El Cristo cósmico: una espiritualidad del universo

Una de las búsquedas más persistentes entre los científicos que vienen generalmente de las ciencias de la Tierra y de la vida es la de la unidad del Todo. Dicen: «debemos identificar la fórmula que explica todo y así captaremos la mente de Dios». Esta búsqueda tiene como nombre “la Teoría de la Gran Unificación” o “la Teoría Cuántica de los Campos”, o por el pomposo nombre de “La Teoría de Todo”. Por más esfuerzos que hayan hecho todos acaban frustrándose o como el gran matemático Stephen Hawking, abandonando, por imposible, esta pretensión. El universo es por demás complejo para ser aprehendido por una única fórmula.

Sin embargo, investigando sobre las partículas subatómicas, más de cien, y las energías primordiales, se ha llegado a percibir que todas ellas remiten al llamado «vacío cuántico» que de vacío no tiene nada porque es la plenitud de todas las potencialidades. De ese Fondo sin fondo han surgido todos los seres y todo el universo. Se representa como un vasto océano, sin márgenes, de energía y de virtualidades. Otros lo llaman “Fuente Originaria de los Seres” o el “Abismo alimentador de Todo”.

Curiosamente, uno de los mayores cosmólogos, Brian Swimme, lo denomina lo Inefable y lo Misterioso (The Hidden Heart of the Cosmos, 1996). Pues bien, estas son características que las religiones atribuyen a la Realidad Última, que es llamada con mil nombres, Tao, Yavé, Alá, Olorum, Dios. El Vacío grávido de Energía si no es Dios (Dios es siempre mayor) es su mejor metáfora y representación.

Lo fundamental no es la materia sino ese vacío grávido. Ella es una de las emergencias de esta Fuente Originaria. Thomas Berry, el gran ecólogo/cosmólogo norteamericano, escribió: «Necesitamos sentir que nos carga la misma energía que hizo surgir la Tierra, las estrellas y las galaxias. Esa misma energía hizo surgir todas las formas de vida y la conciencia refleja de los humanos. Ella es la que inspira a los poetas, los pensadores y los artistas de todos los tiempos. Estamos inmersos en un océano de energía que va más allá de nuestra comprensión. Pero esa energía en última instancia nos pertenece, no por la dominación sino por la invocación» (The Great Work, 1999, 175), es decir, abriéndonos a ella.

Si es así, todo lo que existe es una emergencia de esta energía fontal: las culturas, las religiones, el propio cristianismo e incluso las figuras como Jesús, Moisés, Buda y cada uno de nosotros. Todo venía siendo gestado dentro del proceso cosmogénico en la medida en que surgían órdenes más complejos, cada vez más interiorizados e interconectados con todos los seres. Cuando se da determinado nivel de acumulación de esa energía de fondo, entonces ocurre la emergencia de los hechos históricos y de cada persona singular.

Quien vio esta gestación de Cristo en el cosmos fue el paleontólogo y místico Teilhard de Chardin (+1955), aquel que reconcilió la fe cristiana con la idea de la evolución ampliada y con la nueva cosmología. El distingue lo «crístico» de lo «cristiano». Lo crístico se presenta como un dato objetivo dentro del proceso de la evolución. Sería aquel eslabón que une todo con todo. Porque estaba dentro de ella pudo irrumpir un día en la historia en la figura de Jesús de Nazaret, aquel por quien todas las cosas tienen su existencia y consistencia, en el decir de San Pablo.

Por eso, cuando lo crístico es reconocido subjetivamente y se transforma en contenido de la conciencia de un grupo, se transforma en «cristiano». Entonces surge el cristianismo histórico, fundado en Jesús, el Cristo, encarnación de lo crístico. De aquí se deriva que sus raíces últimas no se encuentran en la Palestina del siglo primero, sino dentro del proceso de la evolución cósmica.

San Agustín escribiendo a un filósofo pagano (Epistola 102) intuyó esta verdad: «La que ahora recibe el nombre de religión cristiana existía anteriormente y no estuvo ausente en el origen del género humano, hasta que Cristo vino en la carne; fue entonces cuando la verdadera religión que ya existía, empezó a ser llamada cristiana».

En el budismo se hace un razonamiento parecido. Existe la budeidad (la capacidad de iluminación) que venía forjándose a lo largo del proceso evolutivo hasta que irrumpió en Sidarta Gautama que se volvió Buda. Este solo pudo manifestarse en la persona de Gautama porque la budeidad estaba antes en el proceso evolutivo. Entonces se volvió Buda como Jesús se volvió Cristo.

Cuando esta comprensión es interiorizada hasta el punto de transformar nuestra percepción de las cosas, de la naturaleza, de la Tierra y del universo, entonces se abre el camino a una experiencia espiritual cósmica, de comunión con todo y con todos. Realizamos por esta vía espiritual lo que los científicos buscaban por la vía de la ciencia: un eslabón que unifica todo y lo atrae hacia delante.

Leonardo Boff es articulista del JB online y escribió El Evangelio del Cristo cósmico,Trotta, Madrid 2010.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Una santa que no creía en Dios: Madre Teresa de Calcutá

Todo es político pero lo político no es todo. Por eso dejemos a un lado, por un momento, las cuestiones políticas y ocupémonos de un tema de gran relevancia existencial y espiritual. Se trata de la noche oscura que la recién canonizada Madre Teresa de Calculta vivió y sufrió desde 1948 hasta su muerte en 1997. Tenemos los testimonios recogidos por el postulador de su causa, el canadiense Brian Kolodiejchuk en el libro Come Be My Light (Ven, sé mi luz).
Como es sabido, la Madre Teresa vivía en Calcuta recogiendo moribundos de las calles para que muriesen humanamente dentro de una casa y rodeados de personas. Lo hacía con extremo cariño y completa abnegación. Todo indicaba que lo hacía a partir de una profunda experiencia de Dios.

Cuál no sería nuestra sorpresa cuando nos enteramos de su profundo desamparo interior, verdadera noche sin estrellas y sin esperanza de un sol naciente. Esa pasión dolorosa duró casi 50 años. Ya en agosto de 1959 escribía a uno de sus directores espirituales: «En mi propia alma siento un dolor terrible. Siento que Dios no me quiere, que Dios no es Dios y que Él verdaderamente no existe».

En otra ocasión escribió: «Hay tanta contradición en mi alma: un profundo anhelo de Dios, tan profundo que me hace daño; un sufrimiento contínuo y con él el sentimiento de no ser querida por Dios, rechazada, vacía, sin fe, sin amor, sin cuidado; el cielo no significa nada para mí, me parece un lugar vacío».

Sabemos que muchos místicos testimonian esta experiencia de oscuridad. Lo constatamos en San Juan de la Cruz, en Santa Teresa de Ávila, en Santa Teresa de Lisieux, entre otros. Esta última, tan dulce y expresando la mística de las cosas cotidianas, escribió en su Diario de un Alma: «No creo en la vida eterna; me parece que después de esta vida mortal, no existe nada: todo desapareció para mi, solo me queda el amor».

Es conocida la noche oscura de san Juan de la Cruz, tan bien expresada en su poema “La noche oscura”. Él distingue dos noches oscuras: una, la noche de los sentidos por la cual el alma vive sin consuelos espirituales y en una tremenda sequedad interior. La otra es la noche del espíritu “oscura y terrible” en la cual el alma ya no consigue creer en Dios, llega a dudar de su existencia y se siente condenada al infierno.

Especialmente la modernidad, centrada en si misma y perdida dentro del inmenso aparato tecnológico que creó, vive también esta ausencia de Dios que Nietzsche calificó comola muerte de Dios”. No es que Dios haya muerto, porque entonces no sería Dios. Es que nosotros lo matamos, es decir, Él ya no es un centro de referencia y de sentido. Vivimos errantes, solos y sin esperanza.

Dietrich Bonhöffer, teólogo mártir del nazismo, captó esta experiencia, aconsejándonos vivir “como si Dios no existiese” (etsi Deus non daretur), pero viviendo en el amor, en el servicio a los demás y cultivando la solidaridad y el cuidado esencial.

Sospechamos que Jesús conoció esta noche terrible. En el Huerto de los Olivos se sintió tan solo y angustiado que llegó a sudar sangre, expresión suprema de pavor. En lo alto de la cruz, grita al cielo: ”Padre, ¿por qué me has abandonado?” No obstante esa ausencia de Dios, se entrega confiadamente: “Padre, en tus manos entrego mi espíritu”. Se despojó de todo. La respuesta vino en forma de resurrección como la plenitud de la vida.

La noche oscura de la Madre Teresa al punto de decir: «Dios verdaderamente no existe” nos deja un interrogante teológico. Descompone todas nuestras representaciones de Dios. “A Dios nadie lo ha visto jamás” dicen las Escrituras. Es “nuestro saber no sabiendo, toda ciencia transcendiendo”, al decir de San Juan de la Cruz. Creer en Dios no es adherir a un dogma o doctrina. Creer es una actitud y un modo de ser en el mundo con los otros; es adherirse a una esperanza que es “la convicción de las realidades que no se ven” (Hebreos 11,1), porque lo invisible es parte de lo visible. Creer es una apuesta, según dice Pascal, que conoció también su noche oscura.

Simone Weil, la judía que en la última guerra se convertió al cristianismo pero no quiso bautizarse en solidaridad con sus hermanos condenados a las cámaras de gas, nos da una pista de comprensión: “Si quieres saber si alguien cree en Dios, no te fijes en cómo habla de Dios sino en cómo habla del mundo”, si habla en forma de solidaridad, de amor y de compasión.

Como decía el gran poeta y pastor el Obispo Pedro Casaldaliga:

“Donde tú dices ley, yo digo Dios.

Donde tú dices paz, justicia, amor ¡yo digo Dios!

Donde tú dices Dios ¡

yo digo Libertad, Justicia, Amor!”

Dios no puede ser encontrado fuera de estos valores. Quien los vive está en dirección a Él y junto a Él aunque niegue a Dios.

La Madre Teresa de Calcuta amando a los moribundos estaba en comunión con el Dios escondido. Ahora que ya se transfiguró vivirá la presencia de Dios cara a cara en el amor y en la comunión.

Leonardo Boff es teólogo y articulista del JB online.
Traducción de Mª José Gavito Milano

POR DILMA: SOBRE VENCEDORES E VENCIDOS,UMA REFLEXÃO OPORTUNA E IMPORTUNA!

Ivone Gebara, é uma religiosa, cônega de Santo Agostinho, conhecida filósofa e teóloga da libertação que vive nos meios pobres e a partir daí elabora suas reflexões, especialmente sobre questões ligadas à mulher, à família e  desafios  sociais que afetam a vida dos marginalizados. Publicamos aqui uma reflexão singular sobre o impeachment imposto à  presidenta Dilma. E o faz com leveza e humor sem perder a profundide necessária, conferindo a este triste fato contra a  nossa jovem república um ar de espiritualidade que permite suportar os revezes da vida e convida a dar a volta por cima. O artigo foi publicado no dia 6 de setembro no IHU dos jesuitas de Novo Hamburgo: lboff

Assim começa o  artigo:

“Não chore ainda não
Que eu tenho um violão
E nós vamos cantar
Felicidade aqui
Pode passar e ou vir
E se ela for de samba
Há de querer ficar”

Não chore presidenta Dilma porque tem muita gente no bom samba da dignidade que se recusa a calar sua voz, se recusa a parar de gingar, se recusa a parar de pensar, de escrever, de analisar o momento presente e de cantar, e cantar… Liberdade, liberdade, liberdade. A vida brasileira está confusa e atirar pedras ou lamentar o leite derramado não resolve a situação! Convencer os outros de que há uma única culpada de nossos atuais problemas é no mínimo assustador e incompreensível. O ser humano habituou-se a encontrar ‘bodes expiatórios’ que levam a culpa sem coletivizá-la e sem tornar a responsabilidade social e política uma responsabilidade comum assumida.

Não chore ainda não presidenta, não vale chorar porque os que se julgam vencedores e creem em sua vitória estão alegremente atribulados e acuados. Mas qual é mesmo essa vitória tão grande? Uma lei expressa em palavra inglesa, ‘impeachment’ pareceu mudar os rumos da vida de muitos e a sua? É ela que os tornou vitoriosos? É ela que nos tornou vencidos com você?

Depois de nosso orgulho de ter você como primeira presidenta, de saber de suas lutas e fraquezas como as de todas nós, com você estamos ouvindo novos impropérios sobre a incapacidade das mulheres de fazer política original e eficaz. Não nos deram muito tempo e nem muitos espaços…

Não chore presidenta… Tem muita gente sentindo a mesma raiva que você deve estar sentindo, mas reunindo forças de vida por que “tanto menino novo nasceu” nessa semana, tanto “jovem se apaixonou pela vida”, “tanto velho dançou nas praças”, “tantas andorinhas estão cantando”, tanta “flor nasceu no campo”,… Embora, o som do violão esteja fraco…

Não chore ainda não
Que eu tenho a impressão
Que o samba vem aí
E um samba tão imenso
Que eu às vezes penso
Que o próprio tempo
Vai parar pra ouvir
Olé, Olé, Olá…

Depois de uma noite de quase insônia na qual pedaços da fala da presidenta Dilmaexplicando e se defendendo em meio à fala acusatória de alguns senadores povoavam involuntariamente meus pensamentos, decidi levantar-me para não aumentar mais minha angústia. A música do Chico Buarque “Olé, Olé, Olá” estranhamente fazia um fundo musical insistente na minha tristeza. Passei do quarto para meu pequeno escritório e, não sei bem porque olhando minha estante de livros tomei em minhas mãos um velho livro sobre ‘a oração de Jesus’ escrito em 1973, pleno período de governo militar, pelo saudoso amigo Padre José Comblin. Folheei o livro e algumas palavras que faziam as vezes de pequenos subtítulos começaram a desfilar sob meus olhos…

Solidão, abandono, derrota, vencedores, vencidos, reconhecimento… Li um e outro parágrafo como se quisesse buscar neles a calma necessária para começar o dia. Sentia-me atravessada pelo dia e noite de julgamento de nossa presidenta e depois pelo dia doveredito final. Mal conseguia imaginar as noites que ela passou depois das perguntas ardilosas e armadilhas que os juízes senadores lhe estendiam. Parecia-me aviltante que ela tivesse que repetir várias vezes a mesma informação porque as excelências presentes só tinham em vista a pergunta que queriam lhe fazer em público. Mal ouviam o que ela dizia atentos aos seus celulares, às câmaras de televisão e a buscar um ou outro olhar de cumplicidade entre os seus pares. Sob o pretexto de julgar seus atos políticos se mostravam ao público como justos e justiceiros defendendo o pobre povo brasileiro contra a primeira mulher presidenta de nossa história!

Minha tribulação aumentou com essas lembranças e por isso resolvi escrever convencida que cantar, escrever, cozinhar ‘parecem com não morrer’ sobretudo diante da confusão do momento político e das trevas que sem querer invadem a alma.

Espontaneamente pensei que apenas fazer de novo críticas aos opositores de Dilma, à sua superficialidade democrática e humanista não aliviariam meu coração. Da mesma forma, cantar as glórias da presidenta não me parecia o melhor caminho. Provavelmente muitas amigas e amigos estariam fazendo as mesmas constatações e não tinha mais vontade de beber de novo da mesma massacrante situação vivida que parecia não me levar a nenhuma saída. Também fazer análises políticas a partir da conjuntura nacional e internacional não era o meu forte…

Lembrei-me então do que havia lido no livro de José Comblin e me voltou a ideia de que nem sempre os vitoriosos, os que têm o êxito imediato são de fato os construtores da história da dignidade humana. O êxito talvez gere a boa consciência do dever cumprido, da vitória aparente da legalidade, do bom resultado obtido pelo desempenho social, da vitória sobre os adversários… Entretanto, o êxito ou a vitória não levam à reflexão, a interiorização e análise de nossos comportamentos e sentimentos. Que insensatos /as somos! Inebriamo-nos facilmente com nossa própria imagem acreditando ser o centro do mundo. Esquecemos que a vitória de Pilatos, do Império Romano, dos doutores da lei e até do povo acusador na realidade foi o golpe mortal à liberdade. E por isso foi um golpe também contra os acusadores.

Condenar Jesus à crucifixão e à morte foi uma vitória daqueles a quem a integridade das ações de Jesus molestava no imediato. A História tem nos ensinado embora não tenhamos aprendido que não há uma relação lógica de coerência entre os atos humanos realizados e os resultados obtidos e, sobretudo os considerados vitoriosos ou exitosos. Provavelmente Hitler e seus aliados mais próximos sentiram-se vitoriosos quando as câmaras de gás e os fornos crematórios conseguiram eliminar milhares de seres humanos…

Estupenda vitória! Limpeza étnica realizada! Missão cumprida! Também os ditadores sanguinários da América Latina vibraram de alegria quando torturaram e mataram milhares dos chamados ‘inimigos da pátria’… Afinal conseguiram o que esperavam, ou seja, eliminar os ‘vermes’ que buscavam a liberdade do povo. E quantas guerras vitoriosas foram glorificadas apenas porque as armas que mataram vidas significaram o sucesso das empresas produtoras de artefatos bélicos? A história humana é de fato eivada de uma mistura imensa de sentimentos, palavras, ações salvíficas e cruéis que levam à vida e à morte num movimento sem fim.

Quase sempre pensamos que a vitória é o resultado do sucesso provisório de nossa ideologia, de nossa empresa, de nossa competência ou de nosso sonho por mais extravagante que seja ele. Mas a história também acaba por desmentir a vitoria dos vencedores… Só que não a história imediata cheia de conflitos passionais, tecida de mentiras vestidas de verdade, de encobrimentos e acusações mútuas, de golpes de luva de pelica sob a qual se escondem alfinetes envenenados. Também não a história oficial dos Impérios que se sucedem e escrevem suas vitórias ensinadas e aprendidas nas escolas. Mas a história que desmente as grandes vitórias das guerras de uns contra os outros é a pequena história dos pequenos amores e das pequenas ações de justiça e solidariedade que sustentam a dignidade da vida. Essas pequenas histórias irrompem cada dia de diferentes maneiras…

Num campo de concentração um decide dar a vida no lugar de outro, a outra dá a sua porção de alimento à colega grávida, a lavadeira entrega seu salário para comprar o remédio para a filha da vizinha, um homem ajuda um marginal que matou seu filho, mulheres denunciam a violência infantil…

Estas e outras tantas pequenas histórias são as narrativas muitas vezes desconhecidas das pequenas vitórias da vida. Histórias ocultas, de personagens desconhecidos e insignificantes mantêm a chama da dignidade humana!

Para além das polarizações da história imediata na qual cada indivíduo espera convencer o outro ou atirá-lo num covil de leões famintos, para além do reducionismo da realidade limitada e perspectivista que apenas meus olhos são capazes de ver, há um tênue fio de contradição que se instaura em todas as posições. É ele que nos fará pensar e buscar a de novo a liberdade… É ele que convidará as novas gerações a analisar os fatos passados e perceber que é esse fio obscuro e incômodo, talvez enredado a muitos outros o portador da novidade que nos fará reviver com dignidade.

É a contradição e o paradoxo de nossos atos que nos convida ao pensamento e a novas ações. É ele que revela a fragilidade de nossos pensamentos e de nossos atos e nos remete à limitada condição humana. É a suspeita em relação as nossas próprias verdades e interpretações, aos poderes que utilizamos aos abusos que deles fazemos que conduzem a História para frente. São esses incômodos no pensamento e nas emoções, na consciência e no coração que emergem sem querer e que persistem apesar dos pesares… São eles que desmentem a vitória dos vencedores imediatos e a tragédia vivida pelos vencidos que não são apenas os “outros” partidos, mas o povo vivendo em condições sub-humanas. São eles que restauram de novo a história da dignidade humana e nos fazem esperar de novo apesar dos medos que nos acompanham sempre.

No presente, os vencidos parecem cabisbaixos mesmo quando gritam sua dor e decepção nas praças públicas. Sentem-se feridos e abandonados até por quem antes parecia estar de seu lado…

Os vencidos são deixados aos seus próprios problemas e os que eram próximos deles até negam conhecê-los, os que antes os aconselhavam para serem ‘ganhadores’ desviam-se de seus caminhos, orgulhosos de serem também indiretamente vitoriosos, pois afirmam que seus sábios conselhos não foram seguidos. Facilmente, em meio à derrota, desenvolvem outras vitórias, alinham-se aos moralmente corretos, fazem teoria ‘clara e distinta’, explicam as razões dos vencidos, querem ser bons e justos sem perder a aura de sua moralidade. Escondem-se usando mil e um pretextos e não aderem mais à causa que os movia e os fazia brilhar no provisório palco da história. Hipócritas! Sepulcros caiados!

Os vencidos parecem desamparados… Nem suas velhas esperanças os sustentam visto que os vencedores parecem ter se apropriado delas… Apropriaram-se de seus feitos, de sua linguagem, de suas vestes, de seus amigos e de suas leis. Desnudaram os vencidos de suas crenças, roubaram a ‘bandeira nacional’ de todos e fizeram dela a veste de alguns privilegiados sedentos de glória e poder.

Porém, os vencidos por incrível que pareça não são apenas os que perderam uma partida de futebol, ou perderam as eleições, ou um trabalho, ou um lugar ao sol… Somos todos nós como humanidade buscando o sentido de sua vida embora só saibamos considerar a nossa individualidade.

Em tudo isso, ainda resta a contradição, o paradoxo, aquela experiência que nos mostra que no fundo todos nós somos menores que nossas vitórias e bem maiores que nossas derrotas. Todos nós somos de alguma maneira, vencidos e vencedores. Todos nós temos que recomeçar nossa busca comum de dignidade para além dos fracassos experimentados. Nosso futuro se chama hoje…

Por isso, querida presidenta Dilma, “não chore ainda não”, não choremos porque temos razões para não chorar… Olé, Olé, Olá…

Uma santa que não acreditava em Deus

Tudo é político mas o político não é tudo. Há outras dimensões na vida que merecem a nossa atenção e que nos levam a refletir sobre a condição humana, mesmo de pessoas  que consideramos santas.Quero me referir  à noite escura que a recém canonizada Madre Teresa de Calcultá viveu e sofreu desde 1948 até a sua morte em 1997. Temos os testemunhos recolhidos pelo postulador de sua causa, o canadense Brian Kolodiejchuk num livro Come Be My Light (Venha, seja a minha luz).

Como é notório, Madre Teresa vivia em Calcutá recolhendo moribundos das ruas para que morressem humanamente dentro de uma casa e cercados de pessoas. Fazia-o com extremo carinho e completa abnegação. Tudo indicava que o fazia a partir de uma profunda experiência de Deus.

Qual não é a nossa surpresa, quando viemos saber de seu profundo desamparo interior, verdadeira noite sem estrelas e sem esperança de um sol nascente. Essa paixão dolorosa durou por quase 50 anos até a sua morte. Já em agosto de 1959 escrevia a um de seus diretores espirituais:”Em minha própria alma sinto uma dor terrível. Sinto que Deus não me quer, que Deus não é Deus e que Ele verdadeiramente não existe”.

Numa outra ocasião escreveu:”Há tanta contradição em minha alma: um profundo anelo de Deus, tão profundo que me faz mal; um sofrimento contínuo e com ele o sentimento de não ser querida por Deus, rejeitada, vazia, sem fé, sem amor, sem cuidado; o céu não significa nada para mim, parece-me um lugar vazio”.

Sabemos que muitos místicos testemuham esta experiência de obscuridade. Constatamo-lo em São João da Cruz, em Santa Teresa D’Avila, em Santa Teresa de Lisieux, entre outros. Esta última, tão meiga e expressão da mística das coisas cotidianas, escreveu em seu Diário de uma Alma:” Não creio na vida eterna; parece-me que depois desta vida mortal, não existe nada: tudo desapareceu para mim, não me resta senão o amor”.

Conhecida é a noite escura de São João da Cruz, tão bem expressa em seu poema “La noche oscura”. Ele distingue duas noites escuras: uma, a noite dos sentidos pela qual a alma vive sem consolos espirituais e numa severa secura interior. A outra é a noite do espírito “oscura y terrible” na qual a alma já não consegue crer em Deus, chega a duvidar de sua existência e se sente condenada ao inferno.

Especialmente a modernidade, centrada em si mesma e perdida dentro imenso aparato tecnológico que criou, vive também esta ausência de Deus que Nietzsche qualificou como “a morte de Deus”. Não que Deus tenha morrido, porque então ele não seria Deus. Mas é o fato de que nós o matamos, vale dizer: ele não é mais um centro de referência e de sentido. Vivemos errantes, sós e sem esperança.

Dietrich Bonhöffer, teólogo mártir do nazismo, captou esta experiência, aconselhando-nos a viver “como se Deus não existisse” (etsi Deus non daretur). Mas vivendo no amor, no serviço aos demais e no cultivo da solidariedade e do cuidado essencial. Pois esses são os valores sob os quais Deus se esconde. Quem os vive, mesmo sem o saber, está em Deus.

Suspeitamos que Jesus conheceu esta noite terrível. No Jardim das Oliveiras sentiu-se tão só e angustiado que chegou a suar sangue, expressão suprema do pavor. No alto da cruz, grita ao céu:”Pai, por que me abandonaste?” Não obstante essa ausência de Deus, se entrega confiante: “Pai, em tuas mãos entrego meu espírito”. Despojou-se de tudo. A resposta veio na forma da ressurreição como a plenitude da vida.

A noite escura de Madre Teresa a ponto de dizer:”Deus verdadeiramente não existe” nos deixa uma interrogação teológica. Ela descompõe todas as nossas representações de Deus. “Deus ninguém jamais viu”atestam as Escrituras. Portanto, não há como descrevê-lo. E quando o tentamos é apenas  o “nosso saber não sabendo, toda ciência transcendendo” no dizer de São João da Cruz. Crer em Deus não é aderir a uma doutrina ou dogma. Crer é uma atitude e um modo de ser no mundo com os outros, no amor, na solidariedade e no perdão; é aderir à uma esperança que é “a convicção das realidades que não se veem”(Hebreus 11,1), porque o invisível é parte do visível. Crer é a coragem de amar o invisível pois ele esconde o sentido secreto e último de todas as coisas. Crer é uma aposta no dizer de Pascal que conheceu também a sua noite escura, uma aposta que a vida vale mais que os bens materiais, que a luz tem mais direito que as trevas e que ao sentido cabe a última página da vida e da história.

Simone Weil, a judia que, na última guerra, se converteu ao cristianismo mas não se deixou batizar em solidariedade a seus irmãos condenados às câmaras de gás, nos dá uma pista de compreensão sobre onde encontrar Deus mesmo no meio da mais absoluta escuridão como aquela de Madre Teresa e de tantos homens e mulheres espirituais que vem um tormento interior: “Se quiseres saber se alguém crê de Deus, não repare como fala de Deus mas como fala do mundo”, se fala na forma da solidariedade, do amor e da compaixão. Deus não pode ser encontrado fora destes valores. Quem os vive está na direção dele e junto dele mesmo que o negue .

Madre Teresa de Calcutá, em sua noite escura, mas cheia de amor aos moribundos, estava em comunhão com o Deus abscôndito. Agora que já se transfigurou viverá em plena luz e saboreará a presença de Deus face a face na mais profunda intimidade e na comunhão sem fim.

Leonardo Boff é teólogo e articulista do JB on line