Parigi: l’impasse fondamentale della COP 21

Dal 30 di novembre fino al 10 dicembre del 2015 si celebrerà un’ennesima Convenzione dei Cambiamenti Climatici (COP 21) a Parigi. Tutte quelle celebrate finora sono arrivate a conclusioni tronfie, molto distanti dalle esigenze che problema globale richiede. C’è una ragione intrinseca all’attuale problema socio-economico mondializzato che impedisce di raggiungere obiettivi comuni adeguati. È come un treno: è condizionato dalla direzione che hanno i binari, non ha alternative.

La metafora vale per l’attuale sistema globale. Le società mondiali sono ancora ossessionate dell’ideale della crescita illimitata, misurata sul PNL. Parlano di sviluppo, ma in realtà quello che si cerca è la crescita materiale. La crescita appartiene ai processi vitali. Ma sempre entro certi limiti. Un albero non cresce illimitatamente verso l’alto e noi stessi non cresciamo fisicamente in forma indefinita. Arriva il punto in cui la crescita si ferma e altre funzioni ne prendono il posto.

Succede che un pianeta limitato e al corto di beni e servizi non tollera una crescita illimitata. Ormai ci siamo resi conto dei suoi limiti invalicabili. Ma il sistema non prende in considerazione questo fatto.

Lo ha detto con grande lucidezza il co-fondatore dell’ecosocialismo Michael Löwy, franco-brasiliano: “I semafori sono tutti rossi: è evidente che la corsa pazza al guadagno, la logica produttivistica e mercantile della civiltà capitalistico/industriale ci porta a un disastro ecologico di proporzioni non calcolabili; la dinamica della crescita all’infinito, indotta dall’espansione capitalistica, minaccia di distruggere i fondamenti della vita umana sul pianeta” (Ecologia e socialismo, 2005,42).

La questione centrale non sta, come ha notato Papa Francesco nella sua enciclica su “La cura della Casa Comune”, nella relazione tra crescita e natura, ma tra l’essere umano e la natura. Costui non si sente parte della natura, ma il padrone che può fare di lei quello che gli pare. Non ne ha cura né si sente responsabile per i danni derivanti dalla voracità di una crescita infinita col consumo illimitato che l’accompagna. Così corre dritto verso l’abisso, dato che la Terra non regge più a tanto sfruttamento e devastazione.

Tra le molte conseguenze di questa logica perversa c’è il riscaldamento globale che non cessa di crescere. Trascurando i negazionisti, due dati sono sicuri stilati dalla miglior ricerca mondiale: primo, la crescita è inequivocabile. Non è possibile negarlo, è sufficiente dare uno sguardo in giro e costatare gli eventi estremi che avvengono in tutto il Pianeta; secondo, al di là della geofisica della Terra stessa, che conosce fasi di riscaldamento e raffreddamento, questo riscaldamento è antropico, vale a dire risultato di un ininterrotto intervento umano nei processi naturali. Il riscaldamento che sarebbe normale viene intensificato in modo particolare dall’effetto serra: il vapore dell’acqua, il diossido di carbonio, il metano l’ossido nitroso e l’ozono. Questi gas funzionano come una serra, che trattiene il calore qui in basso, impedendo la dispersione dei gas su in alto, riscaldando di conseguenza i pianeta.

Tutti gli sforzi consistono nel limitare a due gradi Celsius il riscaldamento, il che permetterebbe una gestione ragionevole dell’adattamento e della gradualità. Per mantenerci entro questi limiti, ci dicono gli scienziati, dovremmo ridurre le emissioni di gas dell’80% entro il 2050. La maggioranza pensa che questo è impossibile. Se nel frattempo, per l’incuria degli uomini la temperatura arrivasse tra i 4-6 gradi Celsius,come lo dice la comunità scientifica norteamericana, verso quella data, la vita che noi conosciamo correrebbe il rischio di sparire e la stessa sorte colpirebbe la specie umana. Il Segretario dell’ONU, Bank Ki Moon ha avvertito recentemente: “Le tendenze attuali ci stanno sempre più conducendo verso potenziali punti di rottura, che ridurrebbero in forma catastrofica la capacità degli ecosistemi di erogare i loro servizi essenziali”.

Conseguenza: cambiare rotta; se no, il buio. Dobbiamo stabilire un rapporto diverso con la Terra, nella produzione, rispettare i suoi cicli e i suoi limiti, sentirci parte di lei; curarla di forma a non esaurire la sua biocapacità. Dovremo imparare a vivere meglio con meno cose e abituarci a una sobrietà condivisa in comunione con tutta la comunità di vita, che pure ha bisogno della vitalità della Madre Terra per vivere e riprodursi.

O faremo questa “conversione ecologia”, (papa Francesco) o sarà compromessa la nostra traiettoria su questo pianeta piccolo e bello.

Leonardo Boff, columnist del JB on line, scrittore e filosofo.

Traduzione di Romano Baraglia e Lidia Arato

El obstáculo fundamental en la COP 21 en París

Del 30 de noviembre al 11 de diciembre de 2015 se llevará a cabo la undécima Convención sobre el Cambio Climático (COP 21) en París. Todas las realizadas hasta hoy llegaron a convergencias mediocres, demasiado lejos de las exigencias que el problema global requiere. Hay una razón intrínseca del actual sistema socio-económico globalizado que impide lograr objetivos comunes y adecuados. Es como un tren: está sujeto a la dirección que establecen los raíles, sin otra alternativa.

La metáfora es aplicable al actual sistema mundial. Las sociedades globales continúan obsesionadas con el ideal de crecimiento ilimitado, medido por el PIB. Hablan de desarrollo, pero en realidad, lo que buscan es el crecimiento material. El crecimiento pertenece a los procesos vitales, pero siempre dentro de unos límites. Un árbol no crece ilimitadamente hacia arriba ni nosotros crecemos físicamente indefinidamente. Llega un momento en que el crecimiento se detiene y otras funciones toman su lugar.

Sucede que un planeta limitado y escaso en bienes y servicios no tolera el crecimiento ilimitado. Nos hemos dado cuenta de sus límites insuperables. Pero el sistema no toma este hecho en consideración.

Lo dijo con gran claridad el co-fundador del ecosocialismo, el franco-brasileño Michael Lowy: «Todas las luces están en rojo: es evidente que la loca carrera tras la ganancia, la lógica productivista y mercantil de la civilización capitalista/industrial conduce a un desastre ecológico de proporciones incalculables; la dinámica del crecimiento infinito, inducido por la expansión capitalista, amenaza con destruir los fundamentos de la vida humana en el planeta»(Ecología y socialismo 2005, 42).

La cuestión central no está, como vio el Papa Francisco en su encíclica sobre el cuidado de la Casa común, en la relación entre el crecimiento y la naturaleza, sino entre el ser humano y la naturaleza. El ser humano no se siente parte de la naturaleza, sino su propietario que puede disponer de ella como le plazca. No cuida de ella ni se responsabiliza por los daños de la voracidad de un crecimiento infinito, con el consumo ilimitado que lo acompaña. Así camina rápidamente hacia un abismo, pues la Tierra ya no soporta más tanta explotación y devastación.

Entre las muchas consecuencias de esta lógica perversa está el calentamiento global que sigue creciendo. Obviando a los negacionistas, hay dos datos seguros, establecidos por la mejor investigación mundial: primero, el calentamiento es inequívoco; no es posible negarlo, basta mirar alrededor para constatar los eventos extremos que tienen lugar en todo el planeta; segundo: más allá de la geofísica propia de la Tierra que conoce fases de calentamiento y enfriamiento, este calentamiento es andrópico, hecho por el hombre, es decir, el resultado de la intervención humana ininterrumpida en los procesos naturales.

El calentamiento que sería normal está fuertemente intensificado especialmente por los gases de efecto invernadero: el vapor de agua, el dióxido de carbono, el metano, el óxido nitroso y el ozono. Estos gases actúan como un invernadero que mantiene el calor aquí abajo, evitando que se disperse hacia arriba, calentando como consecuencia el planeta.

Toda la lucha es limitarnos a dos grados centígrados, lo que permitiría una gestión razonable de la adaptación y la mitigación. Para mantenernos en estos límites, los científicos nos dicen, deberíamos reducir los gases de efecto invernadero en un 80% hasta 2050. La mayoría de la gente piensa que esto es imposible. Sin embargo, si por descuido humano, la temperatura sube de 4 a 6 grados centígrados, como afirma la comunidad científica norteamericana, en torno a esa fecha la vida que conocemos corre el riesgo de desaparecer y alcanzar a gran parte de la especie humana. El Secretario de la ONU, Ban Ki Moon, advirtió recientemente: «Las tendencias actuales nos están llevando cada vez más cerca de potenciales puntos de ruptura, que reducirían catastróficamente la capacidad de los ecosistemas para proporcionar sus servicios esenciales».El primer ministro francés François Hollande en la apertura del evento, lunes, dia 30, dijo que esta es talvez la última oportunidad de crear las condiciones de salvar la vida en el planeta. Sin esto, entramos en la zona de alto riesgo.

El balance es: tenemos que cambiar de rumbo o conocer la oscuridad. Hay que producir para atender a las demandas humanas, pero a partir de un otro tipo de relación para con la Tierra, respetando sus ciclos y sus límites. Tenemos que sentirnos parte de ella, cuidarla, darle descanso para se regenerar y así no perder  su biocapacidad. Debemos aprender a ser más con menos y asumir una sobriedad compartida en comunión con toda la comunidad de vida, que necesita también la vitalidad de la Madre Tierra para vivir y reproducirse.

O hacemos esta «conversión ecológica» (Papa Francisco) o nuestro camino en este pequeño y hermoso planeta se verá comprometido.

*Leonardo Boff, articulista del JB online y escritor.

Traducción de MJ Gavito Milano

IL CAPITALISMO SARA’ SCONFITTO DALLA TERRA

Fatto incontestabile e desolante: il capitalismo, come modo di produzione, e la sua ideologia politica, il neoliberismo, si sono stratificati globalmente e i modo così consistente da far credere irrealizzabile qualsiasi alternativa reale. Di fatto, esso ha occupato tutti gli spazi e ha allineato quasi tutti i paesi ai suoi interessi globali. Dopo che la società è diventata ‘di mercato’ e tutto è diventato occasione di guadagno, perfino le cose più sacre come gli organi umani, l’acqua e l’impollinazione dei fiori, gli Stati, in gran parte, sono chiamati a gestire più una macroeconomia globalmente integrata che non il bene comune dei loro popoli.

Il socialismo-democratico nella sua versione avanzata di eco-socialismo rappresenta un’opzione teorica importante, ma con scarsa base sociale e mondiale per l’implementazione. La tesi di Rosa Luxenburg nel suo libro Riforma o Rivoluzione, sostiene che la teoria del collasso capitalista è la parte dura del socialismo scientifico, ma non si è verificata. E il socialismo è crollato.

La furia dell’accumulazione capitalistica ha raggiunto i livelli più alti della sua storia. Praticamente l’1% della popolazione ricca mondiale controlla all’incirca il 90% della ricchezza totale. L’85% dei ricchi straricchi, come sostiene Oxfam Intermon, seria ONG, nel 2104 possedevano tanti soldi quanto 3,5 miliardi di poveri del mondo. Il grado di irrazionalità e anche di disumanità del sistema parlano da sé. Viviamo in tempi di ostentata barbarie.

Le crisi congiunturali del sistema, in passato, avvenivano nelle economie periferiche. Ma a partire dal 2007/2008 la crisi è esplosa nel cuore dei Paesi Centrali, USA e Europa. Tutto fa credere che non si tratti di una crisi congiunturale, sempre superabile, ma questa volta, di una crisi sistemica, mettendo la parola ‘fine’ alla capacità di riproduzione del capitalismo. Le vie d’uscita inventate dai paesi che avevano egemonizzato il processo mondiale sono sempre della stessa natura: più forte, ma è la stessa sonata. Vale a dire, si continua a sfruttare senza limiti i beni e i servizi naturali orientandosi con una misura chiaramente materiale ( materialistica), il PNL. Guai ai paesi il cui PNL decresce.

Questa crescita peggiora ancor di più lo stato della Terra. Il prezzo dei tentativi di riproduzione del sistema è quello che i suoi corifei chiamano “esternalità” (il che non rientra nella contabilità degli affari). Essi sono fondamentalmente due: una degradante ingiustizia sociale con alti livelli di disoccupazione e crescente diseguaglianza e una minacciosa ingiustizia ecologica, con il degrado di interi ecosistemi, erosione della biodiversità (con la scomparsa fra 30-100 mila specie di esseri vivi ogni anno, secondo i dati del biologo E. Wilson) crescente riscaldamento globale, scarsezza di acqua potabile e insostenibilità generale del sistema-vita e del sistema-Terra.

Queste due urgenze stanno mettendo in ginocchio il sistema capitalistico. Se questo volesse universalizzare i beni che offe ai ricchi, avremmo bisogno di almeno tre ‘Terre’ uguali a questa di cui disponiamo, il che è evidentemente impossibile. Il livello di sfruttamento delle “prelibatezze della natura” come sono chiamati dagli Andini i beni e i servizi naturali sono di tal ordine che in settembre di quest’anno c’è stato “il giorno del sorpasso” (The Eart overshoot day). In altre parole, la Terra non possiede più la capacità, da se stessa, di soddisfare tutte le richieste umane. Essa ha bisogno di un anno e mezzo per riprodurre quello di cui noi consumiamo in un anno. Essa è diventata pericolosamente insostenibile. O mettiamo un freno alla voracità nell’accumulo della ricchezza, permettendo che essa si riposi e si ricarichi, oppure dobbiamo prepararci al peggio.

Trattandosi di un super ente vivo(Gaia), limitato, con scarsità di beni e servizi e adesso anche malato, ma sempre, combinando tutti i fattori che garantiscono le basi fisico-chimiche e ecologiche per la riproduzione della vita, siamo in presenza di un tale processo di spropositata degradazione che può generare un collasso ecologico-sociale di proporzioni dantesche.

Conseguenza: sarebbe la Terra a sconfiggere definitivamente il sistema del capitale, incapace com’è di riprodursi con la sua cultura materialistica, di consumo illimitato e individualista. Quanto non abbiamo ottenuto storicamente attraverso processi alternativi (era l’obiettivo del socialismo) lo otterranno la natura e la Terra. Questa, in verità si libererebbe di una cellula cancerogena che minaccia di trasmettere metastasi a tutto l’organismo di Gaia.

In questo frattempo noi abbiamo il compito, dal di dentro del sistema, di allargare le spaccature, sfruttare tutte le sue contraddizioni per garantire specie ai più deboli della Terra, l’essenziale per la loro sopravvivenza: cibo, lavoro, casa, educazione, servizi di base e un po’ di riposo.

E’ quanto stiamo facendo in Brasile e in molti altri paesi. Dal male cavare tutto il bene necessario per la continuità della vita e della civiltà.

E, inoltre, pregare e prepararsi al peggio.

*Leonardo Boff, columnist del JB on line e ecoteólogo

O obstáculo fundamental na COP 21 em Paris

 Nestes dias, de 30 de novembro a 11 de dezembro de 2015, está se celebrando mais uma Convenção das Mudanças Climáticas (COP 21) em Paris. Todas as realizadas até hoje chegaram a convergências pífias, muito distantes das exigências que o problema global exige. Há uma razão intrínseca ao atual sistema socioeconômico mundializado que impede alcançar objetivos comuns e adequados. É a obsessão pelo crescimento continuado da economia no nível nacional e internacional que implica uma relação de exploração dos bens e serviços naturais, muitos deles hoje em alto grau de erosão e exaustão. É semelhante a um trem que corre sobre trilhos. Ele está condicionado ao rumo que os trilhos traçam sem outra alternativa.

A metáfora vale para o atual sistema global. A obsessão pelo crescimento é medido pelo aumento do PIB. Fala-se em desenvolvimento, mas na verdade, o que se busca é o crescimento material. O crescimento pertence aos processos vitais. Mas sempre dentro de limites. Uma árvore não cresce ilimitadamente para cima nem nós crescemos fisicamente de forma indefinida. Chega um ponto em que o crescimento cessa e outras funções tomam o seu lugar.

Ocorre que um planeta limitado e escasso de bens e serviços como o nosso, não tolera um crescimento ilimitado. Já nos demos conta de seus limites intransponíveis. Mas o sistema não toma tal fato em consideração com a devida seriedade que ele exige.

Disse-o com grande lucidez o co-fundador do ecosocialismo, o franco-brasileiro Michael Löwy: “Todos os faróis estão no vermelho: é evidente que a corrida louca atrás do lucro, a lógica produtivista e mercantil da civilização capitalista/industrial nos leva a um desastre ecológico de proporções incalculáveis; a dinâmica do crescimento infinito, induzido pela expansão capitalista, ameaça destruir os fundamentos da vida humana no planeta”(Ecologia e socialismo 2005, 42).

A questão central não está, como viu o Papa Francisco em sua encíclica sobre O cuidado da Casa Comum, na relação entre crescimento e natureza. Mas entre ser humano e natureza. Este não se sente parte da natureza, mas seu dono que pode dispor dela como bem quiser. É o detestável antropocentrismo. Não cuida dela nem se responsabiliza pelos danos da voracidade de um crescimento infinito com o consumo ilimitado que o acompanha. Assim caminha célere rumo a um abismo, talvez num percurso sem volta.

Entre as muitas consequências desta lógica perversa é o aquecimento global que não cessa de crescer. Desconsiderando os negacionistas, há dois dados seguros, estabelecidos pela melhor pesquisa mundial: primeiro: o aquecimento é inequívoco; não dá para negá-lo, basta olharmos em volta e constatarmos os eventos extremos que ocorrem em todo o planeta; o sinal comprobatório inegável é o acelerado degelo das calotas polares; segundo: para além da geofísica da própria Terra que conhece fases de aquecimento e de esfriamento, este aquecimento é antrópico, vale dizer, resultado, na ordem de 95% de certeza, da ininterrupta intervenção humana nos processos naturais. O aquecimento que seria normal vem fortemente intensificado, especialmente nos últimos decênios, pelos gases de efeito estufa: o vapor d’água, o dióxido de carbono, o metano, o óxido nitroso e o ozônio. Esses gases funcionam como uma estufa que segura o calor aqui em baixo, impedindo que se disperse para o alto, aquecendo em consequência o planeta.

Toda luta é limitarmo-nos à média de dois graus Celsius (em alguns lugares pode chegar a 4 até 7 graus C ou noutros sobrevem um frio inesperado). Mas a média global se estabilizaria em torno de 2 graus Celsius.

Tal medida permitiria um gerenciamento razoável de adaptação e de mitigação. Para mantermo-nos nestes limites, dizem-nos os cientistas, deveríamos reduzir a emissão dos gases em 80% até 2100; alguns o antecipam para 2050. A maioria acha isso inalcançável.

Se no entanto, por descuido humano, a temperatura chegar entre 4-6 graus Celsius, por volta desta data, como previu a comunidade científica norte-americana, a vida que conhecemos corre risco de desaparecer e atingir grande parte da espécie humana.

O Secretário da ONU Ban Ki Moon advertiu recentemente:“As tendências atuais estão nos levando cada vez mais perto de potenciais pontos de ruptura, que reduziriam de maneira catastrófica a capacidade dos ecossistemas de prestarem seus serviços essenciais”. François Hollande, primeiro- ministro francês, em seu pronunciamento na abertura dos trabalhos em Paris no dia 30 de novembro falou que agora nos é oferecida a última chance. Se não chegarmos a uma decisão coletiva, entraríamos na zona de alto risco.

A consequência não pode ser outra: temos que mudar de rumo ou conheceremos a escuridão. Há que estabelecer uma nova relação para com a Terra; há que se produzir para atender as demandas humanas e da comunidade de vida mas dentro dos limites de sua biocapacidade, respeitando seus ciclos e limites. Fundamental é sentirmo-nos parte dela, cuidá-la para garantir-lhe a sustentabilidade necessária para nos dar aquilo que sempre nos deu. Deveremos aprender a ser mais com menos e a assumir uma sobriedade compartida em comunhão com a biodiversidadade, da qual depende, em grande parte, a nossa vida sobre este planeta.

Ou faremos esta “conversão ecológica”(Papa Francisco) ou estará comprometida nossa trajetória sobre esse pequeno e belo planeta.

Leonardo Boff é articulista do JB on line, ecoteólogo, filósofo e escritor