Quinta-feira conforme o cartaz haverá um grande encontro com membros das CEBs, bem populares e pobres para discutir a teologia que eles mesmos fazem a partir de suas práticas de solidariedade. Assistam! É gente que não fala palavras mas coisas, os que nunca contam nem são escutados. Mas tem muitas experiências e dão seu testemunho. Pelo ZOOM lboff
Categoria: Fotos
El post-covid-19: un modo sostenible de vida bajo el reino del cuidado
Completemos el comentario del sugerente texto de la Carta de la Tierra que afirma que tenemos que buscar un nuevo comienzo para forjar un modo sostenible de vivir en el planeta Tierra.
Para eso “se requiere un nuevo sentido de interdependencia global”. La relación de todos con todos y por lo tanto la interdependencia global representa una constante cosmológica. Todo en el universo es relación. Nada ni nadie está fuera de la relación. Es también un axioma de la física cuántica según el cual todos los seres están inter-retro-relacionados. Nosotros mismos, los seres humanos, somos un rizoma (bulbo de raíces) de relaciones dirigidas en todas las direcciones. Esto implica entender que todos los problemas ecológicos, económicos, políticos y espirituales tienen que ver unos con otros.Solo salvaremos la vida sinos alineamos con esta lógica universal que es la lógica del universo y de la naturaleza.
Continúa el texto de la Carta de la Tierra: “se requiere una responsabilidad universal”. Responsabilidad significa darse cuenta de las consecuencias de nuestras acciones, si son beneficiosas o perjudiciales para todos los seres. Hans Jonas escribió un libro clásico sobre el Principio de Responsabilidad, que incluye el principio de prevención y el de precaución. Mediante la prevención podemos calcular los efectos cuando intervenimos en la naturaleza. El principio de precaución nos dice que si no podemos medir las consecuencias, no debemos correr riesgos con ciertas acciones e intervenciones porque pueden producir efectos altamente perjudiciales para la vida.
Esta falta de responsabilidad colectiva la constatamos en la presente pandemia que exige un aislamiento social estricto para evitar la contaminación y la gran mayoría no lo asume. Debe ser para todos, sino sigue la contaminación.
La Carta de la Tierra dice además: “desarrollar y aplicar con invención la visión” (de un modo de vida sostenible). Nada grande en este mundo se hace sin la invención del imaginario que proyecta nuevos mundos y nuevas formas de ser. Este es el lugar de las utopías viables. Toda utopía amplía el horizonte y nos hace inventivos. La utopía nos lleva de horizonte en horizonte, haciéndonos siempre caminar, en la feliz expresión de Eduardo Galeano.
Para superar la forma habitual de habitar la Casa Común, una relación utilitarista,sin respectar el valor intrinseco de cada ser, independiente de uso humano, tenemos que soñar con el planeta como la gran Madre, “La Tierra de la Buena Esperanza” (Ignace Sachs, Dowbor). Esta utopía puede ser realizada por la humanidad cuando despierte para la urgencia de otro mundo necesario.
Un modo de vida sostenible
La Carta de la Tierra afirma todavía: “una visión de un modo de vida sostenible”. Estamos acostumbrados a la expresión “desarrollo sostenible”, que está en todos los documentos oficiales y en la boca de la ecología dominante. Todos los análisis serios han demostrado que nuestra forma de producir, distribuir y consumir es insostenible. Es necesario decir que no puede mantenerse el equilibrio entre lo que tomamos de la naturaleza y lo que le dejamos para que se reproduzca y co-evolucione siempre. Nuestra voracidad ha hecho insostenible el planeta, porque si los países ricos quisieran universalizar su bienestar a toda la humanidad, necesitaríamos al menos tres Tierras como esta, lo cual es absolutamente imposible.
El desarrollo actual que significa crecimiento económico medido por el Producto Interior Bruto (PIB) revela desigualdades asombrosas hasta el punto de que la ONG Oxfam en su informe de 2019 revela que el 1% de la humanidad posee la mitad de la riqueza mundial y que el 20% controla el 95% de esta riqueza mientras que el 80% restante tiene que conformarse con sólo el 5% de la riqueza. Estos datos revelan una profunda injusticia social y la completa insostenibilidad del mundo en el que vivimos.
La Carta de la Tierra no se rige por el lucro sino por la vida. De ahí que el gran reto sea crear un modo de vida sostenible en todos los ámbitos, personal, familiar, social, nacional e internacional.
La importancia del biorregionalismo
Por último, este modo de vida sostenible debe realizarse a nivel local, nacional, regional y mundial. Por supuesto, se trata de un proyecto mundial que debe realizarse procesulamente. Hoy en día, el punto más avanzado de esta búsqueda tiene lugar a nivel local y regional. Se habla entonces de biorregionalismo como la forma verdaderamente viable de concretar la sostenibilidad. Tomando como referencia la región, no según las divisiones arbitrarias que aún persisten, sino las que la propia naturaleza ha hecho con los ríos, montañas, selvas, bosques y otras que configuran un ecosistema regional. En este marco se puede lograr una auténtica sostenibilidad, incluyendo los bienes naturales, la cultura y las tradiciones locales, las personalidades que han marcado esa historia, favoreciendo a las pequeñas empresas y a la agricultura orgánica, con la mayor participación posible, en un espíritu democrático. De esta manera se proporcionará un “buen vivir y convivir” (el ideal ecológico andino) suficiente, decente y sostenible con la disminución de las desigualdades.
Esta visión formulada por la Carta de la Tierra es grandiosa y factible. Lo que más necesitamos es buena voluntad, la única virtud que para Kant no tiene defectos ni limitaciones, porque si los tuviera, ya no sería buena. Esta buena voluntad impulsaría a las comunidades y, en el límite, a toda la humanidad para conseguir realmente “un nuevo comienzo”.
*Leonardo Boff es ecoteólogo, filósofo y ha escrito Proteger la Tierra- cuidar la vida: cómo evitar el fin del mundo, Record, Rio, 2010, Trotta 2011.
Pós-Covid-19: que visão de mundo e que valores desenvolver?
Pós-Covid-19: que visão de mundo e que valores desenvolver?
Leonardo Boff*
Causa séria preocupação o ataque sistêmico que a natureza mediante um pequeníssimo e invisível vírus está movendo contra a humanidade, levando milhares à morte. Entretanto, fundamental é também a nossa reação frente à pandemia. Que lição ela nos passa? Que visão de mundo e que espécie de valores ela nos leva a desenvolver? Seguramente devemos aprender tudo o que devíamos ter aprendido e não aprendemos. Devíamos ter aprendido que somos parte dela e não os seus “senhores e donos” (Descartes). Vigora uma conexão umbilical entre ser humano e natureza. Viemos do mesmo pó cósmico como todos os demais seres e somos o elo consciente da corrente da vida.
A erosão da imagem do “pequeno deus na terra”
O mito dos modernos de que nós somos “o pequeno deus” na Terra e que podemos dispor dela ao nosso bel-prazer pois ela é inerte e sem propósito foi desfeito. Um dos pais do método científico moderno Francis Bacon dizia que devemos tratar a natureza como os esbirros da inquisição tratam suas vítimas, torturando-as até que ela entreguem todos os seus segredos .
Pela tecnociência levamos este método até o extremo alcançando o coração da matéria e da vida. Isso se implementou com um furor inaudito ao ponto de termos destruído a sustentabilidade da natureza e assim do planeta e da vida. Desta forma, rompemos o pacto natural que existe com a Terra viva: ela nos dá tudo o que precisamos para viver e em contrapartida nós devíamos cuidá-la, preservar seus bens e serviços e dar-lhe descanso para repor tudo o que lhe tiramos para a nossa vida e progresso. Nada disso fizemos.
Por não termos observado o preceito bíblico de “guardar e cuidar do Jardim do Éden(da Terra: Gn 2,15) e ameaçado as bases ecológicas que sustentam toda vida, ela nos contra-atacou com uma arma poderosa,o coronavírus 19. Para enfrentá-lo retornamos ao método da Idade Média que superou suas pandemias mediante o isolamento social rigoroso. Para fazer o povo, amedrontado, sair à rua, na prefeitura de Munique (Marienpltatz) se construiu um engenhoso relógio com dançarinos e cucos para todos acorrerem para apreciá-lo o que é feito até os dias atuais.
A pandemia que é mais que uma crise mas uma exigência de mudança de visão de mundo e de incorporação de novos valores nos coloca esta questão: queremos verdadeiramente evitar que a natureza nos envie vírus ainda mais letais que até podem dizimar a espécie humana? Esta seria uma entre as dez que desaparecem definitivamente a cada dia. Queremos correr esse risco?
A inconsciência generalizada do fator ecológico
Já em 1962 a bióloga e escritora norte-americana Rachel Carson, autora de “Primavera Silenciosa”(Silient Spring) advertiu:” É pouco provável que as gerações futuras tolerem nossa falta de preocupação prudente pela integridade do mundo natural que sustenta toda a vida…A questão consiste em saber se alguma civilização pode levar adiante uma guerra sem tréguas contra a vida, sem se destruir a si mesma e sem perder o direito de ser chamada de civilização”.
Parece uma profecia da situação que estamos vivendo a nível planetário. Temos a impressão de que a maioria da humanidade e mesmo os líderes políticos não demonstram uma consciência suficiente dos perigos que estamos correndo com o aquecimento global, com a demasiada proximidade de nossas cidades e principalmente do agronegócio massivo da natureza virgem e das florestas sendo desmatadas. Festa forma destruímos os habitats dos milhões de vírus e bactérias que acabam se transferindo para os seres humanos.
É imperioso que abandonemos o velho paradigma da vontade de poder e de dominação sobre tudo (o punho cerrado) na direção de um paradigma do cuidado de tudo o que existe e vive (a mão estendida) e da corresponsabilidade coletiva. Escreveu Eric Hobsbown na última frase de seu livro A era dos extremos (1995):
”Uma coisa é clara. Se a humanidade quer ter um futuro reconhecível, não pode ser pelo prolongamento do passado ou do presente. Se tentarmos construir o terceiro milênio nesta base, vamos fracassar. O preço do fracasso, ou seja, a alternativa para a mudança da sociedade é a escuridão” (p.506).
Isto significa que não podemos voltar simplesmente à situação anterior ao coronavírus.Nem pensar numa volta ao passado pré-iluminismo como quer o atual governo brasileiro e outros de extrema-direita.
O pós-pandemia: o novo ou a radicalização do antes?
Não são poucos os analistas que prognosticam que o pós-pandemia poderá significar uma radicalização extrema da situação anterior, uma volta ao sistema do capital e ao neoliberalismo, procurando dominar o mundo com o uso da vigilância digital (big data) sobre cada pessoa do planeta, coisa aliás que já está em curso na China e nos USA. Aí entraríamos na era das trevas, com o risco, aventado por Raquel Carson da nossa autodestruição. Daí a exigência de uma radical conversão ecológica, cuja centralidade deverá ser ocupada pela Terra, pela vida e pela civilização humana: uma biocivilização. Caso quisermos sobreviver.
Sigmund Freud respondendo a uma carta de Albert Einstein de 1932 que perguntava se era possível superar a violência e a guerra, deixava aberta a questão. Respondeu ponderando que não podia afirmar qual instinto iria prevalecer: se o instinto de morte (thánatos) ou se o instinto de vida (éros). Eles estão sempre se tensionando sem termos a certeza de quem no final triunfará. Termina resignado:”Esfaimados pensamos no moinho que tão lentamente mói que poderemos morrer de fome antes de receber a farinha”.
Há uma opinião nada otimista de um dos maiores intelectuais norte-americanos e crítico severo do sistema imperialista, Noham Chomsky. Diz ele:” «O coronavírus é algo sério o suficiente, mas vale lembrar que há algo muito mais terrível se aproximando, estamos correndo para o desastre, algo muito pior que qualquer coisa que já aconteceu na história da humanidade e Trump e seus lacaios estão à frente disso, na corrida para o abismo. Há duas ameaças imensas que estamos encarando. Uma é a crescente ameaça de guerra nuclear, exacerbada pela tensão dos regimes militares e a outra, é claro, pelo aquecimento global. Ambas podem ser resolvidas, mas não há muito tempo e o coronavírus é terrível e pode ter péssimas consequências, mas será superado, enquanto as outras não serão. Se nós não resolvermos isso, estaremos condenados”.
Chomsky tem asseverado que o presidente Trump é suficientemente insano para deflagar uma guerra nuclear, sem se importar com o que pode acontecer para toda a humanidade.
Não obstante esta visão dramática do prestigiado linguista e pensador, nossa esperança é que se a humanidade for posta sob grave risco de realmente se autodestruir, o instinto de vida irá prevalecer. Mas à condição de termos construído uma forma diferente de habitar a Casa Comum sobre outras bases que não sejam nem do passado nem do presente.
Reinventar a humanidade e remodelar a Terra
O coronavírus nos obrigará a nos reinventar como humanidade e remodelar de forma sustentável e includente a única Casa Comum que temos. Se prevalecer o que dominava antes, ainda exacerbado ao extremo, aí sim poderemos nos preparar para o pior. Entretanto, cabe recordar que o sistema-vida passou por várias grandes dizimações (estamos dentro da sexta) mas sempre sobreviveu.
Ela pareceria – me permito uma metáfora singular – uma “praga” que ninguém até hoje conseguiu exterminar. Porque é uma “praga”bendita, ligada ao mistério do cosmogênese e daquela Energia de Fundo, misteriosa e amorosa que preside a todos os processos cósmicos e também os nossos.
De todos os modos, o coronavírus nos mostrou de que não somos “pequenos deuses” que pretendem poder tudo; somos frágeis e limitados; que a acumulação de bens materiais não salva a vida; que a globalização financeira sozinha, nos moldes competitivos do capitalismo, impede de criar, como propõem os chineses “uma comunidade de destino comum para toda a humanidade”; que temos que criar um centro global e plural para gestionar os problemas globais; que a cooperação e a solidariedade de todos com todos e não o individualismo, constituem os valores centrais de uma geosociedade; que se deve reconhecer e respeitar os limites do sistema-Terra que não tolera um projeto de crescimento ilimitado; que devemos cuidar da natureza, como cuidamos de nós mesmos, pois somos parte dela e é ela que nos fornece todos os bens e serviços necessários para a vida; que devemos buscar uma economia circular que realiza os famosos três erres (R): reduzir, reutilizar e reciclar tudo que entrou no processo produtivo; que a economia seja de subsistência digna e universal e não da acumulação de alguns à custa de todos os outros e da natureza; que este tipo de economia da subsistência diminui as necessidades para dar lugar à sobriedade e assim reduzir enormemente as desigualdades sociais; que a nova ordem econômica não se regeria pelo lucro mas por uma racionalidade econômica com sentido social e ecológico;que seria altamente racional e humanitário criar uma renda universal mínima; que a assistência a saúde é um direito humano universal (One World-One Health); que não podemos dispensar, antes favorecer, a ciência e a técnica feitas com consciência e destinadas a servir à vida e não ao mercado; que é importante garantir um Estado regulador do mercado, impulsionador do desenvolvimento necessário e apetrechado para atender demandas coletivas, seja sanitárias seja de calamidades naturais; que devemos incentivar o capital humano-espiritual, sempre ilimitado, fundado no amor, na solidariedade, na busca da justa medida, na fraternidade, na compaixão, no encantamento do mundo e na busca incansável da paz.
Estas são algumas lições, entre outras, que o coronavírus nos permite tirar. Citando a Carta da Terra, um dos documentos oficiais (UNESCO) mais inspiradores para a transformação do nosso modo de ser no planeta Terra,”são necessárias mudanças fundamentais nos nossos valores, instituições e modos de vida…Nossos desafios ambientais, econômicos, políticos,sociais e espirituais estão interligados e juntos podemos forjar soluções includentes”(Preâmbulo c).
Que visão de mundo e que valores incorporar?
Saber e tomar conhecimento dos dados da realidade não é ainda fazer. O que nos move a agir? Que visão de mundo e que valores devemos incorporar? Orienta-nos um importante texto da parte conclusiva da Carta da Terra,de cuja redação também participei.
”Como nunca antes na história, o destino comum nos conclama a buscar um novo começo. Isto requer uma mudança na mente e no coração; demanda um novo sentido de interdependência global e de responsabilidade universal. Devemos desenvolver e aplicar com imaginação a visão de um modo de vida sustentável aos níveis local, nacional, regional e global”(O caminho adiante)
Observemos: não se trata de apenas melhorar o caminho andado. Esse nos levará às crises cíclicas que já conhecemos e eventualmente ao desastre. Mas se trata de “buscar um novo começo”. Vale dizer, somos desafiados a remontar a “Terra, nosso lar, que está viva com uma comunidade de vida única”(CT, Preâmbulo a). Enganoso seria cobrir as feridas da Terra com band-aids, pensando assim curá-la. Temos que revitalizá-la e refaze-la para ser a Casa Comum.
“Isto requer uma mudança de mente”. A mudança de mente significa um novo olhar sobre a Terra assim como a nova cosmologia e biologia a apresentam. Ela é um momento do processo evolucionário que já possui 13,7 bilhões e anos e a Terra, 4,3 bilhões de anos. Depois do big bang, todos os elementos físico-químicos se forjaram ao longo de uns três bilhões de anos no coração das grandes estrelas vermelhas. Ao explodirem, jogarem para todas as direções estes elementos que formaram as galáxia, as estrela como o Sol, os planetas e a Terra.
Ela é viva com uma vida que irrompeu há 3,8 bilhões de anos, um super-organismo sistêmico que se auto-organiza e continuamente se auto-cria. Num momento avançado de sua complexidade, cerca de 8-10 milhões de anos atrás, uma porção dela começou a sentir, pensar, amar e venerar. Surgiu o ser humano, homem e mulher. Ele é Terra consciente e inteligente, por isso se chama homo, feito de húmus.
Esta visão muda a nossa concepção da Terra. A ONU em 22 de abril de 2009 oficialmente a reconheceu como Mãe Terra, pois tudo gera e nos dá. Por isso a Carta da Terra afirma:”Respeitar a Terra e a vida em toda a sua diversidade e cuidar da comunidade de vida com compreensão, compaixão e amor”(CT 1 e 2). Terra como solo podemos comprar e vender, cavar e fazer tantas coisas. Mãe, no entanto, nós não compramos nem vendemos; nós a amamos e veneramos. Tais atitudes devem ser transferidas para a Terra, nossa Mãe. Essa é a nova mente que importa incorporar.
“Requer uma mudança no coração”. O coração é a dimensão do sentimento profundo, da sensibilidade, do amor, da compaixão e dos valores que orientam nossa vida. Especialmente no coração reside o cuidado que é uma forma amigável e afetuosa de se relacionar com a natureza e os seus seres. Temos a ver com a razão sensível ou cordial, com o cérebro límbico, que emergiu há 220 milhões de anos quando irromperam na evolução os mamíferos. Todos eles, como o ser humano, têm sentimentos, amor e cuidado para com sua cria. Esse é o pathos, a capacidade de afetar e ser afetado, a dimensão mais profunda do ser humano.
A razão (o logos), a mente da qual nos referimos anteriormente, surgiu há apenas 8-10 milhões de anos com o cérebro neocortical e na forma avançada como homo sapiens (o homem atual) há cerca de cem mil anos. Ele, na modernidade, foi desenvolvido de forma exponencial, dominando nossas sociedades e criando a tecnociência, os grandes instrumentos de dominação e de transformação da face da Terra, inclusive criando uma máquina de morte com armas nucleares e outras que podem pôr fim à vida humana e da natureza.
O excesso da razão, o racionalismo, criou uma espécie de lobotomia: o ser humano tem dificuldade de sentir o outro e o seu sofrimento. Precisamos completar a inteligência racional, necessária para dar conta das necessidades de sobrevivência da nossa vida mas há que completá-la com a inteligência emocional e sensível para sermos mais completos e assumirmos com paixão a defesa da Terra e da vida.
Valem-nos as palavras do Papa Francisco em sua encíclica de ecologia integral “Sobre o cuidado da Casa Comum”: “Devemos alimentar uma paixão pelo cuidado do mundo. Não é possível empenhar-se em coisas grandes apenas com doutrinas, sem uma mística que nos anima, sem uma moção interior que impele, motiva, encoraja e dá sentido à ação pessoal e comunitária”(n.216) E acrescenta:”Implica ainda a consciência amorosa de não estarmos separados das outras criaturas, mas de formarmos com os outros seres do universo uma esplêndida comunhão universal”(n.220).
Portanto, é o coração que nos leva a ouvir simultaneamente o grito da Terra e o grito do pobre e nos leva a socorrê-los, mudando a forma como nos relacionamos com eles, como produzimos e como consumimos, com esse ideal formulado pelo primeiro ministro chinês XI Jinping: “criar uma sociedade moderadamente abastecida” ou como nós dizemos: uma sociedade com um consumo sóbrio e solidário.
Segue ainda o texto da Carta da Terra: “Requer-se um novo sentido de interdependência global”. A relação de todos com todos e por isso a interdependência global representa uma constante cosmológica. Tudo no universo é relação. Nada e ninguém estão fora da realação. O cosmos é constituído pelo conjunto das redes de relação mais do que do número inumerável dos corpos celestes. É também um axioma da física quântica segundo o qual todos os seres são inter-retro-relacionados. Nós mesmos, seres humanos, somos um rizoma (bulbo com raízes) de relações voltado para todas as relações. Isso implica entender que todos os problemas ecológicos, econômicos, políticos e espirituais têm a ver uns com os outros. Tocando num tocamos na rede toda das relações. A ação que fizermos afeta toda a rede de ações.
Esta compreensão holística supera a atomização dos saberes e fragmentação das atividades humanas. Só salvaremos a vida se nos alinharmos à esta lógica universal que é lógica da natureza com sua esplêndida diversidade. Todos os seres se entre-ajudam, até os mais débeis, pois também estes possuem um valor em si mesmo e comunicam alguma mensagem do universo.
Segue o texto da Carta Terra:” requer-se uma responsabilidade universal”. Responsabilidade significa dar-se conta das consequências de nossas ações, se são benéficas ou maléficas para o conjunto dos seres. Hans Jonas escreveu um livro clássico sobre o “Princípio Responsabilidade”. Ele inclui o princípio de prevenção e o de precaução. Na prevenção podemos calcular os efeitos quando interviermos na natureza. O princípio de precaução não nos permite medir as consequência e por isso não devemos arriscar com certas ações e intervenções porque podem produzir efeitos altamente danosos para a vida.
A responsabilidade deve ser universal, de todos. Não é assim que um grupo ou uma empresa assumam sua responsabilidade socioecológica, protegem o ar e garante a pureza das águas, enquanto outras não cuidam destes efeitos danosos e os consideram simplesmente como exterioridades (coisas que não entram na contabilidade dos negócios). Ou todos assumem uma atitude responsável, por isso universal, e assim praticamos comportamentos ecologicamente benéficos ou então seguiremos acumulando problemas para a vida e o futuro de nossa existência.
Mais ainda diz a Carta da Terra: “desenvolver e aplicar com invenção a visão (de um modo sustentável de vida). Nada de grande neste mundo sem fez sem a invenção do imaginário que projeta novos mundos e novos modos de ser. É aqui o lugar das utopias viáveis. Toda utopia alarga o horizonte e nos torna inventivos. O próprio ser humano emerge como um ser utópico, pois é um projeto infinito e um ser habitado pelo desejo, cuja natureza, segundo os antigos e Freud, é ilimitado. A utopia nos leva de horizonte a horizonte, fazendo-nos sempre caminhar na feliz expressão de Eduardo Galeano.
Para superar o modo costumeiro de habitar a Casa Comum, sem sequer tê-la descoberto (isso ocorreu somente a partir das viagens espaciais), explorando seus ecossistemas, descuidando das florestas, das águas, do ar puro e da fertilidade dos solos e de relações justas e fraternas nas sociedades, precisamos da invenção que nasce de uma utopia ou de um sonho. Toda utopia é, por natureza, irrealizável. Mas existem as utopias viáveis, aquelas que podemos juntos trazer para a realidade. Assim que precisamos sonhar com o planeta como “A Terra da Boa Esperança”(Ignace Sachs) antes de pôr as mãos no seu fazimento. Essa utopia é realizável pela humanidade, quando despertar de seu sono de um mundo de mão a mão e abri-se ao grande sonho possível de outro mundo possível e necessário.
Mais ainda afirma a Carta da Terra:”uma visão de um modo sustentável de vida. Estamos acostumados à expressão que está em todos os documentos oficiais e na boca da ecologia dominante “desenvolvimento sustentável”. Todas as análises sérias têm mostrado que o nosso modo de produzir, distribuir e consumir é insustentável. Vale dizer não consegue manter o equilíbrio entre o que tiramos da natureza e que lhe deixamos para sempre poder se reproduzir e co-evoluir. Nossa voracidade tornou o planeta insustentável, pois se os países ricos quisessem universalizar seu bem-estar à toda a humanidade, precisaríamos, pelo menos, de três Terras iguais a esta, o que é absolutamente impossível.
O atual desenvolvimento que significa crescimento econômico medido pelo Produto Interno Bruto (PIB) revela espantosas desigualdades a ponto de a grande ONG Oxfam no seu informe de 2019 nos revelar que 1% da humanidade possui a metade da riqueza do mundo e que 20% controla 95% desta riqueza (do 1%) enquanto os restantes 80% têm que contentar-se com apenas 5% da riqueza. Tais dados revelam a completa insustentabilidade do mundo em que vivemos.
A Carta da Terra não se rege pela economia mas pela vida. Dai o grande desafio consiste em criar um modo sustentavel de vida e todos os âmbitos, pessoal, familiar, social, nacional e internacional. Para isso se impõem a necessidade de “um novo começo” e não apenas de melhorias, mantendo o sistema desigual.
Por fim, este modo sustentável de vida deve realizar-se no nível local, nacional, regional e global. Evidentemente se trata de um projeto global que deverá se realizado com prazos, na medida em que cresce a consciência ecológica e nos dermos conta de nossa responsabilidade pelo futuro comum Terra e humanidade. Hoje o ponto mais avançado na busca da sustentabilidade se realiza no nível local e regional. Fala-se então do bioregionalismo como a forma realmente viável de concretizar a sustentabilidade. Tomando-se a região como referência, não segundo as divisões arbitrárias ainda persistentes, mas aquelas que a própria natureza fez com os rios, as montanhas, as florestas e outras que configuram um ecossistema regional. Dentro deste quadro pode realizar-se uma autêntica sustentabilidade, incluindo os bens naturais, a cultura e tradições locais, as personalidades que marcaram aquela história, com o favorecimento de pequenas empresas e uma agricultura orgânica, com a participação maior possível, num espírito democrático. Desta forma se propiciará um “bem viver e conviver”(o ideal ecológico andino) suficiente, decente e sustentável com a diminuição das desigualdades.
Esta visão formulada pela Carta da Terra é grandiosa e factível. O que mais precisamos é de boa-vontade, a única virtude que para Kant não possui nenhum defeito e limitação, pois se tiver, deixará de ser boa. Essa boa-vontade impulsionaria as comunidades e, no limite, a inteira humanidade a realmente realizar “um novo começo”.
Virtudes para um outro mundo possível
Esse modo sustentável de vida se traduz por práticas virtuosas que tornam real o modo sustentável de viver. São muitas as virtudes para um outro mundo possível. Serei breve, pois sobre isso publiquei três volumes com esse mesmo título “Virtudes para um outro mundo possível”(Vozes 2005-2006). Enumero 10 sem detalhar-lhes o conteúdo, o que nos levaria longe.
A primeira é o cuidado essencial. Chamo de essencial pois segundo uma tradição filosófica que nos vem dos romanos, atravessou os séculos e ganhou sua forma maior entre vários autores especialmente no núcleo central de Ser e Tempo de Heidegger. Ai se vê o cuidado como da essência do ser humano. Ele é a pré-condição para o conjunto de fatores que permitem a emergência da vida. Sem o cuidado a vida jamais irromperia e subsistiria. Alguns cosmólogos como Brian Swimme e Stephan Hawking viram no cuidado como a dinâmica mesma do universo. Se as quatro energias fundamentais não tivessem o sutil cuidado de atuarem sinergeticamente, não teríamos o mundo que temos. Todo ser vivo depende do cuidado. Se nós não tivéssemos o infinito cuidado de nossas mães, não saberíamos como deixar o berço e buscar o nosso alimento, dado que somos seres biologicamente carentes, sem nenhum órgão especializado. Precisamos do cuidado de outros. Tudo o que amamos também cuidamos, tudo o que cuidamos também amamos. Face à natureza significa uma relação amigável, não agressiva e respeitosa de seus limites.
A segunda virtude é o sentimento de pertença à natureza, à Terra e ao universo. Somos partes de um grande Todo que nos desborda por todos os lados; somos a parte consciente e inteligente da natureza, somos aquela porção da Terra que sente, pensa, ama e venera. Esse sentimento de pertença nos enche de respeito, de encantamento e de acolhimento.
A terceira virtude é a solidariedade e a cooperação. Somos seres sociais que não apenas vivem mas convivem com outros. Sabemos pela bioantropologia que foi a solidariedade e a cooperação de nossos ancestrais antropoides que ao buscar o alimento e traze-lo para o consumo coletivo, lhes permitiu deixar para trás a animalidade e inaugurar o mundo humano. Hoje, no caso do caronavírus, o que nos está salvando é a solidariedade e a cooperação de todos com todos. Esta solidariedade deve começar pelos últimos e invisíveis sem o que, ela deixa de ser inclusiva de todos.
A quarta virtude é a responsabilidade coletiva. Já temos exposto o seu sentido acima. É o momento da consciência em que cada um e uma inteira sociedade se dão conta dos efeitos bons ou ruins de suas decisões e atos. Seria absolutamente irresponsável o desmatamento desenfreado da Amazônia pois desequilibraria o regime de chuvas de vastas regiões e eliminaria a biodiversidade indispensável para o futuro da vida. Nem precisamos nos referir a uma guerra nuclear cuja letalidade eliminaria toda a vida especialmente a humana .
A quinta virtude é a hospitalidade como dever e como direito. O primeiro a apresentar a hospitalidade como dever e como direito foi Immanuel Kant no seu famoso texto “Em vista da paz perpétua”(1795). Entendia que a Terra é de todos, pois, Deus não deu título de propriedade de algum pedaço dela a ninguém. Ela pertence a todos os habitantes que podem andar por todas as partes. Ao encontrarem alguém o dever de todos é oferecer a hospitalidade, como sinal de pertença comum à Terra e todos têm o direito de serem acolhidos, sem qualquer distinção. Para ele, junto com o respeito dos direitos humanos constituiriam as pilastras para uma república mundial (Weltrepublik). Esse tema é atualíssimo dado o número de refugiados e as muitas discriminações por vários títulos. Talvez seja uma das virtudes mais urgentes no processo de planetização embora uma das menos vividas.
A sexta virtude é a convivência de todos com todos. A convivência é um dado primário, pois todos viemos da convivência que nossos pais tiveram. Nós somos seres de relação que é o mesmo que dizer, não vivemos simplesmente mas de forma diuturna convivemos. Participamos da vida dos outros, de suas alegrias e angústias. Especialmente custa a muitos a conviver com os diferentes, seja de etnia, de religião, de partido político. O importante é estar aberto à troca. O diferente sempre nos traz algo novo que nos enriquece ou desafia. O que jamais podemos fazer é transformar a diferença numa desigualdade. Podemos ser humanos de muitas formas diferentes, na forma brasileira, italiana, japonesa, yanomami. Mas cada forma é humana e possui a sua dignidade. Hoje pelos meios de comunicação cibernéticos abrimos janelas para todos os povos e culturas. Saber conviver com essa diferença abre novos horizontes e entramos numa espécie de comunhão com todos. Esta convivência implica também a natureza, conviver com com as paisagens, com as florestas, com os pássaros e animais. Não apenas olhar para o céu estrelado, mas entrar em comunhão com as estrelas, pois delas viemos e formamos um grande Todo. Por fim, formamos uma comunidade de destino comum junto com a totalidade da criação.
A sétima virtude é o respeito incondicional. Cada ser, por menos que seja, possui valor em si mesmo, independentemente do uso humano. Quem desenvolveu o tema em profundidade foi Albert Schweitzer, grande médico suiço que foi ao Gabão na África para atender a hanseniamos. Para ele o respeito é a base mais importante da ética, pois comporta acolhida, solidariedade e amor. Devemos começar com o respeito a nós mesmos, ao manter atitudes e modos dignos que suscitam o respeito dos outros. Importa respeitar todos os seres da criação, pois valem por eles mesmos; existem ou vivem e merecem existir ou viver. Mais que tudo, vale o respeito diante de cada pessoa humana, pois é portadora de dignidade, de sacralidade e de direitos inalienáveis, pouco importa sua procedência. Respeito supremo devemos ao Sagrado e a Deus, o mistério íntimo de todas as coisas. Só diante dele podemos cair de joelhos e reverenciar, pois só a Ele cabe esta atitude.
A oitava virtude é justiça social e igualdade fundamental de todos. A justiça é mais que dar a cada um o que é seu ; entre os humanos, a justiça é o amor o respeito mínimo que devemos devotar aos outros. A justiça social é garantir os mínimos a todas as pessoas, não criar privilégios e respeitar seus direitos em pé de igualdade, pois todos somos humanos e merecemos ser tratados humanamente. Desigualdade social significa injustiça social e, teologicamente, uma ofensa ao Criador e a seus filhos e filhas. Talvez ela seja a maior perversidade hoje existente que deixa milhões na miséria e condenados a morrer antes do tempo. Neste tempo de coronavírus se mostrou a violência da desigualdade social e da injustiça. Enquanto uns podem viver sua quarentena em casas ou apartamentos adequados, a grande maioria pobre é exposta à contaminação e, não raro, à morte.
A nova virtude é a busca incansável da paz. A paz é um dos bens mais ansiados, pois vivemos, por causa do tipo de sociedade que construimos, em permanente concorrência, apelos ao consumo e à exaltação da produtividade. A paz não existe em si, pois, ela é consequência de valores que devem ser vividos anteriormente e que têm como resultado a paz. Uma das mais pertinentes compreensões da paz nos vem da Carta da Terra, na qual se diz: “a paz é a plenitude que resulta de relações corretas consigo mesmo, com outras pessoas, com outras culturas, com outras vidas, com a Terra e com o Todo maior do qual somos parte”(n.16 f). Como se depreende, a paz é consequência de relações adequadas e é o fruto da justiça social. Sem estas relações e a justiça só conheceremos tréguas mas nunca uma paz permanente.
A décima virtude é o cultivo do sentido espiritual da vida. O ser humano possui uma exterioridade corporal com a qual nos relacionamos com o mundo e as pessoas; temos uma interioridade psíquica onde se aninham,na estrutura de desejo, nossas paixões, os grandes sonhos e nossos anjos e demônios que devemos controlar estes últimos e cultivar amorosamente os primeiros. Só assim gozaremos de um equilíbrio necessário para a vida.
Mas possuímos também a profundidade, aquela dimensão onde habitam as grandes interrogações da vida: quem somos, de onde viemos, para onde vamos, o que podemos esperar depois desta vida terrena? Qual é a Energia Suprema que sustenta o firmamento e conserva nossa Casa Comum ao redor do Sol e a mantém sempre viva para nos permitir viver? É a dimensão espiritual do ser humano feita de valores intangíveis como o amor incondicional, a confiança na vida, a coragem de enfrentar as agruras inevitáveis. Damo-nos conta de que o mundo está repleto de sentidos, que as coisas são mais que coisas, pois são mensagens e possuem um outro lado invisível. Intuímos que há uma Presença misteriosa que perpassa todas as coisas. As tradições religiosas e espirituais chamaram a esta Presença de mil nomes, sem contudo poder decifrá-la totalmente. É o mistério do mundo que remete ao Mistério Abissal que faz ser tudo aquilo que é. Cultivar este espaço nos humaniza, nos torna mais humildes e nos enraíza numa realidade transcendente, adequada ao nosso desejo infinito.
Conclusão: ser simplesmente humanos
A conclusão que tiramos destas longas reflexões a propósito do coronavírus 19 é: devemos ser simplesmente humanos, vulneráveis, humildes, ligados uns aos outros, parte da natureza e a porção consciente e espiritual da Terra com a missão de cuidar da herança sagrada que recebemos, a Mãe Terra, para nós e para as futuras gerações.
Inspiradoras são as últimas frases da Carta da Terra:”Que o nosso tempo seja lembrado pelo despertar de uma nova reverência face à vida, pelo compromisso firme de alcançar a sustentabilidade mediante a intensificação da luta pela justiça e pela paz, na alegre celebração da vida”
*Leonardo Boff é eco-teólogo e escreveu Virtudes para um outro mundo possível (3 vol.) Vozes 2005-2006.
A Terra contra-ataca a Humanidade pelo coronavírus
Mais e mais cresce a consciência de que a Terra e a Humanidade tem um destino comum, pois formam uma única e complexa unidade. Foi o que os astronautas da Lua ou de suas naves espaciais nos testemunharam. Uma porção dela é inteligente e consciente: são os seres humanos.
Desde a mais alta antiquidade a Terra era vista como a Grande Mãe, viva e geradora de todo tipo de vida. Modernamente, cientistas vindos das ciências da vida e do universo comprovaram, empiricamente, que ela não só possui vida, mas ela mesma é viva. Emerge como um Ente vivo, um superorganismo que se comporta como um sistema que combina todos os fatores e as energias cósmicas de tal forma que sempre se mantém viva e que produz permanentemente as mais diversas formas de vida. Chamam-na de Gaia, nome grego para designar a Terra como um ser vivo.
Ao largo de sua história, o ser humano entreteve, dito de forma sumária, três tipos de relação para com a Terra e a natureza. O primeiro foi de interação: interagia harmonicamente e retirava o necessário para viver. O segundo foi a intervenção quando, há cerca de dois milhões de anos, surgiu o homo habilis que usava instrumentos para intervir na natureza e garantir melhor seu sustento.Tudo culminou no neolítico, há 10-12 mil anos, quando se implantou a agricultura com o manejo de sementes e de espécies também de animais. O terceiro foi a agressão típica dos tempos modernos. Usando todo um maquinário até autômatos e inteligência artificial, o ser humano montou uma sistemática agressão à natureza para extrair dela todos os recursos para sua comodidade e também para acumulação de riqueza material. Essa guerra de agressão foi levada a todas as frentes: no solo, sub-solo, no ar e nos oceanos. Ela se travou também entre os seres humanos que são a parte da Terra com inteligência e consciência.
Michel Serres, filósofo que frequentou várias áreas do saber, escreveu em 2008 um livro com o título “Guerra mundial”. Descreve a história dramática das agressões humanas a todos os ecossistemas e principalmente as guerras entre os próprios seres humanos. Segundo os dados aduzidos, a partir de três mil anos antes de nossa era até o presente foram mortos em conflitos, três bilhões e oitocentos milhões de seres humanos. Só no século XX foram 200 milhões. Inauguramos, segundo alguns cientistas, uma nova era geológica, o antropoceno e o necroceno: o ser humano é a maior ameaça à vida na Terra; com os meios de destruição que maneja mostrou-se uma máquina de morte (necroceno). Em função disso em 2019 investiram-se um trilhão e 822 bilhões de dólares em armas letais, totalmente ineficazes e ridículas face ao invisível coronavírus.
A Terra sentiu os golpes e não deixou de reagir: pelo aquecimento global, pelos tsunamis, pelos eventos extremos, pelas longas estiagens ou as prolongadas nevascas, pelos degelos e pelo caos climático.
A reação, verdadeira represália da Terra, vem pelos vírus (existem cerca de 200 mil) cada vez mais frequentes e violentos, como o zika, a chicungunya, o ebola, o SARS, a gripe suína e aviária e outros. Eles estavam tranquilos em seus habitats. Mas o desmatamento feroz, a erosão da biodiversidade e urbanização crescente do planeta,a criação industrial de animais, fizeram com que perdessen seus hábitats e buscassem outros, passando de animais aos seres humanos. Eles não vivem por si; precisam de células hospedeiras para se reproduzir. Assim é com o atual coronavírus.
A hipótese que proponho é que, neste momento, os papéis se inverteram. Sendo um superorganismo vivo, a Terra reage, contra-ataca e faz a sua revanche contra a Humanidade, pois como diz o Papa na sua encíclica ecológica “nunca maltratamos e ferimos a nossa Casa Comum como nos últimos dois séculos”(n,53).
Agora, irada. Gaia brada: “Basta! Sou mãe generosa, mas tenho limites vitais intransponíveis. Preciso dar severas lições a esses meus filhos e filhas rebeldes e violentos. E se não aprenderam a interpretar os sinais que lhes enviei e não me respeitarem e cuidarem como sua Mãe, posso não mais querê-los sobre meu solo”.
Penso que o Covid-19 é um desses sinais, ainda não o derradeiro, mas o suficiente letal a ponto de abalar os fundamentos do nosso tipo de civilização. Biólogos temem que podemos ser vítimas do assim chamado Next Big One (NBO), aquele último tão letal e inatacável, capaz de pôr fim à espécie humana.
O coronavírus nos lança um alerta. Como disse o sociólogo e ecólogo Bellamy Fosters da Universidade de Oregon:”A sociedade terá que ser reconstituída sobre uma base radicalmente nova. A escolha que temos diante de nós é nua e crua: a ruína ou a revolução”.
Na mesma linha de pensamento afirma a física nuclear e ecologista indiana Vandana Shiva:”Um pequeno vírus pode nos ajudar a dar um grande passo à frente para fundar uma nova civilização planetária ecologista, baseada na harmonia com a natueza. Ou, então, podemos continuar vivendo a fantasia do domínio sobre o planeta e continuar avançando até a próxima pandemia. E, por último, até a extinção. A Terra seguirá, conosco ou sem nós”.
No próximo artigo veremos o que aindas nos é possível fazer.
Leonardo Boff é ecoteólogo e escreveu:Cuidar da Terra- proteger a vida: como escapar do fim do mundo,Record 2010.

