Solidaridad: en un israelí pulsa un corazón palestino

Leonardo Boff*

Estamos en medio de un conflicto profundamente desproporcionada entre Israel y Hamas, con actos de terrorismo en Israel cometidos por un grupo de Hamas el día 7 de octubre y  la consecuente  represalia por parte del gobierno de Israel, dirigida por el sionista Benjamin Netanyahu, tan violenta que ha sido denunciada como un genocidio. Han matado hasta la fecha (30/10) a 3345 niños y niñas, 2060 mujeres y más de ocho mil civiles heridos. Después de  bombardeos de saturación, que arrasaron los centros principales y cientos de viviendas palestinas, el ejército de Israel inició una peligrosa invasión por tierra de la Franja de Gaza. Como es sabido, en estos casos se produce un número incalculable de víctimas en ambos lados. Hay los que desesperan de su fe en un Dios justo y bueno (“Señor, dónde estás? ¿Por qué permites tanta destrucción?”) y en la propia humanidad, ahora negada rotundamente. Ya no se trata de una guerra sino de verdaderos crímines de guerra y un real genoicídio del pueblo palestino.

Así y todo, seguimos creyendo que puede haber una humanidad sorprendente entre palestinos y judíos. Veamos dos testimonios, uno de un palestino y otro de un israelí. El primero fue relatado por el periodista  español  Ferrán Sale en el El País del 7 de junio de 2001 y del segundo doy testimonio yo mismo. 

Este es el primero: Mazen Julani era un farmacéutico palestino de 32 años, padre de tres hijos, que vivía en la parte árabe de Jerusalén. El día 5 de junio de 2001, cuando estaba tomando café con sus amigos en un bar, fue víctima del disparo fatal de un colono judío. Era una venganza contra el grupo palestino Hamás que cuarenta y cinco minutos antes había matado a muchas personas en una discoteca de Tel Aviv en un atentado perpetrado por un hombre-bomba. El proyectil entró por el cuello de Mazen y le destrozó el cerebro. Llevado inmediatamente al hospital israelí Hadassa llegó ya muerto.   

 El clan de los Julani decidió allí mismo en los corredores del hospital, donar todos los órganos del hijo muerto: el corazón, el hígado, los riñones y el páncreas para   trasplantes a enfermos judíos. El jefe del clan aclaró en nombre de todos que este gesto no tenía ninguna connotación política. Era un gesto estrictamente humanitario.   

Según la religión musulmana, decía,   todos formamos una única familia   humana y somos todos iguales, israelíes y palestinos. No importa a quien van a ser trasplantados los órganos, lo esencial es que ayuden a salvar vidas. Por eso, concluía, los órganos serán destinados a nuestros vecinos israelíes.  

 En efecto, se hizo un trasplante. En el israelí Yigal Cohen late ahora un corazón  palestino, el de Mazen Julani.   

A la mujer de Mazen le fue difícil explicar a su hija de cuatro años la muerte de su padre. Solo le dijo que el padre se había ido de viaje muy lejos y que al volver le traería un bonito regalo. A los que estaban cerca les susurró con los ojos   bañados en lágrimas: dentro de algún  tiempo yo y mis hijos iremos a visitar a Ygal Cohen en la parte israelí de Jerusalén. Él vive con el corazón de mi marido y padre de mis hijos. Será un gran consuelo para nosotros acercar el oído al pecho de Ygal y escuchar el  corazón de aquel que tanto nos amó y que, en cierta forma, aún está latiendo.   

Este gesto generoso demuestra que el paraíso no está totalmente perdido. En medio de un ambiente de muy alta tensión y cargado de odios, como está actualmente,   surge una flor de esperanza y de paz. La convicción de que todos somos   miembros de la misma familia humana alimenta actitudes de perdón, de reconciliación y de solidaridad incondicional. En el fondo, aquí irrumpió el amor que supera los límites de  religión, de raza y de ideología política. Tales virtudes nos hacen creer en una posible cultura de la paz.

En la imaginación de uno de los más perspicaces intérpretes de la cultura brasilera, Gilberto Freyre, nuestro ensayo  civilizatorio, no obstante las muchas contradicciones, consistió en haber  creado un pueblo capaz de convivir con  las positividades de cada cultura y con una enorme potencialidad de hacer frente a los conflictos (Casa Grande y Senzala).   

El segundo es de un israelí y  lo   presencié personalmente en Estocolmo con ocasión de la concesión del título The Rigth Livelihood Award, considerado el Nobel Alternativo de la Paz, a   principios de diciembre de 2001 cuando entre otros, yo mismo fui nominado. Uno de los galardonados   impresionó a todos. Fue el testimonio de un alto oficial israelí, encargado de la represión de los palestinos. En un enfrentamiento fue herido. Un palestino lo socorrió rápidamente llevándolo en su jeep al hospital palestino. Lo acompañó   hasta que se recuperó.   

De vuelta a Israel este oficial creó una ONG de diálogo entre israelíes y   palestinos. Tal iniciativa fue considerada como alta traición, y fue llevado ante un tribunal militar, pues se trataba de establecer un diálogo con el enemigo. Pero acabó siendo perdonado, continuó con su diálogo y fue finalmente premiado  por su persistencia en buscar  la paz entre judíos y palestinos.   

Aquí se muestra, una vez más, la   capacidad humana de socorrer a un   herido, que lo reprimía, como el buen  samaritano de la parábola de Jesús.  Reconoció en él a un ser humano que  necesitaba de ayuda urgente.   

Hemos dicho repetidas veces en   nuestras intervenciones que el amor y la solidaridad pertenecen a la esencia del ser humano y están inscritas en nuestro ADN. Por ser así, no podemos desesperar ante la  crueldad y la   barbarie que estamos presenciando en las guerras actuales. Ellas son también una posibilidad de lo negativo de nuestra “condición humana”.  Pero no podemos dejar  que prevalezcan, de lo contrario nos devoraremos unos a otros.  

Estos dos ejemplos son expresión de   nuestra humanidad en un momento de los más sombríos de nuestra historia actual. Ellos nos actualizan el esperanzar, es decir, la invención de las condiciones reales que garantizan el amor y la solidaridad presentes en cada uno de nosotros. Son las que permiten una convivencia pacifica y que, al cabo, nos salvarán.   

*Leonardo Boff ha escrito “Cultura de paz en un mundo en conflicto” en   Virtudes para otro mundo posible, vol. III, Vozes 2006, 73-131, publicado en español por Sal Terrae.

Traducción de María  José  Gavito Milano

 Solidariedade: num israelense bate um coração palestino

Leonardo Boff

Em meio a uma guerra profundamente desproporcional entre Israel e o Hamas, com atos de terrorismo em Israel por um grupo do Hamas em 7 de outubro e consequentemente uma retaliação por parte do governo de Israel,chefiada por Benjamin Netanyahu, tão violenta que  se chegou a denunciar como um genocídio. São 3345 crianças mortas e 2060 mulheres, até a presente data (31/10), mais de 8 mil civis mortos e milhares de feridos. Depois de tapetes de bombardeios que arrasaram os principais centros e centenas moradias de palestinos, se iniciou uma perigosa invasão israelense da Faixa de Gaza. Como é notório em tais casos, ocorre um número incalculável de vítimas de ambos os lados. Há os que se deseperam em sua fé num Deus justo e bom (“Senhor, onde estás?Por que permites tanta destruição?”) e na própria humanidade, agora negada inequivocamente.

Mesmo assim continuamos a crer que pode haver  surpreendente humanidade entre palestinos e judeus. Vejamos dois testemunhos, um de um palestino e outro de um israelense. O primeiro foi relatado pelo jornalista espanhol Ferran Sale no El Pais no dia 7 de junho de 2001 e o segundo testemunhado por mim mesmo.

Eis o primeiro, do palestino: Mazen Julani era um farmacêutico palestino, de 32 anos, pai de três filhos, que vivia na parte árabe de Jerusalém. Certo dia quando estava tomando café com amigos num bar foi vítima  de um disparo fatal vindo de um colono judeu. Era vingança contra o grupo palestino do Hamas que, quarenta e cinco minutos antes, em 5 de junho de 2000, havia matado numa discoteca de Tel Aviv inúmeras pessoas mediante um atentado feito por um homem bomba. O projétil entrou pelo pescoço de Mazen e lhe estourou o cérebro. Levado imediatamente para o hospital israelense Hadassa chegou já morto.

O clã dos Julani decidiu aí mesmo nos corredores do hospital de entregar todos os órgãos do filho morto, o coração, o fígado, os rins e o pâncreas para transplantes a doentes judeus. O chefe do clã esclareceu em nome de todos que este gesto não possuía nenhuma conotação política. Era um gesto estritatamente humanitário.

Segundo a religião muçulmana, dizia, todos formamos uma única família humana e somos todos iguais, israelenses e palestinos. Não importa em quem os órgãos vão ser transplantados. Com tanto que ajudem a salvar vidas. Mas achamos os órgãos bem empregados com nossos vizinhos israelenses.  Com efeito, no isralense Yigal Cohen late agora um coração palestino.

A mulher de Mazen Julani tinha dificuldades em explicar à filha de quatro anos  a morte do pai. Ela apenas lhe dizia que o pai fora  viajar para longe e que na volta lhe traria um belo presente. Aos que estavam próximo, sussurrou com os olhos marejados de lágrimas: daqui a algum tempo eu meus filhos vamos visitar a Yigal Cohen na parte israelense de Jerusalém.                                                                                                                          

Ele vive com o coração de meu marido e do pai de meus filhos. Será grande consolo para nós escutar o coração daquele que                                                        tanto nos amou e que, de certa forma, ainda está pulsando por nós.

Este gesto generoso é carregado de significação simbólica.  No meio de um ambiente altamente tenso e carregado de ódios, como atualmente, surge uma flor de esperança e de paz. A convicção de que somos todos membros da mesma família humana alimenta atitudes de perdão, de reconciliação e de incondicional solidariedade. No fundo, aqui irrompe o amor que supera os limites de religião, de raça e de ideologia política. São tais virtudes que nos fazem crer numa possível cultura da paz.

Na imaginação de um dos mais perspicazes intérpretes da cultura brasileira, Gilberto Freyre, nosso ensaio civilizatório, não obstante as muitas contradições, consistiu em ter criado um povo capaz de conviver com as positividades de cada cultura e com uma enorme potencialidade de lidar com conflitos (Casa Grande e Senzala).

Eis o segundo, de um israelense, assistido por mim pessoalmente em Estocolmo na Suécia. Por ocasião da concessão do título The Rigth Livelihood Award, considerado  o Nobel Alternativo da Paz nos começos de dezembro de 2001 quando entre outros, eu mesmo fui contemplado. Mas um dos galardoados impressionou a todos. Foi o testemunho de um alto oficial israelense, encarregado da repressão aos palestinos. Num enfrentamento foi ferido. Um palestino o socorreu, prontamente em seu jipe, levando-o para o hospital palestino. Acompanhou-o até ficar são.

De volta a Israel este oficial criou uma ONG de diálogo entre israelenses e palestinos. Tal iniciativa foi considerada como alta traição, levado ao tribunal militar, pois se tratava de estabelecer um diálogo com o inimigo. Mas acabou sendo absolvido e  continuou com seu diálogo e foi, por fim, contemplado com o prêmio por suas persistência na busca da paz entre judeus e palestinos.

Aqui se mostra, uma vez mais, a capacidade humana de socorrer o um ferido que o reprimia, como um bom samaritano, na parábola de Jesus. Reconheceu nele  um ser humano a ser prontamente acudido.

Já  dissemos repetidas vezes em nossas intervenções que o amor e a solidariedade pertencem à essência do humano e estão inscritas até em nosso DNA. Por ser assim, não nos é concedido desesperar face à crueldade e à barbárie que estamos assistindo nas guerras atuais. Elas também são possibilidade do negativo de nossa condition humaine. Mas não podemos deixar que prevaleçam, caso contrário nos devoraremos uns aos  outros.

Estes dois exemplos são expressão de nossa humanidade num momento dos mais sombrios de nossa história atual. Eles nos atualizam o esperançar, quer dizer, a invenção das condições reais que garantam o amor e a solidariedade, presentes  em cada um de nós. São elas que nos salvarão.

Leonardo Boff escreveu Cultura da paz num mundo em conflito, em Virtudes para outro mundo possível vol. III, Vozes 2006,73-131.

Solidarietà: in un israeliano batte un cuore palestinese

Leonardo Boff *

Nel mezzo di una guerra profondamente sproporzionata tra Hamas e Israele, con atti di terrorismo in Israele da parte di un gruppo di Hamas il 7 ottobre e conseguente ritorsione da parte del Governo israeliano, guidato da Benjamin Netanyahu, così violenta da essere denunciata come genocidio. Sono 3.345 i bambini morti e 2.060 le donne, al 30 ottobre, più di 8 mila i civili morti e migliaia di feriti. Dopo i bombardamenti a tappeto che hanno devastato i principali centri e centinaia di caseggiati dei palestinesi, si è iniziata una pericolosa invasione israeliana della Striscia di Gaza. Come è noto in questi casi, il numero delle vittime da entrambe le parti è incalcolabile. C’è chi perde la fede in un Dio giusto e buono (“Signore, dove sei? Perché permetti tanta distruzione?”) e nell’umanità stessa, ormai esplicitamente negata.

Eppure continuiamo a credere che possa esserci una sorprendente umanità tra palestinesi ed ebrei. Vediamo due testimonianze, una di un palestinese e l’altra di un israeliano. La prima è stata pubblicata dal giornalista spagnolo Ferran Sale sul quotidiano El Pais il 7 giugno 2001 e la seconda è una mia stessa testimonianza.

Ecco il primo, palestinese: Mazen Julani era un farmacista palestinese di 32 anni, padre di tre figli, che viveva nella parte araba di Gerusalemme. Un giorno, mentre stava prendendo un caffè con gli amici in un bar, fu vittima di un colpo di pistola mortale da parte di un colono ebreo. Si trattava di una vendetta contro il gruppo palestinese di Hamas che, quarantacinque minuti prima del 5 giugno 2000, aveva ucciso innumerevoli persone in una discoteca di Tel Aviv in un attentato suicida. Il proiettile era entrato nel collo di Mazen e gli aveva fatto saltare il cervello. Portato immediatamente all’ospedale israeliano Hadassa, era arrivato già morto.

Il clan Julani decise proprio lì, nei corridoi dell’ospedale, di consegnare tutti gli organi del figlio morto, il cuore, il fegato, i reni e il pancreas, affinché fossero trapiantati a pazienti ebrei. Il capo del clan chiarì a nome di tutti che quel gesto non aveva alcuna connotazione politica. Era un gesto strettamente umanitario.

Secondo la religione musulmana, disse, formiamo tutti un’unica famiglia umana e siamo tutti uguali, israeliani e palestinesi. Non importa a chi verranno trapiantati gli organi. Purché contribuiscano a salvare vite umane. Ma troviamo che questi organi siano ben utilizzati con i nostri vicini israeliani. In effetti, nell’israeliano Yigal Cohen ora batte un cuore palestinese.

La moglie di Mazen Julani ha avuto difficoltà a spiegare la morte del padre alla figlia di quattro anni. Gli aveva semplicemente detto che suo padre aveva dovuto viaggiare lontano e che le avrebbe portato un bel regalo al suo ritorno. Alle persone più prossime aveva sussurrato con le lacrime agli occhi: tra qualche tempo io e i miei figli visiteremo Yigal Cohen nella parte israeliana di Gerusalemme.

Egli vive con il cuore di mio marito e del padre dei miei figli. Ci sarà di grande conforto sentire il cuore di chi ci ha tanto amato e che, in un certo senso, batte ancora per noi.

Questo gesto generoso è carico di significato simbolico. Nel mezzo di un ambiente altamente teso e pieno di odio, come in questo momento, emerge un fiore di speranza e di pace. La convinzione che siamo tutti membri della stessa famiglia umana favorisce atteggiamenti di perdono, di riconciliazione e di solidarietà incondizionata. In fondo, qui scoppia l’amore che supera i limiti della religione, della razza e dell’ideologia politica. Sono tali virtù che ci fanno credere in una possibile cultura della pace.

Nell’immaginario di uno degli interpreti più perspicaci della cultura brasiliana, Gilberto Freyre, il nostro saggio civilizzatore, nonostante le tante contraddizioni, è consistito nel creare un popolo capace di convivere con gli aspetti positivi di ciascuna cultura e con un enorme potenziale per affrontare i conflitti nell’epoca della schiavitù (Casa Grande e Senzala).

Ecco la seconda testimonianza, quella di un israeliano, a cui ho assistito personalmente a Stoccolma in Svezia. In occasione dell’assegnazione del titolo The Rigth Livelihood Award, considerato il Premio Nobel Alternativo per la Pace, all’inizio del dicembre 2001 quando, tra gli altri, io stesso fui premiato. Ma uno dei premiati ha impressionato tutti. Era la testimonianza di un alto ufficiale dell’esercito israeliano, incaricato della repressione contro i palestinesi. In uno scontro era rimasto ferito. Un palestinese lo aveva soccorso, prontamente, con la sua jeep, portandolo all’ospedale palestinese. Lo assistette finché non fu in buona salute.

Tornato in Israele, questo ufficiale ha creato una ONG per il dialogo tra israeliani e palestinesi. Questa iniziativa fu considerata come alto tradimento e portata davanti al tribunale militare, poiché si trattava di stabilire un dialogo con il nemico. Ma finì per essere perdonato e ha continuato il suo dialogo e, alla fine, gli fu assegnato il premio per la sua tenacia nella ricerca della pace tra ebrei e palestinesi.

Qui, ancora una volta, si dimostra la capacità umana di soccorrere una persona ferita che lo reprimeva, come il buon samaritano nella parabola di Gesù. Riconobbe in lui un essere umano che aveva bisogno di essere immediatamente curato.

Abbiamo detto più volte nei nostri interventi che l’amore e la solidarietà appartengono all’essenza dell’umanità e sono iscritti addirittura nel nostro DNA. Per questo motivo, non ci è permesso disperare di fronte alla crudeltà e alla barbarie di cui siamo testimoni nelle guerre attuali. Esse sono anche una possibilità del negativo della nostra condizione umana. Ma non possiamo lasciare che prevalgano, altrimenti ci divoreremo a vicenda.

Questi due esempi sono espressione della nostra umanità in uno dei momenti più bui della nostra storia attuale. Essi ci aggiornano alla speranza, cioè all’invenzione di condizioni reali che garantiscano l’amore e la solidarietà, presenti in ciascuno di noi. Sono loro che ci salveranno.

*Leonardo Boff ha scritto Cultura da paz num mundo em conflito, em Virtudes para outro mundo possível vol. III, Vozes 2006,73-131.

(traduzione dal portoghese di Gianni Alioti)

La inhumanidad actual: ¿se ha perdido la humanidad del ser humano?

         Leonardo Boff*

Nietzsche repitió muchas veces que lo inhumano (allzumenschlich) forma parte también de lo humano. Esto se deriva del hecho de que nuestra condición humana es a la vez racional e irracional, caótica y armoniosa. No como un defecto de creación, sino como dato de nuestra realidad histórica. El proceso cosmogénico muestra también la misma característica, pues caos y cosmos andan juntos. Por lo tanto, se trata de una constante cosmológica, social e individual. Vemos que esto es verdad en la pérfida guerra de Israel y Hamas. Este último llevó a cabo horribles actos de terrorismo, matanza indiscriminada de habitantes de Israel y secuestro de dos centenares de personas. Israel ha tomado represalias con doble violencia, matando también indiscriminadamente a personas de Palestina, especialmente niños y madres, arrasando hospitales y lugares sagrados. En ambos lados verdaderos crímenes de guerra, pero Israel roza, con sus ataques terribles e invasión terrestre de Gaza, el genocidio real.

Todos estamos consternados: ¿cómo es posible tanta inhumanidad? ¿Qué somos al fin y al cabo? ¿Por qué calla Dios ante tanta maldad? Son muchos los que han perdido la esperanza en la humanidad. ¿Seguimos mereciendo vivir en este planeta? Una sombra de tristeza y pesadumbre marca los rostros de jefes de Estado, periodistas y prácticamente de todos los que aparecen en las pantallas de televisión y entre nosotros. Las figuras ensangrentadas de palestinos, llevando en sus brazos a niños y niñas asesinadas, nos conmueven hasta las lágrimas.

Nos hemos quedado abatidos e indignados porque dentro de nosotros se hace oír el otro lado de nuestra realidad: somos principalmente seres de amor, de empatía, de solidaridad, de compasión y de renuncia a toda venganza. Contra toda la maldad (sombra), reafirmamos la dimensión de la bondad (luz). Poco antes de morir bajo los escombros de Gaza, la novelista y poeta palestina Heba Abu Nada de forma impactante dejó escrito: “somos personas justas y del lado de la Verdad”.

Sí, ella nos confirma que somos principalmente justos y del lado de la verdad, del amor y de la compasión. Sin embargo, cabe reconocer, que el lado irracional y perverso (aunque nunca se pierde totalmente el momento racional perteneciente a la naturaleza humana) predomina en aquellos que dirigen la guerra, especialmente Israel, USA y sus aliados europeos, la comunidad internacional (¿quiénes son?) que se mantiene callada e inerte ante la muerte de miles de civiles, niños inocentes en los bombardeos israelíes. Parece que hubieran decretado su muerte lenta con el cierre de todas las fronteras, de la comida, del agua, de los medicamentos y de la energía.

Este es el escenario de los poderes dominantes, de los señores de la guerra, más interesados en la disputa geopolítica y en el multimillonario negocio de las armas que en salvar vidas humanas. Al final, dicen, “son palestinos, sub-humanos”, considerados por grupos extremistas de Israel, incluido su ministro de defensa, como “animales”, que deberían ser tratados como tales y eventualmente exterminados.

Este escenario contrasta con las manifestaciones multitudinarias en todo el mundo: en el mundo árabe, Estados Unidos, Francia, Alemania, Reino Unido, otros países y también en Brasil, que llenan las calles y se ponen al lado de los castigados colectivamente, de los más débiles, de los palestinos de la Franja de Gaza, mostrando que quieren humanidad y no ataques inhumanos. Incluso en una situación de guerra hay leyes (ius in bello) que, si se violan, constituyen crímenes de guerra, como matar a niños inocentes, atacar hospitales, escuelas y lugares sagrados.

Esto es lo que está ocurriendo sistemáticamente en los bombardeos. ¿Qué nos dice la mejor ciencia contemporánea, la ciencia de la vida, de la Tierra y del cosmos? Nos convence de que nuestro lado humano y luminoso pertenece al ADN (manual de instrucciones de la creación humana) de nuestra naturaleza. James Watson y Francis Crick describieron en 1953 la estructura en hélice de la molécula de ADN. Watson, en su libro “ADN, el secreto de la vida” (Companhia das Letras 2005), confirmando lo que San Pablo escribió sobre el amor en la primera epístola a los Corintios, afirma: «el amor es tan consustancial a la naturaleza humana que estoy seguro de que la capacidad de amar está inscrita en nuestro ADN, un San Pablo secular diría que el amor es la mayor dádiva de nuestros genes a la humanidad… ese impulso, creo, salvaguardará nuestro futuro» (p.434).

Los neurocientíficos y los biólogos no sostienen otra cosa (véanse las opiniones recogidas por Michael Tomasello en su libro “Por qué cooperamos” (Warum wir kooperieren, Berlín 2010): «En el altruismo, uno se sacrifica por otro. En la cooperación, muchos se unen por el bien común» (p.14). El conocido neurobiólogo Joachim Bauer, del famoso Instituto Max Plank, en su libro “El principio de humanidad: por qué cooperamos por naturaleza y entre nosotros” (Das cooperative Gen. Hamburgo 2006 y 2008), afirma: «Los genes no son autónomos y en ningún caso ‘egoístas’ (como afirma falsamente Richard Dawkins), sino que se agregan entre sí en las células de todo el organismo… todos los sistemas vivos se caracterizan por una cooperación permanente y una comunicación molecular hacia dentro y hacia fuera» (p.183-184).

Tales afirmaciones que podríamos multiplicar con las de otros grandes científicos, muestran que toda violencia y guerra son contrarias a nuestra naturaleza más esencial, hecha de cooperación, amor, solidaridad y compasión, aunque como afirmamos anteriormente, exista también el impulso de muerte y de agresión. Pero este, mediante la civilización, las religiones, la ética y la participación política de todos (democracia ecológico-social), el deporte y el arte, puede ser mantenido bajo control, como sugería Sigmund Freud respondiendo a Albert Einstein.

Lo que estamos presenciando es una total falta de control sobre esta dimensión oscura e inhumana (es también demasiado humana) que está produciendo muerte y destrucción. Quienes podrían comprometerse a contener la inhumanidad y mantener nuestra mínima humanidad se muestran vergonzosamente inertes ante la limpieza étnica perpetrada por el Estado de Israel. Mientras tanto, miles de personas mueren bajo los escombros producidos por los incesantes ataques de la aviación israelí. Curiosamente, Estados Unidos gasta 100.000 millones de dólares en producir armas de muerte y sostener la guerra en Ucrania y la guerra Israel-Hamas, apoyando incondicionalmente al Estado de Israel, dando luz verde a un contraataque desproporcionado.

Al mismo tiempo, China promete 100.000 millones de dólares para poner en marcha pacíficamente la Ruta y el cinturón de la Seda. Se trata de dos formas opuestas de hacer política, una que favorece la mejora de los países, especialmente de los más pobres a través de la paz y la otra, a través de la guerra, que EEUU ha utilizado en lrak, Afganistán, Siria, Libia y muchos otros lugares para asegurar su excepcionalidad y su poder unipolar.

Basta. Lo que las mayorías de la humanidad desean desesperadamente es un mundo en paz donde todos puedan caber, con lo suficiente y lo decente para todos, en la misma Casa Común, ahora en guerra y bajo fuego.

*Leonardo Boff ha escrito Fundamentalismo, terrorismo, religión y paz, Vozes 2009; Hombre: Satán o Àngel bueno, Record, RJ 2008.