avanzase sobre nosotros. Ese sistema de producción y de consumo asalta despiadadamente la naturaleza, saquea sus bienes y servicios y destruye el equilibrio de la Tierra. 

Esta responde con el calentamiento global, la erosión de la biodiversidad, la escasez de agua potable y otros eventos extremos. Todos de alguna forma participamos de este ecocidio, pero los actores principales –es forzoso decirlo y denunciarlo – son el sistema del capital y la cultura del consumo descontrolado, y especialmente los millonarios con su consumo suntuoso. Por lo tanto, retiremos la culpa de la humanidad pobre, que colabora mínimamente y es víctima del mencionado sistema.

El ser humano, siempre curioso por saber más y más, ha hecho descubrimientos sin número: de nuevas tierras como las de América, de pueblos, culturas, todo tipo de aparatos, desde el arado hasta el robot, el submundo de la materia, los átomos, los topquarks y el campo de Higgs, lo íntimo de la vida, el código genético. Y no paran los descubrimientos.

Pero ¿quién descubrió la Tierra? Fue preciso que enviásemos astronautas fuera de la Tierra o hasta la Luna para ver la Tierra desde fuera de la Tierra y finalmente, maravillados, descubrir la Tierra, nuestra Casa Común. Frank White escribió en 1987 un libro The Overview Effect (tengo un libro firmado por él el 29/5/1989) en el cual recoge los testimonios de los astronautas emocionados hasta las lágrimas. 

El astronauta Russel Scheickhart nos revela: “Vista desde afuera, la Tierra parece tan pequeña y frágil, una mancha pequeña preciosa que puedes tapar con tu dedo pulgar. Todo lo que significa algo para ti, toda la historia, el arte, el nacimiento y la muerte, el amor, la alegría y las lágrimas, todo está en aquel punto azul y blanco que puedes tapar con tu pulgar. Desde esa perspectiva entiendes que todo ha cambiado… que tu relación ya no es la misma que la de antes” (White, p.200).

Eugene Cernan confesó: «Fui el último hombre en pisar la Luna en diciembre de 1972. Desde la superficie lunar miraba con temblor reverencial hacia la Tierra, en un trasfondo muy oscuro. Lo que yo veía era demasiado hermoso para ser aprehendido, demasiado ordenado y lleno de propósito para ser un mero accidente cósmico. Uno se siente obligado interiormente a alabar a Dios. Dios debe existir por haber creado aquello que yo tenía el privilegio de contemplar. La veneración y la acción de gracias surgen espontáneamente. Para eso debe existir el universo» (White p. 205).

Acertadamente comenta Joseph P. Allen: «Se ha discutido mucho sobre los pros y los contras de los viajes a la Luna, pero nunca oí a nadie argumentar que debíamos ir a la Luna para poder ver la Tierra desde fuera de la Tierra. Después de todo, esta debe haber sido seguramente la verdadera razón de que hayamos ido a la Luna» (White, p. 233). 

Efectivamente esta es la razón secreta e inconsciente de los viajes espaciales: descubrir la Tierra, el tercer planeta de un sol de quinta categoría, dentro de nuestra galaxia. El sistema solar en el cual está nuestra Tierra dista 27 mil años-luz del centro de la galaxia, la Vía Láctea, en la cara interna del brazo espiral de Orión. Ese sistema con la Tierra alrededor es casi nada y nosotros une quantité négligeable, cercana a cero. Y, sin embargo, desde aquí la Tierra a través de nosotros contempla el universo entero, del cual forma parte. Y a través de nuestra inteligencia, que pertenece al propio universo, él se piensa a sí mismo. Lo que cuenta en nosotros no es la cantidad sino la calidad, única, capaz de pensar, de amar el universo y de venerar a Aquel que lo sustenta permanentemente.

No solo descubrimos la Tierra. Descubrimos que somos aquella parte de la Tierra que piensa, ama y cuida. Por eso ser humano (homo en latín) viene de húmus, tierra fértil, y Adán procede de Adamah, tierra fecunda.

A partir de ahora nunca desaparecerá de nuestra conciencia que hemos descubierto la Tierra, nuestro hogar cósmico, y que somos la parte consciente, inteligente y amorosa de ella. Porque somos portadores de estas cualidades, nuestra misión es cuidar de ella como nuestra Casa Común, y de todos los demás seres que en ella habitan y que tienen el mismo origen que nosotros, por tanto son nuestros parientes.

Si es así, ¿por qué la hemos maltratado, superexplotado y estamos destruyendo las bases que sustentan nuestra vida? Si hay una lección que la Madre Tierra a través de la Covid-19 nos quiere transmitir es seguramente esta: 

«Tenéis que cambiar vuestra relación con la naturaleza y conmigo, si queréis que yo siga ofreciéndoos todo lo que necesitáis para vivir con una sobriedad compartida, en fraternidad y sororidad universales y bajo el cuidado amoroso con todos vuestros hermanos y hermanas de la gran comunidad de vida, tambiénmis hijos e hijas bien amados. En el pasado, en tiempos inmemoriales, os di a elegir entre “la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge la vida para que vivas tú y tu descendencia. Esta promesa la mantendré siempre”» (Deut 30,19).

Escojamos la vida. Es el llamamiento de la Madre Tierra. Es el designio del Creador.

*Leonardo Boff es ecoteólogo y ha escrito Covid-19: el contraataque de la Madre Tierra contra la humanidad, Vozes, 2ª edición 2021.

Traducción de M.ª José Gavito Milano