El porqué de la violencia en el ser humano y en la sociedad

Vivimos a nivel nacional y mundial situaciones de violencia que desafían nuestro entendimiento. No solo de seres humanos contra otros seres humanos, especialmente en el Norte de África, en Sudán y en Oriente Medio, sino también contra la naturaleza y la Madre Tierra. El Papa Francisco en su encíclica ecológica, Cuidando la Casa Común, llega a afirmar que «nunca hemos maltratado y herido tanto nuestra Casa Común como en los dos últimos siglos» (n.53). No sin razón se está imponiendo la idea de que hemos inaugurado una nueva era geológica, el antropoceno, según el cual el gran meteoro rasante amenazador de la vida en el planeta es el mismo ser humano, que se ha vuelto el Satán de la Tierra a pesar de haber sido llamado a ser el cuidador del Jardín del Edén.

La existencia de la violencia, que no es raro encontrar bajo la forma de aterradora crueldad, representa un desafío para el entendimiento. Teólogos, filósofos, científicos y sábios no han encontrado hasta hoy una respuesta convincente.

Quiero presentar sumariamente la propuesta de un notable pensador francés que vivió muchos años en Estados Unidos y falleció en 2015: René Girard (1923-2015). Apreciaba mis textos y la Teología de la Liberación hasta el punto de organizar él mismo un encuentro en Piracicaba-SP (25-29 de junio de 1990) con varios teólogos y teólogas, pues veía en los propósitos de este tipo de teología la posibilidad de superación de la lógica de la violencia.

De su vasta obra destaco dos principales: “Lo sagrado y la violencia” (Rio 1990) y “Cosas escondidas desde el principio del mundo”(Rio 2005). ¿Cuál es la singularidad de Girard? Él parte de la tradición filosófico-psicoanalítica que afirma que el deseo es una de las fuerzas más estructuradoras del ser humano. Somos seres de deseo. Este no conoce límites y desea la totalidad de los objetos. Por ser indeterminado, el ser humano no sabe cómo desear. Aprende a desear, imitando el deseo de los otros (“deseo mimético” en el lenguage de Girard).

Eso se ve claro en los niños. Por muchos juguetes que tenga un niño, lo que más quiere es el juguete de otro niño. Y ahí surge la rivalidad entre ellos. Uno quiere el juguete solo para él excluyendo al otro. Si otros niños entran en esse mimetismo, entonces se origina un conflicto de todos contra todos.

Ese mecanismo, afirma Girard, es paradigmático de toda sociedad. La situación de rivalidad-exclusión se supera cuando todos se unen contra uno, haciéndolo chivo expiatorio. Se le culpa de querer el objeto solo para si. Al unirse contra él, olvidan la violencia entre ellos y conviven con un mínimo de paz.

En efecto, las sociedades viven creando chivos expiatorios. Los culpables son siempre los otros: el Estado, el PT, los políticos, la polícia, los corruptos, los pobres etcétera. Es importante no olvidar que el chivo expiatorio solamente oculta la violencia social, ya que todos continúan rivalizando entre sí. Por eso, la sociedad goza de un equilibrio frágil. Cada cierto tiempo, con o sin chivo expiatorio explícito, la violencia se manifiesta especialmente en aquellos que se sienten perjudicados y buscan compensaciones.

Lo expresó bien Rubem Fonseca en su libro El Cobrador. Un joven de clase media empobrecida, empujado por las circunstancias practica actos ilícitos. Se siente robado por la sociedad dominante y confiesa: «Me están debiendo colegio… sándwich de mortadela en el bar, sorbete, pelota de futbol… me están debiendo una chica de veinte años, llena de dientes y perfume. Siempre tuve una misión y no lo sabía. Ahora sé… sé que si todo jodido hiciese como yo, el mundo sería mejor y más justo».

Aquí se busca una solución individual a un problema social. En la medida en que permanece individual no da mucho miedo. Por el contrario, los principales causantes de la violencia estrutural son las clases dominantes que acumulan para sí a costa del empobrecimiento de los otros. Cuanto más duramente se aplican las leyes contra los empobrecidos, más seguras se sienten. De esta manera consiguen ocultar el hecho de que son ellas las principales causantes de la situación de violencia permanente que el empobrecimiento implica.

Y todavía más, vivimos en un tipo de sociedad cuyo eje estructurador es la magnificación del consumo individualista. La publicidad enfatiza que alguien es más alguien cuando consume un producto exclusivo que los demás no tienen. Se suscita un deseo mimético de apoderarse del bien del otro. Esta lógica perpetúa la violencia.

Pero el deseo no es sólo competitivo, dice Girard. Puede ser cooperativo y unirse todos para compartir el mismo objeto. De competidores pasan a ser aliados. Tal propósito genera otro tipo de sociedad, más cooperativa que competitiva y una democracia participativa. Aqui Girard veía el sentido político de la Teología de la Liberación porque propone una educación que no imita al opresor, sino que se hace libre y enseña a no crear chivos expiatorios y a asumir la tarea de construcción de una sociedad más igualitaria, solidaria y justa. Entonces sí habrá más paz que violencia.

*Leonardo Boff es teólogo, filósofo, autor de La violencia de la sociedad capitalista y del mercado mundial y articulista del JB online.

Traducción de Mª José Gavito Milano

 

La forza politica della speranza nell’attuale congiuntura

Tempi di sprotezione sociale. C’è stata una specie di terremoto, provocato, questa volta non dalla natura ma proprio dalla politica.
C’è stato un golpe di classe degli arricchiti che vedevano i loro privilegi intaccati dalle migliorie introdotte dalle politiche sociali dei governi del PT che avevano permesso agli esclusi di occupare posti a loro prima interdetti.
Per questo hanno usato il Parlamento, come i militari nel 1964.
La destituzione della Presidentessa Dilma, eletta democraticamente, è servita ai progetti di queste élites economiche (0,05% della popolazione, secondo i dati IPEA) implicava l’occupazione degli organi dello Stato e così garantiva il loro status storico sociale fatto sulla base di privilegi e compromessi. Sdoganata lo corruzione, non avevano più scrupoli a modificare la Costituzione e a introdurre riforme che hanno strappato ai lavoratori i loro diritti e hanno cambiato radicalmente i benefici della Previdenza.
La corruzione in un primo momento scoperta dallo spionaggio statunitense e perfezionata dal nostro sistema giuridico ha permesso di istituire un processo giudiziale identificato col nome di Lava Jato. Così si è scoperta una trama inimmaginabile di corruzione che attraversa tutte le grandi imprese, dalle statali a quelle private, fondi e altri¡ organi nella logica del patrimonialismo. La corruzione identificata è stata di tal ordine da scandalizzare il mondo. E’ arrivata a trascinare al fallimento Stati come Rio de Janeiro.
Io stesso con molti altri, dal mese di dicembre del 2016 non stiamo ricevendo le nostre spettanze di professori universitari in attività o in pensione.
La conseguenza è la rovina politica, giuridica e istituzionale. E’ ingannevole dire che le istituzioni funzionano. Sono tutte contaminate dalla corruzione. La giustizia è vergognosamente parziale specialmente il giustiziere Sergio Moro e buona parte del Pubblico Ministero, appoggiati da una stampa reazionaria con zero obblighi verso la verità. Questa giustizia rivela senza imbarazzo una furia incontrollabile di persecuzione nei riguardi del’ex Presidente Lula e del suo partito, il PT, il maggiore del paese. Il vero obiettivo è la volontà di fiaccare la sua incontestabile leadership, macchiare la sua biografia e in ogni modo impedire che si ricandidi. Si vuole spremere forzosamente una condanna, fondata più su opinioni che su prove concrete, il che impedirebbe la sua candidatura che gode della preferenza della maggioranza.
La conseguenza è un sofferto vuoto di speranza. Ma è necessario riscattare il carattere politico-trasformatore della speranza. Ernst Bloch, il grande pensatore della speranza parla del principio-speranza che è più della virtù comune della speranza. E’ quell’impulso che ci abita, che sempre ci tiene in movimento, che progetta sogni e utopie e dai suoi fallimenti sa distillare motivi di resistenza e di lotta.
A sant’Agostino che è forse il maggior pensatore cristiano, grande creatore di slogan dobbiamo questa sentenza: “La speranza ha due care figlie: l’indignazione e il coraggio: l’indignazione c’insegna a rifiutare le cose come stanno; il coraggio c’insegna a cambiarle”.
In questo momento dobbiamo evocare, in primo luogo la figlia-indignazione contro quello che il governo Temer sta perpetrando in modo criminale contro il popolo, contro gl’indigeni, contro i lavoratori della terra, contro le donne, contro gli anziani, privandoli dei loro diritti, ributtando indietro milioni che dalla povertà stanno scivolando nella miseria. E non sfugge a questo, processo la sovranità nazionale, visto che il governo Temer permette di vendere a stranieri terre nazionali.
Se il governo offende il popolo, questo ha il diritto di evocare la figlia-indignazione e non dargli tregua, ma nelle strade e nelle piazze esigere che se ne vada a casa,visto che è accusato di crimini di corruzione e frutto di un golpe e pertanto mancante di legittimità.
La figlia-coraggio si mostra nella volontà di cambiamento, nonostante gli scontri che potranno essere pericolosi. E’ lei che ci mantiene su di giri, ci sostiene nella, lotta e può condurci alla vittoria.
Dobbiamo seguire il consiglio di don Chisciotte: “no hay que aceptar las derrotas sin antes dar todas las batallas”.
C’è un dato di cui bisogna tener conto sempre: la realtà non è soltanto ciò che sta a portata di mano come fatto. Il reale è più che il fattuale. Il reale nasconde in sé delle virtualità e possibilità nascoste che possono essere tirate fuori, per farne fatti nuovi.
Una di queste possibilità è evocare il primo articolo della Costituzione che recita: “Ogni potere emana dal popolo”. Governanti e politici sono soltanto delegati del popolo. Quando questi tradiscono, non rappresentano più gl’interessi generali, ma quelli delle imprese che finanziano la loro elezione. Il popolo ha diritto di allontanarli dal potere mediante elezioni dirette subito.
“Via Temer, elezioni dirette subito”, non è uno slogan di gruppettari, ma di grandi moltitudini. La figlia-coraggio deve esigere per diritto questa opzione, l’unica che può garantire autorità e credibilità a un governo, capace di tirarci fuori da questa crisi.
Le due figlie della speranza potranno utilizzare come propria questa frase di Camus: “Nel pieno dell’inverno ho imparato che dentro di me abita una primavera invincibile”.

Traduzione di Romano Baraglia e Lidia Arato

O porquê da violência no ser humano e na sociedade

 Vivemos no nível nacional e mundial situações de violência que desafiam nosso entendimento. Não apenas de seres humanos contra outros seres humanos, especialmente no Norte da África, no Sudão, no Oriente Médio e entre nós mas também contra a natureza e a Mãe Terra. O Papa Francisco em sua encíclica ecológica Sobre o Cuidado da Casa Comum escreveu acertadamente:”Nunca maltratamos e ferimos a nossa Casa Comum como nos últimos dois séculos”(n.53). Não sem razão que está se impondo a ideia de que inauguramos uma nova era geológica, o antropoceno segundo o qual o grande meteoro rasante ameaçador da vida no planeta é o próprio ser humano. Ele se fez o Satã da Terra quando foi chamado a ser o anjo bom e cuidador do Jardim do Éden.

A existência da violência, não raro sob forma de aterradora crueldade, representa um desafio para o entendimento. Teólogos, filósofos, cientistas e sábios não encontraram até hoje uma resposta convincente.

Quero apresentar, sumariamente, a proposta de notável pensador francês que viveu muitos anos nos EUA e que faleceu em 2015: René Girard (1923-2015). Apreciava meus textos e a Teologia da Libertação em geral a ponto de ele mesmo ter organizado em Piracicaba-SP um encontro (25-29 de junho de 1990) com vários teólogos e teólogas, pois via nos propósitos deste tipo de teologia a possibilidade da superação da lógica da violência.

De sua vasta obra destaco duas principais: “O sagrado e a violência” (Rio 1990) e “Coisas escondidas desde o princípio do mundo”(Rio 2005). Qual é a singularidade de Girard? Ele parte da tradição filosófico-psicanalítica que afirma ser o desejo uma das forças estruturantes do ser humano. Somos seres de desejo. Este não conhece limites e deseja a totalidade dos objetos. Por ser o desejo indeterminado, o ser humano não sabe como desejar. Aprende a desejar, imitando o desejo dos outros (“desejo mimético” na linguagem de Girard).

Isso se vê claro na criança. Não obstante os muitos brinquedos que possui, o que mais ela quer, é o brinquedo da outra criança. E aí surge a rivalidade entre elas. Uma quer o brinquedo só para si, excluindo a outra. Se outras crianças entrarem nesse mimetismo, origina-se um conflito de todos contra todos.

Esse mecanismo, afirma Girard, é paradigmático para toda a sociedade. Supera-se a situação de rivalidade-exclusão, quando todos se unem contra um, fazendo-o bode expiatório. Ele é feito culpado de querer só para si o objeto. Ao se unirem contra ele, esquecem a violência entre eles e convivem com um mínimo de paz.

Com efeito, as sociedades vivem criando bodes expiatórios. Culpados são sempre os outros: o Estado, o PT, os políticos, a polícia, os corruptos, os pobres e por ai vai. Importa não esquecer que o bode expiatório apenas oculta a violência social, pois todos continuam rivalizando entre si. Por isso, a sociedade goza de um equilíbrio frágil. De tempos em tempos, com ou sem sem bode expiatório explícito, a violência se manifesta especialmente naqueles que se sentem prejudicados e buscam compensações.

Bem o expressou Rubem Fonseca em seu livro “O Cobrador”. Um jovem de classe média empobrecida, por força das circunstâncias, pratica atos ilícitos. Sente-se roubado pela sociedade dominante e confessa: “Estão me devendo colégio…sanduíche de mortadela no botequim, sorvete, bola de futebol…estão me devendo uma garota de vinte anos, cheia de dentes e perfume. Sempre tive uma missão e não sabia. Agora sei… sei que se todo fodido fiezesse como eu o mundo seria melhor e mais justo”.

Aqui busca-se uma solução individual para um problema social. Na medida em que permanece individual não causa grande problema. Pelo contrário, os causadores principais da violência estrutural  são as classes dominantes que acumulam para si à custa do empobrecimento dos outros. Quanto mais duramente se aplicam as leis contra os empobrecidos mais seguras se sentem. Destarte, conseguem ocultar o fato de serem  elas as principais causadoras de uma situação permanente de violência que o empobrecimento implica.

Mais ainda, vivemos num tipo de sociedade cujo eixo estruturador é a magnificação do consumo individualista. A publicidade enfatiza que alguém é mais alguém quando consome um produto exclusivo que os outros não têm. Suscita-se um desejo mimético de se apossar do bem do outro.  Esta lógica perpetua a violência.

Mas o desejo não é só concorrencial, diz Girard. Ele pode ser cooperativo. Todos se unem para compartilhar do mesmo objeto. De concorrentes se fazem aliados. Tal propósito gera uma sociedade mais cooperativa que competitiva e uma democracia participativa. Aqui Girard via o sentido político da Teologia da Libertação porque propõe uma educação que não imita o oppressor, mas se faz livre e ensina a não criar bodes expiatórios mas a assumir a tarefa de construir uma sociedade mais igualitária e  inclusiva. Então sim haverá mais paz que violência.

Leonardo Boff é teólogo, filósofo e autor de “A violência da sociedade capitalista e do mercado mundial” e articulista do JB on line

Francesco e i suoi nemici-o Papa Francisco e seus inimigos

A revista MicroMega é um dos principais veículos intalianos do novo pensamento filosófico e político que se propõe discutir as questões atuais num claro enfrentamento com o pensamento único. Dei uma entrevita a uma conhecida jornalista Claudia Fanti, especializada em teologia e religião com particular atenção à América Latina e à África. Atua no semanário Adista, conhecido mundialmente por tratar de forma sistemática os temas religiosos, culturais e políticos atinentes às  Igrejas. Reproduzo a entrevista no nº3/2017 pp.93-204. Lboff

 

************************

A Wojtyła e Ratzinger rimprovera di aver concepito la Chiesa come una fortezza assediata da ogni lato da nemici da combattere, nonché di aver formato tre generazioni di vescovi, preti e cristiani più preoccupati della dottrina e della sontuosità delle liturgie che del destino di milioni di vittime dell’ingiustizia sociale. Ma l’arrivo sul soglio pontificio di papa Francesco – nonostante tutti quelli che remano contro – ha rappresentato una totale inversione di rotta. Perché per il teologo brasiliano, tra i principali esponenti della teologia della liberazione, Francesco è espressione di un altro progetto di Chiesa e di mondo. Una Chiesa che è casa aperta a tutti e che, in nome degli sfruttati, denuncia le cause del loro sfruttamento.

LEONARDO BOFF

in conversazione con

CLAUDIA FANTI

Molta acqua è passata sotto i ponti da quando Leonardo Boff, padre fondatore della teologia della liberazione e massimo esponente dell’eco- teologia, fu costretto a sedersi, nel 1984, nel posto che fu di Galileo, in quel Sant’Uffizio che oggi prende il nome di Congregazione per la dot- trina della fede, laddove, dopo essere state torturate, le vittime subivano

1 93

MicroMega

il pesante interrogatorio degli inquisitori. Processato da una commissio- ne presieduta dall’allora cardinale Ratzinger per le presunte tesi marxiste contenute nel suo libro Chiesa: carisma e potere 1, Boff era stato allora punito con l’obbligo del silenzio ossequioso, finché, nel 1986, a causa delle pressioni internazionali, la sanzione non era stata parzial- mente revocata. Ma non era, purtroppo, finita lì. Nel 1992, nel momento in cui Giovanni Paolo II lo aveva minacciato di ulteriori provvedimenti disciplinari nel caso avesse preso parte al Summit della Terra, Boff ave- va abbandonato l’Ordine dei francescani e rinunciato al sacerdozio, continuando però infaticabilmente a svolgere la sua attività di teologo della liberazione, scrittore e docente. Insignito nel 2001 del premio Right Livelihood Award, meglio noto come Premio Nobel Alternativo, «per le sue intuizioni ispiratrici sul connubio tra spiritualità umana, giustizia sociale e cura dell’ambiente e per il suo decennale impegno per la causa dei poveri e degli esclusi», il teologo brasiliano ha ottenuto di fatto la sua riabilitazione all’interno della Chiesa grazie a papa Francesco, il quale ha richiesto anche il suo aiuto per elaborare l’enciclica Laudato si’, fino a citare, nel documento, il titolo di uno dei suoi libri più noti, Grido della terra, grido dei poveri 2.

***

Hai riconosciuto a papa Francesco il merito di aver trasformato in un patrimonio comune della Chiesa quella teologia della liberazione che, tra persecuzioni e martirî, è stata tante volte data per moribonda (da chi, ovviamente, fremeva per seppellirla). Cos’è che distingue il suo pro- getto di Chiesa rispetto a quello dei suoi predecessori?

Papa Francesco è frutto del brodo di coltura ecclesiale del Conci- lio Vaticano II (1962-1965) e principalmente della sua innovativa ricezione in America Latina, il cui inizio risale alla riunione del Consiglio episcopale latinoamericano (Celam) svoltasi nel 1968 a Medellín, in Colombia. È in questa storica assemblea generale dell’episcopato dell’America Latina, infatti, che i vescovi assunse- ro ufficialmente la tematica della liberazione come alternativa allo sviluppo, inteso, quest’ultimo, come «sviluppo del sottosviluppo». È a partire da qui che prende avvio la teologia della liberazione, il cui marchio di fabbrica è rappresentato dall’opzione per i poveri, contro la povertà e a favore di una liberazione che derivi dalla

1 L. Boff, Chiesa: carisma e potere, Edizioni Borla, Roma 1984. Tutte le note sono redazionali.
2 L. Boff, Grido della terra, grido dei poveri. Per una ecologia cosmica, Cittadella Editrice, Assisi 1996.

194

giustizia sociale. Se mancasse tale opzione, infatti, non potrebbe mai esistere una teologia della liberazione. Così come non potrebbe mai esserci un’autentica liberazione se non fossero i poveri stessi, intesi come oppressi, ad assumere nella loro prassi il ruolo di protagonisti. Perché non ci sono dubbi che la Chiesa, i preti, i religiosi, le religiose e i teologi non sono nulla di più che alleati passati per una porta secondaria.

I due papi precedenti, Giovanni Paolo II e Benedetto XVI, sotto cui questa teologia ha sofferto ripetuti attacchi, intendevano la Chiesa come una nave ancorata tranquillamente nel porto, al riparo da ogni pericolo. Il fatto, però, è che una nave non viene costruita per- ché se ne resti sicura in porto, ma affinché solchi gli oceani, sfidan- do le onde più alte. Ed è anche quello che pensa Francesco, vesco- vo di Roma e papa, il quale intende appunto la Chiesa come una nave in mezzo all’oceano, esposta alla violenza dei flutti. Di modo che non chiede a Dio: «Signore, liberaci da onde paurose». Bensì: «Dacci il coraggio di essere più forti di queste».

Per usare un’altra metafora, la Chiesa dei due papi precedenti era come una fortezza circondata da alte mura e assediata da ogni lato da nemici da combattere e da cui difendersi. Una Chiesa in guer- ra con la modernità, con le sue nuove modalità di essere nel mon- do. Una Chiesa, insomma, tutta rivolta al suo interno. Per Bergo- glio, invece, la Chiesa deve essere una casa aperta a tutti. Ancora meglio, deve essere un ospedale da campo in grado di accogliere tutti i feriti, nel corpo e nell’anima, poco importa se musulmani, atei o cristiani. Si tratta di una Chiesa rivolta verso il mondo e verso i molti altri, particolarmente i più vulnerabili. La prima, la Chiesa di papa Wojtyła e di papa Ratzinger, è simile alla Chiesa giudaico-cristiana di Pietro, che ancora non si era liberata dai le- gacci del giudaismo. La seconda, quella di Bergoglio, è la Chiesa di Paolo inviato «ad gentes». Il primo modello può difficilmente risultare significativo per gli uomini e le donne contemporanei che non si sentono compresi dalla Chiesa; il secondo, al contrario, è universale ed ecumemico e può essere apprezzato non solo dai cristiani ma anche dai non cristiani.

A più di 45 anni dalla sua nascita, la teologia della liberazione ha an-cora qualcosa da dire? Incompresa, diffamata, perseguitata e condan- nata dai poteri di questo mondo, cosa ha conservato delle intuizioni originarie e in cosa è cambiata?

La Chiesa si è sempre mostrata preoccupata nei riguardi dei pove- ri. Ma lo ha fatto all’interno di una strategia che consideriamo

195

sbagliata, in quanto ha operato per i poveri, ma raramente con i poveri e mai a partire dai poveri. Ha guardato ai poveri, insomma, con lo sguardo dei ricchi. Per questo, ciò a cui si è assistito è stato un forte assistenzialismo e un forte paternalismo. Chi ha deve aiutare chi non ha. È una strategia che ha mantenuto i poveri sempre dipendenti. La teologia della liberazione, invece, ha segui- to un’altra visione e un’altra strategia. Il povero non è mai soltan- to povero. Ma ha una sua cultura e, organizzato e unito ad altri poveri, rappresenta una forza storica in grado di modificare le relazioni sociali. La teologia della liberazione parte, insomma, dal valore del povero. Per questo assume la strategia di lavorare con i poveri e a partire dai poveri. Non ci sarà mai, infatti, una libera- zione per i poveri senza i poveri. Devono essere loro i soggetti della propria liberazione. Mai nella storia della Chiesa i poveri hanno avuto tanta centralità. E questo è il merito della teologia della liberazione.

A partire dagli anni Ottanta del secolo scorso, poi, è apparso chia- ro a molti teologi che la stessa logica che sfrutta l’operaio, le clas- si sociali, le minoranze etniche, calpesta anche la natura e tutto il pianeta Terra. Gridano gli alberi, gridano gli animali, gridano le acque, grida l’intero pianeta sotto l’oppressione di quel processo di industrializzazione che porta a esaurimento i limitati beni e servizi della natura in funzione di un progetto di accumulazione illimitata. Un pianeta limitato come è la Terra non può sostenere un progetto illimitato.

Allora, fintantoché ci saranno poveri che gridano, fintantoché la Terra sarà sistematicamente aggredita, ci saranno cristiani in gra- do di indignarsi, di commuoversi e di schierarsi dalla parte degli oppressi e della Madre Terra devastata. Cristiani che daranno inizio a pratiche di liberazione insieme con gli oppressi ed elabo- reranno una riflessione a partire da tale prassi. Una riflessione che si chiamerà teologia della liberazione. E che, oggi, è diventata un patrimonio della Chiesa universale, la quale si è risvegliata alla responsabilità della salvaguardia di tutto il creato. Una coscienza liberatrice, questa, che si mostra viva e attiva sotto il pontificato di papa Francesco, il quale viene da un tipo di teologia della libera- zione che è stato elaborato in Argentina e che si configura come teologia del popolo oppresso e della negazione della sua cultura. Non dobbiamo mai dimenticare che siamo eredi di un prigioniero politico, perseguitato, catturato, torturato e crocifisso fuori dalla città: Gesù di Nazaret. È lui che ci ha lasciato in eredità il sogno di una liberazione totale, tale da includere la stessa creazione. È

196

lui il massimo riferimento della teologia della liberazione. Marx non è mai stato il padre o il padrino di questa teologia. E questo sta risultando chiaro persino in Vaticano, se consideriamo il libro che il prefetto della Congregazione per la dottrina della fede Gerhard Ludwig Müller ha scritto insieme a Gustavo Gutiérrez con il significativo titolo Dalla parte dei poveri. Teologia della libe- razione, teologia della Chiesa 3. Ma bisogna essere chiari: ciò che è importante non è la teologia ma la liberazione concreta degli op- pressi. È la liberazione intesa come un bene del Regno di Dio, il grande sogno del Gesù storico, non la riflessione su questa libera- zione che prende il nome di teologia.

Affiorano in ogni parte del corpo ecclesiale le speranze di una riforma strutturale della Chiesa, riemergendo dal panorama di desolazione la- sciato, come sottolinei tu, dai pontificati di Giovanni Paolo II e di Bene- detto XVI, da quel «ritorno alla grande disciplina» che ha richiuso vio- lentemente le finestre aperte dal Concilio. Non ti sembra però che la di- scontinuità espressa da papa Bergoglio si situi su un piano più simbolico che dottrinario? E, soprattutto, basterà che il papa sia diverso, per rendere diversa la Chiesa?

Non sono le dottrine a occupare il centro delle preoccupazioni del vescovo di Roma in quanto, dal punto di vista teologico, le dottri- ne, in sé, non salvano nessuno. Ciò che salva, come insegnano i Concili, è «la fede informata dall’amore». Una fede senza amore persino i demoni ce l’hanno. Quello che non hanno è l’amore. Chi ha l’amore, ha tutto. Per il vescovo di Roma, la cosa importante è l’incontro con il Cristo vivente e con la sua prassi di amore e di misericordia, di accoglienza verso ogni genere di persone. France- sco recupera così la «tradizione del Gesù storico», che viene prima dell’elaborazione dei Vangeli con le loro varie teologie soggiacen- ti. Così, le categorie della «misericordia», della «gioia», della «belezza», della «cura», della «tenerezza» assumono un’importanza fondamentale. Non è un caso che egli abbia diverse volte invitato a compiere «la rivoluzione della tenerezza». Ed essendo un grande lettore di Fëdor Dostoevskij, sicuramente sarà rimasto colpito dalla celeberrima frase del principe Myškin nell’Idiota: «La bellezza salverà il mondo».

Poiché la struttura della Chiesa è segnata dalla «cefalizzazione», nel senso che tutto è concentrato nel vertice, che è il papa, se questo

3 G. Gutiérrez, G.L. Müller, Dalla parte dei poveri. Teologia della liberazione, teo- logia della Chiesa, Emi, Bologna 2013.

197

vertice muta, molte cose sono destinate a cambiare nella Chiesa. Ciò viene percepito in maniera chiara in riferimento ai due papi precedenti, conservatori e dottrinari. È sul loro pontificato che ri- cade la responsabilità della formazione di tre generazioni di vescovi, preti e cristiani che si caratterizzano per la preoccupazione per la dottrina e per la sontuosità delle liturgie, espressione di un cristia- nesimo devozionale e poco attento al destino di milioni e milioni di vittime dell’ingiustizia sociale a livello mondiale. Espressione di una Chiesa, cioè, che non ama parlare dei poveri e della loro liberazione. Papa Francesco, al contrario, rappresentando un diverso tipo vertice, caratterizzato dall’apertura, dalla delicatezza e dal buon umore, sta cambiando l’immagine della Chiesa: una Chiesa vicina al popolo e ai poveri, amorevole, «con l’odore delle pecore». Ma si tratta di un cambiamento per nulla facile dopo tanti anni di assimi- lazione del cristianesimo, ancorato al passato e per nulla contempo- raneo, dei due papi precedenti.

Questo tuttavia dobbiamo riconoscerlo: Francesco è più che un nome. È espressione di un altro progetto di Chiesa e di mondo. Di una Chiesa che, in nome degli sfruttati, denuncia la causa del loro sfruttamento: il sistema che accumula illimitatamente e adora il denaro. Il papa non parla esplicitamente di capitalismo, ma è evi- dente che si riferisce ad esso. Al punto che, lo scorso luglio, du- rante il volo di ritorno dalla Polonia, in occasione della XXXI Giornata mondiale della gioventù, è arrivato a dire, a proposito di terrorismo, che il nemico della vita, il vero terrorismo contro l’u- manità, è dato proprio da questo sistema di accumulazione. E, cosa inedita nella storia del pontificato, per tre volte (due in Vati- cano e una a Santa Cruz de la Sierra in Bolivia) ha convocato i rappresentanti dei movimenti popolari mondiali, per ascoltare dalla loro bocca quali sofferenze vengono loro inflitte e chi sono coloro che le provocano. Si tratta, insomma, di una Chiesa profe- tica che denuncia l’iniquità sociale del mondo di oggi e conferisce centralità alle vittime. Decidendo di alloggiare non nei palazzi pontifici ma alla Casa di Santa Marta e scegliendo di non indossa- re la mozzetta, la mantellina corta che è il simbolo pagano e impe- riale del potere assoluto, Bergoglio esprime una Chiesa spogliata, secondo lo stile del suo patrono, il «poverello» di Assisi, sicura- mente convinto che Cristo non costruirebbe mai la sua Chiesa sulle pietre dei palazzi del Vaticano. E se tornasse a Roma andreb- be certamente ad abitare nelle borgate della periferia.

Quanto al suo progetto di mondo, papa Francesco è colui che maggiormente esorta al dialogo, all’incontro e alla cultura della

198

pace e che denuncia con durezza le guerre attuali, da lui conside- rate come l’inizio di una terza guerra mondiale che si combatte a pezzetti. E la sua enciclica Laudato si’ indica come la sua preoccu- pazione principale non sia quella per il destino del cristianesimo, ma quella per l’umanità e la Casa comune. Che è il motivo per cui è rivolta a tutti gli esseri umani e non solo ai cristiani.

La questione che gli sta a cuore è la seguente: come possono il cristianesimo e le Chiese contribuire a salvare la vita e a garantire un futuro di speranza alla nostra civiltà? D’altra parte, bisogna ri- conoscere che nessuna riforma nella Chiesa è possibile se non si comincia dal suo vertice, che è il papa. La riforma è cominciata e
sono sicuro che arriverà al corpo della Chiesa, il vecchio sogno dei riformatori, i quali chiedevano una riforma «in capite et in membris». E dico questo perché ritengo che il vescovo di Roma, Francesco, darà avvio a una nuova genealogia di papi provenienti dalla periferia, dall’Africa, dall’Asia e dall’America Latina, dove vive la maggioranza dei cattolici. La vecchia cristianità europea concentra appena il 25 per cento dei cattolici e oso dire che non possiede più 1 una vitalità che possa consentirle di rappresentare il messaggio di Cristo in un mondo totalmente cambiato, immerso in un processo 9 di «pianetizzazione», e destinato a essere percepito come l’unica
Casa comune, la Terra, sovrasfruttata e ferita. Le Chiese nuove affondano le loro radici nelle culture locali, dialogano con le altre 9 religioni, elaborano le proprie liturgie e i propri modi di fare teologia in dialogo con le sfide legate all’ambiente.

Come interpreti la dura opposizione di alcuni settori al pontificato di Francesco? Una ribellione contro il papa come quella dei quattro cardi- nali guidati da Raymond Leo Burke appare come un fatto quantomeno insolito nella storia della Chiesa 4. Che conseguenze può avere il fatto che un papa venga addirittura accusato di incorrere in errori teologici? Questa opposizione al vescovo di Roma, Francesco, rivela qualco- sa di positivo: le esigenze di riforma connesse a stili di vita più evangelici, più semplici e vicini ai fedeli, danno fastidio a quei gruppi conservatori che sono ostaggio di una Chiesa di prìncipi e di abitudini medievali. Il cardinal Burke ne offre un significativo

4 Si fa riferimento ai quattro cardinali (Raymond Leo Burke, Joachim Meisner, Walter Brandmüller e Carlo Caffarra) che hanno espresso al papa cinque dubbi a proposito dell’ortodossia del documento post-sinodale sulla famiglia Amoris laeti- tia (circa l’accesso dei divorziati risposati all’eucarestia), chiedendogli di fare chia- rezza. Di fronte al silenzio del papa, il cardinal Burke è giunto a ventilare una «correzione formale».

esempio: ama le sontuose forme rinascimentali, gli abiti vistosi, la cappa magna [abito a forma di campana con strascico posteriore lungo alcuni metri], gli anelli d’oro, tutto ciò che Cristo ha critica- to e respinto. È una sorta di Trump della Chiesa cattolica: rude e provocatore. Rivela un tale livello di arroganza da pensare di sot- tomettere il papa a un processo dottrinario pur sapendo che, in base al diritto canonico, nessun papa può essere giudicato. E, per conquistare forza, è arrivato ad allearsi con Steve Bannon, il capo stratega del presidente degli Stati Uniti, cattolico ultraconservato- re (ma divorziato già tre volte) legato a gruppi conservatori della curia che mirano a destabilizzare Francesco. Tuttavia, si tratta, a mio giudizio, di un fenomeno che non avrà maggiori conseguenze: pare che il gruppo stia implodendo, in quanto si è esposto al ridi- colo, non ha un fondamento teologico e, quel che è peggio, è privo di qualunque riferimento al povero di Nazaret e alla tradizio- ne degli apostoli.

La dimensione «religiosa», con i suoi tre pilastri della legge, del tempio e della casta sacerdotale, ha soffocato innumerevoli volte nella storia la radicalità del messaggio evangelico. Eppure il Gesù descritto dai Van- geli non solo non è venuto a fondare una nuova religione, ma ha anche avuto con il potere religioso uno scontro durissimo e alla fine mortale. Come è possibile una tale incomprensione da parte di coloro che pure si professano suoi seguaci?

I Vangeli narrano le tre tentazioni di Gesù, tutte legate al potere, come esplicitato più tardi da Max Weber: la tentazione del potere profetico, quella del potere religioso e quella del potere politico. Il potere profetico è la parola, in grado di trasformare le pietre in pa- ne; il potere religioso è quello legato al tempio e al sacro in relazio- ne a costumi e tradizioni; il potere politico è quello relativo alla dominazione del mondo. Gesù ha superato le tre tentazioni. Pur- troppo, nel corso della sua storia, la Chiesa a queste tre tentazioni ha invece ceduto. È caduta nella tentazione profetica moltiplicando i miracoli e trasformando i propri ministri in soggetti dal potere magico che impongono le mani e impartiscono benedizioni curative anziché farne degli evangelizzatori in grado di inaugurare ciò che nel secondo secolo si chiamava «tertium genus», il terzo genere op- posto ai romani e ai giudei, quello dei cristiani che amavano i nemici, erano al servizio dei poveri e andavano con gioia incontro al martirio. È caduta nella tentazione del tempio creando la «sacra potestas» come asse di articolazione della struttura della Chiesa, con una vera casta sacerdotale, gerarchizzata, piena di privilegi, titoli

20

onorifici e palazzi, lontana da un popolo destituito di partecipazio- ne. Quanto al potere politico, questo è ancora rappresentato dallo Stato Pontificio, ultimo residuo del vasto potere detenuto da papi come Innocenzo III, al quale quasi tutta l’Europa, al tempo di san Francesco di Assisi, era sottomessa attraverso diversi patti di vassal- laggio. È assai difficile veder ritratta in queste forme ecclesiastiche di potere la figura del Nazareno, falegname e contadino mediterra- neo, senza potere, povero, perseguitato e crocifisso. Gli è stato pre- ferito il Pantocrator, coronato come un re. Gesù non è venuto a fondare una nuova religione tra le molte che esistevano a quel tempo. Voleva insegnare a vivere, a vivere specialmente quei beni del Regno di Dio che sono l’amore incondizionato, la misericordia, la compassione, l’amore per i poveri e la totale apertura a Dio, chia- mato papà, Abbà, un Padre con caratteristiche di madre.

Una delle più avanzate frontiere teologiche è oggi quella impegnata nel compito di riformulare la fede cristiana in un linguaggio che possa risul- tare ancora significativo per gli uomini e le donne contemporanei. È possibile colmare il fossato che si è aperto tra ciò che accettiamo come verità scientifica e ciò che afferma la dottrina tradizionale della Chiesa? La Chiesa cattolica soffre di una grave lacuna per ciò che riguarda il linguaggio. E ciò si deve al modo in cui si è organizzata: anziché nella forma della comunione e della partecipazione di tutti e di dialogo con la cultura attuale, in quella della subordinazione e dell’obbedienza alle autorità. Non esiste propriamente un proces- so di iniziazione all’esperienza cristiana. Al suo posto, troviamo invece i dogmi, le dottrine e i catechismi. La teologia è ancora, in gran parte, riservata al clero. E i laici, i teologi e le teologhe ven- gono guardati con sospetto dalle autorità ecclesiastiche perché non possono essere controllati. Quello che è emerso è un cristia- nesimo mediocre che ha paura dei saperi moderni ed evita il dia- logo con le varie scienze. La morale cattolica è ancora assai debi- trice di sant’Agostino, il quale non è mai riuscito a superare total- mente il manicheismo da lui professato durante una buona parte della sua vita. È la sua visione etica ad aver preso il posto di quel- la della prassi di Gesù, delle beatitudini e dell’amore incondizionato, specialmente verso quegli invisibili che per Gesù erano il vero prossimo. La Chiesa non ha mai dialogato con Freud, con Wilhelm Reich o con Donald Winnicott e ancora meno con Darwin, Heisenberg/Bohr e con Marx. E, se lo ha fatto, è stato in maniera negativa.

In tal modo, la grandezza del messaggio di Gesù non viene perce- pita dalle persone. Ma, grazie al vescovo di Roma, Francesco, si è

201

dato ora inizio a un dialogo con gli intellettuali, con gli atei e con qualunque persona che mostri interesse alla questione del senso della vita e dell’universo, come è avvenuto con il fondatore del quotidiano la Repubblica Eugenio Scalfari. Credo che per superare tale deplorevole situazione sia necessario dare la parola ai laici, agli scienziati, ai letterati, agli intellettuali e a tutti coloro che ab- biano qualcosa da dire. La Chiesa non deve sentirsi detentrice della verità e non ha neppure bisogno di esserlo. Deve, al contra- rio, confidare nello spirito umano, sempre accompagnato dallo spirito di intelligenza e di comprensione. Tutti partecipano della verità. È un atto blasfemo contro lo Spirito Santo immaginare che gli altri, tanto in Oriente quanto in Occidente, abbiano solo pro- dotto errori. Mi vengono in mente gli ispiratori versi del poeta spagnolo Antonio Machado: «La tua verità?/ No, la Verità,/ vieni con me a cercarla./ La tua, tienitela».

Quanto sono ancora plausibili le religioni nel mondo postmoderno?

Ritengo che il fattore religioso sia un dato antropologico del fon- damento utopico dell’essere umano. Oggi, dopo il riflusso della marea critica nei riguardi della religione, possiamo dire che i critici non lo sono stati abbastanza. In fondo, tutti sono incappa- ti in un equivoco. Hanno voluto collocare la religione all’interno della ragione, producendo così ogni tipo di impasse. Perché non si sono resi conto che il luogo della religione non è all’interno della ragione, ma nell’intelligenza cordiale, nell’emozione pro- fonda, nel sentimento oceanico, in quella sfera dell’umano in cui emergono i sogni e le utopie. Lo spiegava bene Blaise Pascal, nel frammento 278 dei suoi Pensées: «Il cuore, e non la ragione, sente Dio». Credere in Dio non è pensare Dio, ma sentire Dio a partire dalla totalità del nostro essere. La religione è la voce di una co- scienza che non può trovare riposo nel mondo così com’è e che ha come progetto quello di trascenderlo. Ricordo un’affermazio- ne di Émile Durkheim nel suo famoso libro Le forme elementari della vita religiosa (1912): «Nella religione c’è quindi qualcosa di eterno, destinato a sopravvivere a tutti i simboli particolari di cui il pensiero religioso si è successivamente circondato». In questo senso, essa è sovratemporale, perché affonda le sue radici nel profondo dell’essere umano, sia nel passato, sia nella modernità, sia nella postmodernità.

Hai dedicato la tua intera vita al servizio della causa della liberazione: quella dei poveri e quella del «grande povero» che è il nostro pianeta

202

devastato e ferito. E ora il loro duplice – e congiunto – grido ha trovato accoglienza nella Laudato si’, a cui tu stesso hai collaborato. Dopo più di trent’anni di lavoro diretto ad articolare teologia della liberazione ed ecologia, cosa significa per te il fatto che il papa, citando il titolo di uno dei tuoi libri più conosciuti, abbia evidenziato la necessità di ascoltare il grido dei poveri insieme a quello della Terra?

Concentrandosi non solamente su quella parte della realtà che è la Chiesa, ma sul tutto che è la Casa comune e la specie umana, papa Francesco mostra grande sensibilità per la sofferenza della Terra, della natura e di gran parte dell’umanità impoverita e affa- mata. Così, ha raccolto i dati più affidabili delle scienze e ha elaborato un’enciclica sui problemi ecologici che possono minacciare la vita sulla Terra e il futuro della specie umana. Non è corretto definirla un’enciclica verde, un’enciclica che tratta di ambiente. Perché abbiamo a che fare con un’ecologia integrale che com- prende le quattro grandi tendenze della riflessione ecologica mon- diale: quella ambientale, quella politico-sociale, quella mentale- culturale e quella spirituale. Ed è curioso che il papa utilizzi non soltanto la ragione analitica, ma anche, e principalmente, l’intelli- genza cordiale e sensibile. Solo attraverso questo tipo di intelli- genza, infatti, le persone possono sentire come proprio il dolore della Terra e degli altri fratelli e sorelle. È l’intelligenza cordiale che muove le persone a impegnarsi sul versante della salvaguardia della Terra. Per questo Francesco chiede che si articoli sempre il grido della Terra con il grido dei poveri, citando il titolo del mio libro che ha inaugurato, a metà degli anni Novanta, il dialogo tra la teologia della liberazione e l’ecologia. Un dialogo che ho appro- fondito poi, insieme al cosmologo nordamericano Mark Hatha- way, nel volume Il Tao della liberazione 5, il quale ha ricevuto, nel 2010, negli Stati Uniti, il premio Nautilus Gold Medal in scienza e cosmologia. Se prima quasi nessuno mi prestava ascolto, oggi questo è diventato un discorso generale delle Chiese e di gran parte della società. Per me si è trattato di una mera conseguenza del principio di base della teologia della liberazione: l’opzione per i poveri, contro la loro povertà e per la loro liberazione. È all’interno di questa opzione che occorre collocare il Grande Povero che è la nostra generosa Madre Terra, sovrasfruttata e sofferente, anch’essa bisognosa di liberazione. Con la sua enciclica, secondo vari esperti, come Edgar Morin, il papa si pone all’avanguardia della discussione ecologica mondiale.

5 L. Boff, M. Hathaway, Il Tao della liberazione, Fazi Editore, Roma 2014.

203

Nella tua riflessione teologica hai preso enormemente sul serio le tante minacce di distruzione lanciate contro Gaia, il pianeta vivente che è la nostra Casa comune, ma sempre coltivando la speranza che l’evoluzione sia plasmata in modo tale da convergere verso livelli di complessità e di autocoscienza sempre maggiori, annunciando un nuovo inizio per quell’unica entità indivisibile Terra-umanità che gli astronauti per pri- mi hanno colto, con emozione e riverenza, guardando il nostro pianeta azzurro e bianco dallo spazio. Lo scenario attuale, pur così drammatico, autorizza a sperare nell’avvento di una nuova era della Terra?

Penso che ci troviamo alla fine di un’epoca e agli albori di una nuova. Si tratta di una crisi di proporzioni planetarie che sarà destinata a smantellare questo tipo di mondo in cui l’essere umano si è trasformato nel Satana della Terra anziché nel suo angelo custode. Se continuassimo in questa direzione, potremmo andare incontro al peggio. Ma questo sentimento è tipico dei tempi di crisi, quando scompaiono i punti di riferimento e sorgono allora idee apocalittiche, timori di grandi tragedie. Io credo che ci troviamo di fronte non a una tragedia inevitabile, ma a una transizione verso un nuovo modo di abitare la Casa comune. Le sofferenze che proviamo non sono quelle di un moribondo sul letto di morte, ma quelle di un parto da cui emergerà una nuova creatura. Non finirà il mondo, ma solo questo tipo di mondo, il quale è condanato a morire in quanto eccessivamente crudele e nemico della vita. Faccio mie le parole conclusive dell’enciclica Laudato si’ di papa Francesco: «Camminiamo cantando! Che le nostre lotte e la nostra preoccupazione per questo pianeta non ci tolgano la gioia della speranza».

204