Para poner fin a la guerra en Ucrania, debemos saber cómo prevenir nuevas guerras

08.03.22 en Pressensa

Riccardo Petrella é um dos maiores cientistas sociais e analistas, grande promotor de um pacto social mundial ao redor do tema da Água. Suas reflexões equilibradas e sensatas nos ajudam a entender o que está em jogo na guerra na Ucrânia.

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Hay que imponer un alto el fuego inmediato en Ucrania. Armar a Ucrania y adoptar las duras sanciones anunciadas contra Rusia no hacen sino acentuar y exacerbar la guerra. No son la solución para la paz y para «liberar» a los ucranianos, sino, sobre todo, el instrumento para la derrota, o incluso la muerte de Rusia por asfixia económica y, secundariamente, para someter el futuro de los ucranianos a los intereses de Estados Unidos y de las «potencias» europeas occidentales. En la actual escalada, no son los colores del arco iris, sino las setas nucleares las que están en el horizonte. Qué absurdo.

Es bien sabido que la guerra en Ucrania -el país donde nació Rusia, el Estado de Rusia- no es principalmente una guerra entre rusos y ucranianos. Se trata de una distorsión de la historia actual propagada en particular por quienes, empezando por Estados Unidos y los dirigentes de los países de la OTAN, provocaron la inaceptable invasión de Ucrania por parte de Rusia y son corresponsables de ella con Rusia. ¿Por qué? Tratemos de entenderlo.

La guerra en Ucrania es el resultado, entre otros, de dos grandes factores de oposición y conflicto entre países y grupos sociales dominantes en todo el mundo. Mientras no se eliminen estos dos factores, habrá «como mucho» suspensiones temporales de guerras mundiales «localizadas», que terminarán aquí con la «victoria» de unos y allí con la «victoria» de otros. Las víctimas seguirán siendo los habitantes de la Tierra, todas las especies incluidas. La autodestrucción de la humanidad seguirá siendo una amenaza en el horizonte.

Primer factor. La guerra de supervivencia entre dos potencias mundiales antaño fuertes e indiscutibles, pero en crisis y cada vez más debilitadas.

La «guerra en Ucrania» forma parte de la nueva fase de la guerra entre Estados Unidos y Rusia desde el colapso y desaparición de la URSS en 1989 y el fin de la Guerra Fría Este/Oeste. Por un lado, se trata de la guerra que los grupos sociales dominantes en Estados Unidos (y, bajo su impulso/imposición, en los países de la OTAN) han librado contra Rusia durante los últimos treinta años para debilitar su poder político, económico y militar, aprovechando la grave crisis de régimen en la que había caído el país en 1989. Es una de las guerras que libra Estados Unidos para mantener su lugar como primera potencia mundial frente a los factores de erosión y debilitamiento que han contribuido al regreso con fuerza en Estados Unidos del «pueblo americano» conquistador, nacionalista y racista, del que Trump se ha convertido en el campeón más convencido.

Por otra parte, es la guerra tanto de resistencia contra la supremacía de Estados Unidos, como de ataque, a favor del restablecimiento del poder perdido por el colapso de la URSS, que los grupos sociales dominantes en Rusia han llevado a cabo: a) a nivel internacional, en un contexto de creciente debilidad frente a su enemigo de la Guerra Fría, y b) a nivel continental en el Este y el Oeste de la Rusia actual frente a los países/estados que se han independizado y son hostiles a Rusia. Para Putin en particular, el recuerdo y la fascinación del poder de Rusia en el pasado, incluyendo el período de la URSS, han sido y son para la mayoría de los actuales líderes rusos fuentes de inspiración para su estrategia de poder bélico y despótico.

Sin embargo, Mijail Gorbachov (*) había sido claro, sincero y por encima incluso de los intereses de poder directos de Rusia, en un mensaje oral público a Estados Unidos (y a sus oponentes rusos) unos meses antes de la reunificación alemana en 1990. Les advirtió que no cometieran el error de considerar la desaparición de la URSS como una victoria de los Estados Unidos y del sistema capitalista de mercado. La URSS, insistió, se había derrumbado por razones estructurales internas, porque su sistema había demostrado ser ineficiente, injusto e insostenible. Por ello insistió en que debe darse prioridad a la construcción de un nuevo sistema de seguridad económica y política europea que garantice unas relaciones pacíficas Este-Oeste entre todos los pueblos europeos. Así, retomó una propuesta anterior que había hecho a Estados Unidos para el desmantelamiento coordinado de las armas nucleares. La propuesta fue rechazada por Estados Unidos, que sólo estaba a favor de una reducción del número de misiles nucleares, por lo que Gorbachov contestó: «De acuerdo, entonces conservo la capacidad de destruiros no 6.000 veces, sino 3.000 veces».

Conocemos la historia. Estados Unidos y los países europeos (así como la Rusia de Putin) no hicieron ningún caso al mensaje de Gorbachov. Estados Unidos hizo todo lo posible por reforzar su control militar de Europa (para ellos, esto es la «seguridad europea») y, para ello y con el acuerdo y la sumisión de los aliados europeos, ampliarlo geopolíticamente integrando en la OTAN a todos los países con fronteras europeas con Rusia (excluyendo a Bielorrusia). La historia de esta prórroga, hecha de tratados y acuerdos incumplidos y de promesas incumplidas, especialmente por parte de Estados Unidos y, «por alianza», de los europeos, está bien resumida en un largo y riguroso artículo de Hall Gardner, profesor de la Universidad Americana de París, publicado en Other News el 25 de febrero pasado.

Persiguiendo frente a un «enemigo» considerado sistémico, su estrategia de dominación de todos los tiempos La paz a través del poder, Estados Unidos ha logrado su objetivo. Ha «ganado». ¿Pero qué han ganado? ¿Qué ha ganado la Unión Europea? Piénsese que esto es el colmo de la hipocresía: para financiar el envío de material de guerra y la ayuda económica a los ucranianos para reforzar su ejército, la Comisión Europea recurrió al Fondo Europeo para la Paz, que cuenta con un presupuesto de 6.000 millones de euros. Sin duda pensó que la paz se podía construir armando a la gente. Al apoyar a Estados Unidos en la ampliación de la OTAN hacia el Este, los europeos han ganado en tener una guerra en casa.

¿Qué han ganado los ucranianos, aparte de aceptar convertirse en una colonia militar de Estados Unidos y, a su vez, de potencias europeas como Francia y, sobre todo, Alemania? Una colonia que, obviamente, no se limitará al ámbito militar, sino que ya es económica y financiera. Lo será aún más en los próximos años. En las condiciones actuales de la UE, la «victoria» de los EE.UU. se traducirá en una sumisión y dependencia cada vez mayor de Ucrania a las normas e intereses de los mercados financieros mundiales y a los imperativos del mercado único europeo. La libertad y la independencia de los ucranianos se convertirán en palabras vacías sin referencias concretas.

En lo que respecta a los rusos, no han ganado nada hasta ahora. Y lo que es peor, los grupos sociales que los dominan salen bien mal parados en todos los sentidos, entre otros, a ojos de una opinión pública occidental y occidentalizada que está fuertemente moldeada y manipulada por el sistema de información global dominado por los medios de comunicación occidentales.

Por el momento, sólo los grupos sociales dominantes en Estados Unidos parecen salir ganando. Sí, han ganado al extender su control militar (y político) a toda Europa (excluyendo a Bielorrusia). Además, están consiguiendo transformar la OTAN en una poderosa estructura militar de orientación global al servicio del mantenimiento del poder de EE.UU. en todo el mundo, también de cara a sus otras guerras, especialmente la nueva guerra contra China (e India). También gracias a una mutación radical del poder militar a través de las nuevas tecnologías de la inteligencia artificial (sistemas de datos, gestión, comunicación y decisión, sistemas de satélites, nuevas energías, redes, plataformas…).

Es en este contexto que debe interpretarse la estrategia de expansión de la OTAN hacia el este. A Estados Unidos no le importa la libertad e independencia de los ucranianos. A Estados Unidos le interesa sobre todo reducir el poder de Rusia. Han ganado en provocar la guerra en Europa, después de Irak, Afganistán, Libia, Siria… entre los casos más recientes. Es increíble, parece una pesadilla, ¡nos hemos enterado de que el gobierno italiano ha anunciado una participación militar en Ucrania!

Esto nos lleva al segundo factor.

Segundo factor. La guerra se ha convertido en una forma de ser del mundo económico, tecno-científico y cultural dominante.

El espíritu de guerra es intrínseco a la economía dominante. La economía de mercado financiarizada nos ha educado para la guerra, para pensar y actuar/participar en las guerras: del petróleo, del trigo, de los ordenadores, de los medios de comunicación, de los contenedores, de las vacunas, de los smartphones, de los coches, del arroz, de los plátanos, de las universidades, de las redes, de las patentes, de la IA, del espacio. La guerra está en nuestras cabezas, en varias formas y palabras: competitividad, rentabilidad, liderazgo, número 1, conquista del mercado, resiliencia, adaptación, innovación….

Desde hace varios años estamos convencidos de que China es ahora el enemigo, nuestro «enemigo sistémico» porque es el nuevo competidor por la supremacía mundial. La pérdida de esta supremacía por parte de Estados Unidos se ve como una terrible amenaza para el futuro, para nuestra libertad. Las catástrofes ecológicas, en particular el clima en ebullición, nos han hecho comprender la fragilidad de la supervivencia y, por tanto, han acentuado esta profunda infiltración de la cultura de la guerra, haciéndonos creer de nuevo en la necesidad de ser los más fuertes, los más resistentes, esta vez a nivel mundial. De ahí el imperativo de dominación mundial que se ha impuesto sobre cualquier visión de cooperación, solidaridad, reparto y ayuda mutua. La guerra ha entrado en nuestras mentes como la lluvia en Noruega.

De ahí las grandes dificultades encontradas, principalmente por culpa de Estados Unidos, para encontrar soluciones globales comunes a las catástrofes ecológicas. De ahí el rechazo de los más fuertes, encabezados por EEUU y la UE, a un plan mundial justo y solidario de lucha contra el Covid-19 basado en vacunas accesibles a todos los habitantes de la Tierra al mismo tiempo, etc.

En este contexto, los millones de «yo» superan a los miles de «nosotros» y los países con poder nuclear creen, sobre todo los más poderosos, que mantener su poder en niveles más altos que los demás es una condición necesaria e indispensable para su supervivencia. Y como el poder militar está cada vez más tecnificado y vinculado al poder financiero para captar la innovación tecnológica mundial y los mercados globales, cualquier pérdida de mercados tecnológicamente valiosos se considera estratégicamente peligrosa para el poder económico y, por tanto, para el poder militar.

En el pasado, eran los militares los que impulsaban la innovación y la tecnología, hoy es al revés, incluso peor: son los imperativos económicos y financieros los que obligan a los militares a producir armas nucleares. La inaceptable expansión de la fuerza militar de la OTAN y la reacción defensiva de Rusia, basada en la seguridad por medios inaceptables, están en línea con esta cultura de guerra generalizada.

¿Qué hacer?

La sabiduría y la preocupación por salvaguardar el futuro pacífico de la humanidad y la supervivencia del mundo nos llevan a dar prioridad a tres líneas de acción, apoyadas por una fuerte movilización ciudadana.

En primer lugar, el cese inmediato de las hostilidades sobre el terreno y dejar que las negociaciones entre rusos y ucranianos decidan qué hacer a continuación. Por lo tanto, la prohibición de acciones como el envío de armas y dinero a los ucranianos o a los rusos; la suspensión inmediata de las sanciones contra Rusia.

Además, un compromiso por parte de la OTAN de detener el proceso de integración de Ucrania en la OTAN (recordemos que los franceses y los alemanes se opusieron a ello a principios de los años 90) y, por parte de Rusia, de abandonar cualquier posibilidad de recurrir a las armas nucleares; la convocatoria de una convención europea para definir un nuevo tratado sobre seguridad europea.

Por último, sentar las bases, basadas en el respeto del actual Tratado de la ONU sobre la prohibición de las armas nucleares, para la redefinición de un Pacto Mundial de Seguridad, en particular mediante aplicaciones muy concretas en los ámbitos de la energía, el agua, las semillas, la salud, el transporte, la información y el conocimiento. Nunca antes la seguridad global, para todos, basada en la responsabilidad común de los bienes esenciales para la vida ha sido tan obvia, necesaria y urgente.

(*) Me permito dedicar estas reflexiones a Mijail Gorbachov, como homenaje a una de las principales figuras políticas del siglo XX, ferviente defensor de las relaciones de confianza y transparencia entre los ciudadanos y de las relaciones pacíficas entre los pueblos, único estadista que, siendo presidente de la URSS, la segunda potencia militar del mundo, se atrevió a proponer oficialmente el desmantelamiento coordinado de las armas nucleares.

*Doctor of Political and Social Sciences, honorary degree from eight universities: in Sweden, Denmark, Belgium (x2), Canada, France (x2), Argentina. Professor emeritus of the Catholic University of Louvain (Belgium); President of the Institut Europeen de Recherche sur la Politique de l’Eau (IERPE) in Brussels (www.ierpe.eu); President of the “University of the Common Good” (UBC), a non-profit association active in Antwerp (Belgium) and Sezano (VR-Italy) From 1978 to 1994 he headed the department FAST, Forecasting and Assessment in Science and Technology at the Commission of the European Communities in Brussels and in 2005-2006 he was President of the Apulian Aqueduct. He is the author of numerous books on economics and common goods.

Attacchi spietati a papa Francesco, “un giusto tra le nazioni”

                                             Leonardo Boff

Dall’inizio del suo pontificato, nove anni fa, papa Francesco è stato oggetto di furiosi attacchi da parte dei cristiani tradizionalisti e dei suprematisti bianchi, di quasi tutto il nord del mondo, degli Stati Uniti e dell’Europa. Hanno persino costruito un complotto, mettendo insieme milioni di dollari, per deporlo come se la Chiesa fosse un’impresa e il papa il suo amministratore delegato. Tutto invano. Lui segue il suo cammino nello spirito delle beatitudini evangeliche dei perseguitati.

Le ragioni di questa persecuzione sono diverse: ragioni geopolitiche, lotte di potere, un’altra visione della Chiesa e la cura della Casa Comune.

Alzo la mia voce in difesa di Papa Francesco a partire dalla periferia del mondo, dal Grande Sud. Mettiamo a confronto i numeri: solo il 21,5% dei cattolici vive in Europa, il 78,5% vive fuori dall’Europa e il 48% in America. Siamo, quindi, la stragrande maggioranza. Fino alla metà del secolo scorso la Chiesa cattolica era del primo mondo. Ora è una Chiesa del terzo e quarto mondo, che un tempo ebbe origine nel primo mondo. Qui sorge una questione geopolitica. I conservatori europei, ad eccezione di importanti organizzazioni cattoliche di cooperazione solidale, hanno un sovrano disprezzo per il Sud, in particolare per l’America Latina.

La Chiesa-grande-istituzione fu alleata della colonizzazione, complice del genocidio indigeno e partecipante allo schiavismo. Qui si è costituita una Chiesa coloniale, specchio della Chiesa europea. Succede che in più di 500 anni, nonostante la persistenza della Chiesa specchio, si è verificata un’ecclesiogenesi, la genesi di un altro modo di essere Chiesa. Chiesa, non più specchio, ma fonte:  incarnatasi nella cultura locale indigena-afro-meticcia e dei popoli immigrati provenienti da 60 paesi diversi. Da questo amalgama ha creato il suo stile di adorare Dio e celebrare, di organizzare la sua pastorale sociale dalla parte degli oppressi, che lottano per la loro liberazione. Ha progettato la sua teologia adatta alla sua pratica liberatoria e popolare. Ha i suoi profeti, confessori, teologi e teologhe, santi e molti martiri, tra cui l’arcivescovo di San Salvador Arnulfo Oscar Romero. Questo tipo di Chiesa è fondamentalmente composto da comunità ecclesiali di base, dove si vive la dimensione della comunione degli eguali, tutti i fratelli e le sorelle, con i loro coordinatori laici, uomini e donne, con i sacerdoti inseriti in mezzo alla gente e i vescovi, mai dando le spalle al popolo come autorità ecclesiastiche, ma insieme come pastori, con «odore di pecora» con la missione di essere «defensores et advocati pauperum», come si diceva nella Chiesa primitiva. Papi e autorità dottrinali vaticane hanno cercato di limitare e persino condannare un tale modo di essere Chiesa, spesso con l’argomento che non sono Chiesa perché non vedono in loro il carattere gerarchico e lo stile romanico. Questa minaccia è durata molti anni finché, finalmente, è emersa la figura di papa Francesco. Lui nasce dal brodo di questa nuova cultura ecclesiale ben espressa dall’opzione preferenziale, non esclusiva, per i poveri e dai vari filoni della teologia della liberazione che l’accompagna. Ha dato legittimità a questo modo di vivere la fede cristiana, soprattutto in situazioni di grande oppressione.

Ma ciò che scandalizza di più i cristiani tradizionalisti è il suo stile di esercitare il ministero dell’unità della Chiesa. Non appare più come il pontefice classico, vestito di simboli pagani, assunti dagli imperatori romani, in particolare la famosa “mozzetta”, quella piccola mantellina rossa piena di simboli del potere assoluto dell’imperatore e del papa. Francesco subito se n’è sbarazzato e ha indossato una “mozzetta” bianca, spoglia come quella del grande profeta del Brasile, Dom Helder Câmara, e con la sua croce di ferro senza gioielli. Ha rifiutato di abitare in un palazzo pontificio, quello che avrebbe fatto uscire San Francesco dalla tomba per condurlo dove ha scelto di vivere: in una semplice pensione, Santa Marta. E li [nella mensa] si mette in fila per servirsi da solo e mangia con tutti. Con umorismo possiamo dire: così è più difficile avvelenarlo. Non indossa Prada, ma le sue vecchie scarpe consumate. Nell’annuario pontificio in cui si usa un’intera pagina con i titoli onorifici dei Papi, egli semplicemente ha rinunciato a tutti loro, scrivendo solo Franciscus, pontifex. Ha detto chiaramente in uno dei suoi primi pronunciamenti che non presiederà la Chiesa con il diritto canonico, ma con amore e tenerezza. Innumerevoli volte ha ripetuto di volere una Chiesa povera e dei poveri.

Tutto il grande problema della Chiesa-grande-istituzione risiede, dagli imperatori Costantino e Teodosio, nell’assunzione del potere politico, trasformato nel potere sacro (sacra potestas). Questo processo  raggiunse il suo culmine con papa Gregorio VII (1075) con la sua bolla Dictatus Papae che ben tradotto è la “Dittatura del Papa”. Come dice il grande ecclesiologo Jean-Yves Congar, con questo Papa si consolidò la svolta più decisiva della Chiesa, che tanti problemi ha creato e da cui non si è mai più liberata: l’esercizio centralizzato, autoritario e persino dispotico del potere. Nelle 27 proposizioni della bolla, il Papa è considerato il signore assoluto della Chiesa, l’unico e supremo signore del mondo, divenendo la suprema autorità nel campo spirituale e temporale. Ciò non è mai stato cancellato.

Basta leggere il Canone 331 in cui si dice che “il Pastore della Chiesa universale ha la potestà ordinaria, suprema, piena, immediata e universale“. Qualcosa di inaudito: se cancelliamo il termine Pastore della Chiesa universale e inseriamo Dio la frase funziona perfettamente. Chi tra gli esseri umani, se non Dio, può attribuirsi una tale concentrazione di potere? Non è senza significato che nella storia dei Papi c’è stata una crescita del faraonismo del potere: da successori di Pietro, i Papi si sono creduti rappresentanti di Cristo. E come se non bastasse, rappresentanti di Dio, fino ad essere chiamati deus minor in terra. Qui si realizza l’hybris [l’arroganza] greca e ciò che Thomas Hobbes annota nel suo Leviatano: “Noto, come tendenza generale di tutti gli uomini, un desiderio perpetuo e irrequieto di potere e di più potere. La ragione di ciò risiede nel fatto che il potere non può essere garantito se non cercando ancora più potere”. Questa è stata la tragica traiettoria della Chiesa cattolica alle prese con il potere che persiste fino ai nostri giorni, fonte di polemiche con le altre Chiese cristiane e di estrema difficoltà nell’assumere i valori umanistici della modernità. Essa è lontana anni luce dalla visione di Gesù che voleva un potere-servizio (hierodulia) e non un potere-gerarchico (hierarquia).

Da tutto questo papa Francesco prende le distanze, cosa che suscita indignazione nei conservatori e anche nei reazionari, ben espressa nel libro di 45 autori dell’ottobre 2021: “Dalla pace di Benedetto alla guerra di Francesco” (From Benedict’s Peace to Francis’s War) a cura di Peter A Kwasnievskij. Noi replicheremmo così: “Dalla pace dei pedofili di Benedetto (coperti da lui) alla guerra contro i pedofili di Francesco (da lui condannati)”. È noto che il papa in pensione Benedetto XVI è stato indiziato come colpevole da un tribunale di Monaco per la sua clemenza nei confronti dei preti pedofili.

C’è un problema di geopolitica ecclesiastica: i tradizionalisti rifiutano un Papa che viene “dalla fine del mondo”, che porta al centro del potere vaticano un altro stile più vicino alla grotta di Betlemme rispetto ai palazzi degli imperatori. Se Gesù apparisse al Papa durante la sua passeggiata per i giardini vaticani, direbbe sicuramente: “Pietro, su queste pietre sontuose non edificherei mai la mia Chiesa”. Questa contraddizione è vissuta da papa Francesco avendo rinunciato alla sontuosità del palazzo e allo stile imperiale.

In effetti, c’è uno scontro di geopolitica religiosa tra il Centro, che ha perso la sua egemonia per numero e irradiazione, ma che conserva le abitudini dell’esercizio autoritario del potere, e la Periferia, numericamente maggioritaria tra i cattolici, con nuove chiese, con nuovi stili di vivere la fede e in dialogo permanente con il mondo, specialmente con i condannati della Terra, avendo sempre una parola da dire sulle ferite che sanguinano nel corpo del Crocifisso, presente nei poveri e oppressi.

Forse ciò che più infastidisce i cristiani ingessati nel passato è la visione della Chiesa vissuta dal Papa. Non una Chiesa-castello, chiusa in se stessa, nei suoi valori e dottrine, ma una Chiesa “ospedale da campo” sempre “in cammino verso le periferie esistenziali”. Essa accoglie tutti senza interrogarsi sul loro credo o sulla loro situazione morale. Basta che siano esseri umani in cerca del senso della vita e che soffrono per le avversità di questo mondo globalizzato, ingiusto, crudele e spietato. Condanna direttamente il sistema che dà centralità al denaro a spese delle vite umane e della natura. Ha realizzato diversi incontri mondiali con i movimenti popolari. Nell’ultimo, il quarto, ha detto esplicitamente: “Questo sistema (capitalista), con la sua logica implacabile, sfugge al dominio umano; bisogna lavorare per una maggiore giustizia e cancellare questo sistema di morte”. Nella Fratelli tutti lo condanna con forza.

È orientato da quello che è uno dei grandi apporti della teologia latinoamericana: la centralità del Gesù storico, povero, pieno di tenerezza verso i sofferenti, sempre dalla parte dei poveri e degli emarginati. Il Papa rispetta i dogmi e le dottrine, ma non è attraverso di loro che raggiunge il cuore delle persone. Per lui Gesù è venuto ad insegnarci come vivere: fiducia totale in Dio-Padre, vivere l’amore incondizionato, la solidarietà, la compassione per e con i caduti nelle strade, la cura per e con il Creato; beni che costituiscono il contenuto del messaggio centrale di Gesù: il Regno di Dio. Predica instancabilmente la misericordia sconfinata con cui Dio salva i suoi figli e figlie, perché Lui non può perdere nessuno di loro, frutto del suo amore, «perché è l’amante appassionato della vita» (Sap 11,24). Per questo afferma che «per quanto qualcuno sia ferito dal male, non è mai condannato su questa terra ad essere separato per sempre da Dio». In altre parole: la condanna è solo per questo tempo.

Invita tutti i pastori ad esercitare la pastorale della tenerezza e dell’amore incondizionato, formulata sinteticamente da un leader popolare di una comunità di base: “l’anima non ha confini, nessuna vita è straniera”. Come pochi al mondo, si è impegnato per gli immigrati provenienti dall’Africa e dal Medio Oriente e ora dall’Ucraina. Si rammarica del fatto che i moderni abbiano perso la capacità di piangere, di sentire il dolore dell’altro e, da buon samaritano, di soccorrerlo nel suo abbandono.

La sua opera più importante è stata la preoccupazione per il futuro della vita della Madre Terra. La Laudato Sì esprime il suo vero significato nel sottotitolo: “sulla cura della Casa Comune”. Non elabora un’ecologia verde, ma un’ecologia integrale che abbraccia l’ambiente, la società, la politica, la cultura, la vita quotidiana e il mondo dello spirito. Assume i contributi più sicuri delle scienze della Terra e della vita, in particolare della fisica quantistica e della nuova cosmologia, il fatto che tutto è connesso “ci unisce anche tra noi, con tenero affetto, al fratello sole, alla sorella luna, al fratello fiume e alla madre terra”, come lui dice poeticamente nella Laudato Sì. La categoria della cura e della corresponsabilità collettiva acquista così tanta centralità al punto di dire nella Fratelli tutti che “siamo sulla stessa barca: o ci salviamo tutti salvati o nessuno si salva”.

Noi latinoamericani gli siamo profondamente grati per aver convocato il Sinodo Querida Amazônia, per difendere questo immenso bioma di interesse per tutta la Terra e come la Chiesa si è incarnata in quella vasta regione che copre nove paesi.

I grandi nomi dell’ecologia mondiale hanno testimoniato: con questo suo contributo, Papa Francesco si pone in prima linea nel dibattito ecologico contemporaneo.

Quasi disperato ma ancora pieno di speranza, propone un cammino di salvezza: una fraternità universale e un amore sociale come assi strutturanti di una bio-società su cui rifondare la politica, l’economia e ogni sforzo umano. Non abbiamo molto tempo, né abbastanza saggezza accumulata, ma questo è il sogno e la vera alternativa per evitare un cammino senza ritorno.

Il Papa che cammina da solo in Piazza San Pietro sotto una pioggia leggera, in tempo di pandemia, rimarrà un’immagine immortale e un simbolo della sua missione di Pastore che si preoccupa e prega per il destino dell’umanità.

Forse una delle ultime frasi della Laudato Sì rivela tutto il suo ottimismo e la speranza contro ogni speranza: “Camminiamo cantando che le nostre lotte e la nostra preoccupazione per questo pianeta non ci tolgano l’allegria della speranza”.

Hanno bisogno di essere nemici della propria umanità, coloro che condannano impietosamente gli atteggiamenti così umanitari di Papa Francesco, in nome di una cristianità sterile, come un fossile del passato e un contenitore di acque morte. I feroci attacchi che rivolgono al Papa possono essere tutto, meno che cristiani e evangelici. Sono cismatici e heretici nel senso primitivo della parola, quelli che rompano l’unità della comunità eclesiale.

 Papa Francesco sopporta tutto, intriso dell’umiltà di San Francesco d’Assisi e dei valori del Gesù storico. Per questo egli merita bene il titolo di “un giusto tra le nazioni“.

Leonardo Boff è un teologo brasiliano e ha scritto Francisco de Assis e Francisco de Roma, Rio de Janeiro 2015.

(traduzione in italiano di Gianni Alioti)

Ataques despiadados contra el Papa Francisco, “justo entre las naciones”

Desde el principio de su pontificado hace nueve años, el Papa Francisco viene recibiendo furiosos ataques de cristianos tradicionalistas y supremacistas blancos casi todos del Norte del mundo, de Estados Unidos y de Europa. Hasta hicieron un complot, involucrando millones de dólares, para deponerlo, como si la Iglesia fuese una empresa y el Papa su CEO. Todo en vano. Él sigue su camino en el espíritu de las bienaventuranzas evangélicas de los perseguidos.

Las razones de esta persecución son varias: razones geopolíticas, disputa de poder, otra visión de Iglesia y el cuidado de la Casa Común.

Levanto mi voz en defensa del Papa Francisco desde la periferia del mundo, del Gran Sur. Comparemos los números: en Europa vive solo el 21,5% de los católicos, el 82% vive fuera de ella, el 48% en América. Somos, por lo tanto, amplia mayoría. Hasta mediados del siglo pasado la Iglesia Católica era del primer mundo. Ahora es una Iglesia del tercero y cuarto mundo, que, un día, tuvo origen en el primer mundo. Aquí surge una cuestión geopolítica. Los conservadores europeos, con excepción de notables organizaciones católicas de cooperación solidaria, alimentan un soberano desdén por el Sur, especialmente por América Latina.

La Iglesia-gran-institución fue aliada de la colonización, cómplice del genocidio indígena y participante en la esclavitud. Aquí fue implantada una Iglesia colonial, espejo de la Iglesia europea. Pero a lo largo de más de 500 años, no obstante la persistencia de la Iglesia espejo, ha habido una eclesiogénesis, la génesis de otro modo de ser iglesia, una iglesia, ya no espejo sino fuente: se encarnó en la cultura local indígena-negra-mestiza y de inmigrantes de pueblos venidos de 60 países diferentes. De esta amalgama, se gestó su estilo de adorar a Dios y de celebrar, de organizar su pastoral social al lado de los oprimidos que luchan por su liberación. Proyectó una teología adecuada a su práctica liberadora y popular. Tiene sus profetas, confesores, teólogos y teólogas, santos y santas, y muchos mártires, entre ellos el arzobispo de San Salvador, Oscar Arnulfo Romero. Este tipo de Iglesia está compuesta fundamentalmente de comunidades eclesiales de base, donde se vive la dimensión de comunión de iguales, todos hermanos y hermanas, con sus coordinadores laicos, hombres y mujeres, con sacerdotes insertados en medio del pueblo y obispos, nunca de espaldas al pueblo como autoridades eclesiásticas, sino como pastores a su lado, con “olor a ovejas”, con la misión de ser los “defensores et advocati pauperum” como se decía en la Iglesia primitiva. Papas y autoridades doctrinarias del Vaticano intentaron cercenar y hasta condenar tal modo de ser-Iglesia, no pocas veces con el argumento de que no son Iglesia por el hecho de no ver en ellas el carácter jerárquico y el estilo romano. Esa amenaza perduró durante muchos años hasta que, por fin, irrumpió la figura del Papa Francisco. Él vino del caldo de esta nueva cultura eclesial, bien expresada por la opción preferencial, no excluyente, por los pobres y por las distintas vertientes de la teología de la liberación que la acompaña. Él dio legitimidad a este modo de vivir la fe cristiana, especialmente en situaciones de gran opresión.

Pero lo que más está escandalizando a los cristianos tradicionalistas es su estilo de ejercer el ministerio de unidad de la Iglesia. Ya no sepresenta como el pontífice clásico, vestido con los símbolos paganos,tomados de los emperadores romanos, especialmente la famosa “mozzeta”, aquella capita banca llena de símbolos del poder absoluto del emperador y del papa. Francisco se libró rápidamente de ella y vistió una “mozzeta” blanca sencilla, como la del gran profeta de Brasil, dom Helder Câmara, y su cruz de hierro sin ninguna joya. Se negó a vivir en un palacio pontificio, lo cual habría hecho a san Francisco levantarse de la tumba para llevarlo adonde él escogió: en una simple casa de huéspedes, Santa Marta. Allí entra en la fila para servirse y come junto con todos. Con humor podemos decir que así es más difícil envenenarlo. No calza Prada, sino sus zapatones viejos y gastados. En el anuario pontificio en el que se usa una página entera con los títulos honoríficos de los Papas, él simplemente renunció a todos y escribió solamente Franciscus, pontifex. En uno de sus primeros pronunciamientos dijo claramente que no iba a presidir la Iglesia con el derecho canónico sino con el amor y la ternura. Un sinnúmero de veces ha repetido que quería una Iglesia pobre y de pobres.

Todo el gran problema de la Iglesia-gran-institución reside, desde los emperadores Constantino y Teodosio, en la asunción del poder político, transformado en poder sagrado (sacra potestas). Ese proceso llegó a su culminación con el Papa Gregorio VII (1075) con su bula Dictatus Papae, que bien traducida es la “Dictadura del Papa”. Como dice el gran eclesiólogo Jean-Yves Congar, con este Papa se consolidó el cambio más decisivo de la Iglesia que tantos problemas creó y del cual ya nunca se ha liberado: el ejercicio centralizado, autoritario y hasta despótico del poder. En las 27 proposiciones de la bula, el Papa es considerado el señor absoluto de la Iglesia, el señor único y supremo del mundo, volviéndose la autoridad suprema en el campo espiritual y temporal. Esto nunca ha sido desdicho. 

Basta leer el Canon 331 en el cual se dice que “el Pastor de la Iglesia universal tiene el poder ordinario, supremo, pleno, inmediato y universal”. Cosa inaudita: si tachamos el término Pastor de la Iglesia universal y ponemos Dios, funciona perfectamente. ¿Quién de los humanos sino Dios, puede atribuirse tal concentración de poder? No deja de ser significativo que en la historia de los Papas haya habido un crescendo en el faraonismo del poder: de sucesor de Pedro, los Papas pasaron a considerarse representantes de Cristo. Y como si no bastase, representantes de Dios, siendo incluso llamados deus minor in terra. Aquí se realiza la hybris griega y aquello que Thomas Hobbes constata en su Leviatán: «Señalo, como tendencia general de todos los hombres, un perpetuo e inquieto deseo de poder y más poder, que sólo cesa con la muerte. La razón de esto radica en el hecho de que no se puede garantizar el poder si no es buscando todavía más poder». Esta ha sido, pues, la trayectoria de la Iglesia Católica en relación con el poder, que persiste hasta el día de hoy, fuente de polémicas con las demás Iglesias cristianas y de extrema dificultad para asumir los valores humanísticos de la modernidad. Dista años luz de la visión de Jesús que quería un poder-servicio (hierodulia) y no un poder-jerárquico (hierarquia).

De todo eso se aleja el Papa Francisco, lo que causa indignación a los conservadores y reaccionarios, claramente expresado en el libro de 45 autores de octubre de 2021: De la paz de Benedicto a la guerra de Francisco (From Benedict’s Peace to Francis’s War) organizado por Peter A. Kwasniewski. Nosotros le daríamos la vuelta así: De la paz de los pedófilos de Benedicto (encubiertos por él) a la guerra a los pedófilos de Francisco (condenados por él). Es sabido que un tribunal de Múnich encontró indicios para incriminar al Papa Benedicto XVI porsu lenidad con curas pedófilos.

Existe un problema de geopolítica eclesiástica: los tradicionalistas rechazan a un Papa que viene “del fin del mundo”, que trae al centro de poder del Vaticano otro estilo, más próximo a la gruta de Belén que a los palacios de los emperadores. Si Jesús se apareciese al Papa en supaseo por los jardines del Vaticano, seguramente le diría: “Pedro, sobre estas piedras palaciegas jamás construiría mi Iglesia”. Esta contradicción es vivida por el Papa Francisco, pues renunció al estilo palaciego e imperial.

Hay, en efecto, un choque de geopolítica religiosa, entre el Centro, que perdió la hegemonía en número y en irradiación pero que conserva los hábitos de ejercicio autoritario del poder, y la Periferia, numéricamente mayoritaria de católicos, con iglesias nuevas, con nuevos estilos de vivencia de la fe y en permanente diálogo con el mundo, especialmente con los condenados de la Tierra, que tiene siempre una palabra que decir sobre las llagas que sangran en el cuerpo del Crucificado, presente en los empobrecidos y oprimidos.

Tal vez lo que más molesta a los cristianos anclados en el pasado es la visión de Iglesia vivida por el Papa. No una Iglesia-castillo, cerrada en sí misma, en sus valores y doctrinas, sino una Iglesia “hospital de campaña” siempre “en salida rumbo a las periferias existenciales”. Ella acoge a todos sin preguntar su credo o su situación moral. Basta que sean seres humanos en busca de sentido de la vida y sufridores de las adversidades de este mundo globalizado, injusto, cruel y sin piedad. Condena de forma directa el sistema que da centralidad al dinero a costa de vidas humanas y a costa de la naturaleza. Ha realizado varios encuentros mundiales con movimientos populares. En el último, el cuarto, dijo explícitamente: «Este sistema (capitalista), con su lógica implacable, escapa al dominio humano; es preciso trabajar por más justicia y cancelar este sistema de muerte». En la Fratelli tutti locondena de forma contundente.

Se orienta por aquello que es una de las grandes aportaciones de la teología latinoamericana: la centralidad del Jesús histórico, pobre, lleno de ternura con los que sufren, siempre al lado de los pobres y marginalizados. El Papa respeta los dogmas y las doctrinas, pero no es por ellas por donde llega al corazón de la gente. Para él, Jesús vino a enseñar a vivir: la confianza total en Dios-Abbá, a vivir el amor incondicional, la solidaridad, la compasión con los caídos en los caminos, el cuidado con lo Creado, bienes que constituyen el contenido del mensaje central de Jesús: el Reino de Dios. Predica incansablemente la misericordia ilimitada por la cual Dios salva a sus hijos e hijas, pues Él no puede perder a ninguno de ellos, frutos de su amor, “pues es el apasionado amante de la vida” (Sab 11,26). Por eso afirma que “por más que alguien esté herido por el mal, nunca está condenado sobre esta tierra a quedar para siempre separado de Dios”. En otras palabras: la condenación es solo para este tiempo.

Convoca a todos los pastores a ejercer la pastoral de la ternura y del amor incondicional, formulada resumidamente por un líder popular de una comunidad de base: ”el alma no tiene frontera, ninguna vida es extranjera”. Como pocos en el mundo, se ha comprometido con los emigrantes venidos de África y de Oriente Medio y ahora de Ucrania. Lamenta que los modernos hayamos perdido la capacidad de llorar, de sentir el dolor del otro y, como buen samaritano, de socorrerlo en su abandono.

Su obra más importante muestra la preocupación por el futuro de la vida de la Madre Tierra. La Laudato Sì expresa su verdadero sentido en el subtítulo: “sobre el cuidado de la Casa Común”. Elabora no una ecología verde, sino una ecología integral que abarca el ambiente, la sociedad, la política, la cultura, lo cotidiano y el mundo del espíritu. Asume las contribuciones más seguras de las ciencias de la Tierra y de la vida, especialmente de la física cuántica y de la nueva cosmología el hecho de que “todo está relacionado con todo y nos une con afecto al hermano Sol, a la hermana Luna, al hermano río y a la Madre Tierra” como dice poéticamente en la Laudato Sì. La categoría cuidado y corresponsabilidad colectiva adquieren completa centralidad hasta el punto de decir en la Fratelli tutti que «estamos en el mismo barco: o todos nos salvamos o nadie se salva».

Nosotros latinoamericanos le estamos profundamente agradecidos por haber convocado el Sínodo Querida Amazonia para defender ese inmenso bioma de interés para toda la Tierra y cómo la Iglesia se encarna en aquella vasta región que cubre nueve países.

Grandes nombres de la ecología mundial afirmaron: con esta contribución el Papa Francisco se pone a la cabeza de la discusión ecológica contemporánea.

Casi desesperado, pero aun así lleno de esperanza, propone un camino de salvación: la fraternidad universal y el amor social como los ejes estructuradores de una biosociedad en función de la cual están la política, la economía y todos los esfuerzos humanos. No tenemos mucho tiempo ni sabiduría suficientemente acumulada, pero este es el sueño y la alternativa real para evitar un camino sin retorno.

El Papa caminando solo por la plaza de San Pedro bajo una lluvia fina, en tiempos de la pandemia, quedará como una imagen indeleble y un símbolo de su misión de Pastor que se preocupa y reza por el destino de la humanidad.

Tal vez una de las frases finales de la Laudato Sì revela todo su optimismo y esperanza contra toda esperanza: «Caminemos cantando. Que nuestras luchas y nuestra preocupación por este planeta no nos quiten la alegría de la esperanza».

Tienen que ser enemigos de su propia humanidad quienes condenan inmisericordemente las actitudes tan humanitarias del Papa Francisco, en nombre de un cristianismo estéril, convertido en un fósil del pasado, en un recipiente de aguas muertas. Los ataques feroces que le hacen pueden ser todo menos cristianos y evangélicos. El Papa Francisco losoporta imbuido de la humildad de San Francisco de Asís y de los valores del Jesús histórico. Por eso él bien merece el título de “justo entre las naciones”.

*Leonardo Boff es un teólogo brasilero y ha escrito Francisco de Asís y Francisco de Roma, Rio de Janeiro 2015.

Traducción de Mª José Gavito Milano