De uma indígena Kuna do Panamá:reflexões para o nosso momento de coronavírus

Esse vídeo, vem de uma indígena Kuna do Panamá que estuda a interdisciplinariedade das teologias, Jacobed Reina Solano Miselis. Na visão dos Kuna Deus é Pai e Mãe e de seu amor vieram todos os seres.Eles cuidam de cada um de nós como de seus filhos e filhas. Jacobed com quem tenho trabalhado um pouco em espiritualidade enviou este video para nos confortar nestes momentos de crise/transformação pelo coronavírus. Ela esteve já no Brasil e em Petrópolis falando de espiritualidade, inclusive de uma espiritualidade dos ateus, pois eles são portadores de espírito e levantam interrogações fundamentais sobre o nosso destino e aquele do universo.Lboff

 

El coronavirus despierta en nosotros lo humano

La pandemia del coronavirus nos obliga a todos a pensar: ¿qué es lo que cuenta verdaderamente, la vida o los bienes materiales? ¿El individualismo de cada uno para sí, de espaldas a los demás, o la solidaridad de los unos con los otros? ¿Podemos seguir explotando, sin ninguna otra consideración, los bienes y servicios naturales para vivir cada vez mejor o podemos cuidar la naturaleza, la vitalidad de la Madre Tierra y el vivir bien, que es la armonía entre todos y con los seres de la naturaleza? ¿Ha servido para algo que los países amantes de la guerra acumulasen cada vez más armas de destrucción masiva, y ahora tienen que ponerse de rodillas ante un virus invisible evidenciando lo ineficaz que es todo ese aparato de muerte? ¿Podemos continuar con nuestro estilo de vida consumista, acumulando riqueza ilimitada en pocas manos a costa de millones de pobres y miserables? ¿Todavía tiene sentido que cada país afirme su soberanía, oponiéndose a la de los otros, cuando deberíamos tener una gobernanza global para resolver un problema global? ¿Por qué no hemos descubierto todavía la única Casa Común, la Madre Tierra, y nuestro deber de cuidarla para que todos podamos caber en ella, naturaleza incluida?

Son preguntas que no pueden ser evitadas. Nadie tiene la respuesta. Una cosa sin embargo, atribuida a Einstein, es cierta: “la visión de mundo que creó la crisis no puede ser la misma que nos saque de la crisis”. Tenemos forzosamente que cambiar. Lo peor sería que todo volviese a ser como antes, con la misma lógica consumista y especulativa, tal vez con más furia aún. Ahí sí, por no haber aprendido la lección, la Tierra podría enviarnos otro virus que tal vez pudiera poner fin al desastrado proyecto humano.

Pero podemos mirar la guerra que el coronavirus está produciendo en todo el planeta, bajo otro ángulo, este positivo. El virus nos hace descubrir cuál es nuestra más profunda y auténtica naturaleza humana. Ella es ambigua, buena y simultaneamente mala. Aquí veremos solamente la dimensión buena.

En primer lugar, somos seres de relación. Somos, como he repetido innumerables veces, un nudo de relaciones totales en todas las direcciones. Por lo tanto, nadie es una isla. Tendemos puentes hacia todos los lados.

En segundo lugar, como consecuencia, todos dependemos unos de otros. La comprensión africana “Ubuntu” lo expresa bien: “yo soy yo a través de ti”. Por tanto, todo individualismo, alma de la cultura del capital, es falso y antihumano. El coronavirus lo comprueba. La salud de uno depende de la salud del otro. Esta mutua dependencia asumida conscientemente, se llama solidaridad. En otro tiempo la solidaridad hizo que dejásemos el mundo de los antropoides y nos permitió ser humanos, conviviendo y ayudándonos. En estas semanas hemos visto gestos conmovedores de verdadera solidaridad, no dando solo lo que les sobra sino compartiendo lo que tienen.

En tercer lugar, somos seres esencialmente de cuidado. Sin el cuidado, desde nuestra concepción y a lo largo de la vida, nadie podría subsistir. Tenemos que cuidar de todo: de nosotros mismos, de lo contrario podemos enfermar y morir; de los otros, que pueden salvarme o salvarles yo a ellos; de la naturaleza, si no, se vuelve contra nosotros con virus dañinos, con sequías desastrosas, con inundaciones devastadoras, con eventos climáticos extremos; cuidado con la Madre Tierra para que continúe dándonos todo lo que necesitamos para vivir y para que todavía nos quiera sobre su suelo, siendo que, durante siglos, la hemos agredido sin piedad. Especialmente ahora bajo el ataque del coronavirus, todos debemos cuidarnos, cuidar a los más vulnerables, recluirnos en casa, mantener la distancia social y cuidar la infraestructura sanitaria sin la cual presenciaremos una catástrofe humanitaria de proporciones bíblicas.

En cuarto lugar, descubrimos que todos debemos ser corresponsables, es decir, ser conscientes de las consecuencias benéficas o maléficas de nuestros actos. La vida y la muerte están en nuestras manos, vidas humanas, vida social, económica y cultural. No basta la responsabilidad del Estado o de algunos, debe ser de todos, porque todos estamos afectados y todos podemos afectar. Todos debemos aceptar el confinamiento.

Finalmente, somos seres con espiritualidad.Descubrimos la fuerza del mundo espiritual que constituye nuestro Profundo, donde se elaboran los grandes sueños, se hacen las preguntas últimas sobre el significado de nuestra vida y donde sentimos que debe existir una Energía amorosa y poderosa que impregna todo, sostiene el cielo estrellado y nuestra propia vida, sobre la cual no tenemos todo el control. Podemos abrirnos a Ella, acogerla, como en una apuesta, confiar en que Ella nos sostiene en la palma de su mano y que, a pesar de todas las contradicciones, garantiza un buen final para todo el universo, para nuestra historia sapiente y demente. y para cada uno de nosotros Cultivando este mundo espiritual nos sentimos más fuertes, más cuidadores, más amorosos, en fin, más humanos.

Sobre estos valores nos es concedido soñar y construir otro tipo de mundo, biocentrado, en el cual la economía, con otra racionalidad, sustenta una sociedad globalmente integrada, fortalecida más por alianzas afectivas que por pactos jurídicos. Será la sociedad del cuidado, de la gentileza y de la alegría de vivir.

*Leonardo Boff es teólogo, filósofo y ha escrito: La Tierra en la palma de nuestra mano, una nueva visión del planeta y de la humanidad, Vozes 2016.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Coronavirus: Gaia’s reaction and revenge?

Everything relates to everything: that is now a data point in the collective consciousness of those who develop an integral ecology, such as Brian Swimme, many other scientists, and Pope Francis, in his Encyclical Letter, “On the Caring for the Common Home”. All beings of the universe and of the Earth, including us, human beings, are part of the intricate web of relationships, spun in all directions, in such a way that nothing exists outside of those relationships. That is also the basic thesis of the quantum physics of Werner Heisenberg and Niels Bohr.

It was well known by the original peoples, as expressed in 1856 by the wise words of Duwamish Grandfather Seattle: “Of one thing we are certain: the Earth does not belong to man. Man belongs to the Earth. All thing are interrelated like the blood that unites a family; everything is interrelated with everything. That which wounds the Earth also wounds the sons and daughters of the Earth. It was not man who knit the web of life: man is merely a tread of the web of life. Everything that man does against that web, is also done to man himself”. This is to say, there is an intimate connection between the Earth and the human being. If we hurt the Earth, we also hurt ourselves, and vice versa.

This is the same perception the astronauts enjoyed from their spacecraft and the Moon: The Earth and humanity are a single and unique entity. Isaac Asimov said it well in 1982 when, at the request of The New York Times, he summarized the 25 years of the Space age: “Its legacy is the verification that, from the perspective of the spacecraft, the Earth and humanity form a sole entity (New York Times, October 9, 1982)”. We are Earth. Man, Hombre, comes from húmus, fertile earth, the Biblical Adam means son and daughter of the fertile Earth. After this verification, never again have we lost consciousness of the fact that the destiny of the Earth and of humanity are inseparably united.

Unfortunately, we are seeing that which Pope Francis laments in his ecological Encyclical Letter: “we have never mistreated and wounded so much our Common Home as we have done in the last two centuries” (nº 53). The voracity of the form of accumulation of wealth is so devastating that some scientists say that we have inaugurated a new geologic era: the anthropocenic era. Namely, it is the human being himself who threatens life and accelerates the sixth massive extinction, which we already are experiencing. The aggression is so violent that more than a thousand species of living beings disappear each year, giving way to something worse than the anthropocene, the necrocene: the era of mass production of death. Since the Earth and humanity are interconnected, massive death is produced not only in nature but also in humanity itself. Millions of people die of starvation, thirst, victims of war or of the social violence everywhere in the world. And uncaring, we do nothing.

James Lovelock, who offered the theory of the Earth as a self regulating super living organism, Gaia, wrote a book titled, Gaia’s Revenge, (La venganza de Gaia, Planeta 2006). He suggested that the current diseases, such as dengue, chikungunya, the zica virus, sars, ebola, measles, the current coronavirus and the generalized degradation in human relationships, marked by a profound social inequality/injustice and the lack of a minimal solidarity, are the reaction of Gaia for the offenses that we continually inflict on her. I would not say, as Lovelock does, that it is all “the revenge of Gaia”, because she, as the Great Mother she is, does not take revenge, but gives us great signals that she is ill, (typhoons, melting of the polar ice, droughts and flooding, etc.); and, in the end, because we do not learn the lesson, she takes reprisals, such as the aforementioned diseases .

I remember the book-testament by Theodore Monod, perhaps the only great contemporary naturalist, And if the human adventure should fail (Y si la aventura humana fallase, Paris, Grasset 2000): «we are capable of senseless and demented behavior, from now on anything could happen, really, anything, including the annihilation of the human race; that could be the just price for our madness and cruelty» (p.246).

This does not mean that all the governments of the world, resigned, will stop struggling against the coronavirus and protecting the people, or of urgently searching for a vaccine to combat it, in spite of its constant mutations. Besides an economic-financial disaster, it could mean a human tragedy, with an incalculable number of victims. But the Earth will not be satisfied with these small compensations. She pleads for a different attitude towards her: of respect for her rhythms and limits, of caring for her sustainability, and of us feeling more like the sons and daughters of Mother Earth, the Earth herself who feels, thinks, loves, venerates and cares. In the same way that we care for ourselves, we must care for her. The Earth does not need us. We need the Earth. Perhaps she does not want us in her face anymore, and would keep on gyrating on the sidereal space, but without us, because we were ecocidal and geocidal..

Since we are intelligent beings and lovers of life, we can change the course of our destiny. May the Spirit Creator strengthen us in this purpose.

Leonardo Boff Eco-Theologian-Philosopher,Earthcharter Commission

Free translation from the Spanish sent by
Melina Alfaro, volar@fibertel.com.ar.
Done at REFUGIO DEL RIO GRANDE, Texas, EE.UU.

O coronavírus resgata a nossa verdadeira humanidade

A pandemia do coronavírus nos obriga a todos a pensar: o que conta, verdadeiramente, a vida ou os bens materiais? O individualismo de cada um para si, de costas para os outros, ou a solidariedade de uns para com os outros? Podemos continuar explorando, sem outra consideração, os bens e serviços naturais para vivermos cada vez melhor ou cuidar da natureza, da vitalidade da Mãe Terra e do bem-viver que é a harmonia entre todos e com os seres da natureza? Adiantou alguma coisa os países belicosos acumularem cada vez mais armas de destruição em massa, a ponto de destruir toda a biosfera e estraçalhar a Terra, se tem que agora se render a um vírus invisível que pode tornar ridículo todo esse aparato de morte? Podemos continuar com nosso estilo de vida consumista, depredador da natureza, ameaçador do equilíbrio da Terra, produzindo ilimitada riqueza em poucas mãos dentro de um oceano de pobres e miseráveis? Faz ainda sentido cada país afirmar a sua soberania, opondo-se a  dos outros, quando todos estamos dentro do mesmo Titanic que pode afundar? Por que não descobrimos ainda a única Casa Comum, a Mãe Terra e o nosso dever coletivo de cuidar dela para que todos possam caber dentro, a natureza incluída?

São perguntas que não podem ser evitadas. Ninguém tem a resposta. Uma coisa, entretanto é certa, atribuída Einstein: “a visão de mundo que criou a crise não pode ser a mesma que nos vai tirar da crise”. Temos que, forçosamente, mudar. O pior seria se tudo voltasse como antes, com a mesma lógica consumista e especulativa, talvez, com mais fúria ainda. Aí sim, por não termos aprendido nada, a Terra nos enviaria um outro vírus, talvez aquele que pode pôr um fim ao fracassado projeto humano.

Mas podemos olhar a guerra que o coronavírus está movendo em todo o planeta, sob um outro ângulo e este positivo. O vírus nos faz descobrir qual é a nossa mais profunda e autêntica natureza humana.

Em primeiro lugar, somos seres de relação. Somos, como tenho repetido inúmeras vezes, um nó de relações totais voltadas em todas as direções. Portanto, ninguém é uma ilha.Lançamos pontes para todos os lados.

Em segundo lugar, como consequência, todos dependemos uns dos outros. A compreensão africana “Ubuntu” bem o expressa:”eu só sou eu através de você”. Portanto, todo individualismo, alma da cultura do capital, é falso e anti-humano. O coronavírus o comprova. A saúde de um depende da saúde do outro. Esta mútua dependência assumida conscientemente, se chama solidariedade. Foi a solidariedade que outrora, nos fez deixar o mundo dos antropoides e nos permitiu sermos humanos, convivendo e nos auto-ajudando. Assistimos nestas semanas gestos comoventes de verdadeira solidariedade, muitos ajudando a outros, fracos a fracos.

Em terceiro lugar, somos seres essencialmente de cuidado. Sem o cuidado,desde de a nossa concepção e durante toda a vida, ninguém subsistiria. Precisamos cuidar de tudo: de nós mesmos, caso contrário podemos adoecer e morrer, dos outros que me podem salvar ou eu os posso salvar, da natureza senão ela se volta contra nós com vírus deletérios, com estiagens desastrosas, com enchentes devastadoras, com eventos climáticos extremos, cuidado para com a Mãe Terra para que continue a nos dar tudo aquilo que precisamos para viver e que ainda nos queira sobre seu solo, já que, durante séculos, a agredimos de forma impiedosa. Especialmente agora sob o ataque do coronavírus todos devemos nos cuidar, cuidar dos outros mais vulneráveis, nos recolher em casa, manter o distanciamento social e cuidar da infra-estrutura sanitária sem a qual assistiremos a uma catástrofe humanitária de proporções bíblicas.

Em quinto lugar, descobrimos que devemos ser todos corresponsáveis, vale dizer, ser conscientes das consequências benéficas ou maléficas de nossos atos. A vida e a morte estão em nossas mãos, vidas humanas, vida social, econômica e cultural. Não basta a responsabilidade do Estado ou de alguns, mas deve ser de todos, pois todos são afetados e todos podem afetar.Todos devem aceitar o confinamento.

Por fim, descobrimos a força do mundo espiritual que constitui o nosso Profundo, lá onde se elaboram os grandes sonhos, se colocam as questões derradeiras sobre o sentido de nossa vida e onde sentimos que deve existir uma Energia amorosa e poderosa que tudo perpassa, sustenta o céu estrelado e nossa própria vida sobre qual não temos todo o controle. Podemos nos abrir a ela, acolhê-la e, como numa aposta, confiar que é Ela nos segura na palma de sua mão e que, apesar de todas as contradições, garante um fim bom para todo o universo, para nossa história sapiente e demente e para cada um de nós. Se cultivarmos esse mundo espiritual nos sentimos mais fortes, mais cuidadores, mais amorosos, em fim, mais humanos.

Sobre estes valores nos é concedido sonhar e construir outro tipo de mundo, biocentrado, no qual a economia,com outra racionalidade, sustenta uma sociedade globalmente integrada, fortalecida mais por alianças afetivas do que por pactos jurídicos. Será a sociedade do cuidado, da gentileza e da alegria de viver.

Leonardo Boff é teólogo, filósofo e escreveu: A Terra na palma de nossa mão uma nova visão do planeta e da humanidade, Vozes 2016.