El piroceno puede amenazar a la especie humana

Leonardo Boff*

Especialmente a partir de 2023/24 la Tierra ha sido atacada por grandes olas de calor que provocaron macroincendios en muchas partes del mundo. Los más devastadores de 2024 han ocurrido en Brasil, en parte de la Amazonia, en el Pantanal, en el Cerrado en varios municipios del Sudeste. La humareda volvió el aire en São Paulo y en Brasilia casi irrespirable y se extendió por casi todo el sur del país.

A esta difusión de fuego por casi todo el planeta los científicos la han llamado la era del fuego, el piroceno (piros en griego es fuego). Desde tiempos inmemoriales los seres humanos asumieron el control directo de esta fuerza de la naturaleza. Aprendieron a dominar el fuego. Ahora el fuego es el que nos domina. Las causas son muchas, como el Niño, la acumulación de CO2, metano y dióxido nitroso en la atmósfera, las grandes sequías, las gramíneas altamente inflamables, material orgánico en el subsuelo. Sólo en 2023 se emitieron a la  atmósfera 37,5 mil millones de toneladas de CO2 que permanecerán allí cerca de cien años.

Desde la era pre-industrial (1850-1900) se están lanzando a la atmósfera miles de millones de toneladas de gases de efecto invernadero, alcanzando un total de más de dos billones de toneladas acumuladas.

El fuego tiene una larga historia. Pensando en la biografía de la Tierra desde hace 4,5 mil millones de años, se sabe que durante 800 millones de años la Tierra permaneció como una inconmensurable bola de fuego, derretida como una sopa gruesa burbujeando de calor. Era un inmenso mar de lava en fusión y extremadamente caliente. Vapores y gases formaban nubes inmensas. Durante millones de años estas provocaron lluvias torrenciales continuas, lo que, juntamente con los inmensos meteoros de hielo que durante siglos torpedearon el planeta, ayudó a que la Tierra se enfriase. Ellos aumentaron considerablemente el volumen de agua hasta el punto de que la Tierra está constituida en un 70% por este elemento.

La lava se endureció e hizo surgir el primer suelo con todo tipo de  montañas. El fuego original anidó en el corazón de la Tierra en forma fluida, como muestran las erupciones volcánicas y los temblores de tierra, pero continuó como una energía fundamental en la superficie.

El calentamiento global actual que ha superado el proyectado aumento de 1,5 grados Celsius para 2030, se ha anticipado llegando en algunos lugares a 2 y 3 grados Celsius. “Estoy aterrorizado” dijo  nuestro mayor científico en clima, Carlos Nobre. La causa de este calentamiento está en la forma como en los últimos siglos el proceso productivista-industrialista ha tratado a la Tierra. Era considerada sin ningún propósito, un mero baúl de recursos a disposición de los seres humanos. Podemos decir que hubo una verdadera guerra contra la Tierra arrancando de ella todo lo que se podía.

Pero a partir de los años 1970 con las investigaciones de las ciencias de la Tierra y de la vida, Lovelock y Margulis lanzaron la hipótesis de que la Tierra era un super Ente vivo que articula sistémicamente todos los elementos esenciales a la vida de tal forma que siempre se mantiene viva y produce innumerables formas de vida: la biodiversidad. La llamaron Gaia, uno de los nombres griegos para la Tierra viva, hoy vastamente acogida por la comunidad científica.

A partir de 1968 (Club de Roma) las investigaciones sobre el estado de la Tierra, considerando el impacto de la actividad humana sobre el  medio ambiente y el tipo de desarrollo que se había impuesto en casi todo el planeta, concluyeron que la Tierra estaba enferma. Se imponía límites al crecimiento considerado como ilimitado sin tener conciencia de los límites del planeta, incapaz de soportar un crecimiento ilimitado. Lo muestra la Sobrecarga de la Tierra (Earth Overshoot), revelada anualmente por la ONU.

Sin embargo, el sistema productivista, ya sea en el orden capitalista o en el antiguo orden socialista, estaba y sigue estando de tal manera aceptado que no se puede permitir parar. Las consecuencias se dejaron sentir muy pronto, pero sobre todo desde los años setenta del siglo pasado hasta nuestros días: emisión incontrolada de gases de efecto invernadero, degradación de los ecosistemas, erosión de la biodiversidad, desertificación creciente, deforestación de grandes selvas, contaminación de los suelos y del agua con agentes tóxicos.

Esta guerra promovida por el proceso productivo (producir, consumir, descartar) contra Gaia es, sin embargo, una batalla perdida. El sistema-vida, dada la degradación general, el aumento de CO2 y de metano en la atmósfera, el calentamiento considerado irreversible con sus eventos extremos, la perversa desigualdad social, han despertado la conciencia de muchas personas: o cambiamos nuestro estilo de vida y nuestra relación con la naturaleza o podemos no ser queridos por la Madre Tierra.

Generalmente cuando en un ecosistema una especie se desarrolla de manera desregulada hasta el punto de amenazar a las demás, la misma Tierra se organiza de tal forma que lo limita o lo elimina. De esta manera las demás especies pueden subsistir y continuar co-evolucionando en el proceso global de la geogénesis. Tal vez sea esta la situación actual de la especie humana, en la era del antropoceno, a pesar de que la gran mayoría sea todavía inconsciente y negacionista. La expresión el antropoceno, creada por científicos, designaría al ser humano que, cual meteoro rasante, es lo que más amenaza a la biosfera. En vez de asumirse como su cuidador, se ha vuelto su ángel  exterminador. El piroceno sería la forma más peligrosa y destructiva del antropoceno. El calentamiento globlal creciente, que favorece la difusión incontrolada del fuego y los macroincendios pueden volver el planeta inhabitable. La escasez aguda de agua potable, la frustración de la producción de alimentos, el clima super-calentado llevaría lentamente a la extinción de la especie humana. Como todo lo que empieza en la evolución, se desarrolla, llega su clímax y desaparece. Así sucede con las galaxias, las estrellas y los seres vivos. ¿Por qué iba a ser diferente con la especie humana? Irrumpimos en la Tierra cuando el 99,98% estaba ya formado. La Tierra no necesitó nuestra presencia para gestar su inmensa biodiversidad. Sin nosotros, la vida de los trillones y trillones de microorganismos que trabajan en el subsuelo de la Tierra llevarían adelante el proyecto de la vida. La Tierra seguiría girando alrededor del sol, bajo su luz benéfica, pero sin nosotros.

Aquellos que se atreven a dar el salto de la fe dirían que solamente la etapa terrestre del ser humano ha sido irresponsablemente concluida. Una nueva etapa se iniciaría en otro nivel. Después del tiempo viene la eternidad. En ella seguiría viviendo en una forma que para nosotros sigue siendo inefable. Pero la vida se perpetuaría.

*Leonardo Boff ha escrito entre otros libros, Cuidar la Tierra: pistas para retrasar el fin del mundo, Vozes 2024; Vida para além da morte, Vozes, muchas ediciones, 2023, publicada en español por Sal Terrae con el título Hablemos de la otra vida.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Il pirocenepuò minacciare la specie umana

Leonardo Boff

Specialmente a partire dal 2023/24 la Terra è stata colpita da grandi ondate di caldo. Hanno causato mega-incendi in molte parti del mondo. Nel 2024, i più devastanti si sono verificati in Brasile, in parte della Amazzonia, nel Pantanal, nel Cerrado in diversi comuni del Sud-Est. Il fumo ha reso l’aria a San Paolo e a Brasilia quasi irrespirabile. Il fumo si è diffuso in quasi tutto il sud del paese.

Gli scienziati hanno chiamato questa diffusione degli incendi su quasi tutto il pianeta, di era del fuoco, il pirocene (piros in greco significa fuoco). Da tempo immemorabile gli esseri umani hanno preso il controllo diretto di questa forza della natura. Hanno imparato a dominare il fuoco. Ora è il fuoco che ci domina. Le cause sono molteplici, come il Niño, l’accumulo di CO2, metano e biossido di azoto nell’atmosfera, le grandi siccità, l’erbe graminacee altamente infiammabili, materiale organico nel e sotto il suolo. Solo nel 2023 sono stati immessi nell’atmosfera 37,5 miliardi di tonnellate di CO2, che rimangono lì per circa cento anni.

Dall’era preindustriale (1850-1900), miliardi di tonnellate di gas serra sono state rilasciate nell’atmosfera, per un totale di oltre duemila miliardi di tonnellate accumulate.

Il fuoco ha una lunga storia. Pensando alla biografia della Terra lunga 4,5 miliardi di anni, sappiamo che per 800 milioni di anni la Terra rimase come un’incommensurabile bolla di fuoco, simile ad una densa zuppa ribollente di calore. Era un immenso mare di lava fusa ed estremamente calda. Vapori e gas formavano immense nubi. Queste per milioni di anni hanno causato piogge torrenziali senza sosta, che hanno aiutato la Terra a raffreddarsi insieme alle immense meteore di ghiaccio che per secoli hanno colpito il pianeta. Esse aumentarono considerevolmente il volume dell’acqua, al punto che la Terra è oggi composta per il 70% da questo elemento.

La lava si indurì e diede origine al primo suolo con diversi tipi di montagne. Il fuoco originario si annidò nel cuore della Terra in forma fluida, che si manifesta nelle eruzioni vulcaniche e nei terremoti. Ma continuò come un’energia fondamentale in superficie.

L’attuale riscaldamento globale, ha superato in anticipo gli 1,5 gradi Celsius previsti per il 2030, raggiungendo in alcuni luoghi i 2 e persino i 3 gradi Celsius. “Sono terrorizzato”, ha detto il nostro migliore scienziato del clima, Carlos Nobre. La causa di questo riscaldamento è il modo in cui il processo produttivistico-industrialista ha trattato la Terra negli ultimi secoli. Si riteneva che [la Terra] non avesse alcuno scopo, un semplice forziere di risorse a disposizione degli esseri umani. Possiamo dire che è stata combattuta una vera guerra contro la Terra, strappandogli tutto ciò che si poteva.

Risulta che dagli anni ’70 in poi, con le ricerche delle scienze della Terra e della vita, Lovelock e Margulis avanzarono l’ipotesi che la Terra fosse un super Essere vivente che articola sistematicamente tutti gli elementi essenziali alla vita, in modo tale da rimanere sempre viva e produrre innumerevoli forme di vita: la biodiversità. La chiamarono Gaia, uno dei nomi greci della Terra, ora ampiamente accettato dalla comunità scientifica.

Le ricerche sullo stato della Terra dal 1968 in poi (Club di Roma), considerando l’impatto delle attività umane sull’ambiente e il tipo di sviluppo che si era imposto a quasi tutto il pianeta, conclusero che la Terra era malata. Si imponevano limiti ad una crescita ritenuta illimitata senza che avesse coscienza dei limiti del pianeta, incapace di sostenere una crescita illimitata. Lo dimostra l’Earth Overshoot, rivelato ogni anno dalle Nazioni Unite.

Tuttavia, il sistema produttivista, sia nell’ordine capitalistico sia in quello vecchio socialista, era ed è tuttora così ben oliato che non si permette di fermare. Le conseguenze si sono fatte sentire presto, ma soprattutto dagli anni ’70 ad oggi: emissione incontrollata di gas serra, degrado degli ecosistemi, erosione della biodiversità, crescente desertificazione, disboscamento di grandi foreste, contaminazione dei suoli e dell’acqua con agenti tossici.

Questa guerra guidata dal processo produttivo (produrre, consumare, scartare) contro Gaia rappresenta una battaglia persa. Il sistema-vita, di fronte al degrado generale, all’aumento di CO2 e di metano nell’atmosfera, al riscaldamento ritenuto irreversibile con i suoi eventi estremi, alla perversa disuguaglianza sociale, ha risvegliato la coscienza di molti: o cambiamo il nostro stile di vita e il nostro rapporto per e con la natura, oppure potremmo non essere più amati dalla Madre Terra.

In genere, quando in un ecosistema una specie si sviluppa in modo sregolato al punto da minacciare le altre, la Terra stessa si organizza in modo tale da limitarla o eliminarla. Pertanto, le altre specie possono sopravvivere e continuare a co-evolvere nel processo globale di geo-genesi. Forse questa è la situazione attuale della specie umana, nell’era dell’antropocene, nonostante la stragrande maggioranza sia ancora inconsapevole e negazionista.

L’espressione creata dagli scienziati, l’antropocene, designerebbe l’essere umano come una meteora radente, quello che più minaccia la biosfera. Invece di assumersi il compito della sua cura, è diventato il suo angelo sterminatore.

Il pirocene sarebbe la forma più pericolosa e distruttiva dell’antropocene. Il riscaldamento globale crescente, favorendo la diffusione incontrollata del fuoco e dei mega-incendi, può rendere il pianeta inabitabile. La grave carenza di acqua potabile, la frustrazione della produzione alimentare, il clima surriscaldato porterebbero lentamente la specie umana alla sua estinzione. Come tutto ciò che inizia nell’evoluzione, si sviluppa, raggiunge il suo culmine e scompare. Così è con le galassie, le stelle e gli esseri viventi. Perché dovrebbe essere diverso con la specie umana? Siamo arrivati ​​sulla Terra quando il 99,98% era già costituito. La Terra non ebbe bisogno della nostra presenza per generare la sua immensa biodiversità. Senza di noi, la vita dei milioni di miliardi di microrganismi che operano nel sottosuolo della Terra, porterebbero avanti il ​​progetto della vita. La Terra continuerebbe a ruotare attorno al sole, sotto la sua luce benefica, ma senza di noi.

Coloro che osano fare il salto di fede direbbero che si è conclusa, in modo irresponsabile, solo la fase terrena dell’essere umano. Ne inizierebbe una nuova ad un altro livello. Dopo il tempo viene l’eternità. In essa continuerebbe a vivere in una forma che per noi continua ineffabile. Ma la vita si perpetuerebbe.

Leonardo Boff ha scritto, tra gli altri, il libro Cuidar da Terra: pistas para protelar o fim do mundo, Vozes 2024; Vida para além da morte, Vozes, muitas edições, 2023.

(traduzione dal portoghese di Gianni Alioti)

O piroceno pode ameaçar a espécie humana

Especialmente a partir de 2023/24 a Terra foi tomada de grandes ondas de calor. Provocaram mega incêndios em muitas partes do mundo.Em 2024 as mais devastadores ocorreram no Brasil, na parte da Amazônia, no Pantanal, no Cerrado em vários municípios do Sudeste. A fumaça tornou o ar em São Paulo e em Brasília quase irrespirável. A fumaça se espalhou por quase todo o sul do país.

Os cientistas tem chamado esta difusão de fogo por quase todo o planeta de a era do fogo, o piroceno (piros em grego é fogo).Desde tempos imemoriais os seres humanos assumiram o controle direto desta força da natureza. Aprenderam a dominar o fogo. Agora é o fogo que nos domina. Muitas são as causas, como o el Niño,o acúmulo de CO2, metano e dióxido nitroso na atmosfera, as grandes estiagens, as gramíneas altamente inflamáveis, material orgânico no e sub o solo. Só em 2023 foram emitidos na atmosfera 37,5 bilhões de toneladas de CO2 que permanece por lá, cerca de cem anos.

Desde a era pré-industrial (1850-1900) são lançadas na atmosfera bilhões de toneladas de gases de efeito estufa, atingindo ao todo mais de dois trilhões de toneladas acumuladas.

O fogo possui longa história. Pensando na biografia da Terra de há 4,5 bilhões de anos, sabe-se que por 800 milhões de anos a Terra permaneceu como uma incomensurável bolha de fogo, derretida como uma sopa grossa borbulhando de calor. Era um imenso mar de lava em fusão e extremamente quente. Vapores e gases  formavam nuvens imensas. Estas  por milhões de anos provocavam chuvas torrenciais sem parar, o que ajudou a Terra se resfriar juntamente com os imensos meteoros de gelo que por séculos torpedearam o planeta. Eles aumentaram consideravelmente o volume de água a ponto de a Terra ser constituída por 70% deste elemento.

A lava endureceu e fez surgir o primeiro solo com todo tipo de  montanhas. O fogo original foi aninhar-se no coração da Terra em forma fluida que se mostra pelas erupções vulcânicas e pelos tremores de terra. Mas continuou como uma energia fundamental na superfície.

O atual aquecimento global que ultrapassou o projetado 1,5 graus Celsius para 2030, se antecipou, chegando em alguns lugares a 2 e até 3 graus Celsius. A causa deste aquecimento constitui a forma como nos últimos  séculos o processo produtivista-industrialista tratou a Terra. Era considerada sem nenhum propósito, mero baú de recursos à disposição dos seres humanos. Podemos dizer que se moveu uma verdadeira guerra contra a Terra arrancando dela tudo o que se podia.

Ocorre que a partir dos anos 1970 com as pesquisas das ciências da Terra e da vida, Lovelock e Margulis aventaram a hipótese de ser a Terra um super Ente vivo que articula sistemicamente todos os elementos essenciais à vida de tal forma que sempre se mantém viva e produz inumeráveis formas de vida: a biodiversidade. Denominaram-na Gaia,um dos nomes gregos para a Terra vida,  hoje vastamente acolhida pela comunidade científica.

Pesquisas sobre o estado da Terra a partir de 1968 (Clube de Roma) considerando o impacto da atividade humana sobre o meio ambiente e do tipo de desenvolvimento que se havia imposto por quase todo o planeta, concluíram que a Terra estava doente. Impunham-se limites ao crescimento tido como ilimitado sem haver a consciência dos limites do planeta, incapaz de suportar um crescimento ilimitado. Mostra-o a Sobrecarga da Terra (Earth Overshoot), revelada anualmente pela ONU.

Entretanto, o sistema produtivista seja na ordem capitalista seja na antiga socialista estava e ainda está de tal maneira azeitado que não se permite parar. As consequências se fizeram sentir  cedo mas especialmente a partir dos anos de 1970 até os dias atuais: emissão incontrolada de gases de efeito estufa,degradação dos ecossistemas, erosão da biodiversidade, desertificação crescente, desmatamento de grandes florestas, contaminação dos solos e da água com agentes tóxicos.

Esse guerra movida pelo processo produtivo (produzir, consumir, descartar) contra Gaia representa uma batalha perdida. O sistema-vida, dada a degradação geral,  o aumento de CO2 e metano na atmosfera, o aquecimento tido por irreversível com seus eventos extremos, a perversa desigualdade social despertaram a consciência em muitos:  ou mudamos nosso estilo de vida e nossa relação para com a natureza ou podemos não sermos mais queridos pela Mãe Terra.

Geralmente, quando num ecossistema, uma espécies se desenvolve de forma desregulada a ponto de ameaçar as demais, a própria Terra se organiza de tal forma que o limita ou o elimina. Destarte as demais espécies podem subsistir e continuar a co-evoluir no processo global da geogênese. Talvez seja esta a atual situação da espécie humana, na era do antropoceno, apesar de  a grande maioria ser ainda inconsciente e negacionista.

A expressão criada por cientistas, o  antropoceno,designaria o ser humano qual meteoro rasante é o que mais ameaça a biosfera. Ao invés de assumir-se como seu cuidador, fez-se seu anjo exterminador. O piroceno  seria a forma mais perigosa e destrutiva do antropoceno. O aquecimento global crescente, favorecendo a difusão incontrolada do fogo e as megaqueimadas pode tornar o planeta inabitável. A escassez aguda de água potável, a frustração da produção de alimentos, o clima super-aquecido levaria lentamente a espécie humana à sua extinção. Como tudo o que começa na evolução, se desenvolve, chega ao seu clímax e desaparece. Assim é com as galáxias, as estrelas e os seres vivos. Por que seria diferente com a espécie humana? Irrompemos na Terra quando 99,98% estava já constituído. A Terra não precisou de nossa presença para gestar sua imensa biodiversidade. Sem nós, a vida dos quatrilhões de quatrilhões micro-organismos que trabalham no sub-solo da Terra, levariam avante o projeto da vida. A Terra continuaria a girar ao redor do sol,  sob sua luz benfazeja, mas sem nós.

Aqueles que ousam dar o salto da fé, diriam que apenas a etapa terrestre do ser humano foi irresponsavelmente concluída. Uma nova iniciaria num outro nível. Depois do tempo vem a eternidade.Nela continuaria a viver numa forma que para nós continua inefável. Mas a vida se perpetuaria.

Leonardo Boff escreveu entre outros o livro Cuidar da Terra:pistas para protelar o fim do mundo, Vozes 2024; Vida para além da morte, Vozes muitas edições 2023.

A nossa responsabilidade face à era do piroceno

Leonardo Boff

Com a irrupção do piroceno (a Terra sob fogo) se mostrando em todos os continentes com queimadas que nos assustam por sua dimensão,surge a pergunta: qual é a nossa responsabilidade face a esta emergência? Essa questão é válida porque grande parte dos incêndios, especialmente, no Brasil, teriam sido causados por seres humanos. Nossa responsabilidade, no entanto, é cuidar e guardar os ecossistemas e o planeta vivo, Gaia, a Mãe Terra. Mas comparecemos como  um anjo exterminador do Apocalipse.

Para superarmos nosso sentimento de desolação e de medo do fim da espécie que resulta da Terra fervendo, nos obrigamos a fazer uma séria reflexão  para  compreendermos  melhor nossa responsabilidade por tais eventos devastadores.

A Terra e a natureza não são um relógio que já aparece montado uma vez por todas. Elas derivam de um longuíssimo processo evolutivo e cósmico que já tem 13,7 bilhões de anos. O “relógio” foi sendo montado lentamente, os seres foram aparecendo a partir dos mais simples para os cada vez mais complexos.Todos os fatores que entram na constituição de cada ecossistema com seus seres e organismos possuem sua ancestralidade, sua latência e em seguida a sua emergência. Todos possuem sua história, irreversível, própria do tempo histórico. O princípio cosmogênico atua permanentemente.

Ilya Prigogine, prêmio Nobel de 1977, mostrou que os sistemas abertos  como a Terra, a natureza e o universo põem em xeque  o conceito clássico de tempo linear, postulado pela física clássica. O tempo não é mais mero parâmetro do movimento mas a medida dos desenvolvimentos internos de um mundo em processo permanente de mudança, de passagem do desequilíbrio para patamares  mais altos de equilíbrio (cf. Entre o tempo e a eternidade, Companhia das Letras, S. Paulo 1992, 147ss). É a cosmogênese.

A natureza se apresenta como um processo de auto-transcendência; ao evoluir, ela se auto-supera criando novas ordens. Opera nela o princípio cosmogênico (a energia criadora) sempre em ação mediante o qual os seres vão surgindo e na medida de sua complexidade vão também ultrapassando a inexorabilidade da entropia, própria dos sistemas fechados. Esta auto-transcendência dos seres em evolução pode apontar para aquilo que as religiões e as tradições espirituais sempre chamaram de Deus, a transcendência absoluta ou aquele futuro que não é  mais a “morte térmica”; ao contrário, é a culminância  suprema  de ordem, de harmonia e de vida (cf.Peacoke, A. R., Criation in the World of Science, Oxford Univ.  Press, Oxford l979; Pannenberg, W., Toward a Theology of Nature. Essays on Science and Faith, John Knox Press, 1993 29-49).

Esta constatação mostra quão irreal é a separação rígida entre natureza e história, entre mundo e ser humano, separação  que  legitimou e consolidou tantos outros dualismos.Todos estão dentro de um único e imenso movimento: a cosmogênsese.  Como  todos os seres, o ser humano, com sua racionalidade, capacidade de comunicação e de  amor resulta também ele desse processo cósmico.

As energias e todos os elementos que maduraram no interior das grandes estrelas vermelhas, há bilhões de anos, entram em sua constituição. Possuem a mesma ancestralidade que o universo. Vigora uma solidariedade de origem e também de destino com todos os demais seres do universo.  Ele não pode ser visto fora do princípio cosmogênico, como um ser errático, enviado à Terra por alguma Divindade criadora. Se aceitarmos essa Divindade devemos dizer que todos são enviados por Ela não apenas o ser humano.

Esta inclusão do ser humano no conjunto dos seres e como  resultado de um processo cosmogênico impede a persistência do antropocentrismo (que concretamente é um androcentrismo, centrado no varão com exclusão da mulher).  Este revela uma visão estreita, desgarrada dos demais seres. Afirma que o único sentido da evolução e da existência dos demais  consistiria na produção do ser humano, homem e mulher. Lógico, o universo inteiro se fez cúmplice na gestação do ser humano. Mas não apenas dele, mas dos outros seres também. Todos estamos interconectados e dependemos  das estrelas. São elas que convertem o hidrogênio em hélio e da combinação  de ambos, provem o oxigênio, o carbono, o nitrogênio,o fósforo e o potássio sem os quais não haveria os aminoácidos nem as proteínas indispensáveis à vida. Sem a radiação estelar liberada  neste processo cósmico, milhões de estrelas resfriariam, o sol, possivelmente, nem existiria  e sem ele, não haveria vida nem nós estaríamos aqui escrevendo sobre estas coisas.

Sem a pre-existência  do conjunto dos fatores propícios à vida que foram se elaborando em bilhões de anos e, a partir da vida em geral e como sub-capítulo, a vida humana, jamais surgiria o indivíduo pessoal que somos cada um de nós. Pertencemo-nos mutuamente: os elementos primordiais do universo, as energias que estão ativas desde o big-bang, os demais fatores constituintes do cosmos e nós mesmos como espécie que irrompeu quando 99,98% da Terra estava pronta. A partir disso devemos pensar  cosmocentricamente e agir ecocentricamente.

Importa, pois, deixar para trás como ilusório e arrogante todo  antropocentrismo e androcentrismo. Não devemos, entretanto, confundir o antropecentrismo com  princípio andrópico (formulado em l974 por Brandon Carter, cf. Alonso, J. M., Introducción al principio antrópico, Encuentro Ediciones,Madrid l989).  Por ele se quer dizer o seguinte: somente podemos fazer as reflexões que estamos fazendo por que somos portadores de consciência, sensibilidade de inteligência. Não são as amebas, nem os sabiás ou os cavalos que possuem esta faculdade. Recebemos da evolução tais faculdades para exatamente falar disso tudo e  facultar à Terra,através de nós, contemplar seus irmãos, os planetas e as demais estrelas e nós podendo viver e celebrar nossa vida. Daí dizermos que somos Terra que sente, pensa e ama. Para isso que existimos no meio dos demais seres com os quais nos sentimos conectados. Essa singularidade nossa não nos leva a romper com eles, pois os inserimos no todo que vemos.

Por sermos seres de consciência, de sensibilidade e de inteligência surge um nós um imperativo ético: cabe a nós cuidar da Mãe Terra, zelar por todas as condições que lhe permitem continuar viva e dar vida.

Enfrentamos nesse momento talvez o maior desafio de nossa existência sobre a Terra: não permitir que ela se acaba sob o fogo, como aliás aventam as Escrituras cristãs. E se acabará é por nossa  irresponsabilidade e falta de cuidado. Inauguramos a era do antropoceno. Quer dizer, nós e não algum meteoro rasante, está ameaçando a vida na Terra. Nesse momento, o ponto culminante, talvez, final do antropoceno que é o piroceno, a era do fogo. O fogo tomou conta da Terra. Até há pouco controlávamos o fogo. Agora é o fogo que nos controla. Ele pode fazer ferver o planeta e torná-lo inabitável.

Daí se deriva nossa responsabilidade de salvaguardar o planeta para que não sucumba ao inferno do fogo mas garanta sua biocapacidade de nos entregar tudo o que precisamos para viver e sustentar nossa civilização que deverá mudar radicalmente. De nós depende se teremos futuro ou se seremos incinerados pelo fogo.

Leonardo Boff escreveu Cuidar da Terra-proteger a vida, Record 2010; Cuidar da Casa comum,Vozes 2023; Habitar a Terra, Vozes 2021.